IV
13 de septiembre de 2025, 23:54
Clark deseó no haber dicho nada. Se sintió como un imbécil fuera de lugar.
No por la pregunta en sí, era razonable, lógica incluso, si uno analizaba la relación que parecía unir a Alfred con Batman. Pero por la forma y por el momento. Por no haber leído bien la sombra que cruzó el rostro de Alfred, ese silencio se llenó de algo que no se decía.
Se quedó quieto, con las manos aún a los costados del cuerpo, como si moverse fuera a empeorar las cosas. Batman no lo miraba. Seguía frente al teclado, los dedos inmóviles, la mandíbula tensa.
—No era mi intención ser irrespetuoso —dijo Clark, por fin, con la voz baja, avergonzado—. Solo intentaba… entender.
No hubo respuesta inmediata. Solo el zumbido suave de la computadora y el sonido amortiguado de la lluvia, allá afuera, contra los cristales de los edificios oscuros de Gotham.
—Hay cosas que no necesitan ser entendidas —dijo Alfred entonces, sin dureza, pero con una precisión que podía cortar más que cualquier grito.
Clark asintió, tragando saliva. Era una forma elegante de decirle que se callara la boca. Y él lo respetó, era más que entendible, Clark dio un paso atrás. Luego otro. Y sin decir más, se alejó del banco de herramientas dirigiéndose a donde había dejado su traje cuidadosamente doblado y sus botas rojas alineadas junto a él.
Bruce no se movió. Pero cuando Clark pasó junto a él, notó que sus nudillos seguían apretados sobre el borde del teclado, estaban blancos como si soltarlo fuera a desatar algo peligroso.
Bruce se levantó de golpe. El sonido de la silla arrastrándose sobre el suelo retumbó en la estación como un disparo. Clark apenas alcanzó a levantar la mirada antes de que Batman ya estuviera alejándose, los pasos duros, decididos, como impulsado por una resolución antigua y automática en dirección al compartimento lateral donde guardaba lo esencial. Donde la luz era más tenue, más fría y casi sombría.
Con movimientos rápidos, casi rabiosos y sin ceremonias, se despojó del traje de Batman. La capa había caído primero cuando habían llegado a la vieja estación, entonces cada capa de la armadura era visible. Cada parte del uniforme cayó con un peso sordo, deliberado: el cinturón, la armadura sobre su pecho, las piezas de protección endurecidas y moldeadas a su cuerpo, todo el kevlar que lo protegía. Como si su propio cuerpo necesitara liberarse de esa segunda piel.
Desde donde estaba, Clark apenas alcanzaba a ver la sombra de sus movimientos, pero los movimientos eran practicados, mecánicos.
Por último, la capucha. Bruce la sostuvo un segundo más, apenas. Y fue depositada con cuidado sobre un viejo carrito oxidado, apartado junto a la estantería olvidada. El gesto fue sorprendentemente delicado para un hombre que se movía con tanta dureza. Como si, por un momento, esa pieza del murciélago pudiera romperse si la trataba mal.
Clark observó en silencio, respirando despacio, absorbiendo cada detalle, cada fragmento de humanidad que escapaba de la figura encorvada ante él. A la vista, a solo un par de metros.
Y entonces lo vio.
Debajo de la capucha, el cabello quedó al descubierto. No era lo que esperaba. Nada en este hombre era como lo había anticipado y aun sin haber albergado ninguna expectativa real, quedó cautivado.
Una maraña oscura y desordenada cayó sobre la nuca y la frente de Batman, húmeda por el sudor, enredada por el uso del traje y la humedad en la estación. No había control ni pulcritud, solo algo salvaje, casi vulnerable. No la imagen de un estratega impecable. Solo un hombre que llevaba demasiado tiempo cargando con la injusticia.
Batman no se giró. No ofreció explicaciones. Simplemente se encorvó para quitarse las botas, y en ese ángulo, el cuerpo todavía estaba envuelto en sombras. Afuera, la lluvia repiqueteaba en las paredes exteriores con la constancia de un reloj. Clark sintió que estaba viendo algo que no debía, algo que solo podía ver porque su cuerpo no funcionaba como el de los demás. Porque no era humano.
