Un camino para dos.

Slash
PG-13
En progreso
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Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 14 páginas, 5.335 palabras, 4 capítulos
Descripción:
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Capítulo 3 La Mesa del Rincón

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A las 9:55 AM, Satomi ya estaba sentado en la mesa del rincón del restaurante familiar frente a la estación. Había elegido deliberadamente un asiento que le permitiera ver la entrada. Se acomodó las gafas y miró de reojo el menú, fingiendo desinterés, aunque sus dedos daban golpecitos nerviosos sobre la mesa de madera laminada. Exactamente a las 10:00 AM, la campana de la puerta sonó. Kyouji entró vistiendo un abrigo oscuro casual en lugar de sus habituales trajes llamativos de yakuza. Tenía el cabello ligeramente despeinado por el viento de la mañana y buscó con la mirada hasta que sus ojos negros conectaron con los de Satomi. Una sonrisa perezosa y divertida se dibujó en sus labios mientras caminaba hacia la mesa. —Llegas temprano, Satomi-kun. Qué obediente —dijo Kyouji, deslizándose en el asiento acolchado frente a él. —Tú dijiste que no desayunara, así que pide rápido —respondió Satomi con voz plana, cruzándose de brazos para ocultar el reparo que le daba tenerlo tan cerca tras los mensajes de la noche anterior. Kyouji apoyó los codos en la mesa, observándolo con esa intensidad habitual que siempre lograba descolocar al universitario. Satomi notó de inmediato que Kyouji se movía con un poco más de rigidez de lo normal en los hombros. Cuando el yakuza se estiró para tomar el menú impreso, la tela de su camisa se tensó y Satomi pudo divisar la silueta de un grueso vendaje médico que asomaba discretamente por debajo de la manga de la prenda. El corazón de Satomi dio un vuelco. El tatuaje. Kyouji se dio cuenta de hacia dónde se dirigía la mirada fija de Satomi y ensanchó su sonrisa, rascándose la nuca con esa soltura exasperante que lo caracterizaba. —¿Te gusta lo que ves? El médico dijo que tardará un tiempo en sanar por completo, pero soy un hombre de palabra, Satomi-kun. Si me pides que borre tu nombre, al menos tienes que invitarme el almuerzo. Satomi sintió un nudo en la garganta. La obsesión y el alivio que había experimentado la noche anterior volvieron con el doble de fuerza. Kyouji realmente estaba renunciando a la marca solo porque él se lo había pedido en un arranque de desesperación en el aeropuerto. La "rara relación" que mantenían no era un juego de una sola dirección; el tonto de Kyouji de verdad estaba dispuesto a seguirle la corriente. —Pide un set de hamburguesa con arroz —murmuró Satomi, ocultando su rostro sonrojado detrás del menú de bebidas—. Y no hables tan alto, la gente está mirando. —Entendido, jefe —rió Kyouji, llamando al mesero con un gesto relajado. ::::::::::::::::::::::::::……:::::::::::::::::::::::::::::: El mesero se retiró con la orden, dejando sobre la mesa un silencio denso pero extrañamente cómodo. El ruido de los platos y las conversaciones lejanas del restaurante familiar se convirtió en un zumbido de fondo. Satomi mantenía la vista fija en su vaso de agua helada, observando cómo las gotas de condensación resbalaban por el vidrio. —Aún no puedo creer que realmente lo estés haciendo —soltó Satomi en voz baja, rompiendo el silencio. Su tono ya no tenía la rigidez defensiva de antes; sonaba vulnerable, casi tímido—. Kyouji apoyó la barbilla en la palma de su mano, mirándolo con esa suavidad que solo reservaba para él. —Te lo dije en el aeropuerto, Satomi-kun. Tú pones las reglas. Si de verdad quieres que deje de ser ese "granuja" que te preocupa tanto, tengo que empezar por algún lado, ¿no? —contestó con una sonrisa ligera, manteniendo su papel de adulto relajado que simplemente complace los caprichos del menor. Satomi apretó los puños sobre sus muslos, ocultos debajo de la mesa. Le frustraba que Kyouji actuara como si fuera un juego sin importancia, como si estuviera cumpliendo un deseo menor en lugar de alterar su vida entera. —No bromees con eso —murmuró Satomi, levantando la mirada para clavar sus ojos en los de Kyouji. Había una intensidad dolorosa en su expresión—. Sabes perfectamente que no te lo pedí como un capricho. Yo... realmente pensé que te ibas para siempre. Estaba enojado conmigo mismo por no poder dejarte ir, y sigo estándolo. Esto no es un juego para mí. La honestidad brutal de Satomi golpeó el ambiente. Kyouji parpadeó, perdiendo por una milésima de