El árbol
12 horas y 1 minuto hace
Bennett se saca la flecha y confía. La estatua lo cura una vez más. Quiere largarse corriendo de ahí, así que rodea la estatua y pretende ir por detrás del árbol, pero Tartaglia le da alcance en ese momento, lo tumba boca abajo entre las ráices del árbol y se siente a horcajadas sobre su trasero.
—¿Pensabas en irte así nada más y dejarme con este maldito problema? Pequeño hijo de puta.
—¿Problema? ¿Cuál problema? —Bennett quiere zafarse, pero la fuerza de Tartaglia es abrumadora—. ¡Déjame en paz, por favor!
Tartaglia ríe a carcajadas, pero no parece divertirse. Se inclina sobre Bennett y su boca se acerca a la oreja del muchacho. Este está asustado de verdad; siente que el Fatui está lo suficientemente loco como para arrancarle la oreja de un mordisco.
—¿Y ahora qué se supone que debo hacer, imbécil? Estamos unidos por un lazo.
La noticia cae como balde de agua fría en Bennett. Siente como si el piso se abriera y se lo tragara. De pronto, todos los recuerdos le llegan de golpe. Ni siquiera sabe porqué le volvieron a poner su collar.
—¡Solo debes ir y morder a alguien más! ¡Rompe el lazo y déjame tranquilo!
Bennett comienza a llorar de nuevo. Estar unido a un idiota agresivo como este no estaba en sus planes.
—¡Si fuera tan fácil lo haría, pequeño imbécil!
Tartaglia gruñe. La mitad de su cuerpo roza con Bennett y pronto es en lo único en lo que están pensando ambos, porque el bulto en los pantalones del hombre se acomoda a la perfección en el trasero de Bennett.
—Mierda... —susurra el Fatui. Parece conmocionado, como si no pudiera creer la reacción de su propio cuerpo—. ¿Por qué me siguen pasando estas cosas con este pedazo de...?
—¿Puedes quitarte de encima? —A estas alturas, Bennett no puede ocultar su llanto.
Tartaglia se incorpora lo suficiente, pero solo para acomodar a Bennett boca arriba. Aprisiona su cuerpo, poniendo los codos a cada lado de su cabeza y lo mira a los ojos. Hay un rastro de aroma en el aire. Algo inconfundible.
Petricor.
Bennett aspira, confundido y asustado.
Luego, en un movimiento repentino, Tartaglia besa a Bennett y saborea con su lengua la boca entera del chico. Él se agita, intentando sacudir piernas, brazos y el cuerpo entero para liberarse, pero el olor del Fatui le provoca hormigueos por todos lados. Le calienta el vientre, como si tuviera una especie de manta térmica encima.
El olor lo invita a relajarse, pero Bennett todavía se resiste durante segundos enteros. Intenta empujar al Fatui, y como esto no funciona, Bennett interrumpe el beso y se tapa la boca para impedir que siga sucediendo.
Tartaglia parece fuera de sí mismo, porque sonríe a medias, como si aquello fuese un reto bienvenido, y desliza su lengua entre la clavícula y el cuello de Bennett.
Luego, el hombre rompe la camisa de hospital de Bennett y deja al descubierto su pecho y su abdomen. La mirada le brilla. Atrapa uno de los pezones con sus dientes y Bennett grita, jalándole el cabello.
—¡No lo hagas! ¡Detente! —le grita, pero Tartaglia hace oídos sordos.
—Desearía poder hacerlo —susurra, deslizando sus manos a través de la espalda de Bennett. Entran fácilmente a través del elástico del pijama de hospital. Amasa las nalgas de Bennett y suspira con encanto, como si amara la sensación. El bulto en su ropa interior se hace más grande e inconscientemente mueve las caderas y se posiciona en la entrada de Bennett.
El aroma a petricor envuelve el lugar por completo. Es como una cámara de aire, como si de verdad estuviese lloviendo y el olor a tierra mojada impregnara cada poro de Bennett. Él aspira con profundidad cuando Tartaglia introduce un solitario dedo en su ano; aquello es su perdición.
Bennett se relaja por completo y comienza a sentir la excitación de su propio miembro. Busca la mirada de Tartaglia. Es de absoluta devoción.
