Fuego en el Alma
12 de septiembre de 2025, 16:45
Capítulo 7: Fuego en el Alma
(POV Katniss)
El aire en la sala de espera era denso, impregnado de una mezcla de perfumes dulzones y el tenue olor a metal pulido.
Mi corazón latía con fuerza, mi mirada perdida no sabía cómo sentirme.
El desfile de tributos, el gran espectáculo de la noche, era inminente, y con él, mi primera exposición al público del Capitolio.
Había ensayado mis movimientos una y otra vez en mi cabeza: la barbilla en alto, los hombros hacia atrás, una expresión estoica, una pequeña sonrisa que esperaba fuera amable.
¿Realmente puedo fingir? No es mi fuerte, lo más seguro es que me vea toda robótica y falsa.
Los murmullos del equipo de estilismo de Cinna se mezclaban con el zumbido constante de los secadores y las risas estridentes de otros tributos en las salas adyacentes.
Cinna se movía a mi alrededor con una calma que me tranquilizaba, sus manos ágiles y precisas dando los últimos retoques a mi vestuario.
A mi mente vino el juego de Ping-Pong y las palabras de Peeta: —"¿Quedarte pensando en todas las horribles posibilidades?… Vamos, Katniss, vive el momento"— solté un suspiro.
Intentaría hacerlo, me prometí.
Lo más seguro es que Peeta lo hiciera. ¿Por qué yo no? La pregunta me dejó pensando, no con juicio, sino con una extraña invitación a la ligereza.
Una sonrisa se forjó en mi rostro, ahora al recordar mi "pequeña" victoria sobre él en aquel juego, el sabor agridulce de esa rivalidad incipiente.
Disfruta, vive.
Y con ese pensamiento, en mi mente, finalmente llegó el momento. La gran puerta se deslizó con un silbido metálico y el brillo cegador de los focos nos invitó a avanzar, como si fuéramos actores llamados al escenario principal.
Entré al vasto hangar, una caverna de metal y luz donde se alineaban los carruajes, monstruos relucientes esperando su turno.
El rugido de la multitud ya se filtraba, un murmullo creciente que se transformaba en un estruendo ensordecedor. Mi carro, una obra de arte que brillaba con las llamas "falsas" de Cinna, parecía casi vivo, una extensión de mi traje que se encendería en llamas.
Pero algo andaba mal. Peeta no estaba allí.
Mi mirada barrió el inmenso hangar, buscando desesperadamente su familiar figura rubia entre la marea de estilistas, asistentes y otros tributos que bullían alrededor de sus propios carros.
Mis ojos se posaron en cada rostro, en cada grupo, pero la silueta de Peeta no aparecía. Una punzada de inquietud fría me atravesó el pecho, apretándome el aliento.
¿Dónde estaba?
La pregunta resonó en mi mente con una urgencia que no pude sofocar. Me acerqué a Portia, la estilista de Peeta, que hablaba con Cinna, que decía algo rápidamente, su mirada buscando algo o alguien.
—"¿Dónde está Mellark?"— le pregunté, mi voz más brusca, más áspera de lo que pretendía, casi un ladrido.
Ella se giró, sus ojos azules pararon y se fijaron en mí, casi distantes, vi como trago fuertemente.
—"No lo sé, Katniss. Lo esperamos, pero nunca llegó"— su respuesta, dicha con una calma que me pareció escalofriante, fue un eco de lo que había temido, y una ola de pánico gélido me invadió.
Mis ojos se clavaron en Haymitch, que estaba un poco más allá, su mirada evasiva, sus ojos grises fijos en algo más allá de mi, negándose a reconocerme.
—"¿Haymitch, qué está pasando?"— Mi voz era apenas un susurro, pero cargada de una urgencia que no pude ocultar.
Él me miró, y por un instante, vi algo en sus ojos: preocupación, sí, pero también una advertencia silenciosa, casi una orden.
—"No pasa nada, y recuerda lo que te dije en el auto"— soltó de manera baja, casi un siseo, como si quisiera que Cinna y Portia, que estaban a unos metros acercándose, no escucharan, manteniendo la farsa del Capitolio a salvo de una escena inoportuna.