segundo su máscara de sabelotodo. Ver al estoico estudiante de leyes admitir su obsesión de forma tan directa siempre lograba desarmarlo. Para romper la repentina tensión y recuperar el control, Kyouji soltó una risita y se enderezó en el asiento, exagerando sus movimientos. —¡Ay, ay, ay! Satomi-kun, tus palabras me conmueven tanto que hasta me duele la espalda —bromeó Kyouji, llevándose una mano al brazo vendado y fingiendo una mueca de agonía extrema—. De verdad, el dolor de este tratamiento láser es un infierno. Siento que me están quemando vivo el brazo completo. Creo que voy a morir aquí mismo en el restaurante si no me das un poco de lástima. Kyouji esperaba la usual réplica cortante de Satomi, un "no sea ridículo" o un suspiro de fastidio. Pero la respuesta nunca llegó. En su lugar, escuchó un leve siseo. Al levantar la vista, Kyouji se quedó helado. Satomi tenía la cabeza gacha, pero las lágrimas ya se habían acumulado en el borde de sus pestañas y comenzaban a resbalar por sus mejillas, cayendo directo sobre la mesa. Sus hombros temblaban levemente en un intento desesperado por contener el llanto en público. El juego del dolor había sido la gota que derramó el vaso para los nervios destrozados del universitario. —O-Oye... Satomi-kun... —la voz de Kyouji cambió por completo. La burla desapareció, reemplazada por un pánico genuino al verlo quebrarse de esa manera. Al ver las lágrimas correr por las mejillas de Satomi, la sonrisa burlona de Kyouji se desvaneció por completo. El pánico genuino sustituyó su habitual ligereza. Sin importarle el dolor, estiró el brazo izquierdo sobre la mesa y se subió la manga con cuidado, revelando la zona vendada que cubría el lugar donde antes solía llevar su nombre tatuado en la piel. —Satomi-kun, mírame —pidió Kyouji con una voz suave y profunda que rara vez usaba. Satomi, conteniendo un sollozo, levantó la mirada borrosa por detrás de sus gafas—. Me quité el tatuaje del brazo porque me lo pediste... pero no podré quitármelo de la mente. Ni tampoco de aquí. Al decir las últimas palabras, Kyouji se llevó la mano derecha al pecho, justo sobre el corazón, mirándolo con una fijeza absoluta. El impacto de esa confesión golpeó a Satomi en lo más profundo. Ya no había juegos, ni bromas sobre "tíos y sobrinos", ni dobles sentidos yakuza. Kyouji se estaba entregando por completo, admitiendo que la obsesión era mutua y que Satomi se había grabado en su interior mucho más de lo que cualquier tinta podría hacerlo en su piel. Satomi se limpió las lágrimas rápidamente con el dorso de la mano, asintiendo en silencio. No hacían falta más palabras. El ambiente en la mesa se transformó en un refugio privado; se quedaron mirándose fijamente a los ojos, sellando un pacto mudo, una promesa silenciosa de que, sin importar lo complicada o rara que fuera su relación, ya no había marcha atrás para ninguno de los dos. Mientras tanto, afuera del restaurante familiar, el sol de la mañana brillaba con fuerza. Por la acera avanzaba el grupo de compañeros de la facultad de Satomi, riendo y cargando una pelota de baloncesto rumbo a las canchas de la estación. Uno de ellos, el mismo que le había insistido a Satomi para que fuera con ellos, giró la cabeza casualmente hacia los grandes ventanales del local. Se detuvo en seco, haciendo que los otros chocaran contra él. —Oigan... miren allá adentro —susurró el chico, pegando casi la cara al vidrio con asombro—. ¿Ese no es Oka? Desde el exterior, la escena era desconcertante. El siempre serio, impecable y distante Satomi Oka estaba sentado en un rincón, con los ojos visiblemente rojos y fijos en un hombre mayor, de aspecto imponente y peligrosamente atractivo, que lo miraba con una intensidad que ponía los pelos de punta. No parecía una reunión de estudio, ni una comida familiar. Había una tensión magnética entre ellos dos que se podía sentir incluso a través del cristal. —¿Quién es ese sujeto con el que está? —preguntó otro de los universitarios, cruzándose de brazos—. Oka dijo que tenía un "asunto pendiente"... No me digas que se metió en problemas. Ese tipo tiene una pinta muy extraña. El primer amigo se quedó pensativo, observando cómo el hombre del interior le dedicaba una sonrisa pequeña y protectora a Satomi mientras el mesero finalmente se acercaba a dejar los platos de comida. —No lo sé... pero nunca había visto a Oka mirar a alguien de esa manera —murmuró, decidiendo dar un paso hacia la entrada del restaurante—. Vamos a ver qué pasa. Si Oka está en apuros, tenemos que ayudarlo.

