La Sombra del Perdón
12 de septiembre de 2025, 22:38
Capítulo 8: La Sombra del Perdón
(POV Peeta)
La oscuridad, un manto pesado y sin forma, comenzó a disiparse lentamente.
Asno.. Cadena.. Katniss…
Un dolor penetrante, agudo y profundo, se clavó en cada rincón de mi cuerpo, arrastrándome de vuelta a la conciencia.
Un gemido escapó de mis labios, un sonido ronco que apenas reconocí como mío. Mis párpados, pesados y pegajosos, se abrieron con dificultad, revelando una luz tenue, casi irreal, que se filtraba desde algún lugar del techo.
No era la luz áspera y fría de una celda, ni el brillo cegador del estadio. Era una luz cálida, casi dorada, que contrastaba con la agonía que me consumía.
Mi visión, borrosa al principio, comenzó a enfocarse. No estaba en el suelo del andén, ni en una celda. Estaba tumbado sobre una cama que se sentía extrañamente suave, las sábanas de seda acariciando mi piel.
Las paredes, de un blanco inmaculado, brillaban con un lujo que me resultaba familiar y, al mismo tiempo, ajeno. El aire olía a antiséptico y a flores exóticas, una mezcla discordante que me revolvía el estómago.
Estaba en una sala de enfermería del Capitolio, no una clínica militar, sino un espacio diseñado para la convalecencia de sus élites.
Los recuerdos me golpearon, no como una ola, sino como fragmentos afilados, punzantes: el rostro de Bran, la furia desquiciada en sus ojos, los golpes, el sabor metálico de mi propia sangre.
La Marcha de la Deshonra... el burro, las cadenas, los gritos de la multitud que me llamaban "asesino", "traidor".
La botella.
El impacto brutal en mi cabeza, la explosión de cristal. Sentí mi ojo izquierdo, hinchado y palpitante, casi cerrado, y la piel tirante alrededor de mi nariz, ahora dolorosamente torcida.
Mis dedos se deslizaron por mi pecho, sintiendo el ardor de los cortes, y luego, la "T" incompleta.
El ruido de la puerta abriéndose me hizo girar a duras penas la cabeza, solo para encontrarme con una mujer, una enfermera que solo me tomo del brazo.
Me inyecto algo en el brazo, una punzada fría seguida de un adormecimiento que comenzó a extenderse por mis venas, mitigando el dolor. Luego, sin una palabra, me coloco vendajes limpios y me cubrió con una sábana que olía a lavanda.
Y así como llego se fue sin decir nada, mis ojos se posaron en la TV muda, mientras Katniss con un traje negro prendido en fuego saludaba a la multitud, bajo el título "La chica en llamas, la última sensación", vi como Caesar hablaba eufóricamente de algo.
La puerta de la enfermería se abrió con un suave siseo, revelando la figura de Haymitch. No venía tambaleándose ni con la mirada perdida por el alcohol, como en el tren.
Sus ojos grises, aunque aun con la hinchazón residual de la bebida, tenían una seriedad inusual, un brillo de astucia que pocas veces se permitía mostrar.
Su ropa, impecable, sin una sola arruga, contrastaba con el desorden que lo rodeaba en el tren. Traía consigo una bandeja con lo que parecía ser un caldo humeante y un trozo de pan.
Se sentó en la silla junto a mi cama, su expresión era una mezcla extraña de cinismo y algo parecido a la preocupación, o al menos, la calculada preocupación de un mentor.
—"Así que, el gran Peeta Mellark sobrevivió a su gran debut"— soltó, su voz rasposa, pero sin la burla habitual.
Tomó una cuchara y me ofreció el caldo. Abrí la boca y sentí el líquido caliente, un sabor a carne y vegetales que me recordó a la comida casera, un lujo que apenas recordaba.
—"Al menos ahora en tu tumba podemos poner amado mentor"— solté con una sonrisa burlona en mi golpeado rostro, una mueca que tiraba de mis heridas, pero que no pude contener.
Él, sin dudarlo, comenzó a reír, una carcajada ronca que llenó la habitación, una risa que sonaba a reconocimiento.
—"¿Cuánto tiempo pasó desde mi 'caminata' con 'honores'?"— comenté con sarcasmo.
Haymitch suspiró, un sonido áspero que parecía llevar el peso de mil resacas, y dejó el plato a un lado, sus ojos fijos en mí.
—"Unas doce horas, según nos dicen los doctores que usan lo mejor de lo mejor del Capitolio para su nuevo y perdonado 'tributo'. Para más tardar en la tarde podrás estar dado de alta"— soltó.
Solo asentí con mi cabeza. Estiré mi mano, mis dedos temblorosos al principio, pero luego firmes, para tomar el trozo de pan, sintiendo la aspereza de la corteza y la suavidad de la miga, un contraste tangible con el dolor que aún me recorría.
—"¿Cómo está ella?"— pregunte, intentando que mi voz sonara tranquila, aunque la preocupación se filtraba en cada sílaba, una punzada en mi pecho.
Agregué: —"¿Ya comenzó a entrenar?"—
Él negó con la cabeza a mi última pregunta, acomodándose en la silla con un suspiro.
—"Está bien, solo fue un shock para ella el verte de esa manera, verte electrocutado o golpeado es una cosa, pero verte así, tan lastimado y humillado, parece ser que tocó una fibra sensible"—, comentó Haymitch, sus ojos fijos en mí, analizando mi reacción.
—"Tanto así que no quiso ir a entrenar"— termino, mientras se acomodaba mejor en su asiento.
Una sonrisa burlona se dibujó en mi rostro, una mueca que tiraba de mis heridas.
—"Y supongo que con tu dulzura natural de borracho. La convenciste de ir, ¿no?"— le dije, el sarcasmo goteando de mis palabras.
—"De hecho, no"— comentó tranquilamente Haymitch, su voz un murmullo que me desconcertó. Levantó el dedo y señaló la puerta, un gesto lento y deliberado.
—"De hecho, se encuentra esperando para entrar aquí y verte"— soltó, y sentí que el pan se me resbalaba de la mano, cayendo con un leve ruido sobre las sábanas.
Mis ojos se clavaron en los suyos, buscando la mentira, la burla, cualquier indicio de que aquello era una de sus crueles bromas, pero solo había seriedad en su mirada mientras bajaba el dedo lentamente, sin romper el contacto visual.
Sentí como algo se instalaba en mi pecho un calor extraño, una chispa.
—"No sé qué cambió en ella, Peeta, pero esta mañana se veía más relajada, como si por fin hubiera aceptado la situación. Y cuando pidió verte, fue sincera al decir que quería saber cómo estabas, si estabas bien"— soltó Haymitch con un suspiro, un peso se le escapó del pecho, antes de ponerse recto en la silla, acercándose más a mí, su voz bajando a un tono casi confidencial, cargado de una urgencia inusual.
