A contraluz. Entre cenizas y lavanda.

Het
NC-21
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4
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planificada Maxi, escritos 451 páginas, 232.562 palabras, 17 capítulos
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Capítulo 15: Proteger pagando un precio...

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CAP 15: Proteger pagando un precio…       La noche era cerrada y silenciosa en lo alto de la torre donde el despacho de Dumbledore reposaba como un santuario en el cielo. Fawkes dormía encogido en su percha, y los retratos de los antiguos directores fingían no escuchar.       Gregor Bellerose entró primero, impecable como siempre, seguido por Edward, que lucía más tenso de lo habitual. Elsa llegó última, sus pasos suaves, pero su mirada cargada de tormenta. Dumbledore los recibió con un gesto grave y afable.       —Gracias por venir —dijo el Director, entrelazando los dedos sobre el escritorio—. Sabemos que tienen planes. Lo que hagamos debe ser firme, convincente… y lo bastante real para engañar incluso a quienes nos observan desde las sombras. Para ganar tiempo.       Gregor asintió. Su voz era tan medida como un conjuro antiguo.       —Los Nott han estrechado el cerco. Sus aliados dentro del Ministerio ya hacen preguntas incómodas. No podemos permitir que vean un punto débil, ni a nuestra familia como dividida en privado. Pero en público…       —Debemos parecerlo —completó Elsa, con la voz baja pero decidida—. Es la única manera. La única opción. Se mueven por valores. Si nosotros no valoramos, dudarán si es real la información que poseen.       Dumbledore se levantó y caminó hacia la ventana, contemplando las torres del castillo iluminadas por la luna.       —Una ruptura pública —dijo con calma—. Algo tan fuerte que haga desistir, pero tan controlado que mantenga a Kate a salvo aquí. Hogwarts puede ser su refugio. Nadie podrá tocarla mientras esté bajo mi protección.       Edward se pasó la mano por el rostro. Era joven, pero los meses recientes le habían robado parte de su luz.       —Será duro —murmuró—. Kate lo entenderá, pero el acto no será fácil de sostener. Habrá miradas. Sospechas. Habladurías que dolerán.       Gregor se volvió hacia él, y por un segundo la dureza de su rostro se suavizó.       —Lo sé. Por eso lo haremos juntos. Como familia. Se lo diremos a Kate y a Beth antes de llevarlo a cabo. No mentiremos dentro de nuestras paredes.       Elsa, que hasta entonces había guardado silencio, habló con firmeza:       —Yo misma hablaré con Beth. Le pediré neutralidad, que no tome partido ni revele nada.       —No es suficiente —interrumpió Edward con firmeza, alzando la voz apenas un poco—. No podemos esperar que Kate lo acepte sin explicaciones. No es una niña. Merece saberlo todo. Ella y Beth. La verdad entera.       Hubo un silencio denso. Elsa frunció ligeramente el ceño, pero no habló. Gregor, en cambio, sí lo hizo, tajante.       —Ni lo sueñes. No ahora. No deben saber más de lo necesario.       —¿Por qué no? —replicó Edward, sin ocultar su exasperación—. ¿Por miedo a que no lo soporten o a que dejen de obedecer? Les estamos pidiendo demasiado. ¿Cómo se supone que Kate actúe sin saber por qué está en juego su vida?       Elsa intercambió una mirada con su marido. Su voz salió más suave, pero llena de una inquietud real.       —No es que no quiera que lo sepan, Edward… es que temo las consecuencias. ¿Y si se lo contamos y el enemigo lo descubre? ¿Y si la usan? No estamos hablando de un examen o de un recuerdo doloroso. Estamos hablando de magia oscura. De tortura. De muerte.       —Entonces hay que prepararla, no ocultárselo —respondió él con rabia contenida—. Lo he visto, madre. Lo que Voldemort puede hacer. Lo que arranca de la mente sin permiso. Si no tienen nada claro dentro de sí, serán vulnerables.       —Y si tienen demasiado, serán objetivos —dijo Dumbledore desde la ventana, sin volverse—. Comprendo tu deseo, Edward. Yo también preferiría no ocultar nada. Pero el conocimiento puede ser un arma… para quien lo porta y para quien lo roba.       Edward cerró los ojos un segundo.       —No puedo mirarla a los ojos y pedirle un sacrificio así sin decirle por qué. No puedo hacerlo. No es justo.       Gregor resopló.       —La justicia no tiene nada que ver con esto. Se trata de supervivencia. De estrategia.       —¡Se trata de Kate! —replicó Edward, más bajo, pero con el mismo filo—. Y no pienso traicionarla.       Elsa, finalmente, suspiró. Su rostro, cansado, se volvió hacia Dumbledore.       —¿Hay una forma segura? ¿Algo que podamos decir sin ponerla en peligro?       Dumbledore volvió lentamente a su lugar y tomó asiento. Su mirada era grave.       —Una parte. Solo una. Lo suficiente para que confíe. Lo suficiente para que sepa que lo que hará tiene sentido… sin que conozca todo el peso que aún no debe cargar.       Hubo un silencio, y luego Gregor asintió con desgana.       —Una parte —aceptó—. Y nada más. De momento.       Elsa bajó la mirada, como si aquello no la aliviara del todo. Edward no habló. Solo asintió, con el corazón aún en rebelión, y los ojos perdidos en la oscuridad más allá del ventanal.       Dumbledore cerró los ojos un segundo, murmurando apenas:       —A veces, ocultar parte de la verdad no es mentir. Es proteger lo que aún no está listo para arder. A veces…para proteger lo que amamos, debemos romperlo… pero solo a los ojos de quienes nos acechan. Lo esencial quedará intacto, si somos sabios.       Y nadie lo discutió. Pero en el silencio siguiente, cada uno de ellos supo que la llama, tarde o temprano, los alcanzaría a todos.              La sala oculta del fondo en Cabeza de Puerta, tras una puerta aparentemente bloqueada por barriles y polvo, no tenía ventanas a la calle, pero sí una pequeña abertura oculta que daba a la parte trasera del local. Dumbledore se hallaba de pie, con una mano apoyada en su bastón y la otra rodeando suavemente una taza de té humeante. Gregor y Elsa Bellerose miraban por la abertura, tensos. Edward permanecía de pie, ligeramente apartado, con los brazos cruzados.       Beth ya estaba allí, sentada al borde de una butaca, nerviosa pero serena. McGonagall había cumplido: las hermanas llegarían con unos minutos de diferencia, sin llamar la atención y aprovechando la salida a Hogsmeade de todos los estudiantes.       —Ahí vienen —anunció Elsa, y sus dedos se crisparon brevemente en la tela de la cortina.       Fuera, por la calle de Hogsmeade, el grupo de estudiantes caminaba despreocupado. James bromeaba con Remus y Lily, Peter intentaba seguirles el ritmo entre risas, Mary y Pippa charlaban animadamente con Marlene. Pero fue Kate quien capturó toda la atención de los adultos en la sala. Iba de la mano de Sirius, su andar natural, casi elegante sin quererlo. Él le dijo algo que hizo que se echara a reír, cabeza hacia atrás, ligera, como si el mundo aún fuera sencillo. Sirius aprovechó para besarle la mejilla con rapidez, y aunque el gesto era mínimo, bastó para que Elsa intercambiara una mirada dura con Gregor. Edward, sin embargo, se quedó mirando en silencio… no a Kate, sino a Marlene.       —No es un juego de enamorados adolescentes —murmuró Gregor, molesto—. Si supiera siquiera lo que arrastra…       —No lo sabe —respondió Dumbledore, con firmeza pero sin levantar la voz—. Y lo que vamos a decidir hoy, lo sabrá solo en parte. Lo justo.       Elsa se giró hacia la sala, respirando hondo. Dumbledore levantó su varita y, sin palabras, hizo que la puerta se abriera discretamente en cuanto Kate tocó. Entró con pasos medidos, aunque su expresión revelaba la inquietud que le crecía en el pecho desde que McGonagall le dio aquella instrucción misteriosa. Su mirada fue primero hacia Beth —que le sonrió con nerviosismo—, y luego hacia Edward, hacia sus padres, y finalmente hacia Dumbledore.       —¿Qué ocurre? —preguntó, directamente—. ¿Está todo bien?       —Pasa, querida —dijo Dumbledore, con amabilidad—. Necesitamos hablar contigo. Con las dos.       Kate miró a su hermana, que asintió.       —Estoy bien. Igual de sorprendida que tú —murmuró Beth, intentando transmitir confianza.       Kate cruzó la sala y se sentó, rodeada por los rostros de su familia. Había algo en la forma en que la miraban que le revolvió el estómago.       —¿Qué pasa? —insistió.       Edward fue el primero en hablar.       —No estáis en problemas. Pero hay cosas que han comenzado a moverse y que nos afectan directamente.       Gregor se colocó detrás de Elsa, con los brazos cruzados a la espalda.       —Queríamos hablar con vosotras de la situación de nuestra familia. Para empezar… tenéis que entender que hay familias, nombres antiguos, que buscan cómo debilitar a sus enemigos. Vosotras dos habéis sido señaladas. No por error. No por lo que hacéis. Sino por lo que podríais llegar a representar.       Kate frunció el ceño. Beth tragó saliva.       —¿Representar cómo? —preguntó ella, al fin.       Elsa habló con cautela:       —La familia Bellerose, junto con otras familias francesas, tiene raíces muy antiguas, con dones que no todos comprenden. La sangre os hace visibles, incluso aunque no lo hayáis buscado. Y quienes buscan poder... empiezan a interesarse en vosotras.       Dumbledore intervino:       —Especialmente en ti, Kate. Voldemort ha oído rumores. No sabe todo. Pero sabe lo suficiente para buscarte. Para intentar usarte. Y eso no podemos permitirlo.       Kate se quedó muy quieta.       —Entonces… ¿soy una especie de arma?       —Para él, sí —dijo Edward—. Pero para nosotros eres familia. Y por eso vamos a hacer algo que te dolerá… pero te protegerá.       Beth dio un paso adelante.       —¿Qué pasa conmigo?       Elsa la miró con ternura, pero también con una gravedad que nunca le había visto.       —Por algún motivo, Beth parece no llamar la atención. No te afectará públicamente, pero tu papel será crucial. Necesitamos que aparentes neutralidad. Que no tomes partido cuando ocurra lo que hemos planeado.       —¿Qué habéis planeado? —exigió Kate.       Gregor habló, su tono afilado por la necesidad:       —Un destierro público. Planificado. Perfectamente creíble. Nadie debe sospechar que sigue habiendo unidad entre nosotros. Si parece que estamos divididos, si parece que te expulsamos por desobedecer… los Nott retrocederán. Pensarán que has quedado expuesta. Que ya no eres valiosa. Y no tendrán palanca contra nosotros.       Kate se levantó de golpe de la silla.       —¿Queréis que finja que me han expulsado de mi propia familia?       Elsa no pudo evitar que se le quebrara la voz.       —Sí. Queremos que vivas.       El silencio cayó como plomo. Fue Beth quien lo rompió:       —Esto… esto es una locura. ¿Y cómo sabremos que funcionará? ¿Y si se convierte en algo más que fingido?       Edward la miró directamente.       —No pasará eso Beth. Y funcionará porque lo planearemos hasta el último detalle. Si tú mantienes la neutralidad, Beth, será más creíble. Debes ser el punto de equilibrio entre unos padres que destierran y una hermana a la que adoras.       Beth bajó la vista, murmurando:       —¿Y Sirius?       Kate ni siquiera había llegado a pensar en él. El nombre le dolió como un latigazo. Y levantó el rostro con rapidez hacía sus padres.Gregor respondió, firme:       —Él no debe saberlo. No aún. Su reacción debe ser auténtica. Creíble. El chico tiene temperamento. Si sospecha algo, lo arruinará sin querer.       —¿Mentirle? —susurró Kate, la voz quebrada—. ¿A él?       Elsa se acercó despacio, tomándole la mano con fuerza.       —No es mentirle. Es protegerlo también. Si lo implicamos, él también se convertirá en un objetivo. No pertenece a este juego de máscaras, Kate. No como tú. No como Beth.       Beth cerró los ojos. Cuando los abrió, algo en su mirada había cambiado.       —Bien. No tomaré partido. Haré lo que se espera. Pero no me pidáis que lo apruebe con gusto. Y no me alejaré mucho de Kate…       Kate, temblando, apretó los dientes pensando en Sirius. Elsa tragó saliva, pero fue Dumbledore quien respondió descubriendo sus pensamientos.       —Él debe seguir creyendo en ti. Pero no debe saber más que tú. Cuanto menos sepan los que te aman… más seguros estarán. Voldemort no solo tortura cuerpos, Kate. Tortura memorias. Sentimientos.       La joven cerró los ojos un instante. Y al abrirlos, ya había elegido. Luego, se volvió hacia su padre.       —Lo haré. Pero si esto sale mal… si pierdo a Sirius, si mi lugar aquí deja de tener sentido… quiero que sepáis que no lo olvidaré.       Gregor asintió. Por primera vez, había algo parecido al respeto en sus ojos.       —Ni nosotros, hija mía. Pero si sale bien… habremos salvado a esta familia de algo que muchos no sabrán jamás que existió.       Edward se acercó y, sin decir palabra, colocó un sobre cerrado en la mano de Kate.       —Cuando todo haya pasado, dale esto a Sirius.       Kate miró el sobre como si contuviera fuego. Lo guardó en su bolso con las manos temblorosas. Luego asintió. No porque lo entendiera todo, sino porque algo en su pecho le decía que, si se negaba, pondría en riesgo más de lo que imaginaba.       —De acuerdo —dijo, al fin—. Pero no lo alarguemos. Si hay que fingir… hagámoslo bien.       Dumbledore sonrió con pesar.       —Ya lo estás haciendo, querida Kate. Más de lo que crees.       La puerta crujió al abrirse. Kate salió primera, la cabeza alta, la respiración medida, como si el aire alrededor suyo pudiera delatarla. A su lado, Beth la seguía con el rostro cuidadosamente neutro.       Esperaban todos. James, Remus, Lily, Marlene, Peter, Mary y Pippa los vieron aparecer y reanudaron la charla como si solo hubiera sido una parada cualquiera. Sirius fue el primero en notar algo.       Sus ojos encontraron los de Kate en cuanto ella cruzó el umbral, y algo en su sonrisa se tensó. Caminó hacia ella con esa seguridad despreocupada que solía tener… pero sus ojos ya analizaban.       —¿Todo bien? —preguntó con tono ligero, pero la mirada era seria.       Kate asintió, conteniendo el temblor en los labios.       —Sí... Solo una charla familiar. Ya sabes cómo es mi padre.       Sirius frunció apenas el ceño. Estiró la mano y la atrajo hacia él por la cintura con suavidad.       —Kate —dijo, bajo, solo para ella—. Sé cuando estás fingiendo. Me conoces demasiado para pensar que no lo noto.       Kate lo miró. Por un instante quiso contarlo todo, romper el hechizo de lo que acababan de planear. Pero el recuerdo del sobre en su túnica pesó como plomo. Y entonces, Sirius se inclinó apenas y murmuró algo más:       —Sea lo que sea… cuando estés lista para decírmelo, yo estaré aquí. No te irás sola.       Esa frase, simple, la quebró. Kate sonrió como si hubiera visto la luz después de un encierro largo y se lanzó a sus brazos sin medir, sin temer. Desde la rendija alta de la sala, Gregor Bellerose lo observaba todo. Elsa estaba junto a él, en silencio.       —¿Lo has oído? —dijo él, la voz extrañamente queda refiriéndose a unos minutos antes cuando hablaban con sus hijas—. Cuando dijo: “Si pierdo a Sirius…”       Elsa no apartó los ojos de la calle. Sonrió apenas, con algo entre la resignación y el afecto.       —Ya no podemos hacer nada. No he visto a nadie mirar a nuestra hija de esa manera… nunca.       Abajo, el grupo comenzaba a caminar calle abajo, riendo. Sirius soltó la mano de Kate solo para trepar de un salto a una barandilla, fingiendo ser un equilibrista e imitando a un sátiro borracho. Todos rieron, pero fue la carcajada de Kate la que se elevó como un conjuro reparador.       Gregor cerró lentamente la cortina.       —Dioses antiguos, protégelos —murmuró.       Y Elsa, más en paz que en días, susurró:       —Ojalá no tengan que protegerse el uno del otro.              La calle principal estaba más tranquila de lo habitual. La mayoría de los estudiantes se habían dispersado entre tiendas, pasteles y promesas de gastar el último knut. Frank y Alice habían encontrado refugio en una pequeña pendiente detrás de la tienda de té, donde el césped era blando y el sol apenas comenzaba a girar hacia el oeste.       Alice estaba sentada con las piernas cruzadas, mordisqueando una ramita de regaliz. Frank, recostado a su lado, giraba entre los dedos una piedrecilla lisa que había recogido del camino.       —¿Alguna vez te has planteado no hacerlo? —preguntó ella, sin mirarlo.       —¿El regaliz? —bromeó Frank, sin levantar la vista.       Alice sonrió, pero negó con la cabeza.       —No. Todo esto. El plan, la causa, el meternos hasta el cuello. ¿Y si no lo hiciéramos?       Frank se lo pensó. No como quien considera la idea por primera vez, sino como quien ya la ha tenido en la cabeza muchas noches.       —Claro que lo he pensado —respondió por fin—. A veces me dan ganas de coger lo que tengo contigo, guardarlo en una maleta y desaparecer. Pero luego me despierto y me doy cuenta de que ese “desaparecer” también es una forma de rendirse.       Alice lanzó la ramita y dejó que cayera al suelo.       —No quiero rendirme —dijo—. Solo me pregunto si es egoísta querer algo más. Algo distinto.       Frank la miró por fin. Había algo en su expresión que no era lástima ni tristeza. Era comprensión.       —No es egoísta. Es humano.       Alice se inclinó hacia él, apoyó la frente en su hombro, y se quedó allí un instante.       —¿Sabes qué me daría miedo? —murmuró ella—. Que después de todo, cuando la guerra pase, no sepamos qué hacer con la calma.       Frank soltó una pequeña risa, baja y áspera.       —Entonces que la calma nos pille bailando en la cocina o peleando por dónde poner los libros.       Alice asintió, sin moverse de su sitio.       —Eso suena menos heroico y más real. Me gusta.       —¿Interrumpimos? —preguntó Pippa con una sonrisa ladeada, ya acercándose, Remus a su lado.       —Un poco —dijo Alice sin moverse de donde estaba, su frente aún apoyada en el hombro de Frank—, pero aceptamos la interrupción si traéis algo interesante.       —Sólo preocupaciones —respondió Remus, sentándose con un suspiro a los pies de la colina—. Estábamos repasando mentalmente la lista de asignaturas de los ÉXTASIS y calculando cuánto tiempo de vida nos queda.       —Yo le he dicho que dramatiza —intervino Pippa, acomodándose junto a él—. Pero la verdad es que Defensa y Encantamientos van a estar intensos el próximo curso.       Frank se incorporó ligeramente.       —McGonagall ya avisó que la Transfiguración será más práctica que nunca. “Aprobar no es sobrevivir, es dominar”, dijo. Casi me levanto y aplaudo... por miedo.       Alice dejó escapar una risa leve.       —Yo estoy más nerviosa por Pociones. Slughorn dice que si sobrevivimos sin explotar el caldero, nos lleva a una cena privada. No sé si lo dice como premio o amenaza.       —Definitivamente amenaza —afirmó Remus con convicción—. Las cenas de Slughorn son como pociones lentas: sabes que algo se está cociendo y que puede explotar en cualquier momento.       —¿Y sabéis ya qué vais a elegir como optativas? —preguntó Pippa—. Porque entre Runas y Aritmancia yo sigo en crisis existencial.       —Yo tengo claro que no tocaré Adivinación ni con una varita prestada —dijo Frank—. Me da igual si el destino existe, mientras no me pongan a adivinarlo entre hojas de té.       —Runas me intrigan —comentó Alice, jugando con una brizna de hierba—. Me gusta eso de que el lenguaje antiguo contenga magia en sí mismo. Hay algo casi poético en eso.       Pippa asintió.       —A ti te pega. A mí me gustan los retos menos... metafísicos. Tipo: “encanta esta piedra hasta que levite sin temblar”.       Remus se puso de pie, sacudiéndose las hojas de la túnica.       —Hablando de retos físicos: si no llegamos a las Tres Escobas en diez minutos, James va a pensar que lo hemos abandonado y sufrirá su ego —bromeó.       Frank se levantó también, ofreciéndole la mano a Alice sin decir palabra. Ella la tomó con naturalidad, como si fuera un gesto habitual.       —Venga, antes de que se beban toda la cerveza de mantequilla —dijo Pippa.       Los cuatro comenzaron a caminar por el sendero, charlando aún sobre profesores, horarios y lo mucho que echarían de menos la biblioteca cuando estuvieran en el mundo real. Era una tarde normal. Pero en días como ese, la normalidad parecía casi un regalo.              El murmullo de Las Tres Escobas los envolvió incluso antes de cruzar la puerta. La calidez del local, el aroma a canela y cerveza de mantequilla, y el vaivén de risas familiares les dieron la bienvenida como si hubiesen llegado a casa.       —¡Por fin! —exclamó James al verlos entrar, alzando su jarra medio vacía desde la mesa del fondo—. Pensábamos mandar a Sirius a buscarlos con un mapa y provisiones.       —¿Y perderme una cerveza de mantequilla por él?—replicó Sirius, señalando a Remus con teatral desconfianza— ¿Para que termine hablándome de teorías conspirativas del Departamento de Misterios?       —Solo te conté lo que escuché en el pasillo —repuso Remus, alzando una ceja—. Que tú lo interpretes como una conspiración es cosa tuya.       —Eso, o un intento velado de sabotear la torre de Astronomía—añadió Peter, riendo.       —Yo estaba ahí y no oí nada —intervino Frank, divertido.       —Eso lo hace aún más sospechoso —sentenció Mary con tono de falsa gravedad.       Las carcajadas se mezclaron con el tintinear de las jarras. Pippa se sentó junto a Marlene, y Frank tiró de una silla para Alice, que agradeció con una mirada tranquila. Kate intercambió una sonrisa con ella y luego le susurró algo a Sirius, que asintió mientras entrelazaban los dedos debajo de la mesa, casi sin pensar.       James levantó su jarra de nuevo.       —Propongo un brindis. Por los EXTASIS del curso que viene       —Los que aún no hemos suspendido…— murmuró Sirius en tono irónico.       —Por los profesores que aún no nos odian —añadió Pippa.       —Y por las tardes como esta —remató Lily, mirando alrededor.       Todos alzaron sus bebidas. El tintinear de las jarras chocando llenó por un momento el aire, simple y sincero. En medio de la conversación, mientras el bullicio de Las Tres Escobas seguía de fondo, Kate se acomodó en su silla, fingiendo inocencia, y lanzó con un destello travieso en los ojos:       —Ojalá tener otra reunión de Estrellas de Nadie antes de acabar el curso…       Miró directamente a James y a Sirius, con una sonrisa cargada de intención.       James arqueó una ceja, teatral.       —¿"Ojalá"? ¿Nos estás retando?       Sirius se inclinó hacia adelante con una sonrisa ladeada.       —Pues vete preparando, Bellerose. Ya tenemos el lugar y también… una sorpresa.       Las risas estallaron en la mesa. Remus negó con la cabeza, divertido..              La Torre del Reloj latía con su ritmo habitual, marcando el regreso de los estudiantes desde Hogsmeade. Fuera, la tarde se fundía en tonos dorados, y el aire de primavera traía consigo un rumor de flores y tierra mojada. Desde la galería alta, semioculto entre los engranajes, Theodore Nott observaba en silencio.       Abajo, entre risas y pasos relajados, el grupo completo regresaba por el sendero empedrado rodeado de otros estudiantes. Kate caminaba de la mano de Sirius. Reía por algo que él había susurrado cerca de su oído, y al hacerlo, sus ojos se arrugaron en esa expresión despreocupada que siempre descolocaba a Nott.       Llevaba una camiseta de rayas en tonos coral, blanco, azul y negro, con un delicado volante en la cintura. Sus pantalones, de talle alto y color marino oscuro, caían con una elegancia desenfadada hasta las zapatillas blancas. El look era sencillo, primaveral, sin pretensiones… pero en ella todo parecía llevar un aire de equilibrio imposible de imitar. Nott la siguió con la mirada, clavada en ella. No podía dejar de mirarla.       A su alrededor, todo parecía encajar: Lily con James, Pippa y Remus charlando de cerca, Mary bromeando con Peter y Marlene detrás, gesticulando mientras contaba algo. Eran un cuadro. Una foto perfecta.       Y él, arriba, fuera del marco. Nott apretó los dedos contra el papel que sostenía. Era una carta arrugada, ya leída demasiadas veces:       "Theodore,       Tras lo ocurrido con los estudiantes secuestrados, la atención del Ministerio es más vigilante que nunca. Los movimientos precipitados nos debilitan. No hagas nada. Ahora es momento de esperar. Mantente cerca, observa, pero no intervengas. La situación se inclinará a nuestro favor cuando los Bellerose se revelen por lo que son. Nadie entiende aún por qué su hija sigue de la mano de un Black. Ni siquiera su familia parece haberlo impedido. Algo no encaja."       —Padre       Nott bajó la carta lentamente. "Algo no encaja." Su padre tenía razón. ¿Cómo podía una familia como los Bellerose tolerar esa relación? ¿Después de todo lo que ocurrió? ¿Después del escándalo, de las preguntas no contestadas, de los susurros sobre la traición? Y sin embargo… ella seguía ahí. Intocable. Inexplicable. Fascinante.       Su mirada volvió a posarse en Kate, justo en el momento en que Sirius le colocaba un brazo por los hombros, la acercaba y le decía algo que la hizo mirarlo con una mezcla de ternura y se impulsó hacia él para abrazarlo fugazmente por la cintura, sin romper el paso. Nott sintió que algo se quebraba dentro de él. No tenía rabia. Era otra cosa. Algo más turbio. Más incontrolable.        No sabía por qué, pero la necesitaba fuera de ese grupo. Fuera de esa historia. No entendía del todo qué lo unía a ella, solo sabía que lo arrastraba, lo obsesionaba, y lo consumía lentamente como un veneno que no podía dejar de beber. Mientras el reloj marcaba el paso del tiempo con su viejo tic-tac, Theodore Nott continuó observando. Esperando. Conteniéndose. Por ahora.              Dumbledore les había dejado el despacho a Kate y Edward para poder trabajar en el plan que habían trazado. Ella caminaba de un lado a otro, su capa roja de Gryffindor agitándose con cada giro brusco. En la esquina, Edward estaba sentado sobre una de las mesas, las manos cruzadas sobre las rodillas, observándola con atención.       —No va a funcionar. Se me nota. —dijo Kate, casi molesta consigo misma—. Parece que estoy representando un papel.       —Kate… lo estás representando. Ese es el punto. Pero tienes que hacerlo tan bien, que duela. Como si realmente me odiaras. Como si papá te repugnara.       Kate se detuvo, los ojos húmedos.       —¿Cómo quieres que finja que no me parte por dentro?       Edward bajó de la mesa, se acercó despacio. Le habló con calma, con esa firmeza suave que sólo los hermanos mayores tienen.       —Quiero que lo uses. El dolor. No lo escondas. Muéstralo, pero como si fuera rabia. Dolor disfrazado de desafío. Eso es lo que ellos entenderán. Y eso es lo que hará que te crean.       Kate bajó la mirada. Edward levantó su barbilla con dos dedos, como cuando eran pequeños y ella no quería enfrentarse a los regaños.       —Kate. Has entrenado para esto sin saberlo desde que tenías seis años. Todas esas veces que no lloraste delante de mamá para evitar el castigo de Beth. Todas las veces que fuiste más fuerte de lo que parecía. Esta no es distinta. Es solo… más grande.       Ella asintió con un nudo en la garganta.       —Ensayemos —dijo.       Edward retrocedió un paso, su postura cambió al instante. Se volvió frío, duro, como una estatua de hielo. La mirada se afiló como cuchilla. Cuando habló, su voz era un espejo de Gregor:       —Eres una vergüenza para la sangre que llevas. Estás rompiendo con siglos de honor.       Kate parpadeó. La tensión en su cuerpo creció de golpe. Levantó la cabeza y respondió:       —Prefiero romper con eso que con mi conciencia.       —¿Qué te ha dado este mundo fuera de la familia? ¿Ese Gryffindor arrogante? ¿Traidor a la sangre solo por conveniencia? ¿Amigos sangres sucias con ínfulas de mártires?       Kate dio un paso adelante. Su voz se quebró en el lugar exacto.       —¡Me ha dado dignidad! Cosa que no se compra con linaje.       Edward frunció los labios. Bajó la mirada. Se acercó a ella y, sin decir palabra, le acarició el cabello con ternura.       —Perfecto. Ahí. Justo ahí. Eso… fue real.       Kate tragó saliva. Cerró los ojos un momento.       —Sirius va a odiarte por esto.       —Tal vez —dijo Edward, sin rencor—. Pero si con eso lo alejo de los Nott, de su familia, de la oscuridad que le sigue rondando... me vale.       Se hizo un silencio entre ellos. Luego Kate habló, apenas un susurro:       —¿Y tú? ¿Qué pierdes tú con esto?       Edward sonrió, cansado.       —Lo mismo que tú. Todo. Pero al menos sabré que lo hicimos juntos.       Kate lo abrazó, con fuerza. Él le devolvió el abrazo como un ancla en mitad de una tormenta.       —Gracias por estar —dijo ella.       —Siempre, Kate. Aunque el mundo crea lo contrario… soy tu hermano. Y no pienso dejarte sola.              Los rumores ardían por los pasillos como pólvora mágica: "Gregor Bellerose ha entrado al castillo." No era una simple visita. Acompañado por su hijo mayor, Edward, el patriarca de los Bellerose cruzó las puertas de Hogwarts con la elegancia cortante de un juez que ya ha dictado sentencia. Su túnica era impecable, negra como su mirada, con el escudo familiar bordado en plata, apenas visible pero imposible de ignorar.       El Gran Comedor se sumió en un silencio reverente cuando Gregor entró. Los profesores dejaron los cubiertos. Los estudiantes, petrificados, lo siguieron con los ojos. Nadie se atrevía a murmurar. Dumbledore se puso de pie.       Desde la mesa de Gryffindor, Kate se puso de pie antes siquiera de que su padre la llamara. Su rostro era de mármol. Solo sus manos, crispadas junto a los costados, delataban el incendio por dentro.       Gregor se detuvo frente a ella. Edward, detrás, permanecía firme. Era la misma escena que habían ensayado, pero ahora sin ensayos.       —Kate Astraéa Bellerose —dijo su padre, la voz grave, cortante—. ¿Qué nos quisiste decir en esa carta?       —Padre, me alegra también verte…       —No actúes como una niña pequeña —dijo Gregor—.¿Has reconsiderado tu decisión?       Ella lo sostuvo con la mirada.       —No he cambiado de opinión.       El aire se volvió más denso. La tensión fluía entre las paredes del comedor. Nadie sabía de qué hablaban exactamente, pero todo el mundo lo intuía. Algunos Slytherins esbozaron sonrisas envenenadas. Gregor dio un paso adelante. Su voz no era más alta, pero cada palabra pesaba como un martillo.       —Eres una vergüenza para la sangre que llevas. Estás rompiendo con siglos de honor.       Kate parpadeó. La tensión en su cuerpo se volvió insoportable. Pero levantó la cabeza, como lo había ensayado. Su voz fue clara:       —Prefiero romper con eso que con mi conciencia.       Gregor entrecerró los ojos, como si la estuviera viendo por primera vez.       —¿Qué te ha dado este mundo fuera de la familia? ¿Ese Gryffindor arrogante? ¿Traidor a la sangre solo por conveniencia? ¿Amigos sangres sucias con ínfulas de mártires?       Los estudiantes se quedaron petrificados en sus asientos, los cuchicheos apenas contenidos. Rosier alzó una ceja, Nott sonrió satisfecho, Snape miró con su expresión inescrutable.       Kate dio un paso hacia él. Su voz se quebró en el lugar exacto, como si la verdad misma reclamara espacio:       —¡Amistad! ¡Lealtad! Cosa que no se compra con linaje. Lo siento, pero si no podéis aceptarlo, entonces no hay vuelta atrás.       Una exclamación ahogada recorrió las mesas. Sirius se incorporó de golpe, los nudillos blancos sobre la madera. Lily le puso una mano en el brazo deteniendo su impulso.       Gregor asintió una sola vez. El gesto fue definitivo, casi ceremonial.       —Entonces, a partir de este instante, el apellido Bellerose no te pertenece. Te destierro de esta familia. No eres más mi hija.       El silencio se hizo absoluto. Solo el leve crujido de las túnicas al moverse.       Kate respiró hondo. No bajó la mirada.       —Ya lo había asumido —dijo con firmeza—. Desde el momento en que decidí ser libre.       Edward no habló. Sus ojos sí. Había en ellos una mezcla de orgullo y pesar que nadie más vio. Kate no se volvió a mirarlo. Gregor giró sin más palabras. Salió del Gran Comedor como un monarca ofendido, escoltado por el hijo que aún consideraba digno. Silencio. Absoluto. Entonces Rosier soltó una carcajada baja.       —Y yo que creía que los Bellerose eran inseparables…       Dumbledore permanecía de pie, en silencio, los dedos entrelazados. No intervino. Sabía que no era su batalla.       Sirius miró directamente a Kate.       —¿Qué demonios ha pasado?       Kate lo miró con los ojos firmes.       —Lo que tenía que pasar, Black. No preguntes.       —¿Fue por mí? —susurró él.       Kate no contestó de inmediato. Lo miró como si lo viera a través de un cristal.       —Sí… y también fue por mí —dijo al fin—. Por quién elijo ser.       Y sin decir nada más salió del comedor. Lily notó que Pippa y Marlene tenían el rostro descompuesto, pero no pudo evitarlo:       —¿Qué acaba de pasar? —preguntó, sorprendida.       James, serio y firme, respondió sin dudar:       —Acabas de presenciar un destierro de familia.       Remus, con voz pausada, añadió:       —Cuando un padre destierra a uno de sus hijos, no es solo de palabras... tiene una repercusión mucho más profunda... Kate…bueno… las palabras son más mágicas que los hechizos. Y más letales.       Alice terminó la frase con tristeza:       —Kate no sabe lo que acaba de hacer.       James lanzó una mirada molesta a Alice y cortó bruscamente:       —Claro que lo sabe, la conocéis. ¿Nos vamos? Llegaremos tarde.       Sin esperar más respuestas, todos siguieron a James y Remus camino a clase, en silencio. El peso de lo ocurrido flotaba en el aire, pero el día continuó con la rutina habitual.              En la sala común de Slytherin, el ambiente estaba cargado de humo de chimenea, risas envenenadas y comentarios apenas susurrados.       —No pensé que el viejo Bellerose tuviera las agallas —murmuró Evan Rosier, jugando con su varita entre los dedos—. Pero mira, lo ha hecho. Ha tirado a su hija por la borda como un muggle defectuoso.       Snape no dijo nada. Estaba sentado en su butaca, la mirada clavada en el fuego. Pero su ceño fruncido delataba incomodidad. A su lado, Maryan Travers bebía del cáliz de plata que compartían en secreto con los séptimos.       —Se lo buscó —dijo ella con tono indiferente—. Kate siempre fue demasiado altiva. Creyó que podía jugar a dos bandos.       —¿Y crees que Black tiene algo que ver? —preguntó Rabastan Lestrange, apoyado en el respaldo de un sillón, mirando a los demás con sorna.       —¿Tú qué crees? —bufó Rosier—. Esa mirada, la forma en que la defendió... Está claro. Está tirando todo a la basura por ese degenerado de Gryffindor.       Snape rompió su silencio, la voz baja, sin emoción:       —Ella ya había empezado a alejarse antes de Black. Solo lo usó como excusa.       —¿Y qué más da? —rió Avery—. Ahora está fuera. Desterrada. Libre como un trapo sucio. No tiene ni nombre.       La sala estalló en carcajadas cortantes. Snape no rió y cuando los demás ya se habían ido a dormir o, peor, a murmurar con entusiasmo venenoso en los rincones del dormitorio, Snape se quedó solo. Sentado en el sillón más apartado.       Avery había aplaudido con sarcasmo. Mulciber había lanzado una apuesta: “¿Cuánto tardará en arrastrarse de vuelta pidiendo clemencia?” Y Nott… Nott había sonreído como si todo estuviera yendo exactamente según lo planeado, según lo que deseaba.       Snape no dijo nada. No había dicho nada en todo el día. Ni cuando la desterraron. Ni cuando Sirius Black se levantó como una antorcha furiosa. Ni cuando Kate, con los ojos rotos pero la columna intacta, había dicho “Prefiero romper con eso que con mi conciencia.”       Ese eco no se le iba. Apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos. Miraba las brasas, pero veía otra cosa. Otra persona. Cabello rojo. Ojos verdes. Una voz que alguna vez le dijo: “No puedes servir a los dos lados para siempre, Sev.” No. No podía. Pero tampoco podía renunciar a un mundo sin saber si alguien —cualquiera— lo recibiría del otro lado. Kate lo había hecho. Sin red. Sin familia. Sin apellido. Y había sobrevivido. Eso le dolía más de lo que admitiría jamás.       —¿Te crees mejor que todos? —murmuró para sí, aunque no sabía si le hablaba a ella o a sí mismo.       Cerró los ojos. Recordó una tarde, años atrás, tercer curso de Hogwarts.              La sala de estudio de los pisos altos tenía una ventana alta, luz suave, y apenas unos pocos alumnos repartidos entre libros y pergaminos. Lily hojeaba uno, absorta, junto a él. No le hablaba, pero su cercanía bastaba. Al menos por ahora. Snape no miraba el libro. Tenía la vista clavada en la esquina del fondo. Allí, Kate Bellerose reía. El libro que tenía abierto apenas servía de excusa para estar sentada junto a Sirius Black, que le decía algo en voz baja mientras jugaba con su varita entre los dedos. Ella le empujó el hombro con fingida molestia. Él fingió caerse del banco. La risa de ambos rompió el silencio de la sala. No todos se atrevieron a mirarlos, pero él sí. Frunció el ceño.       —Patético. La perfecta hija de sangre pura cayendo en los brazos de un rebelde. Esa amistad no tendrá buen fin —murmuró con desdén—. Si su familia no la deshereda, será por ceguera o por conveniencia.       Lily levantó la vista con calma. Cerró el libro.       —A Kate no le importa el apellido de Black. Ni el suyo. ¿Eso no te dice nada?       —Me dice que es una ingenua —espetó.       Lily lo miró como si no entendiera en qué momento se había vuelto tan ciego.       —A mí me dice que tiene valor para elegir amistades —dijo al fin—. Lo fácil sería fingir que no siente nada. Fingir que es una más de su casa. Pero no lo hace..       Snape volvió la vista al frente, incómodo. Pero no la interrumpió. Porque Lily decía la verdad como quien lanza un hechizo sin varita.       —Yo sí la respeto por eso —añadió Lily, más bajo—. Aunque te cueste entenderlo, Kate no le debe lealtad a una sangre que la quiere silenciada. Igual que Sirius. Igual que muchos.       Él no respondió. Solo observó cómo Kate sonreía a Black y luego se apartaba entre risas para seguir estudiando. Había algo imposible de fingir en esa cercanía. Algo que ardía como una verdad muda.              Volvió al presente con un chasquido en la garganta. Severus apretó los puños. Le escocía la rabia. Contra Kate. Contra Sirius. Contra Lily. Contra sí mismo. Contra ese asqueroso e insoportable brillo en los ojos de Kate cuando dijo: “Por quién elijo ser.” Tomó una pluma. Necesitaba escribir. O sangrar por algún lado.       "Cuando alguien rompe con su linaje, ¿qué lo sostiene?"        "Si no tiene nadie que lo espere, ¿por qué no se desploma?"       "¿Qué hay en ellos que yo no tenga?"       Un sonido ahogado se le escapó, como un suspiro que no quería existir. No sabía si era odio o admiración lo que sentía. Tal vez las dos cosas. Tal vez ninguna. Cerró el cuaderno de un golpe seco. Y por primera vez en años, deseó profundamente no estar en Slytherin              En ese mismo momento, la sala común de Gryffindor vibraba con una alegría tensa, forzada. Las conversaciones, las risas, el sonido de una guitarra mágica desafinada... todo flotaba como un eco distante para Kate.       Sentada en el sofá, con la cabeza apoyada apenas en el hombro de Sirius, mantenía la mirada fija en la chimenea apagada. Sus dedos jugaban con un sobre sin abrir, doblado con precisión casi militar dentro de su túnica. Edward se lo había entregado sin explicaciones, solo un susurro al oído: Cuando todo termine. Solo entonces, dale esto a Black.       Sirius no dijo nada por largos minutos. Solo la dejó estar. Lo suyo no era la paciencia, pero con Kate era distinto. Finalmente, se inclinó hacia ella, con la voz lo bastante baja para que fuera solo de ellos:       —No tienes que quedarte aquí si no quieres. ¿Quieres salir un rato?       Kate parpadeó. Lo miró por primera vez en lo que parecían horas. Asintió en silencio. Sirius se levantó primero y le tendió la mano sin decir palabra. Kate la tomó sin dudar.       Caminaron en silencio por los pasillos vacíos, sin encontrarse a nadie. Salieron al jardín trasero del castillo, donde se veía un poco el atardecer. Ella se detuvo bajo un roble viejo, el mismo donde habían estudiado para Encantamientos en segundo curso, donde él había hecho el tonto solo para hacerla reír. Ahora no había risas. Solo un peso en el aire, denso, como antes de una tormenta. Kate metió la mano en la túnica y sacó el sobre.       —Esto es para ti —dijo con voz baja, temblorosa—. No sé qué dice. Solo sé que... lo explica todo. Me lo dio Edward.       Sirius la observó en silencio. Tomó la carta con cuidado.       —¿Explica todo? —preguntó con suavidad, sin abrir el sobre aún.       —Lo planeó conmigo —respondió Kate. Su voz sonaba más fuerte de lo que se sentía—. Ensayamos cada línea. Hasta la forma de respirar.       —¿No fue real? —La pregunta le salió más cruda de lo que pretendía—. ¿El rechazo, el destierro…? ¿Fue solo un espectáculo?       Kate se obligó a mirarlo.       —Fue real para todos los demás. Y eso es lo que importa. —Tragó saliva—. Lo que viste… no fue mentira. Pero tampoco fue toda la verdad.       Sirius desvió la vista al sobre. Lo giró entre los dedos. El papel era grueso, formal, con el sello familiar de los Bellerose.       —¿Por qué darme esto?       Kate bajó la mirada. Su voz, cuando habló, apenas fue un susurro:       —Porque tú mereces saberlo. Porque si lo descubrieras por otro lado… me odiarías. Y eso no lo soportaría.       Sirius alzó la vista, buscándola.       —No te odio, Kate. No sé qué sentir ahora mismo, pero... no es odio.       Un silencio espeso cayó entre ellos. Entonces, Sirius rompió el sello de la carta. Kate se quedó inmóvil, conteniendo el aliento mientras él leía. Sus ojos se movían rápido al principio, luego más lentos. Una línea le hizo fruncir el ceño. Otra le hizo cerrar los ojos un segundo. Al terminar, bajó la carta, pero no habló enseguida. Kate esperó.       —“La pieza mejor colocada”, —citó Sirius en voz baja—. Tu hermano dice que esto es una jugada. Un sacrificio. ¿Tú eres la pieza?       —Sí. Parece que hay algo… en mí… que podría ser útil.       —¿Y tu familia sigue siendo tu familia?       Kate negó con la cabeza, con lentitud.       —No como antes, pero sí. Es su forma de desviar la atención.       —¿Y yo qué soy en todo esto? ¿Una excusa? —preguntó, más herido de lo que pretendía.       Ella no respondió enseguida. Ya no pudo aguantar más. Las lágrimas comenzaron a caerle antes siquiera de que pudiera articular una palabra. No sollozos. No dramatismo. Solo el derrumbe silencioso de alguien que había contenido demasiado.       Y entonces él lo recordó. Aquel día, al principio de curso, cuando aún eran “solo amigos”, y ella, con la voz rota por dentro, le había preguntado si no iba a poder elegir a quién amar. Había sido una conversación rápida, incómoda, envuelta en otras risas. Pero ahora entendía que, incluso entonces, ya llevaba el miedo a cuestas.       Sirius dio un paso hacia ella, pero no habló. Kate se acercó. Le sostuvo la mirada como si buscara que él viera algo más allá de la fachada.       —Eres lo que no podían controlar —susurró—. Lo único que no era parte del plan. Lo único que es completamente mío.       El silencio volvió a caer, pero esta vez era distinto. Más honesto. Más íntimo. Sirius guardó la carta sin decir nada más. No la rompió. No se alejó.       —Quédate conmigo. Todo irá bien —dijo simplemente, sin darle opción       Kate lo miró un segundo, luego asintió. No necesitaba nada más. Y por primera vez en horas, permitió que su frente descansara contra su pecho. Sirius cerró los ojos, y la rodeó con los brazos.       Mientras descendían por las escaleras hacia el Gran Comedor, el murmullo de los estudiantes ya sentados se colaba desde los portones entreabiertos. Kate y Sirius caminaban sin prisa, uno al lado del otro, aún rodeados por el eco silencioso de la conversación bajo el roble.       Sirius se detuvo un segundo antes de cruzar el umbral del comedor y la miró con seriedad templada.       —Ahora mantén la fuerza delante de todos. Que se note que es tu decisión. No una caída… sino una elección.       Ella asintió. Reafirmada. Entonces cruzaron juntos.              Tras la cena, ya en la calidez de la sala común, todos se mostraban agotados. Alice suspiró con fastidio mientras abría sus libros.       —Todavía tengo que acabar un ensayo de Pociones —dijo, frustrada—. ¿Me dejas mirar el tuyo, Lily?       Lily la miró con reproche:       —Si te copias el mío, ¿cómo se supone que vas a aprender?       —¡Vamos, Lily! —suplicó Alice con una sonrisa—. Solo un vistazo.       En ese momento, James intervino con una sonrisa confiada:       —Te dejo el mío.       Todos se volvieron sorprendidos hacia él. Remus arqueó una ceja.       —¿Has hecho los deberes con tiempo?       James se recostó en una butaca y empezó a jugar con su snitch.       —Sí, he decidido tomarme en serio las cosas. Cógelos, Ali, están en mi mochila.       Alice, con los ojos brillantes, exclamó:       —¡Viva Potter!       Lily se sentó al lado de James y preguntó en voz baja:       —¿Tomarte las cosas en serio?       Él la miró con una mezcla de seriedad y ternura.       —Lils, hemos enfrentado este curso dos veces a los Mortífagos. La realidad que se avecina no es agradable… Debemos estar preparados.       Ella no respondió de inmediato, pero algo en su corazón le hizo comprender que James tenía razón.       En ese momento, Sirius y Kate entraron en la sala común. Kate parecía tranquila, pero Lily la examinó con cuidado.       —Estoy bien, Lily —dijo Kate—. Sí, es duro que te destierren de tu familia, pero he tomado una decisión. Además, podría haber sido peor.       Lily hizo un hueco a su lado.       —¿Qué quieres decir?       Kate se sentó y contestó con una sonrisa leve:       —Quiero decir que al menos sigo llamándome como me llamo. En otros países, cuando te destierran, te quedas sin apellido.       Lily abrió mucho los ojos.       —¡Qué dices! Eso es una tontería.       Kate suspiró y sonrió un poco.       —Ya lo sé, pero ¿te imaginas que estuviéramos en Noruega? Me preguntarían: ¿Cuál es tu nombre? Kate. ¿Apellido? Solo Kate. Sería ridículo.       Pippa, desde la esquina, se rió y dijo:       —Podrías inventarte entonces un apellido.       Remus, siempre con su mirada pensativa, preguntó a Kate:       —¿Qué apellido te pondrías? ¿Black?       Kate rió con ganas y miró a Sirius con complicidad.       —No, solo me llamaría Kate Black si nos llegáramos a casar       Él la miró con una mezcla de incredulidad y juego       —¿Así que ese es el plan? ¿Casarte conmigo solo para que tu apellido tenga mejor sonido? —preguntó, fingiendo indignación, aunque el brillo en sus ojos lo traicionaba.       —No, sería un efecto colateral útil —replicó Kate, apoyando un codo en el respaldo del sillón mientras lo observaba con aire travieso.       Sirius puso una mano en el pecho, teatral.       —"Kate Black"… suena a espía internacional. O a una heroína trágica. Pero dime, ¿tengo voz en esta decisión?       —Solo si te portas bien —le guiñó un ojo.       —Entonces olvídalo —dijo Sirius, y todos rieron—.       —Pero si tuviera que elegir uno, sería… St. Clair. Sí, Kate St. Clair. — Kate sonreía con tranquilidad.       Lily sonrió.       —¡Como el libro que te presté!       —St.Clair suena a nombre de una bruja francesa exiliada con un pasado complicado —añadió Pippa.       —Perfecto —asintió Kate—. Justo como me siento.              El cielo apenas empezaba a aclararse cuando Kate abrió los ojos. Durante unos segundos no recordó dónde estaba; solo sintió el calor firme que la rodeaba. El brazo de Sirius descansaba sobre su cintura, pesado, protector, como si incluso dormido se negara a soltarla. Se movió con cuidado para no despertarlo, pero él frunció el ceño y la estrechó más contra sí.       —No —murmuró, con la voz ronca por el sueño—. Todavía no.       Kate sonrió contra su pecho.       —Sirius…       —Quédate —insistió él, enterrando la cara en su pelo—. Cinco minutos más.       Ella apoyó la frente en su clavícula. Cinco minutos más sonaba peligrosamente perfectos.       —Si me encuentran aquí al amanecer —susurró— no serán cinco minutos. Será castigo. Y no uno pequeño.       Sirius abrió un ojo, todavía medio dormido.       —Que lo intenten.       —Black…       —Me haré el sorprendido. Diré que te colaste por la ventana. Que soy víctima de un complot.       Ella soltó una risa bajita, pero la ternura le apretó el pecho.       —No quiero que te castiguen por mi culpa.       Él terminó de despertarse al oír eso. Levantó la cabeza y la miró de verdad. Ya no estaba bromeando.       —Eh —dijo, acariciándole la mejilla con el pulgar—. No vuelvas a decir eso. Estás aquí porque yo quiero que estés. No eres una carga que “se cuela”.       Kate sostuvo su mirada. Había algo muy limpio en sus ojos a esa hora, sin máscaras, sin ironía.       —Lo sé… —susurró—. Pero igual tengo que irme.       Sirius suspiró, resignado, aunque su mano no se apartó de ella.       —Odio cuando el mundo interrumpe lo que es perfecto.       —El mundo tiene muy mala educación.       —Terrible.       Se quedaron en silencio un instante. La luz azulada del amanecer empezaba a dibujar los contornos del dormitorio. Kate se incorporó despacio, sentándose en el borde de la cama. Sirius la observó, despeinado, con esa expresión vulnerable que solo mostraba cuando nadie más miraba.       —Ven aquí —murmuró él.       Ella se inclinó y él apoyó la frente contra la suya.       —No me gusta despertarme y que no estés —confesó, en voz baja—. Me recuerda demasiado a otras veces.       Kate entendió lo que no decía. Le tomó el rostro entre las manos.       —No me estoy yendo, Sirius. Solo estoy cruzando un pasillo.       Él asintió, pero aun así la besó con suavidad. No fue un beso urgente ni hambriento. Fue lento. Como si sellara algo. Cuando se separaron, Sirius rozó su nariz con la de ella.       —¿Te acompaño hasta la puerta?       —Sí. Pero sin heroicidades.       Caminaron descalzos hasta la salida del dormitorio. Antes de abrir, él la detuvo por la muñeca.       —Kate.       —¿Qué?       —Si alguna vez necesitas quedarte… aunque sea cinco minutos más… quédate. El castigo lo pago yo.       Ella sintió que algo cálido le recorría el pecho.       —No seas mártir.       —No soy mártir. Soy práctico.       Kate le dio un beso rápido, casi travieso, para no dejar que la emoción la desbordara.       —Duérmete otra vez —le susurró—. Y no ronques.       —Jamás ronco. Es mi aura sonora.       Ella negó con la cabeza, sonriendo, y abrió la puerta con cuidado. El pasillo estaba vacío. Antes de cruzarlo, volvió la vista atrás. Sirius seguía allí, apoyado en el marco, mirándola como si el amanecer le estuviera robando algo precioso.       —Buenas noches, Black.       —Hasta luego, Bellerose.       Kate caminó ligera por el pasillo. Cuando dobló la esquina y desapareció escaleras abajo, Sirius no cerró la puerta de inmediato. Se quedó un segundo más, asegurándose de que estaba a salvo. Solo entonces regresó a la cama. Y, aunque el dormitorio volvía a estar vacío, la almohada aún guardaba el calor de ella.              En el ala oeste del castillo, cerca de la entrada al Sauce Boxeador, al atardecer en víspera de luna llena; el cielo se había teñido de un dorado sucio, y el aire estaba demasiado quieto.       Remus Lupin esperaba bajo el porche del viejo invernadero número cinco. Los nudillos blancos sobre sus rodillas. Respiraba como si cada inhalación le costara. Lily llegó con una pequeña caja de madera y una expresión decidida. Había pasado semanas perfeccionando la preparación, y aunque aún no estaba reconocida como experta, su destreza con las pociones ya era legendaria en Hogwarts.       —Está tibia —dijo al abrir el frasco de vidrio opaco. El contenido tenía un brillo viscoso, entre verde olivo y ámbar quemado—. Tomarla caliente ayuda a que se absorba más rápido.       Remus no dijo nada. Tomó el frasco con manos temblorosas.       —¿Seguro que estás listo? —preguntó Lily, bajando la voz.       —No —respondió él con una mueca irónica—. Pero eso no va a cambiar nunca.       Lily no insistió. Se quedó allí mientras él bebía. El sabor era amargo, como metal. Remus tuvo que contener las ganas de vomitar. Cuando terminó, el frasco temblaba en su mano. Lo apoyó sobre la caja con cuidado.       —¿Y ahora? —preguntó ella.       —Ahora espero que funcione. O que al menos no me mate.       Antes de que pudiera decir algo más, se oyó un silbido suave. James apareció desde la penumbra, con Sirius y Peter justo detrás. La mirada de James fue rápida, evaluando: los colores del cielo, la expresión de Remus, el rastro de poción en el frasco.       —Es hora —dijo simplemente.       Lily frunció el ceño.       —¿Vais a…? ¿Vais a acompañarlo?       —Vamos a asegurarnos de que llegue a la casa. Nada más —respondió James, sonriendo con una facilidad que era casi convincente.       Lily asintió, aunque algo en su expresión decía que no se tragaba toda la historia.       Peter ya se había escabullido en dirección al túnel. Sirius intercambió una mirada con Remus. Era la clase de mirada que no requería palabras.       —¿Nos vemos luego? —preguntó Lily.       —Sí —mintió Remus, y se giró.              Unas horas después, la transformación comenzó más tarde de lo habitual. La poción matalobos ralentizaba el proceso, suavizaba el dolor, pero no eliminaba el quebranto. Remus se arrodilló en la esquina de la cabaña, la camisa empapada de sudor. Sirius estaba en su forma de perro y James, ya como ciervo, mantenía su distancia con majestad nerviosa. Peter, como siempre, era la sombra callada en la esquina.       —Viene —dijo Remus con voz ronca.       La luna salió con lentitud cruel. No hubo gritos esta vez, pero el crujido de huesos y músculos cambiando forma se oyó igual. Su rostro se torció en una máscara de esfuerzo. La piel se le estiró, el cabello brotó como fuego oscuro por los brazos, los ojos se dilataron… y donde había un joven, ahora temblaba una criatura delgada, poderosa, de pelaje claro y mirada aún consciente. El lobo se quedó quieto. Respiraba con fuerza, olfateando el aire, reconociendo.       Y no atacó.       Sirius se acercó con cautela. El lobo lo miró. Gruñó, pero no saltó. James dio un paso más. El lobo se encogió sobre sí mismo, inquieto, pero no violento. La poción funcionaba. No evitaba la transformación. Pero mantenía la mente de Remus… allí. Al menos en parte, por eso no atacaba. Les reconocía… un poco.       Por primera vez en años, no se arrojó contra las paredes. No se hirió a sí mismo. Se quedó, tenso y triste, junto a sus amigos. Como si entendiera, como si resistiera al monstruo.       Cuando el sol trepó por las colinas de Hogsmeade, lo encontraron dormido, desnudo, cubierto por una capa de Sirius. Jadeaba entre sueños, pero estaba entero.       James le puso una mano en el hombro. Él abrió los ojos con dificultad.       —No dolió tanto —murmuró.       Sirius gruñó con ternura, aún sin forma humana.       —La próxima vez dolerá menos —dijo James, y aunque era mentira, Remus la aceptó.              Al día siguiente, Remus estaba tendido en la cama de la enfermería, la piel aún pálida, los músculos doloridos pero calmados. La capa que Sirius le había dejado estaba doblada a un lado. No quería hablar mucho, pero no estaba solo.       Alrededor de él, Pippa, Lily, Marlene y Kate se turnaban para vigilarlo. Cada una con una sonrisa que combinaba preocupación y alivio. La atmósfera era cálida, casi como un refugio.       —¿Quieres que te traiga agua? —preguntó Marlene, con su tono práctico y seguro.       —Estoy bien —respondió Remus con voz rasposa—. Solo cansado.       Kate se acercó y le puso una mano ligera en el hombro.       —Sabes que no estás solo, ¿verdad?       Él asintió, y sus ojos se posaron en Lily, que le lanzó una mirada cómplice y un leve gesto de ánimo. Los Merodeadores no tardaron en aparecer también: Sirius con esa sonrisa de complicidad, James con una expresión entre orgullosa y protectora, y Peter, que permanecía más al margen, silencioso pero presente.       —Ya pareces menos un zombi —bromeó Sirius, tirando de la sábana para cubrirlo mejor.       James se sentó en la esquina de la cama, con ese aire de quien vigila sin molestar.       —Esto es un cambio, Moony, ha sido diferente —le dijo con tono firme, pero en sus ojos había un brillo que delataba cuánto le importaba.       Remus sonrió, no del todo, pero lo suficiente para devolverles un poco de esperanza. Todos sabían que hablaban de la poción. Cuando los demás se fueron para dejarlo descansar, Pippa se quedó a su lado. Se sentó en una silla, y sin prisa, tomó una de sus manos.       —¿Cómo te sientes? —preguntó, sin presionarlo.       —Como si hubiera corrido una carrera que no quería ganar —respondió él, y en la voz había un cansancio que no podía ocultar.       Ella apretó su mano suavemente. Remus la miró, y en esa mirada había más que agradecimiento: había confianza. No necesitaban palabras grandilocuentes, ni gestos exagerados. Solo esa certeza tranquila de que, pase lo que pase, alguien estaba ahí.       —¿Sabes qué me gusta de ti? —preguntó de repente.       —¿Qué?       —Que en medio de todo este caos, eres la única que hace que no parezca un desastre completo.       Pippa soltó una carcajada suave.       —Claro, alguien tiene que hacer que el hombre lobo parezca menos monstruo y más… persona.       Remus suspiró, sintiendo el calor de la verdad en esas palabras.       —No sé qué haría sin ti.       