Ecos de Despedida y el Acero del Destino
12 de septiembre de 2025, 1:02
Capitulo 3: Ecos de Despedida y el Acero del Destino
(POV Katniss)
Effie Trinket, con su peluca rosa ligeramente torcida y su sonrisa forzada ahora convertida en una mueca de asombro, se acercó a mí en el estrado. Sus ojos, a pesar del exceso de purpurina, revelaban una incomodidad palpable.
—"Oh, querida Katniss"— balbuceó, su voz apenas un hilo, como si los recientes acontecimientos con el tributo del Distrito 2 la hubieran despojado de toda su habitual energía y falsa alegría.
—"Qué inesperado todo. Por favor, acompáñame a la Sala de la Justicia. Hay... preparativos que hacer"— Su mano enguantada se extendió, y aunque no me tocó, sentí el peso de su orden.
Así que comencé a caminar, siguiéndola de cerca, mientras mi mirada buscaba desesperadamente a Prim y a mamá entre la multitud. No las encontré. Solo vi a Gale, que mantenía una mirada fuerte y decidida, intentando darme ánimos con su sola presencia. Su rostro, aunque tenso, era un faro en el caos que me rodeaba.
Mientras me conducía lejos del estrado, mis ojos se desviaron hacia la pantalla principal, que aún mostraba el rostro del convicto.
Su pura presencia me heló la sangre; su mirada, desprovista de cualquier emoción, solo burla e ironía se imprimían en su rostro, y esa sonrisa, esa maldita sonrisa que parecía prometer un final lleno de dolor.
¿Cómo se supone que pueda idear una estrategia, o siquiera sobrevivir, cuando este depredador encadenado es ahora mi compañero? La ironía de la situación me golpeó con una fuerza abrumadora, un golpe en el estómago.
Mi mente se negaba a procesarlo. Cada fibra de mi ser gritaba peligro solo con pensar en él. Pero entonces, la imagen del paraguas se materializó en mi mente.
Me aferré a ese recuerdo, a la promesa silenciosa de que, incluso en las situaciones más difíciles, siempre hay una salida, una chispa de esperanza a la que aferrarse.
El sonido de un deslizador, más cercano ahora, me sacó de mis pensamientos. Era el que se llevaría a Finn Galower. Lo vi, un niño pálido y tembloroso, siendo escoltado hacia la nave. Su abuela, el único familiar que le quedaba, intentaba levantarse de su silla de ruedas, sus lamentos ahogados por el zumbido del motor.
Mi corazón se encogió. El pobre Finn, un cordero al matadero, arrancado de su hogar para ser enviado a un Distrito desconocido, a luchar por extraños.
Pensé en Rory, en su inocencia a los doce años, tan parecida a la de Prim. Y luego en Prim misma. La injusticia era tan sólida que me quemaba la garganta. El deslizador se elevó con un zumbido, llevándose a Finn.
Mis pasos, aunque intentaban proyectar firmeza, no lograban ocultar el temblor en mis piernas. Sólo mi mirada, endurecida por la costumbre, mantenía la fachada de control.
Entonces, el pacificador abrió las puertas de la Sala de la Justicia, y me encontré con otro gran problema: Haymitch Abernathy.
Solté un suspiro, pero no fui la única; Effie también lo hizo, un sonido ahogado de pura exasperación. Después de su ridículo espectáculo afuera, su caída torpe desde el estrado no solo me humilló, sino que también ahuyentó a cualquier Capitolino con dinero que pudiera ayudarme.
Ahora Haymitch estaba sentado en una silla, con un charco de vómito a sus pies y manchas secas adheridas a su rostro y cabello. La escena era una bofetada al olfato y a la vista. Y nuevamente, mi confianza flaqueó.
¿Cómo se supone que él me ayude a ganar? ¿Qué utilidad podría tener un mentor tan... deshecho? Aunque mi 'compañero' no lo necesitaba. El reo, el que ya estaba preparado para matar, no necesitaría a un borracho como Haymitch.
Pero me concentraría como en la caza: una cosa a la vez. Una cosa a la vez, Katniss, me dije a mí misma, intentando recuperar la confianza que se desvanecía con cada segundo que pasaba en esa sala.
La Sala de la Justicia era un lugar frío, con paredes de piedra que parecían absorber cualquier sonido, cualquier emoción. Pero ni siquiera su frialdad pudo apagar el calor del abrazo de mi madre y Prim cuando entraron.
