Llamaradas

Slash
NC-21
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 72 páginas, 29.471 palabras, 11 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
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A toda marcha

Ajustes
Un grito, o tal vez un rugido, se origina en el árbol de Venessa. Bennett corre con toda su fuerza, con la playa a treinta metros de él. Ahí no hay nadie, está casi seguro. Bennett comienza a pensar que el Dios del Viento le mintió, pero en ese momento ve a un chico agitando las manos, saludándolo. Es pequeño, con una vestimenta color verde hoja. Tiene el cabello corto, dos trenzas enmarcando su rostro, y unos brillantes ojos color turquesa. Es hermoso, pero este no es momento para que Bennett se lo diga. —¡Hola! —exclama a escasos metros de él—. ¿Tú eres Venti? ¿Tienes un bote que me prestes? Yo... ¡necesito un favor! —Parece que necesitas un favor con urgencia, amigo —Venti le habla con jovialidad—. ¿Ves esas rocas de allá? Hay un bote encallado. Tiene víveres. Bueno, tiene más cerveza que víveres, pero tendrás que lidiar con ello. ¿Sabes manejar un bote? Bennett no sabe en absoluto, nunca ha entrado a uno. Venti parece intuirlo, porque suspira y le dice: —No te pongas nervioso, chico. Subamos, te diré qué hacer mientras los distraigo. —¿De qué hablas? Bennett voltea. Un pelotón de Fatui viene tras él. Otro de caballeros los siguen de cerca. Tartaglia viene entre la gente; Bennett lo distingue a la perfección cuando convoca su arco y forma una flecha hydro que está destinada a su cabeza. Venti se interpone entre la flecha y Bennett. Un segundo después, un remolino de viento deshace la flecha. Venti ni siquiera se ha despeinado. —¿Qué parte no entendiste? —pregunta Venti. Bennett corre hacia las rocas que Venti ha señalado. Ahí, tal como dijo, hay un bote. Es pequeñísimo y no han de caber más de dos personas y algunos enseres, pero es mejor que nada. —Empújalo al agua, lo suficiente para que no toques el suelo y tengas que flotar. Entra. Bennett le hace caso mientras más flechas y proyectiles elementales se dirigen a ellos. Está empapado en sudor por los nervios, pero no se deja amilanar. Ni siquiera cuando Tartaglia ruge: —¡BENNETT! ¡BENNETT, DETENTE, CARAJO! ¿Para que le vuelva a disparar? No, gracias. Bennett por fin está flotando junto al bote. —¡Entra! El rompeolas tiene una llave a un lado del timón y dos pedales debajo. Pisa el pedal izquierdo y gira la llave a la vez. Voy detrás de ti. Bennett lucha con la compuerta del bote y se sienta en el asiento del piloto. Siente deseos de vomitar, porque ha comenzado una lucha campal entre cuarenta hombres y un solo chico con visión anemo. Pedal izquierdo y girar llave. El motor del bote se enciende con un bramido. —¡Quítate de en medio, borracho pendejo! —Tartaglia despotrica como si no hubiera un mañana. Venti entra a medias, con la mitad de su cuerpo todavía afuera y grita—: ¡Pisa el otro pedal! ¡Ya! ¡YA! Bennett pisa el pedal derecho a fondo y el rompeolas sale disparado. Venti está a punto de caerse, pero Bennett lo sostiene de la capa, ahorcándolo. No puede hacer mucho, porque no quiere estrellar el bote nada más saliendo de la playa. Las flechas y los proyectiles impactan por todos lados, pero el bote resiste. Unos segundos después, cuando ya están lejos de la orilla, Venti manotea para que Bennett lo suelte, entra por completo al bote y tose con vehemencia. —Hombre, qué loco imbécil ese que gritaba tu nombre —insulta, sobándose el cuello—. Oye, suelta el pedal, te vas a acabar el combustible. Bennett deja de acelerar. El bote va perdiendo rapidez hasta que va a una velocidad constante, un poco lenta a su parecer. De todos modos, ya está lejos de la orilla. —Mira, ¿ves esas islas? Tenemos que llegar ahí. Haz que el bote vaya a noventa kilómetros por hora, luego, cuando te diga, aceleras hasta llegar a doscientos. Estoy casi seguro de que esos idiotas tienen botes en Espinadragón, tan pronto como se suban a ellos nos darán alcance. —¿Qué pasa si choco? —¿Con qué vas a chocar? Si no hay nada. Venti tiene razón. Las islas y la tierra se ven a la distancia, pero no hay nada  a su alrededor. Así que Bennett vuelve a pisar el acelerador, esta vez poco a poco y no a lo desesperado como un momento atrás. Durante unos segundos va ganando velocidad hasta que una aguja junto al timón señala un espacio entre los números 80 y 100. —Tú eres Bennett, ¿cierto? ¿Puedes