Entre Luces Falsas y Miradas Genuinas
12 de septiembre de 2025, 2:32
Capítulo 5: Entre Luces Falsas y Miradas Genuinas
(POV Katniss)
Desperté con una punzada de confusión. Lo último que recordaba era la brisa fresca del balcón, el cielo salpicado de estrellas y la extraña, casi reconfortante, presencia de Mellark a mi lado.
¿Cómo había llegado a mi cama?La pregunta revoloteaba en mi mente, persistente como un insecto molesto.
Un sutil aroma a canela flotaba en la habitación, un rastro dulce que mi mente asociaba de forma instintiva con Mellark. Intenté ignorarlo, desestimar la idea de que él la hubiera traído.
Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos, seguido por la voz cantarina de Effie: —"¡Es hora de desayunar, mis queridos tributos! ¡Estamos a solo un par de horas del Capitolio!"— El anuncio me obligó a ponerme en marcha.
Entre al baño y comencé a desvestirme, ya en la ducha y esta vez lo calibre para no tener otro accidente como el de ayer. Ya bajo el chorro de agua tibia, mi mente vagó de nuevo hacia la noche anterior.
La broma con la uva, el atisbo de una risa que casi se me escapa, algo tan ajeno a mi vida, tan peligroso. Una pequeña sonrisa, fugaz y casi imperceptible, se dibujó en mis labios.
Pero entonces, el recuerdo de las palabras de Mellark me llegaron:"Hubo un tiempo en que viajar en trenes como este era algo común para mí".
Una curiosidad feroz me asaltó, el deseo de indagar en su pasado, de desentrañar el misterio de Peeta Mellark. Sin embargo, una parte más oscura y pragmática de mí se resistió. Temía conocerlo demasiado, forjar un lazo que solo haría más profunda y dolorosa cualquier traición.
Las palabras de Gale resonaron en mi mente con la claridad de una advertencia:"Sé tú misma. Y no confíes en nadie. Especialmente no en ese... demente".
Con ese pensamiento, levanté nuevamente mis barreras, sintiendo cómo la cautela se asentaba en mi pecho, y salí para cambiarme y ponerme en marcha hacia el comedor.
Cuando llegué al comedor, me congelé en el umbral. La escena ante mis ojos era inaudita.
Mellark y Haymitch estaban sentados a la mesa, comiendo y riéndose juntos de algo, una complicidad inesperada que me descolocó. Incluso Effie parecía más tranquila, su compostura habitual relajada en un ambiente que yo no reconocía.
Algo había cambiado, una tensión latente que me desesperaba por no entender. ¿Qué había pasado después de que me quedé dormida? ¿Qué clase de pacto se había formado en mi ausencia? Decidí no preguntar, observando con mi habitual desconfianza.
Mientras desayunaba, Haymitch comenzó a hablar de cómo las pequeñas cosas que se podían conseguir con patrocinadores eran las que realmente podían cambiar la balanza en los Juegos.
No sabía qué había cambiado la actitud de Haymitch, pero no planeaba perder cualquier cosa de utilidad que me diera. Así que me centré completamente en sus palabras e incluso noté cómo a él le agradó que prestara atención, claro en su mano no faltaba alcohol, pero al menos su aspecto físico mejoró bastante en comparación de ayer.
Pero todo eso solo alimentaba la espina que se clavó en mi llegada:¿qué pasó?, ¿qué incitó a este repentino cambio?
Entonces, Mellark interrumpió mis pensamientos cuando me ofreció una taza con un líquido oscuro humeante.
—"Es chocolate"— dijo, con una sonrisa amable.
Esta vez, no dudé. Después de la experiencia con las uvas, al menos sabía que podía confiar en sus recomendaciones alimentarias. El sabor dulce y amargo inundó mi boca, una sensación de placer puro que me hizo suspirar.
Ese pequeño placer me sorprendió. Me hizo sentir, de alguna manera, más cómoda, lo suficiente como para relajar un poco mis defensas. Me integré con más facilidad en la conversación, incluso atreviéndome a compartir mis conocimientos cuando Haymitch planteó el tema de las fogatas.
—"Para hacer fuego sin que suelte humo durante el día"— expliqué, la voz tranquila y firme, dejando que mis años como cazadora dictaran cada palabra.
—"Primero, nunca uses madera verde. Busca siempre la madera más seca, aquella que esté completamente muerta y sin rastro de humedad. La clave reside en el tamaño de la leña y una ventilación óptima. Olvídate de los troncos grandes; solo ramas delgadas y astillas. La combustión debe ser lo más completa posible, quemando el material con rapidez. Para lograrlo, necesitas una excelente ventilación desde abajo, así que eleva el fuego ligeramente del suelo o asegúrate de que el aire circule sin obstrucciones. Comienza con una pequeña brasa, alimentándola con yesca muy fina y seca, y añade gradualmente astillas diminutas. Mantén el fuego pequeño y ardiente, nunca una hoguera descontrolada. Si aparece humo, significa que la madera no se está quemando por completo o que la ventilación es insuficiente. También es crucial evitar la resina, ya que al arder, produce una densa humareda. Y, por supuesto, mantén el fuego cerca del suelo para que el calor no se eleve demasiado rápido y disipe cualquier rastro de humo residual"— concluí, retomando mi chocolate con un sorbo que me regresó de nuevo al presente.
Tanto Haymitch como Mellark se impresionaron por mi comentario.
—"Uhh, mi chica es lista, sin duda la madera de una campeona"— comentó Effie de manera emocionada, sonriendo y mientras aplaudía.
Lo cual me hizo sentir reconfortada e incómoda al mismo tiempo, no acostumbrada a ser el centro de atención. Regresé mi atención a mi comida intentando pasar desapercibida.
—"Primero da un consejo digno de una carrera y después se avergüenza… dulce"— comentó Haymitch en forma de broma, pero había un brillo de aprobación en sus ojos que no pasó desapercibido.
—"Entonces, después de clases de fogatas 1-1 con Everdeen"— bromeó Haymitch, una sonrisa pícara en su rostro.
—"¿Quieren entrenar juntos o por separado?"— preguntó, su tono ahora serio.
