Capítulo 18: Miedo al futuro
25 de abril de 2026, 10:30
Capítulo 18: Miedo al futuro
El sol caía dorado sobre el jardín de los Potter. Había un cuenco con cerezas medio vacío entre ellos. Kate estaba tumbada boca arriba, con los ojos entrecerrados, jugando con una ramita que giraba entre sus dedos.
—Alice y Frank han ido a ver a los abuelos Longbottom este fin de semana —dijo de pronto, sin mirarlo.
Sirius, que estaba apoyado en un codo leyendo a medias un libro viejo de transformaciones, no respondió enseguida.
—¿Sí? —dijo, con tono neutro.
Kate giró la cabeza hacia él. Tenía una expresión tranquila, pero su mirada era clara, sin rodeos.
—Frank quiere pedirle compromiso formal a Alice. Me lo dijo ella.
Sirius dejó el libro en el regazo. Se quedó en silencio unos segundos.
—Bueno… Frank siempre fue muy… correcto —murmuró, con una media sonrisa que no tocaba sus ojos.
—No lo digo por comparar —añadió Kate, suavemente—. Sé que a veces parece que lo hago, pero no es eso. Solo… me hizo pensar. En el tiempo. En lo que viene después.
Sirius se incorporó un poco más, cruzando los brazos sobre las rodillas. Miró al horizonte.
—¿Y qué viene después?
—No lo sé —respondió ella—. Pero sí sé que no quiero quedarme solo con lo que tuvimos en Hogwarts. Quiero tener algo que sea nuestro… incluso si el mundo se cae.
Sirius asintió, lentamente. Su mandíbula se tensó apenas.
—¿Y piensas que eso pasa por… un anillo?
—No —dijo Kate, rápida—. No es el anillo. Es… la certeza. Saber que si todo se tuerce, tú y yo seguimos siendo tú y yo. Con o sin firmas, con o sin apellido.
Un silencio amable se instaló entre ellos. Sirius la observó, notando la lavanda en su muñeca, el detalle rojo de la cadena que siempre llevaba al cuello, la forma en que hablaba sin exigir, pero sin ocultarse.
—A veces —dijo él en voz baja—, me asusta que lo nuestro parezca tan grande que no sepa cómo sostenerlo sin romperlo.
Kate sonrió apenas.
—No hace falta que sea hoy, ni mañana. Solo quería que supieras lo que pienso.
Sirius asintió de nuevo, despacio. Le acarició la muñeca, sin decir nada más. Pero cuando ella volvió a tumbarse y cerró los ojos, él se quedó con una idea vaga, aún sin forma, pesando levemente sobre su pecho.
—¿Y todavía piensas… que yo le tengo miedo al compromiso?
Kate abrió los ojos. Se incorporó de nuevo apoyando una mano sobre la manta, y le sostuvo la mirada. Sonrió, con una de esas sonrisas suyas, suaves y ciertas, que hacían que Sirius sintiera que el mundo era más claro cuando ella lo miraba así.
—¿Lo tienes? —le devolvió con calma—. ¿Tú qué piensas?
Sirius abrió la boca, luego la cerró. Bajó la mirada a sus manos.
—No lo sé —confesó —. Tal vez… tal vez no es miedo. Solo que… no me enseñaron a pensar en el “para siempre” como algo real.
Kate no dijo nada enseguida. Solo lo observó, con una ternura que no necesitaba palabras. Luego, como si no quisiera asustarlo con más preguntas, se limitó a decir:
—Pues yo sí puedo imaginarme un futuro contigo. No me da miedo.
Sirius levantó la mirada, y se encontró con esos ojos castaños que tantas veces le habían hecho sonreír. Ella se acercó y le besó. Cuando se separaron, Kate apoyó la frente en la suya y dijo, apenas en un susurro:
—Y aunque no lo sepas aún… yo puedo esperarte.
Sirius no respondió. Solo cerró los ojos un segundo más, y apretó con suavidad su mano entre las suyas. Y el sol siguió bajando, cálido, como si supiera guardar secretos.
Esa noche, la casa de los Potter estaba en silencio. Sirius bajó las escaleras en calcetines, en parte porque no podía dormir, en parte porque el eco de la conversación con Kate aún le giraba por dentro. Se dirigía a la cocina cuando notó la luz tenue de la sala encendida. Fleamont Potter estaba allí, leyendo un libro con gafas finas de montura dorada. Levantó la vista cuando Sirius asomó.
—¿Sin poder dormir o vienes por otro trozo de tarta? —preguntó con una sonrisa tranquila.
Sirius sonrió de lado, medio encogiéndose de hombros.
—Un poco de ambas, quizás.
—Ven, siéntate. A esta hora uno no necesita excusas para hablar.
Sirius se sentó frente a él, hundiéndose en el sillón como si llevara años haciéndolo. Durante unos segundos no dijo nada. Jugó con el dobladillo de la manga del jersey. Luego, sin levantar la mirada, dijo:
—¿Usted alguna vez… tuvo miedo de amar a Euphemia?
Fleamont lo observó con un nuevo interés. Cerró el libro con calma, lo dejó a un lado.
—¿Miedo?
—No por ella. Por usted. Por lo que traía consigo. —Sirius tragó saliva—. Por si al amarla… podía ponerla en peligro.
Fleamont no respondió de inmediato. Su mirada se perdió un momento hacia la ventana. Luego volvió a Sirius, con ese tono de quien sabe cuándo hablar.
—Sí. Claro que tuve miedo. El mundo era distinto entonces, pero no tanto como creemos. Uno teme no estar a la altura, teme que lo que arrastra acabe por ensuciar lo que toca.
Sirius asintió con lentitud. Sus ojos brillaban
—Kate… Ella confía en mí. Y yo no siempre sé si puedo protegerla de lo que me persigue. De mi apellido. De lo que podría venir. O de la consecuencia que pueda venir de que ella me ame.
—¿Y crees que protegerla significa alejarla? —preguntó Fleamont, con suavidad.
Sirius alzó la mirada. No respondió. Fleamont se inclinó apenas hacia adelante.
