Amo a dos hombres

Mezcla
NC-21
Finalizada
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48 páginas, 19.340 palabras, 11 capítulos
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Capítulo 7

Ajustes
El amo Ebran y el señor Sin me han dicho que Onturil es mío. Está a mi nombre y puedo irme en cualquier momento. La guerra ha estallado y recrudece. Estaré mejor en un lugar cálido y pacífico. Ellos irán seguido. Pero esa promesa de verlos seguido no es lo mismo que verlos cada día. No quiero, independientemente de lo que decida respecto a mi embarazo. Quiero estar con ellos, vivir con ellos. Estoy cerca de los establos. Los caballos dan pequeños relinchidos, pero todo es perfectamente normal en la mansión. Los jornaleros trabajan, las sirvientas limpian, los cocineros hacen la comida de media tarde… y aquí estoy yo, con tres días de pura dieta cítrica. No he podido comer otra cosa que no sean frutas cítricas. Cualquier otra cosa la devuelve mi estómago, incluso el agua tibia. Debido a que Ebran y Sin aman tomar café durante las mañanas, no puedo estar con ellos. Tampoco durante las comidas, o cuando reciben dignatarios. A veces estoy todo el día en el estudio, con la botellita en la mano. ¿Lo tengo o no lo tengo? Faltan cuatro días para decidir, pero no estoy lista para elegir algo de ese tamaño. No es que sea tan joven y no sepa las consecuencias de mis actos. Sé lo que pasa si tengo relaciones con mis amos. Sólo sigo sin poder aceptar que hay vida en mi interior. Hay algo ahí, pero ni siquiera sé de quién es. Eso me hace pensar, porque muy en el fondo desearía que fuera de mi amo Ebran. Fue de él de quien me enamoré en principio. Sin sólo fue una añadidura que logré disfrutar con el tiempo. Pero, en realidad, Ebran es quien menos podría fungir como una figura paterna, si es que decido tener al bebé. Aunque es serio y sensato con ciertos aspectos de su vida, el resto del tiempo es promiscuo y volátil. Estoy segura de que nunca va a sentar cabeza. Una sirvienta se me acerca con una sonrisa. No la reconozco. Debe ser nueva. Me dice: —El asistente Sin la manda a llamar. Dice que no ha comido lo suficiente, así que le manda estas mandarinas, señorita Seris. —Gracias —le digo de todo corazón y cojo las mandarinas. Son gajos pequeños dentro de un pañuelo de tela. Están bien pelados y presentables, perfectos, como todo lo que Sin hace. Sin duda alguna los preparó él mismo. Esto me conmueve un poco. Aunque él no quiera tener el bebé, y aunque yo no quiera que sea de él, sé que en realidad él es una gran opción frente a Ebran. Camino rumbo al estudio. La sirvienta se retira, alegando que tiene otras obligaciones. Vuelvo a agradecerle mientras comienzo a comerme los gajos de mandarina uno a uno. Los jornaleros me devuelven el saludo. Oigo a uno de los nuevos llamarme “señora” en lugar de “señorita” o “Seris”; alguien le da un coscorrón. Ni siquiera a Sin, quien es el amante oficial de Ebran, lo llaman amo. Soy feliz con este lugar. Ojalá pudiera quedarme aquí para siempre. Ojalá los tres pudiésemos estar aquí, siempre juntos, felices y radiantes, disfrutando de la vida sin ningún contratiempo. Sin embargo, sé que eso es poco realista. Me termino las mandarinas unos escalones antes de llegar al último piso. Entonces doblo el pañuelo con cuidado y termino de subir. Cuando entro, después de tocar, Sin está en su escritorio, sumido en montañas de papeles. Ebran sale del cuarto de baño. Esta vez fue otro sirviente quien le preparó el agua, y seguro que aprovechó para hacer cosas sucias con él; casi que lo sé porque está más radiante que cuando yo lo ayudo. Ayudo a Ebran a vestirse. Siento