ID de la obra: 683

La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
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3
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planificada Maxi, escritos 524 páginas, 192.901 palabras, 29 capítulos
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El Tren al Capitolio y el Desafío

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Capítulo 4: El Tren al Capitolio y el Desafío (POV Peeta) El zumbido del tren, un murmullo constante y apenas perceptible bajo mis pies, se sentía como una burla silenciosa, una melodía de opulencia que contrastaba con los ecos aún frescos en mi mente. El estruendo metálico de los pasos de los pacificadores y el chirrido oxidado de las puertas de la prisión, sonidos que habían sido la banda sonora de mi existencia durante años, se negaban a desvanecerse. Effie Trinket, una explosión de colores y energía forzada, nos guiaba por los pasillos del vagón, su voz chillona resonando en el lujo empalagoso que me rodeaba. Cada detalle, desde el terciopelo suave de los asientos hasta el brillo pulido de las incrustaciones doradas en las paredes, una obscenidad que me revolvía el estómago. —"Y aquí tienen sus habitaciones, una frente a la otra, para que puedan... socializar"— dijo con una sonrisa tan plástica que no llegaba a sus ojos, señalando dos puertas idénticas, de madera noble y tiradores de plata que parecían sacados de un cuento de hadas. —"La cena será en una hora, así que aprovechen para instalarse"— termino para después, con un último y forzado ademán de cortesía, salió por la siguiente puerta, dejándonos solos en el pasillo. Mi mirada se quedó puesta en ella mientras desaparecida por la puerta, como si no pasara nada. El suave siseo de la puerta de Katniss abriéndose, me sacó de mis pensamientos, justo a tiempo para ver la trenza oscura de Katniss desaparecer al cerrarse de nuevo, dejándome de nuevo a solas con mis demonios. Ella no me reconocía, eso era evidente. No sabía si eso era algo bueno o malo. No podía evitar el dolor de que, tal vez, para ella aquel día bajo la lluvia no fue más que un borroso acto de caridad, un instante insignificante en su vida. Pero era consciente de que las cosas no siempre son como uno quisiera, y mi vida era la prueba más cruel de ello. Ignorando esa punzada de melancolía por ahora, presioné el botón de mi habitación y la puerta se deslizó con un suave siseo, revelando mi nueva "prisión". Era una suite, no una celda. Las paredes, de un color crema suave, contrastaban con el gris perpetuo de mi antiguo encierro. Una cama enorme, con sábanas de seda tan suaves que parecían invitar al descanso, ocupaba el centro, un abismo de comodidad frente a mi colchón de paja, duro y ruidoso. Había un pequeño escritorio de madera pulida, reflejando la luz tenue del vagón, una silla tapizada que parecía demasiado blanda para mi espalda, y, lo más sorprendente, una ventana que ofrecía una vista panorámica del paisaje que se deslizaba a toda velocidad. Campos verdes, bosques densos, y luego, la mancha gris de los distritos más pobres, todo un mundo en movimiento que no había visto en años, salvo por las transmisiones del Capitolio. Era un lajazo, un recordatorio constante de la brecha abismal entre mi nueva realidad y la de aquellos que me habían encerrado, la misma que disfrute antes. Me acerqué al clóset, que se abrió automáticamente al tacto con un susurro electrónico, revelando una hilera de ropa limpia y sin marcas de prisión: una pantalonera color negro suave como una segunda piel, ropa interior de algodón que no recordaba sentir, y una camiseta verde olivo, un color que me recordaba la tierra, la única cosa real en mi vida. Las dejé sobre la cama, sintiendo la suavidad de la tela bajo mis dedos, un contraste casi doloroso con el áspero uniforme de reo que me había acompañado durante años, impregnado de sudor y desesperanza. Comencé a quitarme la ropa sucia, pieza por pieza, como si me desprendiera de una piel vieja, de un pasado que aún se aferraba a mí. Justo cuando estaba a punto de terminar, un grito ahogado proveniente del cuarto de enfrente, seguido por un muy –"Caliente"– pronunciado con sorpresa y un toque de vergüenza, me hizo sonreír. Era Katniss, sin duda. Terminé de desvestirme y entré a la ducha, ajustando los controles para que el agua tibia me envolviera primero, una caricia inusual en mi piel curtida, y luego la fría me golpeara, una costumbre que había