—Hijo, proteger a alguien no siempre es poner un escudo entre ellos y el mundo. A veces es caminar a su lado, aunque tiemble el suelo. Que ella elija estar ahí, sabiendo todo lo que sabe… eso no es una debilidad. Es su fuerza. Y la tuya, si la aceptas.
Sirius respiró hondo, como si hubiera estado conteniendo algo sin saberlo.
—¿Y si le pasa algo por mi culpa?
—Entonces vivirás con ello. Pero si la alejas y aún así algo le pasa… vivirás con algo peor: la certeza de que no estuviste cuando debías. —Fleamont sonrió, con un gesto leve pero profundo—. El amor no te hace débil, Sirius. Solo te recuerda lo que estás dispuesto a perder. Y por eso vale tanto.
Silencio. Esta vez, cómodo. Sirius miró sus propias manos, y por primera vez en semanas, sintió que el peso del miedo se hacía un poco más liviano.
—Gracias —dijo al fin, en voz baja.
Fleamont le palmeó el hombro mientras se ponía en pie.
—Anda, vete a dormir. Mañana será otro día para querer mejor y aprenderás a entender lo que te digo poco a poco.
Sirius asintió. Y aunque no todas las respuestas estaban claras, algo dentro de él había cambiado.
Los días de verano iban pasando poco a poco. El sol parecía instalarse en el cielo sin prisas, y los planes se sucedían uno tras otro entre risas, cartas voladoras, partidas de ajedrez mágico y tardes de quidditch improvisado. Aun así, el grupo no estaba completo. Lily había pasado unos días con sus padres en la costa; Peter viajaba por Francia con su familia, enviando postales desde cada pueblo que visitaba; y Remus, como siempre cuando se acercaba la luna llena, se había quedado en Hogwarts bajo el cuidado de la enfermera Pomfrey.
Pero ese día, por fin, Moony regresaba. James y Sirius lo esperaban en la casa de los Potter con verdadera emoción, como si no lo hubieran visto en años.
—¿A qué hora dijo que llegaba? —preguntó Sirius por tercera vez, mirando el reloj sin paciencia.
—A media tarde —respondió James, recostado en el sofá—. Así que probablemente… ahora.
Como si hubieran invocado sus pasos, se oyó el timbre. James se puso en pie, pero Sirius ya había salido disparado hacia la puerta.
—¡MOONY! —gritó, abriendo de golpe.
En la puerta, de pie, estaba Remus Lupin. Llevaba el rostro algo pálido, una cicatriz reciente cruzándole la clavícula visible bajo el cuello mal abrochado de la camisa, pero sonreía.
—Sirius, ten cuidado… Aún no estoy del todo entero —dijo con una risa ronca.
—Bah, si puedes hablar, puedes con un abrazo —respondió Sirius, apretándolo igual.
James llegó detrás, sonriendo.
—Espero que tengas la fuerza suficiente para una cerveza. Hemos reservado mesa en el pub.
Remus asintió.
—Para eso siempre hay fuerzas.
Después de pasar a saludar a los señores Potter y dejar su maleta en la habitación de invitados, los tres amigos salieron a caminar mientras el cielo se teñía de naranja. La brisa era suave, y el aire olía a césped recién cortado.
—¿Sabes qué fue lo peor esta vez? —comentó Remus, mientras caminaban por un sendero del parque— Pomfrey me obligó a quedarme un día extra por precaución. Pero creo que solo quería ganarme otra partida de cartas.
—¿Y ganaste? —preguntó James.
—Por supuesto que no. Creo que hace trampas con la magia. Pero no puedo demostrarlo.
Los tres rieron. Acabaron en su pub favorito, un local discreto, de paredes con magia amortiguada y velas colgantes, frecuentado por magos jóvenes y brujas de paso. En un rincón tranquilo, pidieron cervezas de mantequilla y algún que otro trago más fuerte que Sirius insistió en probar “por cultura general”, aunque la verdad era que necesitaba algo que lo hiciera callar por dentro.
Las conversaciones fluyeron como siempre: bromas, anécdotas, alguna burla bien colocada sobre el último partido de Quidditch. Hablaron un poco de los Mortífagos, pero James cambió el tema con rapidez.
—Por cierto —dijo Sirius, tras una pausa, mientras giraba la servilleta entre los dedos y quitándole importancia—. Kate me habló de algo…curioso el otro día. Bueno… ya lo habíamos hablado antes. Hablamos del futuro. De compromiso.
James escupió un poco de cerveza por la nariz, atragantándose entre risas. Remus se echó hacia atrás, soltando una carcajada ronca.
—¿Comprometerte tú? —se burló James—. ¿Tú, que dudaste quince minutos antes de comprar aquella chaqueta porque pensabas que te iba a cansar el color?
—Era porque no sabía si pegaba con mi moto —respondió Sirius, fingiendo indignación.
Los tres rieron. Pero Sirius sonrió más despacio. En su interior, la certeza que había sentido la noche anterior —la que Fleamont había despertado en él como una llama tranquila— titubeó. Por un instante, pareció ridícula. Frágil. Demasiado vulnerable para dejarla a la intemperie. Kate le exigía demasiado… estar con ella pedía ser más de lo él podía ofrecer.
—Exacto —dijo Sirius, escondiéndose tras su tono habitual—. Le dije que no tenía ni idea de dónde sacaba eso. Pero no lo decía en broma, ¿sabéis?
—Quizá quiere ver hasta dónde estás dispuesto a llegar —dijo Remus, encogiéndose de hombros mientras jugaba con su anillo de plata.
—Pues no tan lejos como eso —dijo Sirius aunque ni él mismo creyó sus palabras—. Pero también es verdad que nunca… nunca había estado con alguien tanto tiempo. No así.
James y Remus intercambiaron una mirada. Esta vez no se burlaron. Pero tampoco captaron del todo el peso de lo que Sirius no estaba diciendo.
—¿Te gusta de verdad? —preguntó James, medio en broma, medio en serio.
Sirius bajó la vista a su vaso y suspiró.
—Sí —respondió, con una honestidad que se coló entre las palabras—. Me gusta más de lo que pensaba que podía gustarme alguien. Creo que ya es más que un “me gusta”. Y eso me asusta un poco.