—"Por eso necesito saber qué demonios pasa, chico. Entiendo lo que Snow hizo con ese circo del 'perdón', pero lo que no entiendo es esto"— comentó bruscamente, su dedo señalando mi pecho, la herida aún visible.
—"Cuando apareciste en el estadio, ya tenías heridas de antes. Y justo cuando Katniss iniciaba el recorrido, Effie me informó que alguien en las 'aguas oscuras' había puesto precio a tu cabeza"— terminó de susurrar lo último, su voz un hilo apenas audible, como si revelara un secreto que podría destruirnos a todos.
Su mirada, ahora completamente sería, se clavó en la mía, exigiendo respuestas.
—"Si esta chica significa algo para ti..."— comenzó, su voz un susurro que me parecía una prueba. El dolor que aún me recorría se intensificó con cada palabra, pero no era por mis heridas.
—"No significa, ella es importante para mí, lo deje claro en el tren"— interrumpí con una fuerza que resonó en la habitación, mi voz ronca por la convicción, mi mirada clavada en la suya.
No había espacio para la duda, para el cálculo. Era la verdad, cruda y sin adornos. Haymitch levantó las manos en un gesto de falsa rendición, una mueca de exasperación en su rostro, pero sus ojos no perdieron su intensidad.
—"Si realmente es así"— continuó, su voz volviéndose grave y urgente, un tono que rara vez usaba y que me heló la sangre.
—"Tienes que decirme qué demonios está pasando, Peeta. No puedo ayudarte como prometí en el tren si no sé con qué demonios estoy trabajando. De por sí, el puro hecho de lo que hizo Snow ayer cambia mucho las cosas, las reglas de cómo podemos llevar esto hasta el final. Y luego está esto"— su mirada se desvió hacia mi pecho, a la "T" incompleta, una punzada fría.
—"El hecho de que haya un precio de veinte millones en tu cabeza por perder y otros diez millones para el tributo que te mate hace que todo esto simplemente no tenga sentido, chico. Sabía que tendríamos complicaciones, pero esto es demasiado"— soltó lo último bajamente como si el mismo no pudiera creerlo.
Maldición, sabía qué Bran cumpliría su promesa, pero esto era demasiado, romper el mercado solo para destruirme era algo que no podía ver venir y que no podía combatir.
Hablar sobre mi hermano con Haymitch no sería el problema y Effie ya lo sabía; el verdadero dilema era cómo involucrar a Katniss en todo esto, cómo arrastrarla a la sombra que me perseguía.
Había prometido que ni siquiera la sombra de ellos, de Snow y Bran, se posaría sobre ella, y ahora esa promesa se sentía como una carga insoportable. No podía arriesgarme a que descubrieran mi relación con ella.
—"Está bien, te contaré todo"—, solté con calma, mi voz más firme de lo que esperaba, mis ojos fijos en los de Haymitch, buscando un atisbo de comprensión, de apoyo.
—"Pero te lo diré una vez que estemos en nuestra habitación. Y también Effie tiene que estar ahí"— añadí, sus cejas se levantaron, mientras sus ojos se entrecerraban.
Entonces después de todos estos años él ignora o desconoce realmente a Effie, esto debe de ser una broma.
—"Ella te ayudará a entender todo mejor"— terminé, volviendo a comer mi pan con una serenidad forzada, cada mordisco un acto de control.
Haymitch meditó mis palabras un momento, su mirada analítica. Un leve asentimiento, casi imperceptible, cruzó su rostro, y luego se levantó, su figura erguida.
—"Bien, le diré a Katniss que puede entrar a verte. Suerte"— mencionó, su voz áspera, mientras caminaba hacia la puerta, dejándome a solas con el eco de mis pensamientos y el inminente encuentro con Katniss.
Solté un suspiro. Mi mente se hundió en una espiral de confusión, un torbellino de preguntas sin respuesta.
¿Por qué Katniss quería verme? ¿Qué había cambiado en ella? ¿Era simple compasión, un atisbo de humanidad en este circo cruel, o una preocupación genuina que, para mi sorpresa, no esperaba? ¿Me quería usar? ¿Ella estaba jugando ya sus cartas? ¿Era yo una más de ellas?
No tuve tiempo de ahondar más en mis pensamientos, porque el suave siseo de la puerta abriéndose hizo que un escalofrío me recorriera la espalda, no de frío, sino de la expectativa.
Y ahí estaba. Katniss.
Sus ojos grises, antes tan cautelosos y distantes, ahora parecían tener una mezcla de dudas y una convicción silenciosa, una profundidad que me intrigaba.
Cuando su mirada se posó sobre mí, vi su ceño fruncirse, una mueca genuina que no intentó ocultar.
Y así nos quedamos, solo mirándonos, ninguno de los dos intentando romper el silencio, el aire tenso cargado de una emoción no dicha.
Me recompuse, forzando una sonrisa burlona que tiraba de mis heridas, un intento de romper la solemnidad, de recordarle que aún era yo.
—"Entonces, ¿llamas o no llamas?"— pregunté, la ironía en mi voz, intentando descolocarla. Mi sonrisa creció, una mueca desafiante.
—"Porque si me preguntas a mí, con llamas sin duda"— dije, mientras guiñaba mi ojo sano, el otro aún morado.
Esperaba un sonrojo, una reacción de vergüenza o enojo, pero no llegó. En su lugar, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, una mueca sutil que apenas pude captar, mientras negaba con la cabeza, sus ojos grises brillando con un atisbo de diversión.
Saliendo de mi impresión inicial de su tranquilidad y comodidad en la situación, me aclaré la garganta.
—"¿Cómo te enteraste de eso?"— preguntó, su voz ahora más relajada, el tono de su pregunta denotando una curiosidad, mientras caminaba hacia la silla donde estaba Haymitch antes, como si su presencia aquí fuera lo más natural del mundo.
—"Es lo único que pasan en el canal del Capitolio, "La chica en llamas, la última sensación"— repetí, intentando hacer mi mejor imitación de Caesar Flickerman, arrastrando las palabras y gesticulando de forma exagerada, mientras rodaba mis ojos con fastidio.
El eco de su risa, nada escandalosa, solo tranquila y genuina, llenó la habitación, un sonido que se filtró en mi pecho y aceleró mi corazón, mis cejas se levantaron solas.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué este cambio tan repentino en su actitud, en su frialdad habitual? Mis pensamientos se atropellaban, buscando una explicación.
Ella notó mi silencio y mi mirada fija, y se aclaró la garganta, una acción que me devolvió a la realidad.
—"Si te soy sincera, me dio miedo. El fuego no es algo que me haga sentir cómoda"—, confesó, sus ojos eludiendo los míos por un instante.