No tuve tiempo de procesar la pregunta cuando escuché la voz de Mellark.
—"Por mí no hay problema en entrenar juntos"— dijo, dándole un largo trago a su jugo, y luego, para mi sorpresa, me guiñó el ojo.
—"Después de todo, ¿quién más podría enseñarme a hacer fogatas sin humito?"— Sin pensarlo, le lancé una servilleta hecha bola, solo para ganarme una sonrisa burlona de su parte. Casi se la regresé, pero el miedo anterior regresó a mí y me recompuse.
La mirada de Haymitch se centró completamente en mí, esperando mi respuesta. Mi mente procesaba con rapidez las ventajas y desventajas de aceptar o no. Llegué a la conclusión de que, si quería encontrar una debilidad en Mellark, tendría que abrirme a él de alguna manera, ya que lo más seguro era que él intentaba hacer lo mismo conmigo.
Esa deducción no era solo una corazonada; se basaba en la forma en que me trató ayer y en mi pequeña explicación sobre el fuego. Aquello demostró que, si bien físicamente no era un problema para él, en inteligencia y supervivencia quizás sí lo era.
—"Por mi parte también está bien"— sentencié, intentando restar importancia a la cuestión, mi voz firme, pero apenas un susurro que se perdió entre mis pensamientos.
Haymitch simplemente asintió, su rostro endureciéndose mientras apuntaba con su dedo a la mesa.
—"En un par de horas llegaremos al Capitolio. Una vez ahí, se encontrarán con sus estilistas y dejarán que ellos hagan su trabajo sin rechistar ni poner resistencia. ¿Entendido?"— No esperó respuesta, dejando claro que no era una pregunta, sino más bien una orden. Su tono autoritario me recordó que, a pesar de la aparente cordialidad del desayuno, él seguía siendo el mentor, y nosotros, los tributos.
Él dictaba las reglas, por ahora.
Mientras se alejaba, Effie añadió con un tono que intentaba ser animado, pero que sonaba forzado: —"¡Ohh, Cinna y Portia los van a amar!"— concluyó, para después seguir a Haymitch hacia las habitaciones.
Pude notar el cansancio en Effie, como si no hubiera dormido mucho anoche. Se veía más pálida de lo normal, y sus movimientos, aunque aún coordinados, carecían de la chispa habitual. Nuevamente despertando mis dudas.
¿Qué había sucedido realmente entre Haymitch y Mellark durante la noche? ¿Había sido tan agotador para Effie presenciar su "pacto" o lo que fuera que había ocurrido? La escena me dejó con un nudo en el estómago, la sensación de que se me escapaban piezas cruciales de este rompecabezas.
Mis ojos, guiados por una mezcla de sospecha y curiosidad, se posaron en Mellark. Él, para mi sorpresa, ya me estaba mirando.
No supe cuánto tiempo permanecimos así, en un silencio tenso, yo saboreando los últimos vestigios de mi "chocolate" y él, con esa servilleta hecha bola en la mano, un simple trozo de papel que parecía contener un secreto.
Mi mente, siempre buscando patrones y motivaciones, no pudo evitar preguntarse qué pasaba por la suya. Su gesto, ese guiño de antes, seguía descolocándome.
Una sonrisa ladeada, casi imperceptible, se dibujó en sus labios, una expresión que no lograba descifrar.
—"Sabes, esto"— comentó, levantando la servilleta como si fuera un tesoro, su voz teñida de una picardía inesperada.
— "Me dio una idea. Una gran idea"— sentenció, con un brillo en los ojos que me hizo sentir una punzada de inquietud.
Se puso de pie con una agilidad sorprendente y comenzó a caminar en sentido contrario a Haymitch y Effie.
Lo observé, la servilleta aún en su mano y mi mente se aceleró. La imagen de él limpiando mi mejilla ayer, ese gesto inesperado de amabilidad, volvió a mi memoria, y con ella, un torbellino de dudas.
¿Qué era real? ¿Qué era una estrategia? ¿Por qué esta atención repentina, este coqueteo velado?Mis instintos se agudizaron, advirtiéndome que, con Peeta Mellark, nada era lo que parecía.
Era un enigma andante, un actor, o quizás... algo más. Una punzada de miedo y fascinación me recorrió.
—"¿Vienes?"— preguntó, su voz, aunque tranquila, contenía una urgencia implícita que me sacó de mis pensamientos.
Dejé la taza vacía sobre la mesa, el chocolate ya una mancha oscura en la cerámica. Mi decisión estaba tomada, firme como las raíces de un roble. Él era un enigma, sí, un rompecabezas complejo cuyas piezas se resistían a encajar. Pero en este juego, donde la supervivencia lo era todo, cada pieza, por extraña que fuera, podía ser una clave.
Tendría que descifrarlo. No solo para entenderlo, sino para usar ese conocimiento a mi favor, para proteger lo que Gale me había recordado que debía proteger: a mí misma.
Era una necesidad fría y pragmática, una táctica de cazadora, pero en el fondo, una pequeña chispa de curiosidad genuina ardía.
Lo seguí, igual que ayer, y de la misma manera, mi mirada se centró en su gran espalda. Los músculos se marcaban bajo la tela de su camiseta verde olivo, y no supe si era porque le quedaba pequeña o simplemente era normal.
Sacudí la cabeza, intentando alejar mi mente de su físico, de esa observación casi inapropiada. Aunque Mellark era alto, no lo era tanto como Gale, pero su físico y complexión eran notablemente más robustos, más poderosos.
Y a mi mente vino el recuerdo de ayer, cuando lo vi sin camiseta. Al principio, me había congelado al ver su torso tan trabajado, pero después mi mirada se había desviado hacia las marcas en su cuerpo: cicatrices de todo tipo de formas y tamaños, algunas blanquecinas, otras más rojizas.
No sabía bien de qué eran, pero estaban ahí, grabadas en su piel como un mapa silencioso de un pasado que no comprendía. Era un recordatorio de que, a pesar de su actitud tranquila, Peeta Mellark también había conocido el dolor, la lucha. Era un hombre con secretos, y cada una de esas marcas me intrigaba más.
