Paleta de emociones

Mezcla
PG-13
En progreso
9
Tamaño:
planificada Midi, escritos 30 páginas, 8.817 palabras, 12 capítulos
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Capítulo 7: Vigilia de los que quedaron

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Notas:
No había sido planeado. Había empezado con una vela encendida por descuido y una botella de vino que Obi había “encontrado” en algún rincón del palacio sin dar más explicaciones. Shirayuki había frunció el ceño ante eso, pero no había dicho nada. Y Zen, que debería haber estado revisando informes desde hacía dos horas, simplemente no se había levantado del suelo de la habitación de Shirayuki. Así que ahí estaban los tres. La vela en el centro, la botella pasando de mano en mano, la noche afuera tan oscura como tinta derramada. Nadie había propuesto hablar de nada en particular. Pero las horas nocturnas tienen una manera de ablandar las lenguas, y el vino tenía la suya propia. Fue Shirayuki quien empezó. — A veces sueño con el olor de mi tienda — dijo, en voz baja, como si hablara consigo misma. Tenía la copa entre las manos, mirando el fuego de la vela. — Las hierbas que colgaba a secar junto a la ventana. El sonido de la puerta cuando entraba alguien. Era un sonido muy específico, ¿saben? Crujía de una manera particular. Zen la miró. Obi también, pero en silencio. — No era una tienda grande — continuó ella —. Pero era mía. La construí yo sola, poco a poco, con mis abuelos. Y cuando me fui… no pude despedirme bien. Salí corriendo. — Sonrió, pero había algo triste detrás de esa sonrisa. — A veces pienso en quién habrá plantado las flores que yo dejé a medias en el jardín. Nadie respondió de inmediato. No hacía falta. Luego Obi tomó la botella. Bebió despacio. La dejó sobre la madera del suelo con un sonido sordo. — Yo no tengo ningún lugar así — dijo. No era una queja. Lo dijo con la misma calma con que podría haber dicho que afuera hacía frío. — ¿No? — preguntó Shirayuki, girando hacia él. — No. — Obi apoyó los codos sobre las rodillas. Sus ojos amarillos, que de día siempre tenían algo de juego y picardía, en la oscuridad eran simplemente quietos. — Nunca tuve un lugar que fuera mío. Hubo gente, supongo. Aquí y allá. Personas de las que aprendí cosas. — Hizo una pausa. — Un hombre que me enseñó a moverme en los tejados. No recuerdo bien su cara, pero sí sus manos. Tenía las manos de alguien que había caído muchas veces. Igual que yo ahora. — ¿Qué le pasó? — preguntó Zen. — No lo sé. — Obi encogió un hombro. — Eso es lo que tiene no tener raíces. La gente desaparece y no siempre hay manera de saber adónde fue. Un día está, al siguiente no. El silencio que siguió fue largo, pero no incómodo. — ¿Lo echas de menos? — dijo Shirayuki suavemente. Obi lo pensó de verdad antes de responder. — Echo de menos la idea de haberle podido decir algo. — Levantó la vista hacia la vela. — De los muertos y de los perdidos, lo que más duele no es que se hayan ido. Es lo que uno no llegó a decirles. Zen, que había estado escuchando en silencio con la copa apoyada en la rodilla, soltó un suspiro largo. — Mi padre — dijo, y las dos palabras solas ya pesaban. Los otros dos lo miraron. — No es lo mismo que lo vuestro — dijo él, con un gesto vago de la mano —. No perdí mi hogar. No perdí a alguien cuyo rostro se me va borrando. Él murió cuando yo era lo suficientemente mayor para recordarlo todo. Y aun así… Se detuvo. Frunció el ceño, como si buscara las palabras correctas entre los rescoldos de algo que no solía decir en voz alta. — Hay una sala en el palacio donde él solía sentarse a leer. Ya nadie entra ahí. Izana la dejó cerrada y yo nunca pregunté por qué. Creo que los dos sabemos que si entramos… — Negó con la cabeza. — No sé. Es estúpido. — No lo es — dijo Shirayuki. — No — concordó Obi, con una voz que no tenía nada de burla. Zen los miró a los dos. Algo en su expresión se aflojó, como cuando uno lleva demasiado tiempo apretando la mandíbula sin darse cuenta. — Me siento fuera de lugar en esta conversación — admitió —. Los dos habéis perdido algo real. Un hogar, una persona. Yo solo tengo… una sala cerrada y la sensación de que debería haber dicho más cosas. Shirayuki se movió despacio y apoyó la cabeza en su hombro. Sin decir nada. Solo eso. Obi, al otro lado, extendió el brazo y le dio un golpe suave en la rodilla, de esos que no significan nada y lo significan todo. — Amo — dijo, con su tono de siempre, ligeramente descarado —. Si le sirve de algo: si no hubiese habido una sala cerrada, ni un palacio, ni un príncipe aburrido que necesitaba aire… probablemente yo seguiría en los tejados sin saber el nombre de nadie. Shirayuki levantó la cabeza. — Y yo seguiría en Tanbarun con mis flores a medias — dijo —. Sin haber conocido a ninguno de los dos. Zen los miró. Primero a uno, luego al otro. — Entonces — dijo, con voz más quieta —, ¿estáis diciéndome que le debo algo a una sala que nadie abre? — Le debemos algo al azar — respondió Obi, tomando la botella. — O a lo que sea que mueve las cosas sin pedir permiso. — Al destino — dijo Shirayuki en voz baja. — Al destino — repitió Obi, y levantó la botella a modo de brindis silencioso. Zen observó el gesto. Luego, lentamente, levantó también su copa. — Por los que se fueron — dijo. — Por los que se fueron — dijeron los otros dos. La vela tembló. Afuera, el viento rozó la ventana como si quisiera escuchar. Y los tres se quedaron así un rato más, en la oscuridad tranquila de una noche que ninguno había planeado compartir, pero que ninguno habría querido pasarla de otra manera.
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