Capítulo 3: Ecos de despedida y el acero del destino
(POV Katniss) Effie, con su peluca rosa ligeramente torcida y su sonrisa forzada, se acercó a mí en el estrado. —"Oh, querida Katniss"— llamó, su voz apenas un hilo. —"Qué inesperado todo. Por favor, acompáñame a la Sala de la Justicia. Hay... preparativos que hacer"— su mano enguantada se extendió hacia la salida. Así que comencé a caminar, siguiéndola de cerca, mientras mi mirada buscaba desesperadamente a Prim y a mamá entre la multitud. ¿Dónde están? Solo vi a Gale, que mantenía una mirada fuerte y decidida, intentando darme ánimos. Mientras me conducía lejos del estrado, mis ojos se desviaron hacia la pantalla principal, que aún mostraba el rostro del convicto. Su pura presencia me heló la sangre; su mirada, desprovista de cualquier emoción, solo burla e ironía y esa sonrisa, esa maldita sonrisa de lado. Loco. ¿Cómo se supone que pueda idear una estrategia, o siquiera sobrevivir, cuando este depredador encadenado es ahora mi compañero? No puedo darme por vencida. Mi mente se negaba a hacerlo. Cada fibra de mi ser gritaba peligro solo con pensar en él. La imagen del paraguas se materializó en mi mente. Me aferré a ese recuerdo, a la promesa de que, incluso en las situaciones más difíciles, siempre hay una salida. Sí. El sonido de un deslizador, más cercano ahora, me sacó de mis pensamientos. Finn. Lo vi, un niño pálido y tembloroso, siendo escoltado hacia la nave. Su abuela intentaba levantarse de su silla de ruedas, sus lamentos ahogados por el zumbido del motor. Mi corazón se encogió. Pensé en Rory, en Prim misma. El deslizador se elevó con un zumbido, llevándose a Finn. Mis pasos, aunque intenté proyectar firmeza, no lograban ocultar el temblor de mis piernas. Entonces, el agente abrió las puertas de la Sala de la Justicia, y me encontré con otro gran problema… Haymitch Abernathy. Solté un suspiro, pero no fui la única; Effie también lo hizo, ambas nos vimos y nos quedamos en silencio antes de que ella solo me sonriera. Al menos tenemos algo en común. Regresé mi atención a él que después de su ridículo espectáculo afuera, su caída torpe desde el estrado no solo me humilló, sino que también ahuyentó a cualquier patrocinador con dinero que pudiera ayudarme. Ahora Haymitch estaba sentado en una silla, con un charco de vómito a sus pies y manchas secas adheridas a su rostro y cabello. ¿Cómo se supone que él me ayude a ganar? Aunque mi 'compañero' no lo necesitaba. El reo, el que ya estaba preparado para matar, no necesitaría a un borracho como mentor. Pero me concentraría como en la caza. Una cosa a la vez. Una cosa a la vez. La Sala de la Justicia era un lugar frío, con paredes de piedra que parecían absorber cualquier sonido, cualquier emoción. Caminé en silencio hasta una habitación donde me dejaron sola. La puerta volvió a abrirse. Mamá, con los ojos hinchados pero una fortaleza que me sorprendió, me envolvió en sus brazos. Su abrazo era todo lo que podía pedir. —"Sé fuerte, Katniss"— susurró, su voz quebrada, pero firme, aferrándose a mí. —"No te rindas. Lucha. Por Prim. Por nosotros"— sentí sus lágrimas en mi hombro. —"Yo no—" las palabras se atoraron en mi garganta, el nudo en ella me asfixiaba. ¿Qué podía decirle? La muerte de papá no solo se lo llevó a él; la arrastró con él y, por extensión, a Prim y a mí. Ahora, sentía que yo estaba a punto de hacer lo mismo, de dejarlas, de arrastrarlas a la misma agonía. La verdad. —"Tienes que ser fuerte. No puedes irte, no te fuiste cuando papá murió. Y ahora harás lo mismo, ¿me entiendes?"