Remus ladeó la cabeza, viendo a su amigo con atención.
—No tienes que tener todas las respuestas ahora, Padfoot. Es solo… un año más. Después ya veréis qué queréis hacer. No hay prisa.
—Exacto —añadió James, alzando su jarra—. Brindemos por planes que no hay que cumplir y por no hacernos mayores todavía.
Chocaron las jarras con esa facilidad de los años compartidos. Sirius bebió con ellos. Sonrió. Pero algo en su mirada se quedó en otro lugar. Porque él sí sentía la prisa. Porque, por primera vez, el futuro no era una amenaza, era una posibilidad.
La noche siguió. Más risas. Más historias. Un poco de licor de frambuesa que James odió y que Sirius terminó por pura testarudez.
Cuando ya se iban, James pagó la cuenta y Sirius se quedó unos segundos rezagado junto a la barra. Sacó una moneda de oro y, sin que lo vieran, la dejó dentro del cuenco de cristal de las propinas. Luego, sacó de su bolsillo algo pequeño: una flor de lavanda seca, aún con su perfume sutil, y la dejó a un lado del posavasos.
—¿Vamos, Black? —llamó James desde la puerta.
—Sí, voy —respondió Sirius, y al volverse, James lo observó un momento más largo de lo normal. Había algo en su mirada que no cuadraba con la imagen del amigo bromista que conocían.
James no dijo nada. Pero algo se quedó con él. Tal vez el eco de esa lavanda, o el modo en que Sirius había dicho “Me asusta un poco”. Tal vez —pensó mientras se alejaban por el callejón—, no era tan pronto como ellos creían. Y tal vez Sirius sí estaba cambiando. Solo que, esta vez, no hacía ruido al hacerlo
Esa tarde de verano caía con suavidad sobre la casa de los McKinnon. En la sala, las tazas humeaban entre ellas, sobre una bandeja de madera repleta de dulces.
—¿Y entonces? —preguntó Marlene, mientras revolvía el té con una ramita de canela—. ¿Qué pasó después de esa famosa conversación con Sirius en casa de los Potter?
Kate bajó la mirada, esbozando una sonrisa casi tímida.
—No mucho… Pero fue raro. Como si le hubiera dicho algo que no se suponía que debiera decirse.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Marlene con interés.
—Solo hablé del futuro. De cómo me gustaría que fuera. Lo dije sin pensar demasiado, y de pronto... él se quedó en silencio. Como si le hubiera dado miedo la idea.
Marlene apoyó la espalda contra el sofá y asintió lentamente.
—Sirius y el futuro no se llevan muy bien —dijo, con una sonrisa—. Siempre le han enseñado que nada dura demasiado.
—Ya… pero yo no quiero tener miedo por él —dijo Kate en voz baja—. Quiero creer que puede durar, incluso si no sabemos cómo. ¿Eso suena ridículo?
—No —contestó Marlene enseguida—. Suena valiente. Y bonito. ¿Le quieres mucho?
Kate notó como sus mejillas se sonrojaron y, mirando hacía su taza de té, asintió despacio. Luego, decidió cambiar de tema.
—¿Y tú? —preguntó—. Te he visto mirar el reloj más veces de lo normal últimamente.
Marlene se tensó apenas, lo justo para que Kate lo notara. Miraba el reloj porque esa noche había quedado con Edward a escondidas.
—¿Yo? No… bueno, puede que haya alguien, pero aún no estoy segura de querer hacerlo público —respondió, encogiéndose de hombros con una sonrisa rápida, como quien pasa página antes de leerla entera.
—¿Lo conozco? —preguntó Kate, más atenta ahora.
—Sí, lo conoces —respondió Marlene, demasiado tranquila. Luego, con un gesto despreocupado, añadió—. Todavía estamos empezando y solo... me hace pensar un poco. No pasa muy seguido.
Kate la miró de reojo. Marlene evitaba su mirada, jugueteando con la cuerda de su taza, conocía a Kate. Sabía que ella estaba intentando leerle el pensamiento y ese gesto nervioso no era común en ella.
—¿Es de Hogwarts?
—Sí. Estuvo.
—¿De nuestra edad?
Marlene se rió.
—Vaya, ¿esto es un interrogatorio?
—No. Pero me da curiosidad. Y además, no quiero enterarme por Mary de que estás en medio de una historia dramática con alguien improbable como... no sé, Amos Diggory.
—¡Por favor! —dijo Marlene, fingiendo indignación—. Dame algo de crédito. No estoy tan desesperada.
Kate sonrió, pero no dejó de observar. Había una luz nueva en los ojos de Marlene, una que no había estado ahí unos meses antes. Y recordó, sin quererlo, la forma en que Edward —su hermano— había mirado de forma casi imperceptible hacia Marlene cuando se cruzaron en el andén la última vez.
—¿Y qué te hace dudar? —preguntó finalmente.
Marlene se quedó en silencio unos segundos. Luego contestó:
—No quiero arruinar algo que apenas está empezando. Y… no sé si es algo que el resto entendería del todo.
Kate entendió, como si algo dentro hiciera clic. Pero antes de poder decir algo más, Marlene se levantó de golpe.
—Ven, vamos al jardín. Te dije que el jazmín está floreciendo otra vez —dijo con una sonrisa ancha, casi convincente.
Kate dudó, pero se puso de pie también.
—¿Un día me lo contarás?
Marlene no la miró directamente cuando respondió:
—Cuando esté lista. Lo prometo.
Y mientras salían al jardín, con los pies descalzos y la luz del sol filtrándose entre las ramas, Kate no dijo nada más. Pero algo dentro de ella le susurraba que ya sabía la verdad. Solo que no estaba segura de querer oírla en voz alta, así que lo ignoró.
Unos días después, habían quedado todos en la casa de Pippa. Con su jardín amplio y rodeado de arbustos.
—¡Lo encontré! —gritó James alzando en alto un flotador en forma de hipogrifo con expresión bizca—. ¡El último sobreviviente de los juegos de verano del 76!
—Recuerdo eso —dijo Pippa, acomodándose su sombrero de ala ancha mientras dejaba un bol con limonada en la mesa del porche—. También recuerdo cómo explotó cuando Sirius intentó montarlo a lo vaquero.
