Paleta de emociones

Mezcla
PG-13
En progreso
9
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planificada Midi, escritos 30 páginas, 8.817 palabras, 12 capítulos
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Capítulo 11: Lo que arde sin permiso

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Notas:
La reunión había durado menos de veinte minutos. Veinte minutos en los que Shirayuki había mantenido la espalda recta, la voz firme y la mirada serena, como le habían enseñado a hacer en los momentos en que el palacio dejaba de ser un lugar de trabajo y se convertía en algo más complicado. La señora del séquito de la delegación del este había sido perfectamente cortés. Perfectamente fría. Había mirado el cabello de Shirayuki con una sonrisa que no llegaba a los ojos, y había dicho, con la dulzura calculada de alguien que sabe exactamente lo que hace, que era admirable que el príncipe Zen tuviera tan buen corazón con personas de cualquier origen. Shirayuki le había sonreído. Le había dado las gracias. Había salido de la sala con paso tranquilo. Y luego había caminado hasta el pequeño almacén de la botica que daba al jardín, había cerrado la puerta, y se había sentado en el suelo con la espalda contra la pared. No era la primera vez que alguien le decía algo así. No sería la última. Lo sabía. Lo aceptaba. Y aun así, había días en que el peso de saberlo y aceptarlo era demasiado para cargarlo sola sin dejar escapar algo. Las lágrimas llegaron sin aviso, como siempre: rápidas, silenciosas, y con vergüenza de sí mismas. No podía ir a Zen con esto. Él se culparía, querría hacer algo, y no había nada que hacer. Era simplemente el mundo siendo el mundo, y ella lo conocía mejor que nadie.

***

Obi la encontró diez minutos después. No por casualidad — él raramente hacía las cosas por casualidad cuando se trataba de ella. Había visto su expresión al salir de la reunión, había contado los pasos hasta la botica, y había esperado el tiempo justo antes de seguirla. Abrió la puerta sin llamar. La vio en el suelo, con los ojos enrojecidos y las manos quietas sobre las rodillas, intentando componer el gesto antes de que él pudiera verlo. Demasiado tarde. — Señorita — dijo, en voz baja. — Estoy bien — respondió ella, automáticamente. — Ya. — Él cerró la puerta a su espalda y se sentó en el suelo a su lado, sin más explicaciones. Como si sentarse en el suelo de un almacén a media tarde fuera exactamente donde tenía que estar. Shirayuki no dijo nada. Obi tampoco. Afuera, el jardín brillaba con la luz del mediodía. Aquí dentro olía a tierra y a lavanda seca, y el silencio era tal que no exigía nada más. Pasó un momento. Luego otro. — Fue la señora de la delegación del este — dijo Shirayuki, sin mirarlo. No era una pregunta. — Sí, lo vi — dijo él. — ¿Se nota tanto? — Solo para mí. Ella exhaló. Una de esas respiraciones largas que no son suspiros sino algo más parecido a soltar un peso que uno ha estado cargando con demasiada tensión. — No quiero que Zen lo sepa — murmuró. — Lo sé. — No porque no confíe en él. Sino porque — — Lo sé — repitió Obi, más suave. Y era verdad. Él lo sabía sin que ella tuviera que terminar la frase: porque Zen haría algo, porque se culparía, porque el problema no tenía solución y transformarlo en una conversación solo lo haría más real y más pesado. Shirayuki no necesitaba que la rescataran. Solo necesitaba un lugar donde las lágrimas no tuvieran que dar explicaciones. Obi la miraba de perfil. Tenía los ojos todavía húmedos, el cabello rojo ligeramente desordenado, las manos apretadas sobre las rodillas con esa determinación silenciosa que era tan suya. Había algo en ella en ese momento — rota a medias pero sin rendirse, triste pero sin dejar de ser ella — que le apretó el pecho de una manera que Obi no supo nombrar. Solo supo que no podía seguir mirándola así sin hacer algo. No lo pensó. O lo pensó tan rápido que no hubo diferencia. Extendió la mano, le apartó un mechón de cabello de la mejilla con cuidado, y cuando ella giró la cabeza hacia él — sorprendida, con los ojos todavía brillantes — la besó. Fue un beso corto. Directo. Sin pregunta y sin disculpa. Shirayuki no se apartó. Cuando él se separó, ella parpadeó. Lo miró. La sorpresa seguía ahí, pero debajo había algo más: una especie de calma que no había estado antes, como si el beso hubiera interrumpido el circuito de algo que no conseguía detenerse solo. — Obi — dijo, con una voz que no sabía muy bien qué quería decir. — No llores más — respondió él, con su tono de siempre, aunque algo en los ojos lo delataba. — No te sienta bien. Mentira. Le quedaba de maravilla. Pero fue lo único que se le ocurrió decir. Porque quería evitar dar más explicaciones. Shirayuki lo miró un segundo más. Luego, despacio, la comisura de su boca se movió. Primero apenas. Luego del todo. — ¿Estás bromeando? — dijo. — Completamente — admitió él. Ella se rio. Poco, y con la voz todavía algo rota, pero se rio. En ese instante Obi sintió que algo en el pecho se aflojaba. Sirayuki apoyó la cabeza en su hombro por un instante — solo por un instante — y luego se incorporó. Se secó los ojos con el dorso de la mano. Respiró hondo. Y antes de levantarse, se volvió hacia él y le dio un beso suave en la mejilla — rápido, cálido, sin pensarlo —, como si le dijera gracias de la única forma que tenía sentido en ese momento. Obi no dijo nada. Se quedó allí exactamente donde estaba, mirando la puerta por la que ella acababa de salir, mientras fuera resplandecía el jardín y en el aire flotaba el aroma de la lavanda. Y, sin poder evitarlo, pensó que le resultaría muy difícil seguir fingiendo que todo aquello era sencillo.
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