— susurré, mi voz apenas un hilo, mientras la abrazaba con todas mis fuerzas. —"Te amo, mamá"— susurré. Ella comenzó a apartarse y, para mi sorpresa, sus labios dibujaron una sonrisa tenue, casi imperceptible. Yo sé que puedes hacerlo. —"Mi mayor orgullo siempre serán ustedes dos, sin importar lo que pase. Recuérdalo siempre. Estoy orgullosa de la mujer en la que te has convertido"— y ahí fue cuando me rompí. Las lágrimas cayeron sin control, una avalancha que no pude contener, porque este era el único momento en que podía permitirme la debilidad. Luego, Prim se aferró a mí, su pequeño cuerpo temblaba, sus ojos azules llenos de una tristeza que me partía el alma. —"No te preocupes, Prim"— le susurré, intenté que mi voz sonara firme, aunque un nudo se apretaba en mi garganta. —"Voy a ganar. Voy a volver. Cuida a mamá, ¿sí?"— ella asintió, sollozando, sin dejarme ir. Le acaricié el cabello, sintiendo la suavidad de sus hebras rubias entre mis dedos. Me incliné, besando su frente, su mejilla, y luego la coronilla de su cabeza, sintiendo su calor. —"Eres la más fuerte de todas, mi patito"— murmuré, mi voz apenas un hilo, intentando infundir todo el valor que pudiera. —"Recuerda lo que te enseñé, los nudos, las hierbas... y nunca dejes que mamá se rinda, ¿me oyes? Eres su pilar ahora"— pedí mientras miraba a mamá fijamente que solo comenzó a llorar. Sé que estarán bien hasta que regrese. Ella me soltó y se limpió las lágrimas de su rostro, y con una determinación sorprendente en su pequeña figura, me mostró el paraguas. —"En cuanto pude, salí corriendo a casa por él"— me dijo, su voz llena de orgullo. Mis manos lo tomaron gentilmente, sintiendo el familiar peso del metal y la tela. Prim me miró a los ojos, sus propios ojos azules brillando. —"Siempre dijiste que significa esperanza, Katniss, y eso es justamente lo que necesitamos en este momento. Tú, mamá y yo"— mi mirada pasó del paraguas a ella. Una tranquilidad inusual me invadió en medio del caos, como si ese objeto pudiera, de alguna manera, protegerme. Como siempre. Entonces, con un gesto que me costó más de lo que esperaba, tomé su pequeña mano y, con la mía temblorosa, le devolví el paraguas, mis dedos temblaron al sentir el peso. Prim me miró, desconcertada, sus cejas rubias fruncidas. —"Cuídalo hasta que regrese, mi patito"— pedí, mi voz apenas un susurro. —"¿Podrías hacerlo por mí?"— supe que ella entendía el peso de mis palabras, el significado oculto de ese objeto tan preciado. No estaríamos vivas… Ella sabía que este paraguas era mi talismán y siempre… Regreso a él. El reloj en la pared de la Sala de la Justicia, un objeto que normalmente pasaba desapercibido, ahora se sentía como un martillo golpeando los segundos. Cada tic-tac era un recordatorio de que el tiempo se agotaba. Mamá se levantó primero. Sus ojos, aunque aún hinchados, tenían una nueva determinación. Justo entonces, la puerta de la Sala de la Justicia se abrió con un chirrido. —"¡Se acabó el tiempo!"— mamá se giró hacia mí, sus ojos llenos de urgencia. Se inclinó, besando mi frente. —"Recuerda lo que te dije, Katniss. Lucha. Por Prim. Por ti"— asentí, sin poder hablar, la garganta apretada. Luego, Prim se aferró a mí por última vez. Sus pequeños brazos me rodearon el cuello, y sentí sus lágrimas mojar mi camisa. —"Te quiero, Katniss"— sollozó. —"Prométeme que volverás. Promételo"— sus dedos cerrados fuertemente en mi. —"Lo prometo"— le susurré, mi propia voz quebrada, acariciando su cabello. —"Cuida a mamá. Y al paraguas"— la solté con la mayor dificultad. Ver a mamá tomar la mano de Prim y arrastrarla suavemente hacia la puerta fue como una quemadura en mi piel. Sus figuras se alejaron, pequeñas y vulnerables, y la puerta se cerró con un