Llamaradas

Slash
NC-21
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 72 páginas, 29.471 palabras, 11 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
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Escape

Ajustes
Bennett vuelve a despertar en el área médica de la Sede de los Caballeros de Favonius. Tiene un deja vu al principio, aunque en esta ocasión no cuenta con la presencia de un caballero, sino que una de las diaconisas de Barbatos lo está cuidando. Ella no parece querer estar ahí. Tal vez le han dicho cosas malas de Bennett. Tal vez no confía en lo absoluto en un parricida que hace explotar las velas. Tal vez por eso no hay luces encendidas en ese lugar. Todo se va quedando a oscuras conforme anochece, pero la diaconisa no hace ningún intento por mantener iluminada la habitación. Bennett se queda simplemente en su lugar, yaciendo como si no tuviese cosas más importantes por hacer. Se siente sediento y maltratado, muy diferente a la primera vez que despertó, pero no externa su dolor. Tal vez la diaconisa está coludida con su madre. Tal vez todos los Caballeros de Favonius están con ella. Bennett no puede saberlo. Lo que sí sabe es que no quiere más problemas. Está harto de Mondstadt, de los caballeros, de su madre y de su vida. No quiere saber nada al respecto, así que se queda en silencio y no hace esfuerzo alguno por hacerle saber a la diaconisa que sigue vivo. —Ocho de la noche, ¡por fin! —exclama la mujer, luego de unos minutos. Se despereza, echa un vistazo a Bennett en el momento justo en que este se finge dormido y luego de unos instantes trajinando, la mujer se va, sin siquiera cerrar bien la puerta tras de sí—. Ese tipo sigue dormido, ¿seguros que no pasa nada? Hay al menos dos caballeros afuera de la puerta, custodiando. Bennett pensó que ellos habían perdido el interés, pero supone que no sería tan fácil. —¿Cómo que sigue dormido? —la voz de Tartaglia, molesta, se cuela a través de la rendija de la puerta. Bennett abre los ojos de golpe y siente que su corazón se calienta al escuchar hablar al Fatui. No sabe qué pasa, pero se siente impelido a salir del dormitorio y abrazar a Tartaglia. Quiere estar cerca de él. Sin embargo, se contiene, porque no sabe qué demonios sucede. ¿Por qué querría estar cerca de un imbécil como aquel? Tal vez se golpeó muy fuerte en el interrogatorio. Tal vez Tartaglia lo golpeó muy fuerte. Bennett no puede recordar mucho después de que se desmayó. Tartaglia estaba rompiendo muebles, se abalanzaba sobre él, sentía dolor, pero también placer. Fuera de imágenes borrosas y completa confusión, Bennett no sabe qué fue lo que pasó en la sala de interrogación. No obstante, a pesar de la reacción de su cuerpo ante la voz de Tartaglia, Bennett no quiere ir con él. No sabe qué es lo que pasará si se levanta. Tal vez solo quiera salir del dormitorio para matarlo. O algo así. Si es que un simple campesino puede contra uno de los Heraldos de los Fatui. Como sea, Bennett no quiere averiguar qué pasará si se ve de frente con Tartaglia, así que intenta que no se note que está despierto. —Será mejor que se aleje, señor. En cuanto el chico esté despierto... —Escucha, imbécil —Tartaglia forcejea con los caballeros. Parece que en cualquier momento comenzará una pelea—. El juicio contra esa perra en celo no ha terminado. —Estés en la nación en la que estés, coaccionar el celo o el rut de otra persona se considera un antecedente de violación —argumenta otro fatui con un acento muy marcado. —¿Y quién violó a quién? —La diaconisa se burla, hablando por primera vez en medio de los hombres—. Ese tipo tiene cicatrices por todos lados. Marcas de mordidas, moretones, quemaduras. Si no lo hubiera visto salir sobre sus dos pies la primera vez, hubiera pensado que se trata de un doble. —¡Por eso necesito verificar! —Tartaglia ruge, impaciente—. Es imposible que tenga quemaduras y