La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
Finalizada
3
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534 páginas, 179.148 palabras, 33 capítulos
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El Tren al Capitolio y el Desafío

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Capítulo 4: El tren al Capitolio y el desafío

(POV Peeta) El zumbido del tren, un murmullo constante y apenas perceptible. Effie nos guiaba por los pasillos del vagón en silencio, algo que seguramente era raro en ella. Después de nuestra presentación como si no nos conociéramos, debe de estar perdida en su mente y el significado de que esté aquí. Ambos pensamos que no volveríamos a vernos y ahora ella tiene mi vida en sus manos. Qué pequeño es el mundo. —"Y aquí sus habitaciones, una frente a la otra, para que puedan... socializar"— dijo con una sonrisa tan plástica que no llegaba a sus ojos, señalando dos puertas idénticas. —"La cena será en una hora, así que aprovechen para instalarse"— con un último y forzado ademán de cortesía, salió por la siguiente puerta, dejándonos solos en el pasillo. Mi mirada se quedó puesta en ella mientras desaparecía por la puerta, como si no pasara nada. Es mejor así. El suave siseo de la puerta de Katniss abriéndose me sacó de mis pensamientos, justo a tiempo para ver la trenza oscura de Katniss desaparecer al cerrarse de nuevo, dejándome solo. Ella no me reconoce. No sabía si eso era algo bueno o malo. Tal vez, para ella aquel día bajo la lluvia no fue más que un recuerdo borroso. Lo más seguro. Pero era consciente de que las cosas no siempre son como uno quisiera, y mi vida era la prueba de ello. Presioné el botón de mi habitación y la puerta se deslizó con un suave siseo, revelando mi nueva "prisión". Era una suite, no una celda. Las paredes, de un color crema suave, contrastaban con el gris perpetuo de mi antiguo encierro. Una cama enorme, con sábanas de seda, ocupaba el centro. Voy a extrañar mi quiropráctico… Había un pequeño escritorio de madera pulida, reflejando la luz tenue del vagón, una silla tapizada que parecía demasiado blanda para mi espalda, y, lo más sorprendente, una ventana que ofrecía una vista panorámica del paisaje que se deslizaba a toda velocidad. No ha cambiado nada. Me acerqué al clóset, que se abrió automáticamente al tacto con un susurro electrónico, revelando una hilera de ropa limpia y sin marcas de prisión: una pantalonera color negro suave como una segunda piel, ropa interior de algodón, y una camiseta verde olivo. Será mejor bañarme. Comencé a quitarme la ropa sucia, pieza por pieza, como si me desprendiera de una piel vieja. Justo cuando estaba a punto de terminar. —"¡Caliente!"— el fuerte chillido me hizo sonreír. Era Katniss sin duda. Terminé de desvestirme y entré a la ducha, ajustando los controles para que el agua tibia me envolviera primero, y luego la fría me golpeara. Los controles no han cambiado. Mientras me secaba, observé mi ropa antigua y la nueva tendidas en mi cama. No veo la diferencia. —"Es solo otra ropa de reo, pero más colorida"— tomé mi antigua ropa. Sintiendo el peso de la tela áspera y el olor a encierro que aún se aferraba a ella. Antes de desecharla a la basura, metí la mano en el bolsillo del pecho. Mis dedos rozaron un pliegue familiar, y saqué el único recuerdo que conservaba de mi vida anterior, aparte de los bollos de queso que había logrado escabullir de la cocina de la prisión antes de que me arrastraran al deslizador. Idiotas. La hoja enmarcada, ya amarillenta y suave al tacto, era un simple dibujo, trazado con la torpeza de un niño. El árbol bajo una lluvia torrencial, y una pequeña figura acurrucada debajo, apenas visible. Era lo único que tenía de aquel día, la única prueba de que aquello no fue un sueño. Con cuidado, la doblé nuevamente y la deslicé bajo mi almohada, un secreto bien guardado. Luego, tiré mi ropa antigua a la basura. Me vestí con la pantalonera y la ropa interior, solo me faltaba la camiseta. La tomé, sintiendo el suave algodón contra mis dedos, y comencé a moverme hacia la puerta. Presioné el botón y, justo en ese instante, la puerta de enfrente se abrió también. Estaba a punto de soltar una broma sobre el "caliente" que había escuchado antes, pero ambos nos quedamos parados en silencio, un aire de incomodidad flotando entre nosotros. Fruncí el ceño, preguntándome por qué se había quedado inmóvil. Pensé que me ignoraría, como había intentado hacer cuando nos conocimos, pero entonces noté que su mirada no estaba fija en mis ojos, ni siquiera en mi cara. Oh. Sus ojos grises, normalmente tan penetrantes, estaban fijos en mi pecho, sus mejillas se tiñeron de carmesí. No pude evitar recargarme en el marco de la entrada de mi cuarto, disfrutando de su reacción. —"Entonces, no creo que lo de tu baño sea lo único 'caliente' de tu día, ¿no?"— solté juguetonamente, apretando más el estómago. Con eso, su trance se rompió. El sonrojo se intensificó, cubriendo su rostro por completo, antes de que me ignorara por completo y caminara a toda prisa hacia la puerta por la cual Effie había desaparecido. —"¡Idiota!"— la risa se me escapó. Sí, lo sé. Sin decir más, con la risa aún en mis labios, me puse la camiseta. La seguí, el eco de su "¡Idiota!" aún resonando en mis oídos, y una extraña sensación de satisfacción. Llegamos al comedor, un espacio que parecía sacado de un sueño. La mesa, enorme y reluciente, estaba hecha de una madera oscura y brillante, pulida hasta el punto de reflejar las luces de cristal que colgaban del techo como pequeñas estrellas. No había un solo rincón sin cubrir; estaba repleta de bandejas de plata y cuencos de cristal, llenas de comida. Mi mirada se quedó en Effie que escribía frenéticamente en su tableta y en el momento que notó nuestra presencia paró en seco levantándose para invitarnos a sentarnos. Nos quedamos viéndonos fijamente con la mesa en medio… de reojo vi a Katniss tomar asiento. Cómo jugaremos esto, Effie. Yo creo q— No tuve tiempo de pensar en nada más, cuando un dolor agudo, seguido de una descarga eléctrica brutal, me atravesó el cuello. Me aferré a la mesa con tanta fuerza que mis nudillos se blanquearon, casi soltando un grito de dolor que se ahogó en mi garganta. El cuerpo se tensó, cada músculo se contrajo en un espasmo involuntario, pero la disciplina impuesta por años de entrenamiento en la prisión me impidió caer, me mantuvo erguido. Todo acabó tan rápido como llegó, dejando un hormigueo residual y un sabor metálico en la boca. ¿Pero qué…? Mis ojos, fijos en la superficie pulida de la mesa, se levantaron lentamente para confrontar a Effie, solo para encontrarla congelada en su lugar, la mano aún en su bolso y sus ojos abiertos. —"Perdón, solo quería tomar mi labial. Lo presioné por error"— soltó en voz baja. Si claro. —"Entiendo"— solté fuertemente, mi voz más dura de lo que pretendía, con el dolor en el cuello aún presente. Tal vez pensó que la iba a atacar. Sin decir más, y sin darle la satisfacción de verme afectado, comencé a servirme comida, mirándola de reojo y ella a mí. La mirada de Katniss parecía impresionada con mi comportamiento, tal vez esperaba que saltara a asesinar a Effie, que la desmembrara en ese mismo instante. Ganas no me faltan. Pero era mejor llevar la fiesta en paz, al menos por ahora. Había un juego más grande en marcha, uno que requería paciencia. Tiempo. Effie solo es… un bache. Al menos podría ser útil. Tomé el pavo y los espárragos, tan tiernos que se deshacen en la boca, bañados en una salsa de mantequilla y hierbas. Katniss, en cambio, fue por algo más sencillo, pollo, tal vez no conocía la comida y eso le generaba desconfianza. Noté al instante que comía intentando, no parecer desesperada, pero aun así la falta de modales en la mesa era algo visible; comía directamente con las manos y, sin querer, se manchó el rostro de salsa. Un recuerdo me asaltó: una servilleta en mi mejilla, seguida de la voz áspera. ~Hasta para comer eres un inútil~ Tomé una servilleta y estiré mi mano, un movimiento lento que congeló a Katniss en su lugar. Sus ojos grises, antes fijos en su plato, se levantaron para encontrarse con los míos, llenos de sorpresa. No te muevas. Ella se apartó antes de que pudiera limpiarla completamente. —”No te muevas, no queremos que Effie se enoje por los modales”— murmuré estirando mi mano más. Con un movimiento tranquilo, limpié la mancha de salsa de su