Killua
11 horas y 50 minutos hace
Killua está muy orgulloso de sus habilidades. Aunque fue una muestra lamentable y sabe aquello ni siquiera fue una muerte digna de un asesino con años de experiencia, ninguno de sus acompañantes sabe al respecto.
Lidera la pequeña comitiva, confiando en que, a pesar de ser el más pequeño en estatura, puede ser el que provoca más miedo de los cinco. O, en todo caso, de los tres, porque la verdad es que no siente ningún respeto por el viejo gordo que los acompaña, y muchísimo menos por el viejo quejumbroso que se la pasa haciendo escándalo.
El sitio al que llegan es acogedor, a pesar de que las paredes, gruesas y lisas, le recuerdan que están dentro de una prisión. Hay un refrigerador lleno de comida y bebidas, tres sillones acolchonados, una mesa de cristal en forma de L frente a un mueble coronado por una LCD, un librero con toda clase de literatura (más pornografía que otra cosa) y un escritorio con una lámpara de mesa.
En cuanto Leorio ve el sitio, se relaja por completo y deja de despedir ese molesto olor a miedo y precaución. Ni siquiera parece afectado de que Kurapika esté parado junto a Killua. En su lugar se dirige al sillón más cercano a él y se sienta mientras se queja.
—¡Ay, por favor! No puedo creer que estaremos aquí durante 50 horas, ¡hah!
—Killua —Kurapika llama la atención del niño, ignorando la rabieta de Leorio. Parece haberse acostumbrado a su actitud—. ¿Podrías decirme cómo funciona esa técnica?
—¿De qué técnica hablas?
—La que usaste para quitarle el corazón al instante.
Kurapika parece tener una curiosidad genuina al respecto. Su cara está relajada. Su actitud es tan diferente a la que tenía por la noche, cuando protegió a Leorio con su propio cuerpo, así que Killua decide dejar eso atrás y le contesta.
—¡Oh, esa! Pues no es una técnica en realidad. Solo lo arranqué.
—¿Es todo?
Parece incrédulo, así que Killua sonríe y levanta su mano derecha para que todos la tengan a la vista—. Para ser honesto, manipulé un poco mi cuerpo —confiesa, mientras fuerza a sus uñas a crecer a una velocidad horrible, pero lo suficientemente lento como para que todos lo vean.
Gon suelta un “¡Oh!” de impresión mientras algo se desprende por un momento de él. Killua no sabe si es un sentimiento o un olor, o tal vez el aroma propio de Gon, así que lo deja pasar.
—Los asesinos en masa hablan mucho, pero son unos novatos —explica, centrando su atención en Kurapika y tratando de darle la espalda a Gon por un momento—. Yo era un profesional, pero mi viejo lo habría hecho mucho mejor. Cuando arranca un corazón, no saca ni una gota de sangre.
—Ah, es bueno saberlo, gracias —Leorio ya ni sabe lo que dice. Parece estar a medio camino entre la impresión y el terror.
Si Leorio es un libro abierto, Kurapika es el más difícil de leer entre los cuatro que lo acompañan. Tal vez sea porque Killua no puede percibir sus sentimientos con la suficiente claridad. Sabe que es un omega, porque Leorio lo marca con su olor cada noche como un maldito anuncio de “Él es mío”, pero Kurapika no tiene marca en su cuello y tampoco desprende ese olor característico que todos los omegas embarazados despiden. Además, su glándula está dañada.
Y, de todos modos, a pesar de que es tan difícil de interpretar, Killua todavía sonríe porque sabe lo que Kurapika está pensando con exactitud. Supone que el chico rubio debe estar agradeciendo que Killua esté de su lado.
Por supuesto que está del lado de él y del idiota de Leorio. Desde el momento en que decidió que Gon le caía bien, Killua decidió aceptar todo sobre él, incluyendo ese par de problemáticos amigos que carga consigo. Killua no está de acuerdo sobre deberles lealtad, cariño o siquiera de dirigirles la palabra, pero está consciente de que Gon parece adorarlos a pesar del poco tiempo que llevan de conocerse.
Así que Killua al menos debería fingir, ¿no?
—Muy bien, pues tenemos poco más de dos días —anuncia, cortando la conversación sobre sus habilidades de tajo. No confía en esos dos, mucho menos en Tonpa, como para explicarles a detalle sobre lo que es capaz de hacer y lo que no—. Hay que hacer algo, Gon. Revisemos el cuarto para ver si hay algo para que juguemos.
—¡Claro que sí! —exclama Gon, yendo directo a la TV.
Killua lo sigue de cerca, pero decide adelantarlo. Está cada vez más convencido. No solo el cuello de Gon, sino también sus manos, sus mejillas, su cabello y el interior de las rodillas están comenzando a despedir un leve olor.