Su mirada era prodigiosa, inexplicable incluso para él. Tratar de explicar cómo ve Clark sería como intentar describir los colores a alguien que nació ciego. No es solo lo que ve, es lo que percibe.
Si Clark quisiera, podría enfocarse en la nuca de Batman, seguir el trazo de una cicatriz apenas visible bajo el cabello, descifrar la curvatura exacta de su mandíbula oculta por la penumbra. Podía elevar un poco la mirada y ver lo que nadie debía ver: el rostro real tras la máscara. La identidad del hombre que pronunció sus palabras.
Pero no lo hizo.
Porque descubrirlo así, sin permiso, sin entrega, era una forma de ingratitud, de simple traición, algo que no estaba dispuesto a hacer con su alma gemela. Clark cerró un momento los ojos, forzándose a no usar lo que siempre había sido instintivo en él. A no mirar más allá de lo que Batman estaba dispuesto a mostrar.
Había algo sagrado en ese gesto, algo parecido al respeto o al arrepentimiento.
Clark no había estado mirándolo directamente, pero el sonido lo obligó a volver los ojos hacia él. Una fina tela negra de compresión cayó al suelo con un leve susurro. El torso desnudo de Batman emergía de entre las sombras, recortado por la tenue y fría luz artificial. El cuerpo era delgado, compacto y entrenado, estaba cubierto de marcas.
Cicatrices viejas, algunas apenas visibles como surcos pálidos, otras recientes, aún rojizas. Cortes, quemaduras, heridas de bala, laceraciones de formas irregulares que narraban una historia. No había simetría ni tampoco había orgullo en esas marcas, eran como constelaciones impresas en la carne.
A los ojos de Clark, eran más que registros, cada herida era un recuerdo de todo lo que Batman había perdido para que otros no tuvieran que hacerlo. Había algo trágicamente hermoso en eso.
Clark no podía dejar de mirar, no por morbo, sino por la brutal honestidad de lo que veía.
Ese cuerpo era un mapa de todo lo que Batman había enfrentado por su cuenta.
Sin ayuda y sobre todo sin poderes, durante algunos años había creído que Batman era un metahumano. Uno más como él: oculto, poderoso, operando desde las sombras con algún don excepcional. Pero se enteró de lo contrario no por una revelación directa, sino por algo mucho más frío y sistemático: carteles.
Docenas de carteles estaban clavados en los límites de Gotham como advertencias inflexibles:
“Entrada restringida a metahumanos.”
“Solo humanos autorizados.”
“Zona libre de metahumanos.”
Gotham no dejaba lugar a dudas. Era una ciudad cerrada, desconfiada, brutal en sus límites. No se permitían metahumanos en Gotham. Y, sin embargo, Batman seguía ahí. Intocable. Respetado. Temido. Lo que solo podía significar una cosa: era humano.
A Clark le había costado aceptarlo. Porque eso lo volvía más impresionante. Más incomprensible. Y ahora que lo tenía frente a él, quitándose el traje en silencio, lo comprendía del todo. Batman no tenía poderes, no tenía otra armadura que su voluntad, solo un cuerpo entrenado. Un cuerpo cansado. Herido. Marcado.
Clark no podía ver su rostro y no conocía su nombre. Pero ese cuerpo hablaba más que cualquier confesión y lo que decía era insoportable.
Y en esa piel marcada, Clark no encontró palabras. Buscó sin buscar, fijando la mirada en el hombro, en la clavícula, en la línea del omóplato, allí donde tantas veces la gente llevaba inscritas frases, nombres, fechas: la primera cosa que su alma gemela les dijo.
Pero no había nada. Solo cicatrices.
No era raro que la ubicación no coincidiera. Pero en el universo del que venía, la frase solía repetirse como una norma en el mismo lugar. Clark sabía con certeza dónde llevaba grabadas las palabras que Batman le había dicho al conocerlo. Y por un instante, un segundo fugaz, esperó ver allí, sobre esa piel pálida, las palabras torpes que él le pronunció.
Pero no estaban.
Batman se giró levemente de espaldas y abrió una vieja taquilla metálica y sacó lo que parecía un montón de ropa ajena: prendas desgastadas, sin forma, oscuras por el uso.
Antes de que pudiera mirar de nuevo, una camisa gris cubrió el vacío con una brusquedad casi simbólica. Y Clark sintió un hueco frío abrirse bajo su esternón.
