Amo a dos hombres

Mezcla
NC-21
Finalizada
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48 páginas, 19.340 palabras, 11 capítulos
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Capítulo 5

Ajustes
Estoy exhausta, pero no tanto como Ebran. Él respira con dificultad. Se desploma junto a mí en la cama. Las sirvientas nos miran, delirando. Tuvieron que aguantar seis horas de voyeristas sin moverse de los sillones. Las admiro. Luego de unos minutos, Sin se levanta, tembloroso, agarra el chal de Ebran para cubrirse lo mínimo y sale caminando de la habitación. No se despide. Sin nunca se despide. Asume que una hora después, cuando esté presentable, nos seguirá viendo a Ebran y a mí. —Amo Ebran, en cualquier momento sonará la campana del desayuno… —Ah, nuestra querida princesa. Seguro que se tocó toda la noche mientras te escuchaba gritar, Seris —me dice. Luego se dirige a las damas—: Pueden marcharse —y vuelve su atención a mí para enredar su cuerpo desnudo con el mío. Las damas se levantan, con las piernas temblorosas. Mirr, la misma que se burló de mí anoche, ahora me ve con una furia que no puede desquitar porque tuve seis horas de algo que ella solo vio. Sonrío. Una hora después están desayunando. Ebran está sentado a la cabeza de la mesa. Sin a su lado, la princesa al otro. Aunque nunca tiene en consideración a sus damas de compañía, la princesa parece molesta conmigo, así que sienta a las cinco a su lado. Yo estoy parada junto a Ebran, con otro conjunto rojo. La tradición exige que las esposas deben vestir de blanco y las amantes y concubinas de rojo cuando reciben a grandes personalidades. Además, entre la alta nobleza es mal visto que los sirvientes se sienten a la mesa con sus amos. Es que ni siquiera deberían estar tan cerca de ellos como yo lo estoy, pero Ebran se puede permitir al menos esa excepción. Sin viste de blanco. Pantalones, camisa y casaca blancos con brocados de oro. Sus botas de caña alta son negras, tan negras como su piel. Ebran ni siquiera se esforzó; encontró un conjunto azul que le va muy bien y me pidió ayuda para ponérselo. En realidad, debería vestirse de negro o de café para que la princesa resalte más como la invitada que es. No obstante, aunque vistiera harapos y tuviera la cara tiznada, Ebran seguiría siendo el más hermoso del lugar. El desayuno transcurre entre comentarios insidiosos de la princesa, miradas fulminantes de las damas y una que otra risa de Ebran. Sólo Sin mantiene la compostura. Yo no hablo ni me muevo del lado de Ebran; apenas respiro cuando no le estoy escanciando el vino. —Le ruego se quede para ofrecerle un excelente bizcocho —ofrece Ebran, como lo exige la tradición. No pueden sólo pasar al postre: el anfitrión debe ofrecer tres veces un postre, que debe ser dulce y ligero, a su invitado. Este debe negarse cortésmente dos veces y aceptar a la tercera. Sólo entonces los sirvientes pueden retirar los platos sucios y servir el postre. —Muy bien. Tenemos bizcocho —anuncia la princesa, reclinándose en su silla. Veo una vena crisparse en la sien de Ebran; está molesto. Los sirvientes, fuera de ritmo, se comienzan a mover a destiempo. Levantan los platos sucios, acomodan un poco, colocan cubiertos cortos para postre y se retiran. Luego la chef se acerca con una bandeja que tiene rebanadas generosas de bizcocho en platos pequeños adornados con filigrana de oro. Ella coloca primero la rebanada de la princesa, luego las de sus damas, después la de Ebran y al final la de Sin. Ebran, sin ignorar el protocolo, permite que sus invitadas coman dos o tres bocados del bizcocho y entonces come el primero. Luego comienza a hablar—: esta es una receta original de la mansión. El pan tiene como añadido un poco de queso crema y merengue hecho a baño maría. El relleno aprovecha el queso crema sobrante y lo mezcla con chocolate amargo, que podrán encontrar como centro del bizcocho. Como cubierta tiene una pasta de yogurt y frutilla que se complementa muy bien con el resto de la receta. Los ingredientes fueron elegidos y preparados con meticulosidad