Caras conocidas
12 de septiembre de 2025, 16:45
Capítulo 6: Caras conocidas
(POV Peeta)
El aire se me escapó de los pulmones en un quejido ahogado.
El primer golpe, seco y brutal, no fue una sorpresa, no realmente. Lo había esperado, incluso lo había buscado en el pasado, un eco de la brutalidad que conocía demasiado bien.
Pero esta vez, el impacto de la culata del arma del pacificador contra mi estómago me dobló, una punzada de dolor que se extendió por todo mi abdomen, haciéndome caer de rodillas sobre el pulido andén.
La multitud, esa misma masa de personas que un segundo antes coreaba el nombre de Katniss, estalló en un grito de aprobación, un coro de vítores que me pareció ensordecedor, perverso.
Escupí un poco en el piso, sintiendo subir el almuerzo a mi garganta, pero la humillación era peor que el dolor físico, una bofetada a mi dignidad que ardía más que cualquier golpe.
Al instante, sentí manos rudas aferrarse a mis brazos, apretando mis bíceps hasta sentir mis huesos crujir, torciéndolos con una fuerza excesiva, más de lo normal, en un gesto de dolor que intenté reprimir, manteniendo la mueca de mi rostro estoica.
Los otros dos pacificadores, con sus rostros severos y sus uniformes impecables, me levantaron con brusquedad.
El collar de mi cuello, ese dispositivo cruel que controlaba mi vida, se desactivó con un clic sordo, un sonido que, en otras circunstancias, habría significado el fin de la tortura.
Sabía que estos pacificadores no eran los habituales; mi experiencia pasada en el Capitolio me decía que un tributo de mi 'categoría' no merecía la atención de un pacificador de mayor rango, sino que esto era una demostración de poder para algo más, una advertencia, o quizás un castigo premeditado.
Pero no tuve más tiempo para pensar, para procesar la anomalía, cuando la culata de la misma arma volvió a golpear mi estómago, un segundo impacto que me hizo tambalearme de nuevo, mi cuerpo encogiéndose, el sabor agrio del almuerzo asomándose de nuevo a mi garganta.
Comenzaron a caminar, arrastrándome, y cada paso era una agonía, un esfuerzo titánico para mantener mi postura, para no derrumbarme en el pulido andén.
Mi mente voló hacia Katniss. Aquel golpe no solo me arrancaba el aliento; era una herida más profunda, una que amenazaba con destruir la frágil confianza que apenas comenzábamos a construir.
La idea de que esto, o lo que viniera si me separaran de ella, la hiciera dudar, la hiciera retraerse a su desconfianza habitual, me dolió más que cualquier golpe recibido. Más que el dolor en mis costillas o el sabor agrio en mi boca, me dolía la posibilidad de que esa pequeña chispa de conexión, lograda con tanto esfuerzo en el tren, se apagará.
Intenté enderezar mi espalda, un último acto de dignidad en medio de la humillación. La multitud continuaba abucheándome y tirando cosas, pero sus impactos se sentían distantes, casi irreales, como si mi cuerpo se hubiera disociado del dolor superficial.
Solo la rabia fría crecía en mi interior, una llama helada que me mantenía en pie. Me empujaron sin miramientos hacia un auto blanco, inmaculado y brillante.
Mi visión, aún borrosa por los golpes recibidos, apenas distinguió los símbolos de los pacificadores en los costados antes de que la puerta se cerrará con un clic sordo. El motor rugió y el vehículo se puso en marcha, alejándome del clamor del andén.
Con cada minuto que pasaba, el zumbido constante del auto y la lejanía de la multitud me permitían un espacio para respirar.
Mi corazón, que había estado latiendo como un tambor de guerra, comenzó a calmarse, y la niebla del dolor se disipaba de mi mente.
No había nadie conmigo en la parte trasera; solo yo, la oscuridad creciente de las ventanas y la quietud opresiva. Solo esperé, con los ojos fijos en el borroso paisaje que se escapaba, preparándome para lo que vendría después.