Por un segundo Clark dudo. Entrecerró los ojos, pensó tal vez, estaban en otra parte oculta por la sombra o cubierta por la tela del pantalón o por esa camisa gris que había descendido por el torso de Batman como un telón final.
Bruce se movió con rapidez, la camisa gris abotonada estaba en su sitio, con el cuello ligeramente deformado por el uso. Luego, sobre ella, una chaqueta de trabajo negra, con costuras gastadas en los codos y los bordes de las mangas deshilachados, era de esas chaquetas que absorben la mugre de Gotham y nunca vuelven a estar limpias del todo.
Se calzó unos pantalones cargo beige, reforzados en las rodillas. El tejido ya mostraba zonas más claras por el roce constante, luego las botas opacas, de suelas gruesas y sin marcas visibles se cerraron con un solo tirón.
Entonces, como un gesto final, buscó su gorra de béisbol, de color rojo y de aspecto sucio. La ajustó sobre la cabeza, y se la caló hasta que le ocultó por completo el borde de los ojos. Los mechones oscuros de cabello aún visibles se revolvían como zarcillos rebeldes bajo la visera. Luego subió la capucha de la chaqueta, ocultando todo lo demás. El maquillaje negro seguía allí, oscuro, corrido por el sudor y la lluvia, pegado a su piel como una máscara que no pensaba quitarse. Añadió una bufanda color gris oscuro alrededor del cuello, ocultando su mandíbula y parte de la boca.
Bruce se miró brevemente en un espejo empañado por la humedad, ya no era Bruce Wayne, tampoco era Batman, ahora estaba reducido a un investigador errante.
Bruce se detuvo un segundo, no miró a Clark y sobre todo, no miró a Alfred. Se acercó al banco de herramientas y tomó su mochila táctica, ajada por la intemperie y con precisión mecánica, guardó cuidadosamente su batitraje doblado dentro de la mochila, luego se la colgó al hombro con un solo movimiento.
Luego deslizó un par de guantes sin dedos en uno de los bolsillos laterales. Con movimientos rápidos y medidos, comenzó a envolverse los nudillos de ambas manos con vendas gastadas, preparando cada dedo como si anticipara un combate inevitable. Al acercarse, le arrojó un bolso de lona a Clark con gesto seco y habló sin emoción, la voz más baja que de costumbre, volvió hacia Clark:
—Guarda aquí tu traje.
Clark no dijo nada. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Pero obedeció de inmediato, con una torpeza contenida en los dedos.
Bruce volteó entonces hacia Alfred.
—No me sigas. No es una salida para tres.
Y antes de que Alfred pudiera abrir la boca para replicar, Bruce ya se había perdido en la oscuridad del túnel. El sonido del motor de su motocicleta irrumpió unos segundos después, grave, denso. Clark apenas tuvo tiempo de ajustar la cremallera del bolso antes de que Batman hiciera una señal seca con la mano. Una orden sin palabras.
Sube.
Sin mirarlo, le tendió un casco negro a Clark por encima del hombro. Clark lo tomó, un poco torpe, sujetándolo con ambas manos, no sabía si debía hablar, si debía agradecerle. Por sobre todo no sabía dónde dejar las manos.
Bruce no se molestó en mirarlo. Se limitó a esperar.
Clark observó el casco por un instante, lo colocó sobre su cabeza con torpeza. El cierre hizo clic en su mandíbula con un sonido seco. Y cuando Bruce se inclinó hacia adelante, listo para arrancar, Clark se subió a la moto detrás de él, todavía inseguro, las manos sujetando el bolso de lona entre su pecho y la espalda de Batman.
¿De dónde se suponía que debía sostenerse?
Finalmente, apoyó las manos con cuidado en los bordes del asiento, justo detrás del cuerpo de Batman, no se atrevió a tocarlo.
Bruce sintió el cambio apenas Clark se subió. La suspensión de la moto se hundió más de lo habitual, forzando un quejido áspero en los amortiguadores.
Pesado. Muy pesado.
Bruce apretó la mandíbula y mentalmente recalculó el centro de gravedad, el peso extra, el radio de giro. Tendría que compensar en las curvas.
—Genial —la palabra salió seca, apenas un murmullo entre dientes, con una ironía que rozaba el fastidio—. Claro que Superman pesa como un maldito tanque.