mejilla. No sonreí, no hubo ninguna expresión en mi rostro; solo limpié y bajé la mano. La tensión en el aire era palpable, miré mi plato y solo lo empujé hacia delante. El apetito se esfumó. Mi atención se posó sobre Effie que estaba estática con un tenedor y cuchillo arriba. Mientras su mirada en Katniss que ahora masticaba lentamente viéndome fijamente. Control. Fingir ser una buena persona, un tributo amable y sumiso, no funcionaría; ella ya me había visto encadenado. Y el trato de Effie. Sería estúpido. La fachada de chico bueno no serviría. Así que solo debía ser yo mismo, o al menos, la versión más honesta de mí que podía ofrecer en ese momento. Quiero ayudarla. Pero… ¿Ella quiere que la ayude? Entonces la puerta del comedor se abrió con un chirrido que rompió la incomodidad, revelando la figura inconfundible de Haymitch Abernathy. Justo a tiempo. Su paso era un tambaleo incierto hasta llegar a la mesa. Con un estruendo, se dejó caer en su silla, arrastrando consigo algunos vasos, tenedores y cucharas que cayeron al suelo. Sin pensarlo dos veces, sus ojos vidriosos se fijaron en la botella de vino. Se lanzó hacia ella, pero Effie fue más rápida. Con una mirada dura, casi un reproche silencioso, interpuso su mano. —"Creo que es suficiente por hoy. ¿No te bastó con humillarnos en la Cosecha y las dos horas que pasé intentando cambiarte la ropa y bañarte?"— soltó con un bufido. Dos horas… ¿Effie? Él solo chasqueó la lengua. —"Métete en tus problemas, árbol de Navidad"— intentó apartar la mano para llegar a la botella. Effie, con un suspiro de resignación, solo rodó los ojos, tomó la botella y la colocó en el otro extremo de la mesa, fuera de su alcance, para luego seguir comiendo. Dejé caer un tenedor sobre el plato ganándome la mirada de Effie nuevamente. Levanté ambas cejas y volví a ver a Haymitch. No puede evitar sonreír. No puede ser… ¿en serio? Ella se puso recta al instante. Vi que intentó decir algo pero… —"¿Y con qué nuevo truco vas a impresionarnos hoy, Haymitch? Espera, déjame adivinar, ¿otra caída, pero esta vez desde el tren en movimiento?"— recargué mi mano sobre la mesa para sostener mi rostro mirándolo fijamente. Por un segundo, sus ojos se encontraron con los míos… ambos nos reímos, una risa áspera y sin alegría. … … Al instante lanzó su puño hacia mi rostro. Yo lo paré en seco, mi mano atrapando la suya con fuerza. La risa había desaparecido de su rostro, pero del mío no. Fácil, demasiado fá— El dolor volvió a subir en mi cuello, una descarga eléctrica que me recorrió la columna. Solté su brazo al instante, el hormigueo residual y el sabor metálico en mi boca, mientras me aferraba una vez más a la mesa, mis nudillos blanqueándose. Mis ojos voltearon a ver a Effie, parada con el control en las manos, su rostro serio, su mirada fija en mí. Mientras intentaba no mostrar más dolor con mi voz, más allá de lo que mi cuerpo ya revelaba. —"¡Basta, es suficiente! ¿Qué demonios haces, Effie?"— soltó Haymitch, para mi sorpresa, su voz resonó con autoridad. Me recompuse, enderezando mi postura, mientras él se acercaba a Effie. —"Dame esa cosa, antes de que le vueles la cabeza"— le arrebató el control remoto de las manos. Katniss, con un movimiento brusco, se levantó de la mesa. Sin decir una palabra, dejó su plato a medio comer. ¿Quién querría comer con tanta hostilidad, con la amenaza de una descarga eléctrica o un puñetazo en cualquier momento? Malo para la digestión. Me levanté de mi silla, mis ojos fijos en su espalda, en el cabello oscuro que se balanceaba con cada paso. La seguí. Le di un último vistazo a Haymitch, que ahora se había concentrado en su plato y en su bebida, como si el incidente nunca hubiera ocurrido. —"No hagas nada estúpido, convicto, te vigilo"— golpeó el cuchillo en su carne sin mirarme. Mis músculos se tensaron, pero seguí caminando ignorando sus palabras. Qué rayos me importa su opinión. El eco de la puerta deslizándose tras Katniss apenas se había desvanecido cuando la alcancé en el pasillo. Su espalda, tensa y rígida, me indicaba que aún estaba molesta, pero no podía dejarla ir así, no después de la cena. —"¿A dónde vas?"