Amo a dos hombres

Mezcla
NC-21
Finalizada
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48 páginas, 19.340 palabras, 11 capítulos
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Capítulo 3

Ajustes
Estoy desayunando en la cocina, con el resto de los sirvientes. Ha pasado un mes y medio desde que Ross “se recuperó y se marchó de la mansión”, como me dijo un sirviente. Ni ellos ni yo sabemos a dónde ha ido a parar. Nadie ha llegado a suplirlo todavía. Rina me pasa la sal. Estamos platicando sobre cosas que se necesitan en la cocina, y algunas otras cosas banales. Herman, el jefe de mayordomos, me pregunta casualmente: —Seris, ¿puedes pedir al amo que aumente un 20% el presupuesto del establo? Hay algunas renovaciones que deben hacerse con urgencia. —Claro —respondo. Saco mi pequeño cuaderno por un momento, anoto la petición de Herman y lo vuelvo a guardar. —Oh, Seris, querida. Necesito un ayudante en el jardín del ala oeste. Tengo días sufriendo porque las plantas no tienen el cuidado adecuado. De preferencia alguien que sepa de botánica, o que sea campesino —me pide el jefe de jardinería. —Claro —respondo por segunda ocasión. Vuelvo a sacar mi libreta. —Y yo necesito adelantar mis vacaciones, Seris. Mi hijo tuvo un accidente con una cabra y le perforó el abdomen, me preocupa dejarlo solo. Pero no tengo reemplazo para cubrir los dormitorios del ala norte del tercer piso… —me explica Koa, una de las criadas. Sigo comiendo mientras anoto todo en mi libreta. En lugar de guardarla, pregunto—: ¿Alguien más necesita que le pregunte algo al amo Ebran? —¡Yo! —exclaman cinco o seis sirvientes. —Dile al amo que rompí por accidente una de sus camisas de seda… —… no es estrictamente necesario, y comprendo si el amo no quiere intentarlo, pero de verdad debería organizar una fiesta para… —… que de verdad necesito esas vacaciones… —No tanto como Koa, pero ese hijo de puta traicionero no se me escapa… —… entonces con un poco de paciencia podemos descubrir si ese cuadro es o no en efecto el original… Después de veinte minutos tengo la lista de peticiones. La leo en voz alta para comprobar que he anotado todo, sin revolverlo. Todos asienten. Me ofrecen como pago pequeñas monedas, dulces y hasta una pulsera con incrustaciones de diamante, pero sólo tomo los dulces y me marcho con una sonrisa. La mansión cubre una hectárea de construcción, lo que es bastante espacio para sólo dos personas y sus sirvientes. Tiene un subnivel de treinta estancias condicionadas para ocultar a un regimiento, y un sistema de túneles lleva hasta las afueras del pueblo, donde una familia de bestias salvajes vigila día y noche para que nadie entre ni salga por la rendija del túnel. En la planta baja hay tres cocinas, siete salas, cinco comedores, tres cuartos de lavado, un jardín privado, diecisiete baños con bañeras, una biblioteca y un lobby con amplias escaleras que llevan a los pisos superiores. Además, alrededor del edificio principal hay un establo con veintidós caballos purasangre, un pequeño huerto, ocho jardines, un área de entrenamiento, dianas para practicar el tiro con arco, un granero, un almacén, otro establo para animales de consumo y una perrera con cincuenta perros, entre los que hay siete perras preñadas. Por último, hay una casa con veinte dormitorios, una cocina y cinco baños en cada uno de sus cuatro pisos; en esta casa viven y duermen los sirvientes generales. En el segundo piso del edificio principal hay treinta y tres dormitorios, dos salones y un pequeño baño con bañera para cada dormitorio. En el tercer piso los dormitorios son más amplios, así que sólo hay quince, entre los que están el mío, el de Herman y el de la ama de llaves, la vieja Meripa. En el cuarto piso sólo hay cinco cosas: la habitación de Sin, la habitación de Ebran, el estudio al que sólo pueden acceder tres personas, un baño con bañera hecha de oro macizo y un amplio balcón que cualquiera puede visitar en cualquier momento del día. A excepción del estudio, que le está vedado a todo mundo, hay una rotación de sirvientes que se encargan de los enseres de la habitación de Sin, de la misma forma que yo soy