—Difamación —protestó Sirius, ya con una camisa abierta sobre su traje de baño—. Fue Remus el que lo pinchó con una uña por accidente. ¿Verdad, Moony?
Remus, hundido hasta el pecho en la piscina, solo alzó una ceja desde su posición flotante en una colchoneta encantada que seguía girando suavemente como si estuviera en un lago perezoso.
—Me niego a responder ante tal comentario.
Mientras tanto, Marlene y Alice estaban ocupadas en su propio ritual: pelearse con el protector solar mágico que, por alguna razón, insistía en esparcirse con dibujos animados de criaturas marinas.
—¿Quién inventó esto? —se quejó Alice mientras una caricatura de un calamar se estampaba en su pierna—. No me importa que sea resistente al agua, ¡parezco un álbum de criaturas del mar!
—Pero míralo, está adorable —dijo Marlene, señalando su propio hombro donde un tritón guiñaba un ojo cada vez que se movía.
Kate, por su parte, estaba sentada en el bordillo de la piscina. Llevaba un bañador entero, de líneas sencillas y oscuras, que cubría completamente su costado izquierdo. Era una elección pensada: aún no se sentía preparada para mostrar las cicatrices que, desde hace meses, llevaba como recordatorio silencioso. Las cubría siempre —antes con vendajes, ahora con tela y con magia—, incluso frente a Sirius. No porque desconfiara de él, sino porque había heridas que tardaban en dejarse ver, aunque ya no dolieran
Lily y Mary, desde una sombrilla hechizada que seguía sus movimientos para darles sombra constante, se pasaban un bol de frutas y comentaban con sonrisas suaves cada mini drama en la piscina.
—Kate y Sirius se están ignorando con mucha intención —murmuró Mary.
—Eso solo puede significar una cosa —dijo Lily con conocimiento de causa—. Pronto alguien va a terminar lanzado al agua.
Como si hubieran invocado un hechizo, Sirius apareció detrás de Kate justo cuando ella comenzaba a ponerse de pie y la alzó en el aire con un grito de guerra.
—¡Esto es por no dejarme ponerte el protector solar!
—¡Sirius, ni se te ocurra! —chilló Kate entre risas, intentando zafarse. Pero ya era demasiado tarde. Con un gran chapoteo, ambos cayeron al agua entre carcajadas.
—¡Uno a uno! —gritó Marlene—. ¡Lily, estás a salvo solo por ahora!
Y así siguió el día. El sol empezó a bajar lentamente. Las toallas se esparcían sobre la hierba, y las risas aún salpicaban el aire como si fueran parte del verano mismo.
Unos días después, la habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz cálida que entraba por los ventanales altos. La casa de campo que Edward había conseguido para unos días en el norte de Escocia tenía esa paz que parecía pensada para ellos.
La piel de Marlene aún estaba tibia bajo las sábanas. Edward tenía una mano en su espalda desnuda, dibujando con la yema de los dedos formas que no tenían nombre. Respiraban al mismo ritmo.
—Estás pensativa —murmuró él, sin moverse.
Marlene no respondió de inmediato. Se giró, apoyando la mejilla en su pecho. Su dedo trazó la línea de una de sus clavículas, sin prisa.
—Es Kate.
Edward no dijo nada.
—No se lo hemos dicho —continuó Marlene—. Pero lo ha sospechado. Lo noto en su forma de mirarme cuando digo que le contaré todo cuando esté lista… y cuando calla después. Intentará que se lo diga.
—¿Te da miedo lo que piense de nosotros?
—No. —Levantó la mirada para encontrar sus ojos—. Me da miedo que piense que yo no confié en ella. Que le oculté algo importante. Que traicioné esa confianza que hemos tenido toda la vida.
Edward la miró con ternura.
—Tú no le estás fallando, Marlene. Solo estás intentando proteger lo que tienes con ella… y lo que tenemos nosotros.
Ella asintió. Edward deslizó su mano hacia su rostro y la acarició con la palma abierta.
—Díselo cuando estés lista. Yo puedo esperar, pero no quiero que esto sea un secreto.
Marlene cerró los ojos, respirando hondo.
—Es que es tan real que asusta. A veces no entiendo cómo pasó. Cómo pasamos de aquellas tardes siendo niños en mi jardín a esto… a querer quedarme en cualquier lugar si estás tú.
Edward sonrió apenas, apoyando la frente en la de ella.
—Yo sí lo entiendo. Creo que siempre supe que eras tú. Desde hace más tiempo de lo que puedo admitir sin que suene ridículo.
Se quedaron así unos segundos. Luego, Marlene se acomodó de nuevo sobre su pecho.
—¿Sabes lo que más miedo me da?
—¿Qué?
—Que si esto se rompe por cualquier motivo, pierda a los dos. A ti y a ella.
Edward la abrazó con más fuerza.
—Entonces no dejemos que se rompa. Hablemos. Peleemos si hace falta.
Ella asintió, respirando con más calma. La noche caía afuera con suavidad. Y aunque todavía no sabía cómo diría las palabras que guardaba, Marlene supo que no quería volver a fingir que no pasaba nada. Porque lo que tenía con él ya no cabía en los márgenes de un secreto
Ese mismo día el sol de la tarde en Godric Hollow comenzaba a dorar los árboles que rodeaban el jardín de los Potter cuando Sirius y James aparecieron con un crack seco a unos metros de la entrada. Sirius llevaba las manos en los bolsillos y una expresión algo más seria de lo habitual. James, por su parte, no parecía haber notado aún el peso que arrastraba su amigo.
—¿Y entonces qué pasa con Marlene? —preguntó James mientras subían los escalones del porche.
Sirius resopló, sin volverse.
—Le dijo a Kate que se iba a Escocia este fin de semana. “A desconectar”, dijo. —Hizo comillas en el aire con sarcasmo—. Pero estoy casi seguro de que se fue con Edward. Kate aún no lo sabe del todo, pero lo intuye.
James se detuvo antes de abrir la puerta, frunciendo el ceño.
—¿Con tu cuñado?