sonido hueco, dejándome sola en el frío silencio de la sala. El vacío que dejaron fue inmenso, un agujero negro en mi pecho. La puerta se abrió de nuevo, y Gale entró. Su rostro estaba pálido y tenso. Me abrazó con una fuerza que me dejó sin aliento. Sentí el familiar olor a bosque y a carbón que siempre lo acompañaba. —"No dejes que te cambien, Catnip"— gruñó en mi oído, su voz ronca, llena de una advertencia que resonaba en mi mente. —"Sé tú misma. Y no confíes en nadie. Especialmente no en ese... demente"— su voz se endureció al referirse a Mellark. Hablamos de la caza, pero esta vez, no de la caza en el bosque, sino de la supervivencia en la arena. Gale me miró a los ojos, su voz más suave ahora. —"Recuerda todo lo que sabes del bosque, Catnip. Las plantas comestibles, las que te enferman. El agua, siempre busca el agua, es tu vida. Y el refugio, busca cuevas, salientes, cualquier cosa que te proteja de los elementos y de los demás. No te fíes de los caminos obvios, y siempre mira hacia arriba. El terreno puede ser tu mejor aliado o tu peor enemigo. Piensa como si estuvieras cazando, pero esta vez, el objetivo es mantenerte viva. Cada arbusto, cada roca, puede esconder algo, o a alguien. Confía en tus instintos, Catnip. Son más agudos que los de cualquiera"— lanzó recordatorio tras recordatorio. Yo lo sé. —"¿Y tú? ¿Cómo te las arreglarás sin mi puntería?"— le espeté, intentando aligerar el ambiente, aunque mi voz me temblaba. Él solo me miró, una chispa de su habitual rebeldía en sus ojos. —"No te preocupes por mí, Katniss. Tú eres la que va a la arena. Yo me encargaré de que Prim y tu madre no pasen hambre. Ya sabes, hasta que regreses de esto... y, por cierto, al parecer sí te pusiste algo bonito"— añadió con una sonrisa torcida. Un leve rubor subió por mi cuello. —"¡Cállate, Hawthorne!"— le grité, aunque una parte de mí, muy en el fondo, sintió un cosquilleo extraño. Solo es Gale. Justo entonces, la puerta de la Sala de la Justicia se abrió de nuevo con un golpe seco. —"¡Se acabó el tiempo! ¡Es hora de irse!"— avisó el agente. —"Cuídate, Catnip"— susurró, sus ojos fijos en los míos. —"No te olvides de nosotros. Y lucha. Lucha por todos"— terminó de decir mientras la mano del pacificador lo tomaba. —"Lo haré, Gale"— le respondí. Él asintió, y antes de que los agentes lo empujaran más hacia la puerta, me lanzó una última mirada, una mezcla de furia y desesperación. No hubo más visitas. La Sala de la Justicia, que había sido un torbellino de emociones, ahora se sentía extrañamente vacía. Justo cuando la puerta parecía cerrarse definitivamente, se abrió de nuevo y Madge entró. Su rostro, normalmente tan sereno, estaba pálido y sus ojos, hinchados. Se acercó a mí con paso vacilante y me abrazó. No hubo palabras, solo el sonido de su sollozo ahogado. Sacó un pequeño broche, un sinsajo de oro, y me lo prendió en el vestido. —”Para que te dé suerte”— susurró. Asentí, sintiendo el frío metal contra mi piel, un pequeño recordatorio de casa. Luego, los agentes la presionaron para irse. Cada segundo que pasaba era un recordatorio de que el reloj avanzaba, que el deslizador de Mellark se acercaba. ¿Qué debo hacer cuando lo vea? ¿Ignorarlo? ¿A la defensiva? Los agentes, con sus uniformes blancos inmaculados que parecían brillar bajo la luz artificial me sacaron de la habitación para comenzar a escoltarme. A mitad del pasillo, ahí estaba él, rodeado por tres agentes. Todavía usaba su ropa de reo, sucia e incluso con algo de sangre. —"Sigue caminando"— me empujaron hacia él. Un miedo me recorrió cuando nuestras miradas se encontraron, pero entonces me perdí, porque en su mirada no había enojo, ni burla, ni el cinismo que esperaba. ¿Pero qué…? No tuve tiempo de pensar más cuando los agentes nos juntaron y comenzamos a caminar, sus cadenas hacían ruido con cada paso. —"¡Paren! Necesitamos que la señorita Trinket esté presente para ir al tren. ¡Siéntense!"