Kurapika
11 horas y 49 minutos hace
¿De verdad nos harán esto? ¿Pelearnos entre nosotros? Kurapika piensa para sus adentros, y está a punto de perder la cabeza. Sus amigos ni siquiera se dan cuenta de que piensan los unos en los otros a su modo. Aunque estén dispuestos a abandonarse en esa sala, nadie hace ningún movimiento en falso.
Leorio, el más impulsivo del grupo, permanece quieto en su lugar. Ni siquiera Killua, el que parece ser el más peligroso, hace un movimiento. Kurapika supone que han estrechado lazos lo suficiente como para no querer hacerse daño.
Sin embargo, un hacha corta el aire y está a punto de partir en dos a Leorio, pero él retrocede a tiempo, gritando. Es el maldito Tonpa, quien trata de agitar de nuevo el hacha.
—¡ESO FUE UN GOLPE BAJO! —Leorio está conmocionado. Tonpa no quería solo hacerle daño, sino que estaba dispuesto a matarlo.
Kurapika saca sus chacos de madera y ambos niños se ponen en guardia, tan o más sorprendidos que Leorio.
—¡Es una pelea! ¡Aquí no hay ningún golpe bajo!
—¡BASTARDO! —Leorio toma una guadaña invertida y se prepara para herir a Tonpa con ella.
Kurapika hace una posición de pelea con su cuerpo y usa su voz de mando una vez más—: ¡Ya basta! ¡Los dos! —pero no funciona en absoluto, porque ambos sienten algo más intenso que cualquier orden que un omega dominante pueda darles en esas circunstancias.
—¡No hay que empezar a pelear hasta elegir nuestra salida, idiota! —grita Leorio, lo que tiene muchísimo sentido.
Puede que la mayoría elija O, así que no tendría sentido matarse unos a otros porque perderían en automático.
—¡Es muy tarde para eso! —Tonpa no está dispuesto a escuchar.
—¡Bien! ¡Los dos jugaremos el mismo juego! —Tonpa sonríe con malicia.
Kurapika protege con su cuerpo al pequeño Gon, así que se da cuenta del momento exacto en que el niño jadea y suelta un sutil aroma de emoción. Sin embargo, no puede comentar nada al respecto porque Killua endurece y afila sus uñas mientras dice:
—Parece que pelear es nuestra única opción.
Aquello se les está yendo de las manos a un ritmo alarmante.
El cronómetro en sus muñecas marca que faltan cincuenta tres minutos para que se acabe el tiempo límite de 72 horas. El sueño de volverse cazadores se les comienza a escapar.
Gon, que había sido el más pacífico y conciliador de los cinco, retrocede hacia la pared y toma un hacha. Kurapika pierde la cabeza en ese momento. Si el más puro, diplomático y empático del equipo ha perdido la fe, no hay mucho que se pueda hacer.
—¡Escuchen! —grita Gon—. ¡Escúchenme!
El niño no ataca a nadie. Es más, ni siquiera Killua se ha movido de su lugar. Tan pronto como Kurapika se da cuenta de esto, se interpone en el camino del hacha de Tonpa y la detiene a la fuerza.
—¡Kurapika! ¡Tonto imbécil, ¿cómo se te ocurre?! —Leorio lo abraza con tanta fuerza que está a punto de romperle la clavícula, pero Kurapika se zafa de su brazo.
Ordena, con su voz de mando alta y clara—: ¡Todos deténganse y escuchen!
Esta vez Leorio y Tonpa obedecen. Incluso el pequeño Killua parece conmocionado porque una especie de lazos invisibles lo atan de pies a cabeza, obligándolo a reaccionar a la voz pura del último kurta del mundo.
—¡Miren lo que hizo el hacha de Tonpa en la pared! —grita Gon, sin esperar a que le cedan la palabra—. ¡Rápido! ¡Presionen O! ¡Tomen un hacha y hagamos un hoyo para pasar al camino corto y fácil! ¡Ya! ¡Ya!
Gon no necesita voz de mando ni una presencia abrumadora. Los tres alfas y Kurapika lo obedecen a ciegas y hacen exactamente lo que el niño ordena. Sin embargo, tan pronto como Kurapika carga contra la pared, Leorio le arrebata el hacha y le dice:
—Ah no, eso sí que no. Muévete.
—¡Vete a la mierda Leorio! ¡Falta menos de una hora! —Kurapika no permite que el alfa le quite el hacha. Lo mira mal, sujeta el hacha con fuerza y vuelve a su labor.
La pared es fácil de romper, casi como si estuviera hecha adrede de un material poco resistente. Kurapika supone, mientras Gon y Killua se lanzan sin preguntar por el tobogán corto y fácil, que es una prueba dispuesta para jugar con las lealtades de las personas.
Pudieron haber terminado muertos allí atrás.
Por fortuna, treinta segundos antes de que la prueba finalice por completo, los cinco logran llegar a la meta. Leorio y Tonpa se pelean por pasar por la puerta, mientras se empujan el uno al otro.
—¡Quítate, maldito gordo, todo es tu culpa!
—¡El niño ni siquiera se hubiera dado cuenta de que las paredes son frágiles de no ser porque usé un hacha primero!
—¡¿Y a eso le llamas contribución?! ¡Ya cierra el pico! —y justo cuando se anuncia el término de las 72 horas, Leorio suelta un puñetazo certero a mitad de la cara de Tonpa. Luego se gira hacia Kurapika y los niños, suspira y mira a Gon a los ojos—: No puedo creer que se te ocurriera ese plan en el acto.
Leorio sonríe con tanto orgullo y tranquilidad que a Kurapika se le escapa una pequeña risa, incrédulo. Aun así, él también está agradecido con Gon. Incluso bajo presión, el niño evaluó las opciones con calma y pensó en una forma de sortearlas.
Eso es lo que te hace tan especial, piensa el rubio, mientras una sonrisa diáfana y sincera le florece a Gon en la cara.
—La tercera parte del examen de cazador terminó —anuncia un altavoz—. Veinticuatro candidatos pasaron, incluido uno finado.
O sea, veintitrés. Eso, si es que se puede contar a Tonpa. Kurapika no está seguro de verlo como a un rival, pero lo cierto es que ayudó a completar los números. Por lo menos no tuvieron que pasar 72 horas junto a Hisoka, y eso ya es suficiente para agradecer a los cielos.
Una compuerta se desliza hacia arriba con un gran estruendo. Mientras lo hace, la luz solar invade por completo la base de la torre, que era iluminada por antorchas y luz artificial. Después de tres días sin respirar el aire matinal o de ser tocados por el sol, los candidatos miran la luz solar como si no la hubiesen experimentado en años enteros.