—"No se notó"— comenté, mi voz teñida de una honestidad que rara vez me permitía, —"En las repeticiones te veías tranquila e incluso el beso que lanzaste al final"—
Mi mirada se detuvo brevemente en sus labios, preguntándome qué había pasado por su mente en ese momento.
Ella intentó decir algo, pero parecía incómoda, la vi abrir la boca varias veces, pero el silencio se mantuvo.
Estaba a punto de hablar para intentar regresar a la normalidad, para desviar la conversación de ese incómodo terreno, cuando su voz finalmente regresó, suave, baja.
—"Tú me ayudaste. Lo que me dijiste en el tren sobre 'disfrutar y vivir' me hizo intentarlo, y creo que lo logré, más o menos"— comentó bajamente, su mirada esquiva.
Mi corazón se infló, una sensación de calidez inesperada, el conocimiento de que mis palabras habían tenido un impacto, que me había prestado atención, que le había ayudado.
—"Qué lástima que no pude ir contigo, te veías muy bien"—, solté con un deseo que no pude ocultar, una punzada de arrepentimiento por haberme perdido ese momento.
Habría deseado verla brillando, no solo en las pantallas, sino en persona, con la chispa de su propio fuego.
Entonces su mirada cambió a una de preocupación, sus ojos grises ahora fijos en los míos con una intensidad que me desarmó.
—"Me dirás qué sucede. Sé que Haymitch y Effie saben cosas. Noto el cambio en Haymitch, intentando ser útil, y el de Effie, intentando ser sincera, desde el tren se comportan así, desde la noche en que vimos las estrellas"— soltó todo rápidamente, su mano apuntando arriba.
Y no supe qué decir ante su mirada, el peso de su pregunta, de su confianza implícita, aplastándome.
Claro que no podría ocultar todo lo que estaba pasando el hecho de que Haymitch ahora no este tirado en el piso ebrio, era suficiente para que cualquiera se preguntara; ¿Qué demonios estaba pasando? Pero ¿Cómo se lo explico? ¿Cómo la protegería de la verdad sin mentirle por completo?
El dilema se presentaba, agudo y sin solución. Desvié mi mirada de sus ojos, dejándola vagar por los impecables detalles de la habitación, cada objeto de lujo pareciendo una distracción necesaria.
Mi mente corría a mil por hora, intentando sopesar las palabras, los riesgos, las consecuencias. Si le hablaba del pan y del paraguas, de la "chica del pan", de esa conexión que para mí era un faro en la oscuridad, sentiría que la estaba manipulando, forzando una intimidad.
Y yo me niego hacer eso, no quería que sintiera que me debía algo, yo quería conocerla de verdad, quería una conexión real con ella. No puedo imponerle esa historia, no quiero robarle sus propias decisiones, de la misma manera que el Capitolio me había arrebatado el derecho a elegir.
Ella debía tomar su propia decisión, elegir si quería ser parte de esto o no. Era lo justo. Yo nunca le robaría a alguien su derecho a decidir.
—"Yo hice cosas malas y atroces a ojos de lo moralmente correcto, no por nada soy un convicto"— solté la última parte con una amarga ironía, mi voz baja y rasposa, pero lo suficientemente clara para captar su atención completa.
Sus ojos grises se clavaron en mí, y vi su ceño fruncirse con una concentración intensa, su mente trabajando para comprender el peso de mis palabras, el velo de mi pasado.
—"Hay personas con mucho poder que me quieren muerto o dañado por mis acciones"— continué, mi voz teñida de una resignación que me dolía.
—"Y la principal… es mi hermano, Bran"— un escalofrío me recorrió al pronunciar su nombre.
Katniss no apartaba sus ojos de los míos, absorbiendo cada palabra, cada matiz de dolor y rabia que se filtraba en mi voz.
—"Él fue el que me hizo esto, o la mayoría de ello"— dije, señalando mi pecho, la herida aún visible y el ojo hinchado.
—"Lo demás del burro y la humillación pública... eso fue Snow y el Capitolio, intentando vender su 'justicia'"— escupí la palabra "justicia" con veneno, el sabor a bilis en mi boca.
Tomé una respiración profunda, intentando calmar el temblor que me recorría, cerré mis manos, un intento inútil de controlarme.
—"Effie conoce bien cómo funciona el Capitolio. Y Haymitch también, aunque él no sabe cómo está estructurada toda esta red de corrupción, no como Effie, que ha vivido en el centro de todo esto por años"— suspiré, el aire escapando de mis pulmones como un lamento silencioso.
—"Mi hermano tiene mucho poder aquí en el Capitolio. Y puso una recompensa por mí, una recompensa de veinte millones de rublos, con eso rompiendo el mercado, forzando a que todo vaya en mi contra"— mi voz, ahora un hilo desesperado, se quebró ligeramente, revelando la vulnerabilidad que había intentado ocultar.
Mi mirada bajo un intento inútil de escapar de su rostro, de escapar de mi situación, pero entonces sentí algo cálido rodeándome.
Un abrazo.
Un acto tan simple, tan cargado de una pureza que me desarmó.
Mis brazos, casi por instinto, se ciñeron a su espalda, sintiendo la calidez de su cuerpo contra el mío, el suave aroma de su piel, el ritmo de su respiración sincronizándose con la mía.
Fue entonces cuando la lluvia comenzó a sonar una vez más en mi mente la de aquel día, la que había golpeado el paraguas mientras ella me miraba.
Y esa paz, esa misma calma que me había envuelto entonces, me tranquilizó como un arrullo. Ella estaba siendo todo lo que había anhelado por años: alguien con quien compartir el peso, alguien que me sostuviera cuando sentía que me desplomaba.
Ella era el árbol, la base inamovible que había buscado, el refugio que la lluvia no podía penetrar.
La lluvia, antes mi único consuelo silencioso, ahora era ella, la niña del pan, la niña con ojos de fuego que no se rendiría.
En ese instante, me perdí en el momento. El dolor, las cadenas, el burro, la sangre... todo se desvaneció de mis recuerdos.
Tal vez estaba tirado de rodillas, amarrado al burro, desangrándome, y mi mente, en su agonía, estaba fabricando esta escena: Katniss, la niña del pan, compartiendo un momento conmigo, como si fuéramos amigos, dos jóvenes sin la sombra de los Juegos del Hambre sobre nosotros.
Era una ilusión tan dulce, tan real. Desee que no fuera un sueño inducido por el dolor y los medicamentos, sino una pequeña chispa de esperanza.
Entonces la puerta se abrió de repente con un estruendo, rompiendo la burbuja de intimidad.
Katniss y yo nos separamos abruptamente, nuestros cuerpos aun vibrando con el eco del abrazo.
La enfermera, una mujer de rostro serio y ceja arqueada, nos miró con una mezcla de curiosidad y una leve diversión.
