Capítulo 9
12 horas y 23 minutos hace
Estoy embarazada. Cuando nadie estaba viendo, le regalé la botellita abortiva a otra chica, desesperada porque deseaba con todas sus fuerzas no tener hijos de un hombre que la había engañado.
Tengo casi dos meses. En cualquier momento se me empezará a notar la panza. Ahora no me dan tantas náuseas. Puedo comer cualquier cosa, incluso cigarrillos.
En una ocasión estaba revisando unas cuentas, concentrada. Masticaba algo que me sabía fenomenal, pero no sabía de qué se trataba hasta que Ebran me quitó de la mano la mitad de un cigarro mordido. Escupí el bolo babeado al instante, sorprendida.
Los sirvientes tuvieron que acondicionar un tercer dormitorio junto a los de los señores. Uno donde las cosas no fueran comestibles. Hasta ese momento me había llevado a la boca cera de velas, tinta y cigarrillos. Era como un bebé intentando descubrir los sabores del mundo.
Después debía cargar con las consecuencias. Dolores intensos de estómago, diarrea y vómito. Aun así, seguía intentando probarlo todo.
Por alguna razón, Ebran y Sin tenían más actividades dentro de ese dormitorio que en el resto de la casa.
Una sola vez, ambos se sentaron conmigo y me preguntaron:
—Seris, ¿con cuál de los dos quieres casarte?
Las náuseas matutinas me libraron de tener que responder. La verdad era que no tenía ni idea. No sabía qué hacer al respecto. Aunque, muy en el fondo sabía que jamás iba a poder escoger a uno solo.
Poco a poco, conforme pasaban las semanas, los sirvientes me fueron tratando con cada vez más respeto y deferencia. Al principio no era tan obvio, pero cuando Meripa comenzó a llamarme "Seris-bel", todos comenzaron a hacerlo.
O ya me decían—: Señora, el libro de cuentas está listo.
O—: Señora Seris, ¿quiere jugo? Es de fruta recién exprimida.
O—: ¿Cree que sea posible hablar con el dueño, su señoría?
Y aunque ya no me presentaban con dignatarios o altos mandos, Ebran ordenó que mis prendas fueran cambiadas por ropas blancas, de la misma calidad que la vestimenta de Sin.
Al principio me sentía incómoda y fuera de lugar con las atenciones, pero poco a poco se fueron volviendo una necesidad. No solo porque era pesado y extenuante gestar un bebé, sino porque a veces despertaba llorando a mitad de la noche, histérica, suplicando a Sin o a Ebran que no me abandonaran.
Ambos comenzaron a turnarse para dormir junto a mí. Desde que me iba a la cama acompañada, las pesadillas habían disminuido casi por completo.
A veces rompía en llanto, entristecida y con el alma herida. A veces me estaba riendo a carcajadas de cualquiera de los chistes malos de Sin. A veces estaba alicaída, otras sobre exaltada. Todo era un sube y baja constante. Todo hasta que un día, sin más, grité:
—¿Cuál es el punto de escoger? ¡No vas a dejar de meter el rabo por cada agujero que encuentras!
Ebran estaba estupefacto por primera vez desde que lo conocía. Yo también. Sin, por su parte, se largó a reír.
—Creo que lo descompusiste —comentó, divertido. Ebran seguía sorprendido.
—Discúlpeme, señor Ebran. Yo no quise…
—Ebran.
—¿Sí?
—Ebran, llámame Ebran, Seris.
—Ebran… Ebran —cuando terminé de saborear el nombre en mis labios, volteé a ver al otro hombre—. Sin, ¿puedo llamarte Sin?
Un brillo le iluminó la mirada. Sinael casi nunca sonreía, pero cuando lo hacía podía ser la persona más hermosa del mundo entero. Ese día sonrió. Asintió, sincero, y dejó que le tomara la mano a la vez que se la tomaba a Ebran.
—Sinael, Cinnebran… No quiero escoger. Quiero ser de ambos. Quiero que ambos sean míos. Quiero que sean los padres de este bebé. No me importa quién sea el verdadero, ¿no puede simplemente tener dos padres y una madre? ¿Por qué deberíamos escoger y dejar de lado a alguien?
Ambos se miran en silencio. Ebran acepta un poco después, seguro, pero Sin se lo piensa un poco más.
—Podría crecer confundido. ¿Qué le diremos cuando sepa que solo se necesita de un hombre y no dos para engendrar?
—Si tiene la edad suficiente, que sepa que esta reina nos tiene a sus pies —alegó Ebran, besándome uno de los pies. Me contorsioné, riendo—. Si se entera de más joven, simplemente hay que decirle que algunas personas disfrutan más compartiendo entre tres que siendo pareja.
Volví a reír. Las explicaciones de Ebran eran chapuceras, pero no nos quedaba más remedio que afrontarlo de esa manera. No había forma de que la gente no se fuera a oponer, incluso la propia descendencia.
Sin volvió a quedarse callado. Fue un momento largo, tenso y que me tuvo a la expectativa. Después, se arrodilló, puso las manos en mis caderas, donde le gustaba ponerlas, y me miró a los ojos.
—No tienes que sentirte presionada a aceptarme —suplicó.
Lo sabía. Sabía que mi primer amor fue Ebran. Era imposible no saberlo. No obstante, habíamos pasado por tanto los tres juntos que a esas alturas ya no podíamos separarnos. No solo por el hecho de que Sinael y Cinnebran eran como un solo ente, sino porque yo también había aprendido a ver a Sin como un individuo aparte de Ebran. Eran dos personas distintas con sus propios nombres, sus personalidades, sus gustos y sus defectos.
Y los amaba a ambos por igual.
Tomé la cara de Sinael entre las manos y lo besé cuidadosamente en la boca, procurando impregnar todo mi amor en sus labios. Sinael sonrió con sinceridad una vez más, me regresó el beso y luego posó su cabeza sobre mis piernas, como un cachorro en busca de cariño. Aunque no dijo que sí, que estaba de acuerdo, lo expresó con todo su cuerpo como mejor sabía hacerlo él.