mantenido desde antes de los catorce años. Los controles no habían cambiado, un pequeño detalle, casi insignificante, que me conectaba a un pasado casi olvidado, a una vida que ya no existía. Mientras me secaba, observé mi ropa antigua y la nueva tendidas en mi cama. El uniforme de reo, un amasijo de tela grisácea y gastada, parecía un sudario sobre las sábanas de seda, un recordatorio tangible de los años que había pasado encerrado en esa celda infernal. A su lado, la ropa limpia y sin marcas de prisión, casi brillante bajo la luz artificial, se sentía como un disfraz, una piel ajena que el Capitolio me imponía. —"Es solo otra ropa de reo, pero más colorida"— solté con ironía, mi voz un murmullo áspero que apenas rompía el silencio de la habitación. Tomé mi antigua ropa, sintiendo el peso de la tela áspera y el olor a encierro que aún se aferraba a ella. Antes de desecharla a la basura, un gesto de desapego final, metí la mano en el bolsillo del pecho. Mis dedos rozaron un pliegue familiar, un contorno diminuto que conocía de memoria, y saqué el único recuerdo tangible que conservaba de mi vida anterior, el único objeto que no me habían arrebatado, aparte de los bollos de queso que había logrado escabullir de la cocina de la prisión antes de que me arrastraran al deslizador. Era un pequeño tesoro, un fragmento de un pasado que se negaba a morir, una chispa de humanidad que se aferraba a mí con tenacidad. La hoja, ya amarillenta y suave al tacto, era un simple dibujo en blanco y negro, trazado con la torpeza de un niño, pero con una sinceridad que aún me conmovía. Representaba un árbol bajo una lluvia torrencial, y una pequeña figura acurrucada debajo, apenas visible. Era el único vestigio de aquel día, la única prueba de que aquello no fue un sueño febril. Con cuidado, la doblé nuevamente, sus pliegues marcados por el tiempo y la manipulación, y la deslicé bajo mi almohada, un secreto bien guardado en esta nueva prisión dorada. Luego, con un gesto de desapego, tiré mi ropa antigua a la basura, cerrando un capítulo más de mi vida. Me vestí con la pantalonera y la ropa interior, solo me faltaba la camiseta. La tomé, sintiendo el suave algodón contra mis dedos, y comencé a moverme hacia la puerta. Presioné el botón y, justo en ese instante, la puerta de enfrente se abrió también. Estaba a punto de soltar una broma sobre el "caliente" que había escuchado antes, pero ambos nos quedamos parados en silencio, un aire de incomodidad flotando entre nosotros. Fruncí el ceño, preguntándome por qué se había quedado inmóvil. Pensé que me ignoraría, como había intentado hacer en la Sala de Justicia, pero entonces noté que su mirada no estaba fija en mis ojos, ni siquiera en mi cara. Sus ojos grises, normalmente tan penetrantes, estaban fijos en mi torso desnudo, y un sonrojo incontrolable comenzó a subir por su cuello, tiñendo sus mejillas de un carmesí que contrastaba con su piel pálida. Una sonrisa se dibujó en mis labios, una genuina, casi imperceptible, y no pude evitar recargarme en el marco de la entrada de mi cuarto, disfrutando de su reacción. —"Entonces, no creo que lo de tu baño sea lo único 'caliente' de tu día hoy, ¿no?"— solté burlonamente, mi voz teñida de una ironía juguetona. Con eso, su trance se rompió. El sonrojo se intensificó, cubriendo su rostro por completo, antes de que me ignorara por completo y caminara a toda prisa hacia la puerta por la cual Effie había desaparecido. Un –"¡Idiota!"– resonó en el pasillo, un susurro cargado de vergüenza y frustración que me hizo reír entre dientes. Sin decir más, con la risa aún en mis labios, me puse la camiseta, sintiendo el tejido suave contra mi piel. La seguí, el eco de su "¡Idiota!" aun resonando en mis oídos, y una extraña sensación de satisfacción se instaló en mi pecho. El lujo del tren no era nada nuevo para mí. Había crecido rodeado de él, en las mansiones y propiedades que mis padres poseían en los distritos más ricos e incluso en el corazón del Capitolio. Las panaderías que fueron de mi padre no eran solo un negocio; eran un imperio que se extendía por Panem, exceptuando, claro, los distritos más pobres, aquellos que el Capitolio prefería mantener en la miseria y el olvido. Así que, aunque los últimos años los hubiera pasado en una celda, el brillo pulido del metal, la suavidad de los asientos de terciopelo y la abundancia de los detalles ornamentales no me provocaban asombro. Era simplemente... lo que era. Un escenario