moretones. No sucedió nada para que él debiera tener quemaduras. —¡Pues las tiene! ¡Y muchas son antiguas! Bennett se siente aliviado por un momento. Mientras iba al Hotel Goethe, la ausencia de dolor y de marcas le provocó un sentimiento de desasosiego. Cuando vio las mentiras de su madre, Bennett pensó que, de una u otra forma, la mujer había manipulado su aspecto para que pareciera con mejor salud de la que en realidad tenía. No había forma de demostrarlo, pero Bennett creía que era posible. Después de todo, sus padres siempre lo hacían quedar como el malo, como el irresponsable, el inútil y el idiota. Añadiría ahora manipulador, agresivo y mentiroso, porque así fue como lo hizo ver su madre. —Esto es obstrucción, señorita, caballeros —argumenta Tartaglia como último recurso. La voz de Jean llega desde el pasillo. —Ustedes ni siquiera pueden estar a sus anchas en este lugar —suena molesta. Hay muy pocas cosas que pueden sacar de sus casillas a una mujer tan generosa y estoica—. Retírense, antes de que se nos acabe la hospitalidad que hemos demostrado a los snezhnayanos. —Ese puto omega está bajo mi jurisdicción y me lo voy a llevar —Tartaglia se escucha cada vez más molesto. Sus feromonas comienzan a colarse a través de la puerta y Bennett se tapa la nariz y la boca, asustado de lo que está provocando en su entrepierna. —Bennett no irá con ustedes. Permitimos que celebraran un juicio a pesar de las advertencias de no interferencia en nuestro territorio solo por un capricho de La Signora, pero ahora que se marchó, ustedes ni siquiera deberían poder levantar su cabeza. ¡Ese niño fue violado y estuvo a punto de morir en medio de un juicio! ¿Qué es lo que está mal con tu cabeza, Onceavo? Bennett gime de dolor. Las feromonas de Tartaglia son furiosas, son de advertencia. El hombre está dispuesto a matar a todos en ese lugar con tal de demostrar un punto, Bennett lo siente más que capaz. Así que tiene que salir de ahí. Aunque esté mareado y débil, aunque esté roto y se sienta traicionado, amedrentado y solo. Tiene que irse de ahí. Su par de botas viejas todavía está al pie de su cama, como un triste recordatorio de lo que nunca tuvo. Apenas creció lo suficiente, sus padres le dieron unas botas que habían encontrado en la basura. Nunca se molestaron en gastar un solo mora en él. Pero para Bennett estas botas son valiosas. Son las botas que lo llevaron hasta el Viñedo del Amanecer, las botas con las que conoció a Razor. Son las botas que lo alejaban cada día de casa para trabajar, sus mejores aliadas para cuidar las plantas de sus pies. Sus dedos no pueden decir lo mismo. Han sufrido por tanto tiempo que se han deformado, porque las botas no son lo suficientemente espaciosas, pero a Bennett no le importa en absoluto. Prefiere eso a andar descalzo por ahí, con la cantidad ingente de espinas, rocas e insectos que podrían lastimar sus pies. Se calza en completo silencio, sin hacer un solo ruido. Es experto en eso. A pesar del dolor, la fiebre y el cansancio, Bennett se mueve como una serpiente, sin que nadie allá afuera se dé por enterado. Asoma su cabeza por la ventana. Está en un segundo piso. Puede hacerlo. Tal vez se rompa una pierna. O tal vez se rompa el cuello. Cualquiera de las dos opciones suena aterradora, pero al menos no tendrá que preocuparse por las consecuencias de sus actos si se mata con la caída. Pero no le importa. Bennett se aferra a la ventana, sale y comienza a caminar por el alero hasta llegar a una de las columnas. Se aferra a ella y, rezando a Celestia, se desliza. Claramente no consideró la fricción, porque las palmas de sus manos quedan en carne viva. Sin embargo, todo lo demás está más o menos intacto. Al menos lo suficiente para sentarse entre los arbustos un momento y evaluar el nivel de daño. Decide que puede continuar, porque un segundo después se levanta a medias y se escabulle hasta la