La vergüenza me invadió, una oleada incontrolable que me hizo desear ser invisible. Katniss, a mi lado, comenzó a jugar nerviosamente con los bordes de su blusa, su rostro ahora tan rojo, la incomodidad palpable entre nosotros.
—"¿Todo bien, doctora?"— pregunté tranquilamente, mi voz un hilo forzado de calma, intentando mantener la compostura, aunque mi corazón latía como un tambor desbocado.
Ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, una burla apenas disimulada, asintió.
—"Sí, solo que tu ritmo cardíaco subió de repente y pensamos que tenías un ataque, pero ya veo por qué subió"— comentó burlonamente, su mirada pasando de mí a Katniss y de nuevo a mí, una sonrisa pícara en sus labios.
La vergüenza me invadió. La doctora simplemente se fue, murmurando algo sobre "adolescentes" mientras la puerta se cerraba con suave siseo.
Mi mirada pasó a Katniss, que aún estaba completamente roja, sus ojos fijos en el suelo, su silencio un grito.
—”¿Qué?"— soltó ella, su voz apenas un susurro, una mezcla de exasperación y una adorable incomodidad.
La situación era cómica, surrealista. Mi mirada se quedó en ella y sin poder evitarlo solo dije.
—"Nada, solo disfruto de la vista"— mis ojos fijos en su rostro sonrojado, mis palabras un eco de lo que había dicho antes, un pequeño juego de palabras que solo nosotros entenderíamos.
Ella, en cambio, solo negó con la cabeza rodando los ojos, para después darme un pequeño golpe en la pierna, solo haciendo que mi sonrisa creciera más.
Pero tenía que regresar al problema Bran, así que dije: —"Katniss, por eso es importante que no te mezcles conmigo, cualquier posible aliado es un blanco"— comenté dolorosamente, y más por el momento que compartimos, más al ver que se estaba abriendo a mí, pero su respuesta me dejó sin aliento nuevamente.
—"Mal, porque estamos juntos en esto, quiero hacer equipo contigo, Peeta"— y ahí, solo mi nombre me desarmó.
Cada sílaba, pronunciada con una firmeza que no conocía en ella, era un golpe directo a mi promesa de mantenerla a salvo. No cumpliría mi palabra, no evitaría que la sombra de Snow y Bran la alcanzara. Pero entonces, una nueva resolución se forjó en mi pecho. Ni loco permitiría que ellos, con su crueldad y sus juegos de poder, rompan mi creciente amistad con Katniss.
Si debía matar a cada tributo en esa arena, si ya no era un Battle Royale, sino más bien un versus de yo contra todos, que así sea. Haría lo que fuera necesario para protegerla, para asegurarme de que ella, mi chica con ojos de fuego, sobreviviera.
Y por un segundo la voz de Vander me lleno la mente; "No hay dudas, no hay preguntas, haces lo que se te pide sin cuestionar, ¿entendido?"Sentí un frio en mi pecho, fue como si algo se apagara o simplemente era yo apagándome.
Negué con la cabeza enterrando la voz y sin poder evitarlo pregunté.
—"¿Por qué este cambio tan repentino?"— deseando no haberlo dicho, queriendo que no se rompiera el hechizo de este momento.
El aire se tensó con mi pregunta, y mi corazón, que antes latía con una calma inusual, se aceleró de nuevo, temiendo que la fragilidad de la situación se desmoronara.
Pero ella solo sonrió, su pequeña sonrisa más bien su ceño fruncido natural. Era una expresión sutil, un atisbo de algo genuino que no siempre mostraba.
—"Porque pensé en todo lo que dijimos en el tren"— comentó de manera tranquila, su voz suave, pero con una firmeza que me sorprendió, como si cada palabra hubiera sido cuidadosamente calculada.
Su mirada, antes esquiva, ahora se posó en mí, penetrante, buscando que comprendiera la magnitud de su decisión.
—"Y ya no quiero vivir de acuerdo a lo que el Capitolio espera de mí"— continuó, sus ojos brillando con una chispa de rebeldía, una que me recordaba la fuerza que había visto en ella durante el desfile.
—"Ellos esperan que te odie, que desconfíe de ti. Esperan que sea la cazadora solitaria, la que no se mezcla con nadie"— hizo una pausa, un suspiro profundo que parecía liberar años de cargas.
—"Pero ayer, cuando tuve tiempo de pensar en ti, me di cuenta de que no habías hecho nada para merecer mi desconfianza más allá de las cosas impuestas por el propio Capitolio. ¿Qué necesidad tendrías de pasar tiempo conmigo, de enseñarme cosas, de divertirte conmigo?"— Su pregunta, retórica y cargada de una honestidad que me conmovió, era una resolución de mis propios esfuerzos, una confirmación de que mis intenciones, al menos con ella, habían sido percibidas.
Soltó un suspiro, el aire escapando de sus labios en un soplido ligero.
—"Y tienes razón. Ponerme a pensar cada cosa, intentando ponerme por delante de todos es imposible, solo acabaré perdiendo esos momentos de paz, como el juego de Ping-Pong o el desfile"— comentó tranquila, sus ojos grises fijos en algún punto más allá de mí, como si viera un futuro que yo apenas podía vislumbrar.
—"Al final, pasará lo que tenga que pasar. Solo puedo asegurarme de este momento, y solo este"— concluyó, su voz ahora un susurro cargado de una resolución que me impactó, una filosofía que yo mismo había abrazado en la prisión, pero que ella había descubierto por sí misma, en medio de todo esto.
Era una verdad simple, pero poderosa, una que resonó profundamente en mi alma y me hizo sentir una conexión aún más fuerte con ella.
Entonces sus ojos volvieron a mí, una chispa de determinación encendiéndose en sus profundidades.
—"Entonces ¿cuál es el plan?"— preguntó, su voz ahora más firme, con una urgencia que no pude ignorar. Yo negué con la cabeza, el peso de la incertidumbre cayendo sobre mí.
—"No tenemos uno, al menos ya no con lo del perdón real las cosas cambiaron"— solté con un poco de acidez, mi voz teñida de la frustración que me carcomía.
La mirada de ella con la ceja levantada me decía que no entendía. Un suspiro de resignación se escapó de mis labios.
—"La realidad, Katniss, es que el ser un convicto hacía imposible encontrar patrocinadores. Ninguno quiere que se les vea ayudando por alguien que hace daño o hizo daño al Capitolio. Sería como poner una marca de rebelde aquí"— solté en son de broma, un intento de aligerar la tensión, pero la amargura de la verdad aún se filtraba en mis palabras.
Y ella comprendió al momento, un destello de entendimiento cruzando su rostro.
—"Planeaba juntarme con Haymitch y Effie cuando estuviéramos en el apartamento para discutir el siguiente movimiento. Pero ahora quiero que estés ahí con nosotros"— mi mirada se encontró con la suya, buscando su aceptación, y para mi alivio, ella asintió, una silenciosa promesa de apoyo.
