Verguenza
12 horas y 0 minutos hace
Bennett sabe que ha dormido plácidamente a pesar del desmadre que ha causado su presencia en la Posada Wangshu. Aunque él solo iba a pasar un tiempo en Liyue, al final le ha causado tantos problemas a Xiao que no sabe cómo volver a verlo a la cara. Después de todo, no es como que Bennett sea la persona más bienvenida del mundo, o al menos así se siente.
Cuando despierta se sabe desnudo y envuelto en las feromonas con olor a petricor que emanan por todos lados. En las sábanas, en su cuerpo, en su boca y, por supuesto, en la habitación entera. Su pene está erecto, recto como un lápiz; punza con dolor, como si fuera a explotar en cualquier momento. Bennett no sabe cómo sentirse al respecto.
No hay nadie con él, está casi seguro, y las cosas no pueden continuar de esa manera. Así que, lo primero que hace, nada más asegurarse de que no hay nadie tras la puerta de la habitación, es cerrar la palma de su mano alrededor de su miembro.
Un largo suspiro escapa entre sus labios. Está cargado de una maldición y una disculpa, pero también de una ira que le nace de las entrañas. Si se encuentra en ese estado es todo culpa de Tartaglia. Solo su culpa.
Bennett lo sabe y aun así se siente mal por lo que está pasando. Siente que es todo porque lo provocó, porque algo en él encendió un interruptor maldito en ese Fatui que no quiere soltarlo hasta partirlo por la mitad con su violencia y sus palabras. Muy en el fondo quiere pensar que él no tiene nada que ver con la horrenda actitud que Tartaglia está mostrando.
Tartaglia, el de ojos zarcos. El Fatui alto, fuerte, poderoso. Bennett siente sus manos recorriéndole el cuerpo, sus dedos largos, fríos, ásperos. Siente su peso, su piel mojada de sudor, los latidos irregulares de su corazón.
La masturbación no es suficiente, así que levanta una de sus piernas y pasa por debajo su mano para ir directo a su ano. No hace mucho que fue penetrado casi con furia por el enorme miembro de Tartaglia.
Bennett lo siente inmiscuyéndose en su interior, empujando con fuerza sus caderas una y otra vez hasta que Bennett siente que está por romperse. Su pene y la entrada de su recto se sienten suaves y húmedos, lisos, expectantes.
Bennett suspira cada vez más alto. Lo siente en su interior, acariciándole los pezones con las puntas de sus dedos, la lengua recorriéndole la garganta. Quiere (y maldito sea su querer) que Tartaglia esté ahí y le haga todas esas cosas. Quiere que su alfa llene la habitación de su esencia, como si eso fuese todo lo que debería importar en el mundo.
Cuando Bennett alcanza el orgasmo y un chorro de semen sale disparado contra su mano, sabe que las cosas han llegado a su fin, pero no se atreve a decirlo en voz alta. Sabe que ha caído rendido ante los encantos de un hombre que ni siquiera está ahí y todo lo que quiere es seguir enterrando la cara contra la camisa que Tartaglia se quitó y tiró al suelo.
Bennett llora mucho. No sabe porqué ahora está pasando esto. ¿Tiene algo que ver que Tartaglia sea joven y atractivo? ¿Bennett de verdad lo está perdonando inconscientemente? ¿Es solo que es un alfa? ¿Es porque es su alfa?
Bennett no está seguro. No sabe si es porque es alguien distinto a quien llamaba “padre”. Su padre era un hombre grande, con olor fuerte, facciones toscas y manos duras. Maltrataba y maldecía a Bennett sin descanso, pero el chico todavía seguía y seguía, desnudo y con la boca llena de semen, porque él no conocía otra cosa.
O acaso en el fondo, muy en el fondo, ¿le gusta? ¿La vida es eso? ¿Ser poseído con violencia por un alfa? ¿Ser rebajado a un agujero? ¿Un cuerpo de piel, boca, recto y nada más?
Bennett tiene la cara empapada en llanto y mocos cuando alguien toca suavemente a la puerta. Unos segundos después dice—: Soy yo, Venti. ¿Puedes abrirme?
Bennett toma la misma camisa de la que estaba respirando el olor de Tartaglia y esta vez la mira con molestia. Se limpia la cara con ella y la lanza al otro lado de la habitación, casi con odio.
—Estoy un poco... desnudo —anuncia Bennett.