Mi madre, con los ojos hinchados pero una fortaleza que me sorprendió, me envolvió en sus brazos. Su abrazo era todo lo que podía pedir, un refugio en la tormenta que me arrastraba.
—"Sé fuerte, Katniss"— susurró, su voz quebrada, pero firme, aferrándose a mí con una desesperación silenciosa.
—"No te rindas. Lucha. Por Prim. Por nosotros"— sentí sus lágrimas en mi hombro, un dolor compartido que nos unía más allá de las palabras, una conexión que se sentía más profunda, más esencial que nunca.
—"Yo no..."— las palabras se atoraron en mi garganta, un nudo de impotencia que me asfixiaba, apretando mi pecho con cada intento de respirar.
¿Qué consuelo podía ofrecerle? ¿Qué palabras de esperanza cuando mi propio futuro era una niebla profunda y traicionera?
La muerte de papá no solo se lo llevó a él; arrastró a mi madre con él, y por extensión, a Prim y a mí. Ahora, sentía que yo estaba a punto de hacer lo mismo, de dejarlas, de arrastrarlas a la misma agonía.
Así que le dije lo único que me hubiera gustado que papá le hubiera dicho a ella en aquel entonces, lo que mi madre necesitaba escuchar, no como su hija, sino como la mujer que debía ser fuerte por nosotras.
—"Tienes que ser fuerte. No puedes irte, no te fuiste cuando papá murió. Y ahora harás lo mismo, ¿me entiendes?"— susurré, mi voz apenas un hilo, mientras la abrazaba con todas mis fuerzas, intentando infundirle cada gramo de determinación que aún me quedaba.
—"Te amo, mamá"— una promesa grabada en el aire.
Ella comenzó a apartarse y, para mi sorpresa, sus labios dibujaron una sonrisa tenue, casi imperceptible, pero llena de una verdad que me caló hasta los huesos.
—"Mi mayor orgullo siempre serán ustedes dos, sin importar lo que pase. Recuérdalo siempre. Estoy orgullosa de la mujer en la que te has convertido"— y ahí fue cuando me rompí.
Las lágrimas cayeron sin control, una avalancha que no pude contener, porque este era el único momento en que podía permitirme la debilidad, antes de la arena, antes de convertirme en lo que necesitaban que fuera.
Luego, Prim se aferró a mí, su pequeño cuerpo temblaba, sus ojos azules llenos de una tristeza que me partía el alma. La abracé con todas mis fuerzas.
—"No te preocupes, Prim"— le susurré, intentando que mi voz sonara firme, aunque un nudo se apretaba en mi garganta.
—"Voy a ganar. Voy a volver. Cuida a mamá, ¿sí?"— Ella asintió, sollozando, aferrándose a mí.
Le acaricié el cabello, sintiendo la suavidad de sus hebras rubias entre mis dedos, un contraste con la aspereza de mi propia vida.
Me incliné, besando su frente, su mejilla, y luego la coronilla de su cabeza, sintiendo su calor.
—"Eres la más fuerte de todas, mi patito"— le susurré, mi voz apenas un hilo, intentando infundir todo el valor que pudiera, aunque yo misma sentía que me desvanecía, que cada fibra de mi ser se deshilachaba con la idea de dejarla.
—"Recuerda lo que te enseñé, los nudos, las hierbas... y nunca dejes que mamá se rinda, ¿me oyes? Eres su pilar ahora"— cada caricia, cada susurro, era un intento desesperado de congelar el tiempo, de prolongar este momento que sabía que terminaría demasiado pronto.
Quería grabar cada detalle de su rostro, de su olor a miel y a campo, en mi memoria, para que fuera mi fuerza en la arena.
Entonces ella me suelta y se limpia las lágrimas de su rostro, y con una determinación sorprendente en su pequeña figura, me muestra el paraguas.
—"En cuanto pude, salí corriendo a casa por él"— me dice, su voz un hilo de orgullo. Mis manos lo toman gentilmente, sintiendo el familiar peso del metal y la tela.
Prim me mira a los ojos, sus propios ojos azules brillando con una esperanza infantil pero poderosa.
