Capítulo 1: El encuentro
13 de septiembre de 2025, 4:17
Capítulo 1: El encuentro
El eco de los pasos de Mariek resonaba en los pasillos de piedra de la Academia Arensbourg, solemnes y antiguos como el propio reino. El aire olía a pergamino viejo, a hierro bruñido y a humo de antorchas. Las murallas, cubiertas de tapices con símbolos arcanos y escudos de la Orden de Falkenhof, parecían observarla en silencio mientras avanzaba.
El uniforme negro de la institución ceñía su silueta delgada: falda hasta la rodilla, leotardos y mocasines oscuros, blusa blanca de manga larga y la chaqueta negra con el emblema bordado en plata. Su cabello liso y largo caía como un velo hasta la cintura, ocultando parte de su rostro; solo el mechón blanco, brillante como un trazo de luna, interrumpía la oscuridad de su melena.
Mariek caminaba con paso tranquilo, la mirada baja, casi indiferente. Había aprendido desde la Escuela de Preparación que era mejor así: cuanto menos contacto, menos preguntas. Aun así, no podía evitar sentir el peso de las miradas de los demás estudiantes.
Los jóvenes que la cruzaban en el pasillo se apartaban con un gesto casi instintivo, como si un escalofrío los obligara a dejar espacio. No era hostilidad abierta, sino algo peor: miedo callado. Nadie sabía explicar el porqué, pero todos lo sentían. Era su aura, esa sensación extraña que parecía envolverla.
Mariek no se esforzaba por desmentirlo. Se limitaba a avanzar, silenciosa, hasta llegar al gran salón donde los de su generación estaban siendo recibidos. Este era el año en que dejaban atrás la Escuela de Preparación: las bases ya estaban puestas, pero ahora comenzaba la verdadera formación.
Los murmullos se mezclaban en el salón, estudiantes excitados, nobles orgullosos de sus casas, jóvenes ansiosos de probarse como caballeros, hechiceros o estrategas. Mariek permaneció apartada, en una esquina, con un libro en las manos. Siempre tenía uno. Siempre parecía buscar refugio en las páginas.
Pero mientras pasaba los dedos por las letras grabadas, no pudo evitar sentir cómo la piedra bajo sus pies vibraba levemente, como si el castillo mismo reconociera su presencia. Un soplo frío le recorrió la nuca. Alzó un momento la mirada y, a través de los ventanales altos, vio el cielo encapotado. Un rayo iluminó el horizonte, justo cuando una campana profunda marcaba la hora.
Mariek inspiró hondo. Sabía que este era el inicio de algo más grande. Aquí empezaba su primer año en la Academia Arensbourg, y nada sería igual.
—Mariek.
La voz cálida y familiar hizo que alzara apenas la vista del libro. Entre los estudiantes que llenaban el salón, emergía una figura inconfundible: Henrik Felder, alto, fuerte, con el porte recto de un cadete caballero y los ojos claros que parecían siempre reír. El rubio de su cabello, recogido hacia atrás, brillaba bajo la luz que se filtraba de los ventanales.
—¡Por fin coincidimos aquí! —dijo él con entusiasmo, abriéndose paso hasta su lado—. Este año será distinto, lo presiento.
Se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz.
—Deberías sonreír más. Dejar que otros vean tus ojos… esos ojos como el océano del sur.
Mariek lo miró un instante, seria, antes de dejar escapar una leve sonrisa que apenas curvó sus labios.
—No tengo ningún interés en que me miren —respondió, seca pero sin dureza.
Henrik iba a replicar algo, probablemente otra de sus frases alegres con las que siempre intentaba iluminarle los días, pero un llamado interrumpió el momento:
—¡Henrik! —gritaron unas voces desde el otro lado del salón.
Un grupo de jóvenes cadetes lo saludaba, riendo y gesticulando para que se acercara. Entre ellos había uno que no reía: un muchacho alto, de cabello negro como la medianoche y ojos grises, serenos y agudos como el filo de una espada. Ese chico no apartaba la mirada de Mariek, con una intensidad que la hizo estremecer aunque ella fingiera indiferencia.
Henrik suspiró, y antes de marchar se inclinó y le dio un beso rápido en la cabeza.
—Nos vemos luego, pequeña.
El muchacho de cabello negro esperó a que Henrik llegara junto a él antes de preguntar, en voz baja pero clara:
—¿Quién es ella?
Henrik se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo:
—Mi hermana pequeña.
El nombre de aquel muchacho era Willem Theobald von Serentipy. Nadie en esa sala se atrevía a hablarle con desdén por ser el príncipe heredero, pero Mariek aún no sabía que ese detalle, tarde o temprano, la alcanzaría.
—¿Cómo se llama?— preguntó de nuevo el jóven heredero
—Mariek
El otro no dijo nada más. Pero sus ojos grises permanecieron fijos en la figura de Mariek, escondida tras su libro. Ella, como si el mundo entero fuese solo tinta y papel, pasó la página con calma, indiferente a todo lo demás.
Pero para Willem, ella no era indiferente. Porque ya la había visto antes. Un recuerdo lo golpeó de improviso, tan vívido que por un momento dejó de oír el bullicio de la sala.
Giró en una calle estrecha, buscando la ruta más rápida hacia las murallas, cuando golpeó con un cuerpo con tal fuerza que cayó al suelo, mientras un libro escapaba deslizándose sobre el suelo empedrado.
—¡Mira por dónde vas! —masculló, apremiante.
Levantó la vista. Una figura envuelta en una capa oscura, con la capucha echada hacia adelante, por sus manos distinguió que era una chica. Él respiraba agitado, todavía con el pulso acelerado de la huida. Ella caminó despacio y recogió su libro con calma.
—Eres tú quien ha chocado conmigo —dijo la chica, con voz firme, cortante, clavando en él unos ojos azules profundos imposibles de olvidar—. Si no sabes caminar sin arrollar a los demás, deberías quedarte en casa.