Llegamos a una puerta doble y enorme, de madera pulida, que se abrió con un suave empujón de Mellark.
—"Esta es la sala recreativa"— comentó, su voz resonando en el vasto espacio que se reveló ante mí.
Mi aliento se atascó en la garganta. La sala era colosal, un salón que superaba en tamaño cualquier espacio que hubiera visto. Estaba inundada de objetos extraños, de artefactos cuyo propósito se me escapaba por completo.
A mi derecha, mesas lisas y enormes con agujeros en las esquinas, donde un triángulo perfecto de esferas de colores brillante, un juego que nunca había visto.
Más allá, se alzaban máquinas imponentes, con pantallas que destellaban con luces frenéticas y emitían una discordancia de sonidos extraños, como el canto de pájaros mecánicos o el estruendo de truenos lejanos.
Más al fondo, había mesas con juegos de mesa intrincados, con pequeñas figuras y tableros complejos.
Y al final, una mesa larga y lisa, dividida por una red diminuta, con unas paletas ligeras y pelotas dispersas. Era un mundo de entretenimiento que nunca había imaginado, un lujo incomprensible.
Un contraste con la miseria de mi distrito, donde el único juego que conocíamos era con botellas, palos y piedras, la única "recreación" era la búsqueda incesante de comida.
Me acerqué a la mesa con las esferas de colores. Mi curiosidad superó mi cautela. Pasé un dedo por la superficie lisa de una bola, fría y pesada.
¿Para qué serviría un juego así? En mi Distrito, cada objeto tenía un propósito, una función práctica. Esto, en cambio, parecía puro capricho.
Luego me moví hacia las máquinas ruidosas. Eran una explosión de colores y sonidos, como si mil ruiseñores metálicos estuvieran cantando al mismo tiempo, mientras una pantalla entera se encendía y se apagaba.
Me acerqué a una en particular, con una pantalla que mostraba una especie de persecución entre figuras pixeladas. ¿Qué emoción podía generar algo tan trivial? En el bosque, la intensidad venía del acecho, de la amenaza de la muerte. Aquí, venía de una pantalla parpadeante. Era incomprensible.
Entonces, el ruido de algo golpeando la mesa me llamó la atención. Era Mellark. Estaba parado en la mesa del fondo, sosteniendo una de las paletas rojas mientras botaba una pequeña pelota blanca en la superficie lisa. Una sonrisa burlona se extendía por su rostro, casi insolente.
—"Entonces, Everdeen, ¿me concederías el honor de un juego?"— comentó, lanzándome la otra paleta. La atrapé en el aire, sintiendo la ligereza del objeto en mi mano, y me quedé congelada.
¿Cómo podía siquiera considerar jugar en un momento como este? Con el Capitolio cada vez más cerca, con nuestra posible muerte acechando en cada esquina, ¿cómo se atrevía a proponer algo tan… frívolo?
—"¿Cómo podrías jugar en nuestra situación?"— solté, con más fuerza de la que pretendía, levantando la mirada de la paleta a sus ojos.
Pero en lugar de la sorpresa o la reprimenda que esperaba, me encontré con su sonrisa, más amplia ahora, casi desafiante.
—"Sabes, si algo me ha enseñado la vida es a disfrutar los pequeños momentos antes de la oscuridad"— mencionó, su voz tranquila, pero con una extraña profundidad, mientras se colocaba al otro lado de la mesa.
—"Porque ponte a pensar, ¿qué vas a hacer durante las dos horas que faltan para llegar al Capitolio? ¿Quedarte pensando en todas las horribles posibilidades? Haymitch ya nos dijo lo que pasará, ¿no? Vamos, Katniss, vive el momento. Salte de tu mente un rato"— me miró, y por un segundo, me sentí desnuda ante su mirada.
—"Recuerda: no se trata de llegar al destino, sino de disfrutar el viaje"— y aunque nunca lo admitiría en voz alta, tenía razón.
¿De qué me serviría matarme pensando en el Capitolio, en los Juegos, en mamá y Prim? Cuando salía al bosque, a veces me perdía en la caza, y por momentos no era solo sobrevivir, sino también vivir. Me acerqué a la mesa, sintiendo el peso de la paleta en mis manos.
—"Okey, está bien, dime cómo funciona"— cedí, mi voz apenas un susurro, pero firme, mi curiosidad superando la resistencia.
Él, con una tranquilidad que me resultaba extraña, comenzó a explicarme las reglas, sus palabras claras y concisas. El juego de la paleta y la pelota, el "ping-pong" como lo llamó, no era tan complicado como los intrincados juegos de mesa que había visto en otras habitaciones, ni tan caótico como las máquinas ruidosas.
Había una mesa, una pequeña red, y el objetivo era golpear la pelota para que el oponente no pudiera devolverla. Sencillo. Demasiado sencillo para un mundo tan complejo como este.
Al comienzo, la superioridad de Mellark era abrumadora, un torbellino de golpes precisos que me superaban. Sin embargo, no me humillaba. Al contrario, parecía buscar que los rebotes duraran lo máximo posible, un baile rítmico con la pequeña pelota blanca.
Fruncí el ceño.
¿Para qué quería eso?En mi mundo, la eficiencia era la clave; si había una presa, la capturaba. Si había una meta, la alcanzaba directamente.
¿Por qué prolongar algo innecesario?Era mejor ir directo al punto, ¿no? Así que, impulsada por mi instinto competitivo, comencé a ir a por todas, buscando el golpe definitivo, el punto que terminaría el juego.
—"Oh vamos, intenta disfrutar, no se trata siempre de ganar"— soltó de repente, interrumpiendo mi concentración, mientras recogía la pelota en su mano.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de una flecha. ¿Disfrutar? ¿De qué? El juego era sobre los puntos, sobre quién ganaba, sobre quién perdía.
Entonces lo entendí. Para él, lo divertido del juego no eran los puntos en sí, sino el duelo, la danza de los golpes, la prolongación de la interacción.
Con un suspiro, cedí. Comencé a jugar de otra manera, permitiendo que los intercambios se extendieran un poco más antes de intentar conseguir el punto.
