Paleta de emociones

Mezcla
PG-13
En progreso
9
Tamaño:
planificada Midi, escritos 30 páginas, 8.817 palabras, 12 capítulos
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Capítulo 9: Descanso para dos

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Notas:
La cesta de hierbas era una excusa. Shirayuki lo sabía desde el principio. Probablemente Zen también, aunque había aceptado acompañarla sin cuestionarlo demasiado, con esa manera suya de decir sí a las cosas que le importaban sin necesitar que se lo pidieran dos veces. El jardín del ala sur estaba tranquilo a esa hora. La luz caía oblicua entre las ramas, la hierba olía a tierra húmeda y a algo dulce que venía de las flores del sector este, y el palacio quedaba lo suficientemente lejos como para que sus muros no pesaran. Shirayuki había extendido una manta entre las raíces de un árbol viejo. La cesta descansaba a un lado, abierta, con el cuaderno de notas encima. Zen estaba sentado frente a ella con las piernas cruzadas, mirándola con la expresión de alguien que sospecha que está siendo llevado hacia algo sin saber exactamente hacia dónde. — Entonces — dijo Shirayuki, con una seriedad completamente fingida, sosteniendo una ramita entre los dedos — ¿sabes qué es esto? Zen la miró. — ¿Me estás examinando? — Estás aquí en calidad de asistente oficial. Es razonable comprobar tus conocimientos. — Soy el segundo príncipe de Clarines. — Y yo soy la boticaria de la corte. — Ella inclinó levemente la cabeza. — ¿Qué es esto? Zen miró la ramita con una expresión que intentaba ser digna y no lo conseguía del todo. — Algo verde. — Correcto en un sentido muy amplio. — Shirayuki lo anotó en el cuaderno con absoluta seriedad. — Es romero. Circulación, memoria, dolores musculares. — Levantó la vista. — Útil para alguien que pasa doce horas al día sobre los mismos papeles. — Estás insinuando algo otra vez. — Solo constato hechos. Zen cogió la ramita de sus manos y la examinó con más atención de la estrictamente necesaria, como si quisiera demostrar que sí podía tomárselo en serio. — Romero — repitió. — Romero — confirmó ella. Hubo una pausa. El sol se movió un poco entre las ramas. Shirayuki sacó otra muestra de la cesta — esta vez unas hojas más anchas, de un verde más oscuro — y se la tendió sin decir nada, esperando. Zen la miró. Luego la miró a ella. — No tengo ni idea. — Lo sé. — Ella sonrió. — Es melissa. Ansiedad, insomnio, tensión acumulada. — Empiezo a notar un patrón en tu selección de plantas. — Es una selección completamente objetiva basada en las necesidades del jardín. — Ajá. Ella se rio. Una risa breve, sin pretensiones, de las que aparecen cuando algo es genuinamente gracioso y no hay ninguna razón para contenerla. Zen la observó reírse con esa expresión quieta que a veces le aparecía sin aviso — como si el mundo se hubiera reducido momentáneamente a eso y le pareciera suficiente. — ¿Cuándo fue la última vez que dormiste bien? — preguntó ella, cuando la risa se asentó. El tono había cambiado, levemente. Seguía siendo suave, pero era la suavidad de verdad, la que usaba cuando quería que la escucharan. Zen pensó en ello. — Define bien. — Zen. — Duermo lo suficiente. — Eso no es lo mismo. Él no respondió de inmediato. Cogió una brizna de hierba del suelo y la hizo girar entre los dedos, un gesto pequeño, casi distraído. — Contigo descanso — dijo, al fin. Sin dramatismo. Como quien dice una verdad que lleva tiempo siendo verdad y que no necesita más palabras de las justas. Shirayuki lo miró. Había momentos en que Zen decía las cosas así — directas, sin adorno, con esa honestidad que aparecía solo cuando bajaba la guardia del todo — y ella no sabía muy bien qué hacer con ellas, excepto guardarlas en algún lugar donde no se perdieran. Bajó la vista al cuaderno. Escribió algo que no tenía nada que ver con las plantas. — Entonces — dijo, sin levantar los ojos todavía — quédate un rato más. Zen no respondió. Pero extendió la mano hacia ella, con la palma hacia arriba, despacio, como una pregunta sin palabras. Shirayuki dejó el cuaderno en la hierba. Puso su mano en la de él. El jardín siguió siendo el jardín: luz entre las ramas, el olor a romero y a melissa, el canto de algún pájaro invisible. Nada extraordinario. Y sin embargo era suyo, ese momento. Completamente. Mientras, arriba, en el corredor del ala sur, algo se movió entre las sombras. Pero ninguno de los dos lo supo.
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