Willem se tensó. Nadie le hablaba así. Nunca. Acostumbrado a reverencias y disculpas, aquel tono fue como una bofetada inesperada. Dio un paso hacia ella, irritado y curioso a la vez, intentando verle mejor el rostro.
Fue entonces cuando un mechón de su cabello oscuro, con la franja blanca destacando bajo la capucha, cayó hacia adelante. Un detalle extraño. Único. Se quedó prendado de aquello sin saber por qué.
—¿Quién… —empezó a decir acercando su mano para retirar la capa.
Pero se detuvo sin terminar la frase. Un tumulto irrumpió en el extremo de la calle: cascos de soldados resonando contra la piedra, órdenes secas rebotando entre los muros.
El muchacho maldijo y retrocedió apresurado. Antes de irse, le sostuvo la mirada un instante más, grabando en su memoria ese azul oceánico que lo atravesaba como una espada.
—Olvida que me viste.
Y desapareció como una sombra, dejando tras de sí el eco de los soldados que pasaron a toda prisa, sin reparar en la muchacha.
De nuevo en el salón, Willem parpadeó, volviendo al presente. Se oían voces, brindis y risas. La cena de bienvenida era una mezcla de nervios y orgullo: jóvenes caballeros chocaban jarras de cerveza, hechiceros comentaban las primeras pruebas, y los nobles buscaban hacerse notar entre la multitud.
Willem fingía atender a la charla de Octavian y Roderic, incluso reía cuando correspondía, pero su mirada no estaba en ellos. Había aprendido desde niño a ocultar en qué fijaba su atención, y ahora la mantenía clavada en una figura al margen del bullicio: Mariek.
Sentada en el extremo de una mesa, apartada de todos, leía con calma un tomo demasiado pesado para una noche festiva. Su rostro seguía velado por la cortina oscura de su cabello, y de tanto en tanto una chispa azul relucía bajo los mechones: la mirada de unos ojos que Willem recordaba demasiado bien.
De pronto, sin que nadie lo notara, Mariek cerró el libro con suavidad. Lo abrazó contra su pecho y, sin levantar la vista, se deslizó fuera del banco con una fluidez silenciosa. Caminó entre los estudiantes como una sombra, esquivando con naturalidad los gestos desordenados de quienes celebraban, y desapareció por una de las puertas laterales.
Nadie lo advirtió. Nadie excepto Willem.
Él la siguió con la mirada hasta que la penumbra del pasillo la engulló. Su pecho se tensó con una sensación extraña, mezcla de curiosidad, desconfianza… y algo más difícil de nombrar.
“Otra vez tú. Otra vez esa sensación”, pensó, recordando la voz cortante de aquella calle, el brillo de ese mechón blanco.
Roderic lo interrumpió con una broma y todos rieron. Willem también, aunque no lo sentía. Porque en ese instante supo que no iba a poder apartar los ojos de esa muchacha, ni tampoco la sombra de la pregunta que lo atormentaba desde que la vio: ¿Quién demonios era Mariek Felder?
La Academia de Arensbourg se alzaba imponente sobre un promontorio rocoso, rodeada por murallas antiguas y bosques sombríos. Sus torres, altas y solemnes, se alzaban hacia el cielo nocturno como dedos de piedra.
En el corazón del castillo, cinco torres se erguían con orgullo, cada una destinada a una senda distinta: La de los Guerreros, donde el estruendo metálico de espadas nunca cesaba. La de los Arqueros, más esbelta, con galerías abiertas para la práctica constante. La de los Hechiceros, envuelta en un aura silenciosa, con símbolos arcanos tallados en la piedra. La de los Sabios, adornada con relieves de plumas y libros, siempre iluminada por lámparas de estudio. Y por último, la de los Guardianes: cerrada desde hacía más de dieciséis años, sus puertas selladas, las ventanas cubiertas de polvo. Como un monumento a algo extinguido.
Entre las grandes torres se extendían puentes y patios, con salones para descansar, estudiar o reunirse. En lo alto de cada torre, dos torrecillas más pequeñas se reservaban para las habitaciones de los alumnos: una para las chicas y otra para los chicos.
Mariek subió sola los escalones de caracol de la Torre de los Hechiceros. Había insistido en dormir apartada, y gracias a la intervención del capitán Gideon, su petición fue concedida. Así, mientras otros compartían habitaciones con tres compañeros más, ella habitaba un cuarto en lo más alto, estrecho pero acogedor, con un ventanal que se abría hacia el bosque infinito y los cielos encapotados.
La estancia era pequeña, pero acogedora: una cama sencilla junto al muro, un escritorio apenas ocupado por un par de libros, y un amplio ventanal que dejaba ver el bosque y los cielos nocturnos. Apenas había deshecho su equipaje; el lugar parecía aún impersonal, como si no quisiera reclamarlo del todo. En cuanto dejó el libro sobre el escritorio de madera desnuda, algo familiar se movió sobre la colcha.
—Lumos… —susurró, y su voz se suavizó.
El Lúpenyx levantó la cabeza y corrió hacia ella, su pelaje oscuro y espeso reluciendo bajo la tenue luz. Sus ojos luminosos cambiaban de un verde tranquilo a un dorado vibrante, reflejando la emoción del reencuentro. La cola, terminada en una chispa parpadeante, dejó un rastro de luz suave en el aire cuando saltó a sus brazos.
Mariek lo sostuvo contra su pecho y por primera vez en toda la jornada dejó escapar una sonrisa, pequeña, casi oculta, pero auténtica.
—Tú sí que sabes escuchar sin preguntar demasiado —murmuró, acariciando sus orejas erguidas.
Lumos emitió un sonido entre ladrido y ronroneo, acomodándose en sus brazos como si comprendiera cada palabra.
Mariek lo llevó hasta el ventanal. Afuera, el castillo se recortaba contra un cielo tachonado de estrellas, y las otras torres se erguían imponentes, cada una con su propósito, su historia, sus secretos. Ella las observó en silencio, mientras el Lúpenyx apoyaba el hocico sobre el alféizar, la cola brillando como un farol diminuto.