Y mientras devolvía sus golpes, mi mente no dejaba de trabajar en él. Cada interacción, cada palabra, cada gesto, me enseñaba más y más de su personalidad.
Era evidente que su fuerza no residía solo en lo físico, ni en su ingenio para las tácticas de supervivencia, aunque en eso también era hábil.
Su verdadera astucia residía en su filosofía de vida. El no tener siempre presente un problema, el permitirse relajarse y descansar la mente, le otorgaba una ventaja diferente.
No es que no se tomara las cosas en serio; simplemente, abordaba una cosa a la vez, con una calma que me resultaba ajena. Era una lección que yo había aprendido a medias, en el bosque, cuando la paciencia era necesaria para la caza, pero él lo hacía de una manera diferente.
Él encontraba un placer en el proceso, en el aquí y ahora, mientras que yo no podía evitar intentar prever cada posibilidad, estar lista para cada eventualidad.
Todo para que, al final, algo totalmente inesperado sucediera, como la situación con Haymitch.
Realmente me había matado pensando en cómo hacerlo útil, en cómo forzarlo a ser un mentor, y al final, todo se había resuelto de una forma que aún no comprendía del todo, dejando esa espina de la duda clavada en mi pecho.
Este juego, esta extraña "indulgencia", me ofrecía una nueva perspectiva, una que quizás, solo quizás, podría ser útil en los días por venir.
No supe cuánto tiempo pasó, pero cuando menos me di cuenta, mi mente se había quedado absorta en el juego. Cada punto, cada error, se sentían importantes, y la emoción comenzó a burbujear en mi interior. Fue entonces cuando logré acertar el punto final, imponiendo mi victoria.
Sin pensar, salté de la emoción y un grito de —"¡Gané!"— resonó en la sala, llenándola mientras giraba con mis manos arriba en señal de victoria.
Me detuve en seco cuando mis ojos se encontraron con los suyos. Pensé que estaría molesto o decepcionado, pero lo que encontré me conmovió y me dio un golpecito en el corazón.
Ahí, bajo el ruido de las máquinas y mi baile de victoria, él solo estaba sonriendo, pero no burlona como normalmente lo haría, sino genuinamente.
Sus ojos reflejaban una apreciación cálida, como si este momento fuera de una importancia inmensa para él, y yo no sabía por qué, por qué parecía importarle tanto mis emociones.
En ese instante, la voz de Gale que decía que me mantuviera lejos de él sonó cada vez más lejana, casi inaudible.
Mordiéndome el labio, solté un —"¿Qué?"— Su sonrisa solo se volvió más grande, y negó con la cabeza antes de posar sus ojos en mí otra vez.
—"Nada, nada, solo"— hizo una pequeña pausa, prolongando algo que yo aún no podía descifrar — "solo disfruto de la vista"—
Y ahí estaba ese guiño de ojo otra vez, una punzada de calor en mi rostro. Estaba a punto de replicar, de exigirle una explicación, cuando una voz robótica resonó por los altavoces: "Estamos a 5 minutos del Capitolio". La realidad, fría y pesada, se abalanzó sobre mí. El juego había terminado.
—"Será mejor ir con Haymitch y Effie"— dijo simplemente, guiando el camino.
Las palabras sonaron extrañas, casi ajenas, después de la efímera libertad que había sentido.
Antes de irme, volteé a ver la mesa y las paletas cruzadas sobre ella. Aquel trozo de madera y goma, y la pequeña pelota blanca, se habían convertido en un símbolo de la extraña indulgencia que acababa de experimentar.
Realmente lo disfruté,pensé, con una punzada de sorpresa, una sensación que no había anticipado en este viaje.
El juego no me había dado comida ni seguridad, pero me había dado algo igualmente valioso: un respiro. Un momento en el que no era solo una tributo, sino una persona que sentía emoción, que podía ganar un juego.
Fue una pequeña victoria, un recordatorio de que, incluso aquí, en la jaula dorada del Capitolio, todavía quedaba un rincón para mí, para las pequeñas batallas personales que nadie más vería.
Ya cuando llegamos, la escena en la sala era diferente. Effie estaba con una taza humeante en sus manos, el vapor ascendiendo en espirales delicadas, mientras Haymitch, para mi asombro, observaba algo en un dispositivo con pantalla, luciendo sorprendentemente más sobrio y arreglado que en la mañana.
Su cabello estaba peinado hacia atrás, su ropa sin arrugas, como si el alcohol que lo había consumido hubiera sido borrado por arte de magia. Antes de poder procesar del todo esta transformación, la voz de Effie me sacó de mis pensamientos.
—"¿Y quién ganó?"— preguntó, su tono ligero, casi juguetón, mientras tomaba un sorbo de su taza.
La pregunta me descolocó por completo. Ella, al ver mi desconcierto, pareció darse cuenta.
—"Fui a buscarlos para decirles que ya faltaba poco para llegar, pero cuando llegué los encontré tan entretenidos que preferí dejarlos un rato más y avisarles por los mecanismos de anuncio del tren"— no pude evitar un ligero sonrojo.
Tan absorta estaba en el juego, tan liberada, que ni siquiera me di cuenta de su presencia. Era una prueba más de lo mucho que me había sumergido en ese momento de normalidad.
Entonces Peeta, con una sonrisa que apenas disimulaba su picardía, se volteó hacia Effie.
—"Cuando llegaste estábamos en empate. Después de eso, ella anotó el punto final, destrozando mis esperanzas de ser un jugador profesional"— se burló, un tono de falsa derrota en su voz.
Haymitch, con su ojo penetrante y una intuición que me resultaba extraña, soltó con una voz cargada de sarcasmo: —"No me digas, ¿te dejaste ganar?"— La pregunta no era inocente.
Hubo una pausa, apenas un suspiro, y luego Haymitch añadió, casi en un susurro, algo que apenas alcancé a captar, pero que me erizó los pelos de la nuca: —"Presagio del futuro"—
Mi mente, que había estado intentando descifrar el porqué de la pregunta, se detuvo en esa frase.