Me recompuse, una máscara de control deslizándose sobre mi rostro, confiando en Haymitch. Después de todo, la respuesta de Cinna sobre mi pregunta sobre Peeta no fue lo que esperaba, y la de Portia solo confirmaba mi sospecha de que el miedo y odio hacia él era algo común en ellos.
Entonces, para desviar la atención, respondí con una pregunta que disfrazaba mi verdadera angustia.
—"Entonces, ¿cómo voy a hacer esto si no está él?"— Fingí que ese era el problema, pero mi mirada en los ojos de Haymitch transmitía un ruego silencioso: que al menos me dijera algo, cualquier cosa.
Él suspiró, un sonido áspero que parecía llevar el peso de mil resacas.
—"Lo puedes hacer sola, dulzura. Eso es incluso bueno para ti, podrás llamar más la atención. Lo más seguro es que, por los antecedentes de nuestro "tributo" masculino, el Capitolio no quiere que sea mostrado como algo épico"— mencionó de manera tranquila, con autoridad.
—"Lo normal es que lo veamos en la cena en la torre después de todo esto"— mi mente se tranquilizó, una parte de la niebla se disipó, lo que decía Haymitch tenía sentido.
Sin duda no lo premiarán, ¿Porque? Lo harían después de todo parecía que su delito fue algo contra el Capitolio.
La voz de Cinna me sacó de mis pensamientos, su tono ahora más directo, casi una reprimenda.
—"Sí, Katniss, procura preocuparte por ti misma esta noche, solo concéntrate en ti"— soltó, mirándome a los ojos, intentando ser cálido, pero la orden era clara.
Mi mirada se posicionó en Portia, que asentía con la cabeza con una solemnidad inusual, y regresó a Haymitch, el cual, aun con dudas persistentes en sus ojos, asistió también.
A unos metros, Effie, con el teléfono pegado a la oreja, hablaba frenéticamente con voz baja aún que algunas palabras que decía no tenían sentido para mí, su rostro pálido y tenso, una señal de que algo grave ocurría.
No era la Effie controlada y perfecta de siempre. Las dudas regresaron, pero decidí seguir con el plan, solo respiré y regresé a mi mirada decidida.
El rugido de la multitud nos golpeó incluso antes de que las enormes puertas de metal se abrieran con un chirrido ensordecedor.
Me subí al carro, sintiendo la vibración del metal bajo mis pies, y me coloqué en mi posición, el corazón latiendo con una fuerza inusual.
Cinna se acercó con el bastón de antes, y con una última mirada, encendió el fuego.
Al principio, un sobresalto me recorrió, pero después de un segundo de solo sentir un leve viento extraño en mi espalda, me calmé.
—"¡Lucete, mi campeona!"— exclamó Effie con una sonrisa radiante, mientras Portia sonreía y levantaba su mano con el pulgar arriba en señal de apoyo.
Haymitch, por su parte, hizo el intento de una pequeña sonrisa alentadora, un gesto raro en él que apenas alcanzó sus ojos.
Entonces observé a los otros tributos: a lo lejos, en el carro del Distrito 2, pude distinguir a Finn, con una mirada vacía y un miedo apenas disimulado que me heló. Me pregunté qué estaría pasando por su mente, si sentiría la misma opresión que yo.
A su lado, Clove sonreía con una emoción casi desquiciada, un contraste perturbador que me recordó la crueldad de los Profesionales.
Mis ojos se encontraron con los de Effie, que, aunque con una sonrisa forzada para animarme, noté como una pequeña gota de sudor bajaba por su cien.
Al fondo, Cinna y Portia, a un lado, ambos con una sonrisa amable, observaban.
Le di un último vistazo a Haymitch mientras el carro avanzaba, y noté cómo Effie le decía algo en voz baja, algo que lo dejó mirando al vacío.
Algo se removió en mi estómago de manera automática, algo estaba pasando y no sabía que era.
Todo comenzó a ponerse en marcha con la salida del primer carro. Los gritos de la multitud se desbordaban, haciendo temblar el estadio, un clamor que me aturdía.
Al principio, me sentí incómoda, la sonrisa forzada en mis labios, los ojos fijos en el vacío.
Pero entonces, las palabras de Peeta vinieron a mi mente: —"No se trata de llegar al destino, sino de disfrutar el viaje"— y una chispa se encendió en mí.