—"Siempre dijiste que significa esperanza, Katniss, y eso es justamente lo que necesitamos en este momento. Tú, mamá y yo"— mis ojos pasan del paraguas a ella, de su rostro inocente a la promesa que sostenía en mis manos.
Una tranquilidad inusual me invadió en medio del caos, como si ese objeto pudiera, de alguna manera, protegerme.
Entonces, con un gesto que me costó más de lo que esperaba, tomé su pequeña mano y, con la mía temblorosa, le devolví el paraguas, mis dedos temblorosos al sentir el peso.
Prim me miró, desconcertada, sus cejas rubias fruncidas en una expresión de pura inocencia.
—"Cuídalo hasta que regrese, mi patito"— le dije, mi voz apenas un susurro, pero cargada de toda la convicción que pude reunir.
—"¿Podrías hacerlo por mí?"— Supe que ella entendía el peso de mis palabras, el significado oculto de ese objeto tan preciado.
Ella sabía que este paraguas era mi talismán, y que al confiárselo, le estaba entregando una parte de mi alma, una promesa inquebrantable de que, sin importar lo que pasara, siempre regresaría a él, y por ende, a ellas.
El reloj en la pared de la Sala de la Justicia, un objeto que normalmente pasaba desapercibido, ahora se sentía como un martillo golpeando los segundos. Cada tic-tac era un recordatorio de que el tiempo se agotaba. Habíamos pasado largos minutos en esa habitación fría, un tiempo precioso de abrazos desesperados, de promesas susurradas, de intentos de grabar cada detalle en mi memoria.
Mi madre se levantó primero. Sus ojos, aunque aún hinchados, tenían una nueva determinación. Justo entonces, la puerta de la Sala de la Justicia se abrió con un chirrido, y la voz fría y autoritaria de un pacificador resonó en la habitación.
—"¡Se acabó el tiempo!"— mi madre se giró hacia mí, sus ojos llenos de urgencia.
Se inclinó, besando mi frente con una ternura que me quemó.
—"Recuerda lo que te dije, Katniss. Lucha. Por Prim. Por ti"— asentí, sin poder hablar, la garganta apretada.
Luego, Prim se aferró a mí por última vez. Sus pequeños brazos me rodearon el cuello, y sentí sus lágrimas mojar mi camisa.
—"Te quiero, Katniss"— sollozó, su voz apenas un hilo.
—"Prométeme que volverás. Promételo"— sus dedos cerrados fuertemente en mi.
—"Lo prometo"— le susurré, mi propia voz quebrada, acariciando su cabello.
—"Cuida a mamá. Y al paraguas"— la solté con la mayor dificultad, sintiendo cómo una parte de mí se desgarraba con cada centímetro que nos separaba.
Ver a mi madre tomar la mano de Prim y arrastrarla suavemente hacia la puerta fue el momento más doloroso. Sus figuras se alejaron, pequeñas y vulnerables, y la puerta se cerró con un sonido hueco, dejándome sola en el frío silencio de la sala. El vacío que dejaron fue inmenso, un agujero negro en mi pecho.
La puerta se abrió de nuevo, y Gale entró. Su rostro, normalmente tan desafiante y lleno de vida, estaba ahora pálido y tenso, sus ojos oscuros reflejaban el mismo dolor y la misma impotencia que sentía yo. Me abrazó con una fuerza que me dejó sin aliento, un abrazo que lo decía todo sin palabras. Sentí el familiar consuelo de su presencia, el olor a bosque y a carbón que siempre lo acompañaba.
—"No dejes que te cambien, Catnip"— gruñó en mi oído, su voz ronca, llena de una advertencia que resonaba en mi mente.
—"Sé tú misma. Y no confíes en nadie. Especialmente no en ese... demente"— Su voz se endureció al referirse a Mellark, y sentí su desconfianza, su ira.
Hablamos de la caza, pero esta vez, no de la caza en el bosque, sino de la supervivencia en la arena. Gale me miró a los ojos, su voz más suave ahora.
—"Recuerda todo lo que sabes del bosque, Catnip. Las plantas comestibles, las que te enferman. El agua, siempre busca el agua, es tu vida. Y el refugio, busca cuevas, salientes, cualquier cosa que te proteja de los elementos y de los demás. No te fíes de los caminos obvios, y siempre mira hacia arriba. El terreno puede ser tu mejor aliado o tu peor enemigo. Piensa como si estuvieras cazando, pero esta vez, el objetivo es mantenerte viva. Cada arbusto, cada roca, puede esconder algo, o a alguien. Confía en tus instintos, Catnip. Son más agudos que los de cualquiera"— asentí, intentando memorizar cada detalle, cada coordenada en el mapa invisible de nuestra supervivencia.