la sirvienta que se encarga de la habitación de Ebran. Así que un lugar tan enorme y con tantos animales debe tener, en consecuencia, tantos trabajadores. La plantilla de la mansión es enorme. Hay cuarenta y nueve sirvientas y mayordomos que se ocupan de los dormitorios, las habitaciones, los establos, las salas, la bodega y el almacén. Trece personas cuidan los jardines, el huerto y destinan los productos para el consumo de todos, para la venta o para guardarlo. Hay cinco que se ocupan exclusivamente de los perros. Sólo nueve hombres tienen el importante trabajo de cuidar de los caballos. Hay una chef y siete cocineros a su mando, aunque en momentos de agitada actividad todos solemos ayudar en la cocina, hasta Ebran y Sin. Por último, está la ama de llaves, Meripa, que ya casi nunca sale de una de las bibliotecas, pero a la que todo mundo le rinde cuentas, incluso su propio amo. Está Herman, el jefe de los mayordomos, quien gobierna a los criados con firmeza y afecto. Y yo, que soy considerada la asistente de Ebran. Ochenta y siete trabajadores en total. Nunca osamos dirigirnos a Sin como uno de nosotros, aunque se anuncie como la mano derecha de Ebran. Para empezar, Sin tiene una habitación junto a la de Ebran en la parte más alta de la mansión. Es el único hombre que puede ingresar al estudio. No parece envejecer, por lo que tal vez no sea tan humano como siempre dice que es. Y, en última instancia, nadie quisiera provocar su furia y que su cabeza sea arrancada de su cuello. Aun así, tanto el amo Ebran como el señor Sin son los nobles más benevolentes, risueños y amorosos que haya podido conocer. Entro al estudio a media mañana. Ebran está recostado en la cama, cosa rara en él porque, aunque es un libertino y un irresponsable, él no suele dormir en el estudio. Sin está de espaldas al ventanal que da a los jardines traseros, con las tres pilas de su trabajo acomodadas en el mismo orden de siempre: documentos por leer, documentos en revisión, documentos aprobados. —¡Seris! —llora Ebran cuando me ve—. Ah, esta mañana todo es un asco. Ven. —Señor Ebran, ¿por qué sigue acostado? Tengo treinta y siete peticiones para hoy. Además, su horario está un poco apretado. Los representantes de Gilan llegan a mediodía. Luego tiene una comida con el gobernador de Trente. ¿Y no era hoy el día en que la princesa de Gombrich llega para su visita oficial? —Que me escupa Etalis, ¿esa niña llega hoy? —Ebran suspira. —Que Etalis se vaya al demonio —dice Sin de pasada, como quien dice “Salud” en automático. Me rio en silencio con Ebran, porque está claro que Sin está muy concentrado en su trabajo. —Bueno, ¿cuáles son esas peticiones? —pregunta Ebran, levantándose. Lleva un pantalón de seda con un chal a juego. Su cabello laceo está suelto, y enciende una pipa larga mientras escucha mi lista de peticiones. —Herman necesita hacer reparaciones urgentes en el establo de los caballos. Solicita un aumento del 20% en el presupuesto. —Sí, todos los aumentos aprobados. ¿Qué más? —Bueno, eso nos deja con diez peticiones menos. El hijo de los Flavel fue atacado por una cabra —Ebran ríe—. Koa pide permiso para tener sus vacaciones antes, pero no hay quien la sustituya porque tiene una acumulación de dos meses. —Mmm, ¿qué es lo que tiene asignado? —Los dormitorios del ala norte del segundo piso. Unos siete. —Bueno, que Herman asigne a siete criados un dormitorio extra por dos meses. No voy a contratar a empleados temporales. ¿Qué más? —Ah, el jefe de jardinería necesita a un botánico o un campesino que se ocupe del jardín del ala oeste. Dice que las plantas se están marchitando. Y ya hay que llamar al veterinario para que haga su revisión mensual de los caballos, y de paso para que revise a las dos perras que ya van a dar a luz. —No me gusta la idea de nuevos empleados… Mientras no se acerquen a este piso, dile a Herman que puede contratarlos. —Dile a Herman que le voy a arrancar la cabeza a él si uno de los nuevos pasa del segundo piso —anuncia Sin casualmente. Me estremezco. Herman también lo hace cuando se lo digo más tarde. —Bueno, sin las peticiones de nuevos trabajadores o revisiones nos