Amo a dos hombres

Mezcla
NC-21
Finalizada
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48 páginas, 19.340 palabras, 11 capítulos
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Capítulo 6

Ajustes
Estoy atónita. Ebran agradece al médico y lo despide. Cierra la puerta. Después todo se sume en silencio. Creo que ninguno de los tres esperaba esto. Creo que nos confiamos tanto en que algo tan absurdo no nos pasaría. Bueno, no puedo quejarme. Estar encinta es lo normal si tengo relaciones y un hombre acaba dentro de mí. Aunque mentiría si dijera que esperaba algo así. —Amo… —Dame… dame una hora, Seris. Vuelvo dentro de una hora —me dice Ebran antes de salir de la habitación de Sin. —Seris, ese día… —comienza Sin. Se queda callado por un rato. Luego continúa, como si no se hubiera interrumpido—: ¿Ese día acabé dentro de ti, cierto? —No sólo usted —le digo—. Pero, bueno, al menos no dudo de que usted sea el… —¿Ebran… acabó dentro? —su ceño se frunce—. ¿No me estás mintiendo? —Yo nunca le mentiría. —Pero Ebran nunca… me prometió que nunca embarazaría a una mujer… —revela Sin. Tapo mi boca, como si quisiera evitar que se me escape el alma. La comprensión me golpea. Estoy embarazada y ni siquiera sé quién es el padre. Un momento después Sin sale como un vendaval. Él, que siempre es un hombre frío y calmado, sale sin cerrar la puerta y de pronto sus gritos se escuchan por todo el piso. Están peleando. Ebran también alza la voz. De pronto escucho un forcejeo, un golpe, más gritos. En los siete años que llevo de conocerlos nunca los había visto pelear. Si lo hacían, era cuando nadie se diera cuenta. No están enojado conmigo o con mi estado, sino entre ellos. Sin está furioso porque Ebran rompió su promesa. —¡Te he seguido por años! ¡Te pedí sólo una cosa, UNA COSA! —repite Sin una y otra vez. Ebran le grita de regreso: —¡¿Qué vas a hacer si no es mío, idiota?! ¡¿Qué va a pasar con ella si en realidad es tuyo?! ¿Lo pensaste? ¿Pensaste en ello o tenías tantas ganas de desahogar tus deseos? —¿De verdad me estás hablando de “pensar” cuando estuviste ocho horas llenándonos a mí y a Seris de semen? ¿Te volviste un imbécil total? ¡Seris no se merece estar en esa posición! —¡Fue sólo una vez! —¡Una vez es suficiente! —Entonces no soy el único con un problema. Tú también terminaste dentro de ella. Lo escuché. Todo se escucha dentro de este maldito piso, Sinael. —¡Sí! Seris puede escuchar lo poco consecuente que eres con tus promesas, maldito imbécil. —¡Mírame, Sinael! ¡Mírame! ¿Crees que puedo recordar una promesa mientras los veo a ti y a Seris desnudos? —¿Entonces te tengo que enseñar a recordar promesas, Cinnebran? ¿Te gusta aprender por las malas? —la voz de Sin se vuelve más profunda. Escucho otro forcejeo. —¡Maldita sea! ¡Cálmate, Sinael, mierda! ¡Aléjate! —grita Ebran. Una ropa rasgada. Una palmada. —¡Me gustaba esa camisa! —Ebran reclama. Más ropa rasgada—. ¿Qué? ¡¿Qué?! ¿No puedo vengarme por una camisa? Sami no podrá aguantar, pero al menos si a ti te quito la ropa… —No seas arrogante, Cinnebran. Ponte de rodillas. ¡Ahora! Estoy sorprendida. Las cosas evolucionan demasiado rápido. Silenciosa, me acerco a la puerta entornada en la habitación de Ebran. Ambos llevan jirones de camisas rotas, pero nada más. Ebran está arrodillado frente a Sin. Lo toma de las caderas y se mete su miembro en la boca. Sin está recargado al filo de la mesa de Ebran. Mientras le practica sexo oral, el miembro de Ebran se va levantando poco a poco. Estoy consciente de que verlos es algo reprochable, pero no me importa. Ya estoy en una encrucijada en la que ni siquiera puedo decir “lo intenté”. Yo no intenté nada. Sólo me dejé llevar por la lujuria de estos dos hombres. Ebran lleva la mano a la entrepierna de Sin para estimularlo, pero