Kurapika
11 horas y 50 minutos hace
La victoria de Gon termina por tranquilizar a Kurapika. Todavía se siente un poco molesto con Leorio, así que ni siquiera lo mira a la cara, pero lo mejor es relajarse un poco.
—De acuerdo, yo seré el siguiente —anuncia Kurapika, cuando ya los ánimos están más calmados.
Quien pasa al frente es un hombre todavía más grande que el primer prisionero que levantó a Leorio en el aire. Tiene la piel de un increíble color azul y camina con confianza hacia la plataforma. Los caminos de metal se deslizan hacia las plataformas pequeñas para dejar a los contrincantes solos en la plataforma central.
El prisionero se quita la capucha con un movimiento y Leorio jadea al verlo. Tiene unos músculos bien trabajados, brazos grandes, espalda ancha y una apariencia que debería dar miedo. Hay diecinueve corazones tatuados en su pectoral izquierdo. Si Kurapika lo hubiese visto al doblar la esquina en una casita del terror, seguro que le habría dado más miedo que en ese momento.
El tipo grita, como para amedrentarlo, luego ríe—. ¡El próximo contendiente se enfrentará a mí! —vuelve a reír a carcajadas, luego señala los corazones en su pecho—. ¿Ves esto, niño? He matado a diecinueve personas, pero es un número impar. Eso me molesta. Hace mucho que deseo conocer al número 20... y al 21.
Kurapika hace una mueca por el mal chiste del tipo. Este se vuelve a reír a carcajadas, confiado. Su risa es muy molesta. No tiene nada que ver con la risa de Gon, que es relajante y mueve a sonreír.
—Solo haré esto si ponemos nuestras vidas en juego —continúa el azulado con su voz rasposa—. ¡Es todo o nada! ¿Me oyes, mocoso? ¡Dame sangre! ¡Entrañas destripadas! ¡Y dulce agonía!
Ríe. Una vez más.
—Bien —acepta Kurapika, sereno. El prisionero detiene su risa—. Puedes decidir cómo arreglar esto y yo lo aceptaré.
—¡Hum! —el hombre aprieta los puños—. ¡Eres muy valiente, niño! ¿Entonces aceptas el duelo a muerte? ¡Seguiremos hasta que uno de los dos muera o acepte su derrota! Ni un segundo antes, ¿entendido? Sin embargo, no creas que aceptar tu derrota o rendirte me detendrá. Nunca sirve y nunca servirá. Así que sácalo de tu cabeza de una vez.
Y ríe de nuevo.
—Bien —repite Kurapika—. Acepto —luego se quita la casaca kurta y la lanza a un lado, pues no quiere mancharla de sangre. Su camisa tiene manchas secas de semen, pero eso solo lo saben él y Leorio—. ¿Comenzamos?
El prisionero azul vuelve a callarse la risa, conmocionado. Kurapika se está dando cuenta de que el tipo es puro espectáculo. Hubiese sido el contrincante perfecto para Leorio, aunque luego se borra este pensamiento de la mente; Leorio ya se sentía lo suficientemente ofendido con su derrota.
—¡Espera! Hay algo que olvidé mencionar —el prisionero habla. Kurapika se está comenzando a hartar de este payaso—. No se permite ningún arma. Así que debe ser una pelea de puños. Aunque me contrataron como examinador, sigo siendo un prisionero. Significa que no me permiten portar armas.
—Tiene sentido, lo entiendo —dice, sacando sus chacos de entre la ropa. A esas alturas poco le importa—. ¿Olvidastes alguna otra cosa? Si no, quisiera comenzar.
—¿Huh? —pregunta el tipo, como atontado—. Eh... —se queda callado unos segundos, como cavilando. Luego una enorme sonrisa revela que le faltan la mitad de los dientes.
El prisionero aspira, inflando las mejillas y luego comienza a hacer fuerza. Sus músculos aumentan de tamaño e incluso parece todavía más grande e intimidante. Kurapika quiere poner los ojos en blanco, pero prefiere mostrar todo el respeto que pueda.
—¡Creo que es hora de mostrarte mi arma secreta! ¡Gaaah! ¡La primera de muchas!