—Un año entero aquí… —susurró, más para ella que para la criatura—. Entre tantos que me miran con recelo… Al menos te tengo a ti.
Lumos ladeó la cabeza y sus ojos se tornaron de un azul profundo, casi idéntico a los de ella. Mariek suspiró y, tras un instante de contemplación, cerró las cortinas y se dejó caer sobre la cama. Lumos se acomodó junto a su costado, irradiando una calidez reconfortante. La muchacha cerró los ojos, y por primera vez desde que llegó a Arensbourg, no se sintió del todo sola.
El gran comedor resonaba con risas juveniles y el murmullo de voces mezcladas. Los aprendices ocupaban las largas mesas, el aroma de pan recién horneado y guisos humeantes llenaba el aire. En una de las mesas cercanas a los ventanales, Henrick, Octavius y Roderic esperaban ya a su amigo.
—¡Por fin, Alteza! —exclamó Octavius con tono burlón en cuanto Willem se dejó caer junto a ellos—. Creímos que se había tomado la mañana libre.
—Y no sería raro —añadió Roderic, sonriendo de lado—. A estas alturas, ya todos saben que estudias todas las sendas. No hay maestro en Arensbourg que no te tenga en sus listas.
Henrick se inclinó un poco hacia él, con gesto cómplice.
—Lo que queremos saber es cuál te toca hoy. Caballería, sabiduría, hechicería… ¿O te guardas la sorpresa?
Willem bebió un sorbo de agua antes de contestar, disfrutando de la expectación.
—Quizá me dé el día libre.
Los tres rieron al unísono, sin preocuparse de disimular. Hasta algunos aprendices cercanos voltearon con curiosidad, contagiados por la broma. Willem, sin perder la compostura, dejó el vaso en la mesa.
—Pero no. Hoy empezaré con los hechiceros.
Henrick chasqueó la lengua con satisfacción.
—¡Perfecto! Entonces podrás decirme cómo le va a mi hermana en su primer día.
El tenedor de Willem se detuvo apenas un instante sobre el plato, pero nadie lo notó. Fingiendo indiferencia, contestó:
—No parece muy… amigable, por lo que noté ayer.
Henrick soltó una risa suave, sacudiendo la cabeza.
—No, claro que no. Es reservada, siempre lo fue. Pero cuando alguien logra entrar en su mundo… —lo miró con un orgullo fraternal— …es leal, valiente, mucho más de lo que deja ver. Y créeme, su carácter puede ser más fuerte que el de cualquiera de nosotros.
Esas palabras, más que cualquier risa o burla, captaron por completo la atención de Willem. Sus ojos grises brillaron un instante, aunque se cuidó de no mostrar interés excesivo.
Terminó de beber, se levantó con la misma elegancia con la que había llegado y, antes de marcharse, dejó caer sus palabras con tono seguro:
—Bien, veremos cómo se le da a tu hermana el primer día. Ya te contaré.
Henrick sonrió, sin sospechar nada. Octavius y Roderic lo siguieron con la mirada, comentando en voz baja. Willem, en cambio, ya había decidido que esa mañana no solo sería un aprendiz más en la senda de los hechiceros: sería testigo directo de los secretos que rodeaban a Mariek Felder.
La explanada de práctica de la Torre de los Hechiceros se extendía bajo la luz clara de la mañana. El aire estaba cargado de un murmullo inquieto, pues el primer día en la Academia siempre venía acompañado de expectativas y rivalidades.
Los aprendices de nuevo ingreso ocupaban un sector de la explanada, reunidos en pequeños grupos que cuchicheaban con nerviosismo, comparando grimorios, varas y amuletos. Más allá, separados con naturalidad, estaban los que ya llevaban un año en la disciplina. Entre ellos, con la chaqueta negra impecable y el porte seguro de quien oculta tras la discreción su verdadera identidad, se encontraba Willem.
Aparentaba indiferencia, riendo suavemente con un par de compañeros, pero sus ojos grises rastreaban el lugar con precisión, buscando entre rostros nuevos. No tardó en encontrarla.
Allí estaba Mariek. Un poco apartada del resto, sentada en un banco de piedra con el libro abierto sobre sus rodillas. Su cabello oscuro, con el mechón blanco que parecía brillar incluso a la sombra, le caía como un velo sobre el rostro, ocultando sus expresiones. Algunos de los otros aprendices lanzaban miradas esquivas hacia ella, otros cuchicheaban con cierta aprensión, especialmente dos muchachas que no se molestaban en disimular sus comentarios.
Willem observó cómo Mariek no reaccionaba a ninguno de los murmullos. Pasaba la página con calma, como si el mundo entero se redujera a las líneas que leía. A su alrededor parecía levantarse una barrera invisible: un silencio extraño en medio de tanto ruido.
El príncipe apoyó los brazos sobre el pomo de su vara de entrenamiento, entrecerrando los ojos.
—Siempre sola… —murmuró apenas, sin que nadie a su lado lo escuchara.
Mientras tanto, en el sector de los aprendices, las risas se apagaron al aparecer la figura del profesor, un hechicero veterano de túnica azul profunda. Con paso solemne, se detuvo al frente y alzó la voz.
—Bienvenidos a la senda de los Hechiceros. Hoy sabremos quiénes de ustedes tienen la disciplina, y quiénes solo las ansias de poder.
Un leve escalofrío recorrió a los recién llegados. Mariek cerró lentamente su libro, lo guardó bajo el brazo y alzó la vista. Por un instante, Willem sintió que aquellos ojos de azul oceánico no se fijaban en el maestro, sino que atravesaban toda la explanada hasta encontrarlo a él. Se estremeció, aunque no apartó la mirada.
El profesor alzó las manos y, con voz firme, ordenó:
—Primer ejercicio del día: control de la energía. Solo una manifestación básica, un destello con las manos. Nada de fuerza, solo precisión.
