Kurapika
11 horas y 49 minutos hace
Kurapika está feliz de haber usado su voz de mando en Tonpa. Nunca creyó que sus características de omega dominante podrían serle útiles en el examen, pero ahora el ambiente está más relajado entre Leorio y los niños.
Sin embargo, Tonpa no debe bajar la guardia, porque solo le quedan veinte horas para apostarlas.
Al mismo tiempo, las esposas de la prisionera se abren por fin y ella se quita la capucha. Por su voz y su contextura era más que obvio que es una chica, pero su largo cabello, sus facciones tersas y su cuerpo curvilíneo solo lo reafirman.
—Ay, es muy bonita —comenta Leorio de pasada, sin pensarlo mucho.
—Qué pervertido. Oigo su corazón hasta acá —dice Killua, pero nadie sabe si se refiere a Tonpa o a Leorio.
Esto hace que Kurapika se enoje.
—No me gusta a dónde va esto —dice Kurapika, como para llamar la atención de Leorio, pero él parece concentrado en adivinar las medidas de la chica, porque no le quita la mirada.
—¿Qué tal si apostamos si soy hombre o mujer? —propone la chica.
—¡Bien, acepto! —Tonpa voltea a mirar a los cuatro candidatos en la plataforma y se burla de ellos, luego se vuelve hacia la chica—. Pero si apuesto que eres hombre, ¿cómo vas a probarme que no lo eres?
—Prometo dejar que examines cada centímetro de mi cuerpo. ¿Eso será suficiente?
—Ese maldito va a apostar a que es hombre —dice Leorio en voz alta, atento.
—Ya lo decidió —coincide Kurapika, aunque se supone que no le iba a dirigir la palabra de nuevo.
—Sí —Killua también está de acuerdo.
—¿Por qué? —pregunta Gon, inocente.
—Ya me decidí —anuncia Tonpa—. ¡Apuesto veinte horas a que eres hombre!
—¡Lo sabía! —exclama Kurapika, enojado.
—¡Es un viejo asqueroso! —insulta Killua.
—¡Ese hijo de...! Yo hubiera apostado solo diez —murmura Leorio.
Kurapika ya está furioso a este punto, así que se acerca a Leorio y lo golpea en la cabeza—. ¡Si tanto querías jugar con esa chica hubieras dejado que Tonpa pasara primero! ¡De todos modos perdiste!
—¡Oye! ¡No estoy hablando de eso! Hablo de que era mejor apostar solo diez horas.
—Y hacer lo que ese viejo está haciendo, ¿no? —pregunta Kurapika, mientras ve a Tonpa meter la mano por debajo de la ropa de la chica, quien ni se inmuta.
Killua está cubriendo los ojos de Gon, pero observa con detalle, como el niño curioso de doce años que es.
—¡Claro que no! ¿Por quién me tomas? —Leorio se gira hacia Kurapika y lo encara—. ¡Si sigues tan enojado conmigo es porque quieres!
—¡¿Es porque quiero?! —Kurapika está indignado. No hay hacia donde correr, así que decide ir al pasillo para tranquilizarse un poco—. Tú eres el que está siendo absurdo.
—¡Tú eres el que me amenazó cruelmente para admitir la derrota! —reclama Leorio—. Y eso no te lo perdono.
—¿De verdad me crees capaz de hacerle daño a este bebé?
—Creí que la venganza era más importante para ti.
—La venganza es una prioridad, pero no por eso voy a descartar la oportunidad de restaurar mi clan.
—Solo soy eso para ti, ¿cierto? —Leorio parece devastado mientras pronuncia estas palabras—. Solo un semental para darte hijos...
—Estas volviendo a ser un completo idiota —Kurapika también se siente dolido por las palabras de Leorio. Se acerca a él y lo toma de la mano—. Si solo se tratara de eso, cualquier alfa valdría. Es porque se trata de ti.
Leorio lo mira con intensidad, le rodea la cintura y lo besa en la boca.
—¿Es en serio? —cuestiona Killua, fastidiado—. Deberías dejar de juntarte con este montón de viejos pervertidos, Gon.
—¿Por qué no me dejas ver? —pregunta Gon, forcejeando con su amigo—. ¡Pero es normal! ¡Cada noche, desde que se conocieron, Leorio marca a Kurapika con su olor!
Leorio se estremece. Kurapika le pisa el pie y se separa de golpe.
—¡Pero si llevan cuatro días de conocerse! —la cara de Killua está a medio camino entre la impresión y el asco—. De verdad que no pierden el tiempo, ¿eh?
—¡Basta, Killua! —regaña Kurapika. Gon consigue quitarse las manos de Killua de los ojos, lo mira y se sonríen entre ellos—. ¿De qué se ríen?
—De nada, mamá —bromea Gon; Kurapika frunce el ceño ante el apelativo—. Bueno, supongo que debemos dejarte esto a ti, Killua.