un cosquilleo en el corazón y en las manos, tal vez porque quiero abrazarlo. Él se retira la toalla que lo envuelve sin ningún pudor, pero a mí se me corta la respiración. No hay nada nuevo que ver, pero siempre es bueno. Sin ni siquiera se inmuta. Sigue trabajando en su papeleo sin levantar la vista. El sudor me comienza a correr por la espalda y por la frente. En verdad quiero tocarlo, no vestirlo, pero no quisiera hacer algo cuando estoy en un dilema. Siento que mi pecho comienza a palpitar con fuerza. Cuando estoy ayudando a Ebran con los gemelos de su camisa, sonríe con petulancia y dice en voz alta—: Estoy viendo algo que me complace mucho. ¿Le has dado tu pañuelo a Seris, canalla? —pregunta, emocionado. Sin levanta la cabeza de golpe. —Ah, lo iba a devolver, señor Sin. Gracias por las mandarinas —digo casi sin aliento, extrayendo el pañuelo de mi bolsillo. Sólo se veía una parte, así que es de admirar que Ebran lo haya reconocido. Sin frunce el ceño al escucharme y se queda callado un momento. Luego pregunta—: ¿Cuáles mandarinas? El corazón me comienza a martillear con fuerza. Muy a destiempo, recuerdo que Sin odia las mandarinas. No me enviaría algo que odia. La vista se me vuelve borrosa. El mundo se pone de lado. Luego todo es negro. Sólo puedo sentir los brazos de Ebran antes de hundirme en la inconsciencia. Despierto. No están ni Sin ni Ebran junto a mí, pero sí Kei. La misma Meripa está a su lado, sentada. Escucho un fuerte grito de dolor que viene de lejos, pero Meripa sonríe complacida cuando me ve abrir los ojos. —Estás viva, Seris, ¿cómo te sientes? —Enferma. ¿Qué sucedió? —Te dieron medicina abortiva en las mandarinas, pero era tan fuerte que por poco te mata. Unos espías se infiltraron entre los nuevos sirvientes. La sirvienta que te dio la fruta estaba celosa de ti. El médico que te atendió fue quien les informó. En este momento los señores los están castigando. Kei, informa a los señores. Seris está viva y sana. El feto también. —De inmediato. Kei sale disparado como flecha, pero en lugar de dirigirse a la puerta, salta por la ventana. Esto no es algo nuevo de ver. El chiquillo puede trepar paredes casi con más facilidad con la que camina. Los gritos de tortura son sustituidos por gritos de júbilo instantes después. El viento me trae las órdenes de Ebran: —Átenlos a todos y háganlos tomar esa maldita droga hasta que se les hinche el estómago. Ese es uno de los peores castigos que Ebran aprendió de Sin: ojo por ojo. Así como a mí me dieron droga abortiva, ellos serán obligados a consumirla hasta que se mueran por intoxicación. Es un acto tan terrible, pero señores de la magnitud de Ebran no se pueden andar con contemplaciones. Medio minuto después, Ebran y Sin irrumpen en la habitación junto a Kei. Este ayuda a Meripa a marcharse sin mu ni pío por parte de nadie. Sabe los protocolos de la casa, y sabe que nadie puede estar en una reunión privada entre los señores y yo. Ebran me alza en brazos y me aprieta con suavidad mientras me besa. Su preocupación se filtra a través de su piel. Después, me deposita en los brazos de Sin, quien se sienta en la cama, conmigo sobre sus piernas. Me sostiene como si fuera una chiquilla, aunque en verdad soy pequeña junto a estos dos hombres. —¿Qué quieres hacer, Seris? —me pregunta. —Quiero que me abracen —respondo. No importa lo que suceda. No importa ni siquiera si ellos me traicionan. Si pasa algo y después me abrazan, todo quedará olvidado. Lo sé. Sin me deposita suavemente en la cama y se enreda conmigo, poniéndome de espaldas a él. Ebran, que parecía furioso y alterado, se tranquiliza al vernos cómodos en la cama y se