Comencé a saludar, una pequeña sonrisa se forjó en mi rostro, y la gente, esa masa eufórica, comenzó a amar la teatralidad. Me lanzaron rosas, gritaron mi nombre con una devoción que me resultaba extraña.
Mi traje, que es una obra de arte de Cinna, comenzó a transformarse, el negro carbón dando paso a tonos blancos en algunas partes, creando el hermoso efecto del carbón.
Al verme en las pantallas gigantes que rodeaban el estadio, me di cuenta de lo diferente que me veía, como si fuera otra persona.
Y entonces, como un eco, escuché la voz de Peeta: —"solo disfruto de la vista"— y un sonrojo me invadió, un calor inesperado que me hizo sonreír de manera real, una sonrisa genuina que la gente pareció amar aún más.
El carro, con un suave chirrido metálico que contrastaba con el estruendo de la multitud, finalmente llegó a la sección donde los tributos se separaban para la siguiente fase.
Ya estaba más relajada, la adrenalina del desfile disminuyendo, y mi mente regresó a Peeta. Me preguntaba qué estaría pensando, o si, donde sea que estuviera, me estaría viendo.
Mis ojos, casi por inercia, se posaron en la plataforma donde se alineaban los otros carros y sus ocupantes.
Fue entonces cuando mi mirada se cruzó con la de algunos tributos. Sus expresiones faciales eran una mezcla de enojo y envidia.
El presidente Snow, con su voz clara y potente, resonó por los altavoces, haciéndome fijar la mirada en el balcón, una voz imponente que silenciaba el clamor de la multitud con una facilidad escalofriante.
Su rostro, era una máscara perfecta de autoridad y serena crueldad. Sus ojos, fríos como el hielo, parecían perforar cualquier cosa y a cualquiera.
—"Distinguidos ciudadanos de Panem, tributos de los Distritos"— comenzó, sus palabras calculadas, pesadas con la historia fabricada del Capitolio, llenaron cada rincón del estadio.
—"Hace mucho tiempo, Panem se alzó de las cenizas de un mundo en ruinas, forjando una sociedad fuerte, próspera y unida. Pero hubo un día en que la confianza se rompió, cuando la codicia se apoderó de algunos corazones. Los Distritos se alzaron en una rebelión sangrienta, una guerra que asoló nuestra nación. El Capitolio prevaleció, sí, pero no sin un gran costo"— hizo una pausa, un silencio denso que se clavó en el aire tenso del estadio, dándole a sus palabras un peso aún mayor.
—"Para asegurar que tal tragedia nunca vuelva a ocurrir, y para recordar a todos la oscuridad de esa época, hemos instituido los Juegos del Hambre. Un recordatorio anual de nuestra generosidad, a su rebeldía, y del precio que se paga por la paz"— su mirada se fijó en la cámara con un brillo gélido, una advertencia.
—"Así que, que comience el vasallaje de los 25, la edición 75º de los Juegos del Hambre"— sentenció, y la multitud, ya electrizada, estalló en vítores aún más ensordecedores.
—"Pero antes de concluir"— añadió, su voz adquiriendo un tono siniestro que me heló la sangre —"despidamos a nuestros amados tributos, para continuar con algo más... interesante"— la palabra "interesante" se quedó en mi cabeza, sentí una opresión en el pecho.
¿Qué va a pasar, a qué se refiere?
Con el eco de las palabras de Snow aún resonando en el aire, el carro comenzó lentamente su recorrido de regreso hacia la entrada del hangar.
La multitud, antes frenética por mi fuego, ahora se mantenía con una expectación tensa, como si también presintieran el "algo más" que Snow había prometido.
Mi corazón latía con una mezcla de agotamiento y una curiosidad creciente. El brillo de mi traje, ahora casi completamente blanco, seguía deslumbrando.
Cuando el carro finalmente llegó a su lugar de detención tras ese inquietante recorrido, me bajé, ya más relajada, y mi mano se movió con un gesto espontáneo, atreviéndome a lanzar un beso a la multitud eufórica, antes de que se cerraran las puertas.
La reacción fue inmediata: dos capitolinos comenzaron a forcejear ruidosamente, su disputa por mi pequeño gesto era una escena cómica y surrealista.