Ella le apretó la mano y, con una sonrisa que solo a él le gustaba, dijo:       —Muchas cosas… pero la gran pregunta es: ¿quién más aguantaría a un tipo que tiene más pelos que ideas?       Remus rió de nuevo, más relajado que en días. Porque con Pippa, incluso la oscuridad tenía un lado luminoso.              Lily y James entraron en el despacho de Dumbledore con pasos decididos. La luz dorada del atardecer se filtraba por los vitrales, iluminando los rostros cansados de los antiguos directores.       —Profesor —comenzó Lily con voz firme—, la poción matalobos funcionó. Remus no perdió el control esta vez.       Dumbledore los miró con una mezcla de alivio y reflexión profunda.       —Esto es un avance significativo —asintió—. Un pequeño triunfo contra la oscuridad que amenaza a vuestro amigo.       James intercambió una mirada con Lily, y en esa silenciosa conexión se entendieron sin palabras.       —Fue duro, profesor —dijo James—. Pero Remus se mantuvo con nosotros. No estaba solo.       Lily por un momento se sorprendió, pero luego, con naturalidad, añadió:       —La poción no cura, pero le da la oportunidad de resistir.       Dumbledore sonrió suavemente.       —Entonces continuad con esto.       Lily y James salieron del despacho. El éxito de la poción matalobos había sido un milagro. Mientras caminaban por el pasillo del ala oeste, Lily no pudo evitar preguntar, con una mezcla de curiosidad y algo más en la voz:       —Dijiste a Dumbledore que Remus “se mantuvo con nosotros”… ¿Qué quisiste decir exactamente? —la pregunta tenía un leve tono de reproche, o al menos, de sospecha—. No creo que él estuviera solo, ¿verdad?       James tragó saliva siendo consciente de su error.       —Es que… bueno, no es solo la poción —respondió con cautela, evitando mirarla directamente—. A veces, Remus no está del todo solo. Pero no es algo que pueda decir en voz alta.       Lily lo miró fijamente, tratando de leer entre líneas.       —James, si hay algo que consideras que puedes compartir conmigo, confía en mí. No soy tan ingenua.       James sonrió, nervioso, intentando ocultar lo que estaba por venir.       —Nunca pensaría que eres ingenua. Llegaste a la conclusión de que Remus era hombre lobo tú sola. Pero… no todo es tan sencillo como parece. Por ahora, mejor dejémoslo así.       Antes de que Lily pudiera insistir, una voz fría y afilada los cortó.       —¿Planificando salvar al hombre lobo, Potter? —Snape apareció, con su habitual ceño fruncido y una expresión que parecía mezclar desdén y curiosidad.       James se tensó, pero no retrocedió.       —No es un juego, Snape —respondió con firmeza—. Es un amigo.       Snape alzó una ceja.       —¿Unir la palabra amigo con hombre lobo? Curioso. Supongo que Hogwarts es un lugar para todas las... excepciones.       Lily frunció el ceño, adelantándose ligeramente.       —No es algo que tú puedas entender, Severus. No es solo sobre las diferencias, es sobre lealtad. Y sobre no abandonar a los que sufren.       Snape sonrió con frialdad al darse cuenta de que James sabía que Lily era consciente del estado de Remus. Últimamente compartían demasiadas cosas y eso le molestaba.       —Dumbledore me dejó claro que no debo hablar de ciertos… temas. Pero tú, Potter, pareces hacer todo lo contrario.       Lily cruzó los brazos, su voz firme.       —Es mejor que no te metas en asuntos que no entiendes.       Snape miró a Lily, y se notó el filo en su mirada.       —Interesante que tú defiendas a Potter ahora. No esperaba veros tan unidos.       James la protegió con un paso al frente.       —Mejor vete Snivellus…       Snape suspiró, sacudiendo la cabeza.       —Esto apenas comienza.       Se dio media vuelta y se alejó dejando una atmósfera densa tras su paso. Lily miró a James, más cerca que antes, y con un susurro dijo:       —¿De verdad no quieres contarme nada más?       James la tomó suavemente del brazo, con una sonrisa que mezclaba nervios y algo más profundo.       —No todavía. Pero cuando llegue el momento, serás la primera en saberlo.       Ella sonrió, y en ese instante, la distancia entre ellos se acortó sin necesidad de palabras.              Los días que siguieron fueron extrañamente tranquilos. Las clases continuaron con su curso, los entrenamientos de aparición se volvieron más exigentes y el último partido de Quidditch había cerrado el año con una victoria apoteósica de Gryffindor sobre Slytherin, que aún dolía en el orgullo de los de verde. Entre risas, exámenes y salidas breves a Hogsmeade, el mundo parecía seguir girando.       —¿Por qué tienes plumas de lechuza en el pelo? —preguntó Remus con una ceja arqueada, mirando a Pippa con diversión.       —¡Porque he intentado ayudar a esa criatura del correo que se ha encaprichado con la ventana del baño! —protestó ella, mientras se sacudía una pluma rebelde—. Casi me arranca una oreja, pero tenía una carta importante que entregar, según ella.       —¿Y tú te ofreciste como voluntaria para la misión diplomática con la lechuza? —Remus se acercó para quitarle con cuidado otra pluma del cabello—. Eso es muy tú.       —¡La paz entre especies empieza en los pequeños gestos! —respondió ella con una sonrisa—. Además, era de mamá. Me mandó galletas. ¿Quieres una?       —Solo si no han sido manipuladas por la lechuza terrorista —bromeó Remus, tomando una de las galletas que ella le tendía.       En un sillón cercano, Marlene se estiraba con los brazos por detrás de la cabeza.       —¿Por qué siempre parecen recién salidos de una novela cursi? —preguntó con fingido desdén—. A mí la única galleta que me llegó esta semana fue una advertencia de los prefectos.       —Eso no era una galleta, Marlene —dijo Pippa riendo—. Era un pergamino envuelto en migas porque lo metiste en tu mochila con media empanada.       —Detalles —respondió Marlene con un gesto de desdén cómico—. ¿No hay una ley que permita invocar un descanso de exámenes con solo pestañear tres veces?       —Sí —dijo Remus—, pero solo funciona si eres el Ministro de Magia o un hipogrifo con ansiedad.       Todos rieron, y por un instante la tensión se disipó del ambiente, sustituida por una calidez simple, cotidiana.       Mientras tanto, cerca del invernadero, Mary y Fabian Prewett caminaban despacio por el sendero empedrado. El aire olía a césped cortado y a la humedad dulce del atardecer.       —Entonces, ¿ya sabes en qué departamento vas a caer? —preguntó Mary, dándole un golpecito con el hombro.       —Oficialmente aún no. Pero Dumbledore dejó caer que me esperan en el Escuadrón de Protección Avanzada —respondió Fabian, metiendo las manos en los bolsillos—. Suena importante, ¿no?       —Suena a que te vas a meter en líos más grandes que nunca —dijo Mary con una sonrisa suave.       —Y tú suenas como alguien que va a seguir corrigiendo mis redacciones aunque no estemos en la misma torre —dijo él, deteniéndose para mirarla con más atención—. ¿Te quedarás bien?       —Estaré bien —afirmó Mary, segura—. No soy tan frágil como parezco, Fabian.       —Nunca lo fuiste —respondió él con un dejo de admiración—. Aunque podrías mentir un poco para que me sienta útil.       Ella le dedicó una mirada divertida.       —Eres útil. Solo que en vez de salvarme la vida, te encargarás de no quemar tu capa cuando uses hechizos de fuego.       Fabian soltó una carcajada.       —Trato hecho.       Y siguieron caminando, con el ruido suave de las hojas moviéndose a su alrededor, mientras el sol descendía con pereza sobre Hogwarts.              Una tarde, al salir de Transformaciones, Kate iba pensando en cómo organizar su tarde para poder compaginar el estudio con tener un rato con Sirius. Él le había dicho que llevaban días solo estudiando y necesitaban un descanso.       —¡Kate! —La voz de James la alcanzó en el pasillo antes de que girara la esquina.       Ella se detuvo, se dio vuelta.       —¿Qué pasa, Potter? ¿Te olvidaste tu varita en clase otra vez?       Él forzó una sonrisa, pero su mirada era distinta, más seria.       —No. Solo... ¿podemos hablar luego?       Kate entrecerró los ojos, lo conocía demasiado bien. Su manía de alborotarse el pelo con nerviosismo lo delataba.       —¿Después de cenar, en la Torre de Astronomía? —propuso con suavidad.       James asintió, aliviado.       —Perfecto.       La noche había caído sobre el castillo como una sábana de terciopelo oscuro. En la terraza de la Torre de Astronomía, el viento soplaba suave y traía consigo el aroma del verano que se aproximaba. James y Kate estaban sentados en el suelo, justo delante de la barandilla. Él sacó dos botellas de cerveza de mantequilla y se las ofreció con una media sonrisa.       —¿Desde cuándo puedes conjurar cerveza con un Evanesco invertido? —bromeó Kate, aceptando la botella.       —Tengo mis trucos. Y mis fuentes —respondió él con tono cómplice—. Pero necesito una de estas cada vez que tengo una conversación seria. Es como un ritual.       Ella rió por lo bajo, pero su sonrisa no llegó del todo a los ojos.       —¿Entonces, vas a soltarlo o no?       James bajó la mirada unos segundos antes de clavar sus ojos castaños en los de ella.       —¿Estás bien, Kate?       Ella sostuvo su mirada, como si intentara convencerlo —y convencerse— de que sí. Pero en lugar de responder, tomó un trago largo.       —No he hablado del tema con nadie, solo con Sirius —confesó al fin, la voz más baja de lo habitual.       James asintió despacio.       —Lo sabemos. Bueno, Remus lo sospechó primero. Pero Sirius nos hizo prometer que no te preguntaríamos.       —Entonces, ¿por qué lo haces tú?       James giró la botella entre sus manos. Se tomó un momento antes de responder:       —Porque soy tu amigo, Kate. De los de verdad. Desde primero. Y porque sé que las cargas pesan menos cuando las llevas con alguien.       Esa última frase rompió la contención que Kate había sostenido durante semanas. Sus hombros se estremecieron. Las lágrimas comenzaron a deslizarse sin permiso por sus mejillas, calladas y dolorosas. James dejó su botella a un lado y la rodeó con ambos brazos, fuerte, como si pudiera protegerla de todo lo que estaba fuera de aquella torre.       —Está bien, Kate. Está bien. Llora.       Y lo hizo. Lloró por lo que había perdido, por lo que fingía haber perdido. Por el hogar del que no podría volver por un tiempo. Por la verdad escondida tras capas de mentira, por el silencio que la ahogaba. Cuando se calmó, le habló. Le contó todo. Y James la escuchó en silencio, sin interrumpir, sin juzgar. Solo escuchando como lo haría un hermano. Cuando terminó, él se quedó un rato contemplando el cielo.       —Es una idea genial —dijo finalmente, con voz grave—. Pero... también es jodidamente triste.       —Lo sé. Pero es necesaria. Cuantos menos sepan, mejor.       —¿Y Beth?       —Se mantiene al margen. Es parte del plan. Puede moverse entre Regulus y nosotros sin levantar sospechas.       El silencio volvió, pero era un silencio cómodo esta vez, necesario. Hasta que James habló con un tono más ligero:       —Oye, este verano, ¿por qué no vienes a mi casa?       Kate giró la cabeza, sorprendida.       —¿Hablas en serio?       —Claro —sonrió él—. Mi madre me dijo que siempre quiso tener una hija además de este desastre que crió. Y ya sabes cuánto te adora. Me pidieron que te invitara oficialmente.       Ella se rió, aunque sus ojos aún estaban húmedos.       —Tienes una madre encantadora y tú eres un idiota muy noble, Potter.       —Y tú eres una desterrada muy cabezota. —Le guiñó un ojo—. Te lo digo en serio. Si no quieres estar sola, tienes un sitio.       Kate miró hacia el horizonte, donde la noche ya se extendía plena, cubriendo los campos y el lago.       —Puede que pase un tiempo con Marlene o Alice. Pero... gracias, James. De verdad.       Él no respondió. Solo alargó el brazo y le revolvió el pelo, como solía hacerle cuando eran niños.       —Por ti, Bellerose, lo que sea.       Y bajo las estrellas, por primera vez en semanas, Kate se sintió menos sola.              La sala de encantamientos estaba más caótica de lo habitual. El profesor Flitwick estaba de pie sobre su atril, observando con una mezcla de resignación y diversión.       —¡Vamos, vamos! ¡Hoy practicamos Aresto Momentum! Control de objetos en caída libre. Nada debería estallar, en teoría —añadió con una sonrisa nerviosa.       —¿En teoría? —repitió Peter con cara de pánico       En un rincón, Sirius estaba recostado sobre una silla al revés, balanceándose peligrosamente mientras movía la varita sin mucha atención.       —Aresto Momentum... más bien Arresto mi motivación —murmuró.       —¿Qué dice, Sr. Black? —preguntó Flitwick, girando la oreja con desconfianza.       —¡Que es una lección llena de... eh... momentos, profesor! —repuso con una sonrisa de anuncio de dentífrico.       Kate, sentada a su lado, le lanzó un pergamino enrollado a la cabeza.       —Cinco puntos menos a Gryffindor si sigues así, Black — le dijo en tono de broma.       —Traición —susurró Sirius       Alice, concentrada como siempre, logró ejecutar el encantamiento a la perfección y detuvo a tiempo una pila de libros que Pippa accidentalmente había desorganizado con un encantamiento mal pronunciado.       —¡Bien hecho, Longbottom! ¡Diez puntos para Gryffindor! —exclamó Flitwick.       —Erhland, profesor —le corrigió Alice sin dejar de sonreír y levemente sonrojada.       —¡Ah, sí, sí! ¡Los nervios del fin de curso, disculpa!       Mientras tanto, Marlene lanzaba Aresto Momentum con un estilo dramático que parecía una obra de teatro.       —¿Por qué mueves tanto la muñeca? —le preguntó Remus, intrigado.       —Porque la magia también es estética, Lupin. ¿Quieres ser efectivo o fabuloso?       —Ambos, si se puede —respondió él, divertido.       En medio del alboroto, Lily observó cómo Kate lograba ejecutar el hechizo con precisión, deteniendo una lámpara que caía lentamente, y luego se giró hacia ella.       —Oye… ¿Cómo haces para concentrarte con ese a tu lado? —dijo señalando discretamente a Sirius, que ahora tenía una pluma suspendida sobre su cabeza y la hacía girar como si fuera un helicóptero.       —Bloqueo selectivo —dijo Kate con un suspiro cómplice.       —¿Funciona con James? —preguntó Lily.       —No, con él necesitas auriculares —murmuró Alice, haciéndolas reír por el toque muggle de su comentario.       Finalmente, Flitwick alzó las manos y su voz aguda sonó por encima del murmullo general.       —¡Muy bien, estudiantes! ¡Eso es todo por hoy! ¡Recuerden que el examen de Encantamientos será práctico y evaluaremos tanto precisión como control! ¡Y que ningún objeto sufra daños permanentes!       Mientras todos salían de la clase en un torbellino de libros, mochilas mal cerradas y murmullos sobre los exámenes, James se acercó al grupo y dijo:       —¿Después de cenar, estudio grupal en la Sala Común?       —Solo si hay chocolate para sobrevivir—bromeó Marlene.       —Lo intentaré conseguir —respondió Sirius con solemnidad—, pero no prometo nada.       Kate lo miró con una sonrisa cansada pero genuina.       —Creo que podemos sobrevivir una noche más aunque sea sin chocolate.       Y así, entre el caos encantado, los nervios de exámenes y la calidez de las amistades más profundas, se acercaba el final de un curso que, sin duda, ninguno de ellos olvidaría.              La sala común de Gryffindor estaba menos bulliciosa de lo habitual: se respiraba una mezcla de concentración, cansancio… y un leve toque de desesperación. En una de las mesas, los libros de hechizos, los apuntes y los pergaminos estaban desparramados como si hubiera estallado un pequeño tornado académico.       —Esto no logro comprenderlo —gruñó Frank mientras apartaba un libro de Pociones—. ¿Por qué se altera la esencia si añado las branquias?       —Porque altera la unión entre los otros dos componentes por su salinidad —respondió Alice, sin despegar la vista de su ensayo de Defensa Contra las Artes Oscuras.       —Yo ya no sé si estoy estudiando o hablando en parsel—se quejó Peter, mirando un párrafo de su libro como si intentara descifrar runas antiguas.       James estaba apoyado de espaldas al sofá, hojeando distraídamente un libro de encantamientos, mientras Sirius leía en voz alta con un tono de locutor de radio:       —"Aparecerse con éxito requiere concentración, visualización precisa y una firme voluntad…" —leyó con fingido dramatismo—. ¿Y cómo demonios se mide la firmeza de voluntad, eh? Porque llevo años intentando convencer a Mcgonagall de mi firmeza y dice que no lo ve.       —¡Por qué no sabe que existe en tí voluntad, Black! —dijo Marlene, levantando la cabeza entre carcajadas.       —Lo peor es que hay gente que ha acabado con una pierna en el techo y la otra en un armario —dijo Mary, mirando con preocupación su propio esquema de los tres pasos clave para la aparición.       —¿Y si desaparezco y no vuelvo nunca? —preguntó Peter en tono fúnebre.       —Tendrás el honor de convertirte en el primer fantasma administrativo —le consoló Remus con una media sonrisa.       —¡Venga ya, Peter! —dijo James animadamente—. Con lo que hemos practicado, ya casi apareces dentro del círculo sin causar una escena… casi.       Mientras tanto, Lily repasaba una lista de fórmulas con Kate, que se veía más tranquila que en días anteriores.       —Tienes buena memoria para esto, Kate —comentó Lily, mirando sus notas.       —Será porque no tengo distracciones —respondió Kate, que se entretenía haciendo girar una pluma sobre su dedo como si fuera una baqueta.       Al otro lado de la sala, Remus estaba sentado en el suelo, rodeado de pergaminos doblados con precisión y apuntes meticulosamente ordenados. A su lado, Pippa hojeaba un cuaderno con expresión frustrada.       —No me entra en la cabeza. Sé lo que tengo que hacer, pero cuando intento aparecerme, siento que voy a estornudar por dentro —dijo ella, frunciendo el ceño.       Remus se rió suavemente.       —¿Sabes que eso es bastante común? El "cosquilleo interior" es una de las señales previas al mareo mágico. Significa que estás muy cerca de lograrlo.       —¿En serio? Porque parece más bien que voy a... explotar.       —Si explotaras, al menos te disolverías con estilo —bromeó él, dándole un leve empujón con el hombro.       Pippa le miró, entre divertida y aliviada.       —¿Tú ya puedes aparecerte sin mirar como si acabaras de bajarte de una escoba a 200 km por hora?       —En el 90% de los casos. En el otro 10%, me siento como tú.       —¿Y qué haces cuando pasa?       Remus le miró con una sonrisa ladeada.       —Respiro hondo, pienso en algo que me atraiga... y cierro los ojos justo antes de desaparecer.       —¿Y qué te atrae? —preguntó ella, con curiosidad genuina.       Remus dudó un segundo. Luego contestó, en voz baja:       —Las personas que me importan. Siempre pienso en volver por ellas.       Pippa se quedó en silencio, mirándole fijamente. Luego bajó la vista y asintió, con una leve sonrisa.       —Vale… eso ayuda.       —¿Ves? —Remus le ofreció uno de sus pergaminos con un esquema detallado del procedimiento paso a paso—. Aquí, toma esto. Está más claro que lo que dan en clase.       —Remus Lupin, ¿estás compartiendo apuntes secretos conmigo? —susurró Pippa en tono dramático.       —Solo con agentes dignos —dijo él, y ambos se sonrieron sin necesidad de añadir más.       Pasada la medianoche, el ritmo había bajado. Marlene dormía con la cabeza sobre un libro, Sirius roncaba levemente con un cojín en la cara y la mayoría se había ido a la cama agotados. James, sin embargo, aún hojeaba sus notas. Kate se le acercó y le dio un golpecito con la punta del pie.       —Tú eres de los que estudian hasta el último minuto, ¿eh?       —Solo cuando me juego que McGonagall me mire con decepción. Eso duele más que una maldición.       Kate se rió.       —¿Listo para lucirte en los exámenes, compañero de resistencia?       —Lo estoy. Mañana será un día largo.       Kate sonrió, luego se acercó a Sirius para darle un beso suave en la frente, por último despertó a Marlene para llevarla a la cama. Las estrellas brillaban con una calma que contrastaba con el torbellino de nervios y afecto que llenaba el castillo. Faltaban pocos días. Pero lo que los unía era algo que ni los exámenes, ni los destierros fingidos, ni el futuro incierto podrían romper.              La mañana comenzó con una energía nerviosa en el Gran Comedor. Los platos del desayuno pasaban desapercibidos mientras los estudiantes hojeaban apuntes entre bocados rápidos y miradas angustiadas.       —¿Por qué siento que mi varita me odia justo hoy? —preguntó Frank mientras giraba su varita en los dedos como si pudiera convencerla de portarse bien.       —Lo presientes con razón —replicó Marlene—. Es día de examen y las varitas tienen sentido del humor propio, según Ollivander.       —Transformaciones primero —dijo Lily, repasando por quinta vez la teoría del cambio de objeto animado a inanimado—. Y luego Pociones. ¿Quién organizó este doble castigo?       —McGonagall, probablemente —respondió James con una sonrisa torcida—. Siempre dijo que lo fácil nos malacostumbra.       —Pues si sobrevivimos hoy, merecemos una estatua —comentó Sirius, tirando la cabeza hacia atrás dramáticamente.       Al llegar al aula de Transformaciones, los alumnos estaban tensos. El examen, entre otras cosas, consistía en transformar un erizo vivo en un tintero ornamentado… y viceversa. McGonagall observaba desde el fondo, afilada y atenta como siempre. Uno a uno, los alumnos pasaron frente a la profesora.       James fue el último del grupo en salir. El erizo se convirtió en un tintero elegante, de vidrio tallado con detalles dorados. Al volverlo a su forma original, el erizo dio una voltereta alegre y pareció saludar.       —¡Excepcional, Potter! —exclamó McGonagall, lo que hizo que incluso Sirius se girara con expresión sorprendida—. Es uno de los mejores trabajos que he visto este año.       James, orgulloso, salió con una sonrisa de oreja a oreja.       —¿Lo habéis oído? ¡Lo dijo en voz alta y sin amenazas previas!       —Cuidado, Potter, tu ego podría no caber en la sala de Pociones —bromeó Remus.       —Que lo diga McGonagall es como si lo dijera Merlín en persona —dijo Lily, conteniendo una sonrisa.       —Estoy disponible para firmas, fotos y autógrafos —añadió James, empujado cariñosamente por Kate.              Después del almuerzo, el examen de Pociones se llevó a cabo en el aula más húmeda y sombría de todas. Slughorn les esperaba con entusiasmo desbordante, a pesar del ambiente tenso.       —Hoy prepararán la Poción Vigorizante Completa. Tendrán noventa minutos —anunció el profesor—. ¡Asegúrense de mantener las proporciones y el orden de los ingredientes!       Los calderos comenzaron a burbujear. El olor a jengibre, menta y corteza de sopladora se mezclaba con nervios y vapores. Lily se movía con precisión quirúrgica. Cada ingrediente cortado con elegancia, cada vuelta con el reloj exacto. Al final, su poción tenía un brillo ámbar claro perfecto. Snape, concentrado, también produjo una poción impecable. Slughorn los observó a ambos con ojos brillantes.       —¡Excelente trabajo, señorita Evans! —exclamó, claramente encantado—. ¡Y usted también, Severus! Una ejecución formidable. Estoy impresionado.       Lily asintió con una sonrisa breve. Snape apenas murmuró un gracias.       —Vaya, competición de élite —comentó Alice desde el fondo, limpiándose una mancha verdosa del cuello—. El mío está… pasable.       Peter, por su parte, logró una poción decente. No era brillante, pero tampoco explotó ni cambió de color de forma indebida.       —Aceptable, Pettigrew —dijo Slughorn, con tono de sorpresa agradable—. Mejor de lo esperado, sin duda.       —¡Eso fue un cumplido! —susurró Peter emocionado mientras regresaba a su mesa.       —Y sin perder una ceja —añadió Remus con una sonrisa.       El resto del grupo tuvo resultados sólidos: Marlene, Pippa y Frank entregaron pociones con diferencias menores, pero sin errores graves. Sirius, aunque con actitud despreocupada, logró un resultado funcional.       —No sé si vigoriza o da sueño —dijo entregando su frasco—. Pero al menos no huele a pantano.       Kate, aunque algo más distraída que en Transformaciones, logró una poción perfectamente presentable. Slughorn asintió sin comentarios excesivos, pero satisfecho.       —Bueno —suspiró Lily al salir del aula, dejando atrás el olor a calderos humeantes—. Dos exámenes menos. Solo nos falta el resto del infierno.       —Y luego… ¡verano! —gritó Pippa, alzando los brazos en una victoria simbólica.       —Si sobrevivimos, claro —remató Remus.       Todos rieron mientras caminaban juntos hacia la Torre de Gryffindor, agotados pero orgullosos. Esa noche, en la Sala Común, hubo un aire diferente. Más ligero. La mayoría se había desplomado en sofás, alfombras, cojines o directamente sobre montones de apuntes que ya nadie quería ver.       —Yo juro por Merlín que si mañana el examen de Runas Antiguas me pide diferenciar un glifo rúnico de una mancha de tinta, simplemente me levanto y me voy —murmuró Marlene, con la cara medio enterrada en un almohadón.       —No tienes Runas, Marlene —respondió Remus, sin alzar la cabeza de su libro abierto.       —Exacto —replicó ella con un suspiro—. Pero estoy tan cansada que lo soñé igual.       Alice se rió desde un rincón, donde Frank le masajeaba el cuello con movimientos torpes pero bienintencionados.       —No sé qué estuvo peor: los huronirrincos de tres cabezas o que nos pidiera que “nos comunicáramos con ellos emocionalmente” —dijo Lily, frotándose las sienes.       —¡Eso fue hermoso! —exclamó Peter, desde su sillón—. El mío me miró y se puso a llorar. Me sentí... comprendido.       Hubo un segundo de silencio.       —Eso es profundamente inquietante, Pettigrew —dijo Sirius, con expresión fingidamente solemne.       Y entonces, como si una chispa se encendiera en sus ojos, James se levantó de golpe y se subió al brazo del sofá.       —¡Compañeros gryffindors! ¡Valientes, agotados, emocionalmente devastados estudiantes de sexto y más allá! ¡Hoy es una noche de duelo… pero también de gloria!       Sirius se levantó con él, subiendo con teatralidad sobre la mesa baja del centro. Fingía cargar una invisible capa dramática.       —¡Y como tal, propongo que inmortalicemos este momento con… teatro experimental improvisado! —anunció con tono grave.       Las risas comenzaron a subir entre los más grandes, mientras los de primero y segundo asomaban cabezas desde los sillones, con ojos brillantes.       —¿Y cuál será la obra, oh bardo de pelo reluciente? —preguntó James, ya estirando los brazos hacia el techo como si invocara inspiración divina.       —¡El Trágico Romance del Huronirrincus y la Bruja Desalmada! —respondió Sirius con dramatismo.       Kate, que ya tenía un cojín en la mano, levantó una ceja.       —¿Soy la bruja desalmada?       —¡Tú eres el alma de esta tragedia, Kate! —dijo Sirius, saltando de la mesa y tomándola de la mano con un giro exagerado—. ¿Me harás el honor?       —Solo si puedo usar este cojín como sombrero mágico —dijo ella, colocándoselo en la cabeza como si fuera una corona torcida.       —¡Aceptada! —gritó James—. ¡Luz, cámara, huronirrincos!       Y entonces comenzó la función.       Sirius se agachó como si fuera una criatura mágica bizca y con tres cabezas, aullando a la luna invisible. Kate, con una varita de papel pergamino y voz aguda, recitaba maldiciones en latín inventado, mientras los demás hacían de coro griego, girando alrededor y cantando falsamente:       —“Oh, el huronirrincus llora… su amor no regresa jamás…”       Peter hacía de luna llena, sujetando una lámpara y girando lentamente.       Remus no podía dejar de reír y se sujetaba el estómago. Lily cubría el rostro, entre la risa y la vergüenza ajena, pero no se perdía detalle. Incluso Frank, normalmente más sobrio, intentaba aguantar la risa y fallaba estrepitosamente.       —¡Bruja cruel! ¡Por qué me abandonaste en el pantano de las emociones mágicas! —aulló Sirius, tirándose al suelo.       Kate se inclinó dramáticamente, el cojín-sombrero cayéndosele sobre los ojos.       —¡Porque jamás entendiste el poder del consentimiento emocional, huronirrincus!       La sala estalló en carcajadas. Incluso los estudiantes más pequeños, sentados por las escaleras, miraban con devoción, como si estuvieran presenciando la mejor representación que Hogwarts había visto jamás. Un primero susurró a otro:       —Gryffindor es la mejor casa del mundo.       James, jadeando de la risa, se dejó caer al lado de Sirius, todavía con lágrimas en los ojos.       —¡Y así termina la noche más gloriosa de todas! —declaró, con voz temblorosa por la risa.       Sirius levantó la mano como si saludara a una multitud invisible.       —Gracias, gracias. Mañana aceptamos pagos en grageas de menta y respeto eterno.       Lily se acercó, sacudiendo la cabeza, divertida.       —Estáis locos. Todos.       —¿Locos? —dijo James, guiñándole un ojo—. Más bien… inspirados por la miseria académica.       Lily no respondió. Solo sonrió, y se le quedó mirando a James un segundo más de lo necesario. Remus, desde el sofá, murmuró:       —Por cosas así… todo vale la pena.       Y nadie discutió.       Horas después, algunos se habían tirado en el suelo, otros dormitaban con sonrisas torcidas. La lámpara flotante parpadeaba con pereza sobre los sillones.       Mary y Marlene estaban acurrucadas en un rincón de la ventana, envueltas en una manta que alguien había dejado atrás. Desde allí, tenían una vista perfecta de la sala común… y de Kate, que se reía mientras Sirius le robaba otro beso, como si jugara a cazar mariposas con los labios.       Mary soltó un suspiro entre divertido y resignado.       —Va por el cuarto. Va a alcanzar a Peter en empanadas consumidas en una hora si sigue así —comentó, con una sonrisa en los labios.       Marlene sonrió también, pero no dijo nada. Mary la miró de reojo. Bajó la voz.       —¿Y tú? ¿Ya le dijiste?       Marlene parpadeó. Fingió no entender.       —¿Decirle qué?       Mary no mordió el anzuelo.       —Que Edward te escribió. Que quiere que vayas a Dinamarca con él este verano. Que te espera. Que te quiere. Que tú... —se detuvo y la miró con intención— piensas en él.       Marlene apoyó la cabeza contra el cristal frío.       —Pensaba decírselo —murmuró—. Pero entonces todo esto con Remus, la poción, el cansancio, el destierro, los exámenes y ahora... —miró hacia donde Kate y Sirius reían como si el mundo no doliera—. No quiero arrebatarle eso. No ahora.       Mary ladeó la cabeza.       —¿Ella ya lo sabe?       Marlene negó despacio.       —No. No del todo. Creo que intuye que Ed me escribió. Pero no sabe lo que dijo. Y yo no quiero que se sienta culpable por ser feliz.       Marlene recordó lo que había ocurrido una semana atrás en la sala común temprano por la mañana:              Ella entraba aún con el cabello mojado de la ducha, arrastrando los pies. Encontró una lechuza posada en el alféizar. Tenía una carta en el pico y picoteaba el cristal con impaciencia. Frunció el ceño al reconocer el papel grueso, casi extranjero, con tinta azul oscura.       —¿Otra carta? —le preguntó Kate, apareciendo de la escalera de los dormitorios, aún con el uniforme a medio poner.       Se giró con rapidez. Demasiada.       —¿Eh? Ah, no, nada. Es... del Ministerio. —Desató la carta sin mirarla y la escondió contra su costado—. Cosas aburridas de mi madre.       Kate se le acercó, con una ceja alzada.       —¿Mi hermano? —Su voz no era acusadora, pero sí estaba teñida de algo más complicado: curiosidad, sospecha, cuidado.       Ella forzó una sonrisa distraída.       —No, Kate. Es mi madre.       Kate frunció el ceño. Su dedo rozó la esquina del sobre aún visible entre los dedos de Marlene.       Reconozco su letra —le dijo, bajito.       Ella se apartó con suavidad y metió la carta en su túnica.       —No es importante —dijo—. Te estás quedando sin desayuno. Anda, ve bajando.       Kate la miró unos segundos más, y luego asintió lentamente, sin dejar de observarla.                     Mary seguía mirándola con la paciencia de quien lleva años entendiendo sin necesidad de muchas palabras.       —No es tu responsabilidad proteger su alegría, Marlene.       —Lo sé —respondió, con voz baja—. Pero... somos como hermanas. No de sangre, pero... crecimos juntas, ¿sabes? Me la sé de memoria. Y no quiero ser la razón por la que deje de reír así.       Se hizo un silencio cómodo entre ellas.       —¿Y tú qué harás? —preguntó Mary, con dulzura.       Marlene se encogió de hombros, cruzando los brazos.       —Iba a esperar a que pasara el verano. Que todo se enfriara. Que se me pasara esta necesidad de mirar el buzón cada mañana. Pero ahora, después de ver a Remus sonreír por primera vez después de una luna llena, después de ver a Lily mirar a James como si ya no quisiera pelear con lo que siente… no sé. Me da miedo esperar y que el momento se me escape.       Mary la observó con ternura.       —Tú nunca has sido de las que se quedan sentadas esperando.       Marlene sonrió, con esa media sonrisa suya que decía "sé que tienes razón, pero no pienso admitirlo aún".       —Lo sé. Pero quizás esta vez… me asusta hacer daño si actúo. Y me asusta más quedarme con la duda si no lo hago.       Ambas volvieron la vista a la sala. Kate se había subido de un salto a la espalda de Sirius, entre carcajadas, mientras él fingía que no podía con el peso. Ella lo abrazaba por el cuello, feliz, desbordante.       Mary habló con suavidad:       —¿Sabes qué es lo peor de enamorarse?       —¿Qué?       —Que a veces se siente como una apuesta con los ojos vendados. Pero no jugar… no impide que te duela igual.       Marlene bajó la mirada. Murmuró:       —Quizá este verano tenga que jugar, entonces.       Mary sonrió, y apoyó la cabeza en su hombro.       —Y si te rompen el corazón… aquí estaré con chocolate y amenazas legales.       —¿Legales?       —Bueno, más bien ilegales, pero igual de efectivas.       Ambas rieron, bajito, como cuando eran más pequeñas y el mundo aún cabía dentro del dormitorio de chicas.              Después de días de estudio intensivo, ensayos interminables y noches en vela, solo quedaban tres pruebas en el calendario de los alumnos de sexto: Defensa Contra las Artes Oscuras, Historia de la Magia y, por último, el temido examen de Aparición, supervisado por el centro examinador del Ministerio.       En el Gran Comedor, esa mañana, los rostros eran una mezcla de concentración y ansiedad. Nadie hablaba demasiado: todos sabían que el examen de Defensa sería práctico, y eso implicaba duelos.       —¿Listos para que os desarmen como a espantapájaros? —bromeó Sirius, mientras ajustaba su túnica—. Siempre soñé con vencer públicamente a algún Ravenclaw.       —Espero que no me toque con Peter —suspiró Remus—. Le tengo cariño, pero no quiero salir volando por su varita mal dirigida.       —¡Eh! —se quejó Peter—. ¡He estado practicando!       —Eso no fue lo que dijo la escoba del otro día —añadió Marlene riendo.       Y entonces, llegó el momento. El aula de duelos, especialmente adaptada con encantamientos de amortiguación, lucía imponente. Las paredes estaban reforzadas y había una gradería improvisada para que los alumnos pudieran observar los enfrentamientos. Podían asistir de otros cursos, lo que aumentaba la presión.       El profesor Agnesses, de túnica gris oscura y modales secos, se situó al centro del aula con su varita en alto.       —Este año, como sabéis, su examen final será un combate en parejas —anunció con voz grave—. Serán evaluados en técnica, control, creatividad y capacidad de trabajar en conjunto. No se permiten maleficios prohibidos, y deberán detenerse cuando se dé la señal.       Los primeros en ser llamados fueron James Potter y Remus Lupin, enfrentándose a dos ágiles estudiantes de Ravenclaw. El duelo fue intenso desde el primer segundo. Los Ravenclaw se movían con precisión, lanzando encantamientos defensivos y de distracción. Pero James y Remus tenían algo más: una compenetración absoluta.       —¡Expelliarmus! —gritó James mientras esquivaba un Relashio.       —¡Stupefy! —añadió Remus, sincronizado.       Ambos atacaban en ángulo opuesto, cubriéndose mutuamente. En menos de dos minutos, lograron desarmar a sus oponentes de forma limpia.       —¡Excelente trabajo! —exclamó Agnesses—. Cooperación eficaz. Control sólido.       Después de que pasaron algunos estudiantes de Hufflepuff contra Slytherin, el profesor alzó la voz de nuevo:       —Lily Evans y Marlene McKinnon, contra Adam Shenk y Cordelia Flylies.       Las dos chicas caminaron al centro, confiadas. Adam y Cordelia, ambos de Hufflepuff, parecían menos interesados en impresionar y más centrados en disfrutar la prueba. Aun así, el duelo empezó con agilidad. Lily se movía con una precisión quirúrgica, mientras Marlene combinaba astucia y energía en cada giro de varita.       —¡Rictusempra! —exclamó Lily, provocando que Adam tropezara riendo contra una columna de acolchado mágico.       —¡Impedimenta! —respondió Marlene, deteniendo en seco el contraataque de Cordelia.       El intercambio fue rápido y limpio. Lily y Marlene se comunicaban con gestos, sin perder el ritmo. En menos de un minuto y medio, el combate terminó con un doble desarme impecable.       —Muy bien —dijo Agnesses, satisfecho—. Evans, McKinnon… sólida defensa, gran control emocional. Y muy buena sincronía.       Luego miró de reojo a James, que sonreía en las gradas.       —Evans… usted y Potter serían una pareja de duelo formidable. Tienen un estilo que puede compenetrarse.       Lily enrojeció un poco y respondió con rapidez.       —Solo si él promete no guiñarme el ojo en medio del combate.       —Lo consideraré una condición oficial —dijo Agnesses con neutralidad.       James, por su parte, hizo exactamente eso: le guiñó un ojo desde las gradas. Lily solo negó con la cabeza, pero sonreía.       Luego, llamó a algunos de Ravenclaw contra Slytherin. Iban quedando menos personas. Entonces, el profesor paseó su mirada entre los alumnos. El eco de los primeros hechizos aún vibraba en las paredes cuando el profesor Agnesses —de expresión inescrutable y voz grave— anunció:       —Siguiente duelo: Theodore Nott y Emma Vanity contra Kate Bellerose…       Kate sintió que el aire se le helaba por un instante.       —…y…       —¡Falto yo también, profesor! Me ofrezco voluntario—dijo Sirius Black, con voz firme y mirada fija en Nott.       