¿Presagio? ¿De qué futuro hablaba?No lo comprendí, pero el escalofrío me recorrió.
Peeta, sin embargo, actuó como si no hubiera escuchado nada, ignorando por completo el comentario, lo que solo aumentó mi confusión.
¿Acaso no lo había oído, o simplemente prefería ignorarlo?La pregunta me dejó un sabor amargo en la boca.
Entonces, sin previo aviso, pasó su brazo por mis hombros. Estaba a punto de decirle que me soltara, de apartarlo con un empujón, pero mis palabras murieron en mi boca cuando la vista del Capitolio se reveló ante nosotros.
La ciudad se alzaba majestuosa, un espectáculo de opulencia que me dejó sin aliento: edificios de cristal que se elevaban hacia el cielo, destellando con luces que parecían rivalizar con las estrellas, puentes que se curvaban con elegancia, un entramado de oro y plata que brillaba bajo el sol. Era una obra maestra de la ingeniería y el exceso, un contraste brutal con la grisácea monotonía de los Distritos.
Permanecí en silencio, mi mente intentando asimilar tanta grandiosidad.
El susurro de Peeta cerca de mi oído me trajo de vuelta a la realidad, su voz grave y teñida de una amargura que no esperaba: —"El Capitolio, donde los lujos y el glamour lo son todo, y aquellos que no estén de acuerdo se pueden pudrir en una celda"—
No sabía por qué decía eso, por qué esa voz, pero su mirada lo decía todo: una furia contenida, un deseo casi palpable de destruir todo lo que veía.
Me quedé en silencio, respirando el aroma a canela que se desprendía de él, sintiendo el calor de su mano en mi hombro, un calor inesperado en medio de tanto resentimiento. Mientras entrábamos al corazón del capitolio, sentí una extraña mezcla de miedo y fascinación.
Y de repente me soltó y se alejó unos pasos de mí, lo que me confundió. Él simplemente señaló hacia la ventana, sus ojos, antes llenos de amargura, ahora con un brillo indescifrable.
—"Saluda y sonríe un poco"— me dijo, su voz tranquila, casi un consejo, pero sin la calidez que había percibido antes.
Mi mirada se centró en la ventana otra vez, y comenzaron a aparecer las personas, una marea de rostros en la que cada uno parecía competir por la extravagancia. Todas vestidas con el mismo estilo que Effie: colores chillones, tejidos imposibles y peinados que desafiaban la gravedad.
Pero lo que más me impactó fueron sus sonrisas: plásticas, una visión que mis ojos no comprendían. Parecían máscaras de felicidad, una uniformidad perturbadora que gritaba falsedad.
—"El chico tiene razón, podría haber alguien rico entre todos ellos"— soltó Haymitch, su voz ya con un matiz de seriedad.
Su comentario, aunque cínico y predecible, me recordó la importancia de este circo, de las apariencias que debíamos mantener. Cada saludo, cada sonrisa, era una inversión, una moneda de cambio para nuestra supervivencia.
Así que comencé a levantar mi mano, una marioneta en esta farsa, y a saludar, forzando una sonrisa pequeña que apenas llegaba a mis ojos, sintiendo cómo se tensaban mis músculos faciales con el esfuerzo.
Sentía mi mandíbula apretada, el esfuerzo por mantener la expresión de cordialidad era agotador. Era una mueca, no una sonrisa genuina.
Y al instante, la multitud, una masa de colores y voces, comenzó a gritar más fuerte, coreando mi nombre con una euforia que me resultaba ajena, casi aterradora. Eran olas de sonido que me golpeaban, un torbellino de aclamación que me hacía sentir aún más pequeña, más insignificante, como si mi existencia real fuera borrada por su entusiasmo fabricado.
Por un momento, me detuve, el brazo suspendido en el aire, mi mente buscando una explicación.
¿Por qué Peeta no hacía lo mismo? ¿Por qué él no se sometía a esta farsa?Mi mirada regresó a él.
Se había sentado en la mesa, con la mirada perdida en algún punto del techo, y solo observaba, sus ojos en un estado de calma que no comprendía.
Era una calma extraña, una indiferencia que me intrigaba y me enfurecía a partes iguales. Estaba a punto de preguntar, de exigirle una explicación para su indiferencia, para su rebeldía silenciosa, pero los gritos ensordecedores de mi nombre en la ventana me obligaron a continuar saludando.
Es parte del juego, pensé, cada movimiento una estrategia. Tengo que hacerlo. Por mamá, por Prim, por el Distrito 12. Era un sacrificio, una actuación que debía ser perfecta, incluso si por dentro me consumía la duda, el miedo y la creciente frustración por la complejidad de Peeta.
—"Bien, ahora bajaremos, y como ya les dije, irán con sus estilistas. Deben dejarlos hacer su trabajo sin rechistar ni poner resistencia. ¿Entendido?"— Haymitch repitió, su voz no admitiendo réplica. Su tono, ya no el de un hombre ebrio, sino el de un general dando órdenes antes de la batalla, me hizo tensar.
No era una sugerencia; era una sentencia, una instrucción inquebrantable que dejaba claro que no había escapatoria. Me recordó a mi padre, cuando me enseñaba a cazar y su voz se volvía grave, inamovible, ante el peligro.
Asentí con la cabeza, mis labios apretados en una línea fina. Peeta hizo lo mismo, su rostro de nuevo una máscara de seriedad que no revelaba ninguna emoción. Acto seguido, Haymitch se puso en marcha, su figura ahora más erguida, más imponente, siendo seguido por Effie, Peeta y yo.
El tren redujo su velocidad, el chirrido de los frenos y un anuncio inminente de nuestro destino. Los gritos de la multitud exterior se hicieron más nítidos, un mar de voces que nos esperaban, una sinfonía de anticipación y crueldad.
Era el momento de la verdad, el inicio de una actuación que no podíamos permitirnos fallar.
Pero cuando la puerta del tren se abrió, lo primero que vi no fueron los capitolinos gritando o el lujo que imaginaba, sino una línea inmutable de pacificadores.
Eran tres, erguidos y rígidos como estatuas de cemento, sus uniformes impecables y sus rostros severos, uno con una hombrera de color carmesí que contrastaba con el blanco puro de su traje.