Me hizo sonreír, una sonrisa genuina que apenas contuve. En ese instante, mi mirada se encontró con algunos tributos de carrera, sus miradas fijas en mí, Clove solo negó con la cabeza, mientras se pasaba la lengua por los labios. Decidí ignorarlos.
Cinna, con su habitual calma, ya me esperaba con un líquido para apagar el fuego de mi traje, ahora completamente blanco. Su rostro se iluminó con una sonrisa cálida.
—"¡Lo lograste, Katniss! ¡Fue asombroso! ¡Simplemente asombroso!"— exclamó Effie, aplaudiendo con una energía desbordante, su voz llena de genuina felicidad.
Portia, con una sonrisa más contenida pero igualmente orgullosa, añadió: —"¡El efecto del fuego fue espectacular! Ni siquiera yo imaginaba que quedaría tan bien. ¡Brillaste!"—.
Cinna, con su habitual calma, se acercó para aplicar el líquido en el traje, disipando las últimas llamas.
Mientras trabajaba, me miró a los ojos, y su voz era un murmullo de sincera admiración: —"Realmente les encantó. No solo por el fuego, Katniss... fue por ti. Los cautivaste"—
Haymitch, por su parte, solo levantó su dedo en señal de aprobación, una rareza en él que valía más que mil palabras.
Luego, Effie, con su entusiasmo inquebrantable, comentó: —"Es necesario que regresemos a nuestros asientos para poder ver el otro anuncio del que habló Snow"— un escalofrío me recorrió la espalda.
Ya en nuestros asientos, la expectación era casi palpable, un zumbido tenso que vibraba en el aire como una cuerda a punto de romperse.
Y entonces, el presidente Snow apareció de nuevo en las pantallas gigantes, su rostro proyectado con una autoridad imponente. Su voz, resonando por los altavoces, era una melodía que prometía orden y justicia, pero que para mí sonaba a condena.
—"Desde siempre, la humanidad ha perseguido el ideal de justicia, un concepto tan escurridizo como la niebla"— sentenció, sus palabras calculadas, su tono melódico, pero con un filo oculto.
—"Pero la justicia, mis queridos ciudadanos, no es un absoluto inalcanzable. Es una resolución que requiere vuestra confianza, vuestro convencimiento de lo correcto. Por eso, la justicia es algo fundamental como los mismos Juegos del hambre"— sus palabras, duras y fuertes, mientras todos ovacionaban con fuerza.
Justo cuando su voz alcanzaba el clímax de su discurso, unas enormes puertas se abrieron lentamente en el centro del estadio.
No… puede ser.
Mis ojos se clavaron en la figura que emergió de la oscuridad: era Peeta. Pero no el Peeta que había dejado en el tren, ni el que había conocido en el balcón, ni el que había reído conmigo hace apenas unas horas.
Estaba encadenado a un asno, con su ropa manchada de sangre fresca. El rastro en su pecho, en su nariz, en su ceja, y la sangre fresca bajando por su mejilla magullada.
Tenía los pies descalzos, arrastrándolos por el pulido suelo, y una gruesa cadena en su cuello que se tensaba con cada paso del animal. Sus brazos, encadenados a su espalda, y sus muñecas parecían hinchadas y amoratadas.
Cada movimiento del burro era una mueca en su magullado rostro, una exhibición pública de su dolor.
La multitud estalló en un clamor discordante, sus gritos transformándose en abucheos ensordecedores, un coro de "¡Asesino!", "¡Traidor!", "¡Monstruo!".
Gritos de desprecio, proyectiles invisibles que lo golpeaban con más fuerza que las piedras y la basura que le arrojaban.
Cada impacto, cada insulto, era una puñalada en mi propio pecho. De repente, una botella voló desde la multitud, directo a su cabeza, golpeándolo con una fuerza brutal. El cristal explotó en mil fragmentos, cortando su piel y añadiendo más sangre a su rostro ya magullado.
No pude resistir más.
—"¡Peeta!"— Un grito se desgarró en mi garganta, utilizando su nombre por primera vez en voz alta, sentí la desesperación en mi voz.
La adrenalina se disparó por mis venas, ignorando las quejas de Haymitch, cuya mano se posó fuerte y firme en mi brazo.
—"Todo estará bien, solo espera a que todo termine"— susurró, su voz áspera pero con un dolor evidente que resonaba en el caos a mi alrededor, una advertencia que apenas registré.