hoy al amanecer para que la princesa pudiera tener el mejor bizcocho como postre. —¿Y quién es el creador de esta maravillosa receta? —pregunta la princesa, complacida. Por una vez decide seguir el protocolo. Ebran responde—: Seris, por supuesto. No he conocido mujer más brillante para revolucionar recetas viejas. La princesa pone cara de asco, como si acabara de ser informada de que su bizcocho tiene excremento. Ebran se relaja y sonríe ante la reacción; le ha devuelto el golpe. Si ella dice algo malo del postre justo después de elogiarlo dará a entender que menosprecia las atenciones del diplomático más importante del mundo. Eso podría ser nocivo para su reputación. Así que se aguanta los insultos que pugnan por salir de su garganta, deja en la mesa el plato de bizcocho a medio comer y levanta su pañuelo de tela para limpiarse las comisuras de los labios con suaves toques. Sus damas hacen lo mismo, porque está claro que no se pueden quedar a disfrutar el postre si ella ya se está levantando para irse. Se despiden, Ebran juguetón y agraciado y la princesa molesta y perdida en la serie de cosas que se deben hacer y decir por protocolo, y al final se marcha haciendo una larga lista de groserías que Ebran no le tiene en cuenta sólo porque es él y porque también cometió una gran grosería al despreciar las atenciones de Mirr y Lanil. Pasan los días. Son días calmados, en los que no hay nada destacable. Los sirvientes cumplen con su trabajo, los nuevos son enseñados, Ebran y Sin entran y salen de la mansión casi cada día. Se está gestando una nueva guerra. Ebran y Sin tratan de impedirlo a toda costa. El mundo ya ha pasado por demasiadas guerras. Siempre que hay épocas turbulentas quienes sufrimos más somos los débiles y los pobres. Espero que logren hacer lo que sea que estén haciendo. Estas cosas no me las informan. Dicen que, como puedo comprender el mundo a su nivel gracias a que me he formado con ellos, no quieren cargarme con preocupaciones innecesarias. En cambio, con el paso de los días se ponen más y más insistentes con la idea de llevarme de vacaciones a Onturil, el viñedo que al principio Ebran no quería tomar bajo su mando. Dicen que es un sitio tranquilo y cálido que se encuentra al sur de una montaña congelada. Las aguas milenarias de la montaña descienden y nutren las vides plantadas alrededor de la bodega, por lo que las uvas adquieren una consistencia y un sabor únicos en el mundo. Dicen que puedo comer grandes banquetes todos los días, y que yo seré quien tenga la posición más alta dentro de ese territorio. El capataz deberá rendirme cuentas. Todo el dinero que genere el viñedo será mío. No entiendo cómo puedo irme de vacaciones a un lugar en el que suena como si quisieran instalarme. Esto me parece una trampa. Les pregunto: —¿Ya se quieren deshacer de mí? Ebran y Sin se miran por un instante. Si no los conociera no lo hubiera notado, pero me doy cuenta de inmediato de que me están ocultando algo. Me enfurezco. —¡Siempre me dicen todo si pregunto! —les reclamo. —Cálmate, Seris. ¿Puedes preparar un poco de café? Es mejor que tengas algo caliente en las manos —me dice Ebran. Me tranquiliza que van a contarme lo que pasa, así que voy hasta la alacena del estudio. En ella guardan tazas, cubiertos, platos, manteles, juegos de té, jarras, mezclas de té y de café y una pequeña estufa que genera calor al conectarse a la electricidad. Esta estufa es otra de las razones por las que nadie puede entrar al estudio. Muy pocas máquinas funcionan con electricidad; la mayoría necesitan combustible para andar. Por ello, una estufa que no genera fuego, que no requiere combustible y que es tan pequeña que se puede llevar a todos lados, causaría una conmoción de la que no saldría bien librado su dueño. Ebran dice que la sacó de Irinea, pero él, Sin y yo sabemos muy bien que Irinea no tiene todavía la tecnología para desarrollar algo tan avanzado. Tal vez dentro de unos cien años. Justo ahora veo imposible que dejen de usar carbón o gas para generar fuego, tal como lo hacemos en las