Sus bocas se encuentran una vez más, con agresividad. Las lenguas bailan, se envuelven la una a la otra, se saborean y no pueden dejarse, ni aunque mueran asfixiados.
Tartaglia desnuda con facilidad a Bennett. Su entrada está lubricada, listísima para recibirlo. No puede esperar más. Ninguno de los dos puede.
Tartaglia desabrocha su pantalón y saca su pene excitado. Levanta las caderas de Bennett, observa su entrada húmeda y enfila su miembro antes de penetrarlo con tanto cuidado que Bennett suelta un gemido cargado de placer.
Ambos se quedan así por unos momentos, acostumbrándose a la sensación. Están encendidos y excitados, pero al menos están más conscientes que la primera vez en la sala de interrogación.
Bennett comienza a mover las caderas al ritmo cadencioso del pene de Tartaglia. Él empuja con energía, su pelvis acostumbrada al esfuerzo de acceder al interior del omega.
Sus cuerpos perlados en sudor bailan, se pegan, están calientes y huelen a sexo. Tartaglia sostiene una nalga de Bennett y el interior de su muslo contrario para tener una entrada fácil y agresiva. Bennett rasguña la tierra mientras gime y se deja follar.
Danzan con sus caderas hasta que solo son pene y recto deslizándose el uno con el otro, húmedos, suaves y grandes.
Cuando el miembro de Tartaglia se agranda, a punto de eyacular, Bennett no está pensando correctamente. Se aferra a Tartaglia con todo lo que tiene, su interior se aferra alrededor de él y Tartaglia suelta una incoherencia a medio camino entre un gemido y un grito antes de que su semen salga disparado en el útero de Bennett.
Bennett también grita, obteniendo un orgasmo cuando el líquido caliente chorrea a través del bombeo del pene todavía duro del alfa. Luego, como si el fuelle fuera perdiendo energía Tartaglia se va deteniendo hasta que solo se queda así, invadiendo el interior de Bennett mientras se miran a los ojos.
Tartaglia sale despacio de Bennett, se inclina hacia él y vuelve a besarlo. Bennett lo acepta, abrazándolo. Unos momentos después, se queda dormido.
Bennett despierta, confundido por un momento porque solo ve hojas por todos lados. Está amaneciendo y él tirita de frío, sobre todo porque solo tiene un pijama de hospital, una camisa roja con olor a petricor, sus botas viejas y la bandolera de Stanley.
Bennett intenta averiguar qué es lo que pasa en ese lugar. Cómo puede ser posible que haya llegado hasta la parte superior del enorme tronco del árbol. El olor de la camisa casi que le da la respuesta en silencio.
Tartaglia debió subirlo a ese lugar y dejarlo dormir. Le dio su camisa y lo acomodó en una cama de hojas para que la madera no le hiciera doler el cuerpo mientras dormía. Sin embargo, ¿en dónde está?
Bennett se sienta, se abraza las rodillas y se lleva la mano a la nuca. Ahí, por primera vez en su vida, siente una línea de marcas continuas. Está enlazado a un alfa que ni siquiera conoce.
Las lágrimas afloran en sus ojos. No sabe porqué hizo lo que hizo esa noche. No sabe porqué aceptó con tanta facilidad al hombre, porqué no lo dejó ir cuando estaba por eyacular.
Aquello está mal, muy mal.
Él solo tiene dieciséis años.
Acaba de tener su primer celo y fue con un hombre terrible y peligroso.
No obstante, Bennett se lo piensa mejor un momento después. Un sentimiento nauseabundo le recorrió el cuerpo entero al darse cuenta de que solo unos días más le hubieran bastado a su padre para reclamar su primer calor.
Bennett niega con la cabeza. Solo unos días más y ese hombre lo hubiera dejado embarazado. Pero murió, y Bennett no sabe si es peor ahora que está unido de por vida a un Fatui.
Se toca el vientre y mira la altura del árbol. Está lo suficientemente alto. Puede que aborte. Sí. Puede que solucione al menos uno de sus problemas.
No obstante, cuando se inclina hacia adelante, decidido a caer al vacío, una voz salida de la nada grita—: ¡No! —y una ráfaga de viento lo tumba hacia atrás, evitando la caída.