—"¿Y tú? ¿Cómo te las arreglarás sin mi puntería?"— le espeté, intentando aligerar el ambiente, aunque mi voz me temblaba.
Él solo me miró, una chispa de su habitual rebeldía en sus ojos.
—"No te preocupes por mí, Katniss. Tú eres la que va a la arena. Yo me encargaré de que Prim y tu madre no pasen hambre. Ya sabes, hasta que regreses de esto... y, por cierto, al parecer sí te pusiste algo bonito"— añadió con una sonrisa torcida.
Un leve rubor subió por mi cuello.
—"¡Cállate, Hawthorne!"— le grite, aunque una parte de mí, muy en el fondo, sintió un cosquilleo extraño. ¿Halagada? No, eso era ridículo. Era Gale, siempre buscando la forma de molestar.
Justo entonces, la puerta de la Sala de la Justicia se abrió de nuevo con un golpe seco, y la voz fría de un pacificador resonó, cortando el aire como un cuchillo —"¡Se acabó el tiempo! ¡Es hora de irse!"—
Gale me soltó, su rostro una máscara de dolor.
—"Cuídate, Catnip"— susurró, sus ojos fijos en los míos, una promesa silenciosa.
—"No te olvides de nosotros. Y lucha. Lucha por todos"— terminó de decir mientras la mano del pacificador lo tomaba.
—"Lo haré, Gale"— le respondí, mi voz apenas un hilo.
Él asintió, y antes de que los pacificadores lo empujara más hacia la puerta, me lanzó una última mirada, una mezcla de furia y desesperación.
No hubo más visitas. La Sala de la Justicia, que había sido un torbellino de emociones, ahora se sentía extrañamente vacía. Justo cuando la puerta parecía cerrarse definitivamente, se abrió de nuevo y Madge entró.
Su rostro, normalmente tan sereno, estaba pálido y sus ojos, hinchados. Se acercó a mí con paso vacilante y me abrazó con fuerza.
No hubo palabras, solo el sonido de su sollozo ahogado. Me entregó un pequeño broche, un sinsajo de oro, y me lo prendió en el vestido.
—"Para que te dé suerte"— susurró, su voz apenas un hilo. Asentí, sintiendo el frío metal contra mi piel, un pequeño recordatorio de casa.
Luego, los pacificadores la presionaron para irse. Cada segundo que pasaba era un recordatorio de que el reloj avanzaba, que el deslizador de Mellark se acercaba, y que mi tiempo con ellos se agotaba.
Los pacificadores, con sus uniformes blancos inmaculados que parecían brillar bajo la luz artificial, comenzaron a escoltarme.
A mitad del pasillo, ahí estaba él, rodeado por tres pacificadores. Todavía usaba su ropa de reo, sucia e incluso con algo de sangre.
—"Sigue caminando"— me empujaron hacia él.
Un miedo me recorrió cuando nuestras miradas se encontraron, pero entonces me perdí, porque en su mirada no había enojo, ni burla, ni el cinismo que esperaba.
Más bien, era una mirada de esperanza. No tuve tiempo de pensar más cuando los pacificadores nos juntaron y comenzamos a caminar, sus cadenas hacían ruido con cada paso.
—"¡Paren! Necesitamos que la señorita Effie esté presente para ir al tren. ¡Siéntense!"— ordenó un pacificador, empujándonos hacia unas sillas de metal.
—"No sea tan rudo con la chica, agente"—soltó Mellark de repente, sus cadenas tintineando con un sonido metálico que contrastaba con la aparente calma de su voz.
El pacificador, impasible, lo ignoró, su rostro una máscara de fría indiferencia. La voz de él, aunque carente de emoción aparente, me desorientó.
Entonces, su mano se extendió, interrumpiendo mis pensamientos, y me ofreció el broche de sinsajo que Madge me había dado.
—"Oye, se te cayó"— dijo, su voz neutra, pero sus dedos no soltaron el broche de inmediato, forzando un contacto casi imperceptible entre nuestras manos. Lo miré a los ojos. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.