El auto se detuvo. El chirrido de los frenos fue el único sonido en el silencio ensordecedor que me rodeaba.
La puerta se abrió, revelando una entrada sin lujos, un pasillo estrecho y oscuro, muy diferente a los pasillos brillantes del tren o del Capitolio.
Una señal de que esto no era un lugar para exhibición, sino un camino hacia algo más.
Al bajar, mi mirada se posó en el pacificador que me había golpeado. Estaba de pie, su rostro inexpresivo, mientras un sujeto le entregaba una pequeña bolsa de tela, un pago, una transacción silenciosa que ató los cabos sueltos en mi mente.
Esto no fue aleatorio. No fue una demostración de poder estándar. Alguien lo había orquestado. Y mi mente ya se hacía una idea de quién fue.
Fui arrastrado por un laberinto de pasillos fríos y silenciosos, un contraste con el ruido ensordecedor del desfile que imaginaba que Katniss estaba presenciando.
El ambiente era pesado, frío, con un olor a muerte. Mis ojos intentaron registrar cada detalle, cada rincón, buscando una salida, una debilidad en el sistema, pero todo era una monotonía inquebrantable de paredes blancas.
Finalmente, me empujaron a una habitación. No era una celda como las de la prisión, sino una sala blanca, desoladora y luces cegadoras que parecían querer despojarme de cualquier sombra, de cualquier secreto.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí unas manos rudas que me alzaban con brusquedad, y mis muñecas fueron atadas a dos cadenas que colgaban del techo, dejándome suspendido, los pies apenas rozando el suelo, para después atar mis pies al suelo, dejandome inmovil con mi cuerpo estirado y vulnerable.
Sentí un hormigueo en el cuello, el collarín nuevamente activo, un recordatorio cruel de que seguía siendo una marioneta en sus manos.
Entonces, la puerta se abrió con un suave siseo, y el aire abandonó mis pulmones de golpe.
Mi corazón, desbocado, comenzó a latir con una fuerza dolorosa contra mis costillas.
Pero, al mismo tiempo, una rabia ardiente y un enojo helado comenzaron a explotar en mi interior.
El sonido de las cadenas que me ataban al techo y pies resonó con un estruendo ensordecedor mientras me movía desenfrenadamente, intentando, inútilmente, liberar mis muñecas. Cada eslabón golpeaba el metal con la furia de mi impotencia.
Unos ojos azules, fríos y calculadores, se posaron en mí, un brillo de satisfacción retorcida en sus pupilas.
—"A mí también me da gusto verte, Hermanito"— soltó Bran con una burla condescendiente, un enojo retenido escupiendo la última palabra.
Después, con un movimiento rápido, me tomó del cabello y lo estiró hacia atrás, forzando que nuestras miradas se encontraran.
Fue cuando volví a ver esa marca en su ojo izquierdo, esa cicatriz blanquecina que se extiende desde su ceja hasta la mejilla, y un recuerdo, tan vívido como si hubiera sucedido ayer, me golpeó.
Flashback
—"¡¿Qué, qué, hiciste?!"— Gritó Bran. Sus ojos, completamente abiertos, reflejaban una mezcla de horror y rabia.
La luz de la luna, colándose por la ventana empañada, apenas iluminaba el desorden.
—"Lo que debía"— respondí, mi voz sorprendentemente tranquila a pesar del alboroto en mi pecho.
Las palabras no eran para él, eran para mí, para recordarme la justificación de mis actos.
El cuchillo, aún en mi mano, brillaba con un reflejo fantasmal bajo la escasa luz, su hoja recién afilada, y la sangre.
No pude evitar que una sonrisa, una mueca amarga y desafiante, se dibujara en mis labios.
Me lancé hacia él con una velocidad que no esperaba. El cuchillo, aún en mi mano, se convirtió en una extensión de mi furia.
Su grito, un sonido agudo y lleno de dolor, llenó la noche cuando la hoja rozó su ojo.