Clark no respondió. No estaba seguro de si era una broma o un reproche, así que prefirió pensar que no era ninguna de las dos, solo una constatación mecánica. Un hecho. Como si estuviera evaluando una carga más que a una persona. Clark ajustó mejor el casco y bajó la vista, incómodo.
La moto rugió otra vez. Y juntos, se perdieron en la boca oscura del túnel. Una compuerta se abrió con un crujido hidráulico, como una losa oculta entre la piedra húmeda del muro que se deslizó lentamente hacia un costado, dejando al descubierto un paso estrecho hacia el exterior. La moto arrancó de inmediato, el motor rugiendo bajo la lluvia que no dejaba de golpear el asfalto.
Clark apenas alcanzó a ajustar mejor el casco, como si se olvidara que es invulnerable, cuando el viento le golpeó el pecho con fuerza antes de que la oscuridad del túnel quedara atrás. La luz atravesaba tímidamente el cielo cubierto de nubes oscuras, aún era temprano.
Detrás de ellos, la entrada se cerró automáticamente con un golpe metálico, ocultándose otra vez en la roca. Ninguna señal quedó de que alguien había pasado por allí, como si la puerta secreta del santuario de Batman se hubiera tragado todo rastro.
Clark apenas alcanzó a acomodarse cuando la ciudad los recibió con su aliento de neón y humedad. La moto se deslizaba entre las calles de adoquines de Gotham como una criatura que conocía cada grieta, serpenteando entre fábricas abandonadas y depósitos de contenedores. Clark lo notó: Batman no conducía, navegaba.
Había una precisión muda en cada giro, en cada aceleración. El cuerpo del hombre apenas se movía. Todo era cálculo.
El aire cortaba como cuchillas a esa velocidad, y la ciudad comenzó a extenderse frente a sus ojos con una claridad que solo Superman podía absorber por completo. Pero lo que atrapó a Clark no fue eso únicamente, sino lo que lo rodeaba.
Gotham era una criatura viva, cubierta de costras, de heridas, de capas de historia acumuladas como hollín. Las calles estaban vacías a esa hora, pero el silencio no significaba calma. Los callejones eran largas bocas oscuras de lobos hambrientos.
Aún con la visera baja, Clark podía ver perfectamente. La lluvia golpeaba constantemente en la carcasa del casco, y más allá, la ciudad se descomponía. Las calles comerciales desaparecían, la arquitectura se volvía más antigua, industrial, pesada.
Y entonces, lo vio.
El puente.
Una estructura colosal de acero, sostenida por columnas que emergían del río como costillas gigantes. Las luces rojas de advertencia titilaban sobre las torres del paso elevado, luego subieron la rampa que conectaba con el gran puente de acero.
Clark miró hacia atrás y, recortándose contra el cielo tormentoso, se alzaba un rascacielos oscuro, como una corona quebrada: la Torre Wayne dominaba el paisaje.
Clark no pudo evitar observarla.
Era el edificio más alto de Gotham, una lanza de piedra pulida, una estructura negra de hierro y cristal apuntando directo al cielo plomizo y encapotado.
Las letras gigantes de WAYNE resplandecían en su cima, iluminadas por luces blancas que apenas alcanzaban a atravesar la niebla y la lluvia. Un monumento a un legado muerto. Un apellido escrito en la ciudad como si fuera su propiedad.
Clark había sobrevolado rascacielos como ese en su propio mundo. Un símbolo de poder, de vigilancia. Una torre que pretendía mirar todo desde arriba.
Habían pasado junto a su base justo antes de atravesar el largo puente industrial que conectaba el centro de la ciudad con los límites exteriores de Gotham. Clark miraba hacia atrás mientras la silueta del rascacielos se hacía cada vez más pequeña. El nombre seguía brillando en la oscuridad de la madrugada, pero parecía desvanecerse con la distancia.
Bruce no dijo nada. Mantenía la mirada fija al frente, el cuerpo inclinado con precisión, esquivando baches y charcos como si los conociera de memoria. La moto rugía bajo ellos, vibrando con cada cambio de marcha.
Entonces, el aire cambió. Dejó de oler a ciudad.