más en esta farsa del Capitolio, una elaborada puesta en escena para recordarnos a todos quién tenía el poder. Porque no todo lo que brilla es oro, y este tren, con toda su opulencia, era solo otra jaula, más grande y más cómoda que mi celda, pero una jaula al fin y al cabo. Llegamos al comedor, un espacio que parecía sacado de un sueño, una visión de excesos que desafiaba la lógica de los distritos. La mesa, enorme y reluciente, estaba hecha de una madera oscura y brillante, pulida hasta el punto de reflejar las luces de cristal que colgaban del techo como pequeñas estrellas. No había un solo rincón sin cubrir; estaba repleta de bandejas de plata y cuencos de cristal, desbordantes de una variedad de platillos que jamás se verían en los distritos, ni siquiera en los sueños más salvajes de sus habitantes. Había carnes asadas, tan jugosas que el aroma llenaba el aire con una promesa de saciedad, acompañadas de salsas cremosas y vibrantes que parecían pintadas. Montañas de pan, de todas las formas y tamaños, con cortezas doradas y migas suaves, un festín para cualquier panadero, una burla a los panes rancios de mi prisión. Había vegetales de colores imposibles, tan frescos que parecían recién cosechados de un jardín secreto, y postres que brillaban con glaseados y frutas exóticas, obras de arte comestibles. El olor era embriagador, una sinfonía de aromas dulces y salados, una orgía de sabores que el Capitolio disfrutaba mientras los distritos se morían de hambre. Era la abundancia del Capitolio, una bofetada en la cara para los que morían de hambre, un recordatorio cruel de la injusticia que gobernaba Panem. Mantuve mi sonrisa burlona, una fachada de indiferencia que había perfeccionado con los años, mientras Effie nos invitaba a tomar asiento y a comer lo que quisiéramos. Mi mente, entrenada para la supervivencia en las condiciones más adversas, se enfocó de inmediato en la comida, en la oportunidad de reponer fuerzas, de acumular cada caloría posible antes de lo inevitable. No tuve tiempo de pensar en nada más, de saborear la ironía de la situación, cuando un dolor agudo, seguido de una descarga eléctrica brutal, me atravesó el cuello. Era el collarín, la cadena invisible que me ataba al Capitolio, activado sin previo aviso. Me aferré a la mesa con tanta fuerza que mis nudillos se blanquearon, casi soltando un grito de dolor que se ahogó en mi garganta. El cuerpo se tensó, cada músculo se contrajo en un espasmo involuntario, pero la disciplina impuesta por años de entrenamiento en la prisión me impidió caer, me mantuvo erguido. Todo acabó tan rápido como llegó, dejando un hormigueo residual y un sabor metálico en la boca, un eco de la electricidad que había recorrido mis venas. Mis ojos, fijos en la superficie pulida de la mesa, se levantaron lentamente para confrontar a Effie, solo para encontrarla congelada en su lugar, la mano aún en su bolso y sus ojos abiertos como los de un perrito regañado, llenos de un pánico genuino. —"Perdón, solo quería tomar mi labial. Lo presioné por error"— soltó en voz baja, su cara roja de vergüenza, un contraste cómico con su habitual compostura impecable. Por qué a mí, Dios, solo pensé, sintiendo la punzada de la injusticia, la burla de mi destino, la crueldad inherente a cada respiro en este lugar. —"Entiendo"— solté fuertemente, mi voz más dura de lo que pretendía, con el dolor en el cuello aún presente, un recordatorio constante de mi nueva cadena, de la vigilancia implacable. Sin decir más, y sin darle la satisfacción de verme afectado, comencé a servirme comida, mis movimientos deliberados, controlados, cada gesto una declaración de resistencia silenciosa. La mirada de Katniss, que me había estado observando desde el otro lado de la mesa, parecía impresionada con mi comportamiento, tal vez esperaba que saltara a asesinar a Effie, que la desmembrara en ese mismo instante. Ganas no me faltan, pensé con una punzada de rabia fría, una promesa silenciosa a mí mismo. Pero era mejor llevar la fiesta en paz, al menos por ahora. Había un juego más grande en marcha, uno que requería paciencia, una fachada inquebrantable y una mente estratégica. Comencé a servirme comida variada; siempre me gustó el pavo y los espárragos, tan tiernos que se deshacían en la boca, bañados en una salsa de mantequilla y hierbas. Katniss, en cambio, fue por algo más sencillo, pollo, tal vez no conocía la comida y eso le generaba desconfianza. Noté al instante que comía