Los aprendices comenzaron a concentrarse, dedos extendidos, respiraciones medidas. En un extremo, Mariek permanecía sentada, el libro cerrado sobre sus rodillas, los brazos cruzados, como si observara el mundo desde otra dimensión. A su lado, Selvara Duskbane y Kaelith Ashbourne intercambiaban miradas cargadas de desprecio mientras emitían su propia energía, murmurando lo suficiente para que Mariek las oyera:
—¿Ves a esa chica? Ni siquiera puede emitir una chispa —susurró Kaelith, con aire de superioridad.
—Seguramente es de esos que vienen de familias inútiles —replicó Selvara, elegante y fría—.
Mariek solo arqueó una ceja, impasible, sin mover un músculo. No emitiría magia; no quería que vieran lo que realmente sabía.
Cerca de ellas, una joven de cabellos castaños y ojos verdes, Elara Étoile, de la Providencia del Este, ciudad de Vacherenne, intentaba concentrarse con todas sus fuerzas, temblando de los nervios. Nada sucedía. Sus manos brillaban apenas con un hilo tenue de luz que se desvanecía al instante.
—Pobrecita —rió Kaelith, señalándola—. Ni siquiera un destello puede producir, ¡y viene de una ciudad de ganaderos!
Selvara soltó una carcajada y empujó levemente a Elara, burlándose de su torpeza. Fue entonces cuando Mariek decidió actuar. Un movimiento apenas perceptible de sus manos, un gesto rápido y sutil: Elara respiró hondo y, por fin, una chispa clara emergió de sus dedos, bailando sobre el aire. Nadie lo notó salvo ella misma y, en un instante más, con la misma discreción, Mariek extendió su influencia: Kaelith sintió su control desvanecerse, y Selvara, ligeramente empujada por un impulso invisible, perdió el equilibrio. Ambas cayeron de bruces… directo en un charco de barro que antes no estaba.
Un segundo de silencio, y luego estallaron las risas de los aprendices, contagiando la explanada. Nadie supo exactamente cómo había ocurrido. Mariek, tranquila, se acomodó el cabello sobre el rostro y se reclinó un poco, como si nada hubiera pasado.
Desde lejos, Willem observaba todo. Sus ojos grises se entrecerraron ligeramente al ver la habilidad oculta de la muchacha, la precisión y control absoluto de su magia, y cómo manipulaba los efectos sin ser detectada. Su interés, ya fuerte desde el primer día, se profundizó con un estremecimiento casi imperceptible.
La explanada de los Hechiceros estaba en calma tensa mientras el profesor supervisaba los primeros ejercicios del día. Mariek, apartada del grupo, hojeaba un libro mientras los demás practicaban. Su cabello negro con el mechón blanco cubría parcialmente su rostro, y su postura irradiaba indiferencia.
Willem decidió acercarse un poco más a los aprendices del primer año. Avanzó entre filas, manteniendo la compostura, y sus ojos grises escudriñaban a todos. Pronto la encontró. Observaba todo con calma, pero había algo en su postura que lo mantenía alerta.
Intentó acercarse, buscando un momento para presentarse o al menos evaluar la fuerza de los nuevos hechiceros. Pero un descuido suyo, un gesto demasiado brusco al maniobrar un pequeño efecto de luz, provocó que la corriente mágica rebotara sobre Mariek sin que él lo deseara.
Un destello inesperado la empujó hacia atrás, tropezando con el borde del banco de piedra. El libro que había dejado sobre sus rodillas cayó al suelo, y el polvo se levantó con un pequeño resplandor que surgió de sus manos para amortiguar la caída.
Mariek se incorporó, ajustando su cabello sobre el rostro y clavando sus ojos azul océano en él, con la misma firmeza y autoridad con la que lo había hecho hace un año en la calle:
—¿Acaso no puedes concentrarte antes de jugar con lo de los demás? —dijo, cortante, con un tono que cortó el murmullo de los aprendices cercanos.
El silencio se hizo inmediato. Ninguno de los que presenciaban la escena se atrevió a decir una palabra. Willem, por su parte, se quedó atónito. Por un momento, la tensión en su pecho se mezcló con un extraño placer: nadie lo había tratado así, nadie se había dirigido a él con tanta normalidad, tanta franqueza.
—Vaya… —musitó, recuperando la compostura—. Me sorprende tu… determinación.
Mariek no cambió ni un ápice su expresión. Willem avanzó entre los aprendices con paso seguro.
—¿Así que eres la famosa Mariek Felder? —dijo con una ligera sonrisa, intentando provocar—. No esperaba que alguien se escondiera tanto en su primer día.
Mariek levantó la vista, azul océano chocando con sus ojos grises. Su voz era fría, cortante:
—No veo por qué debería importarme tu opinión.
Un murmullo recorrió a los aprendices cercanos; sorprendidos por la audacia de Mariek al dirigirse con tal desdén a alguien que era más que un estudiante.
—Bien, —continuó Willem, con una ceja arqueada—. No todos los días alguien me habla así sin temblar un ápice. Tal vez deba acostumbrarme.
—No espero que lo hagas —replicó ella, cogiendo el libro del suelo y cerrándolo con firmeza—. Y no es asunto tuyo cómo manejo mi tiempo ni mi magia.
Willem dio un paso más cerca, bajando la voz para que solo ella lo escuchara:
—Es curioso… me parece que sabes mucho más de lo que muestras. Ese gesto para la chica del Este… —hizo un gesto con la mano que recordó la chispa que ayudó a Elara— Y, permíteme decirte que tu venganza ha sido muy sutil con las otras dos chicas. Control absoluto, preciso, y sin que nadie se diera cuenta.
Mariek se tensó, sus dedos se aferraron al libro. La sorpresa por que él lo hubiera notado se mezclaba con la alerta:
—¿Quién te ha dicho que me interesa que alguien lo note? —replicó, con la voz aún más firme.
—No necesito que me lo digan —murmuró Willem, intrigante—. Aunque escondas el rostro, ya has captado mi atención.
Mariek no perdió la compostura; con un movimiento rápido, ajustó su cabello y comenzó a alejarse:
—No tengo tiempo para juegos ni para charlas sin sentido.
