Leorio
11 horas y 49 minutos hace
Cuando han pasado unas ocho o nueve horas, todos comienzan a caer dormidos de nuevo. Los niños agotan sus energías y duermen lado a lado, compartiendo uno de los sillones. Tonpa ronca, despreocupado.
Incluso Kurapika cabecea en su asiento. Tiene un libro abierto por la mitad, pero sus ojos se han cerrado hace rato. Leorio lo mira en silencio mientras escucha una película, con los auriculares conectados a la salida de sonido de la TV.
Bosteza y se da cuenta de que es hora de dormir. Apaga la TV, se estira y va hacia Kurapika para quitarle el libro y recostarlo. Pero él se da cuenta del movimiento y abre los ojos en el acto.
Leorio se queda congelado en su lugar. Kurapika le da una advertencia silenciosa, como si pensara que el hombre se le iba a echar encima, así que Leorio decide simplemente no acercarse y se recuesta en el mismo lugar que la noche anterior. El reloj marca 22:06.
Aunque él no haya sido quien perdió esas 50 horas, todavía se siente culpable. No solo le mostró un lado vergonzoso a Kurapika y a los niños, sino que el mismo imbécil que los había metido en ese cuarto estaba burlándose de su incapacidad para actuar como un alfa.
No, aquello no es su responsabilidad. No todos los alfas tienen que ser fuertes y dominantes. Algunos pueden ser débiles y llorones. Algunos pueden ser…
Mira hacia Kurapika y él se ha acomodado de tal manera que puede ver a Leorio. Se miran a los ojos, en silencio. Parece que quieren decirse muchas cosas, hacer muchas cosas y prometer muchas cosas. En cambio, se sostienen las miradas hasta que ambos caen en un sueño profundo.
Un segundo después, Leorio se siente como la mierda. El sillón es duro, el pie apestoso de Tonpa está contra su cara y los niños ríen con alegría mientras juegan. Para vengarse, Leorio pone su pie contra la nariz de Tonpa.
Ninguno de los dos cede durante las próximas tres horas.
Leorio despierta mareado por el olor de los pies de Tonpa. Está decidido a nunca más dormir junto a él. Dormirá junto a Kurapika, en el suelo o incluso con los niños, pero nunca más se acercará a Tonpa. Tiene el estómago revuelto y ha perdido el apetito, así que decide que lo mejor es ejercitarse.
Los niños se miran entre ellos y le siguen la corriente a Leorio. Por las próximas tres horas, hacen toda clase de ejercicios mientras Kurapika sigue devorando libro tras libro. Incluso ha leído unos cuantos cómics pornográficos con la cara más seria del mundo. Tonpa permanece en silencio, pasando las horas como cualquier viejo aburrido: sin hacer nada.
Poco después les llega la comida. Hay cinco bandejas con una sopa extraña, dos barritas nutritivas y jugo. Aquello no es suficiente, así que cortan fruta para el postre.
Kurapika no abandona su espacio durante horas. Lee y lee sin parar, hasta que ha terminado quince libros. Leorio comprende que no haya nada qué hacer, lo que no entiende es cómo el muchacho ha logrado tal hazaña. Sería desquiciado decir que alguien puede leer de cinco a seis páginas por minuto y entender lo que ven sus ojos.
Leorio decide que es tiempo de que se ponga a estudiar el libro de medicina que se ha llevado para momentos como ese. No es muy grueso y tiene más anotaciones que páginas, pero al hombre le va bien, porque no ocupa mucho espacio en su maletín.
Los niños siguen haciendo de las suyas mientras comen, pelean, entrenan, juegan y ríen. Seguro que las cincuenta horas holgazaneando les sentaron de maravilla.
Todos siguen sus actividades de forma inexorable, e incluso duermen un poco más. Se estiran, comen, toman agua y por fin, cuando falta una hora para cumplir la cuota, Kurapika cierra el quinceavo libro de golpe, faltándole apenas unas páginas para terminar, se despereza y hace estiramientos para soltar el cuerpo, porque ha estado casi dos días en el mismo sitio.
