ID de la obra: 638

Crónicas de Serentipy: Luz y Corona

Het
NC-17
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2
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planificada Mini, escritos 231 páginas, 121.776 palabras, 12 capítulos
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Capítulo 9: La llamada de Serendor

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Capítulo 9: La llamada de Serendor              Dos años habían pasado desde la partida de Mariek con Aldebrand, y el Reino de Serentipy parecía contener la respiración ante cada nuevo amanecer. Las noticias de ataques se multiplicaban, siempre en distintos puntos, siempre con un patrón similar: oscuridad, fuego, caos. Y, después, la aparición de dos Hechiceros —uno envuelto en luz, otro en la calma de la sabiduría— que aplacaban la tormenta justo antes de que arrasara por completo. Pero cada vez con mayor esfuerzo.       En la Academia, mientras tanto, el ciclo de Willem había llegado a su fin. El príncipe heredero abandonaría las torres de piedra que lo habían visto crecer y volvería a Serendor. Probablemente, como correspondía a su rango, se uniría a las tropas imperiales en misiones reales.       En el ala norte, donde se alzaba la fuente de mármol con el emblema de Serentipy tallado en su centro, reinaba un silencio distinto, más sereno, casi reverente. El Príncipe Willem estaba sentado en el borde de la fuente, las manos apoyadas sobre las rodillas, observando cómo el agua reflejaba el cielo. Henrik se mantenía a su lado, de pie, con esa actitud recta e imperturbable que lo distinguía de todos los demás. Roderic, apoyado contra una columna, jugaba distraídamente con una piedra que lanzaba al aire, mientras Octavius hablaba con la energía y el brillo que siempre lo acompañaban.       —Mañana… —dijo Roderic, rompiendo el silencio—. Mañana dejaremos todo esto atrás.       —Atrás no —corrigió Henrik con voz baja—. La Academia no se deja atrás. Se lleva dentro.       Roderic soltó una risa breve.       —Hablas como uno de los instructores.       —Habla como un Felder —añadió Octavius, sin levantar la vista—. Deberías saberlo a estas alturas.       Willem sonrió, pero sin apartar la mirada del agua. Su mente parecía lejos, como si buscara en el fondo de la fuente una respuesta que no llegaba.       —Mañana partimos a Serendor —murmuró, casi para sí—. Luego, cada uno seguirá su camino.       Hizo una pausa, y su voz bajó aún más:       —Quisiera detener el tiempo, solo por un instante.       Henrik se giró hacia él, con una mezcla de respeto y fraternal afecto.        —Majestad, el tiempo no se detiene, pero puede recordarse. Y eso, a veces, es suficiente.       Willem alzó una ceja, intrigado.       —¿Eso te dijo tu padre?        Henrik asintió, con un atisbo de sonrisa.       —Él… y alguien más.       Roderic bufó.       —Yo no pienso recordar esta rutina. Extrañaré las fiestas del fin de semestre, eso sí.       Octavius rodó los ojos.       —Y las botellas de Lysmarin que traías de contrabando, ¿no?       —Detalles —respondió Roderic con fingida solemnidad.       El grupo rió suavemente, y por un momento todo pareció normal, ligero. Pero entonces, Henrik se detuvo de golpe. A lo lejos, entre los soportales, divisó una figura conocida: Aurelia, vestida con la túnica azul profundo de las nobles aprendices, caminaba junto a otras damas. Su cabello dorado brillaba al sol, y su risa —contenida, educada— se elevaba apenas sobre el rumor del viento. Henrik bajó la vista enseguida. No dijo nada. Willem, sin embargo, lo había visto.       El Príncipe giró lentamente la cabeza hacia su amigo y, con la calma calculada que solía adoptar en los momentos incómodos, dijo:       —¿Pensáis despedirla mañana, Henrik?       Henrik se tensó.       —No hay nada que despedir, Alteza.       —Oh, por supuesto —intervino Roderic, con su sonrisa traviesa—. Nada que despedir, salvo una mirada que parece echar raíces cada vez que pasa por aquí.       Octavius soltó un suspiro cansado.       —Roderic, calla.       Willem mantuvo la mirada fija en Henrik, pero su voz fue suave.       —A veces, el deber y el corazón no saben mirarse sin herirse.       Henrik alzó la vista hacia él, sorprendido por el tono.       El Príncipe añadió:       —Lo sé bien.       Un silencio espeso siguió a esa frase. Octavius, incómodo, cambió de tema.       —¿Y qué haréis en Serendor, Alteza? ¿Volveréis a las audiencias, a los banquetes, a la política?       Willem exhaló con una media sonrisa.       —Primero quiero visitar a Alric y Nella.       Roderic alzó la cabeza, interesado.       —Los niños de Dunkelhof…       —Sí. —El Príncipe asintió—. No puedo dejar de pensar en ellos. Si la Corona no puede proteger a los más débiles, no sirve de nada.       Henrik lo observó en silencio, asintiendo apenas. Willem prosiguió:       —Después… supongo que mi padre me querrá a su lado. Habrá misiones. El reino se está reordenando, o al menos eso dicen los consejeros.       Octavius rió con cierta ironía.       —Ojalá la reordenación no nos cueste otra guerra.       —No será una guerra —intervino Henrik con tono serio—. Será algo peor. Algo que no se ve venir.       El aire cambió. La fuente seguía fluyendo, pero un leve estremecimiento recorrió el ambiente, como si la naturaleza misma hubiese escuchado algo que no quería oír. En ese instante, la sombra de alguien se proyectó sobre ellos. Era el Maestro Arven.       Vestía su túnica oscura con los bordes dorados, y su bastón tallado con símbolos antiguos. Sus ojos, como el acero del amanecer, se posaron sobre el grupo con una calma que imponía respeto.       —Alteza —dijo, inclinando la cabeza—. Si me concedéis un momento, debo hablar con vos a solas.       Willem asintió, se levantó y, tras una mirada rápida a sus compañeros, siguió al Maestro. Henrik los observó alejarse, y Aurelia, a lo lejos, también. Caminaron por el corredor largo de piedra, silencioso salvo por el eco de sus pasos. La luz entraba a través de los ventanales altos, proyectando destellos en el suelo.       El Maestro se detuvo frente a la puerta de la sala de los mapas. Entró primero, y Willem lo siguió. Dentro, el aire olía a pergamino antiguo y a cera derretida. En el centro, sobre una mesa, un gran mapa del reino ocupaba casi todo el espacio, con pequeñas marcas de cera roja en varios puntos.       —¿Nuevos informes? —preguntó Willem, observando las marcas.       Arven asintió lentamente.       —Pequeños ataques. Movimientos de sombras. Lugares donde el aire se vuelve irrespirable antes de caer la noche. No hay rastro del enemigo, solo… vacío.       El Príncipe entrecerró los ojos.       —¿Creéis que es obra del mismo que atacó Eisenburg?       —No lo sé aún. Pero hay algo que los une. Y temo que cada nuevo ataque acerca un poco más el regreso de lo que nunca debió volver.       Willem guardó silencio. Sus dedos rozaron el borde del mapa. Arven lo observaba. Había en sus ojos un afecto profundo, el tipo de cariño que nace de haber visto crecer a alguien bajo su guía.       —Os he visto madurar, mi Príncipe —dijo finalmente—. De niño impetuoso a heredero digno. Pero debo deciros la verdad que nadie se atreverá a deciros mañana en el banquete de despedida.       Willem lo miró con atención.       —Hablad sin reservas, Maestro.       —La oscuridad no ha cesado. Solo aguarda. Y su propósito, como siempre, es destruir la Corona. No porque odie el oro, ni el trono… sino lo que representa: la unión del Reino y la Luz.       Arven dio un paso más cerca.       —Si la oscuridad os toca, no será con una espada. Será con engaño, con duda. Buscará apartaros de lo que sois, haceros creer que el deber es una carga, no un don.       Willem bajó la mirada, con una sombra de fatiga en el rostro.       —A veces… ya lo siento así.       El Maestro sonrió con tristeza.       —Entonces sois más humano que la mayoría. No os alejéis de quiénes sacan lo mejor de vos.       Un silencio cálido se extendió entre ellos. Willem lo rompió con voz baja:       —¿Por eso habéis pedido hablar conmigo, Maestro? ¿Para advertirme?       Arven negó con un leve gesto.       —También para entregaros algo.       Se volvió hacia un cofre de madera oscura, lo abrió con una llave antigua y sacó una pequeña caja de plata. Al abrirla, una suave luz azulada iluminó el aire. Dentro, reposaba un anillo con una gema translúcida, tan pálida que parecía contener un trozo de cielo.       —Este anillo —dijo el Maestro— perteneció a mi bisabuelo, uno de los artesanos que forjó los Dos Anillos del Velo. Solo existen dos: este con el zafiro opaco y el otro con un rubí opaco. Uno se perdió hace generaciones; este, el del zafiro, ha estado bajo custodia de mi familia.       Willem lo miró fascinado.       —¿Y qué hace?       —Oculta lo que eres —respondió Arven—. No con sombras, sino con luz. Mientras lo lleves, podrás adoptar otro rostro, otro cuerpo, por un breve tiempo. Pero cuidado, Alteza… lo que protege también separa. Si lo usas demasiado, olvidarás quién eres realmente.       