Paleta de emociones

Mezcla
PG-13
En progreso
9
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planificada Midi, escritos 30 páginas, 8.817 palabras, 12 capítulos
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Capítulo 8: La mala hierba que echó raíces

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Notas:
Era tarde cuando Obi subió al tejado. No por ninguna razón en particular. O sí — por la razón de siempre: cuando el palacio se volvía demasiado lleno de voces y pasos y obligaciones, los tejados seguían siendo suyos. Eso no había cambiado desde el primer día. Probablemente no cambiaría nunca. Se sentó en el borde con las piernas colgando sobre el vacío y miró la ciudad extenderse abajo. Las luces de las casas parpadeaban una a una mientras las familias se recogían para la noche. El cielo tenía ese color oscuro y limpio que solo aparece cuando el calor del día por fin cede. Escuchó los pasos antes de verlo. Pesados, regulares, sin ningún intento de disimulo. Mitsuhide no se movía como alguien que quisiera pasar desapercibido — se movía como alguien que no veía ninguna razón para hacerlo. — Obi — dijo, a modo de saludo, sentándose a su lado con la torpeza característica de alguien cuyo cuerpo era demasiado grande para los espacios pequeños. — Mitsuhide. — Obi lo miró de reojo. — ¿Zen te mandó a buscarme? — No. Yo también necesitaba aire. Obi arqueó una ceja pero no dijo nada. Mitsuhide no era de los que subían a los tejados por costumbre. Algo lo había traído aquí, aunque probablemente él mismo no sabría explicarlo con palabras. Estuvieron en silencio un rato. Abajo, la ciudad seguía su ritmo nocturno. Una carreta cruzó una calle lejana. Un perro ladró una vez y se calló. — Llevas mucho tiempo aquí — dijo Mitsuhide, al fin. No era una pregunta exactamente. — ¿En el tejado? — En el palacio. Obi giró la cabeza hacia él. Mitsuhide tenía esa expresión suya de siempre — directa, sin dobles intenciones, la de alguien que dice lo que piensa porque no se le ocurre otra manera de hacer las cosas. — Más de lo que suelo quedarme en ningún sitio — respondió Obi, después de un momento. — ¿Y? — ¿Y qué? Mitsuhide frunció el ceño levemente, como si la pregunta fuera más complicada de lo que debería. — Que si te parece mucho tiempo. Si piensas en marcharte. Obi abrió la boca. La cerró. Era una pregunta sencilla. De las que Mitsuhide hacía sin darse cuenta de que no lo eran — directas hasta el hueso, sin el envoltorio que la mayoría de la gente ponía alrededor de las cosas que en realidad quería saber. ¿Pensaba en marcharse? Buscó la respuesta donde siempre la había tenido: ese lugar en el pecho donde vivía la inquietud, el impulso de moverse, la certeza de que quedarse demasiado tiempo en un sitio era el principio del fin de algo. Había aprendido eso temprano. Lo había llevado encima como se lleva una navaja — siempre a mano, siempre útil. Buscó. No lo encontró. — No — dijo, y la palabra salió más tranquila de lo que esperaba. Mitsuhide asintió, como si eso fuera exactamente lo que quería saber y no necesitara más. — Bien — dijo. Obi lo miró. — ¿Bien? — Zen estaría preocupado si te fueras. — Una pausa. — Y la señorita Shirayuki también. — Lo sé — dijo Obi, en voz baja. — Yo también — añadió Mitsuhide, con la misma naturalidad con que se habla de alguien con quien uno lleva años compartiendo guardia. Obi no respondió de inmediato. Miró la ciudad. Las luces. El cielo oscuro y limpio. Había vivido en muchos sitios sin que ninguno le dejara marca. Casas de gente que lo contrataba por una temporada y luego dejaba ir. Ciudades que cruzaba sin aprender el nombre de las calles porque no valía la pena. Tejados que eran todos iguales una vez que te alejabas lo suficiente. Este tejado, pensó, lo conocía de otra manera. Sabía qué piedra crujía cuando llovía. Sabía desde qué ángulo podía ver la ventana de Shirayuki y desde cuál la del despacho de Zen. Sabía que en invierno el viento venía del norte y que en verano olía a las flores del jardín del ala este. Lo sabía porque había estado aquí el tiempo suficiente para aprenderlo. Y no había querido marcharse. — Mitsuhide — dijo. — ¿Mm? — ¿Cuánto tiempo llevas tú aquí? Mitsuhide lo pensó, aunque no era una pregunta que requiriera pensarse demasiado. — Toda mi vida, más o menos. — ¿Y cómo se sabe — Obi hizo una pausa, buscando las palabras — cuándo un sitio es tuyo? Mitsuhide lo miró. En su expresión no había sorpresa, sino algo más parecido a la consideración de alguien que nunca se había hecho esa pregunta porque siempre había tenido la respuesta sin necesitarla. — Cuando un lugar empieza a aparecer en tus pensamientos aunque no estés en él — dijo Mitsuhide, al fin, con su sencillez habitual. — Cuando te preguntas cómo estará mientras estás fuera. Obi dejó que eso se asentara. Cuando dejas de pensar en irse, se dijo para sus adentros. Cuando empiezas a pensar en volver. Había vivido como mala hierba toda su vida — creciendo donde el viento lo dejaba, sin preguntar si el suelo era bueno, sin esperar que nadie lo plantara. Las malas hierbas no eligen. Simplemente un día están, entre las grietas de la piedra, sin que nadie entienda del todo cómo llegaron. Pero estaban. Y echaban raíces. Y el palacio, sin pedirle permiso, había echado las suyas en él también. — Gracias, Mitsuhide. — dijo, al fin. Mitsuhide lo miró con una expresión levemente desconcertada, como si no supiera exactamente por qué le daban las gracias pero tampoco viera razón para preguntar. — De nada — dijo, simplemente. Y los dos se quedaron en silencio un rato más, con la ciudad abajo y el palacio detrás, respirando despacio como algo que lleva mucho tiempo en pie y no tiene ninguna prisa por ir a ninguna parte.
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