Sorprendentemente, el tipo salta con agilidad en el aire y se dirige a Kurapika. Cierra el puño como un apretado mazo y golpea el suelo donde un segundo antes estaba parado el chico. La piedra se rompe y el prisionero le hace un agujero desastroso. Kurapika solo retrocede, protegiéndose la vista y el estómago.
—¡No puede ser! —este es Tonpa.
—¡Hizo un maldito agujero en el suelo! —y este, Leorio.
Sí, son los únicos dos que se impresionarían con la parafernalia del sujeto.
El idiota saca la mano del agujero que acaba de hacer y se gira para darle la espalda a Kurapika, soltando un breve “¡Je!”.
Kurapika siente su sangre hervir nada más ver el tatuaje de araña del sujeto, justo en el omóplato derecho. Es negra, tiene doce patas y tres puntos más oscuros simulando una cara.
Kurapika sabe que Leorio y el resto están hablando. Sabe que, detrás de él, dicen algo así como... “Brigada Fantasma”. Siente cómo su corazón comienza bombear más rápido. Sus extremidades, que hasta ese momento tenía controladas, comienzan a temblar, casi a zumbar.
Una furia incontenible, iracunda, le nace de las entrañas a Kurapika. Se incorpora, con cada vez menos control sobre sí mismo.
—¡Ay! ¿Qué pasa? ¿El gato te comió la lengua? ¡Me llamo Majitani! ¡Soy uno de los cuatro devas de la Brigada Fantasma! El primer golpe fue solo una introducción. Es tu última oportunidad de rendirte. Si te rindes, aun estoy dispuesto a...
Kurapika levanta la mirada en ese momento y el prisionero se calla de golpe. Se le borra la sonrisa del rostro e incluso parece que quiere retroceder. Es en ese momento que Kurapika se da cuenta de que olvidó ponerse las lentillas.
Lo sabe porque puede ver el miedo en los pequeños ojos del tipo.
—Oye... ¿qué pasa contigo? —su cara se transforma poco a poco, y pasa de la alegría absoluta al más profundo miedo—. ¿Pero qué...?
Es el turno de Kurapika. Necesita hacerlo. Quiere hacerlo. Se acerca hasta él, lo toma por los enormes cachetes y lo levanta del suelo, apretándole la mandíbula. Cierra la mano derecha en un puño, que no es ni de cerca tan grande como el del prisionero, pero sirve para el propósito.
—¡Espera! —balbucea el tipo—. ¡Alto, entiendo! ¡Espera, alto! ¡Por favor, no! ¡Tú ganas, ¿sí?!
Y luego Kurapika asesta un gancho certero en el lado izquierdo de su cara. Lo hace con tanta fuerza y con tanta velocidad que el tipo se golpea contra el suelo y un enorme estruendo se oye por todo el lugar. El prisionero incluso rebota por la potencia del golpe y cae una vez, vuelve a rebotar y cae otra vez, rodando por el suelo como una basura. Al final queda boca abajo, mirando hacia la plataforma de los prisioneros.
Los compañeros de Kurapika jadean, mientras que Killua suelta un “¡Fiu!” de impresión. Kurapika se queda callado un momento, luego lo suelta todo.
—Hazme caso —le dice al infame prisionero—. primero, un tatuaje de la Brigada Fantasma tiene el número del miembro escrito en el cuerpo de la araña. Segundo, no les interesa presumir de cuántos han matado porque es irrelevante para ellos. Y tercero, no vuelvas a mencionarme a la Brigada Fantasma. Si lo haces... te mataré con mis propias manos.
Kurapika se siente un poco sorprendido de la dirección que tomó el asunto, pero el sujeto parece haber perdido el espíritu. Solo puede escuchar a Leorio susurrando su nombre.
Los caminos de metal vuelven a unir a las plataformas. Kurapika le echa un último vistazo al sujeto y regresa para tomar sus cosas e irse a la plataforma. Camina sobre la conexión de metal mientras se viste.
—Oye... ¿estás bien? —cuestiona Leorio, poniéndose al frente de todos. Ah, siempre lo hace.
—Sí, no estoy herido.
—No, es decir, ¿es seguro que estemos cerca de ti ahora? —pregunta como si tuviera curiosidad, mientras retrocede dos pasos, pero sin dejar de tener los brazos preparados para proteger a Killua y a Gon, quienes están detrás de él.