Parece que solo Killua lo ha notado, porque Tonpa y Leorio permanecen relajados en sus lugares. Así que Killua decide que, de ser necesario, matará a los dos alfas si deciden ponerle un dedo encima a Gon.
Mientras tanto, aparenta una cara feliz mientras la pantalla se enciende, mostrando una lista de canales. La mayoría son pornografía. Gon exclama un—: ¡Wow! ¡Puaj! —de sorpresa y asco cuando la pantalla muestra a una chica con tetas del tamaño de su cara siendo penetrada por dos hombres enormes.
La sala se llena de los gemidos y gritos de la mujer hasta que Killua jala el enchufe de la TV y todo se sume en un silencio incómodo. Gon ríe, como para quitarle importancia al asunto, así que mejor se acerca al librero.
Por fortuna la pornografía parece estar en lo más alto, así que ni él ni Killua son capaces de alcanzar los libros con imágenes obscenas. El niño supone que, si estuvieran solos, ver o leer pornografía no sería ningún problema, pero ahí había dos (o tal vez tres) hombres adultos que ya sabían todo sobre usar sus penes para tener sexo. Luego de un rato se les olvida el asunto.
Kurapika, que parece una mamá gallina incansable, ordena a Leorio, a los niños y a Tonpa que se quiten los zapatos, porque el suelo está hecho de tatamis.
—Ay, no seas exagerado, ¡es una prisión! —alega Leorio, pero recibe una mirada de advertencia de Kurapika y el tipo se estremece.
Killua se ríe para sus adentros, obedeciendo al muchacho. Mientras él y los demás se quitan los zapatos y los acomodan en la entrada, voltea a ver a Gon y él parece feliz y divertido con la dinámica entre sus amigos.
—¿Te recuerdan a tus padres o algo? —pregunta.
Gon es el único que falta de quitarse los zapatos. Los demás están lejos para escucharlo, pero aun así acompaña a Killua susurrando. Sonríe como solo él sabe hacer y a Killua le duele el corazón. Se pregunta si no se estará enfermando.
—Yo no tengo padres —explica—, pero Kurapika me recuerda mucho a tía Mito y creo que, si ella estuviera casada, su relación sería similar a la que él tiene con Leorio.
Solo con esta descripción, Killua ya puede imaginarse a esa tía Mito. Una mujer de carácter fuerte, estricta, tal vez incluso gritona. No está casada, tal vez porque se ha dedicado a criar a Gon, así que lo más probable sea que él la ve como su madre. Killua se hace una nota mental de que, si algún día la conoce, deberá tratarla con respeto y amabilidad. No debería intentar arañarle la cara como a la tonta de su madre.
—Mmm, esto no parece divertido —Gon está decepcionado—. ¿Y si me enseñas a andar en patineta?
—¡Claro! —Killua está emocionado. Gon podría sugerirle la cosa más estúpida del mundo y Killua le diría que con mucho gusto lo haría.
Tonpa se ofrece a hacer té e incluso dispone cinco tazas alrededor de la tetera, pero nadie toma de ella hasta que él mismo se sirve y da un largo trago.
Aun así, los niños ni siquiera comienzan a estar sedientos. Killua hace una pequeña demostración a Gon mientras este, atento, mira cada parte de su cuerpo, grabándose en la memoria sus movimientos.
—Ten cuidado de no dudar en el primer paso o podrías lastimarte —le advierte Killua, entregándole su patineta.
—¡Claro!
Gon ni siquiera parece consciente de que Killua lo está mirando mucho. En su cuello, en sus manos, en sus piernas descubiertas. Parece suave al tacto.
Killua decide concentrarse en el trío de adultos, que hablan sobre las diez horas que les quedarán al finalizar el castigo.
—Eres un tonto —le dice Tonpa a Leorio. Parece ofendido porque nadie está tomando de su té—. La tercera parte del examen de cazador debe llevarte setenta y dos horas. Cada nueva fase elimina a más candidatos cortando la cantidad casi a la mitad cada vez. En otras palabras, debe tomar 72 horas en promedio. El hecho de que no lo supieras prueba que eres un idiota.
—¡Ni siquiera estaríamos pasando por esto de no ser por ti, maldito gordo! —Leorio está a punto de levantarse de su lugar, pero Kurapika da un paso adelante y dice:
—Nuestras posibilidades de llegar al final en diez horas dependerán de las pruebas restantes.
