El olor
12 horas y 0 minutos hace
Bennett se acomoda en un tosco banco de madera que halla tirado por ahí. No le importa perderse un poco de sueño, de todos modos no está particularmente cansado. Los grillos rompen con el silencio ominoso de la noche, haciéndoles saber a Bennett y a Xiao que no están solos.
Cuando Xiao comprobó que Bennett estaba bien, le preguntó que si las lámparas también explotaban cerca de él. Bennett, como buen conocedor de sus propios “poderes”, le dijo—: Solo si estoy alterado. Si estoy calmado, no pasa nada.
Así que Xiao encendió tres lámparas que sacó de a saber dónde e iluminó el pequeño espacio entre el templo derruido y el campo.
Se quedaron callados por un largo rato. Bennett, que tenía una gran curiosidad por la traducción de Xiao de las palabras que los lobos le dijeron tantos años atrás, le preguntó:
—¿Sabes qué es el Mare Jivari?
Pero Xiao no respondió, así que ahora están ahí, ambos en completo silencio, como si hubiesen ido explícitamente para disfrutar de la noche cerrada en campo abierto en Liyue. Bennett no tendría problemas, pero no está dispuesto a ceder cuando sabe que su compañero de viaje es alguien que le puede responder dos o tres preguntas.
Lo malo de la situación es que Xiao parece ser una persona de pocas palabras. Pareciera que pierde años de vida cada vez que abre la boca, porque es muy complicado para Bennett hacerlo hablar.
—¿Qué significa que sea “hijo” del Mare Jivari? ¿Crees que por eso no tengo una Visión? ¿Qué son estas cosas que pasan cada vez que estoy cerca del fuego?
Xiao ni siquiera lo mira, casi como si no existiera. Solo para cerciorarse, Bennett se pellizca, así se da cuenta de que sigue vivo y que, en efecto, no está soñando. Es solo que Xiao no quiere responderle.
Bueno, tal vez no pueda ayudarlo con sus inquietudes. Bennett vuelve a acomodar su pequeño lecho pero, de nuevo, está preocupado por su acompañante.
—Aquí hay otra sábana, ¿quieres que la acomode para ti?
—No es necesario. Puedo pasar la noche en vela.
Bennett aprieta los dientes, pero no dice nada. Xiao es alguien misterioso. No come, no duerme, no habla. Tiene una mirada penetrante, habla con voz baja, grave, y su actitud es flemática.
Ya que Xiao no le va a contestar nada, Bennett prefiere echarse a dormir, así que se acuesta sobre las sábanas y respira el aire de la noche. Un sutil olor capta su atención en ese momento. Se levanta a toda prisa, otea a los alrededores y pone en guardia a Xiao, quien estaba inmóvil, ausente.
—¿Qué pasa?
—El olor.
—¿Cuál olor?
—Huele a él —responde Bennett.
Puede que ya esté alucinando, porque no hay nadie ahí, a menos que sea el fantasma de Pervases.
—Tal vez sea mi imaginación.
Bennett vuelve a acostarse, pero vuelve a sentir el olor sobre él, envolviéndolo. Un suave y fresco olor a petricor. Se gira un poco y lo percibe con mayor claridad. Pega su nariz contra la sábana y ahí está: es el olor de las feromonas de Tartaglia y está impregnado en todas las sábanas.
—¿Quién ha dormido aquí?
—Pervases permite que todos se refugien aquí. Viajeros, aventureros, soldados, ladrones, incluso hilichurls.
—¿Los Fatui?
—Puede que sí. A veces veo que hay personas o hilichurls encendiendo fogatas, pero mientras no cometan alguna fechoría, no suelo intervenir.
Bennett da por buena la explicación. Con toda probabilidad, Tartaglia durmió hace muy poco en ese lugar, pues las feromonas tardan algunos días en disiparse, sobre todo cuando impregnan las telas.
Tiene que lidiar con una camisa bañada en feromonas y ahora también con sábanas enteras. Considera dormir sobre el suelo desnudo, pero aquello no es opción si no quiere despertar con tortícolis y dolor de espalda, así que aguanta sus fuertes deseos de arrojar las sábanas y pisotearlas.
Una de las lámparas explota de repente.
Xiao, como si ya se lo esperara, suspira y enciende una vela.
—Lo siento —susurra Bennett.
—Noté el mismo olor en tu camisa pero no puedo hacer nada al respecto. Al menos no hoy.
—No te preocupes.
Bennett no quiere admitirlo, pero durmió muy bien. Las sábanas eran frescas y mullidas, la noche era tranquila y había alguien cuidándolo de los peligros que asechaban en la noche. Después de años enteros, es la primera vez que Bennett duerme con comodidad. Está decepcionado de que el olor a petricor lo arrulló.
—Extiende las sábanas y déjalas oreando al sol —instruye Xiao cuando Bennett por fin está levantado—. Eso hacen siempre los viajeros. Así, si esa persona pasa por aquí, no podrá detectar tu aroma.