—Vamos todos, deberíamos comenzar a prepararnos —dice.
—No exageres, falta una hora —Killua sigue jugando con Gon a un juego que acaban de inventar.
—Solo falta una hora —reitera Kurapika, poniendo los brazos en jarras.
Al ver que ninguno de los cuatro le hace caso, Kurapika pone los ojos en blanco y los ignora. Usa un paño que siempre lleva en su bandolera y se limpia la cara, luego el cuello, las manos, las axilas, los pies y al final lava el paño y lo deja secar. Kurapika es una persona limpia y siempre busca la manera de estar aseado, aun si no tiene una regadera a la mano.
Cuando falta media hora Leorio secunda a Kurapika. Se levanta, se pone la última camisa buena de las que llevaba entre sus cosas, se lava la cara, los dientes y se pone un poco de la colonia que le prestó a Gon.
A los quince minutos Tonpa hace lo propio.
Por fin, cuando faltan cinco minutos, los niños corren por el lugar recogiendo sus zapatos, su ropa, enjuagándose la cara y la boca, metiendo todo de nuevo a la mochila de Gon.
Apenas se abre la compuerta con un sonoro “piiin”, Gon sale corriendo a toda marcha.
—¡Espéranos Gon!
Recorren el mismo pasillo que los llevó a la sala de espera, vuelven a la plataforma donde tuvieron sus peleas, corren hacia un lado, luego hacia otro. Al final, luego de media hora, Kurapika, Tonpa y Leorio jadean por la carrera.
—Yo les dije que debíamos bajar las escaleras —se queja Killua.
—¡FUE LA RUTA QUE TODOS ACORDAMOS, ¿POR QUÉ NO CIERRAS LA BOCA?!
Vuelven a intentarlo una vez más. Bajan las escaleras, tal como Killua sugiere, pero eso los lleva a un carrito de metal que se descarrila tan pronto como agarran velocidad. Logran detenerlo justo antes de hacerse papilla contra el suelo.
Kurapika y Tonpa vomitan. Al menos Kurapika tiene justificación, pero Tonpa parece ser más débil de lo que todos pensaban.
Luego de eso, la nueva ruta que deciden es un montón de cuadros LED que se iluminan al pisarlos. Sin embargo, hay algunos que no resisten lo suficiente en el aire y comienzan a caer al vacío. Los niños van por delante, guiando el camino y corriendo a toda marcha.
Leorio y Tonpa tienen mala suerte y están a punto de caer, pero no pasa nada.
Luego deciden seguir la “intuición” de Leorio. Está casi seguro de que no va a pasar nada grave. Es solo un pasillo ancho y bien iluminado. Todo lo que tienen que hacer es caminar.
—¡Corran! —grita Killua, escuchando algo tras ellos. Ni siquiera lo piensa dos veces: toma a Gon de la mano y echa a correr a toda velocidad.
Segundos después, Kurapika también grita—: ¡Corran! ¡Corran!
Leorio y Tonpa miran hacia atrás. Una enorme piedra rodante va tras ellos, intentando aplastarlos. Ambos gritan e intentan alcanzar a los demás, todo lo rápido que pueden. Leorio incluso empuja al gordo para que no sea alcanzado por la maldita piedra.
Una eternidad después, los cinco doblan una esquina y la roca se estrella con fuerza cerca de donde Tonpa se ha desplomado. Tiene la cara azul por la falta de aire, además de estar pálido y cubierto de un sudor grasoso.
Kurapika tiene la ropa hecha un desastre, pero está sano y salvo, así que Leorio intenta recuperar el aliento sin molestarlo.
—Vaya, estoy cubierto de polvo —Killua se mira la ropa sin perder la compostura. Parece que nada puede afectar a ese niño.
