Paleta de emociones

Mezcla
PG-13
En progreso
9
Tamaño:
planificada Midi, escritos 30 páginas, 8.817 palabras, 12 capítulos
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Capítulo 12: Una corona que nadie eligió

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Notas:
Izana no había planeado quedarse. Había salido al corredor del ala sur por razones prácticas — un documento que necesitaba firma, una reunión que empezaba en veinte minutos — y el jardín había aparecido a su izquierda simplemente porque siempre estaba ahí. No era un hombre que se detuviera sin razón. Pero algo en el cuadro que se formaba abajo, a través de los arcos de piedra, hizo que sus pasos se ralentizaran hasta detenerse. Zen estaba en el jardín. Y la chica de cabello rojo estaba con él. Izana se quedó donde estaba, ligeramente retirado de la balaustrada, en ese punto exacto donde la luz no lo alcanzaba del todo. Un hábito viejo. Los corredores del palacio tenían sus sombras, y él había aprendido desde niño a encontrarlas. Abajo, Zen decía algo que Izana no alcanzaba a escuchar. La distancia borraba las palabras y dejaba solo el tono — ese tono particular que Zen tenía cuando hablaba con ella, más bajo que el habitual, sin el borde de guardia que ponía en casi todas las demás conversaciones. La chica respondió algo, y Zen se rio. Una risa breve, sin esfuerzo. Izana no recordaba la última vez que había visto a su hermano reírse así. Lo observó durante un momento más. Zen gesticulaba con las manos — otro hábito que había intentado corregirle sin éxito durante años — y ella lo escuchaba con esa atención particular suya, la cabeza levemente inclinada, como si lo que decía mereciera ser oído del todo. No como quien escucha por cortesía. Como quien escucha porque quiere. Izana apartó la vista. Miró el corredor vacío a su derecha. La piedra. Las antorchas. El peso familiar de un palacio que llevaba toda su vida aprendiendo a cargar. Había habido un tiempo — hacía ya demasiados años para contarlos con precisión — en que él también había tenido ese tono. Esa manera de moverse por los jardines sin calcular cada paso. Antes de que el peso de la corona se volviera algo constante, antes de que cada conversación tuviera un propósito y cada silencio una función. Antes de que aprendiera que un rey no puede permitirse el lujo de querer las cosas simplemente porque las quiere. Zen nunca había entendido eso. O lo entendía y elegía ignorarlo, que era peor y mejor al mismo tiempo. Volvió a mirar abajo. La chica había recogido algo del suelo — una hoja, quizás, o una flor caída — y se lo mostraba a Zen con algo escrito en el gesto que Izana no supo clasificar del todo. Curiosidad, quizás. O esa manera que tenían algunas personas de encontrar algo interesante en cualquier cosa, como si el mundo fuera inagotable. Shirayuki. Izana había tardado más de lo que admitiría en aprender a decir ese nombre sin que le precediera un cálculo. Al principio había sido solo un problema: una chica de origen común, cabello demasiado visible, sin título ni familia que la respaldara, y Zen mirándola como si eso no importara. Como si nada de eso importara. Había intentado hacerle entender. Había usado todas las herramientas que conocía — la frialdad, la distancia, la presión indirecta — porque eran las únicas que sabía usar bien. No porque disfrutara de ellas. Sino porque era lo que la corona le había enseñado a hacer con las cosas que podían convertirse en problemas. Pero la chica no había cedido. No de la manera en que cedía la gente cuando Izana aplicaba presión. No con resentimiento ni con sumisión. Simplemente había seguido siendo lo que era: trabajadora, discreta, completamente imposible de intimidar sin que ella pareciera siquiera darse cuenta de que lo intentaban. Y había seguido mirando a Zen con esa claridad desconcertante, como si lo viera sin el peso de todo lo que él era, y eso — eso sí había sido un problema. Porque Zen, con ella, era distinto. Más real. Más el hermano que Izana recordaba de antes de que la corona se interpusiera entre los dos, antes de que los deberes los convirtieran en versiones más pequeñas de sí mismos. Izana no era un hombre que se equivocara con frecuencia. Pero había aprendido, con el tiempo y con más resistencia de la que le gustaba admitir, que había reconocido el problema equivocado. El problema no era ella. El problema era que Zen necesitaba algo que el palacio no podía darle, y ella sí. Abajo, Zen le dijo algo más. Ella respondió, y esta vez fue ella quien se rio — más abierta que él, más sin filtros, con esa manera de reírse que no calculaba si era apropiada o no porque simplemente no se le ocurría calcularlo. Izana observó a su hermano mirarla reír. Y pensó, con la misma frialdad con que pensaba casi todo, que había cosas que la corona heredaba y cosas que la corona no podía heredar. El sacrificio era suyo. La responsabilidad era suya. El peso de cada decisión que había tomado para que Clarines siguiera en pie era suyo. Pero eso — lo que había abajo, en el jardín, entre su hermano y esa chica de cabello imposible — eso no le pertenecía a la corona. Nunca le había pertenecido. Y quizás, pensó, eso era suficiente. Recogió los papeles que llevaba bajo el brazo. Se apartó de la balaustrada. La reunión empezaba en quince minutos. No miró hacia abajo una última vez. No era necesario.
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