—"¿Ni un 'gracias', Everdeen?" —comentó, su tono cargado de falsa indignación, casi una burla.
Me aclaré la garganta, un nudo de incomodidad en mi pecho, y murmuré un apenas audible —"Gracias"— él pareció ignorar mi respuesta, su atención fija en el broche.
—"Un sinsajo, ¿no es así? Dicen que representa la libertad" —su pregunta, tan directa y con un toque de ironía formal, me dejó sin palabras.
Guardé silencio, deseando que Effie apareciera para poner fin a esta incómoda cercanía.
Un olor volvió a sacarme de mis pensamientos: el inconfundible aroma a pan y queso. El suave tintineo de las cadenas me llamó la atención una vez más. Cuando mi mirada se encontró con su rostro, lo vi darle una mordida fuerte a un pan que sostenía en sus manos.
Mi estómago, traicionero, rugió con más fuerza de lo que me hubiera gustado, y me congelé, avergonzada. Él, con el queso aún colgando de su boca, me miró, y un sonrojo incontrolable comenzó a subir por mi cuello.
La escena era grotesca y, a la vez, extrañamente íntima.
Esperé la risa o la humillación, como normalmente pasaría, pero en vez de eso, lo que encontré fue el pan en mis manos.
—"Espero que te guste. Son mis favoritos"— comentó tranquilamente, su voz aún monótona, pero con una extraña calidez que me desarmó.
Yo, sin saber qué decir o hacer, sentía que lo más normal sería rechazarlo, jamás aceptaría caridad, pero después de la vergüenza que pasé, mi mente estaba en blanco. Así que, en lugar de responder a su ofrecimiento, me aferré a la pregunta anterior.
—"Sí, representa libertad"— respondí, mi voz apenas un susurro, mientras sentía el calor del pan en mis dedos.
Me quedé en blanco, mis pensamientos dispersos. Él me miró, sus ojos azules fijos en los míos, y añadió con un tono que no pude descifrar.
—"Triste en nuestra situación, ¿no crees?"— Solo pude asentir con la cabeza, mis ojos fijos en el pan, la contradicción de la libertad y las cadenas, la abundancia y el hambre, todo en un solo momento.
El pan, tan simple, se sentía como un peso inmenso en mis manos, una ofrenda extraña de un enemigo.
Comí en silencio, el hambre era más fuerte que cualquier otra cosa. El desayuno lo había regresado en la mañana, y mi estómago rugía.
Y sabía demasiado bien. No sabía qué clase de pan era este; no lo había en el Distrito 12. Pero el queso y las especias del pan lo hacían no dulce, sino salado, con un toque inusual que me sorprendió gratamente.
A Prim y a mamá les gustaría mucho, pensé, y una punzada de tristeza me atravesó.
Entonces Effie apareció, su figura vibrante irrumpiendo en la sala, y a su lado estaba Haymitch, un poco más arreglado y limpio de lo que lo había visto en la entrada. Así que por eso tardó tanto, pensé con una punzada de ironía.
De hecho, si fue por arreglarlo, entonces fue en tiempo récord, se paró enfrente de nosotros, con una sonrisa forzada que apenas le llegaba a los ojos, y se presentó con su habitual formalidad, aunque con un ligero temblor en la voz.
—"Hola, joven Mellark, mi nombre es Effie Trinket. Y soy la escort del Distrito 12. Es un placer"— dijo, extendiendo su mano con una vacilación casi imperceptible.
Peeta la miró, su sonrisa burlona aún en su rostro, y tomó su mano con una lentitud exasperante, como si la estuviera sopesando.
—"El placer es mío, señorita Trinket"— respondió, su voz monótona, pero con un matiz que Effie no pareció captar.
Yo solo observé, sintiendo la tensión en el aire, y me pregunté cuánto tiempo más tendríamos que soportar esta farsa.
Effie nos animó a ponernos de pie y comenzar a seguirla. Afuera del edificio de justicia, una ráfaga de flashes nos cegó. Había un grupo de camarógrafos esperándonos, sus lentes como ojos hambrientos.
—"Bien, posen para su foto, por favor"— comentó Effie, dándome unos pequeños golpecitos en la espalda, su voz teñida de una falsa dulzura.