Me erguí, intentando parecer fuerte, aunque mi corazón latía con la fuerza de un tambor.
—"Mellark, acércate dos pasos"— escupió bruscamente el que parecía ser el líder, su voz sin emoción, resonando en el andén con una autoridad helada.
Peeta no dudó. Como un soldado entrenado, hizo lo que le pidieron, sus pasos medidos, su rostro aún impasible.
Y al instante, con la culata de su arma, el pacificador golpeó brutalmente su estómago, un sonido seco que me retorció las entrañas. Peeta se dobló, cayendo de rodillas, el aire escapando de sus pulmones en un quejido ahogado.
La multitud, esa misma masa de personas que un segundo antes coreaba mi nombre, estalló en un grito de aprobación, un coro de vítores que me pareció ensordecedor, perverso.
Al instante, los otros dos pacificadores lo tomaron de los brazos, torciéndolos con una fuerza excesiva, más de lo normal, en un gesto de dolor que me atravesó el pecho.
La mirada de Peeta, un destello de sufrimiento puro en sus ojos, me traspasó el alma, y sentí un impulso irrefrenable de correr hacia él, de hacer algo.
Comencé a estirar mi mano, mi garganta queriendo soltar la única pregunta que me quemaba la lengua:¿Por qué?
Pero la mano fuerte de Haymitch, me detuvo. Su agarre fue firme, inamovible, y su mirada, fija en mis ojos, me dijo claramente que no.
Los pacificadores comenzaron a esposarlo, sus movimientos precisos y desalmados, para después levantarlo con brusquedad.
El collar de su cuello, ese dispositivo cruel que controlaba su vida, se desactivó con un “clic“sordo.
Por un instante, pensé que lo liberarían, que el castigo había terminado. Pero el pacificador líder lo volvió a golpear en el estómago, el segundo impacto que lo hizo tambalearse de nuevo, el cuerpo de Peeta encogiéndose.
Luego, con una seña apenas perceptible de su cabeza, ordenó que se lo llevaran.
Yo simplemente no entendía. Mi mente intentaba procesar la crueldad, la injusticia. Lo vi caminar mientras lo arrastraban, intentando recomponerse del segundo golpe, su espalda recta a pesar del dolor, un último acto de dignidad.
La multitud lo abucheaba y tiraba cosas, proyectiles de desprecio que rebotaban en su cuerpo. Y entonces, lo metieron en un auto blanco, inmaculado y brillante, con los símbolos de los pacificadores grabados en los costados, un recordatorio de la autoridad incuestionable del Capitolio.
Desapareció de mi vista, y con él, se llevó una parte de mi comprensión, un fragmento de la normalidad que apenas había empezado a saborear.
—"Hay que seguir, los encontraremos con los estilistas"— dijo Haymitch, su voz un murmullo que intentaba ser firme, pero en la que noté una leve lástima, un matiz que no le había escuchado antes, un atisbo de humanidad que me sorprendió.
¿Lástima? ¿En Haymitch?La idea era tan extraña como un pájaro sin alas.
Comencé a caminar, mis pasos pesados, una procesión forzada bajo el escrutinio de la multitud. Levanté mi mano, intentando saludar a los gritos de los capitolinos que aún resonaban en el aire, pero el gesto se sentía hueco, una farsa.
Mis músculos faciales se tensaron, forzando una sonrisa que no alcanzaba mis ojos, una máscara de indiferencia que apenas cubría la tormenta que se desataba en mi interior. Cada fibra de mi cuerpo gritaba protesta, la rebelión silenciosa de una cazadora atrapada en una jaula.
Mi mente estaba con Peeta, una preocupación punzante que eclipsaba todo lo demás.
¿Por qué le habían hecho eso? ¿Qué había hecho mal? ¿Era parte de un castigo, una demostración de poder, o de algún plan retorcido del Capitolio?
El auto negro nos esperaba, su superficie brillante reflejando las luces de la estación. Effie y Haymitch entraron primero, sus movimientos mecánicos, como si también ellos fueran prisioneros de esta farsa. Al final, yo, el suave movimiento del vehículo me envolvió, un nuevo encierro, más lujoso, pero igual de asfixiante.
Me debatí. Quería preguntar, gritar, exigir respuestas. Qué había pasado con Peeta, qué había hecho, si todo aquello era parte de un castigo o de un plan.
Pero la mirada perdida de Effie, sus ojos fijos en un vacío que solo ella podía ver, y Haymitch, hundido en el asiento trasero, viendo nuevamente su dispositivo con una concentración inusual, como si buscara respuestas en las líneas de texto, me hicieron callar.
El silencio en el auto era opresivo, pesado, cargado con el eco de la crueldad y la incertidumbre. Preguntas sin respuesta se arremolinaban en mi mente, oscuras y persistentes.
El auto se detuvo con un suave deslizamiento, y la puerta se abrió revelando un pasillo tan impoluto como el anterior, pero con un aire diferente. Antes de siquiera bajar, mi mirada se encontró con la de Effie.
Con sus ojos, solo sonrió, pero era una sonrisa más de apoyo que otra cosa. Haymitch, por su parte, se mantuvo en silencio, sus ojos fijos en el frente, pero justo cuando mis pies tocaron el suelo, su mano se extendió con rapidez, su agarre firme y sorprendente en mi codo. Un escalofrío me recorrió.
¿Una advertencia? ¿Una protección?Su mirada, aunque breve, me transmitió una seriedad inusual, desprovista de su habitual desinterés.
—"Solo sigue lo que dicen y no te preocupes por el chico y no hagas preguntas sobre él"— sentenció, su voz un murmullo grave y autoritario, apenas audible, pero cargado de una advertencia inconfundible.
Luego, con un suave empujón, me soltó, su mano liberando mi brazo. Él, en cambio, se dirigió directamente a su asiento, donde ya le esperaba una botella de licor, el líquido ámbar brillando con una promesa de olvido.
Mis pies tocaron el suelo del andén, y la primera cosa que noté fue el silencio. No el silencio opresivo del tren, sino uno cargado de anticipación, roto solo por los siseos ocasionales de las puertas corredizas y un murmullo distante.