intentando, no parecer desesperada, pero aun así la falta de modales en la mesa era algo visible; comía directamente con las manos y, sin querer, se manchó el rostro de salsa. Sin pensarlo, un recuerdo me asaltó, tan vívido que me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago: una servilleta en mi mejilla, seguida de la voz áspera de mi madre. —"Hasta para comer eres un inútil"— resonó en mi mente, un eco de la humillación de mi infancia. Sin decir una palabra, tomé una servilleta limpia de la mesa y estiré mi mano, un movimiento lento y deliberado que congeló a Katniss en su lugar. Sus ojos grises, antes fijos en su plato, se levantaron para encontrarse con los míos, llenos de una mezcla de sorpresa y cautela. Con un movimiento tranquilo, casi imperceptible, limpié la mancha de salsa de su mejilla. No sonreí, no hubo ninguna expresión en mi rostro; solo limpié y bajé la mano, volviendo a mi propia porción de comida en silencio. La tensión en el aire era palpable, un hilo invisible que nos unía en ese momento. La observé. Su silencio, su incomodidad ante el lujo que la rodeaba, era visible, casi un grito ahogado en medio de tantos lujos. Venía del Distrito 12, de la miseria, de un mundo donde cada bocado era una lucha y cada objeto de valor, un lujo inalcanzable. El contraste entre su origen humilde y la extravagancia desmedida del Capitolio debía ser abrumador, una bofetada constante a su realidad. Recordé cómo comió el pan que le di en la Sala de la Justicia; el hambre en sus ojos era inconfundible, una sed de supervivencia que conocía demasiado bien. Y ahí, en ese instante, en medio de la ostentación, no veía una diferencia entre la "niña del pan" y la Katniss actual. La misma mirada, la misma chispa indomable, una resistencia silenciosa que se negaba a ser aplastada. No sabía cómo comportarme con ella. Fingir ser una buena persona, un tributo amable y sumiso, no funcionaría; ella ya me había visto encadenado. La fachada de chico bueno no serviría con ella. Así que decidí ser yo mismo, o al menos, la versión más honesta de mí que podía ofrecer en ese momento. Intentar ser su amigo. Entonces la puerta del comedor se abrió nuevamente con un chirrido que rompió la tensa calma, revelando la figura inconfundible de Haymitch Abernathy. Su paso era un tambaleo incierto, una danza descuidada que lo llevó directamente hacia la mesa. Con un estruendo, se dejó caer en su silla, arrastrando consigo algunos vasos, tenedores y cucharas que cayeron al suelo con un tintineo metálico, un eco de su propia desordenada existencia. Sin pensarlo dos veces, sus ojos vidriosos se fijaron en la botella de vino. Se lanzó hacia ella con la desesperación de un náufrago, pero Effie fue más rápida. Con una mirada dura, casi un reproche silencioso, interpuso su mano. —"Creo que es suficiente por hoy. ¿No te bastó con humillarnos en la Cosecha y las dos horas que pasé intentando cambiarte la ropa y bañarte?"— soltó con un bufido de exasperación, su voz teñida de un cansancio que iba más allá de lo físico. Él solo chasqueó la lengua, un sonido de desdén. —"Métete en tus problemas, árbol de Navidad"— contestó, su voz pastosa por el alcohol. Effie, con un suspiro de resignación, solo rodó los ojos, tomó la botella y la colocó en el otro extremo de la mesa, fuera de su alcance, para luego seguir comiendo en un silencio cargado de frustración. Para mí, su personalidad no era sorprendente; era el resultado inevitable de llevar la contraria al sistema, de intentar ser libre en un mundo que exigía sumisión. El Capitolio había roto a Haymitch, como había intentado romperme a mí. Ambos, a nuestra manera, éramos productos de la crueldad, almas atormentadas por decisiones que, si bien al comienzo parecían inteligentes, demonios, incluso sabias en su momento, después entendimos que la vida es muy injusta, una cruel maestra que no perdona errores. No tenía idea de lo que había pasado con él, de las batallas que había librado en su propia arena personal, así como él no la tenía conmigo, pero el resultado de su existencia, su estado deplorable, hablaba más que cualquier confesión. Era un espejo distorsionado de mi propio futuro si no lograra mis objetivos. El problema, la verdadera incógnita que me embargaba, era saber si él, en su estado actual, sería de alguna utilidad. Al menos yo sabía que me esforzaría por terminar en buen puerto, por llevar a cabo mi misión de proteger a Katniss, incluso si eso significaba mi propia