El Acto y Revelaciones
13 de septiembre de 2025, 12:46
Capitulo 9: El Acto y Revelaciones
(POV Katniss)
El suave siseo del elevador al ascender me envolvía, pero mi mente estaba lejos de todo en este momento.
El recuerdo del juego de cartas me arrancó una sonrisa.
La facilidad con la que me había sumergido en ese momento. Fue bueno para mi saber que al menos en algo le sacaba una gran ventaja, me reí para mis adentros.
Supongo que no es perfecto en todo lo que hace.
Su rostro, cada vez que ganaba con facilidad, era oro puro: de impresionado ha perdido, y al final, completamente desesperado.
Pero también entendí algo: esas facetas de su personalidad eran el Peeta Mellark real o al menos eso comenzaba a creer. Cuando los demás nos rodeaban, él regresaba a su fachada de cinismo y burla, regresaba al reo peligroso que tenía que demostrar.
Ahora lo podía ver claramente, era como yo.
Esa mirada fría que usaba cuando intercambiaba caza o cuando iba al quemador con Sae a intercambiar la carne que nadie más quería. Al tratar con personas fuera de mi círculo.
Y eso para mí era un punto en común; tanto él como yo teníamos que fingir algo que no era 100% verdad para protegernos. Pero el hecho de que él comenzara a romper mis barreras ya no me asustaba, porque veía que las de él también estaban cayendo.
Mi mente regresó al abrazo, no supe por qué lo hice, fue un impulso, una reacción. La pregunta era: ¿me arrepiento?
No, no me arrepentía.
Fue como si saliera de mi pecho, verlo desesperado, verlo encerrado en sus problemas fue como un reflejo de mí misma. Como me sentía también yo en esta situación. No solo fue por él también fue para mí misma.
Y eso me asustaba un poco, una punzada fría que no esperaba. Tal vez fue un poco de todo: el hecho de que fuera honesto y me contara lo que había sucedido, de cómo su hermano Bran lo había golpeado hasta donde puso recompensa por su cabeza.
Fue como cuando Prim se asustaba por algo que no podía entender o cambiar; simplemente al ver sus ojos azules con esa desesperación me hizo actuar como lo haría con Prim, un instinto protector que se activó sin mi permiso.
Y aunque al inicio lo sentí incómodo, una invasión a mi espacio, en cuanto sus brazos me rodearon y el familiar olor a canela llegó, me relajé.
Su cuerpo contra el mío, la extraña sensación de seguridad en medio de ese horror compartido, fue un arrullo inesperado.
Pero la llegada de la enfermera, el ruido de la puerta y el romper de esa burbuja, eso sí fue vergonzoso. Me sentí como si fuera una adolescente normal por primera vez, siendo pillada haciendo algo que no debería.
¿Qué hubiera dicho mi mamá si me encontrara en esa situación?
Me avergoncé rápidamente de ese pensamiento.
¿Por qué me vino eso a la mente?
Me regañé, intentando reprimir la oleada de rubor que aún no desaparecía de mi rostro.
Sus palabras "Nada, solo disfruto de la vista" regresó a mi mente y sentí algo en el pecho, algo extraño. Esas palabras se estaban volviendo algo personal e íntimo entre nosotros, una especie de código secreto, un atisbo de conexión que me confundía. No era una broma cualquiera; era nuestra broma.
Y por ese tipo de conexiones y los juegos de palabras, su actitud hacia mí, mi propia actitud hacia él, era confuso. Es como si fuéramos amigos, pero solo teníamos dos días de conocernos.
Mi mano se apretó sobre mi pantalonera, mis ojos se posaron en él, que tenía los ojos cerrados, ahí recargado en el elevador como si nada.
¿Cómo paso esto? ¿En qué momento?
Estaba dispuesta a pasar tiempo con él, pero era realmente lo correcto…
Y es que con Madge nunca hablé de mi padre o del pan y el paraguas; eso era algo mío, íntimo, personal.
Y con Gale, si bien hablé de mi padre –porque tanto su padre como el mío fallecieron juntos en las minas– nunca le hablé de la bolsa de pan ni del paraguas; eso también era un secreto mío, una herida personal que guardaba celosamente.
Pero con Gale fueron años de conocernos y solo hace apenas unos años comencé a confiar realmente en él. Por eso me costaba comprender por qué con Peeta era diferente. Si tal vez no hablé del pan y el paraguas directamente, sí mencioné algo que podía desencadenar ese recuerdo.
Lo mismo con mi sufrimiento buscando comida y mendigando; eso solo me haría ver débil a ojos de cualquiera. Pero aun así lo comenté, hablé de cómo murió papá, de cómo se enamoró mamá e incluso de ese momento de caridad.