Bennett grita de miedo, pero no hay nadie más con él. O al menos eso es lo que piensa, porque un sonido como de pequeñas campanas inunda el espacio antes de que un pequeño ser baje flotando de entre las ramas altas.
El pequeño mide unos quince centímetros. Sus piecitos y su cara oscura pueden verse a través de un pequeño manto blanco con motivos celestes. Tiene tres pequeñas plumas celestes en forma de ala y de la cabeza sobresalen dos pequeños picos en forma de hojas, también celestes. El ser parece consternado y revolotea alrededor de Bennett con furia.
—¡¿Qué es lo que pensabas, muchacho?! —agarra pequeños mechones del cabello de Bennett y los jala. Él se queja mientras intenta alejar al ser volador dando manotazos—. ¡No tienes que suicidarte! ¡Busca ayuda!
—¡Hey! ¡Yo no quiero suicidarme!
—¡Ja! ¡Esa mentira no te la cree nadie!
—¡Basta! ¡Basta! ¿Qué eres? ¡Déjame en paz!
—¡Quién soy, querrás decir! —el ser se detiene y flota frente a Bennett. Un bultito, como si fuera una mano debajo del manto, se levanta en dirección a la estatua de Barbatos—. Soy él. ¿Quién más te traería a la estatua para curarte y cuidarte de los peligros de la noche, sino yo?
—Eso quiere decir que... ¿viste lo que pasó anoche? —Bennett siente que su cara se pone roja. No solo eso, sino que está furioso—. Si viste todo, ¿por qué no interviniste?
—¿Yo? Yo solo soy un simple Arconte, chico. No puedo modificar el destino.
—¿Destino?
—Tu alfa. ¿Qué se siente encontrar a tu alfa predestinado, muchacho?
Bennett se queda petrificado y boquiabierto. Las lágrimas vuelven a humedecer sus ojos.
No, está harto de los alfas. Pueden morirse y dejar de existir, para lo que le importa. No quiere que un simple olor lo someta y lo vuelva sumiso cada vez que esté cerca de Tartaglia.
—¿En dónde está él?
—Fue a buscar comida y a hablar con sus subordinados. No quería moverte porque podrías despertar, así que te dejó resguardado aquí. ¿No es encantador?
No lo es, pero Barbatos no tiene porqué enterarse de los pensamientos de Bennett. Después de todo, las acciones de Tartaglia solo demuestran recelo y posesividad, de lo contrario se lo hubiera llevado consigo a la ciudad en lugar de dejarlo escondido entre las ramas de un árbol, como si fuera un secreto.
Bennett no va a permitir que otro alfa lo posea.
—No puedes intervenir en el destino pero, ¿puedes ayudarme?
—¡Claro! ¡Te ayudaré con lo que sea!
—Ayúdame... Ayúdame a escapar de él.
El brillo de Barbatos parece apagarse por un momento. Luego, como si hubiese decidido algo consigo mismo, apunta en dirección contraria a la ciudad y le dice—: Ve todo derecho. Encontrarás a un chico que se llama Venti. Él... está a punto de zarpar. Estoy seguro de que si lo convences te prestará su bote. ¿A dónde planeas ir?
Bennett lo piensa durante unos segundos. Luego dice:
—A Fontaine. Necesito ver a Su Señoría Neuvillette. Necesito que me absuelvan. Además, puede que encuentre una manera de romper el vínculo sin tener que depender de ese idiota.
—¿Y qué harás con el bebé?
Bennett vuelve a sentirse desesperado. Los dioses son intuitivos. Cree todo lo que Barbatos le dice porque, después de todo, ha vivido toda su vida en su nación.
—No creo que esa cosa deba existir —se sincera.
El dios se apaga por segunda ocasión. Vuelve a señalar hacia el mar, sin decir nada más.
Bennett tampoco dice nada más que un seco—: Gracias —antes de bajar a trompicones del árbol.
Cuando está listo, toma aliento y comienza a correr sin mirar atrás. No sabe cuánto tiempo falta para que Tartaglia vuelva, pero espera que sea lo suficiente para llegar hasta el lugar que señaló Barbatos.