Killua aparta las manos de las de Gon y las guarda en sus bolsillos. Tiene las orejas rojas mientras dice—. Era obvio desde el momento en que Leorio perdió. Además...
Sus palabras coinciden con el momento exacto en que Tonpa regresa triunfal hacia la plataforma. No solo logró perder su propia batalla igualando el marcador 2 -2, sino que han perdido 50 horas para bajar la torre, los prisioneros tienen 50 años menos en su sentencia y se dio un festín manoseando a una mujer. Para él parece un festival.
—Lo siento —las palabras del hombre están cargadas de burla y cinismo. Se encoge de hombros, fingiendo culpa—. Creí que era un experto en ese juego.
—¡Ja! Fue una muestra patética —Leorio parece más relajado después de besar a Kurapika—. Aunque debo admitir... que tal vez yo no lo hubiera hecho mejor.
—La última ronda está sobre nosotros —anuncia Kurapika.
—Ahora es mi turno —Killua sigue con las manos en los bolsillos y ya ha dejado de estar avergonzado por el toque de Gon.
Kurapika supone que Killua sigue teniendo algunas actitudes de niño, como rehuir el contacto cercano con otras personas, sobre todo si son personas que le caen bien. Puede que una pelea juguetona o chocar las palmas no cause ningún efecto en él, pero sí que podría sentirse abrumado si por accidente está muy cerca de Gon y este le toma las manos como si nada, sonriendo.
—¡Espera Killua! —grita Leorio, preocupado—. ¡Lo siento! Si hubiera ganado mi ronda no tendrías que participar...
—¡Gon, tu amigo me tiene harto! —grita Killua. Kurapika sonríe brevemente; no culpa al niño.
—Tranquilo —Gon le dedica una sonrisa conciliadora.
—No tires la toalla, viejo. Ni siquiera sabemos quién es el próximo contendiente —Killua parece decidido, pero un segundo después, se desanima—. Aunque si se trata de cálculo mental, mejor me rindo.
—¡Oh, es cierto! ¡Si el próximo oponente es débil, aún tenemos oportunidad!
Hay algo sucediendo en frente, entre los prisioneros. Un estruendo en ese pasillo los alerta. Todos los candidatos voltean al frente, solo para ver a un tipo quien, con nada más que sus manos, desgarra la pared como si fuese tierra en las garras de un perrito.
El prisionero es un poco más bajo que Majitani, pero parece incluso más ancho que el primer contendiente, quien lo mira desde atrás con el miedo pintado en la cara. El tipo se quita la capucha y Kurapika puede percibir que Leorio se ha quedado mudo.
El prisionero es rubio. Tiene una cara cuadrada y facciones duras, nariz recta, bigote y cejas pobladas, y unos ojos azules que han perdido el brillo de la vida. Su ceño está fruncido, como si algo le preocupara. No, tal vez es por el hastío.
Leorio jadea y abre la boca—. Es ese tipo.
—¿Lo conoces? —pregunta Gon.
—Deberíamos rendirnos —concluye, firme. Para que el mismo Leorio, el maniático del tiempo, diga eso... Incluso Kurapika se preocupa un poco—. Killua, no puedes pelear con él.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Johness el Desmembrador —presenta Leorio—. El peor asesino de la historia de Zaban. Elige a sus víctimas al azar. Estuvo en las noticias. 146 personas. Hombres, mujeres, jóvenes, viejos, todos masacrados. Todas las víctimas tenían algo en común: las asesinó a todas con sus propias manos. Su agarre es infame. El poder bruto solo en sus dedos... es irreal.
Como si fuese una demostración de las palabras de Leorio, Johness pulveriza un pedazo de pared en su mano y dice—: Ha pasado mucho tiempo desde que toqué la carne humana.
—Es un completo psicópata, no tienes que pelear con él. Vendremos el próximo año —Leorio ya está, como siempre, por delante de Gon y Kurapika, como para que Johness no se fije en ellos. Aun así, Killua ya tiene su vista en Johness y avanza sin dudar—. ¡Oye, Killua! ¡Killua...! ¿Qué demonios? ¿No escuchó nada de lo que dije?
—Déjalo ir, Leorio —Kurapika llama la atención de su hombre gritón—. Puede tener un plan que no conocemos.
El niño y Johness se paran frente a frente. El hombre debe ser unas cinco o seis veces más grande que Killua, pero este todavía está parado frente a él con las manos en los bolsillos.
—¿Cómo quieres hacer esto? —pregunta Killua con amabilidad.
—¿Hacer esto? Tienes una idea errónea —Johness parece temblar, pero no por el miedo. Sus manos se agitan como si quisiera agarrar algo. O tal vez desmembrar—. Pronto estarás del lado equivocado de una masacre. No me interesa el examen ni reducir mi sentencia. Todo lo que quiero es oírte gritar.