— pregunté, mi voz más suave de lo que esperaba, intentando no sonar como una orden. Ella se detuvo, pero no se dio la vuelta, su silencio era una barrera. —"A mi habitación"— respondió finalmente, su voz apenas un susurro. Esta no puede ser mi primera impresión. Tengo que hacer algo. —"No. Espera"— dije, mi tono más tranquilo, intentando suavizar la aspereza natural de mi voz. —"¿Te gustaría acompañarme? Hay algo que quiero mostrarte"— era una invitación, no una orden. Su pie golpeó levemente el suelo y su cabeza se movió un par de veces antes de girarse. Por un momento, pensé que me rechazaría… con un movimiento casi imperceptible, asintió con la cabeza, sin mirarme. No busqué que cambiara de parecer; en su mundo, las decisiones se tomaban rápido y se mantenían. Vamos, punto para Peeta. Comencé a liderar el camino. La conduje por los pasillos del tren, lejos del comedor. Llegamos al vagón de la cocina. Estaba vacío, silencioso, con sólo el zumbido constante de los electrodomésticos. El aroma a comida recién preparada aún flotaba en el aire, una mezcla dulce y salada. Abrí uno de los refrigeradores, un monstruo plateado que se extendía de pared a pared, frutas exóticas de colores vibrantes, quesos artesanales, embutidos finos, y postres que parecían obras de arte. Saqué un racimo de uvas, tan verdes y jugosas que brillaban bajo la luz artificial, como pequeñas esmeraldas. —"¿Quieres?"— extendí el racimo hacia ella. Katniss tomó una, sus ojos aún cautelosos, pero un atisbo de curiosidad brillando en ellos, la pequeña fruta desapareció entre sus labios. —"Lo de Haymitch... no es personal"— tomé una para mí mismo. Cerré los ojos intentando disfrutar la uva, había pasado tanto tiempo, pensé. —"Él ha pasado por mucho. El Capitolio... bueno, el Capitolio sabe cómo romper a la gente. Lo ha hecho con él"— Katniss asintió lentamente, masticando la uva, su mirada fija en el racimo que sostenía. —"No sé si podrá ayudarnos. Parece... inútil"— soltó, su voz teñida de una frustración genuina. —"Lo entiendo"— estiré el racimo otra vez y ella no dudó en arrancar una uva. —"Pero no lo subestimes. En la arena, la fuerza física y las habilidades te llevarán hasta cierto punto, sí. Pero un mentor... ellos saben cómo funciona el juego de verdad, el juego de las apariencias, de la manipulación. Unos fósforos, un poco de agua, una medicina, una simple manta... esas cosas pueden salvarte la vida cuando estás a punto de rendirte. Y él es el único que puede conseguirlas para nosotros, a través de los patrocinadores"— tomé otra uva. Ella me miró, hizo una pequeña mueca antes de mirar al suelo y asentir lentamente. —"Tienes razón"— admitió finalmente, su voz apenas audible. —"Es solo que... es difícil confiar"— fue como un golpe invisible para mí. Exacto. —"Lo sé. La confianza es un lujo que pocos podemos permitirnos en este mundo"— apreté una uva, reventándola; la tiré en la basura. —"Pero estamos solos en esto. Y él, por muy detestable que sea, es nuestra única esperanza fuera de la arena"— le dije, mi boca una fina línea. Le di una uva más, y ella la tomó, por un momento, mientras la observaba, me perdí. El zumbido del tren se desvaneció, el aroma de la cocina se disipó, y de repente, solo escuché la lluvia. Sin duda es ella. La lluvia de aquel día, golpeando el paraguas, el sonido de mis pasos, su mirada… … —"Ven"— le dije, mi voz apenas un susurro, arrastrándome de vuelta al presente. —"Aún hay algo más que quiero mostrarte"— la conduje nuevamente por los pasillos del tren. Llegamos a la parte trasera del vagón, donde una puerta, que parecía más una compuerta de seguridad, se abría a lo que parecía ser una pequeña terraza, una especie de balcón al aire libre. El aire fresco me golpeó el rostro, un alivio después del ambiente del interior. El viento me revolvió el cabello, y el sonido del tren a toda velocidad se hizo más intenso, un rugido constante. Era el sonido de la libertad, de la velocidad, de un mundo en movimiento que había olvidado. Katniss se detuvo a mi lado, sus ojos grises, antes tan cautelosos, ahora se abrieron de par en par. El paisaje se extendía ante nosotros, vasto e ininterrumpido, bajo el cielo estrellado. El viento silbaba a nuestro alrededor, y el olor a tierra y a pino. Por un momento, solo hubo silencio, un silencio compartido, roto solo por el rugido del tren. Era un momento de verdadera calma. —"¿Cómo sabías de este lugar?"