quedamos con siete. Wirl aboga por hacer una fiesta para su próximo cumpleaños, señor Ebran. Los sirvientes podemos encargarnos de… —No. —Pero nunca hemos tenido una fiesta en la mansión —protesto. —No —Ebran se mantiene firme—. Sin fiestas. No insisto—. Sami rompió su camisa de seda de El Haz. —Esa camisa me gustaba. Dile a Herman que descuente de su sueldo… espera, ¿cuánto costó esa camisa, Sin? —Una centuria. —¿Y cuánto le pagamos a los empleados? —¿Una centuria por una camisa? ¿No lo estafaron? —pregunto yo en voz alta. Sin se ríe—. Les pagamos ciento veinte escudos al año —responde—. Sami tendría que trabajar por quinientos veinte años para pagarte íntegra esa camisa. —Y ahí va una buena camisa… Que le quiten el acceso a la lavandería —ordena Ebran. Un príncipe de pacotilla ordenaría que azotaran al susodicho y sangrando lo tirarían a los perros para que se lo comieran. Un noble cualquiera haría de ello un espectáculo con el que ganara dinero. Ebran, en cambio, frunce el ceño, enojado, ordena que no le vuelvan a dar entrada a la lavandería al culpable y a mediodía ni siquiera se acuerda que su valiosa camisa fue hecha pedazos por accidente. Continúo con la lista de peticiones luego de un momento: —Dux ahora está casi seguro de que el cuadro de la trovadora en el pasillo del ala este en el tercer piso en realidad es el original. Pide su permiso para examinarlo y llevarlo a un conservatorio donde sea restaurado. —Como sea —dice, desdeñando el asunto. Aunque el enojo se le pasa luego de unas horas, en este momento todavía está furioso por su camisa. La mansión está llena de reliquias, y Dux siempre deambula por todo el lugar hacia el próximo tesoro, como un cazador de recompensas buscando entre los escombros de algunas ruinas arqueológicas. —Meryl dice que lo mejor es vender a los perros que vienen en camino. Ya tenemos cincuenta, otros más y comenzarán a pelear por espacio y comida. —¿Cómo llegamos a cincuenta? Que los venda hasta dejar veintiocho. Que no venda a los viejos o a los cachorros, a esos que los de en adopción, y que se asegure de que no se los está dando a los comeperros. —El negocio de la lavanda no funcionó. —Que vendan hasta agotar las reservas y entonces cierren el puesto. —Ya ha habido tres accidentes esta semana en el vado al sur de la mansión porque el alcalde no se ocupa de renovarlo. —¡Maldito calvo de los cojones! —maldice Ebran—. Dile a Herman que vaya… No, espera, a Herman no le va a hacer caso. Pregúntale a Meripa si puede ir. Una de sus miradas basta para hacer al pie de la letra lo que ordene, ja, ja. Que la acompañe una comitiva de doce criados, que se encargue Herman de escogerlos. Entre más grandotes e intimidantes se vean, mejor. —Y… Simone-bel Solan solicita una pensión de una centuria al año porque asegura que ha dado a luz a un par de hermosos gemelos con los ojos de su padre, cafés como el chocolate, etcétera, etcétera. —¡Ja! Este mes eres padre de gemelos. Espero que el mes que viene vuelvan las madres de sextillizos —bromea Sin, riéndose a carcajadas. Ebran se ríe junto a él. Llevo siete años de mi vida viviendo junto a ellos. Se ha vuelto costumbre escuchar sobre tal o cual lady que dice haber quedado embarazada de Ebran, o de Sin, o de los dos. A veces son viudas en busca de afecto. A veces son cazafortunas que se le cuelgan al cuello a Ebran tan pronto como se enteran de que posee la fortuna más grande en el mundo entero. A veces ya están embarazadas y tienen relaciones con ellos para engañarlos. A veces, como yo, intentan ser amadas por ambos. A veces las mismas vuelven dos, tres, cuatro veces. A veces lo intentan cada año. Hay una que lo ha intentado por nueve años. Hay otra que lo ha hecho por cinco. Ninguna les gana, nunca. Ebran es el mayor libertino e irresponsable, pero es un hombre infértil. Él no puede dejar descendencia, o al menos eso me ha dicho. En cuanto a Sin, la única mujer con la que realmente ha estado, como aseveran ambos, es conmigo. Así pues, todas y cada una de ellas mienten. Ninguna gana nunca. Ni siquiera yo, o al menos eso es lo que pienso.
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