Justo cuando el chico ponía la mano sobre la manija de la puerta del restaurante, listo para entrar a "rescatar" a su compañero, una mano firme le sujetó el brazo. —!Espera, no entres! —dijo la única chica del grupo de la facultad, deteniéndolo con una mirada seria. —¿Por qué no? —protestó él, señalando con la cabeza hacia el ventanal—. Mira a Oka, parece que estuvo llorando. Ese tipo tiene pinta de ser peligroso, ¿y si lo está extorsionando o algo así? —No digas tonterías —respondió ella, cruzándose de brazos mientras observaba con atención la escena a través del vidrio. Como mujer, su intuición le decía que la atmósfera en esa mesa del rincón no tenía absolutamente nada que ver con una amenaza o una extorsión. Vio la forma en que el hombre mayor mantenía la mirada fija en Satomi, con una mezcla de devoción y arrepentimiento que ningún criminal fingiría. Y vio a Satomi, el chico de hielo de la carrera de leyes, limpiándose las comisuras de los ojos mientras el otro le mostraba su brazo vendado. La vulnerabilidad en el rostro de Oka era total. De repente, una pieza encajó en la mente de la chica. Recordó una tarde de estudio de hace meses, cuando Satomi, con el pretexto de "analizar un dilema moral", les había preguntado qué harían si una persona muy cercana estuviera metida en el bajo mundo y no pudieran simplemente alejarse de ella. En su momento pensaron que era el caso de algún conocido de la infancia de Satomi, pero verlos juntos ahora lo aclaraba todo. El "amigo" del que Satomi les había hablado aquella vez... era el propio Satomi. —No lo incomoden, de verdad —insistió ella, empujando suavemente a sus compañeros para que siguieran caminando por la acera—. No sabemos sus motivos, pero este es su asunto. Además, miren bien. Oka no está en peligro. Si entramos ahora, solo vamos a arruinar el momento y a pasar una vergüenza. —Pero... —el chico dudó, mirando por última vez hacia la ventana, donde Kyouji ahora le pasaba una servilleta a Satomi con un gesto extrañamente tierno. —Vamos a las canchas ya —sentenció ella con una sonrisa cómplice—. Ya después le sacaremos la sopa a Oka cuando regrese a la facultad. Déjenlo en paz por hoy. Convencidos por su firmeza, los chicos finalmente cedieron y el grupo continuó su camino hacia las canchas, dejando atrás el restaurante familiar. Adentro, ajeno a que casi son descubiertos por sus amigos, Satomi tomó la servilleta que Kyouji le ofrecía. El calor en sus mejillas ya no era de tristeza, sino del alivio profundo de saberse comprendido. Miró el plato de comida que el mesero acababa de dejar frente a él y luego a Kyouji, quien ya partía su hamburguesa con el tenedor como si nada hubiera pasado. —Buen provecho, Satomi-kun —dijo Kyouji, guiñándole un ojo—. Come bien, que tenemos mucho tiempo que recuperar. Satomi asintió con una pequeña e imperceptible sonrisa, partiendo también su comida. Sabía que el lunes sus amigos lo bombardearían a preguntas, pero en ese instante, bajo la cálida luz del restaurante y frente al tonto que lo tenía obsesionado, el resto del mundo simplemente no importaba.

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