El Príncipe extendió la mano, y el Maestro depositó el anillo en su palma. La gema centelleó apenas, como si reconociera su nuevo dueño.       —¿Por qué me lo dais? —preguntó Willem con voz baja.       —Porque el Reino os necesita libre. Y temo… —Arven dudó, por primera vez—, temo que pronto no todos los caminos estarán abiertos para vos.       Willem cerró los dedos sobre el anillo.       —¿Sabéis algo que yo no sepa?       —Sé que los reyes siempre creen tener tiempo y siempre creen tener respuestas. Pero el destino rara vez concede ambas cosas.       El Príncipe lo observó, sin palabras. Había una mezcla de afecto, respeto y un presentimiento doloroso.       —Maestro… si algo me ocurre, velad por ellos. Por Henrik, por Octavius, Roderic…       Arven inclinó la cabeza.       —Ya lo hago, Alteza. Pero recordad: no todos los que caminan a vuestro lado podrán seguiros donde el deber os llevará. Aunque estoy seguro de que están dispuestos a dar la vida por Vos.       Un rayo de luz atravesó el ventanal, iluminando la mesa. El silencio se hizo más denso, y en ese instante, ambos comprendieron —sin decirlo— que algo estaba cambiando. Que la calma que los envolvía era el último respiro antes de que el mundo volviera a romperse. Arven habló al fin, casi en un susurro:       —Cuando partáis mañana, mirad hacia el este. Si el cielo arde en tonos rojos, recordad mis palabras: los antiguos poderes no duermen. Solo esperan que olvidemos sus nombres.       Willem asintió, guardando el anillo en su túnica.       —No los olvidaré, Maestro.       El anciano lo miró con ternura, luego apoyó una mano en su hombro.       —Entonces, que la luz te encuentre, aunque el camino sea oscuro.       El Príncipe se inclinó levemente, en señal de respeto. Y cuando salió de la sala, el Maestro se quedó solo, mirando el mapa extendido, con el rostro sumido en sombras. Sus dedos rozaron la marca más reciente: un pequeño punto en el norte, cerca de las Montañas de Nareth. Allí, bajo el polvo del pergamino, una palabra estaba escrita en tinta desvaída: M. Felder.              El sol comenzaba a descender, tiñendo de cobre los muros antiguos de la Academia. Las sombras de las torres se alargaban sobre los patios, y las últimas luces se reflejaban en los ventanales del ala este, donde las aprendices de la senda de los sabios acostumbraban reunirse antes del toque de campana.       Aurelia estaba sentada sobre el alféizar de piedra, el rostro bañado por una luz anaranjada. El libro que tenía entre las manos llevaba rato sin pasar de página. Miraba hacia el horizonte, hacia las montañas que cercaban el valle, donde el cielo parecía arder lentamente con los tonos del crepúsculo. Los pasos ligeros de Elara y Liora rompieron el silencio.       —Sabía que estarías aquí —dijo Liora con una sonrisa, dejando caer una capa sobre sus hombros—. Siempre vienes a despedirte del sol cuando tienes la cabeza llena.       Aurelia sonrió con suavidad. Llevaban dos años conociéndose y realmente las consideraba sus amigas.       —¿Tan fácil soy de leer?       —Solo para quienes te queremos —respondió Elara, con su tono alegre, aunque su mirada denotaba un dejo de nostalgia—. Mañana te vas, ¿verdad?       Aurelia asintió, cerrando el libro.       —A la Casa Vaeloria. Mi padre dice que me esperan deberes... y compromisos.       —Compromisos nobles —rió Elara—. Que suenan horriblemente aburridos.       —Y aún más horriblemente impuestos —añadió Liora, que se apoyó en la barandilla junto a ellas.       El viento movió suavemente el cabello dorado de Aurelia, y por un instante, las tres permanecieron en silencio, escuchando el murmullo lejano de las campanas del oratorio. Fue Liora quien rompió el silencio.       —Hace mucho que no hablas de él.       Aurelia alzó la vista, sorprendida.       —¿De quién?       Liora arqueó una ceja.       —No te hagas la ingenua. Del caballero.       Elara soltó una risita.       —Del que te hacía sonreír cuando fingías leer en el comedor.       Aurelia bajó la mirada, reprimiendo una sonrisa amarga.       —Han pasado dos años. Y yo… no dije nada en su momento.       Sus dedos rozaron el borde del libro cerrado.       —Desde que Mariek partió, todo cambió. No podía acercarme a él sin sentir que estaba fuera de lugar permitirme tal cosa.       Liora ladeó la cabeza.       —¿Por Mariek?       —En parte por ella, en parte por mí misma —susurró Aurelia.       La brisa sopló más fuerte, levantando una hebra de su cabello.       —Él merecía a alguien valiente. Y yo… fui una cobarde. Debí… acercarme en ese momento.       Elara la miró con dulzura.       —Aurelia, aún no es tarde. Mañana marchas, pero esta noche sigue siendo tuya.       —Y de él —añadió Liora, con su manera directa—. Si de verdad sientes algo, díselo.       Aurelia se giró hacia ellas, sorprendida.       —¿Esta noche?       —¿Por qué no? —respondió Elara—. Si te rechaza, al menos sabrás que tu corazón fue sincero. Si no lo haces, siempre te preguntarás qué habría pasado.       Liora cruzó los brazos, con un brillo decidido en la mirada.       —Sé valiente.       Aurelia exhaló, y su voz se quebró apenas.       —“Sé valiente”… lo decís como si fuera tan fácil.       —Nunca lo es —contestó Liora—. Pero siempre vale la pena. Ese caballero en breves será llamado a tropas. No dejes pasar la oportunidad de saber qué tiene él dentro del corazón.       La sonrisa que se dibujó en los labios de Aurelia fue débil, pero verdadera.       —Lo pensaré —dijo al fin.       —No lo pienses tanto —replicó Elara con una risa suave—. El valor se disuelve si se le da demasiada vuelta.       Las tres permanecieron allí un rato más, viendo cómo el sol desaparecía por completo detrás de las montañas. Cuando la primera estrella apareció en el cielo, Aurelia cerró los ojos y murmuró algo que ninguna de las otras alcanzó a escuchar.Un deseo. O una despedida anticipada.       En el patio de los caballeros, Willem caminaba junto a Henrik. El aire olía a piedra húmeda y hojas secas. Las antorchas recién encendidas creaban destellos sobre la piedra antigua, y el silencio se llenaba de un peso que ninguno parecía querer romper. Fue el Príncipe quien habló primero.       —¿Sabes, Henrik? Hay algo que siempre me ha intrigado de ti.       Henrik alzó una ceja, en guardia.       —¿Y qué sería eso, Alteza?       —Tu capacidad de callar.       —Es parte del deber.       Willem sonrió de medio lado.       —A veces el deber se confunde con el miedo.       Henrik frunció el ceño, sin responder. El Príncipe se detuvo junto a una columna, con las manos tras la espalda.       —He oído muchos rumores estos años… sobre Aurelia Vaeloria, sobre lo que algunos esperan de ella. Y de mí.       El silencio se volvió más espeso. Henrik miró al frente, tenso.       —Los rumores pueden equivocarse.       —Esta vez no del todo —respondió Willem, en tono tranquilo—. Muchos la creen destinada a ser consorte. Y ella es favorable para la actual reina, mi madre.       Henrik asintió lentamente.       —Lo he escuchado, Alteza.       —Y, sin embargo… —el Príncipe giró la mirada hacia el cielo, donde el último reflejo del crepúsculo se apagaba— Aurelia Vaeloria nunca será consorte del Príncipe.       Henrik lo miró, confundido.       —¿Por qué decís eso?       Willem bajó la vista. En sus ojos había una sombra que el caballero no supo interpretar.       —Porque el corazón del Príncipe… —se interrumpió, una respiración más honda que las demás—, el corazón del Príncipe pertenece a un camino que no puede seguir nadie más.       Henrik lo observó con atención.       —¿A un camino… o a una persona?       Willem sonrió, pero no respondió. El silencio bastó para que Henrik comprendiera que había algo más profundo escondido entre aquellas palabras. Algo que no debía ser dicho. Algo que supo desde el día en que el Príncipe se había enfrentado a su padre a causa de la partida de su hermana.       El Príncipe, entonces, cambió el tono de su voz.       —Pero hay algo que sí debes hacer tú.       Henrik parpadeó, desconcertado.       —¿Yo, Alteza?       —Sí. —Willem se giró hacia él—. Deberías preguntarle a la señorita Vaeloria si sus sentimientos te corresponden, antes de que partáis cada uno a vuestro destino.       Henrik retrocedió un paso, atónito.       —¿Qué estáis diciendo? Eso es imposible.       —Lo que has querido escuchar desde hace mucho —replicó Willem, sin dureza—. No sé qué hay entre vosotros, ni pretendo saberlo. Pero sí sé reconocer cuando dos almas laten al mismo compás, aunque intenten disimularlo.       Henrik quiso protestar, pero el Príncipe lo detuvo con un gesto.       —No digas nada. No te pido una respuesta. Solo… sé valiente, Henrik Felder. La Casa Felder es digna para la Casa Vaeloria… sois los más fieles.       La frase cayó como una campanada en el aire. Por un instante, Henrik creyó ver en los ojos de su Alteza algo que no pertenecía a un Príncipe, sino a un hombre que también había amado y perdido algo que jamás se atrevería a confesar.       —Majestad… —murmuró, sin saber qué más decir.       