— abrí los ojos viéndola caminar hacia la orilla del vagón. Effie nos había dado un recorrido exhaustivo por el tren, pero este rincón, nunca fue mencionado. Suspiré, el aire fresco llenando mis pulmones. Si quería que la confianza floreciera entre nosotros, debía sembrar la semilla primero, ofrecer algo de mí. —"Ven, siéntate"— señale un sofá de columpio. Aun con el racimo de uvas en la mano, metí una en mi boca, mientras la observaba sentarse a una distancia prudente y se abrazaba a sí misma. —"No siempre fui lo que ves"— mire fijamente a las estrellas que se desdibujaban con la velocidad. ~Chico de oro…~ —"Hubo un tiempo en que viajar en trenes como este era algo común para mí"— ignore la voz de Vander en mi cabeza. Noté que ahora ella también observaba las estrellas, su rostro sereno, concentrado en el silencio, tal vez pensando en su familia. La niña rubia… —"A mi hermana le encantaría poder ver así las estrellas, en casa no es posible apreciarlas"— susurró, mientras llevaba otra uva a su boca. Y no pude resistirme. —"Sí, pero hay algo más hermoso en este momento que unos simples puntos brillosos en el cielo"— sonreí volteando al frente, como si no hubiera dicho nada. Algo me golpeó el hombro, vi el espacio entre nosotros para encontrar la uva aún meciéndose. La encaré solo para verla mirando al frente… con un leve sonrojo. Al parecer no es de piedra. Después de eso, el ambiente se aligeró, el tiempo se deslizó entre nosotros. Las uvas, dulces, se acabaron hace rato. Es hora de regre— Fue entonces cuando lo sentí: un ligero peso en mi hombro, la suave caricia de su cabello oscuro. No sabía en qué momento nos habíamos acercado tanto, ni cómo el espacio entre nosotros se había disuelto, pero en ese instante, nada de eso importaba. Dos… para Peeta. Regresé mi atención al frente moviendo mi hombro para que pudiera descansar mejor. Debe de estar demasiado cansada… Con toda la suavidad que pude reunir, la levanté, sintiendo su peso ligero. Demasiado ligero. La cargué y comencé mi lento recorrido de regreso a su habitación, abrí la puerta y la recosté tapándola. Descansa. El suave siseo de la puerta de la habitación de Katniss al cerrarse fue el único sonido que rompió el silencio del pasillo. Un calor inusual se extendió por mi pecho. No seas ridículo. Presioné el botón de mi cuarto abriendo la puerta. Iba a entrar pero paré en seco. Claro. —"Así que, el convicto tiene un lado blando"— Haymitch habló por fin. Me giré lentamente, encontrándolo recargado en el marco de la puerta, una botella de licor en la mano, sus ojos vidriosos fijos en mí. No pronuncié palabra. Su gesto, un leve movimiento de cabeza hacia la puerta, fue suficiente. Es mejor dejar claro todo. Haymitch se sentó a la mesa. A un lado de Effie que me miraba fijamente sin parpadear. Después de todo ella entiende, ella sabe. Desprovista de esa sonrisa forzada y la alegría fingida que siempre la adornaban como una máscara de plástico. Bien, aquí vamos. En su mano, una copa de cristal fino que movía de un lado a otro con lentitud, el líquido, probablemente algún licor fuerte, brillando con una luz opaca bajo las lámparas del vagón. —"Así que dime, ¿qué es todo esto?"— Haymitch, su voz más sobria de lo esperado, apuntó con un gesto desinteresado hacia la puerta que acababa de cerrar. —"Porque no pienso perder mi tiempo en ti, como tú bien lo sabes"— comentó con firmeza. Haymitch, como todos en el Capitolio, creía que ayudar a un convicto a ganar los Juegos sería una pérdida de tiempo, una batalla perdida incluso antes de empezar. Snow jamás lo permitiría. —"Tú sabes bien de quién soy hijo"— tomé asiento despreocupadamente. Él asintió con un movimiento apenas perceptible. —"Entonces sabes lo que hice"— suspiré. Tomé una botella que había en la mesa, me serví un trago generoso en mi copa, y mientras la levantaba hacia Haymitch. —"Pero, ¿sabes por qué lo hice?"— la pregunta quedó suspendida en el aire, me bebí el trago, sintiendo el ardor en mi garganta como un pequeño fuego. No… qué mal.
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