Lo único que le queda es la bandolera de Stanley, llena de cosas del hombre y de comida que Venti le regaló. El pantalón era del hospital, la camisa había pertenecido a Tartaglia, y nadie se había molestado en brindarle ropa interior, así que decide pedir perdón en secreto a Xiao y se envuelve en la sábana de su cama.
Cuando Venti está adentro, deja la puerta abierta de par en par, deshace el hechizo anemo que cubría el boquete en la pared y abre la ventana.
—Necesito que este lugar se ventile —explica, aunque no tiene que hacerlo—. Xiao dice que está bien tomar algo de su ropero. La ropa que usa él la confeccionó uno de sus antiguos amigos, así que no importa si tomas el ropero entero. Son cosas que los viajeros le dejan a modo de regalo.
En efecto, no solo hay ropa, como pantalones, camisas, botas y calcetines, sino también accesorios, como diademas, collares, aretes, guantes, pañoletas, googles y demás. Eso no es todo, sino que también hay bolsos, morrales, cinturones, cangureras, jabones artesanales e incluso pequeñas esculturas de criaturas que Bennett nunca ha visto. Justo en el centro de toda su colección de regalos, dos figuras llaman su atención: un dragón marrón con efectos dorados y un pequeño fantasma con efectos celestes, que brillan como si fueran reales.
—¡Oh, Barbatos! —exclama Bennett al ver al fantasmita.
—¿Q-quién? —Venti se envara, nervioso.
—Ah, lo siento, creo que es un poco rudo llamar a un dios solo por su nombre, ¿verdad? El dios Barbatos se me apareció en el árbol de Venessa el mismo día en que me ayudaste a escapar de Mondstadt. Él me dijo que tú estarías esperándome, aunque no sé cómo lo supo.
—Ah...
—¿Y quién es el dragón?
—Ese es mmm, ¿Morax? —sugiere Venti. Parece no estar acostumbrado a ese nombre.
—Dices el dios de Liyue, ¿no? No sabía que era un dragón.
—Pronto será el Rito del Descenso. Podrías conocerlo ahí —Venti se encoge de hombros—. Toma un conjunto con el que te sientas cómodo, uno de los morrales y toda la ropa que pueda caber, ¿entendido? Te veremos en la cocina del Sonriente Yangxiao. Y no cierres la puerta ni la ventana, por favor, a Xiao no le gustan las feromonas de otros sujetos en su nido.
Venti se gira para irse, pero Bennett le pregunta—: ¿Nido? ¿Como el de los pájaros?
Esto a Venti lo toma desprevenido. Sonríe con incomodidad, más porque está sorprendido que por otra cosa, y le reitera con una seña a Bennett para ir abajo hacia la cocina de Yangxiao.
Nido, lazo, destinado, feromonas, aroma, celo, rut... Bennett mira por un momento a través de la ventana, pero no le llueven flechas hydro ni hay Fatui cerca, esperando su salida. El hombre que vio entre delirios, salvando a Xiao, ahuyentó a Tartaglia y tal vez a todos los Fatui que cerca. Bennett todavía no sabe qué pasó exactamente, y tiene miedo de preguntarle a Xiao.
Entre los accesorios del ropero, Bennett encuentra un espejo de mano, así que lo toma con rapidez. Está a punto de girarlo para verse la nuca, pero entonces ve por primera vez su cara. Siempre se había visto sobre la superficie de cucharas o la orilla de charcos o lagos, siempre sobre el reflejo de una espada prestada o de un plato de cerámica pulida. Pero nunca, jamás, se ha visto en un espejo.
Sabe que tiene cabello albino y ojos verdes, del color de la esmeralda, como sugirió el amo Diluc en alguna ocasión, pero no sabía que tiene una nariz roma y respingada, o que sus mejillas parecen hundidas por la falta de alimento, o que sus párpados parecen muy delgados. Él se ve más amarillento que sonrosado y todavía tiene moretones y heridas por todo su rostro.
Se pregunta cómo ni siquiera la maestra Jean cuestionó su estado. Se pregunta qué fue lo que hizo su madre para que él pareciera sano a diferencia de ella, a quien se le caía la cara mientras intentaba hablar para escupir mentiras.
Bennett aprieta la mandíbula, intentando contener el llanto, y prefiere revisar lo que tanto teme. En efecto, la línea punteada sigue ahí. Parece hinchada, como si se la acabaran de hacer hace cinco minutos, pero nada más. Permanece intacta en su cuerpo, como si siempre hubiese estado ahí.