El profesor levantó una ceja, pero no objetó.       —Bien. Posiciones.       Sirius y Kate se miraron una vez, apenas una fracción de segundo. En ella se dijeron todo lo necesario. No era solo un examen. Era una declaración. Los cuatro estudiantes se alinearon. Nott ajustó su túnica con deliberada lentitud. Su sonrisa era afilada como un cuchillo. Emma Vanity mantenía una postura elegante, pero su mirada estaba cargada de rivalidad.       —Muy bien, solo os recuerdo que no están permitidas las maldiciones —dijo Agnesses con un dejo de aprobación—. Que comience.       La sala estalló. Nott conjuró de inmediato un Bombarda, sin contención. La explosión obligó a Sirius a rodar a la izquierda mientras Kate levantaba una barrera mágica que absorbió parte del impacto.       Emma se movía con gracia, pero cada hechizo era directo: un Stupefy, seguido de un rápido Flipendo, intentando desestabilizar.       —¡Protego Duo! —Kate giró la varita trazando un semicírculo que defendió a ambos.       Sirius contraatacó con velocidad. Un Confringo controlado que estalló cerca de Nott, obligándolo a retroceder.       —¿Demasiado para ti, Nott? —rugió Sirius.       —Tú solo eres bueno para provocar —escupió Theodore, lanzando un hechizo doble: Incarcerous y luego Silencio.       Kate desvió el primero con un ágil Everte Statum que hizo a Nott tambalear, y Sirius anuló el segundo con un Finite Incantatem. Emma Vanity lanzó un Oppugno, y un grupo de libros encantados voló directamente hacia Kate.       —¡Protego Totalum! —gritó Sirius, rodeándola con el escudo mágico mientras los libros rebotaban y caían como aves abatidas.       Los dos giraron, sincronizados, y con una mirada mutua, atacaron al mismo tiempo:       —¡Expelliarmus!       —¡Stupefy!       Emma perdió la varita y cayó hacia atrás, aturdida. Nott, sin perder tiempo, se abalanzó sobre Sirius con un hechizo rápido, mordaz, Densaugeo, buscando desfigurarle.       —¡Sirius! —gritó Kate, bloqueando el hechizo en el último segundo con un Repello Máxima que sacudió el aire.       —No tienes que defenderlo, Bellerose —gruñó Nott, jadeante—. Ya no te queda familia a la que impresionar.       Ese comentario fue la chispa. Kate no contestó, pero sin saber por qué le invadió una rabia profunda. Alzó la varita y dijo con voz helada:       —¡Depulso!       Nott fue lanzado contra la pared acolchada con tanta fuerza que soltó su varita. Silencio. El hechizo rebotó levemente en las paredes mágicas, disipándose. Agnesses bajó la varita.       —¡Punto final! Victoria para Bellerose y Black.       Hubo aplausos, pero contenidos. Algunos alumnos, especialmente Slytherin, estaban estupefactos. Rosier había palidecido. Snape apretó la mandíbula. Lily y Alice se miraron brevemente. Marlene silbó en bajo.       Sirius, sin dejar de respirar agitado, murmuró a Kate:       —Estás temblando.       Ella bajó la varita lentamente, el rostro tenso, pero los ojos encendidos de rabia contenida.       —Estoy bien —dijo entre dientes, sin mirarle.       —¿Segura?       —Gracias por cubrirme —dijo al fin, mirando el lugar donde Nott había caído.       Sirius asintió. No dijo más. Agnesses se acercó mientras recogían las varitas.       —Bellerose, Black… una actuación sólida. Control, sincronización, improvisación… y temple. Pero procuren no dejarse arrastrar por provocaciones personales.       —Lo intentaremos —dijo Sirius con media sonrisa.       Kate simplemente asintió, respirando hondo.       Mientras salían del aula, Sirius le murmuró sin mirarla:       —Él cruzó la línea.       —Y si lo vuelve a hacer, no necesitaré un duelo para responder.       Sirius sonreía, jadeando un poco.       —Buena sincronía, Srta. Black —le susurró a Kate para hacerla sonreír.       Lo logró. Ella le respondió con una sonrisa rápida, aún atenta a los gestos de Nott, que se retiraba furioso, mirando a Kate con un brillo helado en los ojos.              La sala común de Gryffindor volvía a ser lugar de estudio. Libros abiertos, plumas flotando, tazas de té medio olvidadas entre pergaminos garabateados. Era la última noche antes del examen de Historia de la Magia, y, aunque la mayoría lo consideraba un mero trámite, todos sabían que el profesor Binns era capaz de encontrar formas insólitas de confundir incluso al más aplicado.       Mary pasaba las páginas de su grueso manual con paciencia, mientras Marlene, tumbada de lado sobre la alfombra, apuntaba nombres y fechas a regañadientes.       —¿Quién fue el Ministro de Magia durante la Rebelión de los Trasgos de 1798? —preguntó Mary.       —Uh… Eldritch Diggory. ¿O era Faris Spavin?       Mary negó con la cabeza, sonriendo apenas.       —Diggory fue antes. Era Spavin. Murió en el cargo, recuerda, a causa de una maldición equivocada que pensó que era indigestión.       Marlene gruñó.       —Odio este examen. ¿Y qué demonios nos importa quién reguló los derechos de las sirenas en 1831?       —Importa si no quieres suspender, Marly —dijo Mary, aunque su sonrisa se desvaneció al ver que su amiga la miraba con cierta seriedad.       Marlene se quedó pensativa, realmente no quería seguir estudiando. De repente, una duda le vino a la cabeza.       —¿Mary? —dijo Marlene, en voz baja—. ¿Las notas…? ¿Volvieron?       El silencio fue breve pero denso. Mary negó con lentitud.       —No. Desde el secuestro… nada. Como si se hubieran esfumado.       —¿Y eso es bueno?       Mary dejó la pluma sobre el libro, con cuidado.       —No. Solo significa que ahora son más cuidadosos. Saben que estamos alertas. Pero van a volver, estoy segura, a lo mejor no de la misma forma, pero creo que quieren romper la armonía, ¿me explico?       Marlene la observó, preocupada.       —Sí, pero no saben que tenemos muchas más agallas de las que creen —dijo con firmeza.       Mary le sonrió, y ambas volvieron al estudio. Alrededor, James recitaba leyes mágicas del siglo XIX a Peter que intentaba no dormirse, Lily le explicaba la Convención de Brujas de 1707 a Alice, y Remus practicaba una canción mnemotécnica con Pippa para recordar las fechas de las guerras goblins.              Una atmósfera de pesadez flotaba en el aire, potenciada por el monótono y perpetuo murmullo del fantasma Profesor Binns, que no parecía notar ni el paso del tiempo ni el tedio que causaba. Las plumas se levantaron con el encantamiento habitual. Binns dio la señal de inicio con su típica falta de entusiasmo:       —Comiencen. Tienen noventa minutos.       Los exámenes comenzaron con una pregunta de ensayo sobre la participación de los duendes en la creación del Banco Gringotts. Luego, una serie de preguntas trampa sobre fechas cercanas entre sí: las revueltas troll de Escocia, el tratado de paz con las banshees del norte, y la primera aparición del Estatuto del Secreto en su forma moderna.       James fruncía el ceño, repasando su ensayo dos veces antes de pasar al siguiente. Lily, concentrada, escribía sin pausa. Remus tenía una expresión casi divertida en el rostro, como si hubiera memorizado hasta los detalles más absurdos. Peter mascullaba por lo bajo, intentando recordar si fue el Barón Sanguinario o el Fraile Gordo quien estuvo involucrado en la Caza de Sombras de 1430. Kate, aunque distraída al principio, fue tomando ritmo con cada pregunta. Sirius, irónicamente relajado, escribía con soltura, pero cada tanto miraba a Kate para asegurarse de que estuviera bien. Marlene, al ver la última pregunta sobre tratados internacionales, reprimió un gemido. Mary solo se permitió mirar una vez hacia la ventana, luego siguió escribiendo con meticulosidad. Cuando por fin terminó el tiempo, todos bajaron las plumas al escuchar la voz de Binns:       —Entreguen.       Al salir, hubo un silencio colectivo que duró lo que tardaron en cruzar el umbral del comedor.       —¿Quién fue el idiota que pensó que meter siete tratados en una sola pregunta era justo? —gruñó Alice.       —Probablemente Binns… hace dos siglos —respondió Sirius.       —Quiero dormir tres días —dijo Marlene, dejando caer los hombros.       —No podemos. Mañana es el de Aparición —recordó Remus.       —¡Por Merlín! —exclamó Peter—. ¡Lo había olvidado!       James, aunque cansado, puso una sonrisa optimista:       —Venga, una última prueba. Y luego… libertad.              Esa noche, Kate no lo pensó dos veces. Ambos habían buscado excusas para desaparecer de la sala común, miradas que se encontraban demasiado, silencios demasiado largos. Nadie preguntó nada. Todos asumieron que se habrían ido a estudiar o a despejarse un poco. Pero no era eso. Querían verse. A solas.       Se encontraron detrás de una estatua olvidada en el tercer piso. Cuando sus miradas se cruzaron, Sirius no esperó más: la atrajo hacia él con una urgencia contenida, como si llevara días resistiéndose y ya no pudiera hacerlo más. Kate tampoco dijo nada. Sus labios se encontraron como si todo lo demás hubiera dejado de existir.       Ella se aferró a su nuca, hundiendo los dedos en su cabello, y Sirius la levantó con facilidad, sujetándola por la cintura. Se sentó en el alféizar frío de una ventana y Kate le rodeó con las piernas, pegándose a él con una mezcla de confianza y necesidad que le recorría el cuerpo entero.       Su respiración era acelerada contra su cuello, el pulso desbocado. El beso se volvió más profundo, más intenso, y durante unos segundos el mundo se redujo a eso.       Hasta que Sirius se detuvo. No de golpe. No con rechazo. Pero se detuvo.       —Todavía… no… —murmuró entre respiraciones entrecortadas.       Kate lo sintió antes de oírlo. Ese límite invisible que él se imponía siempre, esa contención que la descolocaba. El deseo seguía ahí, ardiendo, pero algo se cerró dentro de ella. Inhaló hondo, cerró los ojos y asintió.       Se separó apenas unos centímetros, intentando recuperar el aliento.       —Lo siento… —añadió con una sonrisa breve, forzada— Pero no pude… no pude evitarlo.       Sirius sonrió, aún agitado, pero su mirada era seria.       —Yo tampoco. Pero, Kate… no quiero apresurar nada.       Ella lo miró entonces. De verdad. Y la duda que llevaba tiempo creciendo en su pecho encontró por fin una grieta por la que salir.       —¿Es porque…? —tragó saliva— ¿Porque no soy suficiente?       Él frunció el ceño al instante.       —¿Qué? No.       —No me mires así —susurró ella, bajando un poco la voz—. Solo… dime la verdad. ¿No te resulto atractiva?       Sirius negó con la cabeza, casi con incredulidad.       —Claro que lo eres.       —Entonces… —la voz le tembló— ¿no me deseas?       Él frunció el ceño.       —¿Qué estás diciendo?       —Porque si no me deseas —continuó ella, la voz temblándole—, lo entiendo. De verdad. Solo… no quiero aferrarme a algo que también va a romperse.       Sirius le tomó la cara entre las manos con una suavidad casi reverente.       —Te deseo —dijo—. Pero eso no es lo que me frena.       —Entonces ¿qué? —susurró ella—. ¿Qué hay en mí que te hace parar?       Él apoyó la frente contra la suya.       —Que te estoy queriendo —admitió—. Y que cuando te miro no pienso en esta noche, sino en todo lo que vendrá después.       Kate cerró los ojos, vencida.       —Kate… mírame tú a mí.       Ella levantó los ojos, inseguros, expuestos.       —Te deseo. Mucho más de lo que imaginas —dijo él con voz baja—. Precisamente por eso paro.       Ella frunció el ceño, confundida.       —No lo entiendo…       —He estado con otras chicas —empezó, y Kate tensó la mandíbula, pero él continuó rápido—. Y con ninguna sentí esto. Con ninguna me importó lo que pudiera romperse después.       Ella tragó saliva.       —¿Romperse qué?       —Nosotros —respondió sin dudar—. Tú. Lo que tenemos.       Sus palabras la desarmaron. Kate bajó la mirada, insegura.       —A veces siento que… que no soy suficiente para ti. Que algún día te cansarás. Que soy solo… una fase bonita.       Sirius la rodeó con los brazos, firme, obligándola a quedarse ahí.       —Escúchame bien —dijo con una intensidad que le hizo estremecerse—. No eres una distracción. No eres una fase. No eres algo pasajero.       Le levantó el mentón con suavidad.       —Eres la persona a la que elijo incluso cuando tengo miedo. La que me importa lo suficiente como para no estropearlo todo por impulso.       Los ojos de Kate se abrieron con sorpresa.       —Yo no sé amar a medias —continuó él—. Y contigo… no quiero hacerlo mal.       Ella se lanzó a abrazarlo, enterrando el rostro en su cuello. El nudo en su pecho se deshizo poco a poco.       —Vale… —susurró—. Lo entiendo.       Sirius la estrechó con una mezcla perfecta de ternura y necesidad.       —Eres mía, Kate —dijo al fin, sin bromas, sin máscaras—. Y no pienso soltarte tan fácilmente.       Ella respiró hondo, dejándose sostener. Cuando se apartó un poco, aún sentada en el alféizar, le tomó la mano con una sonrisa más tranquila.       —¿Damos un paseo? —propuso—. Puedo contarte mi plan para el verano.       Sirius arqueó una ceja.       —De acuerdo, Bellerose —respondió con tono solemne—. Pero espero estar incluido en esos planes.       Caminaron despacio por el pasillo silencioso. Kate le contó que James le había ofrecido quedarse en su casa, pero que, después de pensarlo, había decidido aceptar la invitación de Alice, por ser más propio quedarse con una amiga. Sirius asintió, comprendiendo… aunque no sin cierto disgusto que no supo disimular del todo.       —Preferiría verte cada día —admitió él—. Pero tiene sentido. Supongo.       Kate rió, empujándole el hombro suavemente.       —Además… quiero encontrar la forma de ver a mis padres. Pero no sé cómo.       —Eso lo podemos solucionar —dijo Sirius, pensativo—. Frank nos ayudará. Su madre puede actuar de intermediaria. Nadie lo sospechará, y si hay alguien que sabe moverse con discreción, es ella.       —¿Estás seguro de que lo harían?       —Los Longbottom son de las familias más fieles. Dignos Gryffindors. Y, además, están del lado correcto.       Ella respiró aliviada. Lo necesitaba. Pasaron unos minutos más juntos, solo paseando, contándose detalles del verano que se avecinaba, soñando con días más sencillos. Finalmente, cuando el reloj dio la señal de la medianoche, se miraron y sin necesidad de palabras, volvieron a la Torre. No tenían prisa por despedirse. Sabían que todavía les quedaba un poco más de tiempo antes de que el curso terminara.              La mañana del examen de aparición amaneció soleada, pero el aire dentro del Gran Comedor estaba cargado de nervios. Las largas mesas habían sido desplazadas y en su lugar se alzaban círculos marcados en el suelo encantado por el Centro Examinador de Aparición del Ministerio. Varias brujas y magos del Departamento de Transporte Mágico caminaban entre ellos, con túnicas color violeta y rostros serios.       —¿Y si dejo atrás una ceja? —murmuró Pippa, con la cara completamente pálida mientras se frotaba las manos.       —Podrías llevarla en un frasquito y usarla como recordatorio —bromeó Sirius, ganándose una mirada asesina de la chica.       Remus le puso una mano tranquilizadora en el hombro a Pippa.       —Lo has hecho perfecto en las prácticas. Solo piensa en tu destino con claridad.       —Y sin marearte —añadió Peter, aunque su voz temblaba más que la de ella.       James fingía estar tranquilo, aunque no paraba de mover los dedos como si sostuviera una snitch invisible. Lily, en cambio, parecía más centrada, dándole indicaciones a Mary y Marlene, que discutían entre ellas sobre el mejor método para visualizar el punto de llegada.       —Yo juro que si acabo con una pierna en el aula de Encantamientos y la otra aquí, jamás me lo vais a perdonar —refunfuñó Marlene.       Alice y Frank estaban a un lado, repitiendo en voz baja los tres elementos clave que les habían machacado durante semanas: Destino, Determinación y Deliberación.       Cuando llamaron a los primeros, el silencio se hizo denso. Comenzaron en grupos pequeños por casas. Algunos no lo lograron del primer intento: una chica de Ravenclaw perdió un zapato en el intento; un Hufflepuff apareció a medio camino, con las cejas completamente chamuscadas. Finalmente llegó el turno de los estudiantes de Gryffindor.       James fue el primero en saltar dentro del círculo. Un leve giro, un crack sonoro… y allí estaba, al otro lado, perfectamente completo. El examinador asintió con aprobación.       Lily lo siguió sin dudar. Su aparición fue elegante, limpia, sin una sola arruga en la túnica. Ni el más mínimo error. La bruja encargada tomó nota rápidamente.       Uno a uno, todos lo lograron.       Peter, que había estado al borde de un colapso, cerró los ojos con fuerza… y desapareció. Al reaparecer, trastabilló un poco y cayó de rodillas, pero estaba entero.       —¡Aceptable! —gritó con júbilo, a pesar del polvo en la cara.       Remus apareció con una calma meticulosa, Pippa lo hizo después de respirar tres veces profundas, y aunque casi se deja una manga, salió airosa.       Mary y Marlene celebraron con un abrazo cuando lo consiguieron, las dos aún con los corazones a mil por hora.       Sirius apareció como si hubiese nacido para ello. Y Kate, que había entrenado con la precisión de una aurora, apareció con tal gracia que incluso uno de los examinadores levantó una ceja y murmuró algo sobre “destreza innata”.       Cuando el grupo completo terminó, uno de los encargados anunció con voz firme:       —Todos los pertenecientes a la casa de Ravenclaw y Gryffindor han pasado el examen de aparición. ¡Felicidades!       Hubo gritos ahogados, aplausos, abrazos por todas partes. Kate miró a Sirius con una sonrisa de triunfo. Él le guiñó un ojo.       —¿Qué te dije, Bellerose? —murmuró—. Invítame a donde quieras este verano… ahora que puedo aparecerme cuando quieras.       —¿En serio? —le dijo ella con tono travieso—. ¿Y si te pido que aparezcas directamente en la cocina de Alice a preparar el desayuno?       —Solo si me dejas llevarte el café a la cama.       El grupo entero volvió a la Torre de Gryffindor entre risas y bromas, aliviados y orgullosos. Habían pasado uno de los últimos retos del año. Quedaba solo una cosa: disfrutar lo que les quedaba juntos.              La sala común de Gryffindor estaba más viva que nunca. Entre cojines desplazados, mantas caídas y un par de copas de zumo de calabaza mal disimuladas, los alumnos celebraban con risas el haber pasado todos los exámenes. Por primera vez en semanas, la presión había desaparecido.       Sirius y James jugaban a lanzarse una manzana encantada que flotaba y zumbaba al pasar por el aire, mientras Peter trataba inútilmente de atraparla cuando se acercaba demasiado. En una esquina, Mary y Marlene reían con Alice y Frank, recordando los momentos más catastróficos del año —incluido el día que un caldero explotó en clase de Pociones y Peter acabó teñido de verde durante dos días.       Pero no todos estaban entre risas y bromas. Junto a una de las ventanas, Remus y Pippa disfrutaban de un momento más tranquilo. Ella estaba recostada, y él sostenía una taza caliente entre las manos.       —Las chicas a veces me dicen que somos demasiado tranquilos… —murmuró Pippa, jugando con los dedos de él— pero me gusta así. No necesito más.       Remus sonrió, suave.       —A mí también me gusta. No hay prisa —dijo con la voz baja y cálida—. Además… eres tú. Y tú mereces cuidado.       