El Capitolio, en su interior, era un laberinto de pasillos y salas, cada una más lujosa que la anterior. Fui guiada a través de puertas corredizas que se abrían con un siseo casi inaudible.
Finalmente, llegamos a una puerta que se abrió para revelar un espacio diferente a todos los demás. Esta no era una sala de lujo opresivo, sino una habitación luminosa y nítida, cuyas paredes inmaculadas reflejaban una luz suave, que se filtraba por unas ventanas enormes.
En el centro, una silla reclinable, tapizada en seda tan suave. A su alrededor, sobre mesas de cristal pulido, se alineaban herramientas y ungüentos.
Fue entonces cuando lo vi. Él estaba ahí, parado frente a la silla, observándome con unos ojos que, para mi asombro, no gritaban burla o desprecio, sino una extraña calidez.
Era Cinna, mi estilista. Su cabello negro azabache, casi tan oscuro como el mío, enmarcaba un rostro con rasgos sencillos, desprovistos de las excentricidades y las deformaciones que había visto en otros capitolinos.
Llevaba una chaqueta de un gris oscuro y unos pantalones a juego, un atuendo que, comparado con el resto de los habitantes del Capitolio, era casi austero, pero que emanaba una elegancia sobria y una calma que me sorprendió.
Mis ojos se encontraron con los suyos, y en ese instante, sentí una conexión. No la burla, no el juicio, si no una curiosidad genuina que me hizo preguntarme si él era diferente, sí, al menos él, no era otro monstruo más en este circo macabro.
—"Por favor, siéntate"— me indicó Cinna, su voz un susurro que me transmitía una extraña calma, una invitación a bajar mis defensas, aunque solo fuera por un instante.
Obedecí, hundiéndome en la suavidad de la silla, el tejido sedoso abrazando mi cuerpo.
El proceso de preparación comenzó. Tres mujeres, con rostros inexpresivos, casi como estatuas de cera, se acercaron a mí. Sus movimientos eran precisos, metódicos, desprovistos de emoción, como si estuvieran trabajando con una pieza de arcilla, no con un ser humano.
Pasaron a desvestirme completamente, mi rostro se puso rojo, pero dejé que continuaran.
La primera tomó mis manos, las examinó con una meticulosidad perturbadora, como si fueran objetos de estudio.
Luego, con una delicadeza que me pareció ajena a su frialdad, las untó con cremas aromáticas, el olor a flores y esencias exóticas invadiendo mis fosas nasales, una fragancia dulce que se sentía fuera de lugar en este ambiente.
Sus dedos hábiles limaron mis uñas, eliminando el rastro de tierra y carbón que siempre las había adornado. Sentí cómo la piel, antes áspera y curtida, comenzaba a suavizarse, a perder su identidad.
La segunda se dedicó a mi cabello. Desenredó los nudos con una paciencia que me desconcertó, cada hebra de mi trenza, que siempre había sido mi escudo, ahora expuesta y vulnerable.
Luego lo lavó con champús que olían a flores de primavera y a rocío de la mañana, aromas que me transportaban a un jardín que nunca había visto, a un mundo de fantasía que el Capitolio creaba para sus habitantes. Lo dejó secar al aire, una brisa suave que acariciaba mi cuero cabelludo, una sensación de ligereza que nunca había experimentado.
La tercera mujer se dedicó a mi cuerpo. Sus manos expertas se movieron con una eficiencia desalmada, depilando cada centímetro de mi piel, dejándola tan lisa que se sentía ajena, extraña, desprovista de la protección natural que me había brindado el bosque.
Me sentía expuesta, vulnerable, como un animal de caza que es preparado para el sacrificio. Me recordaba a las ardillas que mi padre solía limpiar antes de la venta, la diferencia es que yo no sería vendida, sino exhibida.
Mis hombros se tensaron, el estómago se me revolvió. Quería salir corriendo, escapar de esa prisión de seda y cremas, pero mi cuerpo no respondía.
Intenté mantener mi mirada fija en un punto, cualquier punto, para no ver sus rostros inexpresivos, para no sentir la vergüenza que me invadía, la sensación de ser un objeto en sus manos.
Cuando terminaron, me miré en el espejo que Cinna deslizó frente a mí.
No me reconozco.
Mi piel, antes curtida por el sol y el viento del Distrito 12, ahora brillaba con una luz extraña, casi irreal. Mi cabello, suelto y brillante, enmarcaba un rostro que parecía más joven, más delicado, casi infantil. Era una versión pulida, idealizada, de mí misma.
Un objeto, una muñeca que el Capitolio estaba preparando para su macabro espectáculo.
La cazadora, la chica que luchaba por sobrevivir, se había desdibujado bajo capas de perfume. Sentí una punzada de pérdida, una sensación de que me habían robado algo esencial, algo que me hacía ser yo.
Fue entonces cuando Cinna se acercó, sosteniendo un diseño. Era un traje, de un tejido negro que parecía absorber la luz. Su mirada, una mezcla de seriedad y una extraña expectación, se posó en mí.
—"Esto te hará arder"— dijo, con una sonrisa enigmática en sus labios, una promesa que no comprendía del todo.
Mi mente se resistió.¿Arder?Yo no era un espectáculo, no era fuego; yo era una cazadora.
Mi instinto me decía que el fuego era peligro, destrucción. Pero luego, la comprensión, fría y pragmática, se abrió paso. El Capitolio amaba el fuego, el dramatismo, el espectáculo. Esto no era para mí; era para ellos.
Para los patrocinadores. Para la audiencia. El juego era más grande de lo que creía, una farsa en la que debía interpretar un papel.
Si esto me daba una ventaja, si me hacía parecer memorable, si atraía la atención de esos capitolinos ricos que podrían lanzar un salvavidas en la arena, entonces lo aceptaría. Todo era una estrategia, una herramienta más para la supervivencia.
Pero mi mente regresó a Peeta. A pesar del consejo implícito de Haymitch de no preguntar, y con la extraña sensación de que Cinna era diferente, me atreví.