muerte. Pero él, con la ironía de la situación, era una pieza crucial para que la victoria pudiera llegar, ya que conocía los secretos del Capitolio, cómo moverse entre los patrocinadores, cómo manipular a la gente que nos observaba como a insectos en un contenedor. La pregunta que ahora me carcomía era si podría hacer su trabajo, si aún quedaba algo de astucia, de la chispa del vencedor, bajo esa capa de alcohol y desesperanza que lo consumía. Entonces su voz me sacó de mis pensamientos, un arrullo áspero que me devolvió a la tensa realidad del comedor. —"Bueno, pero mira qué tenemos aquí"—, soltó, sonriendo burlonamente, mientras sus ojos vidriosos se posaban primero en Katniss y luego en mí, deteniéndose con un desprecio apenas disimulado. —"Qué se supone que haga con una muerta de hambre de la Veta y un maldito convicto"— casi escupió, su voz cargada de un cinismo que me resultaba familiar. Noté cómo Katniss se tensaba a mi lado, sus músculos rígidos, su mandíbula apretada. Sabía que no diría nada, ella era más de mirar fijamente esperando a que el otro explotara en mil pedazos. Bueno, al menos yo sí podría hacer "kaboom", pensé idiotamente, una chispa de humor en medio de la tensión. Pero al instante reordené mi mente, mi cerebro militarizando la situación. Una sonrisa cruel se dibujó en mis labios, una mueca que no llegaba a mis ojos, pero que prometía una batalla. —"¿Y con qué nuevo truco vas a impresionarnos hoy, Haymitch? Espera, déjame adivinar, ¿otra caída, pero esta vez desde el tren en movimiento?"— solté ácidamente, mi voz tan gélida como la suya, cada palabra un dardo envenenado. Por un segundo, sus ojos se encontraron con los míos, y en el fondo de su embriaguez, vi un destello de reconocimiento, una chispa de entendimiento. Y entonces, ambos nos reímos, una risa áspera y sin alegría, un pacto silencioso de desprecio mutuo. Al instante lanzó su puño hacia mi rostro. Yo lo paré en seco, mi mano atrapando la suya con una fuerza calculada. La risa había desaparecido de su rostro, pero del mío no. Mis ojos estaban sin vida, vacíos de emoción, y los suyos, aunque vidriosos, reflejaban la misma ausencia de luz. Cada uno planteando el siguiente movimiento, una danza mortal de voluntades. Justo cuando comencé a cerrar mi puño, con la intención de romperle la cara, el dolor volvió a subir en mi cuello, una descarga eléctrica que me recorrió la columna vertebral. Solté su brazo al instante, el hormigueo residual y el sabor metálico en mi boca, mientras me aferraba una vez más a la mesa, mis nudillos blanqueándose. Mis ojos voltearon a ver a Effie, parada con el control en las manos, su rostro serio, su mirada fija en mí. Mientras intentaba no mostrar más dolor con mi voz, más allá de lo que mi cuerpo ya revelaba. —"¡Basta, es suficiente! ¿Qué demonios haces, Effie?"— soltó Haymitch, para mi sorpresa, su voz, aunque aún pastosa por el alcohol, resonó con una autoridad inesperada. Me recompuse, enderezando mi postura, mientras él se acercaba a Effie. —"Dame esa cosa, antes de que le vueles la cabeza"—, comentó, arrebatándole el control remoto de las manos. No sabía por qué Haymitch hacía esto, a menos que intentara... ¿Proteger mi valor como tributo, su inversión en el juego? Katniss, con un movimiento brusco, casi un estallido de frustración contenida, se levantó de la mesa. Sin decir una palabra, dejó su plato a medio comer, un testimonio silencioso de la tensión insoportable que se había apoderado de la habitación. No podía juzgarla; ¿quién querría comer con tanta hostilidad flotando en el aire, con la amenaza de una descarga eléctrica o un puñetazo en cualquier momento? Malo para la digestión, pensé con un atisbo de humor, una forma de distanciarme de la cruda realidad. Antes de que pudiera siquiera considerarlo, de que mi mente pudiera procesar la lógica de mi acción, me levanté de mi silla, mis ojos fijos en su espalda, en el cabello oscuro que se balanceaba con cada paso. La seguí, un instinto primario de protección que se había arraigado en mí. Le di un último vistazo a Haymitch, que ahora se había concentrado en su plato y en su bebida, como si el incidente nunca hubiera ocurrido, o como si ya hubiera cumplido su parte del espectáculo, la de establecer su autoridad y su peculiar método de mentoría. —"No hagas nada estúpido convicto, te vigilo"— soltó de repente, su voz áspera y sorprendentemente sobria, justo cuando la puerta se abría para engullir a Katniss. No