Willem dio media vuelta y se alejó, con paso sereno, hacia la galería iluminada por antorchas. El último rayo de luz del crepúsculo se reflejó en el broche de su capa, y luego desapareció. Henrik se quedó solo bajo el arco, la mente y el corazón en una batalla muda. El eco de aquellas palabras —“sé valiente”— no dejaba de resonar.              La noche había descendido sobre la Academia como un manto de terciopelo oscuro. Las luces de las torres se apagaban una a una, dejando el eco de los pasos de los últimos aprendices que regresaban a sus habitaciones. En el aire flotaba ese silencio especial que solo ocurre antes de una despedida: no del todo triste, pero con una melancolía que se pega al alma.       Henrik avanzaba sin prisa, con las manos entrelazadas tras la espalda. No había podido dormir. Desde que el Príncipe le dijera aquellas palabras —“Sé valiente, Henrik Felder”— algo en su interior no encontraba reposo. Sabía que lo que lo mantenía en vela no era solo el deber, ni el inminente regreso a Serendor… sino algo más, algo que llevaba evitando demasiado tiempo       Sus pasos lo llevaron, casi sin querer, hacia los jardines interiores. El aire olía a jazmín y tierra húmeda; la luna, velada por un tenue velo de nubes, proyectaba una luz plateada sobre los senderos de piedra. Allí, junto al estanque, distinguió una figura solitaria.       Aurelia estaba sentada en el borde del estanque, con el cabello recogido a medias y una capa ligera cubriéndole los hombros. Sus manos reposaban sobre el regazo, y la superficie del agua reflejaba su rostro pensativo, como si estuviera contemplando otra versión de sí misma.       Henrik se detuvo, indeciso. ¿Sería una casualidad del destino o un juego de los dioses? Por un instante pensó en marcharse, pero entonces ella levantó la vista y sus ojos se encontraron. No hicieron falta palabras. Ambos sabían que ese encuentro no era casual.       Aurelia se levantó despacio, y su voz fue un susurro.       —Buenas noches, caballero.       Henrik tragó saliva, sin saber qué responder.       —Buenas noches, señorita Vaeloria.       Henrik se acercó un poco más, hasta que solo los separaban un par de pasos. La luna, finalmente, escapó entre las nubes y los bañó a ambos con su resplandor suave.       —Mañana partís —dijo Henrik al fin.       —Sí y vos también. A la Casa Vaeloria… y después, quizás, a la Corte. —Su voz tembló apenas—. Todo parece tan grande allá fuera… y tan lejos de aquí.       Henrik bajó la mirada.       —Todo está lejos, cuando uno no sabe si volverá a ver lo que ama.       Aurelia contuvo la respiración. No respondió. Solo dio un paso más.       —Mañana cada uno tomará un camino distinto. Quería hablaros antes de eso.       Henrik asintió, pero no halló palabras. Ella dio un paso más, hasta quedar frente a frente, a poca distancia.       —No os pediré una promesa imposible, Henrik —dijo con voz suave—. Solo… quiero saber si lo que siento es mío únicamente, o si… podría llegar a ser correspondido.       El silencio se alargó entre ellos como un hilo tenso. Henrik bajó la mirada, respiró hondo y murmuró:       —Aurelia… sois una mujer noble, instruida, destinada a algo grande. No puedo ofreceros todo lo que valéis.       Ella lo miró con calma, sin tristeza ni reproche.       —¿“Todo lo que valgo”? —repitió con un deje de ironía suave—. No necesito títulos, Henrik. Solo que alguien me mire y me vea como soy.       Él levantó los ojos, y esa simple frase lo desarmó. Aurelia dio un paso más, acortando la distancia entre ambos.       —Si alguna vez sentís lo mismo, aunque sea un poco… —susurró— estaré dispuesta a esperar.       El viento sopló, arrastrando hojas secas a sus pies. Henrik tragó saliva, sintiendo cómo las palabras se le quedaban atascadas en la garganta.       —No debería prometeros nada… —dijo con esfuerzo—. Pero… si pudiera elegir, Aurelia…       Ella alzó la mano y le interrumpió con un gesto suave.       —No lo digáis. No ahora. A veces basta con saber que… podría ser.       La luna iluminaba su rostro, y durante un instante, Henrik creyó ver en ella no solo a la hija de una Casa antigua, sino a alguien con el coraje de decidir su propio destino.       —Si llega la guerra —añadió ella, más seria—, no penséis que me quedaré atrás. No me criaron para esperar tras las murallas.       Henrik la observó en silencio. Había orgullo en su voz, pero también verdad.       —Entonces espero que el día que empuñéis una espada… estar a vuestro lado para defender aquello que amáis.       Aurelia sonrió con esa calidez que podía romper cualquier sombra.       —Quizás ya lo hago.       Hubo una pausa. Ella extendió la mano y sacó de su manga un pequeño pañuelo de lino blanco, bordado con hilo dorado y una flor en una esquina.       —Tomad esto —dijo, tendiéndoselo—. Es todo lo que puedo ofreceros por ahora.       Henrik lo miró, sin comprender del todo.       —¿Qué representa?       —Una promesa —respondió ella—. De que, pase lo que pase, quiero saber que seguís vivo. Que no dejaréis que el deber os robe la vida antes de tiempo.       Él lo tomó con cuidado, como si temiera dañarlo.       —Os lo prometo, Aurelia. Viviré. Aunque las sombras vuelvan.       —Y escribiréis —añadió ella, sonriendo apenas—. No olvidéis escribir.       Henrik asintió.       —No lo haré. Aunque los mares se alcen entre nosotros.       La luna seguía alta, testigo mudo del instante. Aurelia lo miró unos segundos más, grabando en su memoria cada línea de su rostro. Luego, sus manos rozaron las de él, brevemente, con un temblor casi imperceptible.       —Entonces no temo lo que venga —susurró.       Henrik guardó el pañuelo junto al pecho.       —Y yo, mientras vos esperéis… no temeré tampoco.       Ella inclinó la cabeza, conteniendo una emoción que no se atrevía a nombrar.       —Buena suerte, Henrik Felder.       —Y vos, Aurelia Vaeloria —respondió él con voz baja, grave—. Que las estrellas os guíen hasta que nos volvamos a ver.       Ella se apartó lentamente, su capa rozando la piedra húmeda. Caminó sin mirar atrás, y sin embargo, Henrik supo que ella sabía que él la observaba hasta el último paso. Cuando su figura desapareció entre los arcos del claustro, el silencio volvió a llenar los jardines. Henrik alzó el pañuelo, lo miró bajo la luz de la luna y lo guardó de nuevo, sobre el corazón.       La brisa nocturna susurró entre los árboles, como si el mundo entero hubiese escuchado una promesa que ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar. Y mientras las campanas lejanas marcaban la medianoche, Henrik Felder comprendió que hay guerras que empiezan mucho antes de que se desenvainen las espadas.              La mañana amaneció envuelta en un resplandor tenue sobre las torres grises de la Academia Arensbourg. El rocío cubría los jardines y el aire olía a piedra húmeda, a hojas recién agitadas y a magia dormida. Las campanas del torreón oriental repicaban con solemnidad, marcando el inicio del día que pondría fin a una era: el día de la partida de los alumnos mayores.       El gran patio de los mástiles se hallaba cubierto de movimiento. Caballos relinchaban bajo los estandartes de las grandes Casas del Reino: Vaeloria, Felder, Thalmyr, Vahl y, al final de la fila, el estandarte azul oscuro del Halcón de Serentipy, símbolo de la Casa Real.       Había murmullos de despedidas y risas forzadas. Los alumnos de cursos inferiores se agolpaban junto a las columnas, observando con admiración y una nostalgia anticipada. Entre ellos, Liora y Elara. Ambas se mantenían a cierta distancia, sobre las escalinatas que daban al patio, observando cómo los mayores se preparaban para partir.       Elara, con el cabello suelto y los ojos inquietos, intentaba grabar cada detalle en la memoria; Liora, más serena, se limitaba a mirar en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho.       El sonido de los herrajes resonó cuando el carruaje blanco y dorado de la Casa Vaeloria avanzó unos pasos. En el umbral, Aurelia Vaeloria apareció, rodeada por dos doncellas y un asistente de su familia. Su porte era sereno, casi etéreo, pero en sus ojos se adivinaba la emoción contenida de quien deja atrás algo más que un lugar.       Liora la vio detenerse. Por un instante, Aurelia alzó la vista hacia las escalinatas. Sus miradas se cruzaron. No hubo palabras, solo un leve gesto, una sonrisa apenas dibujada y una inclinación de cabeza que bastaron para decirlo todo.       Elara levantó una mano, y Aurelia respondió con el mismo gesto antes de subir al carruaje. La puerta se cerró con un sonido suave, el lacayo golpeó el suelo con la lanza, y los caballos blancos comenzaron a avanzar.       Desde la ventana, Aurelia se volvió por última vez. Sus ojos buscaron a alguien entre la multitud. Lo encontró: Henrik Felder, de pie junto al carruaje real, vestido con el uniforme oscuro de graduado, observándola sin moverse. No se saludaron, pero el leve temblor en las manos de ambos fue suficiente. Una despedida muda, suspendida en el aire entre los dos. El carruaje de Vaeloria pasó junto a él, el emblema del sol alado brillando bajo el sol naciente, y se perdió más allá de las murallas de Arensbourg.       