Estaba a punto de gritar de nuevo, de exigir que detuvieran está locura, cuando nuestras miradas se encontraron.
En ese instante, el mundo entero se detuvo. El estruendo de la multitud se desvaneció, el dolor en mi pecho se disipó, y solo existieron sus ojos azules, opacados por el sufrimiento, y los míos.
Esa mirada de tranquilidad que Peeta me dio, como en el tren, lo llenó por completo. Era una calma profunda, una rendición silenciosa que lo invadió, como si nadie más importara en el vasto estadio, como si el puro hecho de verme, de conectar con mis ojos, le diera no sólo valor, sino una serenidad inesperada.
La mirada de Peeta se desvió nuevamente hacia el suelo, rompiendo la extraña conexión.
El presidente Snow, con su voz clara y potente, resonó por los altavoces, una melodía de falsedad y crueldad que se extendió por toda la plaza.
—"¡Ciudadanos de Panem, tributos de los Distritos!"— Su voz, un bálsamo dulce para la multitud sedienta de espectáculo, continuó, suave pero implacable.
—"Hoy, en esta inauguración, presentamos un ejemplo viviente de reivindicación, de cómo los Juegos del Hambre son más que un mero espectáculo; son una herramienta moral, un camino para que incluso aquellos que se desviaron de la senda, aquellos que son 'convictos' como nuestro valiente Peeta Mellark, puedan redimirse y volverse útiles para la sociedad"— las palabras de Snow me sacudieron.
¿Revelaría por fin el porqué de esta atrocidad? ¿Qué había hecho Peeta para merecer tal castigo, para ser exhibido de esta forma?
Volví a mirarlo, y el dolor se abalanzó sobre mí con una crudeza renovada. Su mirada estaba perdida en el pulido suelo, una mancha carmesí de su sangre extendiéndose bajo sus pies descalzos.
Aun así, no se quebraba. No había lágrimas ni un solo rastro de dolor visible, solo un agotamiento profundo, una resignación que sugería que ya estaba acostumbrado a este suplicio. La voz de Snow, ajena a todo, siguió su implacable sermón.
—"Así que por ese motivo yo el Presidente Snow hace pública esta muestra de misericordia por sus garrafales errores"— prosiguió, capturando la atención de todos —"al otorgarle el perdón por sus actos graves en contra del Capitolio como muestra de celebración por el Vasallaje de los 25, solo otorgándole la Marcha de la Deshonra y que la suerte siempre esté de su lado"— concluyó.
A mi lado, Effie luchaba por contener un jadeo, las lágrimas asomando a sus ojos mientras intentaba tapar su boca con la mano.
No fue la única. Cinna y Portia lucían descolocados, sus rostros una mezcla de confusión y desorientación.
Pero Haymitch no. Él tenía una sonrisa extraña en su rostro, aunque su mirada seguía demostrando un dolor profundo y complejo.
El desfile continuó, pero para mí, todo se volvió borroso. Los aplausos, los gritos de la multitud, las luces de colores... todo se fusionó en un caos.
Mis ojos estaban fijos en Peeta, en su figura maltratada, en la forma en que se aferraba a su dignidad a pesar de la humillación.
Quería correr hacia él, gritarle, exigirles que lo detuvieran. Pero no podía hacer nada; la mano de Haymitch en mi codo me recordaba sus palabras, solo debía esperar a que terminara esto. A que llegara al final.
Cuando el asno por fin se detuvo, Peeta se desplomó de rodillas.
La mano de Haymitch, que aún sostenía mi codo, se desvaneció, y en un instante, tanto él como la peculiar Effie se lanzaron hacia él. No lo dudé. Los seguí al instante, Cinna y Portia pisándome los talones.
Corrí con el corazón desbocado, un único pensamiento taladrandome la mente: que no esté muerto.
Cuando llegamos al punto donde había caído, la sala estaba completamente desierta.
—"¡Necesitamos las llaves! ¡Cinna, consíguelas!"— gritó Effie con una voz cargada de pánico, mientras continuaba corriendo.
—"Entendido"— soltó Cinna con una calma sorprendente, doblando la esquina final.
Haymitch, por su parte, ya se había lanzado sobre Peeta, intentando detener el torrente de sangre que bajaba del rostro ya pálido de Peeta.