—¿Cuál aroma? —Bennett frunce el ceño mientras hace lo que Xiao le pidió.
—Eres un omega —contesta—. Todos los omegas tienen un olor individual y particular.
—Yo no tengo...
—Puede que nunca hayas sentido tu propio olor, pero otras personas, sobre todo los alfas, pueden distinguir tu olor de omega con mucha facilidad. Cuando hayas terminado, sígueme.
Bennett termina de extender las sábanas al sol en silencio. Se acerca la muñeca a la nariz y olfatea, pero no encuentra nada en absoluto. Por supuesto, le cree a Xiao. Hay borrachos que sudan alcohol, hay diaconisas que huelen como el agua bendita. Wagner huele a hierro y Sara, la del restaurante, huele a especias. Su madre olía a sal y su padre olía a semen y a viejo.
Los cazadores deben disfrazar su propio olor con tierra y hojas del bosque. Tal vez por eso Bennett siempre fue muy malo para cazar jabalíes. En cuanto entraba en su radio, estos terminaban embistiéndolo o huyendo en el acto, como si supiesen que el chico estaba cerca.
Tal vez siempre ha tenido su olor de omega, cualquiera que sea, pero nadie nunca se lo dijo. Tal vez es de mala educación, como cuando no te dicen que hueles mal. A Razor nadie le dijo que olía a sudor rancio y a perro sucio, un día simplemente apareció con el cabello brillante y la piel prístina.
Camina detrás de Xiao pensando en estas cosas, pensando en si aquel pescador junto al mar huele a pescado, o si esos niños que corretean tras las mariposas huelen a... ¿a qué huelen los niños? ¿A caramelos y leche?
Xiao huele a ceniza, desprende un fuerte olor, como si todo su cuerpo se cubriera todos los días de ceniza.
El vendedor que pasa junto a ellos y hace una profunda reverencia a Xiao huele a frutas. Y la señora que lleva de la mano a un niño que apenas sabe andar huele a curry.
Parece que todos huelen a algo. Cosas que los caracterizan o cosas que los acompañan o incluso cosas que comen mucho.
En la posada Wangshu hay un señor que huele a ajo y otro que huele a cebolla. Hay una mujer que huele a flores y una anciana que huele a col.
Xiao le muestra el camino a Bennett, pasan por en frente de una recepcionista que huele a tinta y se inclina ante él, y se cruzan en las escaleras con un hombretón que huele a especias.
—¡Xiao! No creí verte de día y tan temprano. ¿Quieres que te lleve un poco de comida a tu habitación? —le pregunta.
Al parecer todos los cocineros huelen a especias.
—Prepara un desayuno para nuestro invitado.
—A la orden —el hombre sonríe con amplitud. Sin embargo, cuando está a la altura de Bennett, se tapa la boca y la nariz de repente y se aleja—. ¡Lo siento! —exclama al ver que Bennett frunce el ceño.
—Ven acá, Bennett.
En la posada Wangshu hay pocas habitaciones y la de Xiao parece ser la más pequeña y modesta. Hay una cama con sábanas limpias, dos mesitas de noche, un ropero con un dragón tallado en la madera, una mesa redonda y dos asientos.
—¿Por qué ese hombre hizo eso? —A Bennett todavía le molesta la curiosa reacción. Se sienta en una de las sillas, porque siente que sería grosero sentarse en la cama de alguien más.
—Te lo dije: tu aroma de omega —Xiao parece comenzar a fastidiarse del asunto—. ¿Cuándo tuviste tu primer celo? No es normal que desprendas tu olor de esa forma.
Bennett hace un puchero.
—Mi primer celo vino de repente cuando Tartaglia me estaba interrogando... —Xiao no parece enterarse, así que Bennett recuerda que Venti no explicó nada.
Por segunda ocasión, Bennett explica todo lo que pasó. El incendio en casa, el juicio, el celo, la marca, la huida. Han pasado tantas cosas en diez días que Bennett ni siquiera puede terminar de creerse que está viajando por Liyue junto a un Adeptus.
Aun así, Xiao no dice nada. Fuera del ceño fruncido y de sus manos cerradas en fuertes puños, no hay nada más que indique que Xiao escuchó lo que Bennett explicó durante los últimos minutos.
—Escucha, Bennett —después de un rato, Xiao finalmente habla—. No es normal que sigas desprendiendo tu aroma estando en cinta. Puede que Barbatos se haya equivocado...
Bennett siente la esperanza florecer en su pecho. Sí, puede que Barbatos haya errado su diagnóstico. Después de todo, no es sino hasta los quince días que las diaconisas pueden asegurar si una persona está embarazada. Puede que por eso su olor siga saliendo de él...
Puede que por eso... Haya tanto ruido afuera de la habitación...
—Yanxiao es alfa —explica Xiao—. Hay muchos alfas... Y fuiste dejando rastros por todo el camino. Necesitas un supresor.
—¿Qué es eso? —El desconcierto de Bennett es genuino, pero su terror comienza a crecer cuando siente que las presencias se están concentrando en el pasillo. Las pisadas fuertes, los golpeteos que se convierten en golpetazos—. ¿Qué está pasando?
