Amo a dos hombres

Mezcla
NC-21
Finalizada
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48 páginas, 19.340 palabras, 11 capítulos
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Capítulo 4

Ajustes
Estoy caminando detrás de Ebran, a una distancia prudente, como parte de su comitiva de bienvenida. Llevo un vestido largo, ceñido en la cintura; es de seda roja, y Ebran se asegura de toquetearme por aquí y por allá cuando nadie está viendo porque dice que siempre me veo bonita, pero nunca tanto como cuando visto de rojo. A veces no le creo nada. Calzo zapatos abiertos de tacón aguja, tengo las piernas desnudas debajo del vestido y llevo un juego de aretes, collar y pulseras con incrustaciones de rubíes. Las sirvientas me ayudaron a peinarme con un moño alto, y prendieron con delicadeza el símbolo de la casa sobre mi pecho, junto a mi hombro izquierdo. Además, me maquillaron con polvos, colorete y máscara de pestañas. Frente a nosotros están la princesa de Gombrich y su séquito. Lleva cinco damas de compañía, dos pajes y treinta guardias. Ella viste un vestido bombacho hecho de corsé y varias capas de faldas, usa guantes largos, zapatos de tacón y tres juegos de joyas. Tiene diamantina en los pómulos, y en las puntas de las pestañas tiene pequeñísimos diamantes que destellan cada vez que ella parpadea. En conjunto parece una muñeca de tamaño humano. —Hum, ¿una sirvienta de rojo? ¿Sólo una? —pregunta la princesa—. Esta noche Mirr y Lanil pueden ser tu compañía y la del señor Sinael, primo. Espero que no desdeñes mi regalo. —Lo acepto gustoso, querida princesa —responde Ebran en el tono más obsequioso posible—. Sus aposentos y los de sus damas están en el tercer piso. Herman guiará a sus guardias para que se alojen en el segundo piso. —¿Dónde duerme ella? —pregunta la princesa, señalándome con uno de sus largos dedos. —Seris duerme en donde se lo ordeno, por supuesto. ¿Dónde duermes, Seris? —Si usted me lo ordena, dormiré en este mismo lugar esta noche —le respondo en tono comedido. Una de las damas de compañía no puede reprimir una sonrisa de satisfacción. Es Mirr. —Ordénale que se quite los zapatos. Me parece una ofensa que una sirvienta quiera parecer más alta que su princesa. —Seris, quítate los zapatos y las joyas. Tíralo donde la princesa no lo vea. Hago como Ebran me ordena. Me acerco a la ventana, de espaldas a la comitiva y me inclino por completo, con mi trasero hacia los guardias de la princesa. Mientras desabrocho mis zapatos no veo lo que está pasando, pero sé exactamente qué reacción está teniendo quien. Ebran ríe por dentro. Las damas se enojan. La princesa frunce el ceño. Los guardias suspiran. Cuando me quito los zapatos soy pequeña. La coronilla de mi cabeza apenas alcanza la mitad del pecho de Ebran. Aviento los zapatos nuevos por la ventana. Me quito los aretes, las pulseras, el collar. Miles de escudos desperdiciados. —Creo que serán buen alimento para los cerdos, señor —comento con alegría. Las joyas no me conmueven, Ebran lo sabe. Esta vez una ligera risa se escapa de la comisura de sus labios, luego recupera la compostura. —Ordénale que no hable. Dormirá en el piso esta noche. Es una desvergonzada que no conoce su lugar. Llévame a mi dormitorio. —No hables Seris, tu dulce voz me enamora cada día. Ven conmigo, acompañemos a la sacra princesa de Gombrich al sitio que he dispuesto para ella. Su tono no tiene nada de socarrón. Es profesional, comedido, como si no quisiera hacer enojar a la mujer. Un desconocido sentiría que Ebran va a bajar la cabeza en cualquier momento. Quienes lo conocemos mejor sabemos que se está burlando. La princesa ya cenó en el pueblo. Sólo se quedará esta noche y por la mañana le serviremos el desayuno en el comedor más grande antes de que parta hacia el noreste, donde continuará con su revisión. Ella es quien hace los chequeos en nombre de la familia real. Sus hermanos y su padre están demasiado ocupados con juegos de poder, mujeres y guerras como para acordarse de que tienen un pueblo. Los criados abren la puerta de doble hoja del dormitorio más grande del tercer piso y dan paso libre a la princesa. Mira el lugar con ojo crítico, como si no lo hubiera visto decenas de veces antes, y dice—: Cambiaste las cortinas, y ese feo jarrón quildeng. ¿Dónde está la pintura de las selenas? —Resulta que era auténtica. La vendí a un coleccionista empedernido —Ebran se