—"Me parece bien, yo realmente hasta ahora solo he seguido lo que Haymitch me dice, pero no sé cuál es el plan"— soltó con un pequeño enojo, una frustración que compartía y que me hizo sonreír.
—"Así es él, solo él quiere saber todo, pero estoy seguro de que si le hubieras ofrecido un brandy te hubiera escupido todo al instante"— solté en forma de burla, y ella solo sonrió, una sonrisa que, a pesar de todo, lograba suavizar los bordes de la dura realidad.
—"Entonces ¿cuándo te darán de alta?"— preguntó ella, ya más tranquila, la urgencia en su voz atenuada por un interés genuino en mi bienestar.
Me sentía reconfortado por su preocupación, una calidez inusual se extendía por mi pecho.
—"Haymitch me comentó que para la tarde ya estaría bien"— comenté tranquilamente, mi voz teñida de una resignación que ya había aceptado.
Mi mente, siempre buscando la forma de aligerar la carga, de encontrar una pizca de normalidad en este manicomio, se desvió hacia una idea que había estado gestándose.
Comencé a señalar un pequeño mueble en la esquina izquierda de enfrente, un armario de ébano pulido que contrastaba con la fría esterilidad de la enfermería.
—"Si buscas ahí, encontrarás un paquete de cartas, es donde ponen las cosas para matar el tiempo aquí adentro"— dije, una pequeña sonrisa formándose en mis labios, una invitación silenciosa a un juego.
Ella solo asintió, su curiosidad visible en sus ojos, y comenzó a buscar hasta que lo encontró, un paquete sellado, y después me lo entregó. Sentí la textura lisa del plástico.
—"Supongo que ¿sabes jugar no?"— comenté con picardía, mientras rompía el sello del paquete y comenzaba a barajar las cartas con una destreza que mis dedos, aún adoloridos, apenas recordaban.
Ella solo me dirigió una mirada de burla, sus ojos grises brillando con un atisbo de diversión, y, intentando sonar inocente, dijo: —"Creo que me hago una idea, sí"— una sonrisa apenas perceptible dibujándose en sus labios.
Su respuesta, una mezcla de modestia y un desafío implícito, me hizo reír. Me gustaba su discreta competitividad.
—"Bien, póquer estándar, te diría que de prendas, pero yo no tengo nada más que mi bata, así que no cuenta"— dije con un tono de falsa lástima, intentando provocarla, y solo para recibir un pequeño golpe en mi brazo, suave, pero firme, un toque que me hizo reír con una genuina carcajada.
Su ceño fruncido y el rubor en su rostro eran una vista encantadora. Mi risa llenó la habitación, una risa que, por un momento, me hizo olvidar que estábamos en el Capitolio, que éramos tributos, que la muerte nos acechaba, de Bran y Snow. Solo éramos dos jóvenes, jugando a las cartas, encontrando una pequeña, fugaz, paz en el caos.
El tiempo pasó más rápido de lo que pensé, un eco silencioso de la normalidad que apenas habíamos rozado. La conversación fluyó de manera natural, como si hubiéramos sido amigos de toda la vida.
Me preguntó sobre los extraños objetos del Capitolio en su recámara, sobre la cocina, sobre detalles triviales que me permitían un atisbo de su curiosidad genuina.
Le expliqué cada cosa con una paciencia que no creí poseer, disfrutando de ver cómo sus ojos se abrían con cada nueva revelación, cómo su mente, tan aguda, procesaba la extravagancia de nuestro entorno.
Y en el juego, Katniss era realmente muy buena, tan buena que me hizo sentir una punzada de diversión, una mezcla de asombro y una ligera frustración. Era tan hábil, tan precisa, que me hizo sentir que ya se estaba apiadando de mí.
Puse mi mano en la cama, mi tercia de 7 se mostraba con una confianza exagerada, casi insolente.
—"Por fin te pillé"— solté con una risa contenida, mis ojos fijos en ella, esperando ver un destello de pánico.
Ella solo pareció dudar más, su rostro una máscara ilegible, sus ojos fijos en sus cartas como si buscaran una solución imposible. Entonces, lenta, casi tortuosamente, bajó su mano, y mi sonrisa se desvaneció al instante.
Una casa llena, un par de 2 y un trío de jotos.
Octava victoria seguida.
La frustración me invadió, una punzada de irritación que rápidamente se convirtió en una sonrisa genuina.
—"¡Rayos, señorita, cómo es que eres tan buena!"— Pregunté, mi voz teñida de asombro y una sincera admiración, mientras tomaba las cartas para revolverlas una vez más, mis dedos todavía aturdidos por la facilidad con la que me había superado.
Mi mirada se posó en ella por el repentino silencio. Había una melancolía en sus ojos, una sombra que ya había visto antes.
—"Yo jugaba mucho con Prim, y mamá, cuando había días en los que no podíamos hacer nada, por la lluvia o la nieve"— comentó, su voz un susurro cargado de una ternura que me conmovió, su mirada perdida.
Dejé las cartas de lado, la urgencia del juego desvaneciéndose ante la intimidad de su revelación. Era un atisbo de su mundo, de su corazón, algo que atesoraba más que cualquier victoria en el póquer.
—"Cuéntame más de ellas"— dije de manera amable, mi voz suave, invitándola a sacar sus pensamientos, a abrirse un poco más a mí, a compartir esa parte de su vida que sin duda era lo más preciado para ella.
Ella tomó el as de corazones, sus dedos acariciando la carta como si fuera un talismán. Mientras la veía, notaba su conflicto interno, la lucha entre el deseo de hablar y el temor a la vulnerabilidad.
¿Era demasiado pronto para ahondar en nuestro pasado, para desenterrar heridas que apenas comenzaban a cicatrizar?
Mis propios recuerdos, los míos, eran un laberinto de dolor que solo yo conocía. Pero su voz, pequeña y frágil, me sacó de mi mente, congelando mi mirada puesta en su rostro con una duda palpable.
—"Mi padre murió cuando solo tenía 10 años, en las minas"— la simpleza de sus palabras, me golpeó con una fuerza inesperada.
Mantuve mi silencio, una barrera protectora para no espantar su iniciativa, pero al mismo tiempo, enfoqué toda mi atención en ella, en cada gesto, en cada matiz de su voz, queriendo que supiera que me importaba, que la escuchaba.
—"Su nombre era Burdock"— soltó con un dolor que no sabía que tenía, una punzada que resonó con la mía, una herida compartida que apenas comenzaba a sanar.
Siguió jugando con la carta en sus manos, en un silencio ensordecedor que se extendía entre nosotros, pesado y cargado de memorias. No quise romperlo, tal vez solo con eso era suficiente para que comenzara a abrirse, y entendería si solo quería compartir eso por ahora.