Willem la siguió unos pasos, bajando la voz, un tono casi burlón:
—Vamos, no me digas que huyes tan rápido. Ayer parecía que podías plantar cara en la cena a cualquiera, y hoy… no me decepciones.
Mariek se detuvo, midiendo la distancia, y lo miró de reojo pero dándole la espalda, cortante:
—No seas ridículo. No tengo nada que demostrar ni que perder.
—Vaya… —sonrió él, divertido y algo desafiado—. Eres tan directa que casi duele.
En ese instante, una voz autoritaria resonó a través de la explanada:
—¡Príncipe Willem! Le esperan en la zona de los Caballeros.
Mariek se quedó rígida. Cada palabra caló como un golpe: “Príncipe Willem”. El chico de cabello oscuro y ojos grises… es el Príncipe Heredero. Su corazón se detuvo por un instante. Recordó cómo lo había reprendido delante de todos, con esa franqueza y firmeza que normalmente solo usaba con iguales o subordinados de confianza.
Su mente corrió: había cometido una falta de educación grave, quizá imperdonable, ante la Corona. La tensión se apoderó de ella, y por primera vez su postura rígida se llenó de alerta y prudencia.
Willem, con la sonrisa contenida, bajó la mirada un instante, midiendo su reacción, y dijo con voz tranquila:
—Voy en seguida.
Luego, más bajo, apenas un susurro que solo ella podía escuchar:
—Nos veremos. Le diré a tu hermano que en tu primera clase te has lucido.
Mariek permaneció inmóvil, respirando con cuidado, y emprendió su camino sin mirar atrás, consciente de que aquel primer día en Arensbourg ya había marcado un antes y un después en la relación con ese joven intrigante y perturbador que, sin que ella lo supiera, sería un constante desafío en su vida.
Mariek cerró la puerta de su habitación con un golpe seco. El aire se le atascaba en los pulmones. Se dejó caer sobre la cama, boca abajo, las manos crispadas contra las sábanas.
—¿Qué hago? —murmuró con voz ahogada, la frente hundida en el colchón.
El silencio solo fue roto por un resuello suave. Lumos, el pequeño Lúpenyx, saltó ágilmente hasta la cama y le empujó la cabeza con el hocico brillante. Mariek levantó un poco el rostro, viendo cómo sus ojos luminosos la observaban con paciencia, como si no tuviera dudas de qué debía hacer.
—Bien —dijo ella, al incorporarse con esfuerzo—. Asumiré mi culpa… y cuanto antes lo haga, mejor.
Respiró hondo, se alisó el uniforme negro, y salió de la habitación con paso firme.
Unos minutos antes, en el campo de entrenamiento de los Caballeros, Willem había llegado. Octavian le recibió con su sonrisa confiada, mientras Henrik se le acercaba con entusiasmo.
—¡Por fin! —exclamó Henrik—. ¿Qué tal el entrenamiento?
Willem sonrió con misterio, pero antes de responder, Henrik inclinó la cabeza y preguntó:
—¿Has visto a mi hermana?
Los ojos grises de Willem brillaron con un matiz intrigante.
—Mariek Felder es… —se detuvo, como saboreando la palabra—… fascinante.
Henrik parpadeó, desconcertado.
—¿Felder? Ella no se apellida así. ¿Qué pasó en el entrenamiento?
Willem iba a preguntar porque no se apellidaba Felder, pero el murmullo de los caballeros cercanos se detuvo. Todos giraron hacia la entrada del campo: Mariek había llegado. Caminaba despacio, con los ojos bajos, el cabello cayendo como un velo oscuro, y las manos nerviosas agarrando las mangas de su chaqueta negra.
Henrik salió a su encuentro enseguida.
—¿Mariek? —murmuró en voz baja, tomándola por los hombros.
Ella asintió apenas, y comenzó a explicarle atropelladamente lo ocurrido en el entrenamiento de los Hechiceros. Los ojos de Henrik se fueron abriendo cada vez más, hasta que su sorpresa fue evidente.
—Ahora mismo, Mariek —dijo con firmeza—. Retráctate.
Mariek alzó la mirada hacia su hermano, insegura. Después de un suspiro resignado, se separó de él y avanzó hacia donde estaba Willem, bajo las miradas expectantes de Octavian y los demás caballeros.
Al llegar frente al príncipe, se inclinó profundamente, reverenciando hasta casi tocar el suelo con la frente. Su voz, aunque temblorosa, fue clara:
—He cometido una grave falta contra la Corona. Imploro el perdón y acepto cualquier pena que Su Alteza decida imponer.
El silencio se apoderó del campo. Willem la observó desde arriba, su figura erguida irradiando autoridad. Miró cómo permanecía inclinada, sin atreverse a levantar los ojos, luego desvió la mirada hacia Henrik, que lo miraba con el ceño apretado. Una sonrisa lenta se dibujó en los labios del príncipe.
—Bien, no te preocupes. Quedas disculpada.
Un suspiro recorrió a los presentes… y también a Mariek, que empezaba a enderezarse, cuando Willem añadió con voz traviesa:
—Pero, claro… la insolencia debe repararse. ¿No crees, Henrik?
Henrik, con toda la seriedad que pudo reunir, no dudó:
—Por supuesto, Alteza.
Willem avanzó un paso. Con suavidad, tomó el rostro de Mariek por la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos. El azul océano chocó con los grises acerados.
—Entonces, quiero que dejes de ocultar tu rostro… —dijo despacio, como si cada palabra pesara—. Y que entrenes conmigo en Hechicería.
Un murmullo recorrió a los cadetes, sorprendidos. Octavian arqueó una ceja, divertido. Mariek, con los ojos abiertos por la sorpresa, buscó la mirada de Henrik. Su hermano asintió apenas, en un gesto claro: no tienes elección.
Ella suspiró hondo, y con voz firme respondió:
—A su servicio, Su Majestad.
El campo entero contuvo la respiración. Willem sonrió, satisfecho, sin apartar sus ojos de los de Mariek, como si acabara de ganar una pequeña batalla invisible.