él lo detiene y le dedica una mirada pesada. —No puedes estar pensando en que te dejaré usar esa cosa hoy —le dice—. Ponte en cuatro. —¡¿Qué?! —¡Ponte en cuatro! —repite Sin, perdiendo los estribos. Toma del cabello a Ebran y pone su cabeza en el suelo. Eso lo deja en una posición vulnerable, con el trasero expuesto. Sin lo rodea, se arrodilla y pone su cara en el trasero de Ebran. —¡No! ¡Sin, no puedes hacer esto! ¡Sinael! —Ebran intenta levantarse, pero Sin sujeta sus caderas con tanta fuerza que él grita de dolor. —Quédate quieto —le ordena—. Si piensas que no está mal romper una promesa vieja, entonces yo tampoco debería mantener la mía. Sin se humedece los dedos y los mete en el trasero de Ebran. Él respinga, sorprendido, pero arquea más la espalda en lugar de intentar escapar. Sin sonríe, complacido. Después de unos minutos Sin penetra a Ebran. Él gime, con lágrimas en las mejillas. Sin está inmóvil, experimentando la sensación. —Me prometiste que siempre harías el papel pasivo —le reprocha Ebran con la voz entrecortada. —Sí, el mismo día en que tú me prometiste que no embarazarías a una mujer —contesta Sin. Otra palmada se escucha; es él golpeando el trasero de Ebran—. Relájate, después de tantos años de práctica sé dónde tocar para hacerte sentir bien. ¿O quieres que lo haga sin tacto? —Ni siquiera quiero que te muevas, maldito imb… Sin saca un poco su miembro y luego penetra a Ebran con energía. Él grita, tembloroso. —¡Más lento! ¡Por favor! —suplica Ebran—. Por favor, Sin. Todo lo que te pido es… más… lento… Sin comienza a moverse mientras Ebran sigue hablando. Lo hace con lentitud, adeeentro, afueeera, con una parsimonía que parecería exasperante si estuviera haciendo otra cosa. Ebran suspira, componiendo una cara de excitación que sería imposible de ver si él estuviera en el papel activo. Creo que es suficiente. Me alejo cautelosamente de la puerta mientras Sin sigue moviéndose dentro de Ebran. Cuando bajo las escaleras rumbo a mi dormitorio todavía puedo escuchar la intensa actividad de arriba. Hay algunos sirvientes amontonados en el rellano del tercer piso, como preguntándose si pueden pasar. —¡Seris! —gritan algunos en voz baja—. ¿El amo y Sin están peleando? —No es nada —respondo, más aliviada ahora que los he visto reconciliarse—. Déjenlos solos. Si necesitan algo usarán la campanilla. Meripa está entre el conjunto de sirvientes. Me acerco a ella con apuro, sorprendida. —¿Qué sucede, Seris? ¿De verdad están peleando? Escuché gritos… —me dice con su voz rasposa y profunda. Meripa está casi ciega y ya se le dificulta escuchar bien, pero nada se le escapa. Tiene la piel arrugada y una pequeña joroba, el cabello canoso y la mirada vacua. Aunque debe ir con bastón y es inofensiva, Meripa es bastante asertiva y difícil de tratar si se lo propone. Ebran ha aprendido tanto de ella. Vive metida en la biblioteca principal de la planta baja, donde se concentran los libros viejos de contabilidad, las novelas y algunos manuales que los trabajadores necesitan. Meripa siempre trae de un lado para otro a Kei, un niño de once años que Ebran y Sin rescataron de un pueblo azotado por el hambre. Así que, si una anciana casi sorda fue capaz de escuchar los gritos de ambos, significa que muchos escucharon lo que se dijo en el cuarto piso. Algunos ya han de saber de qué se trata. Me siento inquieta. —Tuvieron un desacuerdo por mi culpa, Meripa, pero ya están bien. Lo juro. Están discutiendo… —los gemidos de Ebran descienden por las escaleras; algunos sirvientes se sonrojan— están discutiendo de la única forma en que se entienden. —¡Cinnebran, ahhh! —grita Sin. Mi cara se pone roja. Una risita nerviosa se le escapa a una mucama. —Deberíamos ir a la cocina —sugiero—. Me temo que aquí estamos invadiendo la