Fin de Flashback
Bran me soltó con un empujón brusco, casi un descarte. Se dio la vuelta, sus pasos resonando en la habitación mientras caminaba de un lado a otro, una serpiente acechando a su presa.
—"No sabes cuánto he esperado este momento, Peeta"— soltó, su voz un siseo venenoso, y se giró para verme de nuevo, sus ojos azules ardiendo.
—"Pero sé que hay algo más. Siempre lo hay contigo"— añadió, sus palabras afiladas como cuchillas, y mi mente, que hasta entonces había estado concentrada en la humillación, entró en pánico total.
La preocupación por Katniss se anidó en mi pecho, una punzada constante que eclipsaba cualquier dolor físico. Había logrado ocultar la verdad de mi voluntariado, la razón real de mi presencia aquí.
No podía permitir que Bran, con su mente retorcida y su influencia, descubriera la verdad.
Mi mente militarizada se activó al instante, construyendo una fachada impenetrable, una fortaleza de indiferencia. Debía protegerla, a toda costa.
Una sonrisa calculada, una mueca de desafío, adornó mis labios. Vi la chispa de enojo en sus ojos al verme así.
—"¿Qué te tiene tan contento, Peet?"— siseó, usando el apodo de la infancia que antes me hubiera herido.
Pero ahora, lo abracé, la sonrisa se amplió, mostrando mis dientes en una burla descarada.
—"Nada, nada. Es solo que, si me quisieras muerto, ya lo estaría. Pero Papito Snow no te deja, ¿cierto? Sigue manteniendo la correa en tu cuello como lo hacía con nuestro padre"— las últimas palabras salieron con veneno, una verdad hiriente que busqué incrustar en su orgullo.
El golpe, directo a mi mejilla, fue un trueno.
Confirmó mi sospecha: había tocado una fibra, había encendido la chispa adecuada.
—"¡Cállate, no sabes nada!"— replicó Bran, su voz un rugido contenido, y sin darme tiempo a reaccionar, su puño se estrelló en mi estómago.
El almuerzo subió con violencia, un sabor amargo y agrio que manchó el pulido suelo, una nueva humillación. Pero antes de que pudiera recuperarme, otro golpe, y luego otro, impactaron mi rostro.
La nariz me sangró, el hilo cálido de la sangre se unió al sudor.
Sin embargo, mi sonrisa no se borró; ahora, adornada con mi propia sangre, la sentí como una bandera de guerra, un desafío.
Escupí con desprecio a sus pulcros zapatos, la saliva y la sangre un mensaje directo.
—"Sigues siendo la misma basura, Bran. Un niño a las órdenes de otros. Siempre bajo la sombra de papá, y ahora de Snow"— las palabras salieron para encender aún más su irracionalidad.
Lo vi tensarse, la vena en su cuello pulsando. Su rostro, antes tan frío, se contorsionó en una máscara de rabia pura. Sin decir una palabra más, con un movimiento tan brusco como su temperamento, se quitó el saco impecable de su traje y comenzó a remangarse las mangas de la camisa..
—"Me encanta cómo te haces el rudo, creo que la prisión te hizo mucho bien. Te estás convirtiendo en el hombre que mamá siempre quiso"— fueron como una estaca clavada en mi pecho.
Mi madre, esa sombra omnipresente de expectativas y desprecio, me hizo estremecer. La rabia me invadió, una furia incontrolable que supera el dolor de las cadenas.
Me retorcí con desesperación, intentando en vano soltarme de las ataduras, cada movimiento una lucha inútil contra el metal que me aprisionaba.
—"¡Cobarde! ¿Por qué no me bajas de aquí y así vemos quién es el hombre de verdad, Bran?"— le grité con toda la bilis que pude reunir, mi voz ronca por el esfuerzo y el enojo.
Pero mi desafío fue respondido con una ráfaga brutal de ganchos en mis costillas, uno tras otro, golpes que me arrancaban el aliento. Mis costados ardían con un dolor punzante.