Cuando al fin retiró la mano de su barbilla, lo sintió con una claridad perturbadora: un calor persistente en los dedos, como si aún la sostuviera. El roce de su piel había dejado en él un rastro eléctrico, adictivo, imposible de ignorar. Por primera vez en mucho tiempo, Willem descubrió que era él quien no quería romper el contacto. Sus ojos se demoraron un instante más en el mechón blanco que enmarcaba su rostro, y una sonrisa leve, íntima, se escapó de sus labios. Él ya sabía que ese primer contacto lo había marcado. Y que querría más.
Mariek, por su parte, apartó la mirada, intentando recomponerse. Su pecho latía con fuerza y una corriente caliente le recorría los brazos y la nuca. Reprimió el impulso de mirar de nuevo, de dejar que el brillo en sus ojos azul océano se mezclara con la intensidad de él. Pero aunque no lo mostrara, su corazón reconocía la chispa, y por un instante, su rigidez se quebró.
Cuando la tarde caía sobre los campos de entrenamiento, teñida de tonos dorados. Willem se había quedado con Henrick, alejados del bullicio de los demás cadetes, mientras Octavian y Roderic se enzarzaban en una competencia amistosa de espadas.
El príncipe observaba distraído hacia las torres, pero en realidad su mente estaba en otro lado. Giró hacia Henrick, bajando la voz con una curiosidad contenida:
—Henrick… hay algo que me quedó rondando desde esta mañana. Dijiste que tu hermana no es Felder. ¿Qué quisiste decir?
Henrick se tensó. Apretó los labios, como quien mide las consecuencias de cada palabra.
—No debería contarlo, Alteza… —murmuró, bajando la vista.
—Te lo pregunto como amigo, no como príncipe —insistió Willem, sus ojos grises clavados en él con intensidad.
El rubio inspiró hondo, luego dejó escapar un suspiro resignado.
—Mi padre la encontró hace dieciséis años… después de la batalla contra el Hechicero Oscuro. Era apenas una niña. Nadie sabía de dónde venía, ni quién era. Simplemente… apareció en su camino. Su madre aún le quedaba un poco de vida y le pidió que la cuidara. Y él decidió llevarla a casa. —Hizo una pausa, con una leve sonrisa melancólica—. Desde entonces, la hemos criado como una Felder. Para mí no hay diferencia: Mariek es mi hermana.
Willem frunció el ceño, conmovido por la confesión.
—Entonces… ¿Cuál es su verdadero nombre?
Henrick guardó silencio unos segundos, como si el aire mismo pesara alrededor. Finalmente, susurró:
—Ella es Mariek Delaere Van Light.
El nombre quedó suspendido en el aire, vibrando en las paredes de piedra como un eco antiguo. Willem sintió un estremecimiento recorrerle la piel. Era como si una chispa hubiera prendido dentro de su pecho, una energía desconocida pero ardiente, que encendía algo más profundo que la simple curiosidad.
—Van Light… —repitió en voz baja, casi reverencial. Sus ojos grises brillaron de una forma distinta, como si por un instante hubieran captado un secreto del destino.
Henrick lo miró, extrañado.
—¿La conocías…?
Willem negó despacio, aunque su respiración se había acelerado.
—No. —Y aun así, sabía que era mentira. Algo en ese nombre había resonado en lo más íntimo de su ser, con la fuerza de un destino que acababa de revelarse.
La sala común de la Torre de los Hechiceros estaba casi vacía esa noche. El fuego en la chimenea crepitaba suavemente, arrojando destellos dorados sobre los muros de piedra. Mariek permanecía en un rincón apartado, con un libro abierto sobre las rodillas. Su cabello caía en cascada oscura, cubriéndole parte del rostro como un velo protector. No leía, solo iba repasando su primer día en la Academia: entrenamiento, la chica del Este, Principe Willem….
Unos pasos tímidos interrumpieron el silencio. Mariek alzó la vista y vio a Elara, la muchacha de Vacherenne. Sujetaba un pequeño paquete envuelto en terciopelo azul y lo acercaba con manos temblorosas.
—Soy Elara Étoile. Esto… de parte del Príncipe Willem —murmuró, casi como si temiera haber cometido un error.
Mariek arqueó una ceja. Dudó en aceptarlo, pero finalmente tomó la cajita. Con delicadeza levantó la tapa. Dentro, sobre un cojín de seda, descansaba un broche-pinza de plata, finamente labrado, con el emblema de la Corona en relieve.
Las palabras del príncipe resonaron de inmediato en su memoria: “Quiero que dejes de ocultar tu rostro…”
Un calor extraño le subió por el pecho, mezcla de enojo y de nervios. Cerró la cajita un instante, como si quisiera negar lo que acababa de ver. Elara, con los dedos entrelazados nerviosamente, susurró:
—¿Quieres que… te lo ponga?
Mariek la miró con sorpresa. Pero al ver la expresión sincera y temerosa de la muchacha, su gesto se suavizó. Por primera vez en mucho tiempo, esbozó una sonrisa ligera.
—Está bien —dijo en voz baja y añadió— Mi nombre es Mariek.
Elara respiró hondo, dio un paso adelante y, con manos delicadas, recogió parte del cabello de Mariek hacia atrás. La pinza plateada atrapó los mechones rebeldes y despejó su rostro al fin, revelando por completo sus ojos azul océano.
—Te ves preciosa —escapó de los labios de Elara, incapaz de contener la admiración.
Mariek parpadeó, sorprendida por la sinceridad de esas palabras. Lentamente giró la cabeza hacia la ventana cercana. El vidrio reflejaba su silueta recortada por la penumbra: el rostro despejado, la franja blanca en el cabello contrastando con la oscuridad, y el broche de la Corona brillando en lo alto.
Suspiró profundamente, con una sombra en la mirada.
—Esto va a acabar mal… —pensó, aunque no se atrevió a decirlo en voz alta.