—"¿Y Mellark qué usará? ¿Qué pasará con él? ¿Portia está haciendo lo mismo?"— Intenté sonar indiferente, como si su destino no me importara en absoluto, pero el nudo en mi garganta y la ligera alteración en mi voz me delataron.
Cinna, con una calma que me desconcertaba, respondió: —"Es mejor no preocuparte por 'él', solo concéntrate en ti misma, ¿sí?"— La forma en que pronunció "él", con un odio contenido y un matiz de frialdad que helaba la sangre, solo avivó mis dudas y las preguntas que me carcomían.
¿Qué había hecho Peeta para ganarse el desprecio tan profundo del Capitolio y de personas como Cinna? ¿Por qué lo odiaban tanto? ¿Era por su pasado, por algo más que aún no entendía?
Recordé la mirada de advertencia de Haymitch en el auto, su orden de no hacer preguntas. Me obligué a tragar saliva, a mantener mi compostura. Preferí seguir jugando el juego, al menos por ahora, y solo asentí con la cabeza, una promesa silenciosa de obediencia.
Mi mente regresó a las palabras de Gale:"Especialmente no en ese... demente". La voz de Gale, siempre tan clara y autoritaria, resonaba en mi cabeza, un eco de la advertencia.
¿Cómo podría confiar en él si hasta Cinna, el capitolino más normal que me había encontrado, parecía albergar un odio tan profundo hacia Peeta? Su frialdad al pronunciar "él" era inconfundible, una señal de alarma que mi instinto de cazadora no podía ignorar.
Pero entonces, mis pensamientos regresaron al tren, a los momentos que habíamos compartido, a la extraña burbuja de normalidad que se había formado entre nosotros.
Las uvas, dulces y jugosas, que habíamos comido bajo las estrellas titilantes; el chocolate caliente que me había ofrecido, una simple taza de placer puro en un mundo de miseria; el "ping-pong", ese juego frívolo que me había hecho sentir viva y competitiva por primera vez en mucho tiempo; el suave roce de su mano limpiando mi mejilla, un gesto de ternura inesperada que aún me quemaba la piel; las bromas que habíamos intercambiado, pequeñas chispas de alegría en la oscuridad que nos envolvía.
Él nunca me trató mal, nunca habló mal de mí, ni siquiera con su actitud burlona habitual.
Y lo que más me descolocaba, lo que más chocaba con la advertencia de Gale y la frialdad de Cinna, era el recuerdo de su mirada tierna mientras yo festejaba mi victoria en el juego de mesa.
Era una mirada desprovista de burla, de falsedad, una que reflejaba una genuina apreciación por mi felicidad, por mis emociones positivas.
¿Por qué parecía importarle tanto mi alegría, mi bienestar, si era solo parte de un macabro juego?La contradicción era notoria, desgarradora.
Mi cerebro, acostumbrado a las reglas claras de la supervivencia, a la lógica implacable de la caza, no podía procesar esta complejidad emocional.
Era un rompecabezas, un enigma que me consumía por dentro, y la única certeza era que, si quería sobrevivir, tendría que descifrarlo. No solo a los Juegos, sino a Peeta Mellark.
Entonces Cinna volvió a aparecer, su figura esbelta y su sonrisa amable siendo un extraño consuelo en las circunstancias abrumadoras.
—"Bien, estás lista. Te ves hermosa"— comentó con esa calma suya, una cualidad tan rara en el Capitolio que casi la confundía con sinceridad.
Me guio hacia un punto específico, y mi mirada se posó en el traje, ese tejido negro que prometía absorber la luz.
—"Ahora te preguntarás cómo funciona esto"— dijo, adivinando mis pensamientos con una facilidad inquietante, mientras señalaba mi atuendo con un gesto elegante.
Se acercó a una mesa y tomó un palo delgado con una base extraña al final, un objeto de tecnología desconocida para mí.
—"Normalmente, el atuendo del Distrito 12 solía tener que ver con las minas, con los trajes de mineros. Pero Portia y yo creímos que era adecuado darle una vuelta a esa idea y concentrarnos no en cómo se extrae el producto, sino en el producto en sí: el carbón"— la mención del carbón me trajo una punzada de mi hogar, de la suciedad y el esfuerzo de los túneles.
—"Con esto"— continuó, levantando el palo, su voz ahora llena de una energía contenida.
— "Encenderemos el traje. Y no, no te asustes, es fuego de mentiras. No te quemarás ni sentirás un calor abrasador, solo una pequeña brisa en tu espalda, como un susurro del viento"— sentí un nudo en el estómago.
Fuego. Incluso si era de "mentiras", la palabra traía consigo un eco de peligro, de destrucción, que mi instinto de cazadora rechazaba.
—"Quisimos extraer todo el poder del carbón, su esencia más pura. Así que el plan es que tu traje, cuando llegues al final del recorrido, sea blanco como un carbón normal, pero no un carbón cualquiera, sino un carbón incandescente, blanco por la intensidad de su ardor, representado completamente el producto en su estado más potente"— sentenció de manera simple, pero con un brillo en sus ojos que denotaba la astucia de su mente, una mente que operaba en un plano que yo apenas comenzaba a vislumbrar.
Me miró, esperando mi reacción, mi aprobación. Mi mente procesaba cada palabra. El fuego como espectáculo, el carbón transformado. Era una herramienta. Una forma de ser vista, de ser memorable, de atraer esos patrocinios que Haymitch había mencionado.
Cinna esperaba mi respuesta en la puerta con esa calma.
La verdad, no tenía nada que decir. Miedo tenía por prenderme fuego, sí. Una punzada de terror recorrió mi estómago al imaginarme envuelta en llamas, incluso si eran "de mentiras".
Pero, ¿tenía otra opción? No. Mi vida, y el regresar a mamá a Prim, dependían de esta farsa, de este acto.
Así que, con un esfuerzo que tensó cada músculo de mi rostro, forcé una sonrisa pequeña, una mueca que apenas llegaba a mis ojos, siguiendo la directriz de Haymitch: solo sigan la corriente. Era una actuación más.
Al final una parte de mí se preguntó cómo estaría Peeta.