Pero, a pesar de la agonía, el pensamiento de Katniss, de mantenerla a salvo de esta oscuridad, de proteger la inocencia que había visto en ella, quemaba más fuerte, silenciando el dolor y reforzando mi voluntad de mantenerla en el anonimato.
—"Si por mí fuera"— comentó Bran, su voz un murmullo helado que se colaba entre mis jadeos, mientras sacaba una navaja adornada de su cinturón —"Te mataría aquí mismo, Peeta, sin dudarlo, pero los Juegos deben continuar"—
Sentí la punta fría de la cuchilla en mi cuello, un escalofrío que me recorrió hasta la médula, y comenzó a bajar lentamente por mi pecho, una caricia insidiosa.
Mis ojos se mantuvieron fijos en los suyos, desafiantes, intentando no ceder, pero flaqueé cuando la hoja, con una presión lenta y deliberada, comenzó a cortarme.
Sentí la sangre brotar, tibia y pegajosa, y el ardor se extendió por mi piel, una quemadura interna que superaba el dolor de los golpes.
—"Debería escribirte 'TRAIDOR' en el pecho y mandarte así a los Juegos, ¿qué te parece?"— comentó, su voz cargada de una cruel satisfacción, justo en el momento en que hizo presión fuertemente, arrancándome un bufido de dolor.
Y comenzó a mover la navaja, con una precisión aterradora, como si mi piel fuera un lienzo y su objetivo fuera el arte de la tortura.
Sentí cómo intentaba formar la letra 'T' en mi pecho, cada trazo un latigazo de dolor que me arrancaba un gemido.
Sin pensarlo, con la rabia acumulada de años, le di un cabezazo, un golpe seco que resonó en la habitación.
Él se llevó la mano a la frente, pero en lugar de rabia, una sonrisa ladeada, casi una mueca de aprobación, se dibujó en sus labios.
—"Todo un guerrero"— dijo, su voz teñida de una burla condescendiente, mientras se pasaba la lengua por los labios.
Luego, con un gesto casual, me señaló con la navaja, aún manchada de mi sangre.
—"Sabes, siempre quise ir al Distrito 2, y pasar tiempo de 'caridad' contigo, verte sufrir de cerca, pero Snow nunca lo autorizó. Y mi maldita pregunta sigue siendo: ¿Por qué? ¿Qué demonios vio en ti, Peeta, que te hiciera digno de una segunda oportunidad, de una segunda vida?"— Sus ojos, antes fríos, ahora brillaban con una intensidad desquiciada, una obsesión que iba más allá de la venganza.
Se acercó amenazadoramente, el cuchillo en alto, su aliento rancio golpeando mi rostro.
—"Entonces recordé lo que decía papá"— susurró, una voz cargada de un veneno que me heló la sangre.
—"Snow es inteligente, hijo, pero siempre tendrá el mismo problema: tiene la mala costumbre de obsesionarse con una sola cosa, pensando que si resolvía un solo problema, solucionaría los demás. Entonces dejé de preguntarme el ¿Por qué? y comencé a preguntarme cuál es esa cosa que ¿tú tienes? esa obsesión de Snow"— dijo, con sus ojos brillando con una mezcla de locura y astucia, para después sostenerme con el cuchillo en mi garganta.
El ruido metálico y distante que ya había sonado una vez, volvió a resonar, esta vez con más insistencia, como un gong final que anunciaba el inevitable telón.
Bran detuvo su mano a regañadientes, maldiciendo en voz baja, una frustración casi infantil que luchaba con su fachada de hombre de acero.
Se dio la vuelta con un movimiento brusco, recogió su saco impecable del suelo, como si no hubiera hecho más que detenerse para un descanso, y se lo puso con una brusquedad que delataba su rabia por ser interrumpido.
—"Lástima, se acabó el tiempo, hermanito"— soltó, su voz recuperando un tono cínico, aunque su mandíbula aún estaba tensa.