Entonces, uno a uno, los demás carruajes comenzaron a avanzar. Los heraldos alzaron los estandartes, las ruedas crujieron sobre el empedrado, y la comitiva real se formó. Primero, los carruajes de las casas nobles menores; luego, los de los sabios y caballeros; y por último, el que llevaba el emblema de la Corona de Serentipy.       Era un carruaje oscuro, de madera pulida y reforzada en plata, escoltado por cuatro jinetes con capas azul medianoche. Los emblemas del halcón plateado brillaban en cada rincón. Dentro, el aire estaba impregnado de ese silencio solemne que precede a toda partida definitiva.       El Príncipe Willem observaba por la ventana, con el gesto tranquilo pero los ojos distantes. Frente a él, Henrik, Roderic y Octavius conversaban con la ligereza nerviosa de quienes no quieren admitir que están emocionados. Octavius, con su sonrisa franca, se ajustaba la capa mientras miraba por el cristal.       —Supongo que esto es lo más cerca que estaremos de ser hombres libres —bromeó—. Después de hoy, comienzan los deberes.       Roderic soltó una carcajada.       —Habla por ti. Yo pienso disfrutar del viaje hasta Thalmaris antes de que mi padre me encierre en el Consejo de Comercio o me envíe a proteger nuestro Príncipe.       Henrik sonrió con una calma fingida. Pero sus ojos, pese a la charla, volvían una y otra vez hacia el portón, hacia el punto donde había desaparecido el carruaje blanco de Aurelia. El pañuelo que ella le había dado la noche anterior seguía en su bolsillo, doblado con un cuidado casi reverencial.       El carruaje comenzó a moverse. Desde las escalinatas, Elara y Liora bajaron corriendo para despedirse. Elara levantó la mano; su voz, clara y valiente, rompió el murmullo del patio.       —¡Alteza! ¡No olvide su promesa!       Willem se inclinó apenas hacia la ventana, sorprendido, con una sonrisa breve.       —¿Promesa? —murmuró.       Elara río, el cabello al viento.       —¡Que cuando llegue la guerra, me dejará luchar a su lado!       El Príncipe la observó un instante, entre divertido y conmovido. Respondió con una inclinación solemne de cabeza.       —Si ese día llega, Elara, será un honor. Lo recordaré.       Liora, más seria, añadió desde atrás:       —Y cuidad del Reino, Alteza. Las sombras se mueven incluso bajo el sol. Protegeos, no seais imprudente, eso querría ella.       El comentario hizo que Willem desviara la mirada hacia ella. Por un instante, el silencio se impuso entre ambos. Luego, el carruaje avanzó, y la distancia fue borrando las voces, los gestos, los rostros conocidos.       Las puertas de la Academia Arensbourg se cerraron tras la comitiva con un estruendo grave, metálico, como un eco de despedida. Y el polvo del camino, levantado por las ruedas, quedó flotando en el aire como una cortina dorada que separaba el pasado del futuro.       El camino hacia Valdoren, la provincia central del Reino, se extendía entre colinas suaves cubiertas de hierba y bosques que, bajo la luz del mediodía, parecían casi dorados. El carruaje real avanzaba escoltado por dos jinetes a cada lado. El paisaje cambiaba poco a poco: campos de cultivo, aldeas que saludaban al paso de la comitiva, los primeros ríos anchos que corrían hacia el sur.       Willem observaba por la ventana, sin hablar. Sus pensamientos, sin embargo, no estaban allí. A veces, la línea del horizonte le devolvía un eco de otro viaje. No uno real, sino aquel que había hecho junto a Mariek, en el plano astral, dos años atrás.       Recordaba con una claridad dolorosa cómo habían sobrevolado el Reino entero: los lagos del norte, las minas de Eisenburg, los valles, los acantilados de Lysmarin… Y cómo ella, con esa voz suave y segura, le había dicho que un día el Reino también sería suyo para proteger, no solo para gobernar. Miró sus propias manos, calladas sobre el regazo. ¿Qué me dirías ahora, Mariek… si vieras lo que se avecina?       El rumor de las ruedas sobre el camino lo devolvió al presente. Henrik hablaba con Octavius sobre los pasos que tomarían una vez llegaran a Serendor, pero el Príncipe apenas los escuchaba. Inconscientemente, llevó la mano al pecho. Bajo la tela del uniforme, colgaba el amuleto de runas que Mariek le había dado aquella tarde en los jardines de la fuente. Lo sostuvo entre los dedos. El metal estaba tibio, como si latiera.       —¿Todo bien, Alteza? —preguntó Henrik al notar su silencio.       Willem asintió despacio.       —Sí… Solo pensaba en lo que dejamos atrás.       Roderic bufó.       —Yo solo dejo atrás madrugones y exámenes.       Octavius sonrió.       —Y a media Academia suspirando por vos. No finjáis modestia.       Las risas llenaron el interior del carruaje, pero Willem apenas sonrió. Su mirada seguía fija en el horizonte. A lo lejos, el sol comenzaba a descender y el cielo adquiría un tono anaranjado. Los montes de Valdoren se perfilaban ya como sombras azuladas, y más allá, casi invisible entre la neblina dorada, se alzaban las torres blancas de Serendor, la ciudad de los reyes.       Los campesinos se detenían en los campos para ver pasar la comitiva. Algunos se inclinaban, otros levantaban el puño en señal de saludo. El Príncipe respondió con una leve inclinación de cabeza.       Pero en su mente seguían las mismas preguntas que le hizo hace dos años, si hubiera sabido la respuesta.... ¿Por qué viene mi padre a la Academia? ¿Por qué ahora?       El viento entró por la ventana, removiéndole el cabello. El amuleto tintineó suavemente contra su pecho. Y por un instante, juraría que lo escuchó —la voz de Mariek, tan clara como si estuviera junto a él—: "Porque nada ocurre sin motivo, Alteza. Y todo motivo, algún día, se revela."       Cerró los ojos y respiró hondo.       —Dos años… —murmuró para sí—. Dos años y aún no logro olvidarte.       Henrik lo miró de reojo, pero no dijo nada. Sabía exactamente de quién hablaba.       El carruaje avanzó unos metros más, y cuando alcanzaron la cima de la colina, el Reino de Serentipy se desplegó ante ellos: vasto, luminoso, vivo. Pero bajo aquella belleza se intuía algo más. Un rumor invisible, una vibración oscura que parecía recorrer la tierra como un presagio. Willem lo sintió, como si el aire se volviera más denso.       —El Reino está cambiando —dijo en voz baja.       Roderic lo escuchó.       —¿Cambiar? ¿A qué os referís?       El Príncipe no respondió enseguida. Miraba el horizonte con una expresión grave.       —A que hay silencios que no son paz —respondió al fin—. Y vientos que soplan antes de la tormenta.       El carruaje reanudó la marcha cuesta abajo. A lo lejos, las torres de Serendor resplandecían con los últimos rayos del sol, como lanzas doradas apuntando al cielo. En sus afueras, entre bosques de robles y praderas, descansaba la Casa Felder, donde los hombres de esa familia habían servido durante generaciones a la Corona. El carruaje redujo la marcha. Willem se inclinó hacia adelante, observando el paisaje.       El carruaje real se detuvo ante los portones de hierro forjado de la Casa Felder, en las afueras de Serendor. El aire olía a pino y tierra húmeda; el sol, ya inclinado hacia el oeste, bañaba las colinas en un resplandor dorado. Los soldados de escolta desmontaron primero, golpeando con las lanzas el suelo en un gesto de respeto.       Willem apartó la cortina y respiró hondo. Había algo profundamente distinto en aquel lugar —la calma de los campos, el rumor de las aves, el eco distante de una vida sin deberes—, algo que le hacía pensar en lo que la palabra hogar significaba para otros.       Las puertas se abrieron y los cuatro jóvenes descendieron del carruaje. Henrik fue el primero en pisar el empedrado del patio, su capa oscura ondeando ligeramente con la brisa. El sonido de los pasos resonó en la piedra, y al instante, una figura cruzó el umbral de la casa.       Isolde Felder apareció en el umbral, vestida con un sencillo vestido de tonos grises y el cabello recogido en un moño bajo. Su porte conservaba la dignidad de su linaje, pero en sus ojos había una emoción cálida, humana.       —Alteza —saludó, inclinándose con respeto cuando vio a Willem—. Es un honor recibirle en nuestra casa.       El Príncipe le devolvió el gesto, con esa cortesía natural que no precisaba esfuerzo.       —El honor es mío, señora Felder. Mi padre siempre habló de la hospitalidad de vuestra casa.       Ella sonrió, pero antes de responder, su mirada se posó en Henrik. El gesto que la transformó fue tan inmediato que desarmó todo protocolo: su rostro se iluminó, y, olvidando cualquier etiqueta, corrió hacia su hijo y lo abrazó con una fuerza que sólo una madre puede contener durante años.       —Estás más delgado… —murmuró contra su hombro, tocándole el rostro con ternura—. Y tus ojos… ya no son los de un niño.       Henrik soltó una breve risa, algo temblorosa.       —He tenido buenos maestros, madre.       Isolde se separó apenas para mirarlo de frente, conteniendo el brillo en sus ojos.        —Y un destino demasiado grande —susurró, más para sí misma que para los demás.       