—"¡Las llaves, necesito las llaves de las esposas!"— exclamó Effie con desesperación creciente, sus manos temblorosas.
Fue entonces cuando vi a Peeta desplomarse por completo, su cuerpo inerte. Me quedé congelada.
Haymitch gritaba instrucciones a Portia, que salió corriendo sin dudarlo, mientras Cinna regresaba a toda velocidad con un manojo de llaves.
Entre los tres, se afanaban en quitarle las esposas de manos y pies, y finalmente, la del cuello, sus movimientos frenéticos contrastando con mi parálisis.
Mientras yo solo podía observar, mi cuerpo se había petrificado. La sangre en su pecho, un mapa de crueldad sobre su piel pálida; su nariz, ahora una masa amoratada y torcida; la abertura en su ceja, un tajo que parecía sonreír de forma macabra; el ojo, hinchado y púrpura, casi cerrado; y el hilo carmesí que brotaba de su cabeza, manchando el suelo pulido.
Cada herida se grababa en mi retina con una nitidez dolorosa, y mi mente, incapaz de procesar tanta violencia, simplemente se negó a reaccionar.
No registré el murmullo de pasos apresurados, ni el jaleo de las voces; apenas sentí cuando unas sombras se acercaron y lo subieron a una camilla, su figura ya una borrosa mancha de dolor que se alejaba.
Los gritos de Haymitch, una cacofonía indistinguible en mi aturdimiento, rebotaban sin sentido en mi cabeza.
Lo único que me trajo a la realidad fue el abrazo de Effie, sus brazos temblorosos jalándome con una fuerza que no esperaba.
No respondí, mi cuerpo rígido, mi mente vacía, mientras ella me susurraba, una y otra vez, que todo estaría bien, que todo pasaría.
Pero sus palabras eran huecas, ecos distantes en el vacío que se había instalado en mi pecho.
Cuando finalmente se separó, sentí el suave roce de sus dedos limpiando dos surcos húmedos en mis mejillas, lágrimas que no sabía que había derramado, un rastro salado de la impotencia que me carcomía.
Solo recuperé mi compostura cuando el elevador comenzó a ascender, rompiendo el estático silencio que nos había envuelto.
En esa jaula de metal, todos guardaban una quietud lapidaria, pero sus rostros hablaban por sí solos. Mi mirada se detuvo en Haymitch, que tenía sangre, la sangre de Peeta, manchando sus manos y su ropa, un macabro contraste con su usual indiferencia.
Effie, a su lado, con el maquillaje corrido por las lágrimas que a duras penas contenía, lucía más descompuesta de lo que jamás la había visto, su peculiar peluca amarilla ligeramente torcida.
Incluso Cinna, siempre impecable, tenía rastros rojizos en sus manos.
—"¿Estará bien?"— Mi pregunta, un hilo desesperado de voz, cortó el silencio como un cuchillo, cargada con el miedo más crudo que sentía.
Haymitch suspiró, un sonido áspero.
—"Estará bien"— sentenció, su voz recuperando un matiz de su habitual cinismo, aunque noté una sombra de algo más en sus ojos.
—"Los médicos del Capitolio lo pondrán como nuevo para mañana. Su 'preciado y perdonado tributo' no se perderá las siguientes fases de los juegos, no después de este espectáculo"— concluyó, aflojándose la corbata.
Era una verdad cruel, pero innegable, una lógica fría que solo el Capitolio podía engendrar. Entonces,
Effie, con una autenticidad rara y que me sorprendió, añadió: —"Haymitch tiene razón, querida. Todo estará bien"— su voz, aunque temblorosa, sonó tan honesta que, por primera vez desde que llegué al Capitolio, le creí.
Entonces, antes de llegar a nuestro piso, el número 12, Cinna comentó: —"La verdad, creo que por esta noche prefiero no cenar nada. Así que me retiraré a descansar"—
Portia lo secundó al instante: —"Yo igual"—
Su partida, tan abrupta y silenciosa, sólo profundizó la extraña sensación de que algo vital se me escapaba, algo que no entendía y que, quizá, nunca entendería por completo.
Haymitch sólo movió la cabeza en señal de comprensión, mientras Effie sonrió nuevamente, una sonrisa demasiado brillante para el momento. Y tan rápido como el elevador se abrió, ellos se retiraron escaleras arriba.