—¡Ja! Lástima que tengas tan mala suerte que tengas que ser dominado por tu omega siendo el alfa —Tonpa sigue en su lugar, sonriente. Las orejas de Kurapika se pintan de rojo mientras Leorio se pone en guardia sobre su lugar, a punto de saltarle encima a Tonpa—. Ni siquiera diste pelea, fue algo penoso de ver. Luego te diste el lujo de decir que podrías haber ganado mi juego, pero estoy seguro de que habrías jugado a lo seguro y habrías perdido igual.
—¡Oye, basta! ¡Tú te hubieras rendido antes de que la pelea hubiera comenzado solo para no ser humillado por el calvo!
—Sí, hubiese tirado la toalla, debo admitirlo —luego compone una sonrisa de burla—. Pero yo no fui el que dio un espectáculo lamentable y fue amenazado por un omega embarazado. Malgasté cincuenta horas que podríamos estar usando ahora, y lo peor es que ni siquiera pueden hacerme nada porque el equipo debe llegar completo hasta el final.
El argumento del gordo ni siquiera tiene sentido. Cualquiera de los cinco podría haber muerto durante las peleas, pero todos salieron bien librados. Killua decide no meterse en la pelea y se limita a observar junto a Gon.
—Además, ¿quién ha oído de un alfa que se somete a un omega? ¿Siquiera puedes ser cazador así?
—¡Cállate! —Leorio se levanta de un salto, apretando los puños—. ¡Tú ni siquiera quieres ser un cazador! ¡Perdiste 50 horas por puro gusto y solo estás aquí para fastidiar a los novatos!
Tonpa sonríe con suficiencia. En ese momento, Gon lanza la patineta muy cerca de la cara del viejo y por poco le da a Leorio. Killua puede ver, más que oler, que el niño se ha enojado por fin con Tonpa.
—¡Oigan! ¿Qué hacen? —Leorio está enojado y no se molesta en ocultar sus feromonas furiosas.
—¡Ups! Lo siento —Gon no parece para nada arrepentido.
—Este cuarto no es tan grande como para usar la patineta. Ya basta —la actitud de Leorio es muy diferente cuando se enoja. Killua puede ver que desprende una presencia poderosa y feromonas dominantes, como si por fin actuara como el alfa que es.
Gon suspira con decepción, pero obedece a Leorio. Parece que de verdad lo ve como a una especie de figura paterna.
Por fortuna, el incidente con la patineta calmó los ánimos, porque unos minutos después todos comienzan a caer en la modorra. Tonpa es el primero en acomodarse con una almohada y una manta cerca del sillón de Leorio, y una media hora después él mismo se cubre con otra manta y se acuesta para dormir. Deja un espacio considerable para que Kurapika se acueste junto a él, pero este le voltea la cara y se pone rojo cuando Killua dice:
—Parece que hoy no podrán hacer cochinadas —y tiene una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Oh! ¡Por eso Kurapika siempre huele a Leorio! —Gon cae en cuenta, formando con la boca una O de sorpresa.
Su comentario hace que Leorio y Kurapika parezcan aún más avergonzados, porque se acuestan muy lejos el uno del otro y no se miran más por ese día.
Dos o tres horas después, Gon se quita la chaqueta hasta que está solo en camiseta y shorts. Hasta entonces, Killua no había pensado mucho en su ropa, pero en ese momento se da cuenta de que los pantaloncitos de Gon son demasiado cortos. Además, con esa camiseta puede ver su cuello, su clavícula, sus hombros redondos y su nuca descubierta, además de sus axilas y sus brazos.
Gon es lampiño y tiene la piel ligeramente tostada por el sol. Además, huele a sudor infantil y a polvo porque no ha podido bañarse desde que comenzó el examen. No solo eso, sino que un ligero olor a pino se escapa de su chaqueta cuando se la quita.
Tonpa y Leorio se remueven en sueños, como si notaran que algo ha cambiado, pero no se despiertan. El mismo Gon parece no darse cuenta de que el olor a pino sale de su cuerpo. Es tenue, casi imperceptible, pero Killua está a un metro de él y no puede evitar sentirse atraído.
Gon bosteza con la boca bien abierta, acomoda su almohada y se acuesta sobre ella, cerrando los ojos. Killua lo mira mientras él va cayendo en la inconsciencia del sueño minuto tras minuto. Respira con suavidad, como si no le importara estar en la misma habitación que tres alfas sin lazo, y parece que nada en el mundo le preocupa.
Killua lo observa por largo rato, viendo la forma lenta y acompasada en que su pecho sube y baja. Siente tantas ganas de tocarlo que las manos le queman, pero se resiste.
Es un niño. Ambos lo son.
Es un omega.
Podría ser su omega.
Killua no tiene ninguna prisa.
Jugará y se divertirá junto a él.
Hará que Gon sonría y, cuando baje la guardia, Killua se meterá debajo de esos pequeños pantalones para que Gon haga algo más que sonreír.