El momento se interrumpió de pronto por una voz aguda que rompió el aire con la energía de la infancia:       —¡Altezaaa!       Todos se giraron. Desde el camino que descendía de los huertos, una figura pequeña corría descalza, con el cabello trenzado y una falda azul demasiado corta para su crecimiento. Nella.       Sus pies apenas tocaban el suelo mientras se lanzaba hacia ellos, sin detenerse ni un instante ante los guardias que intentaron hacer ademán de frenar su impulso. Willem apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que la niña se arrojara contra él con un grito de pura alegría.       —¡Sabía que volveríais! —exclamó, apretando sus brazos alrededor del cuello del Príncipe.       La risa de Willem resonó en el patio, limpia, sincera. La levantó un poco del suelo, girándola una vez antes de posarla de nuevo.       —Veo que habéis crecido, Nella—dijo, sonriendo—. ¿Qué os dan de comer en esta casa para que en dos años seáis tan alta?       —Pan con miel, Alteza… ¡y entrenamiento con Alric! —respondió con orgullo.       En ese momento, una figura más alta apareció tras ella. Alric, ahora un muchacho de doce años, llevaba una camisa simple y un cinturón de cuero con un cuchillo de entrenamiento. Su porte era firme, la expresión un reflejo contenido de madurez precoz. Cuando llegó frente al Príncipe, se detuvo, dio un paso atrás y se inclinó con reverencia.       —Alteza —dijo, con voz segura.       Willem le miró con afecto y posó una mano sobre su hombro.       —Os lo dije, ¿no? Que cuando volviera, esperaba veros convertidos en un joven digno del Reino.       Alric sonrió, pero en un impulso infantil que aún no había aprendido a reprimir, terminó abrazándolo también. El gesto espontáneo arrancó risas a todos. Incluso Henrik, siempre reservado, esbozó una sonrisa sincera.       Nella, que no soltaba la mano del Príncipe, miró hacia el carruaje. Sus ojos, grandes y expectantes, buscaron algo.       —¿Y… dónde está Mariek? —preguntó con total inocencia—. ¿No venía con vos?       El aire cambió. Fue un silencio leve, apenas perceptible, pero cargado de peso. Roderic carraspeó. Henrik se volvió hacia su madre, confundido.       Isolde parpadeó, su gesto se tensó apenas. Willem la vio abrir la boca, quizás para intervenir, y en ese mismo instante habló, con tono suave, envolviendo las palabras en una mentira piadosa:       —Mariek… —dijo— me pidió que os entregara algo. No ha podido venir esta vez. Está… lejos, cumpliendo una misión muy importante. Pero os envía un recuerdo.       De entre su capa, sacó dos pequeños objetos envueltos en un paño blanco. Se arrodilló ante los niños y, con una sonrisa serena, desplegó el contenido.       Para Nella, una pequeña muñeca de madera con el cabello oscuro tallado y un diminuto mechón pintado de blanco. Para Alric, una brújula de latón, antigua, con una inscripción en el borde interior: “Siempre hacia la luz.”       —Me dijo —continuó Willem, improvisando con una convicción tan firme que nadie habría dudado— que siempre recuerda cuando os conoció en Dunkelhof. Y que recordéis que la luz siempre os encontrará, sin importar cuánta oscuridad haya alrededor.       Nella acarició la muñeca con un asombro reverente.       —Entonces… ¿Ella se acuerda de nosotros?       El Príncipe le sonrió, aunque algo en su mirada se quebró.       —Siempre, pequeña. Nunca os ha olvidado.       Henrik, que había observado todo en silencio, apartó la vista un instante, perturbado por la naturalidad con la que su Alteza había pronunciado aquellas palabras. Sabía que había verdad en ellas, pero también sabía que había un hueco detrás, algo que ni siquiera el Príncipe parecía querer mirar de frente.       Isolde, por su parte, observaba la escena con un nudo en el pecho. La mención del nombre de Mariek de esa forma por parte del Príncipe había devuelto una sombra a sus pensamientos. Desde hacía meses, Gideon no decía una palabra al respecto; solo el gesto endurecido cada vez que se mencionaba el norte.       Roderic rompió el silencio con su voz jovial.       —Vuestra casa es hermosa, señora Felder —comentó—. Ojalá pudiéramos quedarnos más tiempo.       Isolde asintió con una sonrisa agradecida.       —Siempre habrá un lugar para quienes acompañan al Príncipe —respondió—. Pero esta noche, descansad. El camino al palacio es corto, aunque la carga que llevaréis desde hoy… no lo será.       Sus palabras, simples, quedaron flotando como un presagio. Willem se volvió hacia los niños.       —Volveré a visitaros antes de partir a cualquier parte —les prometió.       —¿De verdad? —preguntó Nella, aferrando su mano.       —De verdad —dijo él, y le guiñó un ojo.       Cuando volvió al carruaje, Henrik lo siguió en silencio. Antes de subir, miró a su madre. Ella sostuvo su mirada, llena de orgullo, pero también de esa inquietud maternal que no desaparece nunca.       —Cuida de él —susurró ella, refiriéndose al Príncipe.—Nos vemos pronto, tu padre te espera en el Palacio       Henrik inclinó la cabeza.       —Lo haré, madre.       Isolde lo abrazó una vez más, breve, intensa, y lo dejó marchar. Los caballos relincharon. Los niños agitaban las manos desde el camino, la muñeca y la brújula brillando bajo el sol.       Cuando el carruaje volvió a ponerse en marcha hacia Serendor, Willem permaneció unos segundos sin hablar. Tenía los ojos fijos en el horizonte, los dedos jugando distraídamente con el colgante de runas bajo su túnica. Henrik lo miró de reojo.       —Habéis mentido por ella —dijo con voz baja.       Willem no lo negó.       —A veces, Henrik, una mentira protege mejor que una espada.       El carruaje avanzó entre los árboles, y a lo lejos, las torres del Palacio de Serendor emergieron entre la bruma del atardecer. El cielo se tornaba violeta, y un aire antiguo, lleno de presentimientos, acompañaba su llegada. El Reino los esperaba. Y con él, la sombra que, en silencio, ya se movía.       El carruaje con el emblema real cruzó los puentes de piedra blanca y ascendió la colina de Serendor. Las torres del palacio reflejaban los últimos destellos del sol, mientras las banderas del Reino ondeaban en lo alto, arrastrando un rumor que parecía mezclar bienvenida y advertencia.       Dos carruajes habían seguido otro rumbo antes de alcanzar la capital: Roderic Vahl, de Lysmarin, y Octavius Thalmyr, de Thalmaris, habían tomado el desvío hacia el sur, rumbo a sus respectivas provincias. La despedida había sido breve, con la promesa de reencontrarse pronto bajo la misma causa: servir a Serentipy. Pero para Willem, el viaje había ido volviéndose más silencioso con cada legua recorrida.       Ahora solo quedaban el Príncipe y Henrik Felder, acompañados por un puñado de escoltas. El carruaje se detuvo frente a los portones principales del palacio. En lo alto de las escalinatas, el Rey Theobald aguardaba, erguido, con la capa real cayendo como un río carmesí sobre los peldaños. A su lado, la Reina Adelheid, envuelta en un velo azul pálido, sonreía con una dulzura que contrastaba con el silencio solemne del momento.       Cuando el Príncipe bajó del carruaje, los guardias inclinaron la cabeza. Henrik hizo lo mismo, con respeto. Su padre, el Capitán Gideon Felder, avanzó para recibirlos; su saludo fue firme, militar, pero sus ojos se suavizaron un instante al ver a su hijo.       —Hijo —dijo Theobald con voz grave, apenas una línea de afecto oculta tras la autoridad—. Bienvenido a casa.       Willem inclinó la cabeza, sin levantar del todo la mirada.        —Gracias, padre. El viaje fue tranquilo.       Nada más. Ni una sonrisa, ni un gesto de alivio, ni la emoción de quien regresa a su hogar tras años fuera. Solo una calma que bordeaba el hielo. El rey Theobald fingiendo normalidad dijo:       —¿Queréis que hablemos de vuestro viaje?       —Os ruego me disculpéis, Majestad. Solo deseo descansar un poco.       Su voz fue serena, pero en ella se escondía una grieta. La Reina Adelheid intervino suavemente comprendiendo a su hijo:       —Ha tenido un viaje muy largo. Quizá… —miró a su esposo— quiere descansar antes de la cena.       Theobald la observó unos segundos. Luego asintió.       —Que así sea.       El Príncipe inclinó la cabeza en agradecimiento, y tras una breve reverencia se volvió hacia los escalones. El Rey lo siguió con la mirada mientras Willem ascendía hacia las puertas del palacio. A cada paso, el silencio parecía crecer entre ellos, un abismo invisible que la corona no podía llenar.       Adelheid esperó hasta que su hijo desapareció entre las sombras de la galería antes de hablar.       —Desde que se marchó la muchacha que me contaste nos dijeron que Willem cambió… y es cierto, Theobald, nuestro hijo no es el mismo.       Theobald guardó silencio. El nombre de ella no se pronunciaba: Mariek Felder. La hechicera enviada por orden real a combatir la oscuridad en tierras lejanas.Una decisión tomada por el Rey.       —Era necesario —dijo Theobald con firmeza, aunque la sombra en sus ojos lo traicionaba—. La Corona necesitaba su poder más que su compañía.       —¿Y él? —susurró la Reina—. ¿Quién necesitaba a quién? A lo mejor no supimos ver bien antes de actuar.       El Rey giró la vista hacia los ventanales. El cielo se había vuelto gris. Tras un silencio breve, habló con voz cansada:       —Capitán Felder, podéis volver a casa. Vos y vuestro hijo.       El Capitán asintió, sabiendo leer el cansancio del monarca.       —A la orden, Majestad.       Con un gesto, se retiró junto a Henrik. Solo quedaron el Rey y la Reina frente a la inmensidad de las columnas y el rumor lejano del viento. Adelheid apoyó la mano sobre el brazo de su esposo.       —Dejadle tiempo —murmuró—. Quizá no haya perdido la fe… solo el camino para hallarla.       Theobald no respondió. Sus ojos se quedaron fijos en el punto donde su hijo había desaparecido.       La noche cayó sobre Serendor. La lluvia golpeaba las ventanas del palacio como dedos impacientes. En la torre norte, Willem permanecía en su habitación. Era un cuarto amplio, de paredes altas cubiertas por tapices azules y dorados. Había libros, instrumentos de navegación, una espada ceremonial y un laúd que llevaba años sin tocar. El fuego crepitaba en la chimenea, pero él no se acercaba.       Permanecía de pie, frente a la gran vidriera que daba al patio interior. El cristal representaba una figura femenina envuelta en luz, con las manos alzadas hacia una esfera dorada. Los reflejos del fuego parecían dar vida a la imagen. Nunca le había llamado la atención esa vidriera hasta ahora. Willem alzó la mano, rozando con los dedos la silueta de cristal. Por un instante, juraría que el rostro de la figura se transformaba: el cabello oscuro, el mechón blanco, los ojos del color del mar. Mariek.       El corazón le dolió. ¿Por qué la echaba tanto de menos? No lo comprendía. Llevaba dos años sin verla, sin recibir carta alguna, solo informes vagos de que una hechicera —una mujer envuelta en luz— había detenido ataques en aldeas lejanas. Y aunque nadie lo decía abiertamente, él lo sabía. Era ella. Siempre ella.       Cerró los ojos. Podía oír su voz en el recuerdo, aquella noche en la Torre, cuando le habló de las estrellas. "¿Mi estrella? Es la estrella errante. No pertenece a ningún lugar, como yo. Pero siempre regresa a quienes la buscan."       El Príncipe levantó la mirada. Y allí estaba, incluso entre la lluvía podía verla: la estrella errante, moviéndose despacio entre las constelaciones. Una chispa de luz en la inmensidad oscura. Su respiración se volvió lenta. Apretó el amuleto bajo la camisa, el que ella le había entregado, y murmuró en silencio:       —Vuelve.       El viento sopló, haciendo temblar las llamas del hogar. El sonido de la lluvia pareció desvanecerse, reemplazado por un eco lejano, como un susurro que cruzaba la noche. En ese instante, se oyó un golpe suave en la puerta.       —Willem —era la voz de su madre.       El Príncipe no respondió. Permaneció inmóvil, los ojos fijos en el cielo. La Reina aguardó unos segundos, al otro lado, percibiendo quizá que su hijo no necesitaba palabras, sino silencio. Finalmente, se marchó.       Dentro, Willem siguió mirando la estrella errante. La luz se reflejaba en sus ojos con un brillo que no era solo de nostalgia, sino de promesa. Sabía, en lo más hondo, que esa luz lo guiaría otra vez hacia ella. Porque aunque el Reino temblara, aunque la oscuridad creciera, su destino y el de Mariek seguían unidos, invisibles, brillando entre las sombras como esa estrella que no pertenecía a ningún lugar… y que siempre encontraba el camino de regreso.              El invierno aún no había cedido del todo, y el Palacio de Serendor respiraba una quietud pesada, como si las piedras mismas escucharan. El fuego ardía en los braseros del Salón del Consejo, un espacio circular de techo alto donde pendían estandartes antiguos: el sol dorado con el águila de Serentipy, la sirena de Lysmarin, el tridente de Thalmaris, y otros tantos que hablaban de alianzas y guerras pasadas.       El Rey Theobald estaba sentado en el trono de consejo —no el trono del salón real, sino uno más austero, de madera oscura—.       A su derecha, el Capitán Gideon Felder, con su uniforme impecable y el rostro endurecido por el deber. Frente a ellos, los consejeros del Reino: hombres de mirada fría y manos manchadas de tinta y poder. La sesión comenzó con el sonido seco de un sello real rompiéndose.       El canciller leyó los informes uno tras otro: aldeas saqueadas en el norte, caravanas desaparecidas en la ruta del este hacia Eisenburg, rumores de sombras que caminaban entre los árboles de Noirmont. El patrón era el mismo de los últimos meses, pero con un matiz nuevo: una inteligencia detrás de la oscuridad.       —Majestad —dijo uno de los consejeros, con voz temblorosa—, la última incursión fue detenida solo gracias a la intervención de los hechiceros. Sin ellos, el poblado de Serensar habría caído.       El Rey asintió lentamente. Su voz resonó grave, templada por la experiencia.       —Y sin embargo, cada vez tardan más en llegar. Cada vez cuesta más contener el avance.       El silencio que siguió fue denso, como una nube de plomo. Todos lo sabían: la oscuridad estaba aprendiendo. Gideon Felder se adelantó, extendiendo sobre la mesa un mapa con marcas en tinta negra.       —Estos son los últimos focos detectados. Ninguno supera una semana de diferencia entre sí. Alguien los coordina.       —¿Sabemos quién? —preguntó el Rey, sin apartar la vista del mapa.       —No aún, Majestad. —El capitán bajó la voz—. Pero nuestros rastreadores han oído susurros de un nombre… aunque ninguno se atreve a repetirlo.       Un murmullo recorrió la mesa. El Rey apretó el puño.       —Entonces que lo encuentren, y pronto.       Fue entonces cuando Luthar Veyn habló.       Sentado en la penumbra, entre las columnas, su presencia imponía sin esfuerzo. Su rostro era sereno, elegante; su voz, tan suave que obligaba a escuchar con atención. No era especialmente joven pero se le notaba todavía mucho vigor.       —Majestad —dijo con una leve inclinación de cabeza—, quizá la respuesta no esté en lo que atacan… sino en lo que buscan.       El Rey lo miró.       —¿Qué queréis decir, Lord Veyn?       Luthar entrelazó los dedos.       —Nuestros informantes del sur y del este coinciden: los siervos de la oscuridad no destruyen al azar. Han asaltado antiguos templos, bibliotecas selladas, criptas olvidadas… todos lugares que guardaban reliquias o textos arcanos.       —¿Reliquias? —preguntó Felder, frunciendo el ceño.       —Sí. Pero no para coleccionarlas. —Veyn sonrió apenas, una sombra de satisfacción cruzando su mirada—. Buscan algo. Un arma, quizá… o un componente para un conjuro.       La palabra conjuro cayó como un trozo de hierro en el agua. Los murmullos se detuvieron. El Rey se recostó lentamente en el asiento.        —¿Tenéis pruebas?       —Informes fragmentarios —respondió Luthar—. Pero las coincidencias son demasiadas. Y todos los rastros apuntan hacia una misma región: Noirmont.       Un silencio incómodo siguió al nombre. El Bosque de Noirmont era un territorio olvidado, una frontera de maleza y superstición donde los caminos se perdían entre la niebla. Se decía que allí el sol tardaba más en salir, y que las raíces susurraban nombres de los que ya no vivían. El capitán Felder se cruzó de brazos.       —Noirmont está fuera de toda ruta segura. Solo los contrabandistas se atreven a cruzarlo.       —Y los desesperados —replicó Veyn con calma.       —O los necios. —La voz del capitán fue más dura—. No enviaré hombres a morir por rumores.       Luthar lo miró con una expresión casi compasiva.       —Y sin embargo, Capitán, los rumores son lo único que tenemos.       El Rey intervino antes de que la tensión escalara.       —¿Qué proponéis, Lord Veyn?       El consejero hizo una leve reverencia.       —Una expedición pequeña. No un ejército, sino un grupo capaz de moverse sin llamar la atención. Necesitamos confirmar si esa "arma" existe… y si la oscuridad la busca en verdad.       El silencio volvió a caer sobre la mesa. Cada mirada buscó la del Rey, que permanecía inmóvil, pensativo. Finalmente, Veyn volvió a hablar, con un tono casi casual, pero cuidadosamente medido:       —Y… si me permitís la sugerencia, Majestad… el propio Príncipe Willem podría dirigirla.       Las palabras fueron un golpe seco.       El Capitán Felder enderezó el cuerpo de inmediato.       —Con todo respeto, eso es inaceptable.       Veyn no se alteró.       —El Príncipe ha sido instruido en la Academia Arensbourg. Ha combatido en entrenamientos reales, ha demostrado liderazgo y temple. Nadie encarnaría mejor la fuerza de Serentipy que su heredero.       —¿Y si pierden? —replicó el capitán, su voz resonando como un filo—. ¿Qué dirán entonces los pueblos del Reino? ¿Que el trono envía a su único hijo a morir entre árboles malditos?       Theobald levantó una mano.       —Basta.       El silencio cayó otra vez, tan afilado como un cuchillo. El Rey miró a cada uno de los presentes, y por un instante, sus ojos parecieron más viejos, más cansados.       —Lord Veyn —dijo al fin—, aprecio vuestra franqueza. Pero el Príncipe no saldrá de Serendor sin mi orden.       Luthar inclinó la cabeza, aunque su sonrisa apenas se desvaneció.       —Por supuesto, Majestad. Era solo una sugerencia… por el bien del Reino.       La reunión continuó entre informes y murmullos, pero el aire ya estaba contaminado. El nombre de Noirmont había sido pronunciado, y con él, algo invisible había cruzado la sala: una sensación de peligro, de destino inevitable.       Cuando el consejo se disolvió, el capitán Felder se acercó al Rey.       —Majestad, con vuestro permiso… —dijo en voz baja—. No me fío de Veyn. Su interés en el Príncipe no me parece simple.       Theobald lo observó un instante.       —Tampoco me fío —respondió con sinceridad—. Pero a veces, Gideon, los enemigos no se revelan hasta que uno los deja creer que tiene su confianza.       El capitán asintió, sin convencerse.              Esa noche, mientras el palacio dormía, en los sótanos de una gran Torre una sombra se movió entre los pasillos sellados. Una figura encapuchada se detuvo ante un arco cubierto de runas. En su mano, una pequeña esfera de cristal negro reflejó un resplandor tenue.       —Noirmont —susurró una voz ronca, desde el cristal.       —Sí, maestro —respondió la figura, apenas audible—. Pronto el heredero pondrá un pie en las sombras… y entonces, las cadenas se romperán.       El cristal se oscureció por completo. La figura desapareció entre las llamas moribundas, dejando tras de sí solo un eco que no era viento, sino promesa. La oscuridad avanza.              El Palacio de Serendor reposaba bajo un cielo gris. El sol apenas alcanzaba a filtrarse por los vitrales altos del despacho real, tiñendo las paredes de un oro apagado. En aquel silencio solemne, el Rey Theobald permanecía junto a una mesa de roble repleta de mapas, informes y sellos sin romper. Había estado horas leyendo los reportes del consejo, pero la tinta comenzaba a mezclarse con sus pensamientos.       El sonido de la puerta abriéndose interrumpió su concentración. El Príncipe Willem entró, con la elegancia sobria que lo caracterizaba: uniforme oscuro, la insignia del sol dorado y el águila en el pecho, la mirada firme, aunque los ojos —gris profundo, herencia de su padre— guardaban algo más que decisión: peso.       —Padre —dijo con una leve inclinación de cabeza.       Theobald dejó la pluma. Lo observó durante un instante, y el gesto que intentó ser neutral se tornó en preocupación.       —Si vienes a hablarme de la expedición… —empezó el Rey— …sabes lo que voy a responder.       Willem avanzó unos pasos. El fuego del brasero crepitaba detrás de él, arrojando sombras que bailaban sobre el mapa del Reino extendido sobre la mesa.       —Lo sé —replicó el Príncipe, con voz baja pero firme—. Pero también sé lo que se espera de mí. Si hay una amenaza creciendo, si Noirmont es el centro de esa oscuridad, no puedo quedarme aquí, encerrado entre muros, mientras otros arriesgan su vida.       Theobald suspiró. Era el tono que siempre había temido escuchar: el mismo que su propio padre usaba cuando el deber pesaba más que la sangre.       —Willem —dijo con gravedad—, el consejo puede dejarse engañar por las palabras suaves de Lord Veyn, pero yo no. No confío en él. Su interés en esa misión es más personal que patriótico, lo presiento.       El príncipe asintió lentamente.       —Entiendo vuestra desconfianza, padre. Yo también la siento. Pero si la oscuridad busca un arma, alguien debe adelantarse. Si yo voy, si la Corona encabeza esa búsqueda, el Reino entenderá que no abandonamos a los nuestros.       El Rey lo miró con mezcla de orgullo y temor. Había educado a un heredero valiente, pero la valentía, en los tiempos oscuros, era un filo de doble extremo.       —No puedo enviarte con cualquiera —murmuró Theobald—. No todos los caballeros son como los de la Casa Felder o la Casa Vahl. Hay hombres en este Reino que juran lealtad por conveniencia, no por honor. Hay hombres que nos les importa tu vida, Willem.       El silencio se hizo espeso. Solo se oía el viento golpeando los cristales. Willem bajó la mirada un instante, como si meditara algo dentro de sí. Sus dedos rozaron el amuleto que llevaba bajo el cuello del uniforme —aquella joya de runas que una vez una hechicera le colgó al cuello con manos temblorosas—, y por un instante su respiración se quebró.       Elara había dicho: “Conseguiré la fortaleza que me falte. Ella confía en mí. Por eso no me llevo con ella, porque todavía necesito entrenarme¡Alteza! ¡No olvide su promesa! ¡Que cuando llegue la guerra, me dejará luchar a su lado!”       Y él, sin saber por qué, había respondido:        “Lo recordaré.”       Alzó la vista hacia su padre. Sus ojos tenían ese brillo que no venía del fuego, sino del propósito.       —Si me mandáis a esto, padre…si confiáis en mí… —dijo, dando un paso adelante— …elegiré yo mismo a quienes me acompañen.       El Rey frunció el ceño, sorprendido por la determinación de su hijo.       —¿Y crees que elegir es tan simple, Willem? ¿Qué sabes de las lealtades verdaderas?       —Sé lo suficiente —contestó él, sereno—. No se mide por títulos, sino por lo que uno está dispuesto a perder por quiénes ama. La lealtad es de aquellos que comprenden lo que significa el bien mayor.       La respuesta quedó suspendida entre ambos. Por un momento, el Rey no supo si había escuchado a su hijo… o al hombre en que se estaba convirtiendo. Theobald respiró hondo y asintió, con gesto cansado.       —Lo pensaré —dijo finalmente.       Pero Willem ya lo había decidido. Tomó una pluma, desenrolló un pergamino y escribió con precisión unos nombres. Nadie habló. El único sonido fue el roce de la tinta sobre el papel. Cuando terminó, lo dejó sobre la mesa con calma.       —Esta es mi elección. Si me dejáis partiré cuanto antes —dijo, y se inclinó en señal de respeto.       Theobald lo observó mientras se retiraba. Hubo un leve temblor en su mano, una mezcla de orgullo y temor, al tomar el pergamino. El eco de los pasos de su hijo se perdió entre las columnas. El Rey desplegó el papel. A medida que leía los nombres, sus ojos se abrieron con sorpresa. Cada uno de ellos llevaba un peso… algunos, de sangre; otros, de pasado…otros, simplemente de amistad.       Theobald dejó escapar un suspiro profundo, que no era solo preocupación: Era presagio. No podía detener ese fuego que se encendía.               Días después, en la cámara del consejo, sólo dos hombres permanecían aún de pie. El Rey Theobald, con la mirada fija en la mesa de roble cubierta de pergaminos, sostenía en sus manos el último sobre de cera roja, mientras el Capitán Gideon Felder lo observaba en un silencio reverente.       El Rey inclinó la cabeza. Su rostro, bañado por la luz temblorosa de las velas, mostraba las huellas de los años y las batallas, pero también algo más profundo: la determinación de quien lleva el peso de un reino y el amor de un padre.       —Tres sobres… —murmuró, con voz grave—. Tres nombres. Los justos. Los que mi hijo eligió sin vacilar.       Tomó el sello real y lo hundió en la cera derretida, dejando grabado el emblema del sol y el águila de Serentipy. El sonido del sello levantándose resonó en la sala como el eco de un juramento.       Gideon Felder, que había permanecido rígido hasta entonces, dio un paso adelante.       —Majestad, si me permite la pregunta… ¿estáis seguro de esto? —preguntó, con esa mezcla de respeto y preocupación que sólo los viejos soldados sabían mantener—. Enviarlos así… sin una orden oficial…       Theobald levantó la mirada. Sus ojos grises brillaban con una serenidad que rozaba la resignación.       —Gideon… —dijo despacio—, nunca se está seguro.       El silencio se apoderó de la estancia, denso, pesado.       —Pero pongo mi confianza en el Príncipe… —añadió el Rey, con voz firme—. En Willem. Su camino debe forjarse con los que eligió por convicción, no con los que le impongo por deber.       El Capitán asintió lentamente.Sabía que ese gesto de confianza era más que una orden: era una herencia, un legado que marcaba el destino de todos. El Rey tomó los sobres y los apiló con cuidado. La cera roja aún estaba fresca.       —Que lleguen estas cartas por vía no oficial —ordenó, con tono grave—. No deben pasar por los canales del consejo. Cada carta encontrará su camino.       Gideon lo miró, comprendiendo el riesgo.       —¿Y si alguno rechaza el llamamiento?       Theobald esbozó una sombra de sonrisa.       —Entonces no fue llamado por el Reino —respondió—. Pero si lo siente… si su corazón responde… sabremos que aún hay esperanza.       Un instante después, extendió la mano.       —Deben responder antes de la próxima semana. No más tarde.       El capitán tomó los sobres, los guardó bajo su capa y se inclinó profundamente. El Rey lo observó marcharse, y durante un momento, en la soledad de la cámara, murmuró con voz baja:       —No puedo siempre dudar de sus decisiones…       Las cartas partieron esa misma noche. Nadie en el consejo supo de su envío. Nadie, salvo el Capitán Felder, el Rey… y los mensajeros sin nombre que desaparecieron entre las sombras del camino.              