volteé. No le di la satisfacción de una reacción. Mis músculos se tensaron, pero seguí caminando, cada paso una afirmación silenciosa de mi determinación, un desafío implícito a su advertencia. Sus palabras, una promesa velada de vigilancia constante, se grabaron en mi mente como una cicatriz. Era un recordatorio de que no había escape, de que cada movimiento sería observado, cada decisión, juzgada, no solo por los Vigilantes, sino también por él. El eco de la puerta deslizándose tras Katniss apenas se había desvanecido cuando la alcancé en el pasillo. Su espalda, tensa y rígida, me indicaba que aún estaba molesta, pero no podía dejarla ir así, no después de la cena. —"¿A dónde vas?"— pregunté, mi voz más suave de lo que esperaba, intentando no sonar como una orden. Ella se detuvo, pero no se dio la vuelta, su silencio era una barrera. —"A mi habitación"— respondió finalmente, su voz apenas un susurro, cargado de cansancio y frustración. Mi mente militarizada, siempre en busca de la estrategia óptima, procesó su respuesta. No podía dejarla sola, no ahora que la tensión entre nosotros y con Haymitch era tan dura. —"No. Espera"— dije, mi tono más tranquilo, intentando suavizar la aspereza natural de mi voz, esa que a veces, por naturaleza, sonaba amenazante. —"¿Te gustaría acompañarme? Hay algo que quiero mostrarte"— era una invitación, no una orden, una oferta de tregua en medio del caos. Ella dudó, sentí su vacilación, la lucha interna entre la desconfianza arraigada en su ser y una curiosidad que, a pesar de todo, no podía ocultar. Entonces se giró y sus ojos grises, antes fijos en el vacío del pasillo, se levantaron para encontrarse con los míos, una mezcla de cautela y una pregunta silenciosa que no necesitaba palabras. Por un momento, pensé que me rechazaría, que se encerraría en su habitación y me dejaría solo con mis pensamientos, con mi amargura. Pero entonces, con un movimiento casi imperceptible, asintió con la cabeza, un pequeño gesto de aceptación que significaba más de lo que ella misma podría saber. No busqué que cambiara de parecer; en su mundo, las decisiones se tomaban rápido y se mantenían. Comencé a liderar el camino, mis pasos firmes, el eco de su asentimiento resonando como una pequeña victoria en mi mente. La conduje por los pasillos del tren, mis pasos resonando en el silencio, lejos del comedor y de la presencia opresiva de Haymitch. Llegamos al vagón de la cocina, un espacio sorprendentemente amplio y moderno. Estaba vacío, silencioso, con solo el zumbido constante de los electrodomésticos de alta tecnología como compañía. El aroma a comida recién preparada aún flotaba en el aire, una mezcla dulce y salada que contrastaba agradablemente con el hedor a alcohol rancio que se había adherido a Haymitch. Abrí uno de los refrigeradores, un monstruo plateado que se extendía de pared a pared, revelando un despliegue de manjares que harían salivar a cualquier habitante de los distritos: frutas exóticas de colores vibrantes, quesos artesanales, embutidos finos, y postres que parecían obras de arte. Saqué un racimo de uvas, tan verdes y jugosas que brillaban bajo la luz artificial, como pequeñas esmeraldas. —"¿Quieres?"— le ofrecí, extendiendo el racimo hacia ella. Katniss tomó una, sus ojos aún cautelosos, pero un atisbo de curiosidad brillando en ellos, la pequeña fruta desapareciendo entre sus labios. —"Lo de Haymitch... no es personal"— comencé, rompiendo el silencio, mi voz tranquila, intentando transmitir una calma que apenas sentía. Mientras cerraba los ojos intentando disfrutar la uva, había pasado tanto tiempo, pensé. —"Él ha pasado por mucho. El Capitolio... bueno, el Capitolio sabe cómo romper a la gente. Lo ha hecho con él"— Katniss asintió lentamente, masticando la uva, su mirada fija en el racimo que sostenía. —"No sé si podrá ayudarnos. Parece... inútil"— soltó, su voz teñida de una frustración genuina, la misma que yo sentía, pero que me negaba a mostrar. —"Lo entiendo"— le dije, mi mirada fija en la suya, buscando una conexión. —"Pero no lo subestimes. En la arena, la fuerza física y las habilidades te llevarán hasta cierto punto, sí. Pero un mentor... ellos sabe cómo funciona el juego de verdad, el juego de las apariencias, de la manipulación. Unos fósforos, un poco de agua, una medicina, una simple manta... esas cosas pueden salvarte la vida cuando estás a punto de rendirte. Y él es el único que puede conseguirlas para nosotros, a través de los