Kurapika
11 horas y 49 minutos hace
Kurapika piensa que la naturaleza de los omegas es aterradora. Se da cuenta de esto cuando, a mitad de su sueño abstracto sobre pasillos de ladrillo, X y O gigantes y un corazón que late, un intenso olor boscoso lo invade todo.
La escena frente a sus ojos es sustituida por un bosque. Es amplio y bien iluminado, como lo sería cualquier bosque donde vivieran las hadas. Hay una ahí con alas de color verde. Tiene el cabello negro, la piel bruñida por el sol y una enorme sonrisa.
Es Gon.
Despide un intenso olor a pino, como si su piel fuese la madera y su cabello fuese el cono del árbol, y va volando por ahí, desnudo, mientras el sol lo persigue.
El sol.
Leorio.
Kurapika despierta de golpe, esperando ver la peor escena frente a sus ojos. Pero, contrario a su miedo intenso, Leorio está peleando con los pies olorosos de Tonpa, mientras que del otro lado Gon se acomoda en sueños. Killua está acostado junto a él, mirando al techo.
Kurapika cierra los ojos con fuerza y exhala en silencio. Aunque no puede percibir las feromonas de los alfas, sí que puede oler bastante bien el pino que proviene de la piel de Gon.
—¿No puedes dormir? —le pregunta con suavidad a Killua.
Conforme han pasado tiempo juntos, Kurapika comprende mejor a Killua. Parece como si el niño se hubiese imprimado de Gon, porque desde el primer momento en que lo vio se la pasa cerca de él, jugando, haciéndolo reír, midiendo sus palabras y sus actos para que Gon no lo abandone.
Y el niño también está más tranquilo junto a Kurapika. Lo mira por un momento y luego desvía la mirada, relajado.
—No es eso. La cosa es que puedo estar despierto dos o tres días seguidos.
Tan solo tiene doce años. Kurapika no puede empezar a imaginar la clase de vida que este niño ha llevado. Por eso, en lugar de comenzar a ponerse personales, Kurapika mira al reloj en la pared y se da cuenta de que marca 40:03.
—Apenas diez horas, ¿eh?
—Sin ventanas es difícil saber, pero… Debe ser de mañana.
—Es posible —coincide Kurapika. Ha pasado casi un día entero desde que comenzó la prueba.
Killua se sienta sobre su lugar y mira al pequeño Gon, quien ha dejado de desprender sin control el olor a pino. Se ríe en silencio, toma su almohada y la lanza con fuerza hacia Gon.
En lugar de golpearlo, Gon detiene la almohada frente a su cara y con una sonrisa, todavía con los ojos cerrados, le devuelve la almohada. Killua parece sorprendido de que el niño esté despierto, tal vez porque aún es pequeño y no sabe que los omegas suelen desprender su olor con facilidad cuando están dormidos. Una vez que despiertan, es más fácil para ellos manejar su aroma.
Killua compone una enorme sonrisa y toma más impulso para lanzarle su almohada a Gon. Él la detiene, se levanta de un salto y se la lanza a Killua. Kurapika decide intentar dormir otro rato, aunque la tendrá difícil.
Ambos forcejean, se lanzan las almohadas y comienzan a luchar encima del sillón en el que se acostaron, como los niños que son.
—¡Ya basta, niños! —exclama Leorio, provocando las risotadas de los chiquillos—. ¡Algunos queremos dormir!
En respuesta, el pie oloroso de Tonpa termina justo frente a su nariz. Leorio se queja, gritando—: ¡Qué asco! —y los niños se ríen más fuerte. Incluso a Kurapika le gana la risa. Puede que los pies del viejo los hayan salvado a todos de una situación irreversible, así que Kurapika le agradece en silencio. Leorio, con las fuerzas renovadas por una noche de descanso, se está quejando más que nunca—. No es gracioso, ¿qué rayos les pasa a todos? Hey, ¡bastardo! ¡Más te vale que no estés fingiendo estar dormido…! Demonios, ahora ya me desperté. ¡Ay! Y aun nos faltan otras cuarenta horas. Todo es culpa de ese gordo, yo hubiera jugado mejor. Hubiera propuesto algo como jugar al piedra, papel o tijeras y entonces le habría ganado a la chica…
Leorio toma un poco del té de Tonpa, a pesar de que sigue quejándose de él, y cuando vuelve a recostarse en el sillón, se vuelve a quedar dormido. Kurapika se vuelve a reír de él, pero se lleva el dedo índice a los labios para advertir a los niños. Ellos sonríen, le hacen caso y desayunan mientras platican entre susurros.