El paisaje también cambió poco a poco. Los edificios se hicieron más bajos, los carteles más gastados, las luces más escasas, grandes extensiones de maleza comenzaron a invadir los márgenes y el pavimento se agrietaba a cada kilómetro recorrido. Las señales comenzaban a desaparecer una tras otra. Ya no quedaban peatones. Hasta que solo quedaron árboles, caminos curvos de asfalto rajado y postes de luz que titilaban con una electricidad inestable.
Y la lluvia —esa constante en Gotham— empezó a sonar distinta, golpeando ramas y tierra en lugar de concreto y metal.
Avanzaron casi en silencio mientras la motocicleta reducía su velocidad, adoptando un ritmo más tranquilo.
Finalmente, tras un último desvío sin señalizar, se internaron en una senda cubierta de hojas húmedas y ramas caídas. El camino serpenteaba entre árboles retorcidos por el viento hasta que, entre la niebla, surgió una silueta.
Y entonces, tras ese último desvío, Bruce la vio.
La antigua mansión Wayne emergía de la niebla como una memoria enterrada.
Enorme. Inquietante. Silenciosa. Oscura. Abandonada.
Clark no sabía dónde estaban. No sabía a quién había pertenecido ese edificio. Solo entendía que estaban muy lejos del corazón de Gotham, en un lugar que incluso la ciudad parecía haber olvidado.
Y Batman seguía sin decir una palabra.
La mansión había sido construida en piedra oscura, con techos empinados y gárgolas en los aleros, cubiertas de musgo en el techo, y estás apuntaban con sus hocicos torcidos hacia el abismo. Los ventanales eran altos, delgados como agujas de iglesia. Muchas estaban ciegas, rotas; otras aún conservaban fragmentos de vidrio enteros.
Un porche ancho que se curvaba sobre escalones agrietados, oscurecidos por años de abandono e intemperie. La verja, alta y de hierro forjado, estaba vencida sobre un camino de grava ahogada en musgo, permanecía entreabierta, oxidada en sus bisagras.
No quedaba nada del brillo, nada de la aristocracia. Solo ruina y un eco antiguo de algo que había sido sagrado.
Clark lo observaba en silencio y tenía el aire de algo que no debía ser encontrado, de una reliquia de otra era, envuelto en un aire espeso de advertencia y de luto.
Un cartel corroído permanecía aún adherido a un sector del muro de la verja, casi oculto por la vegetación. Las letras metálicas, ennegrecidas por el tiempo, apenas se distinguían entre las hojas húmedas: Gotham Orphanage – Wayne Family.
Clark frunció el ceño.
Un orfanato abandonado.
La idea le pareció extraña, inquietante incluso. Pero no preguntó. Ya había aprendido que con Batman, a veces, el silencio era la única forma de avanzar.
El terreno estaba cubierto de hojas y ramas. El césped alto lo había reclamado por el tiempo. Los árboles, como centinelas deformes, custodiaban el perímetro, sus ramas retorcidas rozaban las ventanas del segundo piso.
La moto se detuvo frente a los escalones principales y Bruce apagó el motor sin ceremonia. Solo la lluvia continuó implacable, cayendo como una confesión muda sobre el tejado ruinoso.
Clark se quitó el casco lentamente y con cuidado, todavía sin saber dónde estaban ni por qué habían venido allí. Batman bajó de la moto, tomó su bolso del costado, y ni siquiera se molestó en mirar hacia él.
Frente a ellos, la mansión que alguna vez fue símbolo de poder y legado, ahora era solo una ruina digna, imponente, incluso en su abandono.
Clark pensó que tal vez era una base. Tal vez Batman usaba este lugar para esconderse.
Lo que no sabía —lo que ni siquiera podía imaginarse— era que aquel edificio era la mansión donde Bruce Wayne había crecido.
Y que ahora estaba volviendo a ella por primera vez en más de dos décadas de exilio. Bruce Wayne, el hombre, no el mito, simplemente comenzó a caminar hacia la puerta, sin mirar atrás.
Ya no como hijo. Ni como heredero. Si no como Batman.
Clark lo siguió. La puerta chirrió al cerrarse tras ellos, atrapando la brisa húmeda del exterior. Dentro, solo el sonido de sus pasos sobre la piedra desnuda y madera envejecida. Bruce avanzaba con la mirada fija, cruzando el salón sin detenerse.