privacidad de los señores. Meripa sonríe. —Cinnebran —repite ella, saboreando el nombre en sus labios—. La última vez que escuché ese nombre fue hace más de treinta años. Como si fuera una doble recompensa, Meripa ensancha la sonrisa sin dientes cuando Ebran grita—: ¡Sinael, imbécil, ah! ¡Más rápido! ¡Mmm! Otra risita se le escapa a la sirvienta nerviosa. Esta vez todos nos relajamos, suspiramos o reímos. Comenzamos a bajar hacia la cocina principal, con Meripa delante de todos. Kei la sostiene para que no se caiga. Mientras arribamos a la cocina hay algo que no me deja de molestar. Es el comentario de Meripa sobre el nombre de Ebran. Él se llama Cinnebran da Doca Lehines. Ostenta la edad de treinta y tres años, y se presume que nació en Uriet, la capital de Gebo. No obstante, el nombre de “Cinnebran” no comenzó a escucharse sino hasta que Ebran comenzó a ser miembro activo del Consorcio, hace unos diez años. Antes de eso sólo fue Ebran Lehines, el príncipe bastardo de Gombrich y de Rhener. Así que es imposible que haya pasado tanto tiempo sin escuchar el nombre completo del amo Ebran. Pero Meripa es vieja, mientras que el amo y el señor nunca cambian. Son idénticos a cuando los conocí, siete años atrás. Así que me guardo esta duda en el corazón, inquieta. Muchas veces he pensado que Ebran y Sin no tienen la edad que dicen. Y comentarios como el de Meripa sólo me hacen acumular las preguntas sin respuesta. Herman prohíbe la entrada al tercer piso y ordena que se prepare una comida sencilla, no tan cargada. Sabe lo que hay que hacer si Ebran y Sin tienen actividades matutinas de imprevisto. Mientras se prepara la comida tengo que huir de la cocina. Los olores me marean. En cualquier momento voy a vomitar. Al final sólo puedo comerme una naranja sin sentir la bilis en la boca. La campanilla en la habitación de Ebran suena a mediodía. Me guardo otra naranja en el delantal, porque parece que es lo único que podré comer, y subo las escaleras para ir al encuentro de los dos. Cuando entro en la habitación hay un desastre de mantas y jirones de ropa. Ebran está sentado sobre su cama, con una bata de satén cubriendo sus genitales. Su abdomen y su pecho, así como sus muslos, se pueden ver. Tiene mordeduras y chupetones por todos lados. Sin está sentado a su lado. Lleva un pantalón de algodón, pero está desnudo de la cintura hacia arriba. Aunque el color de su piel no lo revela muy bien, sigo identificando los lugares en los que Ebran puso su boca. Ambos sonríen al verme. —Siéntate, Seris. Ebran y yo estuvimos hablando —me dice Sin, señalando un espacio entre él y Ebran. No voy a caber. Estoy a punto de decir eso, pero mis caderas encajan muy bien entre Ebran y Sin, como si supieran instintivamente cuál es mi tamaño. —Toma esto —dice Ebran, y me entrega una botellita con un líquido transparente—. Ahora, escúchame bien, Seris: un bebé es una gran responsabilidad. Eres una mujer joven y ni siquiera estás casada, así que debe ser un poco frustrante para ti. Queremos darte todas las opciones que tengamos a la mano. Si quieres tener al bebé, puedes casarte con alguno de los dos y formar una familia; te lo digo de verdad. Pero si no lo quieres tener, debes tomar esta medicina antes de que pasen siete noches, porque el efecto se perderá. —Sé que siete noches es muy poco para pensarlo —interviene Sin, me toma de la mano—. Pero el hecho es que ya estás embarazada, y tienes que tomar una decisión rápido si no quieres que salgan las cosas mal. —Ustedes… ¿quieren tener al bebé? —pregunto, desanimada—. Por favor, quiero saber. Sin suspira. Dice, tajante—: No. —En realidad, no lo sé —responde Ebran. Un peso se instala en mi corazón. Observo la botellita. Tengo que tomar una decisión.
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