Kurapika, por el contrario, no puede volver a dormir una vez que está despierto. Se ha acercado unos cuantos libros sobre comportamiento omega, juicios penales y un romance muy empalagoso entre un alfa rico y un omega pobre que se escapa de noche junto al bebé de los dos.
Kurapika se toca inconscientemente el abdomen, mira a Leorio mientras ronca y vuelve la vista al libro. Todavía no ha tomado una decisión sobre lo que hará a continuación. Sin embargo, entre más se alargue el examen y más pesado se ponga, peor será para él si de verdad está embarazado como todas las señales lo indican.
No puede esperar a que se acabe la semana. Para entonces podrá hacerse un test de sangre para saber si está embarazado. Al final solo puede especular en tanto se llegue el día esperado.
El olor de Gon se ha atenuado bastante a esas alturas, pero sigue flotando en el aire. Tal vez por eso Tonpa se quita los calcetines y deja que el olor a patas lo disfrace todo. El hombre parece sereno, casi como si no se diera cuenta. Se corta las uñas de los pies, concentrado.
Mientras tanto, los niños están apartados de los tres, examinando la caña de Gon. Killua revisa a conciencia el anzuelo, con el gancho muy cerca de sus ojos azules. Gon le explica cosas sobre peces, Kurapika no está muy seguro.
Pero su atención se centra en el anzuelo cuando Gon lo lanza desde su lugar hasta la taza de café que Tonpa ha vaciado una hora atrás.
—¡Vaya! Ahora déjame probar —pide Killua, mientras el anzuelo vuelve con seguridad a la mano de Gon.
Killua se concentra. No apunta a Tonpa sino a Leorio. Kurapika pierde el interés en el libro cuando lo ve apuntando hacia Leorio. El anzuelo cae entre los pies del hombre y Kurapika suspira.
—¡Ja, ja, ja, fallaste!
—Sí, pero mira esto —Killua mueve el cordel de tal manera que el anzuelo se engancha en la bastilla del pantalón de Leorio y comienza a jalar. Parece que esa caña, combinada a la fuerza de Killua, podría arrastrar al hombre.
—¡Oigan! ¡¿Qué rayos creen que hacen?! ¡Basta! ¡Oye, vas a rasgarme el pantalón! ¡Basta!
—¿Viste? Pesqué uno grande —presume Killua cuando recupera el anzuelo.
Leorio vuelve a enojarse y apenas está amaneciendo.
—¿Acaso te parezco un pez? Diablos, ya maduren.
—¿Por qué te enfadas tanto? No voy a freírte y comerte —le responde Killua de malos modos.
Y pensar que anoche Leorio parecía aterrorizado con este niño.
—¡Solo déjenme en paz! ¿Uno no puede dormir un rato?
Los niños se ríen entre ellos, lo que provoca que Leorio se enoje más. Este, que parece no querer seguir peleando con ellos, dirige toda su furia hacia Tonpa.
—¿Y tú por qué estás sonriendo?
—¿Ah? Por nada —Tonpa parece concentrado en sus uñas.
—Estás planeando algo otra vez, ¿cierto?
—No sé de qué me hablas. Solo quiero pasar el tiempo que nos queda con tranquilidad.
—Eres un mentiroso. No confío en ti ni un poquito, ¿me oyes?
El resto del día se la pasan explorando la sala. Hay videojuegos, discos de música, libros variados y se pueden sintonizar algunos canales en la TV, además de la porno del día anterior. Hay papel limpio y tinta por si quieren escribir algo, la comida es variada así que pueden preparar o cocinar varias cosas y está, por supuesto, la compañía que se ofrecen entre todos.
Gon y Killua son los que parecen disfrutar más. Kurapika supone que en cualquier situación ellos deberían estar bien. Se tienen el uno al otro y parece que su amistad será sincera y duradera, algo que no caracteriza para nada a la relación que Kurapika tiene con Leorio.