—Si tomas un supresor y estás en cinta puedes perder el feto —Xiao levanta la mano para detener a Bennett antes de que hable— pero también saldrías herido. Los supresores son muy potentes, si estás embarazado son capaces de matarte.
—Pero si estamos seguros de que no hay ningún feto...
—Necesitas un doctor, Bennett —alguien comienza a golpear la puerta con insistencia—. Escucha: voy a autorizar a Verr Goldet para que sea la única que pueda pasar a esta habitación. Así que no se te ocurra salir por ninguna razón. ¿De acuerdo?
Bennett asiente. Los golpes en la puerta comienzan a asustarlo. Siente que en cualquier momento la van a derribar.
—¡Voy a salir y estoy armado! —anuncia Xiao.
Una lanza hecha de jade se materializa en su mano. Bennett estaba realmente envidioso de ver una Visión anemo, y además el Adeptus porta un arma increíble. Todo en Xiao es increíble.
Xiao abre la puerta, sale y vuelve a cerrarla de inmediato. Las voces están amortiguadas por el grueso de la madera.
Unos segundos después, alguien abre la puerta y Bennett respinga. Es Verr Goldet, la recepcionista. Ella sonríe a Bennett con amabilidad. Lleva en sus manos una bandeja que se cae con la comida, así que Bennett corre a ayudarla.
—Todos los alfas fueron echados por Xiao —explica la mujer—. En este momento solo hay omegas en la posada.
—¿Él puede hacer eso? ¿No tendrían problemas por correr a los huéspedes?
Ella ríe con suavidad. No parece preocupada.
—Esta posada fue construida con el único fin de servir de residencia a Xiao. Además, los huéspedes no dejarán de llegar; el Pantano Dihua es el lugar más transitado de camino a la ciudad. Disfruta de la comida, también del tofu de almendras. Pasará mucho tiempo hasta que las cosas se calmen y Xiao pueda comérselo.
Cuando Verr Goldet se retira (sugiriendo a Bennett que cierre la puerta con seguro y ponga una de las sillas debajo del picaporte), el chico se acerca a la mesa y mira la comida con deleite.
No es la primera vez que ve un pollo asado a la miel, un cuenco de ensalada de verduras ni una jarra de agua de limón y menta. Pero es la primera vez en años y, sobre todo, en días, que ve comida de verdad y no hay nadie alrededor para tirarla al suelo, llenarla de tierra, alimañas o semen.
Pasa un buen rato observando los platillos en silencio, tratando de recordar cuando fue la última vez que comió sentado en una silla, con comida de verdad. Después de minutos intensos, no puede recordar, así que su conclusión, amarga y silenciosa, es que nunca ha comido de esa forma.
Sentado, vestido, sin moretones, sin insultos, sin cigarros.
Bennett se sirve en un plato una buena porción de pollo, ensalada y un poco de tofu. Toma con el tenedor el pollo jugoso y lo prueba. Mastica con parsimonía, con una explosión de sabores en la boca.
Tiembla y una lágrima se le desliza por la mejilla.
Esta vez prueba la ensalada. Luego el tofu, luego da un sorbo al vaso que se sirvió de limonada. Un sollozo se le escapa de la garganta y rompe a llorar.
No sabe lo que le depara el destino, pero al menos ha podido comer bien por primera vez en la vida.
Cuando termina de comer está exhausto. Nunca había probado tanto en su vida, así que el dolor del empacho está comenzando a pasarle factura. Se toca la panza que se le ha formado por comer tanto y sonríe como un tonto.
Allá afuera está comenzando a atardecer. Bennett no sabe cuánto va a tardar Xiao en regresar y la pacífica calma de la posada le está provocando sueño, así que se debate entre ser grosero o no hasta que se cae del asiento por quedarse dormido.
Bennett se recuesta en la orilla, muy, muy en la orilla de la cama. No quiere invadir el espacio más personal de Xiao, pero está perdiendo la batalla contra el sueño.
Entre la vigilia y el sueño, percibe un ligero olor a almendras. Al principio siente que es su aliento y se siente un poco avergonzado, pero luego entierra la cara en la almohada de Xiao y lo percibe con mayor claridad.
Así que el verdadero olor de Xiao no es a ceniza, sino a almendras.
A Bennett le parece lógico.
Asiente con los ojos cerrados y se queda dormido.
Cuando Bennett despierta sabe que hay algo mal porque ya no huele a almendras ni a comida. Huele a petricor.
Su posición, de cara a la puerta, le dice casi de inmediato que algo está pasando. Xiao se encuentra sentado, respirando con dificultad. Tiene la cara colorada y la mirada desenfocada.
Bennett se levanta de golpe, pero alguien más le pone la mano en la cara y lo lanza contra la cama. Bennett abre los ojos, horrorizado, cuando ve a Tartaglia encima de él, formando una sonrisa de triunfo.
—Fuiste dejando migajas para que te siguiera, pequeño Hansel.