Pero ella continuó, su voz, aunque baja, se hizo más clara, como un río que, poco a poco, va ganando caudal.
—"Mi madre Asterid se enamoró de él cuando lo escuchó cantar, o al menos eso me dice, y así llegué yo y después Prim"— una pequeña sonrisa, teñida de melancolía, se dibujó en sus labios.
Bendito sea ese día cuando Burdock Everdeen cantó.
—"Prim es un sol, es mi faro; si no fuera por ella yo sería un cascarrabias, enojada todo el tiempo"— comentó burlonamente.
A mi mente vino la imagen de la niña rubia de dos coletas, esa pequeña chispa de inocencia que Katniss protegía con tanta ferocidad. Una punzada de ternura me recorrió, un sentimiento ajeno a mi naturaleza, pero que, por alguna razón, me resultaba reconfortante.
—"Mi madre sufrió mucho cuando papá murió, a un nivel superior que yo, tanto que hasta el día de hoy no comprendo ese sentimiento. Duró un tiempo completamente en blanco, llorando en las noches y apenas haciendo algo durante el día"— sentí la rabia en su voz, el resentimiento que aún persistía por el comportamiento de su madre, por esa ausencia emocional que la había obligado a madurar antes de tiempo.
Una parte de mí, la parte que comprendía la complejidad del dolor, quería consolarla, decirle que no era su culpa, que el luto a veces consume, pero mantuve mi silencio, respetando su espacio.
—"Pero ella no se rindió, intentó hacer todo lo posible para mantenernos a Prim y a mí, pero no fue suficiente"— sentenció mientras arrojaba la carta a las demás, un gesto de frustración que me recordó su propia impotencia ante la adversidad.
Levantando su vista hacia mí, sus ojos ahora cansados, pero con un brillo de determinación que me conmovió, continuó.
—"Yo comencé a intentar ayudarnos, pero ¿qué podía hacer una niña de solo 10 años? Mendigué, intenté hacer todo lo posible para conseguir comida o dinero, pero no había nada"— su mirada, ahora oscura y dolida, reflejaba la desesperación de una niña que luchaba por sobrevivir en un mundo cruel, una imagen que resonó con mi propia infancia, con mis propias luchas silenciosas.
—"Pero fue entonces cuando un acto de amabilidad me dio las fuerzas para seguir, me recordó que aún hay personas a las que les importa ayudar a los demás"— soltó ahora con una pequeña sonrisa de esperanza, una chispa de luz en la oscuridad de sus recuerdos.
Mi mente, en ese instante, no pudo evitar conectar ese "acto de amabilidad" con el pan y el paraguas que le había dado en el Distrito 12.
—"Ellas lo son todo para mí, son mi fuerza para continuar el día a día"— soltó tranquilamente, con esa mirada esperanzadora.
Y las volverás a ver.
Una promesa que, aunque no la pronuncié en voz alta, sellaba mi determinación. Sin pensarlo, estiré mi mano tomando la suya, mi toque apenas un roce.
Al instante la sentí tensarse, y su rostro mostró duda ante el contacto. Sus ojos, antes fijos en el horizonte de sus recuerdos, se posaron en los míos, una mezcla de sorpresa y una pregunta silenciosa.
—"Tu hermana y tu mamá son afortunadas por tener a su lado"— solté, mi voz suave, intentando infundirle todo el apoyo y el reconocimiento que sentía por ella.
Le di un apretón suave, una conexión silenciosa. Para mi sorpresa, ella regresó el apretón, su mano, antes tensa, se relajó ligeramente en la mía, una pequeña victoria, un atisbo de la confianza que ambos anhelábamos.
Entonces, inundado por la confianza del momento, mi voz salió tranquila mientras observaba por la ventana.
—"Yo nací aquí en el Capitolio"— solté como una bomba, y mis ojos se posaron en ella, que ahora estaban abiertos en shock por la revelación.
Sus cejas se alzaron, y una pequeña exclamación escapó de sus labios, pero fue un sonido ahogado, casi inaudible. Una sonrisa burlona llenó mi rostro golpeado.
—"Sí, lo sé, qué raro"— solté, disfrutando de su asombro.
—"Los Mellark somos una familia de panaderos muy conocida en el Capitolio, mis abuelos solían vender lo más caro y delicioso, pero cuando mi padre, el 'gran' Alben "— solté lo de 'gran' con un sarcasmo que rozaba el desprecio, recordando su obsesión por el poder y la apariencia.
—"Se hizo cargo del negocio, lo extendió, abriendo más sucursales en el Capitolio y luego en los distritos más ricos como el 1 y el 2, para después llegar al 3 y 4. Se casó con mi madre, Greta Virelius, cuando tenía 20 años; ella, con su elegancia fría y su aire de quien nunca se ensucia las manos, le dio a mi hermano Bran poco después. A los 14 años fue cuando me encerraron en Kirikiri del Distrito 2"— sentencié con una resignación que me dolía, el recuerdo de mi encarcelamiento aún fresco.
—"Cuando me convertí en convicto me volví residente del Distrito 2, por eso comencé a entrar en la cosecha"— comenté, dándole el contexto de cómo funcionaban las cosas, su mente pareció considerar todo rápidamente, procesando la información con una agilidad sorprendente.
—"Por eso, en el tren, te dije que para mí todo esto no es algo extraño, después de todo, nací entre ello"— comenté con un suspiro de indiferencia por todo el lujo que nos rodeaba, la ostentación que para ella era nueva, para mí, un viejo conocido.
Una mueca se formó en mi rostro, una punzada de desagrado ante el mero pensamiento.
—"Ahí es donde conocí al amor de pacificador que es Francis"— comenté, el sarcasmo goteando en cada sílaba al pensar en el pacificador gruñón que hacía mi vida imposible.
Ver la reacción de Katniss, la forma en que sus ojos se iluminaban con la comprensión, era un pequeño triunfo.
Noté cómo Katniss intentaba unir los puntos, la pieza del rompecabezas encajando lentamente en su mente, y cuando sus ojos se abrieron tenuemente en comprensión, solo pude sonreír.
Era satisfactorio ver cómo su mente aguda procesaba la información, cómo conectaba los eventos que yo había vivido, casi como si estuviéramos tejiendo un tapiz compartido.
—"Sí, el mismo que me dio mi regalito de despedida en el tren"— comenté, recordando el golpe y sus palabras, el sabor metálico del dolor aún fresco en mi boca.
—"En prisión no solía hacer muchas cosas, todo era entrenamiento o golpes de parte de los guardias, el día a día era una monotonía brutal que me vaciaba de cualquier emoción, un eco de la desesperación. Hasta que el comandante Vender entró en mi vida y me ofreció un trato que no pude negarme"— comenté al final rodando mis ojos, el cinismo en mi voz palpable.