parte de la pared en la que hay salientes. Bennett sabe que aquello existe porque su padre una vez fue encarcelado por los Caballeros por embriagarse más de la cuenta. Todos los criminales de Mondstadt conocen esa pared. Los caballeros también. Alguien grita desde su dormitorio—: ¡Se escapó! ¡El hijo de perra escapó! —Justo antes de que los caballeros se fijen en automático en la pared. Sin embargo y, contra todo pronóstico, los dos caballeros que corren a verificar la pared lo miran a los ojos. Uno le hace un simple gesto, agitando la mano, indicándole que se vaya. El otro grita: —¡Se debe haber escapado por la pared que da hacia el muro exterior! Bennett sonríe, pensando que al menos de vez en cuando tiene suerte. La ayuda de esos dos caballeros le viene muy bien, porque el chico se escabulle a través de patios vacíos y jardines solitarios. Después de todo, a esa hora la gente suele estar en las tabernas o en sus cocinas, cenando. Una vez que pasa por la parte de atrás del taller de Wagner, Bennett se detiene un momento, porque siente una pesadez horrible en el cuerpo. Sabe que tiene que continuar, pero no puede. Entonces se da cuenta de que hay un aventurero completamente quieto a escaso metro y medio de él. El aventurero parece no haberse dado cuenta de que Bennett está ahí, resollando como si la vida se le fuera en ello, pero no tarda en mirarlo a los ojos. El corazón de Bennett da un vuelco. —Has crecido mucho, muchacho —dice, como si se lo hubiera encontrado en un paseo por el parque. Bennett mira hacia todos lados, pero solo hay un guardia a la distancia y parece desinteresado en el extraño aventurero hablándole a la oscuridad—. Dime, hijo, ¿sabes quién soy? Bennett niega con la cabeza, confundido—. Mis padres no me permitían hablar con los aventureros. —¡Ja! —La carcajada del hombre es suave, pero parece llena de rencor y enojo—. Hemos intentado recuperarte durante años, Bennett, pero pasó lo peor que podríamos imaginar y ahora eres un criminal. —¡No les diga que estoy aquí! —Bennett se desespera. Grita en susurros furiosos, perdiendo los estribos—. ¡No sé qué me quieren hacer! ¡No sé qué me hicieron, más bien! ¡No quiero ir con los Fatui! —Y no deberías —el aventurero mira a todos lados por un momento, luego se descuelga la bandolera que lleva abrochada al cinturón—. Ahí dentro está mi manual de aventurero, botiquín y un poco de fruta. También hay un poco de dinero, aunque no es mucho. No vayas a Liyue, ese loco que se quedó en Mondstadt se la pasa allá. La selva de Sumeru es una buena opción, pero si sientes que el clima es una odisea, te recomiendo ir a Fontaine. Ahí podrás encontrar a Su Señoría Neuvillette. Si hablas con él, puede que se interese en tu caso y decida juzgarte con sus propias leyes. Después de todo, si ya se metió Snezhnaya, ¿por qué no meter a una nación más? Los guardias de la puerta no dirán nada. —¿Seguro? Yo estaba prisionero en la sede de los caballeros, señor. —Los caballeros no dirán nada porque tardan quince minutos en hacer el cambio de turno —el aventurero sonríe fugazmente. En otro tiempo debió ser guapo—. Corre, Bennett. Nunca vuelvas a Mondstadt. Bennett siente que una piedra se le instala en el pecho al escuchar estas palabras. Mondsadt siempre ha sido su hogar. ¿Cómo no volver nunca? Es irreal. Es doloroso. —Muchas gracias, señor. —Llámame Stanley, hijo. —Muchas gracias, Stanley. Si puedo devolverle el favor... —Lo único que quiero es que sigas con vida. Dale un buen uso a ese manual, Bennett. Bennett está a punto de preguntarle a este hombre sobre muchas cosas. Pero justo en ese momento, Stanley lo empuja con fuerza hacia la puerta y se vuelve a sumir en su silencio catatónico. El muchacho se siente dolido por este trato repentino, pero justo en ese momento se da cuenta de que es porque los caballeros están presentándose a su turno. Bennett vuelve a sentirse