Amo a dos hombres

Mezcla
NC-21
Finalizada
0
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48 páginas, 19.340 palabras, 11 capítulos
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Capítulo 8

Ajustes
Estoy en el comedor principal. Si bien podía negarme a estar en presencia de otros dignatarios de rango más o menos mediano, con el rey de Arendorf no es posible. Así que estoy parada junto a Ebran, soportando las náuseas de tener que oler la carne cocinada en hierbas finas. Estoy pálida y asqueada, pero tengo que poner mi mejor cara si no quiero avergonzar a Ebran. Cuando este rey se vaya, podré seguir con mi vida normal. No obstante, el hombre se fija en que llevo un conjunto rojo, mientras que es Sin quien lleva el blanco. La distinción de estatus es clara. Me recorre de arriba abajo con la mirada y ordena: —Que sea la concubina quien sirva mi copa. Empalidezco más, si es posible. Trago saliva con energía y me acerco al asiento del rey, esperando que no se note que estoy tratando de tenerme en pie. Tomo la jarra de vino de manos de una sirvienta, que está más pálida que yo por el ambiente tenso, y sirvo con éxito en la copa del rey. El hombre sonríe y pregunta, sin apartar la vista de mis pechos: —¿Dónde la conseguiste, Conciliador? —Seris es una buena chica, de familia noble. Su padre es el hijo del temible Naga, el que acompañó al Pirata Errante en su apogeo. —¡Oh! —exclama el rey, impresionado—. Así que tu abuela es esa chica de los Nueve Dagas. Que, creo recordar, también era de sangre noble, pero venida a menos. Sí, cuando tu abuela, más joven que tú, fue raptada por el Corsario Sangriento, la familia Evaenetos ya estaba al borde de la bancarrota por la cantidad descomunal de niñas a las que la señora había dado a luz. Me da gusto que la sangre Evaenetos se conserve. Aunque no puedo decir lo mismo de esa sucia sangre de pirata que llevas. ¿Y la madre? ¿Quién es la madre? —La madre, Su Majestad, es completamente desconocida. Sólo sabemos que Seris es una Evaenetos, y ni siquiera es la razón por la que está con nosotros. ¿Debemos dudar que desciende de la preciosa Gwendolyn? No, sólo mírele la cara. Es idéntica a su abuela. En cuanto a su madre, ¿acaso importa? No es una yegua en venta, Majestad. La cara del rey se crispa. El comentario de Ebran es un total descaro que podría desembocar en su propia ejecución, de no ser porque Ebran es quien es. El rey se retira a descansar a sus aposentos. Todo transcurre con normalidad. Nadie vomitó sobre él, así que de seguro se marchará sin causar escándalos. O, al menos, eso es lo que pienso. Falta un día para que la botellita abortiva pierda su efecto. A medianoche suena la campanilla de Ebran. Me levanto con premura de mi cama y me envuelvo en una bata para ir corriendo a su habitación. Tal vez tiene terrores nocturnos, o quiere que lo acompañe a dormir. Sea como sea, tengo que acudir. Estoy acostumbrada a caminar de noche por la casa, así que no tomo una vela para iluminar mis pasos. Esto es un error, porque alguien me intercepta en el pasillo, me tapa la boca y me carga para llevarme corriendo a los aposentos del rey. El hombre no tiene una ni dos sino tres sirvientas de la casa, amordazadas y desnudas en su cama. Todas están golpeadas en mayor o menor grado, y una está a punto de perder el conocimiento. —Miren quién tenemos aquí —habla el rey con magnificencia, complacido—. ¡La puta del Conciliador! Una puta como su abuela, que calentaba el catre del Corsario cada día. La sangre de meretrices se hereda. ¿Cómo es que tu bisabuela logró tener tantas chiquillas en un pueblucho donde ni siquiera tenían para comer? ¿Lo has pensado? ¿Has pensado en la forma en la que las familias hacían fortuna en El Haz antes de que el Archiduque Bello fuese ascendido y arruinara las finanzas? La campana volvió a sonar, esta vez con mayor insistencia. Esa campana nunca sonaba dos veces. La primera y última vez que lo hizo, yo era una novata y fui regañada hasta el punto en que no quise volver a desobedecer el sonido. Y ese regaño no vino por parte de Ebran, quien siempre sonreía frente a mí. Sin se encargó de recordarme que siempre y en todo momento debía obedecer los llamados del señor de la casa. —Pero bueno, ¿a quién le importan esos tiempos pasados? En verdad, ¿qué me importa? ¡Desnúdenla! —ordena. Dos de sus guardias se acercan y me arrancan la ropa. Veo por primera vez la ligera panza que se me ha formado. Sin embargo, no parezco embarazada, sino un poco rellena. De hecho, el rey me llama gorda y se pregunta porqué Ebran me tiene en tan alta estima como para vestirme de rojo. El guardia que me sostiene retira su mano para que el rey pueda besarme. Él introduce su lengua en mi boca, pero la muerdo con fuerza. El rey grita y, furioso, me golpea la cara. Caigo al suelo. A pesar del dolor y de que mi voz tal vez no se escuche fuera de estas cuatro paredes, grito con toda la fuerza de la que soy capaz: —¡CINNEBRAN! El rey abre los ojos, estupefacto. Segundos después, no es Ebran quien entra como un vendaval, sino Sinael. Me ve, desnuda y sometida, y por un momento parece como si su cabello se erizara. Siento el suelo temblar. Una chispa nace de su mano, o acaso es mi imaginación. Sin desenvaina su espada y en cuestión de segundos degolla a todos los hombres presentes excepto al rey. Apunta su espada ensangrentada hacia el hombre. —¿Quién crees que soy, patético hombre mortal? Los ojos de Sin se tornan de color plateado. El aire se electrifica alrededor de nosotros. Siento hormigueos y mi cabello levantándose como si se hubiera frotado contra la franela que Ebran usa a veces para gastarme bromas. Más chispas nacen de las manos de Sin. De pronto, pequeños destellos en forma de rayos nacen y se extinguen a toda velocidad en la hoja de la espada. Veo esto boquiabierta, sin saber qué decir. El mismo rey y las criadas miran asombrados. —¿Quién eres? —cuestiona el rey, impresionado. Una voz atronadora nace de la garganta de Sinael. —¿A ti qué te importa, perro? Todo lo que tienes que saber es que acabas de tocar a quien amo. Y yo no tolero que mancillen mis flores. ¿Quieres morir en la ignominia, partido en dos por un rayo, o prefieres salir en este instante de mis dominios y no volver a molestarme? —¡Perdóname la vida, querido dios! —suplica el rey. Sin me mira directamente a los ojos. Niego con la cabeza. No, este hombre no me ha hecho un daño irreparable. Pagar con su vida sería injusto. Los destellos se extinguen por completo mientras Sin guarda la espada. El rey suspira de alivio y me mira con verdadero agradecimiento, pero Sin abre la mano y le pega una bofetada que le saca sangre. —¡LARGO! —Vocifera. El hombre no escucha una segunda vez. Sale corriendo en pijama, con la cara crispada por el pánico. Sus sirvientes toman sus pertenencias a toda velocidad. Un minuto después escucho al rey gritándoles a los sirvientes para que le carguen los carruajes cuanto antes. Es la última vez que veo a un político en persona. Después de los desplantes de princesas y reyes, lo último que necesito es ser arrastrada por pasillos oscuros.
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