Vender, el manipulador con rostro de salvador, había visto una herramienta en mí, no un ser humano.
Y yo, desesperado por cualquier salida, me aferré a esa ilusión, a esa promesa de un escape de las paredes grises que me consumían.
—"Hay muchas cosas que no puedo decir aún"— solté, el peso de mis secretos cayendo sobre mis hombros.
Pensando en qué hice para acabar en prisión, en la intrincada red de eventos que me llevaron hasta ese lugar. Eran verdades que aún no estaba listo para compartir, que la protegerían de la oscuridad que me rodeaba, y de la complejidad de mi propia culpa.
—"Pero algo que siempre me acompañó en mi habitación era una pequeña ventana, el único contacto con el exterior donde podría observar el amanecer o el atardecer, ese hermoso color naranja"— comenté con la mirada perdida, mis ojos fijos en el recuerdo.
La ventana, era mi único consuelo, mi única conexión con la vida más allá de los muros. El naranja del atardecer, una promesa de que, a pesar de todo, el sol volverá a salir y quizás, un día, también lo haría para mí.
Pero me recompuse para mirar a Katniss, la cual ahora me miraba con una fuerte curiosidad, curiosidad con preguntas contenidas, de la misma forma que yo con ella, y al final con el mismo respeto por la privacidad de aquello que aún no queremos compartir.
Nuestra comprensión tácita, la habilidad para percibir los límites sin necesidad de palabras.
Y sin poder decir más, la puerta se abrió interrumpiendo el momento, un Haymitch, como siempre, con la resaca a cuestas, apareció. Detrás de él, Effie, con su típica sonrisa, una máscara de alegría que no siempre lograba ocultar el cansancio en sus ojos.
—"Bien, muchacho, los doctores dieron el visto bueno para que salgas de aquí al apartamento y que mañana puedes comenzar a entrenar sin hacer nada exigente..."— comentó Haymitch, pero su mirada se quedó fija en algo en mi cama, haciendo que levantara mi ceja en señal de no entender. Mi corazón se contrajo, una punzada de pánico.
¿Había dejado algo expuesto? ¿Algún rastro de mi verdadera vulnerabilidad?
Entonces sentí la mano de Katniss moverse de la mía y comprendí. Comencé a repetirme mentalmente: No digas nada, Effie, por favor, no digas nada.
—"Ah, me alegro de que ya estés mejor, Peeta, y qué bueno que Katniss aquí se hizo disponible para ayudar a cuidarte. Eso demuestra el gran equipo que somos"— dijo Effie con su típica sonrisa, una capa azucarada sobre la realidad.
Su voz, a pesar de todo, sonaba genuinamente aliviada. Solté el aire que llevaba conteniendo para dar paso a mi típica sonrisa burlona. Era una máscara, una forma de desviar la atención, de controlar la narrativa.
—"Claro que sí, Effie, al menos durante mi caminata fuiste tan amable de tirarme solo papel"— solté bromeando, un dardo envenenado disfrazado de humor, ganándome una mirada de nada común de parte de Effie. Su indignación era predecible, casi reconfortante en su familiaridad.
—"No digas eso, jovencito"— solo pude sacar la lengua a ella.
Un acto infantil, una forma de liberar la tensión, de recordarle que, a pesar de todo, yo aún podía ser yo mismo.
—"Bien, cuando lleguemos Katniss, Cinna mencionó que te quería para unas pruebas para ropa para el día de la entrevista..."— Haymitch comenzó, su voz monótona, intentando una mentira que noté a kilómetros.
Su mirada, evasiva, y la forma en que evitaba mi vista, delataban su intento de deshacerse de Katniss. Él solo quería que Katniss se fuera para poder hablar como concordamos. Lo interrumpí.
—"Haymitch no es necesario"— sentencié, mi voz firme, sin dar espacio a réplicas, mientras mi mirada se dirigía a Katniss, buscando su confirmación.
—"Katniss va a estar con nosotros. Ella lo sabe, lo de Bran y la recompensa. Quiere formar un equipo conmigo"— la verdad, lanzada como una bomba, impactó en la habitación.
Gané una mirada de impresión, de asombro puro, tanto de Haymitch como de Effie. Sus ojos se abrieron, sus mandíbulas se aflojaron.
Entonces observé a Katniss. Ella, sin ningún temor o duda, con una convicción que me hizo sentir una punzada de orgullo, dijo.
—"Sí, quiero hacer equipo con él"— su voz, clara y segura, resonó en el silencio aturdido de la habitación, una afirmación rotunda que sellaba nuestra alianza.
Haymitch llevó su mano a su barbilla, meditando en los nuevos acontecimientos, un remolino de pensamientos cruzando su rostro.
Pero Effie se le adelantó. Con una seriedad que yo conocía bien, una que revelaba su preocupación más profunda, soltó.
—"¿Estás segura de esto? No es algo que puedas conocer y olvidar"— su mirada, penetrante y sin rastro de sonrisa, era una cruda verdad.
Una advertencia que no podía ser ignorada. Tanto así que incluso Haymitch la miró en un nuevo foco, un destello de respeto por la honestidad de Effie.
Después de todo, Effie, en su aparente "estupidez" capitolina —como seguramente tanto Haymitch como Katniss pensaban—, yo sabía la verdad.
Lo que se ocultaba detrás de su maquillaje excesivo, sus pelucas y su ropa extravagante.
La familia Trinket, en sí, no era muy poderosa, ni siquiera conocida realmente, no tenían recursos, pero tanto Effie como su hermana Proserpina conocían bastante bien como funcionaba la maquinaria del Capitolio detrás de lo evidente.
El solo pensar para quién trabaja su hermana e incluso para quién trabajo ella misma, ella será parte vital en esto.
Si bien el presidente Snow era el máximo gobernante, aun así debía tener las correas fuertemente agarradas para que la jauría de perros —como mi propio padre en su momento, o ahora Bran— no se descontrolaran y le dieran la vuelta.
Si algo podría decir del presidente Snow era lo impresionante que era que siguiera vivo y que gobernará desde hacía ya tanto tiempo.
El Capitolio entero era poder y juegos de posicionamiento. Y Effie, entendía bien eso.
Esto, a su vez, despertó otro miedo en mí: el hecho de que Katniss ganara la haría un títere en manos del Capitolio.
Ese pensamiento me hizo enojar porque yo no podría protegerla más; tendría que confiar en estas dos personas aquí con nosotros para eso.
Al menos, eso me trajo consuelo de alguna manera.
Sacudí de mi mente esos problemas futuros y de los que yo no podría hacer nada, así que dejé todo eso de lado y me concentré en la respuesta de Katniss a Effie.
—"Estoy segura"— simplemente dijo, su voz resonando con una convicción inquebrantable.