decirme lo que está pasando? Venti parece un poco serio, o a lo mejor es la imaginación de Bennett. Sea como fuere, el muchacho no tiene de otra más que contarle al muchacho, porque acaba de salvarle el cuello allá atrás. —Hace unos días hubo un accidente en mi casa, en Aguaclara. No sé si de verdad yo lo provoqué. El punto es que mi madre tiene quemaduras de tercer grado y mi padre murió degollado. Los Fatui se metieron en el asunto y me quisieron juzgar pero... Tartaglia... resulta que es mi predestinado. No sé si es por eso, pero tuve mi primer celo en cuanto me quedé encerrado con él. Y... —Estás en cinta, ¿no? Y además fuiste acusado de parricidio y lesiones. Lo más difícil va a ser la marca del lazo. —¿Cómo sabes que Tartaglia me marcó? —¡Ah! Bueno, Barbatos me lo contó todo. ¿En qué momento?, piensa Bennett. Todo el asunto con Venti es muy raro. Incluso su encuentro con Barbatos es raro. Sin embargo, cuando parece que está llegando a una conclusión, como si estuviera a punto de enterarse de algo importante, Venti le dice: —Es momento de acelerar. No, ¿sabes qué? Gira hacia la derecha. Vamos con mi cuchurrumín. —¿Con tu qué? —¡Acelera, Bennett! Bennett vuelve a obedecer a Venti. El bote se desplaza a gran velocidad, pasa los cien kilómetros, luego los ciento cincuenta. Al poco rato, están rozando los doscientos kilómetros y la orilla de se está acercando con demasiada rapidez. En el último segundo, Venti se abalanza sobre Bennett, se sienta sobre él y maneja con maestría, deteniendo el bote justo a unos metros de la playa. El corazón de Bennett martillea contra su pecho, pues estaba seguro de que se haría papilla contra Liyue. —¡Fiu! —exclama Venti, con una sonrisa de oreja a oreja—. Salgamos de aquí, Bennett. El muchacho hace caso, aunque lo hace sobre todo para no tener que seguir en la misma posición por mucho rato más. Cuando sale del bote y estira las piernas, Venti tiene un arpa en las manos y comienza a tocarla con maestría. Bennett se queda embelesado, escuchándolo. Unos instantes después, alguien aparece en medio de un montón de sombras, como si surgiera de la tierra. Es más o menos de la misma estatura que Venti pero usa ropas un tanto guerreras, con botas negras y un pesado collar ritual alrededor de su cuello. Tiene ojos de gato y una piedra púrpura le adorna el centro de la frente. —No puedo creer que me hayas llamado después de tantos años, Venti —el recién llegado parece conmocionado, aunque mantiene una fachada de tranquilidad. —Necesito que me hagas un favor, Xiao. ¿Puedes? —Claro —Xiao no vacila. Es decidido y firme—. ¿Qué necesitas? —Protege a Bennett y llévalo hasta la frontera entre Liyue y Sumeru. Habla con los Aranara para que lo lleven hasta la costa. Puede que una melusina pueda guiarlo hasta Fontaine. ¿Bennett? —¿Venti? —Xiao es el Cazador de Demonios, el Cuidador de Caminos, el Vigilante Yaksha, él estará contigo —presenta, con una sonrisa radiante—. Mi cuchurrumín puede ocultarme durante un tiempo en lo que despisto a los Fatui, pero tú eres un ser humano, Bennett. —¿De qué hablas? —Nosotros podemos sobrevivir miles de años sin oxígeno ni alimento, pero no sería lo mismo para ti. No puedo llevarte a mi escondite. Así que confía en Xiao y ve con él. —Creí que Xiao era tu cuchurrumín —Bennett está atontado por el rumbo de los acontecimientos. Apenas y puede disfrutar del paisaje de una nueva nación. Venti ríe con franqueza. Xiao se averguenza en silencio. —El Cazador de Demonios es un gran amigo. Siempre podemos contar el uno con el otro, ¿no es así, Xiao? —Por supuesto —Xiao responde, aunque pronuncia un suave—: Venti... —antes de centrar toda su atención en Bennett—. Escucha: a excepción de Rex Lapis o de las moradas de los Adeptus, no hay lugar más seguro en Liyue que no sea junto a mí. Sígueme, Bennett, si tienes prisa llegaremos a la frontera hoy... —¡Espera! —Venti luce preocupado—. Bennett está en cinta. Si lo llevas muy a prisa... —No me importa, Venti —Bennett luce seguro. Se lleva una mano inconscientemente al vientre—. Un bebé solo me recordaría que un loco psicópata es mi predestinado. —Bennett... —No me importa —repite—. Vayamos cuanto antes, Xiao. La sonrisa de Venti se apaga. Parece consternado por las decisiones de Bennett. Este, que lo ve desanimarse de repente, se siente mal. Cuando Xiao se despide de Venti y se da la vuelta para irse, Bennett ve que Venti compone una sonrisa triste. —Estoy