encoge de hombros. Con ese simple gesto echa abajo sus esfuerzos por parecer serio y profesional, pero también demuestra que se comienza a aburrir. —Bueno, eso es todo por hoy, primo. Llévate a Mirr y a Lanil. Estoy segura de que después de que las pruebes vas a querer seguirlas como un perrito por el resto de tu vida. Ebran se inclina sin decir nada y ofrece sus manos a las damas de compañía. Mirr es rubia, Lanil es morena. Son altas y delgadas como hadas, y poseen una belleza etérea que no suele verse en personas un poco rubicundas como yo. Mis senos son más grandes que su par de senos juntos, y mis caderas más anchas. Pero ellas caminan poniendo un pie delante del otro con una seguridad que yo no lograré experimentar jamás. Abro la puerta de la habitación de Ebran y él entra con una chica a cada lado. —Trae a Sin —me ordena Ebran. A cada lado de su cama hay un cómodo sillón azul en el que sienta con suavidad a las damas. Les sonríe, seductor, y les dice—: Sólo se pueden levantar cuando yo lo ordene. Si se levantan antes, las voy a echar de aquí. Salgo de la habitación y vuelvo segundos después con Sin. Veo cómo se estremecen las damas. Lo sé, tuve la misma reacción cuando lo vi por primera vez, porque no es normal ni común ver a un hombre que es del color de la noche. Cierro la puerta tras de mí. Ebran se acerca al centro de la habitación, donde hay una mullida alfombra. Me paro cerca de él y espero.  —Voltéate —me ordena. Comienza a desabrochar los listones que me atan el vestido y me dice al oído, en un tono audible—: Eres una desvergonzada, Seris. Hoy vas a dormir en el suelo porque la princesa lo ha ordenado. ¿Tienes algo que decir en tu defensa? —El vestido me aprieta, señor. Creo que perdí la cabeza por un momento y por eso actué de forma poco prudente. —¡Oh! Te aprieta, por eso fuiste una descarada y desechaste tan fácil mis joyas. ¿Dónde te aprieta? —¿Puedo señalarlo con mi propia mano? —¡Por supuesto que no! Indícale al doctor en dónde te aprieta. Tomo las manos de Ebran y las pongo sobre mis senos. —Es tan apretado, amo Ebran. Casi muero asfixiada. No me llega el aire a la cabeza. ¿Cree que el señor Sin me pueda dar un masaje? Tengo la lengua un poco dormida por la falta de aire. —Yo te ayudaré a ejercitar un poco la lengua, no te preocupes, Seris —me dice Sin, sonriendo. Siempre le causa gracia cuando comenzamos a portarnos así. Ambos se desvisten y me rodean de inmediato. Sin me besa, enreda su lengua con la mía. Ebran termina de desabrochar mi vestido. Lo desliza por mi torso, mis caderas y mis muslos, luego cae al suelo. Entonces vuelve a poner sus manos en mis senos y los masajea. —Si te dolía tanto debiste quitarte también el vestido, Seris. No me gusta que te reprimas. —No puede hablar en serio, señor. Incluso las sirvientas más diestras tardaron media hora en ponérmelo. Usted es un experto desvistiendo señoritas. Ebran ríe. Me roba la lengua de Sin. Lo besa con pasión mientras ambos me aprietan entre sus cuerpos. Ebran con sus manos en mis senos y su miembro cada vez más erecto en mi espalda, Sin con las manos en mis caderas, donde le gusta tenerlas, y su miembro apretando en mi ombligo. —Señor, nosotras… —dice Lanil. —Cállense. No les permití hablar —la corta Ebran con dureza. Luego de unos segundos, dice—: ¿Empezamos? Ebran se recuesta en la alfombra. Me ordena—: Siéntate. Sé a lo que se refiere. Me quito la ropa interior y pongo mi trasero en su cara, de espaldas a su cuerpo. A Ebran le encanta hacer eso. Abro la boca, grito de placer. Cuando hago esto, Sin estampa su miembro en mi boca. Sin me quita las horquillas del cabello. Es tan rápido para deshacer mi peinado como Ebran lo es con los vestidos. Cuando mi cabello está suelto Sin lo sujeta con ambas manos y empuja hacia mi garganta. Me encanta hacer esto con ellos. Los ojos se me ponen vidriosos. Ebran lame mi clítoris. Sin exige mis atenciones en él. Unos segundos después, la lengua de Ebran se desliza en mi interior. Grito con el miembro de Sin en mi boca. Esto le provoca una eyaculación que sabe dulce. Sin me ordena girarme hacia el otro lado. Me levanto un momento y me vuelvo a sentar sobre Ebran. Sin está entre las piernas de Ebran, jugando con su miembro. —Mételo en tu boca —me pide Sin. Lo hago. Meto el miembro de Ebran en mi boca y lo comienzo a chupar. Luego Sin, luego Ebran de nuevo. Llego al orgasmo gracias a la lengua