El silencio de los pasillos solo era interrumpido por el leve chisporroteo del fuego y el roce suave de una pluma contra el papel. Willem escribía inclinado sobre su escritorio, la sombra de su figura proyectada por la lámpara oscilaba sobre los muros de piedra. Frente a él, un solo pergamino, una pluma negra y un tintero de plata.       El joven príncipe mantenía el ceño ligeramente fruncido, como si cada palabra pesara más de lo que la tinta podía sostener. No era un texto largo, pero lo escribía despacio, con la misma precisión con la que medía sus pensamientos. Cada trazo parecía contener algo más que un mensaje: una parte de sí mismo.       Cuando levantó la mirada, el resplandor del fuego se reflejó en sus ojos grises, haciéndolos parecer más claros. Inspiró despacio. La pluma se detuvo. Willem dejó que la tinta terminara de secarse sobre el papel antes de leer lo que había escrito. Luego dobló el pergamino con cuidado, sellándolo con la cera de su propio anillo, el emblema de la corona estampado en rojo oscuro.       Durante un largo rato no se movió. El viento se colaba por la ventana entreabierta, trayendo consigo el olor del invierno y el murmullo lejano de la ciudad dormida. El aire frío le despeinó un mechón, y Willem sonrió apenas, con tristeza. Se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí, la ciudad se extendía como un mar de luces dormidas. Los tejados, los jardines, las torres del palacio… todo parecía en calma, pero él sabía que en el silencio se gestaban los movimientos más decisivos.       Dejó la carta sobre la mesa, junto a un estuche de viaje. Había comenzado a empacar con discreción: una capa oscura, ropa ligera para montar, su espada, un arco, un puñado de flechas, un pequeño cuaderno y el anillo que le había dado su profesor. Nada debía revelar la magnitud de lo que preparaba. Ni siquiera los muros debían sospecharlo.       El reloj marcó la medianoche cuando golpearon suavemente la puerta. Willem se giró. Era el Capitán Felder, fiel como siempre, con el porte recto y la mirada grave.       —Alteza, ¿me mandó a llamar?       —Capitán. —Willem se enderezó—. ¿Partieron las cartas?       —Sí, mi señor. Ningún ojo del consejo lo ha notado. Los mensajeros tomaron caminos distintos, tal como ordenó Su Majestad, su padre.       Willem asintió despacio.       —Entonces todo está en marcha.       Gideon Felder observó al joven príncipe durante un instante más largo de lo habitual. Había algo distinto en su expresión, algo que no era solo deber o mando, sino una quietud melancólica, una sombra de añoranza que el hombre reconoció de inmediato.       —¿No descansará, Alteza? —preguntó, con respeto.       Willem negó con la cabeza, apenas.       —No esta noche.       —Comprendo.       El silencio se prolongó. Luego, el príncipe tomó la carta sellada y la sostuvo un momento en la mano, mirando el fuego como si las llamas pudieran revelar el futuro.       —Quiero que esta… la entregue a la señorita Étoile, en la Academia Arensbourg —dijo al fin, ofreciéndosela al capitán.       —¿Desea que le dé algún mensaje de palabra? —preguntó Gideon, tomando el sobre.       Willem dudó un instante, pero solo negó con un leve movimiento de cabeza.        —No. Solo… entregarla. Ella sabrá.       El capitán asintió sin más, comprendiendo que aquel “ella sabrá” cargaba con un significado más profundo de lo que las palabras podrían expresar.       —Así se hará, Alteza.       Cuando Gideon se retiró, Willem se quedó solo otra vez. Caminó lentamente hacia la vidriera que dominaba su estancia, la misma que representaba a una figura de luz portando una corona entre las estrellas. Cada vez que la miraba, parecía verla. Mariek.       —A veces… —murmuró con voz baja— me pregunto si aún ves el mismo cielo que yo.       El fuego se consumía poco a poco. En el silencio del palacio, solo el viento respondió, moviendo la cortina con un suspiro. Willem apoyó la frente contra el vidrio, y durante unos segundos dejó que su respiración se calmara. En sus ojos se mezclaba la serenidad del deber con la pena del recuerdo.       Cerró los ojos. Por un instante, pareció que la figura de la vidriera se inclinaba hacia él, como si una bendición silenciosa lo envolviera antes de la partida.              El amanecer era frío en las afueras de Serendor. Los campos estaban cubiertos de rocío, y las hojas de los álamos se mecían con el viento suave. Henrik entrenaba solo en el patio de su casa, blandiendo su espada con precisión impecable. El filo cortaba el aire con ese sonido limpio que tanto le recordaba a su hermana. Un caballo se detuvo junto a la verja. El mensajero, vestido de gris, le tendió un sobre sellado con el emblema real.       Henrik limpió sus manos en el gambesón y rompió la cera. El mensaje era breve, la caligrafía inconfundible: “Por voluntad de la Corona, y por elección del Heredero, se requiere vuestra presencia en el palacio de Serendor. No como soldado… sino como hermano de causa.”       Henrik permaneció inmóvil un largo rato. Sus labios se apretaron. El peso del sobre se volvió un recuerdo, una promesa. Alzó la vista hacia el horizonte, donde el sol empezaba a despuntar, y murmuró para sí:       —Hermana… si supieras…       Sus ojos se enturbiaron un instante, pero luego asintió, como quien acepta el destino con la firmeza de un juramento. Esa misma noche, comenzó a preparar sus cosas.              El mar rugía contra los acantilados. En la residencia de los Vahl, las velas de los balcones ondeaban con la brisa salada. Roderic caminaba por la playa con el torso cubierto solo por una túnica ligera, la espada envainada a la espalda, cuando vio un jinete acercarse. El mensajero desmontó y le tendió la carta. Roderic la tomó, intrigado. El sello real. Su corazón dio un vuelco. Leyó en silencio. Sus labios esbozaron una sonrisa apenas visible.       —Así que el Príncipe nos necesita… —murmuró, doblando el pergamino.       El viento le arrebató algunos mechones del cabello, y sus ojos —del color del cobre oscuro— brillaron con un fuego familiar.       Miró el mar, extendiendo la mano hacia el horizonte.       —Si el Reino me necesita, Lysmarin responderá.              El puerto de Thalmaris estaba lleno de ruido y sal. Octavius se encontraba en el muelle, supervisando un cargamento para su familia, cuando un marinero le tendió una carta. El sello, carmesí. El corazón, desbocado. Leyó el mensaje. Su rostro, siempre jovial, se tornó serio.       —El Reino… —susurró.       Miró el mar, ese que tanto amaba, y su voz se volvió un hilo firme—: Si Willem me necesita, no hay mar ni tormenta que me lo impida. Dobló el pergamino y lo guardó bajo su capa. Luego, dio una orden clara:       —Preparad un caballo. Parto al amanecer.              Unos días después, tres almas —tres voluntades— emprendían su camino hacia la ciudad real, respondiendo a un llamado que no todos comprendían, pero que ardía en el pecho de cada uno con la fuerza de una promesa.       Henrik Felder dejó atrás la colina donde su casa reposaba entre robles antiguos, llevando el silencio de su madre, el pañuelo de una dama y la sombra de un juramento que pesaba en su sangre. Roderic Vahl, bajo el rumor eterno del mar, ajustó su capa y miró el horizonte con una sonrisa grave; sabía que aquella travesía marcaría el final de su descanso y el inicio de algo más grande que él. Octavius Thalmyr partió desde los acantilados de Thalmaris, donde las gaviotas cortaban el cielo con su canto. En sus manos, el sello real brillaba como una brújula invisible.       Las tres figuras, dispersas en distintos puntos del reino, miraron el mismo cielo, la misma constelación que cubría los campos y los valles, los mares y las torres. Y bajo esa inmensidad de plata y sombra, un pensamiento común los unía: el llamado del Príncipe.       En lo alto del palacio real de Serendor, el viento movía las cortinas de la torre oriental, donde Willem permanecía en pie, apoyado contra el marco de una ventana abierta. Sus ojos grises, cansados pero firmes, seguían la estela de una sola estrella —una estrella errante— que cruzaba lentamente el firmamento. Aquella que ella le había señalado tiempo atrás.       Willem alzó una mano, como si pudiera alcanzarla. La brisa nocturna trajo el aroma de la lluvia lejana, y en ese instante el mundo pareció contener el aliento. El Príncipe cerró los ojos, y el nombre que nunca se permitía pronunciar en voz alta se formó apenas en sus labios, como una plegaria sin sonido.              Y muy, muy lejos de allí…              Unos ojos azul océano se abrieron de golpe…              —Alteza… …Willem.              La estrella errante continuó su curso sobre ambos mundos —el del palacio y el del exilio—, uniendo por un instante los destinos de dos corazones que todavía se buscaban en la distancia. Y el Reino de Serentipy, dormido bajo la apariencia de calma, no sabía aún que la verdadera historia estaba a punto de comenzar.
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