patrocinadores"— termine, mientras tomaba otra uva. Ella me miró, sus ojos grises mostrando una comprensión gradual, el hambre en sus ojos se había suavizado un poco, reemplazada por la reflexión. —"Tienes razón"— admitió finalmente, su voz apenas audible. —"Es solo que... es difícil confiar"— fue como un golpe invisible para mí, pero tenía razón, cómo podría confiar en Haymitch, en mí. Deje salir el aire que escapo de mis pulmones como un lamento silencioso. —"Lo sé. La confianza es un lujo que pocos podemos permitirnos en este mundo"— mi voz se endureció un poco, un eco de mi propia experiencia. —"Pero, no estamos solos en esto. Y él, por muy detestable que sea, es nuestra única esperanza fuera de la arena, la única conexión real con los que pueden ayudarnos a sobrevivir"— le dije, mi boca una fina línea. Le di una uva más, y ella la tomó, un pequeño gesto de aceptación, una fisura en su armadura de desconfianza. Y por un momento, mientras la observaba, me perdí. El zumbido del tren se desvaneció, el aroma de la cocina se disipó, y de repente, solo escuché la lluvia. La lluvia de aquel día, golpeando el paraguas, el sonido de sus pasos, la sensación de su mano. Un recuerdo que se negaba a morir. —"Ven"— le dije, mi voz apenas un susurro, arrastrándome de vuelta al presente —"Aún hay algo más que quiero mostrarte"— La conduje nuevamente por los pasillos del tren. Llegamos a la parte trasera del vagón, donde una puerta, que parecía más una compuerta de seguridad, se abría a lo que parecía ser una pequeña terraza, una especie de balcón al aire libre. El aire fresco me golpeó el rostro, un alivio bienvenido después del ambiente viciado del interior. El viento me revolvió el cabello, y el sonido del tren a toda velocidad se hizo más intenso, un rugido constante que, por alguna razón, me resultaba reconfortante. Era el sonido de la libertad, de la velocidad, de un mundo en movimiento que había olvidado. Katniss se detuvo a mi lado, sus ojos grises, antes tan cautelosos, ahora se abrieron con sorpresa y una pizca de asombro. El paisaje se extendía ante nosotros, vasto e ininterrumpido, bajo el cielo estrellado. Las luces de los distritos, antes tan distantes, ahora pasaban como borrones de color, un recordatorio de la vida que habíamos dejado atrás, de los miles de ojos que nos observarían. El viento silbaba a nuestro alrededor, y el olor a tierra y a pino, a algo real, llenaba mis pulmones. Por un momento, solo hubo silencio, un silencio compartido, roto solo por el rugido del tren y el latido de nuestros propios corazones. Era un momento de tregua, un respiro en la inminente tormenta. Fue Katniss quien finalmente rompió el silencio, su voz, antes tensa, ahora más tranquila, casi un susurro en el rugido del viento. —"¿Cómo sabías de este lugar?"— Su pregunta era lógica, y su cautela, fundada. Effie nos había dado un recorrido exhaustivo por el tren, pero este rincón, esta terraza oculta, nunca fue mencionado. Suspiré, el aire fresco llenando mis pulmones. Si quería que la confianza floreciera entre nosotros, debía sembrar la semilla primero, ofrecer algo de mí, un fragmento de mi pasado que no fuera la oscuridad que me había consumido. —"Ven, siéntate"— le dije, mi voz tranquila, invitándola a compartir este espacio de tregua. Me acomodé en uno de los sillones de lujo, tapizados en un terciopelo negro que absorbía la luz de las estrellas. Aun con el racimo de uvas en la mano, metí una en mi boca, el dulzor explotando en mi lengua, mientras la observaba sentarse a una distancia prudente, sus ojos aun escudriñando el entorno, pero con menos tensión. —"No siempre fui lo que ves, Katniss"— solté usando por primera vez su nombre, mi mirada fija en las estrellas que se desdibujaban con la velocidad del tren. —"Hubo un tiempo en que viajar en trenes como este era algo común para mí"— ella no respondió nada, pero sentía su mirada en mí, un peso silencioso que me invitaba a continuar. Cuando finalmente me decidí a verla, noté que ahora ella también observaba las estrellas, su rostro sereno, concentrado en el silencio, tal vez pensando en su familia, en los suyos. —"A mi hermana le encantaría poder ver así las estrellas, en casa no es posible apreciarlas"— susurró, su voz cargada de una melancolía que me atravesó, mientras llevaba otra uva a su boca. Y no pude resistirme. La oportunidad era demasiado tentadora, la chispa, de él que juega con las palabras, se encendió. —"Sí, pero hay algo más hermoso