—Es seguro —dijo sin volverse—. Nadie ha estado aquí en años.
Las paredes altas, el polvo en suspensión, los muebles cubiertos por sábanas grises como sudarios. El aire olía a encierro, a lluvia vieja filtrada por grietas en el techo. Clark bajó la voz, como si la atmósfera del lugar no permitiera otra cosa.
—¿Ni siquiera tú?
Bruce dudó. Un instante apenas. Pero fue suficiente para que Clark lo notara.
—Ni siquiera yo —añadió Bruce, como si hablara para sí mismo. Luego retomó el paso—. Lo abandonaron cuando el proyecto falló. No figura en ningún mapa reciente. No está conectado a ningún sistema activo. Para efectos prácticos… no existe.
—¿Proyecto? —preguntó Clark, sin sonar inquisitivo, pero con esa curiosidad tranquila que nunca apagaba del todo. La de alguien acostumbrado a reconstruir la verdad con piezas sueltas.
—Renovación Wayne —respondió Bruce, la voz seca, sin matices—. Un fondo supuestamente dedicado a mejorar Gotham. Educación, vivienda, salud… fue una idea de los Wayne. Antes de ser asesinados.
Clark conocía esa historia. No solo por los titulares antiguos, sino porque la recordaba vívidamente. Tenía nueve años cuando su madre, sentada frente al televisor con él en brazos, se llevó una mano a la boca al ver la imagen de aquel niño de diez años, solo en las escaleras del cine. Y después, como si no pudiera evitarlo, lo apretó fuerte contra su pecho. Como si temiera, de verdad temiera, dejar también a su hijo completamente solo en el mundo.
—¿Cómo fracasó el proyecto? —preguntó Clark, con esa mezcla de precisión suave y persistencia que usaba con sus fuentes. Era un instinto, su mayor costumbre. Un reflejo que salía cuando algo no cerraba.
Bruce lo notó. Apretó la mandíbula. Claro que Clark Kent tenía que ser un jodido periodista de investigación.
—Lo sabotearon —dijo al fin, lacónico—. Malversación, corrupción, promesas rotas —se detuvo al pie de una escalera amplia, cubierta de hojas secas que se habían colado por las ventanas rotas—. Todo lo que toca esta ciudad se pudre eventualmente. Incluso las buenas intenciones.
Clark lo observó con atención, el ceño levemente fruncido. No solo por lo que decía, sino por cómo lo decía.
—¿Y eso es lo que crees? ¿Qué nada puede salvarse?
Bruce no respondió. Subió los primeros escalones en silencio, aunque la tensión en su espalda fue evidente.
—La mansión… este orfanato —dijo al fin, sin girarse—. Es el reflejo del fracaso del legado Wayne. En vez de ser un refugio, terminó convertida en un monumento a la negligencia. A las promesas rotas. A un sistema que dejó atrás a los que más lo necesitaban.
—¿Por eso te alejaste de este lugar? —Y entonces, antes de poder detenerse a pensarlo, le lanzó la pregunta al hombre más temido de Gotham, Clark cruzó una línea—. Fuiste un huérfano aquí.
Clark formuló la pregunta con naturalidad, como quien simplemente enuncia un hecho. Su instinto de periodista no conocía pausa, pero apenas terminó de hablar, supo que había ido demasiado lejos. Se dio cuenta de lo que había dicho. Y a quién. Se asustó por un momento, breve pero real. El arrepentimiento le llegó como un golpe seco en el pecho.
Bruce se detuvo en seco, a mitad de la escalera. La sombra proyectada por su cuerpo se alargaba sobre los escalones rotos. No giró del todo, pero inclinó apenas la cabeza hacia Clark. El gesto fue sutil, contenido. Bastó para congelar el aire.
—¿Eso piensas? —dijo al fin, despacio—. Que fui un huérfano más.
Clark tragó saliva, sintiéndose de pronto pequeño en medio del eco de ese lugar vacío, la mirada oculta de Batman, manchada de negro era en parte más afilada por eso mismo, un escrutinio silencioso que se le clavaba más hondo de lo que Clark podía admitir.