cocinas de la mansión. Pongo a calentar agua en una pequeña olla de peltre. Mientras hierve, los hombres hablan de cosas banales. Saco mi mezcla favorita de café. Me gusta porque los granos son tostados hasta que adquieren un color oscuro; al mezclarse con el agua se logra una consistencia cremosa y un sabor dulzón. A Sin este café no le gusta para nada, pero siempre se lo toma por consideración a mí; a Ebran le da igual mientras no sea muy amargo o dulce. Muelo una cantidad adecuada de granos de café para tres o cuatro tazas mientras tarareo una cancioncilla que los hijos de las sirvientas me pegaron hace unos días. Coloco el café molido en un colador que pongo encima de una jarra pequeña y entonces espero unos minutos. —¿Puedes no ponerle nada al mío? —pregunta Sin. Cualquier añadidura sólo lo hará más dulce, lo que él detesta bastante. —Está bien, señor Sin. ¿Alguna especificación para el suyo, amo Ebran? Ebran hace un gesto que significa “lo que sea”. Decido que le voy a poner un poco de azúcar al suyo. Espero unos segundos. Entonces tomo cuidadosamente la olla y empiezo a verter el agua sobre el café. El olor dulce llega hasta mis fosas nasales. Justo en ese momento una sensación nauseabunda me invade. Suelto la olla, el agua me quema los pies y caigo de rodillas casi al mismo tiempo que vomito. Antes de que me dé cuenta de todo lo que ha pasado, Ebran y Sin están conmigo. Sin me limpia la boca y me carga en brazos. Ebran le exige que se detenga por un momento. Toca las zonas de mi piel que se han puesto rojas; cuando hace eso, el agua se refresca casi hasta volverse helada. Siento un gran alivio en las quemaduras de los pies. Y eso es todo lo que hacen por mí. Aunque Ebran ya me ha examinado otras veces, esta vez no logra dar con la razón por la que vomité. En su lugar, Sin le ordena que se tranquilice, llama al doctor de la mansión y de pronto nos encontramos los cuatro en la habitación de Sin. Es el único lugar cercano al que el hombre puede entrar. El médico examina mi ritmo cardiaco y mi presión. Me pregunta sobre las comidas que tengo, cada cuanto tiempo, si he tenido malestares de cualquier tipo en los últimos días, y cosas más específicas como si me he golpeado la cabeza. Le respondo que no. —¿Su ciclo menstrual es el correcto? —me pregunta. —Claro, acabo de tenerlo hace unas dos semanas —respondo, no sin cierta rojez invadiéndome la cara. —Con su permiso, voy a obtener un poco de sangre. —Muy bien. La sangre se puede usar para propósitos malvados. Por eso, Ebran vigila cada uno de los movimientos del médico. El señor suda mientras rodea mi antebrazo con una liga y usa una aguja larga para extraer sangre que mete en un frasquito. —Permítanme diez minutos, por favor —pide. El médico saca de su maletín un pequeño instrumento lleno de lentes móviles y vidrios y lo pone con firmeza en una mesita mientras se sienta. Limpia cuidadosamente un vidrio que se expone frente a la serie de lentes, y en él vierte un poco de mi sangre. Pone sus ojos muy cerca de los lentes, que funcionan como anteojos de aumento, y comienza a anotar en un cuaderno una serie de números y palabras que sólo tienen sentido para él. Los tres estamos nerviosos y en silencio, esperando el veredicto del hombre. Cuando los diez minutos están a punto de pasar, él me pregunta, aun con los ojos en el aparato—: ¿Hace cuánto fue la última vez que tuvo relaciones? Me estoy comenzando a asustar. Sé a dónde va todo su cuestionario. —Lo hago casi todos los días —respondo con voz rasposa. —¿Permite que su pareja acabe dentro de usted? Boqueo, me tapo la cara. Eso sucedió durante la visita de la princesa. Ebran y Sin están petrificados, escuchando el intercambio de preguntas y respuestas, sin intervenir. —Hace unos días pasó eso. No suelo… permitirlo —le digo. Siento que la garganta se me cierra. Siento como que se está abriendo un boquete en el suelo que va a tragar la cama de Sin conmigo encima. Me estoy mareando de nuevo. —Felicidades, señorita Seris. Está embarazada.
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