—"Pero créeme, Peeta, pondré cada centavo que tengo, cada pizca de mi influencia, en hacerte la vida imposible en esa arena. Seré tu sombra, tu peor pesadilla, una que no podrás despertar, ni siquiera cuando mueras"— su promesa, escalofriante y real, resonó en la habitación, grabándose a fuego en mi mente.
Antes de volverse a acercar a mí, sus ojos azules ardiendo con un brillo de satisfacción retorcida, y darme un último golpe, un puñetazo calculado y brutal en el ojo que resonó en todo el lugar, abriéndome la ceja y añadiendo una nueva corriente de sangre caliente a la que ya manchaba mi nariz.
—"Pero por ahora, miraré tu 'triunfal' entrada"— comentó con un sarcasmo burlón en todo su rostro, una mueca cruel que no alcanzaba sus ojos.
—"Felices Juegos, Hermanito"— remató, la palabra "Hermanito" cargada de un veneno que helaba la sangre, riendo con una carcajada fría y vacía mientras salía de la habitación, dejando la puerta abierta detrás de él.
Me quedé allí, suspendido en las cadenas, la sangre tibia goteando por mi cara, el cuerpo adolorido pero la mente lúcida, mi mirada perdida en el vacío de la puerta abierta, un abismo de incertidumbre que me esperaba, pero también una delgada rendija de posibilidad.
No tuve tiempo de pensar en nada más, el dolor había regresado, un eco de la brutalidad de Bran. Mis músculos se tensaron.
Escuché el eco de pasos firmes acercándose, una nueva amenaza, y el blanco de varios pacificadores inundó la habitación.
No preguntaron, no dudaron. Sentí la presencia de uno detrás de mí, luego un brazo fuerte rodeando mi cuello, y lo último que vi fue una culata de arma acercándose a mi rostro, un destello final antes de que la oscuridad me engullera por completo, cayendo en un abismo de inconsciencia.
¿Pero qué demonios? Dónde estoy, Katniss.
El frío, un mordisco gélido que se clavaba en mis huesos, me despertó de golpe. No en mi cama, no en la quietud de una celda conocida. Estaba en el suelo, mi cuerpo un amasijo de dolor, cada músculo gritando protesta.
Sentí el áspero contacto de una cadena en mi cuello, una gruesa, pesada, que me oprimía la garganta. Mis piernas y brazos estaban encadenados, un grillete frío e inamovible que me ataba a la cruel realidad.
Mis ojos se abrieron con dificultad, la vista borrosa al principio, pero poco a poco el horror se hizo nítido.
Mi ropa, la misma que había usado desde la mañana, estaba manchada de sangre, cicatrices frescas de la tortura de Bran. Mis pies, descalzos, sentían la frialdad del metal.
Llevé mi mirada por la cadena de mi cuello, siguiendo su rastro oxidado hasta el final, donde, para mi horror y sorpresa, estaba atada a un asno. Un burro, un animal de carga, cuyo propósito era la humillación, la vergüenza pública.
Antes de que mi mente pudiera procesar la magnitud de esta nueva degradación, un ruido ensordecedor me golpeó, una cacofonía de gritos y abucheos que venía de algún lugar.
Y entonces, la voz que conocía tan bien, la voz de Snow, resonó por los altavoces, fuerte y clara, una melodía de falsedad y crueldad.
—"La justicia es algo fundamental como los mismos Juegos del hambre"— las enormes puertas de metal, más grandes que cualquier puerta que hubiera visto, se abrieron con un ruido atronador, revelando una luz cegadora que me hizo entrecerrar los ojos.
El ruido regresó, miles de voces coreando, no mi nombre, sino "¡Asesino!", "¡Traidor!", "¡Monstruo!".
El burro comenzó a caminar lentamente, arrastrándome sin piedad. La cadena tensa en mi cuello me asfixiaba, obligándome a seguir su paso, a arrodillarme ocasionalmente cuando mis piernas cedían.