—Rayos, solo queda una hora —se lamenta Leorio—. Si no nos damos prisa jamás llegaremos.
Casi parece una broma que hace nueve horas estaban tan cómodos, limpios y bien comidos. Frente a ellos el pasillo se termina en una puerta como las que ya conocen, con una leyenda que les pide votar si abrir la puerta o no. Por supuesto, el marcador se ilumina con un O 4 – X 1 a favor de abrir la puerta.
Leorio siente que las venas en su frente saltan al ver 4 – 1 y no 5 – 0. Agarra a Tonpa del cuello con fuerza y le grita en la cara, furioso—. ¡Ya tuve suficiente de tu basura!
—¿De qué estás hablando? ¡Yo también presioné la O!
—¡No me mientas! Sabotearnos todo es tu maldita especialidad.
—Lo siento, Leorio —dice Gon a sus espaldas—. Por accidente presioné el botón equivocado.
—¿Qué…? Bueno, creo que me equivoqué —Leorio suelta a Tonpa y le da la espalda, pero este lo llama con enojo.
—Creo que me debes una disculpa. ¿Piensas que voy a dejarlo pasar?
Tonpa suelta sus asquerosas feromonas al decir esto. Killua arruga la nariz mientras se pone en guardia, vigilando el espacio de Gon, por si las cosas se encienden.
—Tal vez si no estuvieras siempre haciendo algo turbio estas cosas no pasarían —Leorio tampoco se corta con las feromonas. Está tan harto de Tonpa que ya no le importa si se desmaya alguien—. No te debo nada.
—Casi parece que quisieras culparme por todas las cosas que han salido mal. Te recuerdo que el carrito fue por Killua, y la idea del “pasillo que intuyo que será tranquilo” fue tuya.
—Un pasillo en el que te acabo de salvar ese gordo y apestoso trasero —despotrica Leorio—. Te recuerdo que yo no fui quien perdió cincuenta malditas horas.
—Leorio, cálmate —Kurapika lo toma del brazo.
Si tan solo pudiera transmitir un aroma calmante para Leorio, él al menos se sentiría un poco menos imbécil. En su lugar, Leorio se quita la mano de Kurapika con rudeza y le grita—: ¡Cállate, Kurapika! —antes de ponerse en guardia para pelear con Tonpa.
Kurapika no se molesta. No dice ni hace nada más que suspirar con cansancio. Sin embargo, no se aparta del lado de Leorio.
Gon, sin embargo, se mete entre los dos alfas molestos. Hay una lucha entre dos feromonas muy distintas entre sí. Si el niño ya se hubiese manifestado, se habría desmayado tan pronto como sintiera ambas feromonas. En cambio, anda como si nada, casi como si fuera un beta común y corriente.
—Por favor, ya basta —dice, angustiado—. Yo presioné el botón equivocado así que yo tengo la culpa.
—Esto es absurdo —se queja Killua. Abre la puerta para huir de la sensación y del olor de furia entre dos alfas que se tienen tirria—. Yo voy a entrar.
—¡Killua, no te vayas!
El niño regresa un segundo después—. ¡Oye, Gon! Creo que ya estamos muy cerca del final.
—¡Wow! ¿En serio?
Gon se olvida de la pelea por completo y va hacia Killua, emocionado. Los demás lo siguen, al mismo tiempo que las feromonas de furia se disipan.
Frente a ellos hay dos puertas. La de la izquierda tiene una enorme X hecha con aerosol. La otra puerta tiene una enorme O. Entre ambas, el torso desnudo de una mujer sobresale, con sus brazos descansando sobre cada puerta. La mujer tiene una corona de espinas, y otras tantas están repartidas por sus brazos y por la pared encima de ella. Debajo del torso de la mujer de metal hay un mensaje escrito y una pantalla negra.
—Esta es la última decisión hecha por la regla de la mayoría —lee Kurapika en voz alta—. ¿Están listos? Elige “X” u “O”. Es todo.