Ella lo miró, sin decir nada. Solo asintió, apoyando la cabeza en su hombro.       —¿Dónde irás en verano, Pip?       —Probablemente en casa. Tal vez una semana a la costa para visitar a mis abuelos, pero no lo sé todavía. ¿Y tú?       Remus bebió un sorbo y respondió:       —Lo de siempre. Unas semanas en casa con mis padres para que se queden tranquilos. Después, regreso aquí, para la luna llena… y al terminar, voy a casa de los Potter.       —¿De verdad? —preguntó Pippa, incorporándose un poco—. ¿Desde cuándo haces eso?       Él la miró con calma, como si se quitara una capa invisible al hablar:       —Desde tercero. Al principio pasaba las lunas en Hogwarts solo. No quería que mis padres me vieran después… por cómo quedaba. Pero cuando los chicos se enteraron, James y sus padres hablaron con los míos. Les convencieron de que después de cada luna fuera a su casa. Así no estaría solo. Desde entonces, cada verano es así. Primero la transformación aquí… y luego, los Potter.       —Wow… —Pippa tenía la boca entreabierta—. Realmente, sois amigos de verdad.       Remus sonrió, nostálgico.       —Sí… Y desde hace dos años se une Sirius. Peter también vino el verano pasado. Es como… nuestro refugio.       —¿Tu segundo hogar?       —Tercero, en realidad —bromeó él—. Porque el primero es Hogwarts.       Ambos rieron, sin apartar la vista del cielo nocturno.       —¿Y cómo es…? —preguntó Pippa al cabo de un momento—. La casa de los Potter, digo.       Remus apoyó la taza en el alféizar y se acomodó mejor a su lado.       —Maravillosa —respondió primero, con una sonrisa ladeada—. Siempre hay algo hirviendo en la cocina, o unas galletas o James discutiendo con su padre sobre cualquier cosa absurda. Pero también hay orden y elegancia. Buen trato a los elfos. Sonrisas y respeto.       —Suena… normal —dijo Pippa con suavidad recordando su propia casa.       —Lo es —asintió él—. Y eso es lo extraordinario.       Ella lo miró con curiosidad.       —Dorea Potter —continuó Remus— es todo lo que la gente no espera de una Black.       Pippa alzó las cejas.       —¿En serio?       —En serio. Tiene ese porte elegante, esa mirada que parece analizarlo todo… pero luego te sirve más comida de la que puedes terminar y te pregunta si has dormido bien como si fueras un hijo más.       Pippa sonrió.       —¿Y el Sr.Potter?       —Fleamont es más tranquilo. Observa mucho. Pero cuando habla, se nota que nada en esa casa es casualidad. Él fue quien insistió en que yo fuera después de las lunas. Dijo que ningún hijo de un amigo suyo pasaría el verano sintiéndose una carga o solo.       Pippa bajó la mirada, tocada.       —Eso es… increíble.       Remus asintió despacio.       —Lo es. Y con Sirius… —se detuvo un segundo.       —¿Qué pasa con él? —preguntó ella con cuidado.       Remus miró hacia la sala común, donde a lo lejos se oían risas.       —La primera vez que fue, antes de que se fuera de casa, no sabía qué hacer cuando Dorea lo abrazó.       Pippa parpadeó.       —¿Lo abrazó?       —Sí. Sin preguntar. Sin condiciones. Él se quedó rígido, como si estuviera esperando que aquello tuviera un precio.       Pippa sintió un nudo en la garganta. Guardó silencio un momento antes de continuar.       —En esa casa no le miran como al “Black que huyó”. Le miran como al amigo de James. Como al chico que necesita un plato caliente y una habitación donde nadie grite.       —¿Y James? —susurró ella.       Remus sonrió con afecto.       —James es… igual que ellos. Puede parecer arrogante aquí, pero allí… —negó con la cabeza, divertido—. Allí es solo un hijo que aún se sienta en la encimera mientras su madre cocina y le cuenta tonterías. Y cuando Sirius está, lo incluye en todo. No hay diferencias.       —Debe de ser extraño para Sirius —murmuró Pippa—. Tener algo así después de…       —Lo es —admitió Remus—. A veces se queda en silencio en mitad de la cena, mirando alrededor. Como si estuviera memorizando. Una familia que no le exige nada a cambio.       Pippa apoyó la cabeza en el hombro de Remus otra vez.       —Supongo que eso es lo que hace que se juegue la vida por James.       —Sí —dijo él—. Y lo que hace que James nunca dude en ayudar a Sirius. Para él es sencillo: si Sirius no tiene casa… entonces la suya es suficiente para dos.       Pippa sonrió, con los ojos brillantes.       —Ojalá todo el mundo tuviera algo así.       Remus entrelazó sus dedos con los de ella.       —¿Crees que este verano será igual? —preguntó Pippa.       Remus dudó apenas un instante.       —Eso espero. Aunque… —miró hacia donde Sirius había estado antes— creo que para él cada vez significa algo más. Ya no es solo refugio. Es elección.       Pippa levantó la vista.       —¿Elección?       —Sí. Elegir a qué familia pertenece.       El silencio que siguió no fue incómodo. Fue consciente.       Y en algún lugar de la sala, las risas de James volvieron a estallar, claras y despreocupadas, como si el mundo aún fuera un sitio sencillo. Pippa guardó silencio unos segundos más. Sus dedos seguían entrelazados con los de Remus, pero su mirada se había desplazado hacia el centro de la sala común.       —Remus… —dijo al fin, en voz muy baja—. ¿Dorea sabe realmente lo que Sirius dejó atrás?       Él no respondió de inmediato. Siguió la dirección de su mirada, como si ya supiera a quién estaba observando.       —Sí —dijo finalmente—. Lo sabe mejor que nadie.       Pippa frunció el ceño.       —¿Por James? ¿Porque son amigos desde siempre?       Remus negó despacio.       —Porque antes de ser Potter… fue Black.       Pippa parpadeó cayendo en la cuenta.       —Black de nacimiento —confirmó él—. Creció en ese mundo. Con esas normas. Con ese peso. Sabe lo que significa llevar ese apellido y lo que cuesta romper con él.       Pippa exhaló despacio, como si de pronto todo encajara.       —Entonces entiende a Sirius…       —Lo entiende —asintió Remus—. Y por eso nunca le ha pedido explicaciones. Nunca le ha exigido que justifique nada. Simplemente… lo recibió.       Pippa volvió a mirar hacia la sala común. Kate estaba sentada cerca de la chimenea, riendo por algo que James acababa de decir. Marlene se inclinaba hacia ella, teatral, mientras Sirius los observaba con esa sonrisa suya, abierta, despreocupada, casi luminosa.       —A veces —murmuró Pippa— me pregunto si Kate es consciente de todo lo que Sirius lleva encima por ser un Black.       No lo dijo como reproche. Ni siquiera como duda afilada. Fue una pregunta honesta.       —Son amigos desde hace años —añadió—pero… no sé si ve esa parte.       Remus observó la escena con atención. Sirius reía, inclinado hacia Kate, tocándole el brazo sin pensar, como si el gesto fuera natural, seguro. James los interrumpía, Marlene protestaba, y por un instante parecían solo eso: chicos riendo, sin historia detrás.       —Creo —dijo Remus despacio— que Kate nunca ha visto en Sirius a un Black.       Pippa lo miró.       —¿Eso es bueno… o peligroso?       Él sonrió apenas.       —Para Sirius, creo que es lo primero que ha sido solo bueno.       Volvió la vista hacia ellos.       —Los demás siempre le han mirado esperando algo —continuó—. Rebeldía. Oscuridad. Orgullo. Ruptura. Incluso James, al principio, veía al Black que había desafiado a su familia.       —¿Y Kate?       —Kate ve a Sirius —respondió—. No al apellido. No al pasado. No al peso. Solo… a él.       Pippa observó cómo Kate decía algo en voz baja, y Sirius inclinaba la cabeza para escucharla mejor, atento, casi vulnerable.       —Y creo —añadió Remus— que por eso él se ha dejado mirar por ella. Porque por primera vez no ha tenido que explicarse. Ni defenderse. Ni demostrar que no es lo que esperan.       Pippa sintió un nudo suave en el pecho.       —Eso da miedo —susurró—. Dejar que alguien te vea así.       —Mucho —admitió Remus—. Pero también es la única forma de descansar.       En la sala común, las risas continuaban. Sirius se pasó una mano por el pelo, despreocupado. Kate apoyó el hombro en el suyo sin darse cuenta. James los señaló por algo y Marlene puso los ojos en blanco.       Entonces ocurrió. Fue algo mínimo. Casi invisible.       James hizo una broma exagerando el tono altivo de algún Slytherin de curso superior. Sirius rió con los demás, pero por una fracción de segundo su postura cambió. La espalda se le enderezó por completo, el mentón se alzó apenas, y su sonrisa adoptó esa curva elegante, afilada, que no era la de un chico despreocupado… sino la de alguien que había aprendido a sostener la mirada como un desafío silencioso.       Un gesto breve. Instintivo. Muy Black. Remus lo vio. Siempre lo veía. Era defensa. Era esa máscara antigua que aparecía cuando el apellido flotaba demasiado cerca, incluso en broma. Pero duró solo un instante.       Kate, ajena a todo, le empujó el hombro riendo, y la expresión cambió al momento. La rigidez se deshizo. Sirius volvió a inclinarse hacia ella, diciéndole algo al oído con una sonrisa torcida, ligera, solo suya.       Pippa no pareció notar nada.       —Ojalá ella nunca tenga que verle como un Black —murmuró.       Remus siguió observándolo un segundo más antes de responder.       —Ojalá —dijo en voz baja—. Porque si eso ocurre… será porque él haya decidido mostrárselo. No porque el mundo se lo haya impuesto otra vez.       Y durante unos segundos más, se quedaron allí, mirando cómo la risa llenaba la estancia, sabiendo que bajo esa ligereza había historias complejas… y elecciones que no siempre eran visibles.       Después de un rato, James se levantó para coger una bebida de la mesa.       —¡James! No bebería de eso si fuera tú… —dijo Lily, acercándose con paso rápido.       James alzó una ceja y miró la copa que sostenía. Luego, siguió la dirección de la mirada de Lily hasta una chica de pelo rizado que lo observaba desde la esquina con una sonrisa demasiado interesada. Sus amigas reían discretamente.       —¿Esa? —dijo, sorprendido—. Lleva días persiguiéndome. Es un poco intensa…       —Le ha puesto algo a tu bebida —dijo Lily, con los brazos cruzados.       —¿En serio? —James giró la copa con los dedos, inspeccionándola—. Qué desesperación.       —Es que el gran James Potter tiene a todas las chicas rendidas —ironizó Lily, aunque en sus labios se asomaba una sonrisa.       —Todas menos la que de verdad me interesa —soltó él sin pensar.       Lily parpadeó. El rubor le subió a las mejillas.       —¿Qué?       James se puso nervioso, agitó el cabello.       —Nada, nada. Olvídalo. Decía… el verano. ¿Qué harás?       —Familia, supongo. Mis padres quieren ir al norte un par de semanas.       James tragó saliva, luego se arriesgó:       —A lo mejor, solo si te apetece… podríamos vernos algún día. No tú y yo solos, claro. Quiero decir, podríamos quedar todos en Londres o… algo.       —Me encantaría, Potter —dijo Lily con una sonrisa real, sin ironía.       James la miró como si no creyera haber escuchado bien.       —¿En serio?       —En serio.       La sonrisa de él fue tan amplia que se le deslizaron las gafas por la nariz.       —¡Genial! Genial.              Unos días después, la tarde era húmeda y espesa. Las nubes colgaban sobre el castillo como un hechizo a medio hacer. En la sala de lectura, las velas flotaban apagadas por falta de uso. Beth estaba sola en una mesa al fondo, con un trozo de pergamino arrugado entre los dedos.       "Si quieres... podríamos vernos este verano. Lejos de todo esto."       La tinta seguía fresca. Y aún así, no podía decidir si firmarlo, romperlo o esconderlo bajo el suelo.       —¿Vas a enviarla? —preguntó una voz familiar.       Beth no se sobresaltó. Marlene McKinnon estaba apoyada en el borde de la mesa, con su típica media sonrisa y ese aire de saber más de lo que decía.       —No lo sé —respondió Beth, intentando no sonar demasiado nerviosa—. No sé si tiene sentido.       Marlene se sentó sin pedir permiso, como hacía desde que Beth era una niña pequeña.       —¿Es por Regulus?       Beth frunció el ceño y giró el pergamino de lado, como si eso lo volviera invisible.       —¿Es tan evidente?       —Para mí sí. Siempre te miro más de lo que crees, pequeña Bellerose.       —No entiendo lo que me pasa con él. Siempre hemos sido amigos, incluso cuando parecía imposible. Pero últimamente hay momentos... en los que me mira distinto. Como si estuviera pensando algo que no se atreve a decir.       —¿Y tú quieres que lo diga?       Beth bajó la mirada. Sus dedos jugaban con el borde del pergamino.       —No lo sé. Supongo que sí. Pero también... no sé qué haría si lo hiciera. Quiero decir, mi hermana es novia de su hermano. Es como si todo estuviera mal estructurado desde el principio.       Marlene sonrió suavemente. Se inclinó hacia ella, apoyando los codos en la mesa.       —Hablando de Kate... Quiere saber cómo estás. Me envía a modo espía.       Beth levantó la vista, sorprendida.       —¿Ah, sí?       —¡Claro! —replicó Marlene       Beth tragó saliva.       —La echo de menos. Solo... que a veces siento que tiene un pie con nosotros y otro en Sirius, y yo me quedo en medio.       —Kate también te echa de menos —dijo Marlene con tristeza—. Y con respecto a lo otro… Sirius es especial para ella.       Beth suspiró. El silencio se extendió entre ambas unos segundos.       —¿Y tú? —preguntó de pronto—. ¿Cómo estás tú?       Marlene pareció dudar un momento, pero luego dijo con suavidad:       —Hay alguien a quien no dejo de pensar. Aunque ya no está aquí.       Beth ladeó la cabeza.       —¿Lo conozco?       Marlene sonrió. No respondió al instante. Miró por la ventana como si buscara un recuerdo en el horizonte. Cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono más contenido:       —Es mayor que nosotras. Inteligente, demasiado serio a veces, pero sabe hacerme reír cuando nadie más podía.       Beth entrecerró los ojos.       —¿No estarás hablando de…?       Marlene no respondió. Pero el silencio bastó.       —Merlín... —susurró Beth—. ¿Mi hermano?       Marlene asintió, finalmente.       —¿Y Kate lo sabe?       —No. No del todo. Creo que intuye que Ed me escribió.       —¿Tú crees que lo aceptaría? —preguntó Marlene en voz baja.       Beth la miró largo rato. Luego, asintió.       —Creo que lo sabrá mucho antes de que se lo digas. Y entonces te pedirá que se lo cuentes tú. Porque Kate no soporta las mentiras... pero con las verdades es mucho más valiente de lo que parece.       Marlene cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo.       —Y tú deberías mandar esa carta.       Beth tomó el pergamino. Lo alisó, lo dobló. Aún no lo firmó, pero tampoco lo rompió.       —Tal vez. Después…       Marlene se rió.              Y así, llegó la cena del último día. El Gran Comedor resplandecía con los estandartes azul y bronce: Ravenclaw había ganado la Copa de las Casas. Sin embargo, entre los Gryffindors no había desánimo. Habían ganado la Copa de Quidditch y, además, había algo más fuerte que la competencia: una sincera camaradería entre ambas casas.       Dumbledore se puso en pie. El murmullo se fue apagando poco a poco. Su rostro, normalmente apacible, tenía ahora una seriedad que raras veces mostraba.       —Este año ha sido intenso —comenzó con voz clara—. Habéis crecido, no solo en conocimiento, sino también en carácter. Os habéis enfrentado a desafíos y los habéis superado. Pero no puedo despedir este curso sin deciros algo que no deseo que olvidéis.       Todos los ojos estaban puestos en él. El aire parecía más denso, más atento.       —El mundo más allá de estos muros está cambiando. Hay voces que susurran, sombras que se alargan. Puede que este verano escuchéis cosas... veáis cosas. Puede que el miedo se cuele en vuestros hogares o en vuestros corazones. —Se detuvo un segundo—. Pero en los tiempos oscuros, es cuando más necesitamos a los valientes. Sed luz. Sed leales. Sed justos. Recordad quiénes sois.       Hubo un silencio reverente. Luego, como si el aire hubiera contenido la respiración, estalló un aplauso sentido, que no duró demasiado. No era una despedida cualquiera.              Tras la cena, los alumnos regresaban a sus torres para terminar de empacar. Algunos corrían con maletas desordenadas, otros aprovechaban para escribir cartas o prometerse visitas en verano. En el segundo piso, Lily, que había sido asignada a una última ronda como prefecta junto a Remus, caminaba sola porque no le había encontrado. Sintió una presencia antes de verla.       —Hola, Severus —dijo con tono seco, sin girarse.       Desde las sombras emergió Snape, con el rostro tenso y ojeroso.       —Hola, Lily.       Ella se volvió lentamente. Lo miró, esperando que hablara.       —Te diviertes mucho con tus nuevos amigos, ¿no? —espetó él sin rodeos.       Lily suspiró, cansada de la misma conversación.       —Sí. Igual que tú con los tuyos.       Snape apretó los labios, buscando no estallar. Cambió de tema, intentando sonar casual.       —¿Vas a estar en casa todo el verano?       —Supongo. Aunque quizás vaya unos días a casa de Alice.       Snape tensó los puños.       —Con ellos…       —Supongo que sí —repitió ella, con una sonrisa apenas dibujada. Pensar en James ya no le causaba incomodidad… sino algo más cálido.       Severus dio un paso hacia ella.       —¿Podremos vernos también?       Lily lo miró, sin rastro de duda.       —No creo que sea lo mejor.       —Lily… ¿Podremos volver a ser amigos?       —Lo seremos cuando dejes de juntarte con esa gente. No te hacen bien. Tú no eres como ellos.       —No son mortífagos —dijo él, casi suplicante.       —Lo serán. Y lo sabes.       —No entiendo que te acerques tanto a Potter.       —Porque ha cambiado. Porque es valiente y leal.       —¡La gente no cambia de un día para otro!       —Tú también has cambiado —dijo Lily con dureza, mirándolo fijamente.       Snape se acercó un paso más.       —Les defiendes demasiado, Lily.       —Son mis amigos.       Él frunció el ceño. Dio un paso más. Le cogió del brazo con fuerza.       —¿De verdad lo son? ¿Potter? ¿Ese arrogante? ¿Sirius Black? ¿Lupin el hombre lobo?       —No tengo que darte explicaciones —dijo ella, intentando soltarse.       Él apretó más. Y entonces, su voz se volvió casi una súplica oscura:       —James Potter te va a defraudar. Pero yo… puedo protegerte.       Lily lo miró con furia.       —¿Tú? ¿Tú que te juntas con los que quieren vernos muertos? No me hables de protección. En lealtad, James te supera sin pestañear.       Las palabras le dolieron a Snape más de lo que quiso admitir. Apretó el brazo de Lily. Ella se quejó, y entonces…       —Snivellus, creo que te ha dicho que la sueltes.       La voz de James resonó como un trueno en el pasillo. Apoyado en la pared, varita en mano, la mirada seria. Snape retrocedió, pero su varita apareció en su mano al instante. Lily sintió que todo podía estallar en un instante.       —¿Qué pasa, Potter? ¿La consideras tan débil que tiene que venir su salvador?       —Lily es la bruja más valiente que conozco —dijo James con firmeza—. Puede defenderse sola. Pero los amigos no se abandonan. Aunque lo tengan todo bajo control.       Lily sintió cómo se le apretaba el pecho. James hablaba en serio. Y hablaba por ella.       —Y por cierto —añadió el chico, dando un paso adelante—sí, si hace falta, daría la vida por ella.       