—No es mi cuñado, pero sí con él. —Sirius giró hacia él, apoyándose contra la barandilla—. Y no es que tenga un problema con Edward, pero joder… ¿Por qué ocultarlo? Marlene le está dando vueltas como si Kate fuera a explotar. Y es cierto que no sabemos cómo va a reaccionar…y que puede asustar…porque Kate es muy sensata…
James ladeó la cabeza entendiendo que ese comentario no era solo por lo de Marlene.
—¿Y Kate?
—Quedó con Mary. Iban de compras. O eso dijo. —Hizo una mueca—. Aunque la noté un poco callada esta mañana. Como si ya supiera más de lo que quiere admitir.
James suspiró.
—Esto va a estallar en algún momento. Lo sabes, ¿no? Kate no dejará de pasar una.
—Sí. Pero espero que no sea de la peor forma y que yo no lo fastidie.
—No tienes porque fastidiar nada, Padfoot… es algo entre Kate y Marlene.
Sirius no parecía convencido, reconocía en él más que la simple preocupación por lo de Marly. Entraron al salón, donde Remus ya estaba en uno de los sillones, hojeando un periódico enrollado, mientras Pippa leía un libro en el suelo. Levantó la vista al verlos entrar y sonrió con suavidad.
—Pensé que no llegaríais nunca.
—Culpa de Sirius, que camina como si tuviera todo el tiempo del mundo —dijo James, dejándose caer en el sillón frente a Remus.
—¿Y esa cara, Black? —preguntó Remus, dejando el periódico—. ¿Dramas del corazón?
Sirius no respondió de inmediato. Pippa le ofreció una taza de té y él la aceptó sin protestar, sentándose junto a ella. Se limitó a decir:
—Nada que no se complique solo.
James, que lo conocía demasiado bien, decidió desviar el tema.
—¿Cómo va el mundo?
Pippa intercambió una mirada breve con Remus antes de contestar.
—Tranquilo, por ahora. Aunque… —miró hacia la ventana— hubo un ataque en las afueras de Norwich hace dos días. Una familia entera. No eran conocidos, pero sí sangre mestiza. Empieza a parecer algo sistemático.
Remus asintió..
—Esta mañana recibí una carta de Fabián Prewett. Alguien pasa información porque son demasiadas coincidencias. Quiere que estemos atentos en Hogwarts al volver.
Sirius bajó la mirada hacia la taza. Su expresión se endureció por un segundo.
—Y mientras tanto, nosotros preocupados por si alguien se va a Escocia a besarse a escondidas.
Pippa puso cara de confusión, no entendió las palabras de Sirius. James se levantó con un suspiro y estiró los brazos.
—Bueno, si este mundo se va al carajo, al menos será con buena compañía.
—Y buena cerveza —añadió Remus, alzando la suya.
Las risas fueron suaves. Pero en algún rincón de su mente, Sirius no podía dejar de pensar en Kate, en Marlene, en Edward. Y en cómo todo podía cambiar con una sola frase no dicha.
Kate y Mary caminaban por la calle principal con bolsas en los brazos y helados medio derretidos en las manos.
—¿Seguro que no quieres parar en la tienda de dulces? —preguntó Mary, dándole un mordisco a su cucurucho de fresa—. El verano no cuenta si no compras chocolate de menta.
—Después. Me siento como si llevara una tonelada de cosas ya. —Kate sonrió, pero no del todo.
Mary la miró de reojo. Había aprendido a leer ese tipo de sonrisa en Kate: parecía normal, pero le faltaba algo.
—¿Estás bien? —preguntó casualmente—. Estás más callada de lo habitual, y eso que yo hablé más de una hora sobre la nueva túnica que quiero.
—Solo pensaba. —dijo mientras miraba una floristería—. ¿Sabías que Marlene se fue a Escocia este fin de semana?
Mary parpadeó y fingió sorpresa con una habilidad casi convincente.
—Sí. Al norte, ¿no? Aunque no he recibido cartas suyas.
—Sí. Me lo dijo hace un par de días porque necesitaba desconectar. —Kate se detuvo frente a un escaparate, disimulando mientras estudiaba la reacción de su amiga.
Mary se encogió de hombros, mirando una planta carnívora que giraba levemente en la vitrina.
—Bueno… Marlene siempre ha sido capaz de escaparse cuando se le cruza algo por la cabeza. Lo hace desde cuarto. ¿Por qué está vez te parece raro?
—No raro. Solo… no sé. Hay algo secreto. Ni me dijo con quién iba.
Mary se lamió un poco de helado que goteaba por su dedo y evitó la mirada directa de Kate.
—Tal vez fue sola, lo que suele hacer. O con alguien que no quería que los demás molestasen. Tú sabes cómo es.
Kate no contestó de inmediato. Se quedó mirando la planta en el escaparate, distraída.
—¿Tú crees que está saliendo con alguien?
Mary dudó una fracción de segundo.
—No me ha dicho nada —mintió con ligereza—. Aunque… ahora que lo dices, a veces parece que anda más colgada de lo normal. ¿Tú qué crees?
Kate se giró hacia ella con una mirada inquisitiva.
—No sé. Pero tengo esa sensación. Como si estuviera ocultando algo… y no sé si me molesta más lo que sea, o el hecho de que crea que no puedo entenderlo.
Mary puso una mano en su brazo.
—Si es importante, nos lo dirá cuando esté lista. Marlene es así. Puede ser un misterio, pero no es cruel. Solo necesita tiempo, la conocemos desde hace años.
Kate la siguió, aunque la duda ya se le había quedado en el pecho como un peso leve pero persistente. Porque conocía a Marlene y también conocía a su hermano. Y algo dentro de ella empezaba a encajar. Aunque todavía no estaba lista para admitirlo.
Cuando Marlene regresó de Escocia, fueron todos a pasar la mañana a su casa. Sirius hablaba con Remus y Pippa en un rincón; James hojeaba una revista del Profeta Dominical. Kate, sentada junto a Alice, miraba de vez en cuando a Marlene que aún bebía de su taza de té mientras Mary le comentaba algo sobre Fabián.
—¡Sí que pasan cosas en poco tiempo!—La voz de Marlene llenó la sala como si no llevara dos días fuera.