—¿Estoy listo? ¡Claro que sí! Hagámoslo —Leorio comienza a enfriarse.
Hay que elegir O, por supuesto, porque así es como pasará lo que tenga que pasar. Sin embargo, la pantalla anuncia una vez más O 4 – X 1. Tan pronto como Leorio ve esto, sus feromonas de furia comienzan a exudar de nuevo.
—¡Bastardo! —insulta a Tonpa.
Él ya ni se molesta en ocultar su actitud rastrera. Kurapika, sin embargo, usa su voz de mando y le grita a Leorio:
—¡Ignóralo! No hay tiempo para discutir.
El lunar en la frente de la mujer se ilumina y un mensaje pregrabado se reproduce y resuena por toda la habitación—: Por favor elijan un camino. Tienen dos opciones a elegir. El camino largo y difícil que todo el grupo puede tomar, o el camino corto y fácil que solo será para tres de ustedes. Por cierto, si eligen el camino largo y difícil necesitarán un mínimo de 45 horas para completarlo. Mientras que el corto y fácil los llevará directo a la meta en aproximadamente tres minutos. Presionen “O” para el camino largo y difícil, o presionen “X” para el camino corto y fácil. Si eligen X, dos aspirantes del grupo deberán ser encadenados al muro antes de que la puerta se abra. Esos aspirantes no podrán moverse hasta que el tiempo límite haya expirado.
Todos observan las paredes y en especial a Tonpa. Hay toda clase de armas repartidas por el lugar, además de dos pares de esposas que cuelgan de la pared.
—Los examinadores pensaron en todo, miren alrededor —Killua lo hace mientras dice esto—. Todas las armas de las que he oído están aquí.
—Así que dos de cinco, ¿eh? —razona Kurapika—. Deben esperar que peleemos para decidir quiénes pasan.
—Muy bien, quiero aclarar algo —dice Leorio, dándoles la espalda—. Voy a presionar X, pero no nos quedaremos atrás. Seremos dos, así que solo uno de ustedes puede avanzar. Elijan, Gon, Killua.
—Miren quién habla. ¿Y yo? —Tonpa parece comenzar a enojarse otra vez.
—Tú cállate, gordo. Ni siquiera aspiras a pasar el examen. Pudimos tomar el camino largo sin tener que elegir a uno de los niños. Ni siquiera te estoy preguntando, tú te vas a quedar atrás.
—¡Esperen un momento! —interviene Gon, con el ceño fruncido—. Yo voy a presionar O. Es que, llegamos hasta aquí trabajando juntos. Debemos terminar juntos.
—Gon… —Kurapika llama su nombre con una mezcla de pena, fastidio y comprensión.
Qué idealista me salió, piensa Leorio, mientras piensa en la mejor forma de noquear a Tonpa.
—Es un gran riesgo, lo sé, pero, aun así, ¡debemos tratar!
—Oh, por favor, no se trata de un riesgo —Killua revisa el cronómetro en su muñeca. Marca 59 minutos restantes—. Tenemos menos de una hora —y luego, para reiterar su punto, Killua se enfoca en el niño y le dice—: Gon, solo hay una forma de pasar. Sabes que es obvio.
—Bien, ya lo oíste, niño —Leorio está del lado de Killua en esto.
—No creas que voy a ceder por las buenas, vejestorio —Killua mira a Leorio con la cara cada vez más oscurecida por la anticipación—. Tú y el gordo pueden quedarse mientras nosotros tres avanzamos. Nos lo deben después del desastre con los prisioneros.
Los cuatro se miran los unos a los otros. Gon no está dispuesto a dejar a nadie atrás, y Kurapika no parece dispuesto a pelear. Killua, más pragmático, ya ha decidido quiénes irán por el camino corto, y a él no hay forma de contradecirlo sin acabar muerto.
Leorio no tiene forma de saber cómo acabará esto.