Haymitch, por su parte, tomó una botella de vino y comenzó a caminar hacia unas puertas al fondo de un pasillo, seguido de cerca por Effie.
Mi voz, ya cansada, resonó en el silencio: —"Entonces, ¿esto cambia algo? ¿Qué fue todo eso del 'perdón'?"— Necesitaba información, algo tangible que me sacara de la oscuridad que ahora envolvía mi vida.
Haymitch intentó evadirme: —"Cariño, es de noche, y después de todo lo que pasó, realmente no es el momento para..."— No terminó; mis ojos se posaron en Effie.
Ella, con una rara autenticidad que se asomaba por debajo de su fachada, me miró fijamente.
—"Sí, Katniss. Cambia todo"— admitió, su mirada volviéndose sombría por un instante antes de que su sonrisa del Capitolio regresará, brillante y antinatural.
—"Nunca había escuchado lo del 'perdón' en vivo, pero sé que se puede hacer, y más si hay una celebración tan importante de por medio"— Hizo una pausa, su voz aún un poco temblorosa, pero con una convicción que me heló la sangre.
—"Pero que esto no te confunda. La gente aún lo odiará o desconfiará de él. Esto solo es un juego para el Capitolio, una nueva distracción, una que lo mantendrá en el ojo público"— concluyó.
Su rostro intentaba transmitir alegría, pero sus ojos estaban vacíos, la verdad se asomaba por las grietas de su actuación.
Pero para mí no era suficiente; la necesidad de entender me carcomía.
—"¿Pero por qué perdonarlo y luego...?"— Mi voz se quebró, las palabras se atascaron en mi garganta.
La imagen de Peeta, arrastrado por el burro, humillado ante la multitud, regresó a mi mente con una nitidez desgarradora.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los párpados para borrar esa visión, para despejarme. No podía quebrarme por segunda vez, no aquí, no ahora.
Cuando los abrí, mis ojos se fijaron en Haymitch, que destapó la botella y le dio un trago fuerte y largo, el líquido ámbar goteando por su mentón.
Su voz rasposa, cargada de una pesadez inusual, finalmente salió.
—"Debes de entender que el Capitolio no te da algo sin después humillarte"— soltó bruscamente, el cinismo brillando en sus ojos, solo para ser interrumpido nerviosamente por Effie.
Su voz, un susurro agudo y lleno de tensión, casi un lamento, intentó recordar la brutal verdad.
—"Es un convicto"— insistió, como si esa palabra pudiera justificar la barbaridad, como si no lo entendiera ya.
—"Las personas no lo van a aceptar así como así; como te dije, lo seguirán odiando o teniéndole miedo, pero con esa caminata, el presidente les dio lo que quería, aunque fuera por una última vez"— sentenció Effie, su voz temblorosa, antes de girarse y comenzar a caminar, dejando mi mente atrapada en un torbellino de pensamientos.
—"Lo que dijo ella"— soltó Haymitch con una simplicidad que me exasperó, antes de seguirla, dejándome sola en la inmensidad opresiva de la sala.
La sala, más que una simple estancia, era el corazón de nuestro apartamento, un espacio que fusionaba el lujo opulento con una extraña sensación de vacío.
Pero simplemente ignoré todo, mi mente puesta en lo que esto significaba.
Un suspiro se me escapó, no por asombro, sino por la abrumadora certeza de que no podía dejar de pensar en Peeta.
¿Por qué?
En el poco tiempo que llevaba conmigo, se estaba filtrando en mis paredes, no con la agresividad de un invasor, sino con la persistencia de una raíz que encuentra grietas en la roca.
Era algo tan sencillo y a la vez tan complicado. No lo lograba por fuerza, ni por imposición; lo lograba porque, de alguna manera, era real.
Esa mirada... sí, esa mirada que me había dado por segunda vez. Sus ojos me veían como un faro en la oscuridad, una promesa de estabilidad en medio del caos.
Con solo saber que estaba ahí, todo parecía cambiar, tanto en el tren como en el recorrido. Todo eso solo ocasionaba que mi corazón latiera más rápido, que mi mente se quedara en blanco, que solo quisiera que me siguiera viendo así.