Elara, sin comprender del todo el peso de ese gesto, solo sonrió con timidez, feliz de haber compartido un instante de complicidad. No se apartó de Mariek tras colocarle el broche. Al contrario, parecía debatirse consigo misma, retorciéndose los dedos nerviosos contra la tela de su falda. Finalmente, las palabras salieron a trompicones:
—Todos dicen que siempre estás sola… los que vienen de la Escuela Preparatoria…también me siento tan sola aquí. —Su voz se quebró apenas—. Todos parecen tener un lugar, un grupo, un propósito. Pero yo… vengo de una tierra de ganado y barro. Y cada vez que intento hacer algo, fallo. —Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos verdes—. Siento que no pertenezco a este sitio.
Mariek la observó en silencio. No estaba acostumbrada a este tipo de confesiones. Su propio instinto le habría dicho que se encerrara más en sí misma, como siempre. Pero algo en la fragilidad de Elara la conmovió.
Cerró el libro con suavidad y lo dejó a un lado. Con voz baja, pero firme, respondió:
—No digas eso. No estás fuera de lugar. —Le sostuvo la mirada, sus ojos azules intensos, casi hipnóticos—. Eres una Hechicera, Elara. Y eso ya te hace alguien. No dejes que nadie te convenza de lo contrario.
Las lágrimas de Elara cayeron en silencio, rodando por sus mejillas. Recordó las risas crueles de Selvara y Kaelith, las miradas de desprecio. Se tapó el rostro un instante, avergonzada.
Mariek, incómoda ante ese llanto, se tensó. No sabía cómo reaccionar. Pero entonces, una idea brotó en su mente como un destello. Se puso de pie y le tendió la mano.
—Ven, Elara. Quiero enseñarte algo.
Elara levantó la vista, sorprendida, y dudó un instante antes de aceptar aquella mano delicada pero firme.
Juntas salieron de la sala silenciosa, atravesaron los pasillos aún iluminados por antorchas y subieron por una estrecha escalera de piedra que conducía al exterior. El aire fresco de la noche las envolvió al salir a una terraza que unía la Torre de los Hechiceros con la de los Caballeros.
Las estrellas se extendían como un manto infinito sobre ellas, y la luna bañaba los muros con un resplandor plateado. Elara abrió los ojos con asombro.
—Es hermoso… —susurró, con la voz todavía temblorosa.
Mariek se cruzó de brazos, mirando también el cielo. El mechón blanco de su cabello brillaba bajo la luz lunar, y el broche recién recibido capturaba destellos como si guardara un secreto.
—Cuando sientas que no perteneces a ningún lugar… mira hacia arriba. —Su tono era suave, pero seguro—. Nadie puede burlarse de ti aquí. Nadie puede arrancarte esto.
Elara la miró con ojos húmedos y, por primera vez, sonrió.
En ese preciso momento, el príncipe se encontraba en su habitación en la Torre de los Caballeros. La ventana abierta dejaba entrar el aire fresco del atardecer tardío. Se apoyó en el marco de piedra, la mirada perdida hacia el patio que unía las torres. El nombre Van Light le retumbaba en la mente, acompañado de un cosquilleo extraño en la sangre.
Allí, en la penumbra suavizada por los faroles, distinguió a Mariek. No estaba sola: la joven hechicera del Este, Elara, permanecía a su lado. Mariek movió la mano, discreta, y de sus dedos brotaron chispas diminutas, fugaces como luciérnagas. Elara rió, sorprendida y aliviada, y Mariek —aunque solo un instante— sonrió también.
La luz de las chispas se reflejó en el broche que recogía el cabello de Mariek, despejando su rostro como nunca antes. Sus ojos azul océano parecían brillar en la penumbra, acompañados por la risa tímida de Elara.
Willem, desde la ventana de la Torre de los Caballeros, la observaba en silencio. No había altivez en su mirada ni arrogancia en su porte. Solo un instante de calma, como si aquella escena sencilla —dos muchachas riendo bajo la noche— hubiera derribado sin permiso las murallas que siempre llevaba dentro.
Y entonces sucedió: una sonrisa cálida, suave, casi involuntaria, se dibujó en sus labios. No fue la sonrisa del príncipe heredero de Serentipy, ni la del discípulo de la Academia. Fue la de un joven que, sin quererlo, había quedado atrapado en la luz de alguien a quien aún no comprendía del todo.
—Van Light… —murmuró, apenas un suspiro perdido en la noche.
El eco del nombre se mezcló con el chisporroteo de la magia en el patio, como si el destino mismo hubiera sellado un secreto entre ellos.
El sol apenas se alzaba sobre Serendipy cuando Gideon Felder partió hacia el Castillo del Rey. Al llegar, fue recibido con la reverencia acostumbrada, y conducido por pasillos adornados con tapices que contaban la historia de Serentipy hasta la misma sala del trono. Allí, tras apartar la pesada cortina de terciopelo, Gideon encontró al Rey Theobald sentado en su trono, la corona apenas inclinada sobre su frente, y una expresión que mezclaba autoridad y cansancio.
—Capitán Felder —dijo el Rey con voz firme, aunque cargada de gravedad—. Gracias por acudir tan pronto.
Gideon inclinó la cabeza en un saludo profundo.
—Su Majestad, siempre a su servicio.
El Rey hizo un gesto hacia un asiento cercano, pero Gideon permaneció de pie. El Rey dudó, como si midiera cada palabra antes de pronunciarlas. Finalmente se inclinó levemente hacia adelante y preguntó, con un peso que hizo temblar ligeramente la sala:
—Si mañana te pidiera dar tu vida por Serentipy, por tu Rey y por su descendencia… ¿lo harías, capitán?
Gideon comprendió de inmediato la carga de esas palabras: el Rey no sabía en quién confiar, y un peligro acechaba donde debía haber seguridad. Sin vacilar, se arrodilló frente al trono, bajando la cabeza y apoyando una mano sobre su pecho.
—Su Majestad —dijo con solemnidad—. Siempre he jurado lealtad al reino, a usted y a su linaje. Mi vida está al servicio de Serentipy. Prometo proteger la corona, su herencia y la de sus descendientes, con todo lo que soy y todo lo que tengo.