acuesta a mi otro lado. Une su boca a la de Sin mientras me aprieta contra su cuerpo. Unos minutos después la casa está en adorable silencio, excepto por los sonidos húmedos que los hombres producen sobre mi cabeza. El miembro de Sin comienza a endurecerse y a respingar en mi espalda. El de Ebran, en mi estómago, cerca de mis senos. Una risita se me escapa por accidente. Los hombres se serenan un momento, como si hubiesen olvidado que estoy ahí. Pero no es así. Las manos de Ebran ya estaban sobre mi piel y la de Sin cerca de mi pubis. —Eres un hombre detestable, Sin. Espero no encontrar nada duro molestando la espalda de mi querida Seris —le reprocha Ebran en tono jocoso. Me río más fuerte. —Tú eres el que debería controlarse, imbécil. Asfixias a Seris. —¿Lo hago, Seris? —Hagan lo que quieran —concedo, divertida. —Lo que queramos, ¿escuchaste, Sin? Pervertido de mierda. —Espero que no te hayas mordido la lengua. —¿Por qué no me la muerdes? —¿También la lengua? Ebran se ríe. Baja la mirada para verme. Entonces lo beso con energía. Sin no espera. Me desviste de la cintura para abajo, se baja un momento de la cama para desnudarse y levanta mi pierna para descubrir mi sexo. Humedece su mano y comienza a acariciarme. Ebran me acuesta sobre mi espalda. Esto le dificulta los movimientos a Sin, porque quiere penetrarme. En represalia, Sin se pone en la espalda de Ebran y lo muerde en el cuello. Ebran se recarga sobre Sin. Este lleva una mano a su falo y la otra al trasero de Ebran. Puedo verlo abrir la boca con éxtasis cuando Sin usa mi saliva para facilitar la entrada de sus dedos al interior de Ebran. Ebran restriega su miembro erecto por mi entrada, pero yo estoy más atenta a los movimientos de Sin. Es la primera vez que puedo ver en primera persona a Ebran siendo sometido. ¿Por qué me lo perdería? El miembro de Sin empieza a jugar con el de Ebran en mi entrada, a través de sus piernas. Ebran separa mis piernas, expone mi intimidad y la penetra con suavidad. Estoy contenta. Sin enreda mis piernas en la espalda de Ebran, para que me sostenga de él, y casi de inmediato penetra a Ebran con energía. Su miembro bombea dentro de mí, reconociendo el éxtasis de su propio cuerpo. Entonces Ebran hace un papel activo-pasivo por primera vez. Se mueve con decisión dentro de mí mientras deja que Sin lo penetre. Una y otra y otra vez, y llegan al clímax una y otra y otra vez junto a mí. No se preocupa por sacar su miembro una vez que acaba. Sólo lo vierte todo dentro de mí. Y, como si fuese un acuerdo tácito, Ebran saca su miembro una vez que lo ha vaciado e inmediatamente después Sin lo mete y también termina dentro de mí. Yo grito cuando el segundo me embiste y llego a un orgasmo incomparable, porque un fluido blanco sale disparado al pecho de Sin. Al principio, avergonzada, pienso que es orina. Pero cuando veo el color me siento descolocada por un momento. —Ah, mi bella Seris, ¿te gusta más el de Sinael? ¿Por eso sueltas tus fluidos deliciosos sólo con él? —¿Qué? ¿Qué cosa? —pregunto sin aliento. Ebran se carcajea y me besa con el más puro amor. Después cae a mi lado. Pone su brazo debajo de mi cuello para que me recueste. Sin se acuesta entre ambos, con la cabeza en el pecho de Ebran, pero con la mitad de su cuerpo enredado con el mío. Nos quedamos dormidos, pero nadie habla de los espías torturados en el patio mayor. Nadie habla de la guerra, las conmociones por venir y los problemas. Nadie habla del bebé. Nadie dice sí, no, no sé. Sólo sonreímos ante la perspectiva de la noche y nos quedamos abrazados con fuerza, esperando siempre ser los tres.
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