Mantuve la cabeza agachada, mis ojos fijos en el suelo, un lienzo de piedra donde las gotas de sangre que caían de mis heridas, dejando un rastro oscuro y vergonzoso.
Los golpes comenzaron a llegar, no de puños, sino de objetos, botellas de vidrio, piedras, e incluso comida podrida, proyectiles de odio lanzados por la multitud eufórica.
Una botella, lanzada con rencor, me golpeó en la cabeza, explotando en mil pedazos y abriendo una nueva herida punzante.
El dolor era insoportable, pero la humillación era peor, una carga más pesada que las cadenas. No supe cuánto avancé, el tiempo se distorsionaba en una espiral de agonía, pero de repente, el burro se detuvo.
Los abucheos se hicieron más intensos, más personales. Pero entonces escuché mi nombre —"Peeta"— llegó a mis oídos, no como una señal de reconocimiento, sino como un grito de desesperación.
Me obligó a levantar un poco la vista, y entonces, a través de la neblina de mi dolor, la vi a ella.
Katniss.
Estaba allí, en el estrado con Effie, Haymitch y dos personas desconocidas, su rostro era una máscara de asombro y preocupación.
En ese instante, todo se detuvo.
Los gritos de la multitud, el dolor de las heridas, la humillación... todo desapareció.
Solo escuché la lluvia en el paraguas una vez más, el sonido de la lluvia de aquel día, el mismo que había escuchado mientras me miraba, el mismo que me había infundido valor.
Era como si el mundo se hubiera silenciado, y solo existiéramos ella y yo.
Aparté la vista de Katniss, un movimiento que desgarró mi alma más que las cadenas. No podía arriesgarme a que vieran el alivio, la calma, la esperanza que su mera presencia infundía en mí, disolviendo la humillación, el dolor y el sufrimiento en un eco lejano.
Si el Presidente Snow llegaba a entender esa conexión, si Bran, con su astucia perversa, ataba los cabos de mi afecto, ella sería su próximo objetivo.
Y por cada golpe que había soportado, por cada aliento que me quedaba, juré que ninguno de ellos, ni Snow, ni Bran, ni sus sombras, la tocarían jamás.
Pero la voz del presidente Snow, ahora más clara, más potente que cualquier trueno en un día despejado, irrumpió en mis pensamientos, arrastrándome de golpe a la realidad.
—"¡Ciudadanos de Panem, tributos de los Distritos!"— Su voz, un bálsamo dulce para la multitud sedienta de espectáculo, y un veneno corrosivo para mí, continuó, suave pero implacable, tejiendo su farsa con cada sílaba.
—"Hoy, en esta inauguración, presentamos un ejemplo viviente de reivindicación, de cómo los Juegos del Hambre son más que un mero espectáculo; son una herramienta moral, un camino para que incluso aquellos que se desviaron de la senda, aquellos que son 'convictos' como nuestro valiente Peeta Mellark, puedan redimirse y volverse útiles para la sociedad"— las palabras de Snow, cargadas de una hipocresía nauseabunda y una crueldad velada que me quemaba la garganta, me revolvieron el estómago.
Me usaba, me exhibía, me convertía en el estandarte macabro de su "justicia" pervertida.
Mencionó mi nombre con un tono de falsa compasión, una miel untada en el veneno, como si realmente le importara mi destino más allá de su utilidad propagandística.
Su discurso, un martillo que me golpeaba, un recordatorio aplastante de que su poder era absoluto, me hizo sentir la rabia fría que siempre me acompañaba, una llama gélida que se negaba a extinguirse, una promesa silenciosa de que jamás me doblegaría.
—"Así que por ese motivo yo el Presidente Snow hace pública esta muestra de misericordia por sus garrafales errores"— prosiguió, su voz engañosa endulzando la falsedad —"al otorgarle el perdón por sus actos graves en contra del Capitolio como muestra de celebración por el Vasallaje de los 25, solo otorgándole la Marcha de la Deshonra y que la suerte siempre esté de su lado"— concluyó, su voz retumbando en la plaza, sellando mi destino con la sonrisa del verdugo.