La voz de Gale, que siempre resonaba en mi cabeza con sus advertencias, se calló por completo, y no solo ella, sino mi propia conciencia, mi lógica de supervivencia, no hacía ruido cuando pensaba en Peeta.
Esto no está bien, no puedo dejar que siga así, estos son los juegos y solo saldrá uno de esa arena.
Levanté mi mano, colocándola sobre el frío cristal del ventanal, un reflejo tenue de mi propio rostro cansado.
Sin pensarlo, mi mente trajo el recuerdo de aquel paraguas bajo la lluvia, un símbolo incongruente de protección y de la extraña comodidad que había sentido.
No era solo la imagen, sino también el inconfundible y dulce olor a canela que aún se había impregnado en mí, persistiendo como un eco silencioso de Peeta, y mi corazón se apretó con una punzada extraña, casi dolorosa.
La pregunta, cargada de una perplejidad que me desarmaba, surgió sola en un susurro interior.
¿Cómo es que este chico, con su historia y su carga, lograste atravesar tanto en tan poco tiempo?
Y mientras observaba abajo a los capitolinos, esas figuras extravagantes que celebraban una fiesta sin igual por el comienzo inminente de los juegos, no pude evitar preguntarme por qué, a pesar de todo lo que sabía, seguía permitiéndole entrar en mí.
¿Lo hacía por el frío y calculado hecho de conocerlo, de encontrar debilidades, de desentrañar sus secretos para usarlo en la arena? ¿O lo hacía porque, en lo más profundo de mi ser, sin lógica ni razón, quería hacerlo?
Me gustaban sus miradas juguetonas, esos destellos de complicidad que me hacían sentir vista de una manera que nadie más lo hacía.
Disfrutaba de sus comentarios ácidos o sarcásticos, pequeñas burlas que, sorprendentemente, a veces me sacaban una sonrisa genuina, no una imaginaria, una que nacía en mi pecho.
Me atraía la forma en que sus palabras, a menudo simples, estaban llenas de un significado que iba más allá de lo evidente, revelando una profundidad que me descolocaba.
Pero más allá de todo eso, era la forma en que me hacía sentir: una extraña ligereza, un respiro en la constante amenaza.
"Vamos, Katniss, vive el momento" vino a mi mente, la frase de Peeta resonando como un eco liberador.
Y entonces, por primera vez, dejé de pensar en las posibilidades de perder, de ser traicionada, de que todo se convirtiera en un arma en mi contra.
En lugar de eso, me atreví a considerar los beneficios. No se trataba de no tomar en serio mis problemas, de ignorar la inminente masacre; se trataba de darles su debido lugar, de no permitir que consumieran cada instante de mi existencia.
Si pasar tiempo con Peeta, si permitir que su presencia refrescara mi mente y mi "vida", me ayudaba a perderme en esos efímeros momentos en los que podía disfrutar de las pequeñas cosas, mi corazón, sorprendentemente, dictaba que eso era lo mejor.
Y mi mente, esa parte lógica y cautelosa, decía hazlo.
Después de todo, si había una traición o un golpe duro, sería al final; sea como sea que actuará, los juegos siempre estarían ahí, listos para hacerme sufrir, para arrebatarme todo, sin importar qué hiciera o qué no hiciera. Lo único que podía controlar era cómo vivía los momentos antes de que todo se desmoronara.
Alejé mis manos del cristal con una nueva mentalidad latiendo con fuerza en mí, una determinación silenciosa que se arraigaba profundamente en mi pecho.
Faltaban solo cuatro días para que los Juegos comenzarán, y con ellos, la inevitable inmersión en la oscuridad, la violencia, la traición.
Pero ahora, algo había cambiado. La idea de que cada momento de felicidad era un pequeño acto de resistencia, una victoria personal, se había apoderado de mí.
Ya no se trataba sólo de sobrevivir, sino de vivir de verdad, de saborear cada instante fugaz de alegría que pudiera arrebatarle a este cruel destino.
Intentaría disfrutar al máximo cada risa, cada respiro, cada conexión que se presentara, porque sabía que, una vez en la arena, esos pequeños tesoros serían el único refugio para mi alma.
Era una promesa a mí misma, un pacto silencioso: que no permitiría que el Capitolio me robara también la capacidad de sentir y de apreciar lo bueno, incluso en el umbral del infierno.