A veces siente que Leorio está con él más por deber que por otra cosa. No puede imaginar una relación estable junto a él, siendo cariñosos y diciéndose “te amo” con naturalidad. Kurapika presiente que lo suyo es lujuria y nada más. Que sus cuerpos encajan, como dos piezas de rompecabezas, pero sus almas no terminan de armonizar.
Es algo que ha comenzado a afectarle en las últimas horas, sobre todo porque ni siquiera tienen una semana de conocerse y ya ha comenzado a sentirse celoso de Gon, casi por instinto.
El niño ni siquiera se da cuenta de lo atrayente que es. Su risa reverbera en los pechos de las personas y provoca una sensación cálida en quienes lo miran. Tiene una sonrisa encantadora, un aroma relajante y una personalidad alegre y sincera. No es todo lo inseguro, sensible e iracundo que Kurapika puede llegar a ser.
Si Leorio llegara a mirarlo de otra forma…
¿Leorio?
Pero, a pesar del poco tiempo juntos, Kurapika está seguro de que Leorio es un hombre íntegro y leal. Jamás le pondría una mano encima a Gon. Lo trata y lo ve como a un niño, y Kurapika intenta convencerse de que no va a pasar nada, aunque Leorio perciba el aroma a pino desprenderse de la piel lozana del niño.
Un instante después, Kurapika niega. Los instintos son poderosos. A pesar de que su glándula está lastimada, él todavía ha sido capaz de darse cuenta de que hay otro omega manifestándose cerca de Leorio, e incluso ha logrado detectar su aroma.
Si no hace nada, si Leorio no está enlazado para cuando Gon se manifieste por completo…
Kurapika recuerda la noche tempestuosa en el barco. Su aroma frutal llenando toda la cubierta, incapaz de controlarlo por culpa de los medicamentos. Su plena disposición, el pene de Leorio castigándolo por seducirlo.
La mirada dorada, característica de los alfas, que se manifiesta solo cuando ellos son dominados por sus instintos y es imposible dar marcha atrás.
Leorio, como cualquier alfa, es incapaz de resistirse a un omega en celo. Es su naturaleza. Su instinto.
Y si su instinto le dijera que debe estar con Gon…
Kurapika siente el estómago revuelto y da arcadas. Para bien o para mal, sus amigos intuyen que está embarazado, así que no debe dar explicaciones. Nadie necesita saber que acaba de imaginar al pequeño desnudo en los brazos de Leorio.
Él acude solícito a Kurapika y disipa sus dudas por un instante. Revisa su cara, sus ojos, su pulso, y lo observa mientras Kurapika se toma el vaso de agua que le ha llevado.
—Hay jengibre en el refrigerador. Es bueno para las náuseas —explica Leorio—. Dame unos minutos y dime si algo anda mal.
Leorio va al refrigerador, lo abre, saca el jengibre y lo cierra. En ese momento su cabeza se dirige, casi como un resorte, hacia Gon. Kurapika cierra sus manos en puños, intentando encontrar los sentimientos de Leorio en sus ojos.
—Oye, Gon, ¿no crees que comienzas a apestar un poco? Tengo desodorante y colonia en el maletín, haz algo con ese sudor rancio.
Gon, se ríe, avergonzado, y hace caso a Leorio. Este no le presta más atención. Hierbe el jengibre para hacer té, dándole la espalda a los niños, y mira de vez en cuando a Kurapika.
Cuando tiene una taza humeante, la endulza un poco, la prueba y hace una mueca porque se acaba de quemar los labios. Kurapika sonríe, sanado por sus acciones.
—¿Por qué te burlas? Yo que lo hago con cariño...
Kurapika se toma el té, relajado, mientras Leorio le masajea los pies porque escuchó que los embarazos provocan retención de líquidos y eso puede doler.
—Oigan, espero que no se vayan a poner empalagosos a diario, es asqueroso —Killua tiene las manos en la nuca y está relajado, pero hace ademán de vomitar. Gon se ríe de su comentario.
—Basta, Killua —lo regaña Leorio, luego devuelve su atención a Kurapika. Killua se encoge de hombros, sin ser afectado por el tono firme de Leorio—. No le hagas caso, mientras tú te sientas cómodo, todo está bien.
Un pensamiento fugaz invade a Kurapika.
Solo mírame a mí y todo estará bien.
Pero no lo expresa en voz alta.
No debería amarrar a Leorio con esas palabras.