—La tortura de ayer debería haber servido para algo, imbécil —insulta Bennett, pero sabe que Tartaglia no puede escucharlo.
La habitación de Xiao fue invadida, él fue obligado a besar a Bennett, violado por ese idiota y además perdió su marca. ¿Pero Bennett estaba igual? Ahí el único que perdió fue Xiao, así que Bennett se permite sentir una vergüenza que jamás ha sentido antes.
Cuando ya está más recuperado, revisa la bandolera de Stanley. En ella hay suficientes moras para alimentar a una familia durante un mes, Bennett lo sabe pues era la cantidad de dinero que mensualmente le pagaban en el Viñedo del Amanecer por sus esfuerzos.
Bennett no sabe casi nada acerca del mundo. No sabe cuánto cuesta una noche en la Posada Wangshu ni los platos de comida hechos por su cocinero. No sabe cuánto cuesta una muda de ropa, una mochila llena de enseres personales ni el pago por el desastre que su presencia ha causado en ese lugar. Pero está completamente seguro de que el dinero que Stanley le regaló no funciona ni siquiera para empezar a disculparse con Xiao, quien le abrió las puertas de su hogar y a cambio obtuvo una humillación por parte de un alfa sin escrúpulos.
Bennett no quiere tomar uno solo de los regalos de Xiao, pero sabe que no puede andar desnudo por ahí. Menos con lo que acaba de pasar anoche. Si algo como eso llegara a ocurrir de nuevo, Bennett quiere estar en un lugar al aire libre, donde pueda correr y ocultarse, no en una habitación, encerrado de nuevo con ese hombre que apenas lo ve se pone en celo como un animal.
Busca entre toda la ropa que posee Xiao. Hay demasiada, como si viniera de cada rincón del mundo. Incluso hay vestidos y faldas de dama; Bennett supone que Xiao tiene tal belleza que podría pasar por mujer sin temor alguno. Se pregunta si en alguna ocasión Xiao ha usado alguna de estas prendas.
Encuentra, en una pequeña caja, un montón de ropa interior, tanto masculina como femenina. Mientras toma, con la cara enrojecida, unas cuantas prendas, Bennett se comienza a preguntar porqué hay casi tanta ropa de mujer como de hombre.
Bennett elige un pantalón corto, con el que se siente cómodo. Casi todos los pantalones que hay son largos y él pisa las perneras mientras se arrastran detrás de él, así que un pantalón que le llega a las rodillas es ideal.
Tiene una pequeña crisis con las camisas, porque todas parecen fáciles de romper. Lo que menos quiere es encontrarse de frente con ese imbécil y perder otra camisa en el camino.
En su búsqueda encuentra una muy interesante, que tiene correas entrecruzadas al frente para hacerse más ancha o más ajustada para su dueño. Si es así, al menos podría evitar que Tartaglia la rompa, aunque enseña su ombligo y su espalda baja. Tras mucho considerarlo, Bennett pelea con la camisa para ponérsela, porque es más complicado de lo que esperaba.
Encuentra por ahí un par de calcetines blancos y entonces se enfrenta a la decisión más difícil: el calzado. Lo bueno es que parece ser de la misma talla que Xiao, pero las botas que encuentra son solo tres pares y sí parecen haber sido usadas.
Un par que encuentra le llega a la mitad de la espinilla y se abrocha en lugar de tener agujetas o correas. A Bennett le son especialmente cómodas, pero parecen ser las más nuevas, así que no termina de decidirse.
No obstante, hay gente esperándolo. Bennett camina sobre las botas un momento, sintiendo las suelas suaves. Sus pies se acomodan, sin ser presionados, y sus dedos, ya deformes por el uso de zapatos pequeños, pueden extenderse y moverse de arriba abajo dentro de los calcetines.
Para Bennett es curioso, porque viene a encontrar ropa y calzado nuevo lejos de sus padres, lejos del infierno que siempre conoció. Xiao y Venti le dieron no solo la primera ropa nueva de su vida, sino la primera cama, la primera comida, el primer viaje... Todas estas primeras veces, que son tan significativas para él, se las han dado solo ellos.
Bennett dobla la sábana que lo cubría, tira en el cesto de basura las camisas de Tartaglia y su pantalón destruido de hospital y deja en la mesa de Xiao todo el dinero que le dio Stanley. No sabe cómo conseguirá más, pero al menos está seguro de que no puede abusar de la confianza de sus benefactores por más tiempo.
Entonces sale de la habitación de Xiao y pone rumbo hacia la cocina de Yangxiao.