—Yo... —empezó, vacilante, las palabras atropellándose un poco mientras buscaba la manera correcta de decirlo—. Es que... bueno, si Alfred te crio, pero no es tu padre... entonces, supongo que en términos legales debe ser algo así como un tutor, ¿no? Como un padre de crianza, tal vez... No sé, es solo que tiene sentido, ¿no?
Bruce exhaló por la nariz. No fue un suspiro, ni un bufido. Fue un sonido breve, seco, cargado de algo difícil de nombrar.
Lo miró de reojo, apenas un segundo, y supo que Clark había llegado solo a esa conclusión. Sin datos. Sin archivos. Solo con lo que había visto y sentido. Y lo peor era que tenía razón.
—Me alejé porque este lugar está lleno de recuerdos inútiles. La nostalgia es un lujo que no me puedo permitir.
Clark lo observó en silencio un momento, luego habló con más calma, menos nervioso, más directo, como si intentara conectar con algo real, dijo con suavidad:
—No me parece que sea eso —comenzó Clark de nuevo, menos como un manojo de nervios y más como un hombre funcional hablando con otro hombre cuasi funcional—. Tal vez… no sea nostalgia. Tal vez solo duele. Creo que te duele. Y eso no es lo mismo.
Bruce se detuvo a mitad de la escalera. La luz tenue que entraba por los ventanales en ruinas apenas perfilaba su figura oculta por capas de ropa desgastada.
—No te confundas —respondió sin mirarlo—. Sentir algo no significa que vaya a hacer algo al respecto.
—Pero igual lo sientes —Clark subió un peldaño más, acercándose con cautela—... B.
Clark sintió su propio corazón latir con fuerza. No sabía por qué lo había dicho, no lo había planeado. Simplemente había salido.
—Perdón —murmuró—. Supongo que no te gusta que te llamen así.
Bruce giró apenas la cabeza. No del todo. Solo lo suficiente para que Clark supiera que lo había escuchado.
—¿B? —repitió con una incredulidad contenida.
Clark sostuvo la mirada, aunque Bruce no lo mirara directamente.
—No tienes que decir nada. Solo… no hace falta que finjas ahora.
Hubo un silencio breve, cargado de algo incierto. Luego Bruce habló, con la voz más baja:
—No estoy fingiendo.
Pero algo en su expresión, leve y fugaz, imperceptible para casi cualquiera, dejaba entrever una incomodidad distinta. No por lo que Clark había dicho, sino por lo que creía saber.
Porque lo que Clark no sabía y Bruce no pensaba corregir era que este no había sido un orfanato para él. Que antes de ser un proyecto abandonado, antes de convertirse en ruinas, este fue su hogar. Y que lo perdió todo aquí.
Clark, sin saberlo, lo había reducido a uno más entre muchos huérfanos anónimos. Y aunque su tono no había sido condescendiente, la suposición tocó una fibra profunda.
Clark lo siguió, sin comprender del todo que acababa de rozar algo importante. Algo enterrado.
Y en el aire quedó flotando ese nombre abreviado, sencillo, casi íntimo: “B”.
Bruce volvió a subir, y cuando llegaron al final del tramo, murmuró:
—Este lugar tiene un ala que no está completamente en ruinas. Un par de cuartos intactos. Puedes usar uno.
—¿Y tú?
—Yo no duermo mucho.
—¿Y si lo intentas? —dijo Clark mientras abría una de las puertas en el corredor.
Bruce se detuvo frente a una vieja puerta de roble. El pomo oxidado, el marco inclinado. La abrió sin esfuerzo, el interior estaba deshecho, volvió a cerrar la puerta sin hacer ruido y esperó a que Clark hiciera lo mismo con la suya. Se aseguró de que la puerta se cerrara con firmeza antes de avanzar.
Siguió hacia la siguiente habitación. Esta vez, el marco estaba vacío, sin puerta alguna.
—No lo necesito —Bruce se detuvo otra vez. Esta vez sí giró un poco más. Su rostro seguía oculto por la gorra, la bufanda cubría la mitad de su rostro. Pero su mirada, aún a media sombra, se encontró con la de Clark.
Por un segundo, algo en los ojos de Bruce pareció suavizarse. Pero fue eso: solo un segundo. En seguida volvió a ser la figura encapuchada, el hombre envuelto en capas, literal y metafóricamente inaccesible.