—Y más si hablamos de personas inquietas… —dijo Alice, sonriendo y mirando a James y Sirius.
Kate se incorporó lentamente.
—¿Cómo estuvo Escocia?
—Bien —respondió Marlene, rápido—. Tranquilo. Mucha lluvia.
—¿Y dónde estuviste exactamente?
Marlene parpadeó, algo desconcertada. James, desde su rincón, levantó la vista del periódico. Sabía las intenciones de Kate.
—Por las Highlands —dijo ella, aparentando naturalidad—. Fuimos a ver unos acantilados cerca de Oban.
—¿"Fuimos"? —Kate ladeó la cabeza—. ¿Fuiste con tu madre?
—No, mi madre se quedó en Londres… pero fui a casa de una amiga suya. Se dedica una de esas rutas de medicina alternativa o no sé qué. Me ayudó mucho cambiar de aire.
Sirius se levantó acercándose a Kate y dándole un beso en la mejilla.
—¿Qué tal si nos vamos a Londres antes de que cierren las buenas tiendas de segunda mano? Queríamos comprar una pluma nueva antes de empezar el curso.
—Sí, ¡tengo que recoger un libro reservado para Lily del otro día! —apoyó James, levantándose rápido.
—Buena idea —dijo Kate con una sonrisa suave.
Marlene con el eco de las preguntas de Kate y un nudo formándose en la garganta, sabía que no tenía mucho tiempo antes de que empezara a atar todos los cabos si no es que ya lo había hecho.
En Diagon Alley decidieron parar a tomar algo en la terraza de un café mágico. Kate giró lentamente su copa de café frío entre las manos.
—¿Y no hiciste ninguna foto del viaje, Marly?
Marlene la miró, notando el filo escondido en la pregunta.
—No… no era un viaje de esos.
—Vaya, ni una de los acantilados —continuó Kate—. Tú, que hasta le haces fotos a las nubes.
—Kate, ¿qué me quieres preguntar realmente? —preguntó Marlene con un poco de desafío.
Sirius y James intercambiaron una mirada fugaz. Sabían lo que venía, las conocían desde hace años. Kate y Marlene casi nunca peleaban, pero cuando lo hacían era casi como una guerra mundial.
—Solo que me cuesta entender por qué has estado tan… misteriosa —dijo Kate, más bajito—. Es como si tuvieras que esconder algo. Es cierto que en verano sueles viajar, pero esta vez… es diferente.
Marlene dejó su vaso sobre la mesa despacio.
—Bueno, algunas cosas han cambiado en mí y puede que todavía no quiera compartirlo. Ya te lo había dicho antes.
A Kate le impresionó esa respuesta, al fin y al cabo Marlene y ella eran amigas desde muy pequeñas.
—Pero, ¿por qué?
—Quizá porque sabía que ibas a reaccionar así —murmuró ya un poco enfadada por el interrogatorio delante de todos.
—¿Así cómo?
—Como si necesitarás saberlo todo o que todo lo que no comprendes es una ofensa personal hacia ti.
—No pienso que sea una ofensa personal, solo me pregunto qué te hace esconder algo, Marlene.
Hubo un silencio tenso. Alice intentó pensar algo que decir, pero no fue tan rápida. Marlene ya se había puesto de pie con enfado.
—Creo que voy a volver a casa, todavía sigo cansada y no es el momento ni el lugar. Si quieres preguntarme algo sobre mi vida personal no hace falta que me presiones delante de todos. —dijo sin mirar a nadie—. Nos vemos otro día.
—Marlene… —empezó Alice.
—No pasa nada —interrumpió ella, luego miró a Kate—. Solo no estoy dispuesta a pasar por un interrogatorio como si fuese una criminal de Azkaban. Pensé que sabías respetar los tiempos de otros.
Marlene se giró y caminó entre la gente, con los hombros tensos. Nadie la detuvo. James miró a Kate, pero no dijo nada. Sirius suspiró y se pasó una mano por el pelo, visiblemente molesto. Kate bajó la mirada a su bebida, sabiendo que había cruzado una línea… pero sin estar segura aún de si su rabia venía del secreto en sí o de haber actuado de una forma infantil.
Remus miró desconcertado.
—¿Qué demonios ha sido todo eso? No es normal que se marche así.
—¿Qué te ha pasado…? —preguntó Alice, mirando a Kate con preocupación.
Kate no respondió. Seguía mirando el lugar que Marlene había dejado vacío. James se inclinó hacia ella, los codos sobre la mesa.
—¿De verdad hacía falta eso? —preguntó, sin dureza, pero sin suavidad tampoco.
Kate tragó saliva, cruzando los brazos.
—Solo quería saber por qué no lo cuenta. Siempre hemos hablado de todo…
—A veces no es tan fácil decir las cosas—murmuró Sirius, sin mirarla directamente.
—¿No es fácil confiar en alguien que conoces desde hace años? —replicó Kate.
James la observó unos segundos.
—¿Y tú te has parado a pensar por qué no te lo cuenta? —dijo finalmente—. Tal vez el problema no está en ella o el miedo le paraliza.
Kate parpadeó, herida.
—¿Qué estás insinuando?
Sirius se recostó en la silla, soltando un suspiro largo antes de decir:
—Que a veces, sin darnos cuenta, no dejamos espacio para que los demás se equivoquen… o simplemente elijan sin pedirnos permiso.
Remus ladeó la cabeza, aún sin entender del todo. Pero Alice, que había seguido el intercambio con atención creciente, pareció captar algo.
—¿Qué no estáis diciendo? ¿Qué pasa con Marlene?—preguntó.
Sirius apretó la mandíbula, pero fue James quien respondió, eligiendo con cuidado sus palabras.
—Solo que Marlene… no fue a Escocia sola.
—Eso ya lo había intuido… Pero, ¿con quién fue?
—Dilo tú misma.—dijo James mirando a Kate.
Los ojos de Kate se agrandaron un segundo.
—No… —murmuró—. No puede ser. Ella me lo habría dicho.
Alice, Remus y Pippa la miraban sin entender, pero el temblor en los labios de Kate ya hablaba por sí solo.
