Paleta de emociones

Mezcla
PG-13
En progreso
9
Tamaño:
planificada Midi, escritos 30 páginas, 8.817 palabras, 12 capítulos
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Capítulo 10: Una tensión silenciosa

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Los informes no se leían solos. Zen lo sabía. Era plenamente consciente de ello, al menos durante la última hora, mientras los papeles permanecían exactamente donde los había dejado y su pluma no había tocado el tintero ni una vez. La vela brillaba sobre la mesa, junto a él. Mientras que el despacho estaba sumergido en un completo silencio. Y su cabeza, que debería haber estado llena de cifras y fronteras y peticiones de los señores del norte, estaba en otra parte. Concretamente, en un patio interior. Hace nueve días. Recordando aquel atardecer rojo carmesí. No era la primera vez que el recuerdo volvía solo. Pero últimamente volvía más seguido, y con más detalle del que Zen habría querido: el calor de las piedras bajo las botas, el sonido del acero, el sudor en la sien, y luego — los dedos de Obi rozando su muñeca. La voz de Obi, demasiado cerca. El olor a metal y algo más oscuro, más tentador. Zen apretó la pluma. Es un delirio, se dijo. El agotamiento. Cualquier cosa. Pero la mente tiene sus propias reglas cuando uno baja la guardia, y la suya llevaba días construyendo algo sin pedirle permiso: una imagen, medio formada, de Obi girándose hacia él de otra manera. Más despacio. Sin la sonrisa de siempre. Con esa mirada que a veces aparecía debajo de la máscara descarada, la que Zen había aprendido a reconocer y que no sabía exactamente cómo clasificar. Esa imagen poco a poco se fue más lejos de lo que debería. Zen apartó la silla de golpe y se puso de pie. No. Se acercó a la ventana. El aire nocturno era cálido, casi sin brisa. Abajo se reflejaban inmóviles las luces del palacio. Respiró. Contó hasta diez para ordenar sus pensamientos. Volvió a la mesa. Miró los papeles. Nada tenía sentido. Shirayuki. Pensó en Shirayuki: en su risa, en la manera en que fruncía el ceño cuando se concentraba, en cómo lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo. Lo que sentía por ella era real, sólido, construido con tiempo y con elección. Eso no estaba en duda. Entonces, ¿qué era esto otro? No tenía respuesta. Y no tener respuesta, para Zen, era peor que cualquier problema con una solución clara, aunque fuera incómoda. Recogió la chaqueta del respaldo de la silla. Necesitaba despejar la mente. Necesitaba aire de verdad, no el del despacho que olía a cera y a papeles sin leer.

***

El corredor estaba casi a oscuras. Casi, porque al doblar la esquina, Zen vio la silueta antes de que sus ojos terminaran de ajustarse. Apoyado en la pared de piedra, con los brazos cruzados y una expresión que en la penumbra era difícil de leer. Obi. — Alteza — dijo él, con su tono de siempre. Ligero. Como si llevar rondando un corredor desierto a estas horas fuera la cosa más normal del mundo. — Obi. — Zen se detuvo. — ¿Qué haces aquí? — Pasear. — A medianoche. — Los mejores paseos son a medianoche. — Una pausa. — ¿Y vos? — Lo mismo. Obi lo miró. Esa mirada larga, quieta, que no encajaba con la sonrisa que la acompañaba. — Curioso — dijo, en voz baja. Zen no respondió. El corredor era estrecho. Entre la pared y la ventana apenas había espacio para dos personas, y Obi no era de los que se hacían pequeños. Zen dio un paso adelante sin saber muy bien por qué, y la distancia entre ellos se redujo a algo que ya no era cómodo ignorar. — Llevas días raro — dijo Obi. Sin reproche alguno. Simplemente como quien constata un hecho. — Estoy ocupado. — No es eso. Zen levantó los ojos. Los de Obi estaban fijos en él, y en la poca luz que entraba por la ventana eran casi dorados, y parecian demasiado atentos. — ¿Qué quieres que te diga? — murmuró Zen. — Nada — respondió Obi. — No hace falta que diga nada, amo. Y entonces su mano se movió. Despacio, sin brusquedad, como si él mismo estuviera probando si era real: los dedos rozaron el dorso de la mano de Zen, apenas, igual que nueve días atrás en el patio. Pero esta vez no había espadas, ni excusa, ni nadie mirando. Zen sintió el mismo estremecimiento de entonces. Igual. Exactamente el mismo. Pruébalo, pensó, con una frialdad que no sentía por dentro. Pruébalo y descubrirás que no es nada. Que es el cansancio, la tensión, la casualidad. Lo besarás y entenderás que fue solo eso, y podrás dejar ir este sentimiento. Era una lógica terrible. Lo sabía incluso mientras la construía. Pero era la única que tenía. — Obi — dijo, y su propia voz le sonó extraña, demasiado quieta para lo que tenía en el pecho. — ¿Amo? — Si esto sale mal — — Lo sé — dijo Obi. Y algo en su voz cambió: la ligereza desapareció, y lo que quedó debajo fue más serio, más real. — Lo he pensado. Esto podría romper algo. Con vos, con la señorita... — Hizo una pausa. — Pero también llevo días sin poder dejar de pensarlo, y eso ya lo está rompiendo de todos modos. Zen lo miró. Obi sostuvo la mirada sin moverse. Y Zen pensó: mejor hacerlo y resolver las dudas, que seguir así hasta volverse loco. Fue un movimiento pequeño. Casi no había distancia que recorrer. Sus manos encontraron el cuello de la camisa de Obi, y Obi se quedo quieto, esperando con paciencia; acto seguido el beso fue breve, directo y completamente silencioso. Duró lo que duran las cosas que uno hace para demostrar algo. Zen se apartó. Esperó el alivio. La claridad. La confirmación de que había sido solo eso, un malentendido del cuerpo, una tensión sin nombre que ahora tendría nombre y podría guardarse en un cajón y olvidarse. No llegó. Lo que llegó fue otra cosa: el pulso en las sienes, el calor en la palma de la mano que todavía sostenía la tela de la camisa de Obi, y la conciencia muy nítida de que quería repetirlo. Obi siguió observándolo con una calma envidiable. — ¿Y bien? — dijo, con una voz que no era la de siempre. Más baja. Más cuidadosa. Zen soltó la camisa. Dio un paso atrás. Miró el corredor vacío a un lado, luego al otro, como si la respuesta pudiera estar escrita en alguna parte de la piedra. — Eso — dijo finalmente — no ha resuelto nada. Obi guardó silencio un momento. — No — concordó. — De hecho — añadió Zen, con una calma que era completamente fingida — creo que ha creado más preguntas de las que había. — Sí — dijo Obi. Zen levantó la vista hacia él. Obi tenía una expresión que Zen no le había visto antes: algo entre la sorpresa y algo más suave, más vulnerable, que desapareció antes de que pudiera identificarlo. — Bien — dijo Zen, en voz baja. — Entonces los dos tenemos un problema. — Los dos — confirmó Obi. El corredor siguió vacío. La noche siguió quieta. Y ninguno de los dos se movió durante un momento más largo de lo necesario, porque moverse significaba empezar a decidir qué hacer con todo aquello, y ninguno estaba listo todavía.
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