—¿En serio? Bien. Pelearemos hasta que uno de los dos muera.
—Así será. Una pelea a muerte —Leorio susurra “feromonas” mientras el criminal sigue hablando—. Pronto despedazaré tu cuerpo solo con mis manos, ¿oíste?
El aura del niño se vuelve peligrosa. A pesar de la distancia, todos en la plataforma se estremecen al unísono, incluido Gon. Parece tener el sentido del peligro bien desarrollado, a pesar de que su segundo género no se ha manifestado. Al segundo siguiente el jadeo es colectivo. Hasta Johness parece desconcertado debido a que Killua está a su espalda.
Una gran mancha de sangre se extiende desde el pecho del hombre. Gon arruga la nariz, oliendo lo que Killua sostiene, de espaldas a ellos. Kurapika no sabe lo que está pasando hasta que, otro segundo después, puede ver la cara de terror y angustia pintada en Johness el Desmembrador.
—¿Qué pasó? ¿Por qué tengo tanto frío? —Johness ni siquiera se ha dado cuenta aún.
Killua da media vuelta, sosteniendo con tranquilidad y socarronería algo con su mano izquierda. Es rojo, como un fuego fatuo, y sigue latiendo como si el músculo tampoco se hubiese dado cuenta de que dejó de pertenecer al cuerpo de su dueño.
—Es mío —Johness intenta ir hacia Killua, consternado. Su cara se está poniendo pálida a cada segundo que pasa—. Me pertenece… Dámelo… Devuélvemelo…
Johness intenta alargar la mano, caminar hacia Killua, con la vista fija en su corazón latiente. Todos permanecen conmocionados en sus lugares mientras Killua insiste en burlarse del sujeto con una sonrisa de suficiencia y una mirada apagada.
El corazón deja de latir y, justo en ese momento, Johness da un respingo y cae suavemente al suelo, todavía con la mano extendida. Killua sigue burlón, como si le hubiera arrebatado un juguete a un bebé. Deposita el corazón en la mano del muerto, sonriente y con la otra mano en el bolsillo.
Nadie dice ni hace nada. Nadie se mueve. El bip del marcador anunciando un 3 – 2 a favor del equipo de Gon ni siquiera provoca una reacción en los presentes.
Killua se dirige al calvo con cicatrices y le dice—: Bien, tenemos tres victorias. Avanzamos, ¿cierto?
El calvo hace ademán de retroceder en su plataforma. Por fortuna los puentes de metal no han sido activados…
—Así es. ¡Sí, ustedes ganaron!
—Por cierto, debes desear algo de acción. El viejo no te dio una buena pelea. ¿Qué dices? ¿Quieres que peleemos? —la voz de Killua es suave, persuasiva. Parece un demonio complacido con las circunstancias.
Kurapika no puede escuchar muy bien lo que el calvo dice, pero seguro que se niega. Después de todo, suda como si hubiese corrido y sus pupilas están dilatadas, enfocadas en el niño, como si no estuviese seguro de si Killua le saltará en cualquier momento.
—Como quieras —Killua se encoge de hombros y regresa con sus compañeros.
—Vaya —Leorio está anonadado, más que asustado—. ¿Pero quién es ese chiquillo?
—Es cierto, ustedes no saben —Gon también parece más tranquilo de lo que debería estar, incluso muestra una leve sonrisa—. La familia de Killua. Dice que son un grupo de asesinos de élite.
Tonpa despide un asqueroso sentimiento de miedo, que por suerte no afecta a Kurapika. Con Leorio sucede algo parecido, su postura, sus expresiones, todo en él indica que, en otras circunstancias, podría cagarse del miedo.
—¿Dijiste asesinos de élite? —esta vez sí parece asustado.
—Ya volví —anuncia el niño. Leorio retrocede y jadea, como si Killua quisiera atacarlo. Este parece confundido—. ¿Qué?
—Ay, solo… ¡hiciste un buen trabajo! —Leorio fuerza una sonrisa mientras su cara comienza a derretirse con el sudor de los nervios.
Frente al enorme monitor, a la izquierda de la plataforma, parte de la pared se desliza hacia arriba para revelar un pasillo oscuro. Otro puente de metal termina de conectarse a la plataforma central para que los cinco participantes vayan hacia allí.
—Por favor, crucen el puente —la voz de Lippo ha perdido la emoción. También parece afectado por lo que acaba de pasar—. Del otro lado hay un cuarto. Ahí pasarán las 50 horas que perdieron.
—Vamos —Kurapika es el mismo niño de siempre. Gon asiente y lo sigue.
Leorio, todavía asustado, obedece a pies juntillas al pequeño y le dice—: Muy bien, sí —pero inconscientemente forma una barrera entre él y Kurapika.
Así, el evento de peleas, que tantos problemas les dio, concluye.