de Ebran en mi vértice. Pero ninguno tiene suficiente. Respiramos con dificultad. Ebran se levanta y me carga con mi espalda contra su pecho, abre mis piernas y lentamente, con la ayuda de Sin, pone su miembro en mi trasero. Vuelvo a gritar. Luego Sin me penetra por delante. Con los dos dentro de mí, Sin me sujeta de las caderas mientras que Ebran me sostiene las piernas en alto. Entonces se sincronizan y al mismo tiempo me levantan y me estrellan contra sí. Duro, rápido, una y otra y otra vez. Sin está perlado de sudor. El abdomen de Ebran está resbaladizo. Todo mi sexo está mojado y caliente y se abre contra ellos a un ritmo frenético. Ebran se desliza fuera de mí y me deja sobre mis dos piernas, pero estoy débil. Caigo rendida al suelo. Sin se cierne sobre mí y me besa, pero antes de hacer cualquier otra cosa, Ebran se arrodilla detrás de él, se humedece dos dedos y los mete en Sin. Yo agarro su miembro y comienzo a deslizar mi mano a lo largo. Sin suspira contra mis labios y su cuerpo tiembla. Pasa un minuto. Ebran pone sus rodillas entre las rodillas de Sin y mis caderas y entonces, sin vacilar un segundo más, pone su miembro en la entrada de Sin y lo penetra. Esta vez Sin es el que grita. Me muerde el labio. Grito con él. Ebran lo penetra con decisión, perdido en su propio éxtasis. Sin no aguanta, no quiere esa posición. Levanta mi pierna y pone el interior de mi rodilla en su hombro, luego me penetra. Ebran está muy cerca. Chupa los dedos de mi pie, mientras Sin me rompe con la fuerza combinada de dos hombres. Otro orgasmo viene cuando el dedo húmedo de Sin toca mi clítoris. Aprieto su miembro, es muy tarde para salir. Sin eyacula dentro de mí. Estamos tan perdidos en el éxtasis que nos da igual. Ebran sigue, sigue, sigue, y Sin continúa con su miembro en mi interior. Se siente bien, aunque ambos hayamos acabado. Se siente muy bien, muy bien… Un tercer orgasmo me hace gritar. Ebran se viene en Sin. Una sonrisa le embellece el rostro. Está feliz. Está satisfecho. Ninguno de los dos se separa. Estamos los tres unidos. Es una unión extraña y lujuriosa, un acto sucio de tres personas que la religión condena. Etalis se puede ir al demonio. Sé lo que Sin está pensando. Su miembro vuelve a ponerse duro en mi interior. Gimo de placer. Unos segundos después Ebran comienza a moverse nuevamente en el trasero de Sin. Estoy segura de que él vuelve a estar duro también. Volvemos a tener sexo y a llegar al orgasmo. Luego me ponen sobre mis rodillas y Ebran me penetra por detrás hasta que eyacula en mi dos veces. No importa, no importa nada. Les creeré todas sus mentiras y todas sus verdades. No me importa nada. Beso a Ebran con locura. ¿Quién mordió a quién? ¿Quién besó a quién? ¿Quién penetró a quién? El olor almizclado invade la habitación. Las damas se tocan, porque no pueden hacer nada más. Ebran, Sin y yo nos enredamos sobre la alfombra por horas, hasta que no puedo más, hasta que los ojos se me cierran de sueño. Entonces me dejan dormir junto a ellos mientras continúan amándose entre ambos. Cuando amanece y abro los ojos todavía están en una actividad delirante. Hay semen por toda la alfombra. Sin llora, no sé si de cansancio o de placer. Me levanto y lo beso como para consolarlo. Cuando me siento junto a él siento líquido salir de mi interior. Es semen corriendo entre mis piernas. Sin se desploma, exhausto. Ebran no tiene suficiente. Apenas me ve despierta se apura a besarme, se asegura de prepararme con premura, me levanta y mete su miembro en mí. Se sienta en la orilla de la cama. Quiere que sea yo quien me mueva. No lo decepciono. Pongo mis manos en sus hombros y comienzo a saltar sobre él, justo así, rápido y fuerte y duro. Su miembro está duro. Está muy duro. No parece que haya trabajado por las últimas seis horas. Pone mis senos en su boca, me muerde, mueve sus caderas a mi ritmo para meterse más profundo. Me tira sobre la cama, levanta mis piernas y sigue penetrando. Su ritmo se vuelve errático, comienza a poner todo su peso sobre mí. Su peso me rodea mientras pega su cuerpo a mí. La cama tiembla, comienza a despegarse de la pared mientras se desliza adelante y atrás por la fuerza que Ebran pone en penetrarme. Su respiración es pesada, todo el mundo parece concentrarse en la conexión entre nuestros sexos. Entonces eyacula, una vez más, dentro de mí.
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