— ordenó uno de los agentes, lanzándonos hacia unas sillas de metal. —"No sea tan rudo con la chica, agente"— habló Mellark de repente, sus cadenas tintineando. El agente, impasible, lo ignoró, su rostro una máscara de fría indiferencia. ¿Qué hace? Entonces, su mano se extendió, interrumpiendo mis pensamientos, y me ofreció el broche de sinsajo que Madge me había dado. —"Se te cayó"— dijo, sus dedos no soltaron el broche de inmediato, forzando un contacto casi imperceptible entre nuestras manos. Lo miré a los ojos. Una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios. —"¿Ni un 'gracias', Everdeen?"— comentó, su tono cargado de falsa indignación. ¿Eh? Me aclaré la garganta, un nudo de incomodidad en mi pecho. Yo… —"Gracias"— solté arrebatando el regalo de Madge de su mano. Él pareció ignorar mi respuesta, su atención fija en el broche. —"Un sinsajo, ¿no es así? Dicen que representa la libertad"— aseguró, directamente. ¿Libertad? Guardé silencio, deseando que Effie apareciera para poner fin al incómodo intercambio. Vamos, ¿por qué tardan tant—? Un olor me sacó de mis pensamientos. El suave tintineo de las cadenas me llamó la atención. Cuando mi mirada se encontró con su rostro, lo vi darle una mordida fuerte a un pan que sostenía en sus manos. Mi estómago rugió con más fuerza de lo que me hubiera gustado, y me congelé, avergonzada. Él, con el queso aún colgando de su boca, me miró, y un sonrojo incontrolable comenzó a subir por mi cuello. No puede ser… Esperé la risa o la humillación, como normalmente pasaría, pero en vez de eso, lo que encontré fue el pan en mis manos. —"Espero que te guste. Son mis favoritos"— comentó tranquilamente. ¿Favoritos? Yo, sin saber qué decir o hacer, sentía que lo más normal sería rechazarlo, jamás aceptaría caridad, pero después de la vergüenza que pasé, mi mente estaba en blanco. Así que, en lugar de responder a su ofrecimiento, me aferré a sus palabras anteriores. —"¿Eso representa?"— cuestioné, mientras sentía el calor del pan en mis dedos. Me quedé en blanco, mis pensamientos dispersos. Él me miró, sus ojos azules fijos en los míos. —"Sí, el gobierno los creó como armas pero estos crearon su propio destino"— contó él viendo fijamente a un agente que desvió su vista. Solo pude asentir con la cabeza, mis ojos fijos en el pan, la contradicción de la libertad y las cadenas. Su propio destino. Comí en silencio, el hambre era más fuerte que cualquier otra cosa. El desayuno lo había regresado en la mañana, y mi estómago rugía. Y sabía demasiado bien. No sabía qué clase de pan era este; no lo había aquí. Pero el queso y las especias del pan lo hacían no dulce, sino salado. Está bueno. A Prim y a mamá les gustaría mucho. Entonces Effie apareció, su figura vibrante irrumpiendo en la sala, y a su lado estaba Haymitch, un poco más arreglado y limpio de lo que lo había visto en la entrada. Así que por eso tardó tanto. De hecho, si fue por arreglarlo, entonces fue en tiempo récord, se paró enfrente de nosotros, con una sonrisa forzada que apenas le llegaba a los ojos. —"Hola, joven Mellark, mi nombre es Effie Trinket. Y soy la escort del distrito 12. Es un placer"— dijo, extendiendo su mano. Mellark la miró, su sonrisa burlona aún en su rostro, y tomó su mano con una lentitud exasperante, como si la estuviera sopesando. Ambos se miraron fijamente… —"El placer es mío, señorita Trinket"— respondió. Yo