—En el fondo—dijo James tranquilamente —ya lo sabías...solo querías confirmarlo con ella.
—Edward
—Kate… —intentó Sirius, suavemente—. No era algo planeado. Les pasó.
—¿Y tú lo sabías? —le lanzó ella.
—Lo supe hace poco. Desde hace unas semanas, desde la fiesta de los Rosie. Pero no era yo quien debía decírtelo.
El rostro de Kate se tensó de inmediato. Recordó a las dos personas besándose en el jardín en medio de la fiesta.
—No sabíamos cómo manejarlo —añadió James—. Pero Marlene no estaba jugando contigo, ni tampoco Edward. Ninguno de los dos, solo necesitaban tiempo.
Sirius se quedó inmóvil un segundo. La conocía. Conocía como su rabia se iba apoderando de ella. Kate le miró directamente.
—¿Y no pensaste que decirme que mi mejor amiga estaba saliendo con mi hermano era algo… relevante?
James bajó la mirada, removiendo el vaso entre las manos.
—Kate… no era nuestro lugar. Ni nuestra información.
—¿No era vuestro lugar? ¡¿Y sí lo era mentirme a la cara cuando os preguntaba si sabíais algo?! ¡Sabíais que estaba preocupada!
—No te mentimos —dijo Sirius, con la mandíbula tensa, y empezando a perder la paciencia—. Solo no lo dijimos.
—¡Lo sabías y me dejaste interrogarla como si fuera una criminal!
—No soy culpable de cómo has querido interrogarla, eso ha sido decisión tuya.
—¡Me dejaste estrellarme de esa forma!
Sirius se movió en su silla, porque tenía razón, podía haber evitado que la preocupación de Kate fuera en aumento y evitar lo ocurrido. Pero todavía estaba nervioso por esa conversaciones sobre el futuro, por eso soltó con un tono más seco del que pretendía:
—Es que tú tampoco lo pones fácil, Kate. A veces reaccionas como si el mundo girara alrededor de tus expectativas.
El silencio fue inmediato. James cerró los ojos sabiendo que Sirius la había fastidiado. Remus, Alice y Pippa bajaron la mirada. Kate lo miró como si él le acabara de golpear con algo.
—¿Perdona?
Sirius se dio cuenta de lo que había dicho. Pero era tarde, Kate se levantó con la frente en alto, aunque parecía que estaba a punto de llorar.
—Perfecto. Ahora soy una dramática egoísta. Ya entiendo todo.
—Kate, espera —intentó Sirius, poniéndose en pie.
—No —dijo ella, con la voz quebrada—. Ya os he hecho perder bastante tiempo con mis reacciones desproporcionadas y mi forma de control, ¿no?
Y sin esperar más, se dio la vuelta y salió apresurada hacia la calle, sin mirar atrás. Sirius dudó un segundo, luego maldijo en voz baja y salió tras ella. El grupo se quedó en silencio. Pippa fue la primera en hablar, muy bajito.
—¿Qué demonios está pasando?
Alice miró a Remus, buscando respuestas, él solo negó con la cabeza. James, sin dejar de mirar hacia donde Kate y Sirius habían desaparecido, se mantuvo en silencio.
El callejón lateral de Diagon Alley estaba casi vacío. El ruido del callejón principal apenas llegaba hasta allí. Kate caminaba rápido, con la respiración tensa. Sirius la alcanzó y se plantó delante de ella.
—Kate, espera.
—No.
Intentó esquivarlo. Él la sujetó del brazo, no con fuerza, pero lo suficiente para detenerla.
—No puedes irte así.
—¿Así cómo, Sirius? ¿Cómo una histérica? Eso ya lo has dejado claro tú mismo.
—No fue eso lo que quise decir.
—Pues fue lo que dijiste. No hace falta que me sigas, no está en mi lista de expectativas por si lo piensas.
—¡Joder, Kate! ¡No es eso lo que quería decir!
—¿Ah, no? —dio un paso hacia él—. Entonces, ¿qué querías decir?
—No es fácil…
—¿Sabes qué no es fácil? Que tu mejor amiga dude si vas a quererla por haberse enamorado de tu hermano. Que tu hermano se meta en una relación y no lo diga. ¡Y que tú te calles como si yo no tuviera capacidad de afrontarlo!
—¡No queríamos hacer de esto un problema! —exclamó él, con las manos en el aire—. ¡No sabíamos cómo ibas a reaccionar!
—¿Reaccionar? ¿Cómo se supone que reacciono?
Él dudó por un momento.
—Intenso.
La palabra quedó suspendida.
—Marlene estaba escondiendo algo, lleva meses, desde antes de acabar el curso —dijo Kate—. No fue un juicio. Fue preocupación.
—Parecía un juicio, Kate.
Eso la hizo tensarse.
—¿También tú lo pensaste? ¿No se te ocurrió pensar que podía estar preocupada?
Sirius exhaló.
—Pensé que si lo sabías antes de que ellos estuvieran listos… ibas a querer entenderlo todo ya. A pedir explicaciones.
—Claro que iba a pedir explicaciones. Es mi mejor amiga.
—Y tu hermano.
—Exacto.
—A veces no todo gira en torno a lo que tú necesitas saber en ese momento. Los protagonistas eran ellos.
Eso la hirió.
—Sé que no iba de mí, pero pensé que había confianza. Y esa confianza hace que se compartan las cosas.
—Y ellos no estaban listos para compartirlo todavía. No contigo.
Eso dolía también porque era verdad, Kate sabía que en eso se había equivocado.
—No era mi secreto. Decidí respetar que no era mi historia para contar. —dijo Sirius ante su silencio.
Pero ella sabía que había más, le miró directamente a los ojos, conocía a Sirius Black. Sabía que él pensaba las cosas varias veces, y ese motivo que le decía era demasiado “simple” para él. Si fuera verdad, habría intentado al menos prepararla sin decirle todo.
—Sirius. ¿Cuál es el motivo real por el que no me lo dijiste? ¿Qué tienes dentro?
Sirius no respondió de inmediato. Y ese segundo fue suficiente para que Kate supiera que tenía razón en pensar que había algo más.