Los victoreos explotaron, una amalgama de incredulidad. Me quedé en completo shock, mi mente luchando por procesar la perversidad de la situación.
¿Perdón otorgado? ¿A qué se refería Snow?
Lo único que mi mente aturdida por el dolor pudo registrar fue la euforia desbordada de la gente; estaban alborotados, extasiados por este giro en los planes, este nuevo rumbo.
Snow siempre supo cómo quebrar las reglas del juego y retorcer la narrativa, y hoy lo demostraba una vez más con una maestría escalofriante.
Y entonces, en medio de mi agonía, una imagen se forjó en mi mente con una claridad repentina, casi satisfactoria: Bran, mi hermano, enloqueciendo, destrozando todo a su alrededor, porque Snow le había arrebatado incluso la satisfacción de su propia venganza privada.
Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios, una mueca retorcida que no era de alegría, sino de un oscuro entendimiento.
Fui arrastrado sin piedad de nuevo, la vergüenza y el dolor se clavaban en mí como un peso insoportable sobre mis hombros, mientras las carcajadas estridentes de los capitolinos perforaban el aire como dagas envenenadas.
Cada risa, cada abucheo, era una confirmación de que disfrutaban de esta Marcha de la Deshonra. Era como si hubieran liberado todo el odio y el rencor acumulado, volcándolo sobre mi figura, una marea de desprecio que me arrastraba.
El regreso a la entrada de los túneles fue un calvario interminable, un proceso largo y tortuoso donde cada paso era un suplicio, un grito silencioso de mi cuerpo que clamaba por rendirse.
Mi resistencia se había agotado; la tortura, la humillación y la rabia contenida me habían vaciado por completo, dejándome a merced de su crueldad.
Finalmente, mis piernas flaquearon, mi cuerpo cedió. Caí de rodillas justo en la entrada, abandonado a mi suerte y a la oscuridad incipiente del pasillo.
Justo cuando las enormes puertas se cerraban a mis espaldas, el sonido de los abucheos y gritos de la multitud se desvaneció un poco, aunque no del todo, dejando un zumbido fantasmal en mis oídos.
Sentí el hilo cálido de la sangre escurrir por mi mejilla, desde la nariz, la ceja y la cabeza, un río carmesí que se unía al sudor frío, una marca visible de mi agonía.
Mi respiración era un jadeo fuerte y descontrolado, un intento desesperado por aferrarme al aire que se me escapaba. La visión, borrosa y distorsionada por el dolor, se volvió aún más tenue.
Este 'perdón', esta inesperada segunda oportunidad, cambiaba las cosas por completo, pero una pregunta acechaba en el fondo de mi mente, persistente como una sombra.
¿Qué ganaba Snow con esto? ¿Cuál era su plan, su verdadero propósito?
La situación era más compleja, más retorcida, de lo que parecía. Pero entonces, entre el zumbido de mi propia agonía y el eco distante de los vítores, los escuché.
Eran voces, pasos apresurados. Y luego, a través de la niebla de mi conciencia, vi a Haymitch.
Detrás de él, Effie, Katniss y dos figuras desconocidas.
Haymitch, con una agilidad sorprendente para alguien que siempre parecía a punto de caer, se arrojó directamente frente a mí.
Sus manos, extrañamente firmes, intentaron contener la sangre que bajaba incesantemente por mi cabeza, un torrente carmesí que contrastaba con la palidez de mi piel.
Effie llegó un instante después, su voz agitada rompiendo el zumbido en mis oídos.
—"¡Las llaves, necesito las llaves de las esposas!"— Pero lo que no esperaba, lo que me sorprendió en la neblina del dolor, fueron sus brazos, que se esforzaban por soltar la gruesa cadena de mi cuello.
Su mirada, llena de una preocupación genuina que me pareció ajena a este mundo cruel, fue lo último que vi antes de que la oscuridad me engullera por completo.