solo observé, sintiendo la tensión en el aire. Raro… Effie nos animó a ponernos de pie y comenzar a seguirla. Afuera del edificio de justicia, una ráfaga de flashes nos cegó. Había un grupo de camarógrafos esperándonos. —"Bien, posen para su foto, por favor"— comentó Effie, dándome unos pequeños golpecitos en la espalda. En cambio, a Mellark lo golpearon los agentes para que se acercara, el sonido metálico de sus cadenas golpeándose entre sí resonando en el aire. Miré directamente a la cámara, sin sonreír, sin hacer nada, solo estática, una estatua de desafío. —"¡Oh, vamos, Katniss, al menos una sonrisa!"— chilló Effie, ganándose una mirada de muerte de mi parte. Ni de broma. —"Esa chica te odia, primor"— soltó Haymitch, ganándose un empujón de parte de Effie. Mi mirada se posó en Mellark, para verlo simplemente sonreír, como si nada pasara, como si no estuviera encadenado, como si no fuera un reo. —"Espera, espera, quiero una de lado"— mi ceja se levantó. No pensé que él fuera así, tan... —"Bueno, es todo, vamos, sigan caminando, el tiempo apremia"— soltó Effie, su voz teñida de impaciencia. Entonces lo vi. El tren. No era como los trenes de carga que conocía del Distrito 12, llenos de carbón y hollín. Este era una serpiente metálica pulida, de un color plateado brillante que reflejaba el cielo gris como un espejo. Las ventanas, oscuras y elegantes, ocultaban el interior. Era una máquina de otro mundo. Justo cuando estábamos por subir la rampa, una voz ruda y autoritaria nos detuvo en seco. —"¡Esperen un momento!"— soltó el agente que parecía ser el jefe de la escolta, su voz cortando el aire como un látigo. Effie lo miró con una duda, su sonrisa forzada desvaneciéndose. Haymitch, aprovechando la pausa, se inclinó discretamente para vomitar en unos arbustos cercanos. Entonces, el sonido metálico de las cadenas golpeando el suelo me hizo girar al instante. Mellark solo se sobaba las muñecas, sus ojos fijos en el metal liberado. No. ¿Qué están haciendo? —"¿Qué están haciendo?"— Effie soltó el chillido entre pánico, sus ojos desorbitados. —"Órdenes del Capitolio"— sentenció el agente sin vernos. Después, se giró hacia Mellark, sacó un collarín de metal y se lo puso en el cuello con un clic seco. La luz del collarín pasó de un rojo amenazante a un verde pálido en un instante. —"Ahora escúchame bien, basura. Si haces algo que no debas, como salir del tren o atacar a cualquier persona, dentro o fuera, tu cabeza estará en todas partes, ¿entiendes?"— soltó mordazmente. —"Oh, Francis, no deberías preocuparte tanto por mí. Al menos me llevo un recuerdo, ¿no—?" el agente, Francis, lo golpeó en el estómago con la culata de su arma, haciendo que Mellark cayera al suelo. Me estremecí al escucharlo toser, un sonido áspero. El agente lo miró con desprecio. —"Aquí tienes tu regalito, basura"— comentó de manera fría, antes de volverse hacia Effie. —"Bien, escúchame porque solo lo repetiré una vez"— y le entregó un control remoto. —"El botón rojo es para hacer el bien a la humanidad y matar a este cabrón. El botón verde es para divertirse y electrocutarlo"— los ojos de Effie estaban bien abiertos, fijos en el control, mientras asentía con la cabeza, pálida. Haymitch, ajeno a todo, seguía vomitando. —"Vámonos. Ahora es problema de ellos"— dijo Francis, para comenzar a retirarse con sus hombres. … Le pusieron una bomba en… … —"Entonces, ¿nos vamos?"— la voz de Mellark me sacó de mis pensamientos. Mi mirada se encontró con sus ojos azules. Se había recompuesto, su sonrisa burlona de nuevo en su rostro. En qué me metí.Ecos de Despedida y el Acero del Destino
12 de septiembre de 2025, 1:02