En cambio, a Mellark lo golpearon los pacificadores para que se acercara, el sonido metálico de sus cadenas golpeándose entre sí resonando en el aire. Miré directamente a la cámara, sin sonreír, sin hacer nada, solo estática, una estatua de desafío.
—"¡Oh, vamos, Katniss, al menos una sonrisa!"— chilló Effie, ganándose una mirada de muerte de mi parte.
—"Esa chica te odia, primor"— soltó Haymitch, ganándose un empujón de parte de Effie.
Mi mirada se posó en Mellark, para verlo simplemente sonreír, como si nada pasara, como si no estuviera encadenado, como si no fuera un reo.
—"Espera, espera, quiero una de lado"— mi ceja se levantó.
No pensé que él fuera así, tan... egocéntrico. Era una faceta más de su enigma, una que me intrigaba y me ponía aún más en guardia.
—"Bueno, es todo, vamos, sigan caminando, el tiempo apremia"— soltó Effie, su voz teñida de una impaciencia apenas contenida. Entonces lo vi.
El tren. No era como los trenes de carga que conocía del Distrito 12, llenos de carbón y hollín. Este era una serpiente metálica pulida, de un color plateado brillante que reflejaba el cielo gris como un espejo.
Las ventanas, oscuras y elegantes, ocultaban el interior, pero imaginaba el lujo que aguardaba. Era una máquina de otro mundo. Justo cuando estábamos por subir la rampa, una voz ruda y autoritaria nos detuvo en seco.
—"¡Esperen un momento!"— soltó el pacificador que parecía ser el jefe de la escolta, su voz cortando el aire como un látigo.
Effie lo miró con una duda palpable, su sonrisa forzada desvaneciéndose. Haymitch, aprovechando la pausa, se inclinó discretamente para vomitar en unos arbustos cercanos, su figura desaliñada un contraste grotesco con la pulcritud de los pacificadores.
Entonces, el sonido metálico de las cadenas golpeando el suelo me hizo girar al instante. Él solo se sobaba las muñecas, sus ojos fijos en el metal liberado. Effie soltó un chillido ahogado de puro temor.
—"¿Qué están haciendo?"— soltó entre pánico, sus ojos desorbitados.
El pacificador jefe, con una frialdad escalofriante, respondió simplemente: —"Órdenes del Capitolio"—
Después, se giró hacia Mellark, sacó un collarín de metal y se lo puso en el cuello con un clic seco. La luz del collarín pasó de un rojo amenazante a un verde pálido en un instante.
—"Ahora escúchame bien, basura. Si haces algo que no debas, cómo salir del tren o atacar a cualquier persona, dentro o fuera, tu cabeza estará en todas partes, ¿entiendes?"— soltó, su voz un murmullo letal.
Él, con esa sonrisa burlona que ya empezaba a reconocer, respondió con una calma irritante: —"Oh, Francis, no deberías preocuparte tanto por mí. Al menos me llevo un recuerdo, ¿no crees?"— El pacificador, Francis, lo golpeó en el estómago con la culata de su arma, haciendo que Peeta cayera al suelo.
Me estremecí al escucharlo toser, un sonido áspero que me recordó su vulnerabilidad. El pacificador lo miró con desprecio.
—"Aquí tienes tu regalito, basura"— comentó de manera fría, antes de volverse hacia Effie.
—"Bien, escúchame porque solo lo repetiré una vez"— y le entregó un control remoto.
—"El botón rojo es para hacer el bien a la humanidad y matar a este idiota. El botón verde es para divertirse y electrocutarlo, ¿entendido?"— Los ojos de Effie estaban bien abiertos, fijos en el control, mientras asentía con la cabeza, pálida.
Haymitch, ajeno a todo, seguía vomitando.
—"Okey, vámonos. Ahora es problema de ellos"— dijo Francis, para comenzar a retirarse con sus hombres, dejándonos solos con la amenaza silenciosa del collarín.
—"Entonces, ¿nos vamos?"— La voz de Mellark me sacó de mis pensamientos.
Mi mirada se encontró con sus ojos azules. Se había recompuesto, su sonrisa burlona de nuevo en su rostro, pero esta vez, había algo más.
Una chispa de desafío, una inteligencia fría que me decía que, a pesar de las cadenas y el collarín, él no estaba roto. No, este hombre era una caja de sorpresas, y cada interacción me dejaba más intrigada y, a la vez, más en guardia.