El Rey Theobald lo observó durante unos segundos, y en su mirada se dibujó un atisbo de alivio. El gesto de nobleza y compromiso de Gideon parecía calmar un peso que llevaba tiempo arrastrando. Finalmente, exhaló y se reclinó en el respaldo del trono, revelando la verdad que lo atormentaba:
—El Príncipe ha sido amenazado —dijo con voz baja, cargada de gravedad—. Y temo que lo que se cierne sobre él puede poner en riesgo no solo a mi hijo, sino a todo Serentipy.
Gideon tragó saliva, comprendiendo que la amenaza era real, y el peso de la protección recaía ahora sobre él, su hijo y, en silencio, sobre todo lo que quedaba de su hogar.
—Lo protegeremos —susurró, con firmeza, aunque el Rey ya no necesitaba oírlo. El compromiso estaba sellado en la mirada, en la postura y en el juramento silencioso de un caballero que no conocía la rendición.
El Rey Theobald hizo un gesto con la mano.
—Levántate, Gideon. —Su voz era firme, pero cargada de un peso que no admitía demora.
Gideon obedeció, manteniendo la mirada fija en el Rey, atento a cada palabra.
—Mis ojeadores han traído noticias inquietantes —continuó Theobald—. Hay un grupo tras la Corona, uno que maneja magia oscura. Infiltrados en todo el reino.
Gideon frunció el ceño y pronunció con cuidado, casi como si evocara un nombre maldito:
—Malrik Schattenfeld…
El Rey asintió con gravedad.
—No sé si es el propio Hechicero quien regresa… o si son sus secuaces. Pero el peligro es real.
Gideon tragó saliva, y el silencio que siguió fue pesado. El Rey respiró hondo, bajando un instante la mirada antes de añadir:
—Gideon… tú también estuviste allí. También lo viste. Solo nosotros sabemos que esta paz es temporal…
En ese instante, la memoria de Gideon se disparó. El aire del salón del castillo desapareció, y se vio transportado dieciséis años atrás, entre humo y fuego:
El Gran Hechicero Oscuro avanzaba, rodeado de llamas y sombras que parecían moverse con vida propia. La última Portadora de Luz, con determinación, estaba frente a él, su rostro pálido y tenso, sus manos levantadas en un gesto de sacrificio.
El Rey Theobald luchaba con el hechicero para ganar tiempo, su espada chocando contra ráfagas de energía oscura. Gideon, a su lado, protegía con su cuerpo a la Portadora de Luz de otras criaturas sombrías que intentaban alcanzarla. La batalla parecía eterna, y en un instante de descuido, una estocada alcanzó al Rey, haciéndolo caer herido.
La Portadora de Luz, pese al peligro, pronunció las palabras del ritual de sacrificio, intentando envolver al Hechicero en una luz cegadora que lo consumiera. Pero justo cuando la luz empezaba a envolverlo todo, un ser oscuro atravesó el corazón de la joven, interrumpiendo el ritual. La energía se desbordó, pero no completó la obra: el hechicero no desapareció del todo, y un rastro de humo negro se levantó, desvaneciéndose lentamente en la noche.
Gideon recordó la desesperación, la impotencia de no poder salvarla, y la mirada de los ojos del Rey herido, confiando en él hasta el último instante. Había protegido al Rey… pero no a ella.
El recuerdo se desvaneció, y Gideon volvió a la sala del trono, ante Theobald. El Rey lo observaba con un peso en los ojos, consciente de que revivir aquel momento era doloroso, pero necesario.
—Ese rastro…A Celestine… —susurró el Rey, como para sí mismo—. Nunca lo olvidaré. Y temo que ahora, tras dieciséis años de aparente calma, algo de esa oscuridad podría volver a manifestarse.
Gideon inclinó la cabeza, comprendiendo el mensaje sin necesidad de más palabras. La amenaza era más profunda de lo que cualquiera podía imaginar. La sombra del Gran Hechicero Oscuro, aunque debilitada, seguía allí, esperando el momento de volver a extenderse sobre Serentipy.
El Rey lo miró fijamente, y en sus ojos había algo más que preocupación: había miedo por su hijo, por el Príncipe, y por todo lo que podría perder si no actuaba con cautela.
—Por eso, Gideon —dijo finalmente—, confío en ti. No solo como capitán… sino como hombre que sabe lo que significa enfrentar la Oscuridad y sobrevivir a ella.
Gideon asintió, jurando en silencio que, si era necesario, volvería a enfrentarse a cualquier sombra para proteger a Serentipy, al Rey y a la descendencia de su corona.
—Majestad… puede confiar en que Henrik estará junto a su hijo en la Academia. Mi hijo tiene la fortaleza y la disciplina para ser un escudo. Si el Príncipe Willem ha de enfrentar peligro, Henrik dará la vida por él si es necesario.
El Rey asintió, pero en la mirada de Gideon algo se quebró. Un recuerdo lo atravesó de pronto: unos ojos azules como el océano, intensos, insondables… Mariek. La niña que había encontrado dieciséis años atrás entre las ruinas, envuelta en luz. La visión fue tan vívida que por un instante perdió el hilo de sus palabras. Volvió a escuchar aquella súplica moribunda en el campo de batalla: “Protégela… Mariek…”
Respiró hondo y se atrevió a añadir, con voz baja pero firme:
—Y no solo Henrik. —Sus ojos se endurecieron, como si hablara más consigo mismo que con el Rey—. Toda la Casa Felder se dedicará a la defensa de la Corona y de cualquiera que esté en peligro.
Gideon comprendió que no era momento de hablar de Mariek, ni de los secretos que intuía en ella. Pero en su interior ya lo sabía: no solo el Príncipe estaba en peligro. La sombra que regresaba podía estar también tras aquella muchacha que llevaba en su sangre una luz que aún no entendía. Y en lo profundo de su alma, juró protegerlos a ambos: al heredero del reino… y a la hija que nunca dejó de ser un misterio.