Snape se quedó paralizado ante esas palabras, eran reales. Lily, aprovechando el momento, se liberó de su agarre y caminó hacia James. Le tomó la mano.       —Gracias —dijo, y luego, con voz clara—. No tenemos nada más que hacer aquí.       Antes de irse, se giró una última vez.       —Espero que no te arrepientas de tus decisiones, Severus. Pero si sigues ese camino… nosotros somos incompatibles.       Y sin decir más, se marcharon. Antes de entrar a la torre de Gryffindor, James la detuvo.       —No me cae bien Snape —admitió en voz baja.       Lily rió, reconociendo la verdad que había en esa confesión.       —Pero siento que lo pases mal. ¿Estarás bien?       Ella dudó un segundo. Se preguntó: ¿Lo estaré? Sí. Le dolía haber perdido a Severus. Pero había ganado mucho este año. Había ganado amigas. Y había encontrado, entre bromas y desafíos, algo nuevo con James. Le miró a los ojos.       —Si prometes no olvidarte de mí este verano, estaré bien.       Él parpadeó, sorprendido.       —No me he olvidado de ti en seis años… creo que puedo aguantar un verano más.       Ambos rieron. Entraron a la sala común para recoger sus cosas, sin saber que esa despedida, esa noche… serían recuerdos a los que volverían muchas veces. Porque el mundo estaba a punto de cambiar.              Esa noche, la última del curso, la hoguera ardía en el centro del claro.Una manta de estrellas colgaba del cielo, idéntica a la de la vez anterior, aunque ellos ya no lo eran del todo iguales. Estaban todos.       Lily, al lado de James con los pies descalzos. Sirius tumbado de espaldas sobre la hierba, con una ramita entre los dientes y Kate sentada cerca, riendo por algo que solo él había dicho. Remus, tranquilo, repartía trozos de chocolate, mientras Mary imitaba el canto de un sapo con bastante éxito. Peter intentaba grabar una runa en una piedra “solo para dejar huella”. Alice y Frank, inseparables, compartían una manta. Pippa, con flores trenzadas en el cabello, lanzaba pequeñas burbujas encantadas que subían y explotaban en estrellas diminutas. Y Marlene, más callada, jugaba con su varita, dibujando constelaciones en el aire.       —Esto se siente… raro —dijo Alice, tras un largo silencio lleno de chasquidos de ramas y murmullos de la noche.       —¿Raro bien o raro mal? —preguntó Remus.       —Raro como en… “¿cuántas veces más podremos hacer esto?”, raro.       El silencio volvió, pero más denso. Nadie quería decirlo, pero todos lo pensaban: el último año se acercaba, y después... nadie sabía.       —Oíd —dijo Sirius, girándose hacia el grupo—. Si vamos a mantener esto como una tradición, necesitamos una tontería legendaria para coronar la noche.       —¿Tontería legendaria como qué? —preguntó Frank, recostándose en el regazo de Alice.       —Como… no sé. Robar algo simbólico. Pintar un jabalí con colores. Encantar el tejado del castillo.       —¿Y acabar expulsados antes de séptimo? —gruñó Remus, aunque una sonrisa le traicionaba.       —Tengo una idea —interrumpió Kate, con los ojos brillantes—. ¿Y si subimos a las torres de Astronomía y lanzamos chispas encantadas? Como una especie de firma secreta, pero que puedan ver todos.       Sirius la miró como si acabara de pedirle matrimonio.       —Estoy tan enamorado de ti.       —Lo sé.       —Vale, pero no sin antes hacer una foto —dijo Lily, levantándose—. Una para recordar esta cara que todos vamos a poner cuando Filch nos pille.       Peter ya había sacado una cámara mágica. El grupo se amontonó como pudo: unos sentados, otros en equilibrio sobre piedras, Lily sentada con Marlene. James de pie a un lado, Mary sacando la lengua, Kate con Sirius detrás, abrazándola con descaro. Pippa y Remus de la mano, discretos. Alice apoyada en Frank. Peter corrió para la foto. Click. La cámara capturó la risa justo cuando una chispa del fuego explotaba detrás de ellos.       Luego corrieron al Castillo. Subieron en oleadas, como un pequeño ejército de sombras risueñas pero silenciosas. Las varitas alumbraban escaleras secretas, pasadizos estrechos y techos olvidados. Y entonces llegaron. Los tejados de Hogwarts, bajo la luna de junio, parecían de otro mundo. El lago resplandecía abajo, las ventanas del castillo titilaban como estrellas atrapadas.       —¿Listos? —susurró James.       —¿Alguna vez? —respondió Marlene, y agitó su varita.       James fue el primero. Con un movimiento rápido de varita, hizo aparecer en el aire la silueta brillante de unas gafas con rayos saliendo de ellas. Luego un ciervo que saltaba en círculos alrededor.       —Muy maduro —se burló Marlene, pero con una sonrisa.       Remus alzó su varita y, con un encantamiento en latín apenas susurrado, una figura de lobo se alzó en el cielo. Aullaba sin sonido, envuelto en líneas tenues como de humo lunar.       Sirius, sin perder el ritmo, alzó su varita con una media sonrisa. Un zumbido chispeante iluminó la noche cuando dibujó en el cielo una motocicleta alada, que rugía sin sonido y daba vueltas elegantes entre las estrellas. Tenía el asiento ladeado y un par de lentes de sol flotando sobre el manillar.       —¿Adivinad quién va ahí? —dijo con tono orgulloso.       Pero no se detuvo ahí. Hizo un leve giro de muñeca y, tras la estela brillante de la moto, empezaron a florecer pequeñas lavandas flotantes, girando en espiral, dejando tras de sí una estela morada perfumada con un encantamiento muy leve. Las flores revoloteaban como si fueran mariposas dormidas.       Kate, que hasta entonces se reía con los demás, enmudeció apenas un instante. Luego sonrió de lado.       —¿Lavandas? ¿En serio?       —¿Casualidad? —preguntó Sirius con fingida inocencia       —Eres un desastre encantador —respondió ella, antes de intentar empujarlo suavemente del borde, entre carcajadas.       Sirius se tambaleó en broma, pero recuperó el equilibrio con teatralidad.       —¡Mi amor propio está herido!       —No lo suficiente —murmuró Remus, con una risa discreta.       Pippa, más concentrada, trazó un ojo enorme que parpadeaba suavemente, como si observara al mundo desde el cielo mismo. A su alrededor, pequeñas estrellas giraban en órbitas desordenadas.       —Eso da un poco de miedo —comentó Peter—. Pero bonito. Terror bonito.       Alice hizo aparecer una trenza mágica que se desenrollaba y se volvía a tejer, una y otra vez, flotando como una cinta viva entre las estrellas.       Frank, sonriente, levantó su varita con calma y dibujó la silueta de una brújula, cuyos puntos cardinales parpadeaban hasta formar la torre de Gryffindor en miniatura.       —Para no perdernos nunca —dijo, simplemente.       Peter tardó más, pero logró hacer aparecer un ratón gigantesco que corría en círculos alrededor del ciervo de James y de la moto de Sirius, haciendo que todos se rieran.       —¡Ese ratón va enloquecido! —rió Marlene—. ¡Está a punto de montar la rebelión roedora!       Lily se había quedado callada, observando las figuras. Sus ojos verdes reflejaban las luces del cielo.       —¿Nada, Evans? —preguntó James, medio provocador.       Ella se encogió de hombros. Luego alzó su varita, pensativa, y dibujó una flor: simple, delicada, flotando sola entre las estrellas. Una amapola.       —Silenciosa pero resistente —murmuró.       Desde las salas comunes, menos Slytherin, algunos empezaron a notar las luces. En Ravenclaw, varios estudiantes salieron al balcón, murmurando con sonrisas y aplausos; y en Hufflepuff, lanzaron palomitas encantadas al aire como si fueran fuegos artificiales. Y en Gryffindor, alguien gritó:       —¡LO SABÍA! ¡LOS MERODEADORES HAN HECHO ALGO!       Lily sonrió. Entonces levantó su varita, y con trazos lentos y decididos, escribió: "Somos quienes decidimos ser. Nadie nos controla. Nadie nos posee."              La frase flotó como humo dorado. Todos en el grupo se callaron por un segundo. Incluso Sirius.       —Es tu culpa, Evans —dijo James, con una sonrisa ladeada—. Ahora parece arte.       Y en ese preciso momento, Filch apareció, muy abajo, cruzando el puente del castillo con la linterna en alto.       —¡Estudiantes fuera de la cama!       —Demasiado tarde, viejo —susurró Marlene, y el grupo empezó a bajar corriendo por el otro lado.       Cuando regresaron al claro, sudorosos, despeinados y aún riendo, se dejaron caer como si acabaran de ganar una batalla secreta. Después de un rato de charlas profundas y tranquilas, el fuego en el claro ya era apenas un susurro de brasas. Las voces se habían ido apagando, como si el cansancio se posara suavemente sobre cada uno de ellos.       Pippa, separada un poco del grupo, escribía a la luz temblorosa. Su letra era firme, concentrada. El trozo de pergamino estaba doblado ya por las esquinas, como si quisiera quedarse en el mundo un rato más.       —¿Qué haces? —preguntó Frank, acercándose con una taza humeante.       —Una carta —respondió Pippa, sin levantar la mirada.       —¿Para quién?       Pippa levantó los ojos, pero no contestó enseguida. En cambio, sonrió con suavidad.       —Para nosotros. Del futuro.       Los demás se giraron hacia ella, atraídos por su voz tranquila.       —¿Cómo?       Pippa dobló la carta con cuidado y la ató con un cordón rojo.       —Estoy contando lo de esta noche. Y quiénes somos. Lo que sentimos. No es una carta para leer pronto… Es para dentro de muchos años. Para cuando alguno necesite recordar que esto fue real. Que formó parte. Para cuando alguno… simplemente necesite recordar que no está solo.       James tragó saliva. Marlene se acercó en silencio. Todos pensaron en la enfermedad de Pippa que le robaba años de vida.       —¿Y qué vas a hacer con ella?       Pippa señaló un árbol, justo al borde del claro, donde las raíces sobresalían como brazos cansados.       —Ahí. Enterrada. Que nos espere. Que aguante el tiempo, si puede.       Hubo un silencio. Cada uno firmó la carta con su varita. Luego, sin decir nada más, Remus sacó su varita y movió la tierra con un hechizo sencillo. Pippa colocó la carta envuelta con cuidado, y entre todos la cubrieron otra vez con hojas y tierra.       Entonces, Sirius se agachó. Tocó la corteza del árbol con la yema de los dedos. Susurró algo que nadie entendió, y con un movimiento de varita, grabó en la madera un símbolo: once pequeñas estrellas, formando un círculo. Cada una con una chispa diminuta que centelleó antes de apagarse.       —Para que sepamos que fuimos nosotros, para que el que la necesite la encuentre —dijo simplemente.       Los demás lo observaron en silencio. Lily tenía los ojos brillantes. Peter acariciaba el símbolo como si pudiera guardar la noche en su palma.       —Volvamos —dijo Alice, en voz baja       Y poco a poco, Las Estrellas de Nadie caminaron de regreso al castillo, envueltos en el rumor de la hierba mojada, como una procesión de secretos. De camino, Kate y Sirius se quedaron un poco más atrás que el resto. La noche estaba en calma.       —¿Crees que algún día alguien encuentre esa carta? —preguntó Kate, con la voz suave, envuelta en sombra.       —Solo si es alguien que la merezca —respondió Sirius, sin apartar la vista del cielo.       Ella se giró hacia él. Tenía hojas en el pelo. Y una chispa en los ojos que solo él parecía ver.       —¿Y tú? ¿La leerías si pudieras?       Sirius la miró ahora, de lleno. Sus ojos eran un secreto que no necesitaba palabras.       —No. Yo lo tengo todo aquí —dijo, señalando el pecho—. Y aquí —y luego, le apartó un mechón de cabello de la mejilla—. Tú también.       Kate sonrió. Lo besó despacio, como si aún bailaran entre tejados. Como si fueran intocables. Y, entre las sombras del fin del curso y el principio de la despedida, se besaron bajo un cielo que aún recordaba lo que ellos escribieron.       La Torre de Gryffindor dormía. Solo quedaba el crujido ocasional de una madera antigua, el roce del viento contra las vidrieras, y una figura sentada en su cama, con las piernas cruzadas bajo una manta. Pippa no podía dormir. No por insomnio, sino por deseo de retener.       La noche aún palpitaba bajo su piel. Tenía tierra bajo las uñas, olor a humo en el pelo y el corazón lleno de cosas que no sabía cómo ordenar. Sus dedos seguían el borde de su sábana como si acariciara el margen de algo más importante. Una historia, quizás. Un recuerdo que aún no quería dejar atrás.       Cerró los ojos. Pensó en el fuego. En las estrellas. En Remus sonriendo sin preocuparse por el mañana. En Sirius y Kate bailando como si el mundo no les doliera. En Lily empezando a aceptar a James; en Marlene riendo con Mary, Peter, Frank, Alice… todos ellos. Pensó en la carta. En esa pequeña cápsula de verdad que había enterrado. Sonrió sola y, antes de dormir, recordó las palabras escritas:              Viernes, 24 de junio de 1977.       Esta noche, en el claro al borde del Bosque Prohibido, once personas encendieron un fuego y quemaron las sombras que los seguían. Esta noche no éramos alumnos, ni hijos, ni herederos de nada. Éramos solo nosotros. Las risas que no se pueden explicar. Las miradas sólo tienen sentido cuando sabes toda la historia.       Esta carta es para quien necesite saber que fue real. Que no fue un sueño o una invención. Que existió un instante en el tiempo en que once estrellas se reunieron en la tierra, y decidieron no pertenecer a nadie.       Nos llamamos Las Estrellas de Nadie porque nadie nos dijo cómo ser. Porque este es nuestro momento. Porque el mundo a veces es difícil, y Hogwarts también, y las expectativas pesan como un nombre maldito. Pero aquí, esta noche, no hay linajes. No hay notas. No hay máscaras.       Aquí está Sirius, que se ríe fuerte como si su risa espantara las sombras que lo persiguen. Kate, que ha aprendido a amar sin miedo, con la firmeza de quien elige cada día. James, que no necesita ser valiente cuando sus ojos arden con esa fe intacta en el mundo. Lily, que interroga al universo como si incluso el silencio debiera tener respuestas. Alice y Frank, que se miran como quien ha encontrado un refugio, una certeza suave. Marlene, que sigue brillando con fuerza, incluso en los momentos en que pretende no hacerlo. Mary, que baila como si el mundo no pudiera romperle el ritmo. Peter, que ve más de lo que dice, y guarda secretos entre sus dedos temblorosos. Remus, que acaricia las palabras como si fueran promesas escritas en la piel de las lunas. Y yo, Pippa, que cree que escribirlo todo lo salvará.       Así que lo dejo aquí, bajo este árbol, en la esperanza absurda de que algún día alguien lo lea. Si tú lo haces —quien seas—, cuídalo. Porque nosotros lo hicimos. Porque esta noche fue nuestra. Porque estas estrellas, por un rato, brillaron sólo para nadie. Y eso… eso fue suficiente.                     El humo del tren flotaba como una nube suspendida sobre el andén 9 3⁄4, mientras las voces de familias y el chillido de los búhos creaban un caos encantador. Era el inicio del verano y el final de una era… o eso sentían muchos de los estudiantes de sexto.       Kate bajó del tren junto a Alice, sujetando su baúl con una de las ruedas flojas. Las dos iban riendo por algo que Marlene había dicho minutos antes, cuando Kate se detuvo en seco.       A unos metros, estaban sus padres: Los Bellerose. Impecables como siempre: su madre, recta como una escultura de hielo; su padre, con el bastón apoyado en el brazo y una expresión que no admitía emoción alguna. Kate sintió cómo algo en su pecho se tensaba.       —Están ahí —murmuró.       Alice la miró y enseguida comprendió. Los padres de Kate no se acercaron. Ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada. Era como si ella fuera invisible. Como si no mereciera ni el peso de una decepción. Edward la miró de reojo, pero no dijo nada. Marlene sí lo hizo:       —Adelante, Kate… estamos juntas—susurró desde atrás, con una nota agria pero solidaria.       Kate se quedó quieta unos segundos. Luego inspiró profundamente, alzó el mentón y dio la vuelta.       —¿Te vienes? —preguntó Alice con dulzura.       —Claro —respondió Kate con voz firme.       Cuando empezaron a caminar hacia donde esperaban los padres de Alice, una voz grave y algo vacilante los detuvo.       —Kate.       Era Sirius. Venía solo, con las manos en los bolsillos, como si luchara con algo que no se decidía a decir.       —¿Te vas ya? —preguntó.       —Sí, con los Erhland —respondió Kate, intentando sonar despreocupada.       Sirius asintió y, por un segundo, pareció que ya se marchaba. Pero con una sonrisa se acercó a ella.       —Quería... desearte un buen verano —dijo, clavando los ojos en los de ella—. Y... gracias por este año.       Kate sonrió, algo sorprendida.       —¿Gracias por qué?       —Por estar —respondió, bajando un poco la voz.       Hubo un segundo de silencio. Sirius la abrazó brevemente. No como un adiós frío, ni como un gesto casual, sino como quien reconoce que algo importante está cambiando. Ella se aferró un momento más a él, hundiendo la cara en su cuello, como si quisiera llevarse ese olor consigo. Cuando se separaron, Sirius la miró con una media sonrisa torcida y le apartó suavemente un mechón de pelo de la cara, con un gesto tan íntimo que no dejaba lugar a dudas.       —¿Nos veremos estos meses, no?       —Lo estás deseando, Black—dijo ella con una sonrisa       —Bien, pues, aunque nos veamos estos meses… volverás distinta en septiembre —dijo.       Kate levantó una ceja.       —¿Mejor o peor?       —Imparable —dijo él, y antes de que ella pudiera responder añadió—. ¿Sabes qué fue lo más aterrador del reencuentro con tus padres? —añadió Sirius, bajando un poco la voz—. Tu madre... casi parpadea. Podría haber arruinado el plan.       Kate soltó una carcajada, ahogada y rápida, cubriéndose la boca con la mano.       —¡No digas eso!       —Lo juro. Estaba listo para correr si movía una ceja más.       Ella se rió más fuerte, aliviada. Entonces Sirius se inclinó y la besó. Rápido, pero cierto. Una promesa y un refugio. Cuando se separaron, Kate ya no temblaba.       Desde la distancia, su madre no se movió, pero algo en su expresión —leve como el aleteo de una respiración contenida— pareció suavizarse. Como si, en lo más profundo, agradeciera ver a su hija sonreír.       —Escríbeme —dijo ella, sin necesidad de pedirlo.       —¿Todos los días?       —Día por medio. No quiero que me odies en agosto.       —Hecho.       Por otro lado, Lily estaba de pie junto a James, ambos en silencio, hasta que ella tomó su varita y le dio un golpecito en el hombro.       —¿Nos vemos en agosto?       —Si me das la fecha, me planto en tu puerta —respondió James, sin rastro de broma.       Ella le besó la mejilla y desapareció entre la gente, sin mirar atrás. James se quedó con Sirius y Remus, observando el humo disiparse mientras los últimos baúles desaparecían.       —Un verano más —murmuró Sirius.       —Y solo uno por delante antes de ser adultos —añadió Remus, algo pensativo.       —No hablemos de eso —dijo James con una mueca.       Y los tres, sin apurarse, caminaron hacia la salida. Con los hombros relajados. Con la certeza de que, aunque lo peor se avecinaba en el mundo, por ahora tenían algo indestructible entre ellos. El sol entraba por la estación. Y el verano acababa de empezar.
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