Kurapika lo comprende en ese instante. Oculta la cara con una de sus manos e intenta serenarse.
—Desde el primer momento en que lo vi supe que no era ni la mitad de poderoso de lo que parecía —explica, todavía alterado—. Y en mi mente, supe desde el inicio que el tatuaje era falso, pero en cuanto vi esa araña mi visión se volvió roja.
Leorio lo revisa para cerciorarse de que ya no tenga ojos escarlata y luego se incorpora, relajado. El único que parece todavía asustado de estar cerca de él es Tonpa.
—Bueno, nadie va a culparte por eso —asegura Leorio.
—Para ser sincero... —Kurapika deja caer la mano, comenzando a sentir un cansancio repentino debido a la furia en su cuerpo—. Siempre que veo una araña, cualquier araña, mi razonamiento colapsa y me vuelvo primitivo.
—Ah... —esta vez es el turno de Leorio y los niños de asustarse—. Debiste decirnos... hace mucho...
Leorio debe estarse imaginando un montón de posibilidades. En los barcos puede haber arañas. También en un túnel lóbrego y en un humedal lleno de criaturas extrañas. Por supuesto, eso incluye a la oscura y silenciosa torre.
—Solo puede significar una cosa —Kurapika retrocede en el pasillo que va a dar a la plataforma y se sienta, con las piernas contraídas y la cara agachada— la rabia dentro de mí sigue tan fuerte como siempre. Supongo que debería estar feliz...
—Hay que mantener a Kurapika lejos de las arañas desde hoy —susurra Gon, aunque el muchacho puede escucharlo perfectamente.
Kurapika siente que quiere desconectarse de todo y solo dormir, pero no sabe qué es lo que va a pasar a continuación. Solo quedan Tonpa y Killua, pero si los dos pierden, aquello podría convertirse en un desastre.
Tal vez los demás piensan lo mismo, porque eligen enviar primero a Tonpa. Este avanza con confianza y los cuatro amigos están seguros de que perderá su ronda, así que comienzan a idear, o al menos Leorio y los niños, qué es lo que harán para vencer al siguiente sujeto.
—¡Muy bien! ¡Hora de acabar con esto! ¡Envíen al próximo contendiente! —Tonpa parece confiado porque los últimos dos contrincantes han sido un chiste. Además, el siguiente se ve mucho más pequeño que los demás.
Se ríe con una voz femenina y dice—: Eso no es posible. Temo que no puedo moverlo —su voz es burlona mientras se acerca a Majitani—. Su encuentrro no ha terminado.
—No entiendo. ¿Cómo que no ha terminado? —cuestiona Leorio—. ¿De qué estás hablando?
—Él sigue vivo, pero inconsciente —dice la chica. Kurapika hace una mueca desde su lugar—. ¿No lo recuerdan? Era una pelea a muerte. Uno de ellos tenía que morir o admitir su derrota. Sigue vivo y no se ha rendido.
—Agh, esas son nimiedades —Leorio se cruza de brazos.
—Puede ser, pero debes admitir que tiene razón.
—Estoy con Killua en esto.
Lo niños picotean a Leorio con sus palabras hasta que este explota y se gira hacia Kurapika—. Hey, Kurapika, ve y termina con el sufrimiento del tipo.
—Me niego —dice, sintiéndose mal al expresarlo—. La pelea ya había terminado... —era muy claro para mí que cuando lo golpeé él ya había perdido la voluntad de pelear, piensa, aunque no lo expresa en voz alta. No seguiré peleando con un perdedor...
—¡¿Es en serio?! ¡¿Qué se supone que hagamos?! —grita Leorio, enojado—. Esos tipos aseguran que la pelea no ha terminado aún.
—Se lo dejaré a él —explica Kurapika con serenidad—. Puede decidir su propio destino en cuanto reviva.
—¡Por favor! No tenemos tanto tiempo y se está terminando. No podemos solo sentarnos a esperar.
—¡Yo ya lo decidí, Leorio!
—¡Agh, por favor!
—Oye, yo puedo matarlo, si tú no quieres —propone Killua como si tal cosa—. No has matado a nadie antes, ¿o sí? ¿Tienes miedo?