en este momento que unos simples puntos brillosos en el cielo"— comenté, mi voz firme, pero con un toque juguetón. Su mirada se posó en mis ojos al instante, una mezcla de sorpresa y curiosidad. Y entonces llegó, el sonrojo, un carmesí que se extendió por sus mejillas, pero lo que no esperaba fue cómo me lanzó una uva, un proyectil dulce y certero que me golpeó en la frente. El silencio reinó por un segundo, un silencio cargado de una risa contenida, de una nueva conexión que se había forjado en la oscuridad del tren. Después de eso, el ambiente se aligeró, la tensión se disipó, y por un momento, solo fuimos dos tributos intentando encontrar un respiro. El tiempo se deslizó entre nosotros, un hilo invisible tejido con el cómodo silencio que se había instalado. Las uvas, dulces y efímeras, se acabaron hace rato, dejando solo el rastro de su sabor en mi boca. Fue entonces cuando lo sentí: un ligero peso en mi hombro, la suave caricia de su cabello oscuro. No supe en qué momento nos habíamos acercado tanto, ni cómo el espacio entre nosotros se había disuelto, pero en ese instante, nada de eso importaba. Con toda la suavidad que pude reunir, la levanté, sintiendo su peso ligero y cálido contra mi cuerpo. La cargué con una delicadeza que no creía poseer, y comencé mi lento recorrido de regreso a su habitación, cada paso un juramento silencioso. El suave siseo de la puerta de la habitación de Katniss al cerrarse fue el único sonido que rompió el silencio del pasillo. La había dejado en su cama, dormida, su rostro sereno por primera vez desde que la conocí. Un calor inusual se extendió por mi pecho, una sensación que no recordaba, una punzada de algo parecido a la esperanza. Mi corazón, que creía endurecido por años de prisión y desesperación, latía con una extraña ternura. Quería protegerla, mantenerla a salvo de todo lo que se avecinaba. Justo cuando me disponía a regresar a mi propia habitación, una voz áspera y familiar me detuvo en seco. —"Así que, el convicto tiene un lado blando"— la voz de Haymitch. Me giré lentamente, encontrándolo recargado en el marco de la puerta, una botella de licor en la mano, sus ojos vidriosos fijos en mí. No había sorpresa en su mirada, solo una especie de cansancio, como si ya hubiera visto esto mil veces. No pronuncié palabra. Su gesto, un leve movimiento de cabeza hacia la puerta, fue suficiente. Entendí la indirecta, la invitación tácita a seguirle, y lo hice. Era mejor ahora que después, me dije a mí mismo, mientras mis pasos resonaban en el pasillo. En mi interior, una convicción crecía: solo si revelaba mi pasado, si desvelaba ese hilo invisible que nos unía, Haymitch se interesaría realmente en ayudarnos. Si eso significaba exponer mis cicatrices, que así fuera. Al final, después de esta noche, Katniss lo valía. Su seguridad, su supervivencia. Haymitch se sentó a la mesa. No me sorprendió ver a Effie también allí. Después de todo ella entiende, ella sabe. Su mirada era seria, casi austera, desprovista de esa sonrisa forzada y la alegría fingida que siempre la adornaban como una máscara de plástico. En su mano, una copa de cristal fino que movía de un lado a otro con lentitud, el líquido, probablemente algún licor fuerte, brillando con una luz opaca bajo las lámparas del vagón, revelando su propia inquietud. —"Así que dime, ¿qué es todo esto?"— Haymitch, su voz más sobria de lo esperado, apuntó con un gesto desinteresado hacia la puerta que acababa de cerrar tras Katniss y luego hacia mí. —"Porque no pienso perder mi tiempo en ti, como tú bien lo sabes"— comentó con una firmeza que helaba la sangre. Era cierto. Haymitch, como todos en el Capitolio, creía que ayudar a un convicto a ganar los Juegos sería una pérdida de tiempo, una batalla perdida incluso antes de empezar. El Capitolio, Snow, jamás lo permitiría. —"Tú sabes bien de quién soy hijo"— comenté serenamente, mi voz tranquila a pesar de la tensión. Él asintió con un movimiento apenas perceptible. —"Entonces sabes lo que hice"— suspiré. —"Lo sabes, y me lapidaste por ello"— me recargué en la silla, tomé una botella que había en la mesa, me serví un trago generoso en mi copa, y mientras la levantaba hacia Haymitch, solté con una sonrisa irónica. —"Pero, ¿sabes por qué lo hice?"— La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de desafío, justo antes de que bebiera el trago, sintiendo el ardor en mi garganta como un pequeño fuego.
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