seguro de que tu alfa predestinado solo quiere amarte —dice Venti, aferrándose a un clavo. —Tú mismo lo llamaste “loco imbécil”, Venti —Bennett se encogió de hombros—. No hay forma de comunicarse con él. Ni siquiera voy a intentarlo. Lo único que deseo es que no pese sobre mí la muerte de una escoria como esa... —Vamos, Bennett, se hace tarde. —Muchas gracias Venti, por todo —Bennett le sonríe de todo corazón a Venti y comienza a seguir a Xiao. Aunque el Adeptus le prometió tenerlo en la frontera al anochecer, las cosas son muy distintas. Ambos están en las ruinas de un templo, con una fogata calentándolos de la fría noche. La figura de piedra de un ave los vigila desde la cercanía. —Él es Pervases.  —¿Por qué estamos aquí? Creí que íbamos a llegar a la frontera y luego... —Si de verdad estás embarazado, no puedo forzar tu cuerpo a recorrer todo un país en medio día —confiesa Xiao. Parece acostumbrado a las miradas de reproche, porque no se inmuta ante la molestia de Bennett—. Eres demasiado joven. Si pierdes a ese bebé, nunca más serás capaz de engendrar. —¿Crees que algo como eso me importa? —Bennett comienza a perder los estribos—. ¡No sé qué clase de vida has llevado pero estoy seguro de que no comprendes...! Lo mucho que odio a los alfa. A mi padre. A Tartaglia... Y ahora incluso estoy embarazado de uno... Odio a todos los alfa. Por mí pueden desaparecer y pudrirse en el infierno. —Hay cosas mucho peores que los alfa —Xiao también parece molesto—. No me importa qué es lo que sientes hacia los alfa. Le prometí a Venti que te protegería y te llevaría hasta Sumeru y es lo que voy a hacer. Prepara una cama y duerme, Bennett, por la mañana podremos continuar con el viaje. —¿Cómo sé que no vas a hacerme algo durante la noche? Xiao le dirige una mirada pesada. Bennett está acostumbrado a toda clase de miradas, desde las lujuriosas y morbosas hasta las miradas de desprecio y enojo. Pero es la primera vez que una mirada le promete el peor de los infiernos. Peor que la mirada vacía y siniestra de Tartaglia. En ese momento, Bennett se da cuenta de que Xiao no es una persona con la que se pueda tratar con gritos y reproches. Parece que Xiao es consecuente y firme, así que Bennett decide darle un voto de confianza y rebusca entre los enseres que permanecen guardados alrededor de la estatua. Parece que más personas se han quedado a dormir ahí, porque hay sábanas dobladas y hasta una almohada. Bennett quiere preguntar a quién le pertenecen, pero decide que lo más prudente es no volver a molestar a Xiao. Después de todo, parece que no le cae muy bien. Bennett apisona la tierra y acomoda las sábanas para echarse a dormir. No ha comido más que la fruta, la carne seca y el agua que Venti le regaló, pero no se puede poner a exigir comida a esas horas de la noche. —Oye, Xiao... —llama, preguntándose si el Adeptus ya comió. Sin embargo, alrededor solo permanece la oscuridad de la noche—. ¿Xiao? —No pronuncies mi nombre tantas veces —le regaña, apareciendo a un lado. Bennett salta en su lugar, asustado—. Fui por leña. Te puedes resfriar si duermes a la intemperie. —Espera... Xiao acomoda la leña en un hogar que parece usarse a menudo. Saca un pedernal y, cuando está a punto de usarlo, Bennett grita: —¡Espera! Pero ya es demasiado tarde. Xiao usa el pedernal, la hoguera prende y una enorme lengua de fuego se eleva hasta la misma altura que tiene la estatua de Pervases. —¡Apágalo! —grita Bennett. Conforme más se pone histérico, más se aviva la llama, hasta que comienza a quemar y a hacer sudar a ambos. Bennett mira el fuego descontrolado y la llama parece absorberlo. De pronto está en la cocina de su casa. En el círculo de los tres monumetos pyro. Y alguien le dice: —Filius Maris Jivari. No sabe qué significa, pero repite las palabras en voz alta, hipnotizado. Después, una gran ráfaga de viento apaga el fuego con fuerza y tumba a Bennett de sentón. Xiao se sienta en cuclillas frente a él y parece examinarlo con sus ojos de gato en la repentina oscuridad. Decide que todo está bien, porque no le pregunta nada a Bennett, sino que le dice: —Lo que acabas de decir significa “Hijo del Mare Jivari”. ¿Ahí fue donde naciste? Bennett niega con la cabeza, pero después se encoge de hombros. En realidad no sabe nada sobre el Mare Jivari, pero está claro que un Adeptus milenario puede tener algunas respuestas para él.
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