Sí, puede que para Killua no signifique nada en absoluto.
—Tenga miedo o no, matar nunca pasó por mi mente —miente, porque sabe que estuvo a punto de asesinar a un payaso solo por su fanfarronería—. De todos modos, son batallas uno a uno. Podríamos ser descalificados ambos y perderíamos en el acto. No puedes interferir.
—Bien, no discutiré —Killua se encoge de hombros—. Peeero si supieras jugar en equipo, no actuarías con tanto egoísmo.
—¡Oye! Dijiste algo útil por una vez. Hazlo más seguido —lo felicita Leorio, luego dirige su cara enojada a Kurapika—. ¿No ves que estás arruinando la oportunidad de todo mundo, incluyéndote?
Ay, al diablo, piensa Kurapika. Si Leorio no fuera tan quisquilloso, metomentodo y mandón, Kurapika ya se habría levantado para resolver la situación, pero ahora no quiere. Que se vaya al demonio.
—Es cierto, pero no cambia mi opinión —expresa, calmado.
—¡Idiota testarudo! —lo insulta Leorio, presionando su frente contra la suya. Y pensar que el día anterior follaban como si no pudieran contener el amor en ellos. Leorio se levanta, alza la mano en la que tiene el cronómetro y grita—. ¡Entonces que sea la regla de la mayoría! ¡Será O para matar al desgraciado y X para que viva! Listos... ¡ahora!
Kurapika está comenzando a enojarse, pero esta vez con Leorio. Está actuando como un energúmeno que quiere obligarlo a matar a un ser humano como si no fuera nada. En su posición, él ni siquiera peleó, sino que se rindió. Es un completo idiota.
—¿Por qué rayos no funciona? —Leorio desespera, enojado.
—Creo que porque fuiste tú quien hizo la pregunta —explica Gon—. Parece que los cronómetros solo funcionan si un examinador hace la pregunta.
—Debí suponerlo... En ese caso, ¡que sea a la antigua! —insiste Leorio—. ¡Levante la mano quien crea que debe matarlo! ¡Yo! —Leorio levanta su brazo confiado, pero nadie más le sigue el juego. Él se inclina hacia Killua, que permanece impasible—. ¡¿De qué lado estás?! ¡Hace un minuto tratabas de convencerlo igual que yo! ¡Estamos juntos en esto! ¡¿Y tu espíritu de equipo?!
—Es que no tiene caso —Killua voltea a mirar a Kurapika—. Él no va a cambiar de opinión.
Entonces Leorio cambia su objetivo y se gira hacia el otro niño—. Oye, Gon, ¿por qué no crees que debamos matarlo?
—Estoy con Kurapika en esto —señala—. Majitani ya iba a rendirse cuando lo noqueó. Hay que esperar a que despierte.
—¡Pero no sabemos cuánto tardará! —reclama Leorio y se vuelve a cruzar de brazos—. Deberíamos hacerlo.
—Es mejor que no los fuerces —Tonpa, que había estado riéndose hasta ese momento, habla—. No puedes esperar que todos opinen lo mismo que tú.
Aunque le doy un punto por eso.
—Sí, nadie pidió tu opinión viejo, ¿oíste?
—Oye, calma —Tonpa hace aspavientos—. Si pediste que votáramos, pediste mi opinión.
Leorio ha sido derrotado. Cuando se da cuenta, exclama—: ¡Bien! ¡Si quieren esperar, háganlo! ¡A mí no me importa! —entra, pasa por delante de Kurapika y se sienta de espaldas a todos, construyendo un muro invisible—. Ugh, ¿qué les sucede a todos?
—Ah, está enfadado.
—Nada de esto importa si nos quedamos atorados. ¿Soy el único que lo entiende? —susurra casi a gritos, esperando que todos lo oigan.
—Hay que dejarlo solo —sugiere Killua, fastidiado.
En ese mismo momento, Tonpa sonríe de oreja a oreja. Kurapika es el único que lo está viendo, pero no hace nada al respecto. Se intenta convencer de que Leorio es quien está equivocado, pero él mismo está confundido. ¿Y qué si de verdad pierden la tercera fase por su culpa?
Ojalá pudiera ver el futuro, así no estaría tan ansioso como se está comenzando a sentir.