—Porque sabía cómo ibas a reaccionar
Sirius intentaba no decir mucho más, pero ella estaba decidida a hacerle llegar al fondo de lo que ocurría en su corazón.
—¿Cómo? ¡Dímelo!
—Ibas a sentirte traicionada. Ibas a exigir respuestas. Ibas a poner esa mirada tuya de… de…
—¿De qué?
Sirius se pasó una mano por el pelo, frustrado.
—De perfección, Kate. Como si supieras exactamente cómo deberían hacerse las cosas.
Ella se quedó quieta, notaba como el enfado de Sirius iba en aumento. Ahí estaba… empezaba a asomar el motivo real de su frustración hacía ella.
—¿Perfección?
—Sí. Siempre tienes clarísimo lo que es lealtad, lo que es honestidad, lo que es hacer lo correcto. No dudas lo que debes hacer.
Kate intentó frenar ese discurso porque sabía que Sirius estaba hablando desde el miedo.
—Ten cuidado porque sabes que eso no es cierto.
Pero él no lo tuvo. Y sí, habló desde el miedo.
—¿Sabes qué? A veces no es que la gente no esté a la altura de tus expectativas. Es que nadie puede vivir bajo ellas sin sentirse constantemente insuficiente.
El silencio fue brutal.
—¿Insuficiente? ¿Así te sientes?—repitió en voz baja empezando a entender lo que Sirius pensaba.
Sirius, todavía cegado por el momento, remató:
—Sí. Como si nunca fuera suficiente para ti.
La bofetada sonó limpia en el callejón. No fue especialmente fuerte. Pero sí definitiva. Sirius se quedó inmóvil, la cara ladeada por el impacto. No por el dolor físico. Por lo que significaba. Kate tenía la mano temblando.
—No vuelvas a decir eso —susurró, con la voz rota y con lágrimas en los ojos—. Nunca he pensado que no seas suficiente. Jamás. No soy como tu familia, Sirius Black.
Sus ojos brillaban por las lágrimas, furiosos y heridos a la vez.
—Si te sientes así, no es por mis expectativas. Es por tus propios fantasmas. No me los pongas encima de mí.
Eso fue más duro que la bofetada. Sirius la miró. Esta vez sin rabia. Solo con el golpe de la realidad. Tenía razón. Pero ya era tarde. ¿En qué momento lo de Marlene había pasado a ser algo personal entre ella y él? Porque simplemente no le dijo que estaba confundido sobre el futuro.
—No quería decirlo así… —intentó.
—Pero lo dijiste.
Silencio. Ella dio un paso atrás.
—Si te sientes insuficiente —dijo ella más bajo—, no es porque yo te exija más. Es porque tú te exiges sobrevivir a cosas que yo ni siquiera veo.
Eso le atravesó.
—Yo no necesito que seas perfecto, Sirius. Te quiero entero. Con tus dudas. Con tus errores. Con tus silencios incluso… pero no con esta mentira. No conmigo.
La tensión seguía allí. La herida también. Él alzó la vista.
—Kate…
—No. No voy a aceptar que me conviertas en una especie de juez cuando nunca te he juzgado. Nunca, Sirius.
Se giró.
—Espera…
—Necesito espacio, Black. Así que déjame marchar.
Y se marchó.
Sirius se quedó en el callejón, con la mejilla aún caliente. Entendía que la bofetada no había sido rabia de Kate, había sido puro miedo de ella a que él creyera de verdad, aunque fuera por un segundo, que no era suficiente para ella. Lo peor era que había creído de verdad que no era suficiente para ella. Ahora los dos sabían que la discusión nunca había sido solo por Marlene.
Sirius, al volver con los demás, los encontró en la misma mesa. Todos levantaron la vista cuando lo vieron volver.
—¿Y? —preguntó James en voz baja mientras Sirius se dejaba caer en la silla.
—Se ha ido también. —Sirius soltó el aire con fuerza—. Dijo que necesitaba espacio. Está dolida conmigo y con razón.
Pippa giró la cabeza, preocupada.
—¿Por qué no le dijisteis lo de Marlene y Edward?
James apretó los labios y bajó la vista. Era cierto.
—Pensamos que era mejor que se enterase por Marlene —dijo—. No queríamos interferir.
—Pero interferisteis igual —apuntó Pippa, sin dureza, pero con claridad—No decir nada también es decir algo. Podías haberla preparado, va más con tu estilo Sirius.
—Y vosotros dos le mentisteis —añadió Remus, más como un hecho que como reproche—. Eso duele más que cualquier carta o confesión
—Kate es más comprensiva de lo que pensáis…cuando no se conforma con algo es porque… —Alice se detuvo como pensando y luego continuó— Lo que quiero decir es que tener expectativas de algo solo muestra la capacidad de ver la grandeza del otro…
El silencio volvió a instalarse. Solo se oían los murmullos de las mesas cercanas y el tintinear de una cuchara contra una taza. Sirius negó con la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó Remus, aunque ya conocía la respuesta.
—¿Tú qué crees? Ya no es solo lo de Marlene.
Silencio. James apretó los labios, incómodo. Sirius no los miró, simplemente cogió el vaso que había dejado antes y bebió lo que quedaba.
—¿Intentaste explicarle? —preguntó James al cabo de un rato, sin levantar la voz.
—No hacía falta. —respondió Sirius, amargo.
—¿Qué le dijiste?
—La cagué —admitió, casi con una risa vacía—. Abrí la boca en el peor momento y solté lo que no debía. Todo por mi maldito miedo al futuro.
Nadie supo qué decir. Pippa se giró, incómoda..
—¿Creéis que volverá? A lo mejor deberíamos ir a buscarla —preguntó Pippa, sin poder evitarlo.
—No esta noche —dijo Sirius, clavando los ojos en su vaso—. No después de esto.
Se quedaron en silencio. En la calle, se oía el sonido de la vida nocturna mágica continuando sin ellos. James se levantó, sin decir nada, y se acercó a la ventana.
—Vamos a dejar que cada uno respire —dijo finalmente
Pippa se recostó contra el respaldo, claramente incómoda. Remus asintió. Sirius no dijo nada.