frustrado, porque piensa que los caballeros lo descubrirán escapando por la puerta principal. Cuando traspasa la puerta de la ciudad, Bennett mira hacia todos lados, pensando en esconderse y ver cómo escapar a través del lago para que los caballeros no lo persigan en el puente que da a la cudad. No obstante, Stanley lo sigue ayudando, porque justo cuando los caballeros pasan frente a él, el hombre finge un desmayo y se tira al suelo. —¡Eh! ¡Oh, Stanley está inconsciente! ¡Llamen a las diaconisas! Bennett está profundamente agradecido. Mientras la ciudad se enciende en una actividad frenética por su fuga y por el desmayo, Bennett corre a toda prisa a través del puente y sigue corriendo, siguiendo la dirección hacia Levantaviento. Bennett nunca ha estado en Levantaviento, solo lo ha visto de lejos, desde el camino a Aguaclara o desde lo más alto de la ciudad. Al ser de noche, Bennett piensa que los fantasmas y los monstruos deben mostrarse a sus anchas. Sin embargo, apenas sale del camino, ya sin aire, antes de caer de rodillas cerca de un montón de arbustos. Está perlado en sudor, sus manos arden, su cuello quema por alguna razón. Levanta el rostro al cielo y el viento le acaricia la cara, refrescándolo. Bennett comienza a llorar. Toda la frustración, el coraje, el miedo, la furia, toda la tensión y el displacer. Todo sale expulsado en un torrente de sentimientos que se mezclan los unos con los otros. Se siente como el pequeño de ocho años que alguna vez fue, rodeado de árboles y depredadores silenciosos, esperando a ser comido por los lobos. Luego de un rato, Bennett está más tranquilo. Hace tiempo que sentía que necesitaba sacarlo todo de su sistema, así que ahora se siente un poco menos miserable. Mira hacia todos lados, porque la hierba le comienza a picar en los tobillos y en las manos heridas. Desde arriba de su cabeza, un fulgurante cristalóptero se desliza a través del aire, revoloteando como si fuera una mariposa. Bennett sabe que los cristalópteros suelen asustarse con la presencia de las personas. Él mismo siempre ha intentado atraparlos, sin éxito. Pero este pequeño cristalóptero vuela alrededor de su cabeza, como si no le temiera. El muchacho se queda hipnotizado, viéndolo. Cuando el cristalóptero se aleja perezosamente, Bennett se incorpora y lo sigue. No quiere hacer movimientos bruscos o acercarse demasiado, por si el cristalóptero se asusta. Al cabo de unos minutos, Bennett se da cuenta de que el cristalóptero parece estarlo guiando hacia algún lugar al fondo del valle. A sus espaldas ve que los caballeros y los Fatui han salido por fin de la ciudad con lámparas en mano, así que se acerca con más decisión hacia su guía. El pequeño cristalóptero no se va, sino que espera a que Bennett se acerque y sigue guiándolo. Llegan, por fin, a un enorme árbol que tiene bajo su copa una columna, la cual sostiene una estatua de Barbatos, el Dios del Viento. Bennett había escuchado decir que en Levantaviento había una estatua de Barbatos junto al árbol de Venessa (quien quiera que fuera), pero jamás imaginó estar frente a la estatua por fin, después de tanto tiempo sabiendo que estaba tan cerca. El cristalóptero se posa en la columna, como llamando a Bennett a acercarse. El muchacho le hace caso, porque una extraña y silenciosa luz parece salir de la estatua. Tan pronto como toca la columna, la estatua produce un extraño y armónico sonido y, un destello de luz después, Bennett se siente revitalizado y sin dolor. Se mira las manos, y estas están intactas. —¡Increíble! ¿Cómo es posible? Bennett se ríe, encantado. Hacía mucho que no se sentía tan libre y sano como en ese momento. Aquello dura apenas un segundo, porque alguien dice a sus espaldas: —Así que aquí estabas, pequeña rata. Bennett sabe quién es, incluso antes de que una flecha hydro le atraviese el hombro.
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