—Ven —dijo mientras avanzaba por el corredor—. Hay un cuarto en el ala este que aún tiene puertas.
Clark no insistió. Pero, al cruzar el umbral, murmuró apenas:
—A veces no se trata de necesitarlo.
Bruce permaneció un momento en el pasillo, en silencio. Clark esbozó una sonrisa breve, como un destello apenas perceptible en la penumbra de su rostro.
Los hoyuelos en sus mejillas se marcaron con claridad, profundos y perceptibles, como pequeñas heridas de ternura que resaltaban en su expresión.
Bruce lo vio, y por un instante, un calor inesperado le subió desde la nuca hasta perderse bajo la bufanda que ocultaba parte de su rostro. Sintió cómo un leve rubor teñía su piel, discreto pero real.
Pero decidió no darle más vueltas. No era momento para distracciones. No podía permitirse el lujo de pensar en eso. Se aclaró la garganta, ajustó la bufanda que le cubría la mitad del rostro y, sin añadir palabra, avanzó hacia la puerta abierta.
Clark notó el gesto, pero no dijo nada.
Clark lo siguió, en silencio, a su alrededor, cada sombra parecía una historia no dicha. Y quizás, pensó, volver a llamarlo B sin que el otro se detuviera.
Batman le indicó una habitación después de evaluarla, estaba dentro de lo que cabe, habitable.
—Descansa —fue lo único que dijo Clark antes de quedarse en el umbral, viendo a Batman perderse en la oscuridad del pasillo.
Bruce siguió caminando sin decir palabra, sus pasos amortiguados por la alfombra vieja y el polvo. Solo se detuvo cuando escuchó, a sus espaldas, el clic sutil de la puerta cerrándose. Clark había cerrado la puerta.
Entonces, como si algo dentro de él aflojara apenas, Bruce se apoyó con cuidado sobre una mesita olvidada en el pasillo, cubierta por una sábana amarillenta. El mueble crujió, pero no se rompió.
Su mirada, sin que pudiera evitarlo, se desvió hacia la pared del fondo. Allí, al final del corredor, casi fundido con la oscuridad, estaba el viejo armario. Alto, pesado, cubierto también por una sábana. Nadie pensaría que detrás de ese mueble aún estaba una puerta.
La puerta.
La de la habitación de sus padres.
Bruce no se acercó. No esa noche. No todavía. Pero se quedó un momento ahí, en silencio, respirando polvo y recuerdos, antes de girarse y desaparecer por otro pasillo, como un fantasma más entre los muchos que habitaban la mansión.
Bruce salió de la mansión con prisa, sus pasos amortiguados por el césped cubierto de hojas y humedad. Se dirigió hacia un lateral del edificio, donde la maleza había ido reclamando terreno hasta ocultar una entrada metálica oculta entre raíces y piedras.
La puerta, cubierta de óxido y suciedad, se resistió un instante antes de ceder al cerrojo que Bruce desactivó con una precisión casi mecánica. La oscuridad del túnel lo recibió, densa y silenciosa, pero él conocía cada detalle.
Avanzó con seguridad hacia la cueva bajo la mansión, un refugio tan antiguo como sus propios secretos. El camino que conectaba con la estación Wayne estaba bloqueado desde hacía años, víctima de un derrumbe que había sellado la ruta principal.
Se sentó frente a una consola rudimentaria y con cuidado se quitó las lentillas de sus ojos. No eran lentillas comunes: eran cámaras, dispositivos de última tecnología que le permitían grabar todo lo que veía, almacenar datos, y transmitir información en tiempo real. Era como si sus propios ojos fueran una extensión de su arsenal.
Ahora, liberado de ellas, sus ojos descansaron por un momento en la penumbra, mientras la luz azulada de la consola iluminaba su rostro parcialmente cubierto por la bufanda.
Tenía horas de grabaciones para revisar. Cada imagen, cada sonido, podría contener pistas vitales, aunque su atención estaba centrada en la pantalla, Bruce no pudo evitar que la grabación se desviara brevemente al rostro de Clark, a esa sonrisa donde los hoyuelos se marcaban con una claridad casi dolorosa. El clip se reprodujo demasiado tiempo como para ser algo justificable. Sacudió la cabeza, negándose a darle importancia. Eso no era asunto de nadie más que suyo.