La mirada de Effie se llenó de orgullo, sus ojos brillando con una satisfacción maternal, regresando a esa sonrisa que la caracterizaba, casi un gesto de alivio.
—"¡Genial, ahora sí somos un gran equipo!"— soltó Effie casi cantando, su entusiasmo desbordándose, para darse la vuelta y salir caminando con una ligereza renovada.
—"Voy a buscar al médico para que nos den todo lo necesario para ya salir de aquí, Katniss, puedes acompañarme"— comentó mientras salía por la puerta, su voz ya un eco distante.
Y ella solo la siguió, sin dudarlo, dejándonos solos a mí y a Haymitch.
Una parte de mí se sintió extrañamente aliviada de que Katniss se fuera por un momento, dándome un respiro para procesar todo lo que acababa de suceder, pero otra parte se sintió expuesta, como si una armadura me hubiera sido arrebatada.
—"¿Cuánto le dijiste?"— preguntó Haymitch mientras se acercaba a mí, su voz tranquila pero con una pizca de duda.
—"Solo lo de Bran y el Capitolio"— comenté, dando a entender que no había desvelado lo que hablamos en el tren ni la historia del pan.
Haymitch se quedó pensativo, sus ojos grises fijos en algún punto distante.
—"Podría funcionar"— soltó, más para sí mismo que para mí, un murmullo que me hizo fruncir el ceño.
—"¿De qué hablas? ¿Qué va a funcionar?"— pregunté, con incredulidad en mi voz.
Él me miró, una sonrisa astuta dibujándose en sus labios.
—"Tú sabes bien cómo son los capitolinos, aman el drama, aman ver una historia"— asentí con la cabeza, porque era la cruda verdad; los capitolinos se nutrían de las tragedias.
Y entonces, mi mente hizo clic, una alarma que resonó en mi cabeza, y rápidamente solté: —"¡Ni se te ocurra decirlo!"— Mi mirada lo taladraba, pero parecía darle completamente igual.
—"Amantes trágicos, el convicto y la chica en llamas"— dijo, mientras con su mano hacía el ademán como si ya lo estuviera viendo en el periódico.
Mi enojo explotó.
¿Cómo se atrevía a proponer eso? No dejaría que el Capitolio se divirtiera con mis sentimientos, con los sentimientos de Katniss, de esa manera.
Pero Haymitch solo me miró, sus ojos, que brillaban con una lógica inquebrantable.
—"Solo dime que no funcionará, que no creará una ventaja, que no habrá un enamorado ahí afuera en el círculo de la élite que esté dispuesto a llevar la contraria a los demás con tal de que la chica del pan viva"— me cuestiono, su dedo fijo en mí.
Estaba a punto de levantarme y quitarle lo crudo a golpes cuando me quedé congelado. Mi ceño se frunció.
Un —"¡Demonios!"— se escapó de mis labios.
La realidad, fría y brutal, de que tenía razón, me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Haymitch sonrió de manera macabra, una victoria silenciosa en sus ojos.
—"¡Así que sí lo hay!"— soltó Haymitch con autosuficiencia, una sonrisa triunfante que me irritó.
Me pasé la lengua por los labios, imaginándome borrar esa sonrisa de un buen patadón en la cara, pero entonces comencé a pensar en algo diferente.
Una sonrisa empezó a crecer en mi rostro, una idea que se estaba formando en mi cabeza, y Haymitch pasó de sonreír a un pánico visible al notar mi cambio de actitud, soltando un —"¿Qué?"— de duda de su garganta áspera.
Mi mente, siempre en busca de la debilidad del oponente, había encontrado una nueva arma. Si él podía jugar sucio, yo también.
—"Aunque no aceptaré esta 'idea' sin la opinión de Katniss, si ella acepta, quiero que tú finjas con Effie también"— solté como una serpiente, mis palabras sonando como una amenaza.
La risa llenó el lugar, una risa sin gracia de Haymitch.
—"Chico, ¿y eso en qué podría ayudar en tu caso? No estoy aquí para cumplir con caprichos de nadie, te estoy ofreciendo mi ayuda, no al revés"— espetó, su voz cargada de fastidio.
Pero mi sonrisa creció aún más, si era posible. No pasaría por esta vergüenza solo.
¡Claro que no!
—"No es una pregunta, Haymitch, ni una petición. El día de la entrevista solo diré que mi amado mentor me impulsó a intentar tener este amor prohibido, como él lo tiene con su escort Effie"— solté de manera amenazante, y el silencio reinó.
Sabia perfectamente que estaba persiguiendo un fantasma, pero no podia evitar intentar meterme con el, no estaba en mi naturaleza perder.
—"No te atreverías"— solo soltó, intentando sonar amenazante, pero su voz vaciló.
—"No intentes amenazar a un convicto de máxima seguridad, Haymitch, porque te digo un secreto: no funcionará. Ahora, si yo tengo que sufrir o Katniss el chisme del Capitolio, tú, como buen mentor, podrías enseñarnos cómo hacerlo"— solté como burla, y él solo se acercó y me tomó de la camiseta amenazantemente.
—"Chico, estás jugando con fuego"— siseó.
Su advertencia fue un desafío.
¿Fuego? Yo había vivido en él.
Y mi mirada perdió todo en ese instante, se volvió aquello con lo que asustaba a los demás reos, y comencé a acercarme más a su rostro.
Mi voz fría sonó: —"¿Crees que un poco de fuego me asusta, Abernathy?"— mis ojos fijos en los de el, una batalla de voluntades.
Ya estaba saboreando, el desenlace de esto, sabía que el se negaría y que yo solo tendría que seguir molestándolo hasta que regresaran las chicas, no había más…
—"Está bien"— simplemente dijo, su voz llena resignación.
Espera, ¿Qué?
Y mi mirada cambió a una de sorpresa. Creí que... Mi línea de pensamientos murió de golpe.
—"Espera, ¿realmente te gusta Effie?"— Y entonces el golpe en mi estómago llegó al instante, un puñetazo seco que me arrancó el aliento.
La puerta se abrió.
—"¿Qué demonios haces, Haymitch? ¡Está recuperándose y tú lo golpeas!"— el chillido de Effie lleno el lugar para acercarse a él, dándole pequeños golpes con su cartera.
Katniss se acercó a mí, revisando y ayudándome a sentarme para tomar aire que el golpe me había sacado.
Mi mirada se posó en Haymitch, quien intentaba evitar los golpes de Effie con una expresión de fatiga, casi aburrida.
Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, un entendimiento tácito y frío se forjó entre nosotros: no hablaríamos de esto, de mi pregunta y de su posterior reacción, hasta que estuviéramos en el apartamento, completamente solos.
Era un secreto más que se sumaba a la compleja red de alianzas que se tejía en este equipo.