Me sentí relajada al poder expresar mis sentimientos y que me dejara poner los límites hasta dónde compartir. Y al final, si pudiera compartir más, ¿lo haría o no? Esa era la pregunta que no quería responder porque la respuesta sería un “sí“.
Y el miedo llegó otra vez, las dudas si estaba haciendo lo correcto volvieron. Pero mi corazón me preguntó.
¿Y qué recibiste a cambio?
Y la respuesta fue simple.
El alivio de no cargar con todo sola, la extraña calidez de su presencia y una promesa silenciosa de comprensión que no había encontrado en nadie más.
Y al instante sentí el calor de su mano otra vez sobre la mía. No hubo palabras, solo un acto de apoyo silencioso, una corriente de calma que me infundió el ánimo que necesitaba.
Apreté su mano de vuelta, una conexión que se forjó en la quietud, un eco de la vulnerabilidad que habíamos compartido. Era un gesto tan simple, tan carente de engaño.
Pero a la vez tan contradictorio a mi naturaleza, era como si fuera algo normal, natural, dos amigos consolándose, pero yo no era así. Al menos no con cualquiera.
Eso solo significa que él, no es un cualquiera, ya no…
Él me sorprendió al hablarme sobre el mismo, algo que no esperaba, pero que ahora entendía mejor su pasado. No fue un intercambio equitativo; yo no compartí con la expectativa de que él lo hiciera, y sabía que él tampoco lo buscaba.
Pude notar el peso en su mirada mientras hablaba de su familia, cómo el simple hecho de mencionar a su padre, Alben Mellark, o a su madre, Greta Virelius, lo enfermaba, por más que intentara ocultarlo bajo su capa de indiferencia. Una punzada de duda me invadió.
¿Qué pensaban ellos de todo esto? ¿Acaso habían mandado a Bran a hacerle esto a Peeta, o era algo más personal entre los hermanos? Y si era así, ¿por qué no intervenían? ¿Era porque era un convicto, un marginado a los ojos del Capitolio, incluso para su propia sangre?
Todas esas preguntas rondaban en mi mente como enjambres de abejas furiosas. Pero al final, con sus palabras sobre la pequeña ventana en su celda, sentí una punzada de dolor, una empatía inesperada.
¿Cómo sería vivir solo teniendo un atisbo del mundo, una visión limitada de la vida?
Un escalofrío me recorrió la espalda al imaginarme a mí misma viviendo esa vida, desde los 14 años, despojada del amor que le tengo al bosque, de la libertad cruda y salvaje que sentía al estar en él.
Tal vez era eso, lo que nos unía, que cuando lo observaba, veía a un hombre roto, un hombre que había sufrido más que yo. Porque por más mal que la pasara en el 12, al menos tenía a mamá, Prim, Gale y a Madge, pero ¿Él que tenía?
Nada, soledad.
Las dudas persistían; quería ahondar más, saber más, desentrañar los secretos de su pasado, pero tenía miedo, miedo a encontrar más cosas en común. Y que al final fuera todo un plan para ganar los juegos.
De eso se trata la confianza, el desear que al final esa persona no te falle…
El sonido del elevador me sacó de mis pensamientos, un eco metálico que anunciaba nuestra llegada al piso. Los cuatro, o al menos eso parecía en mi mente, salimos caminando.
Haymitch, como siempre, al instante atacó el minibar, sus manos temblorosas aferrándose a una botella. Effie, con un suspiro exasperado que resonó en el silencio del pasillo, comenzó a regañarlo al instante, su voz aguda un contraste con el murmullo de Haymitch.
Sacándome una sonrisa, se comportaban como niños en una rabieta, y cuando mi mirada llegó a Peeta, este estaba mirándolos fijamente, sus ojos azules clavados en la escena, como si estuviera resolviendo un problema complicado, una ecuación compleja que solo él podía descifrar.
—"Bien, vamos a sentarnos a cenar, por favor"— soltó Effie animada, con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos.
Para recibir un –"Yupi”– sarcástico de Haymitch, que fue nuevamente golpeado con su pequeña cartera, una vez más, un golpe familiar que resonó con la rutina de su peculiar relación.
Nos sentamos, y después de recibir los platos por parte del chef, un aroma a mantequilla derretida llenó el aire, haciéndome dudar por un instante. Era un plato que jamás había visto en el Distrito 12.
Comencé a cenar, en un silencio tenso que se extendía entre nosotros, roto solo por el tintineo ocasional de los cubiertos contra la porcelana. Ya era de noche, y la quietud opresiva de la sala se intensificaba con cada bocado.
De repente, Haymitch rompió el silencio, su tenedor chocando ruidosamente contra su plato mientras dejaba caer un trozo de comida. Su mirada, inusualmente sería, se posó en nosotros.
—"Está bien, ahora dinos ¿qué demonios está pasando?"— la pregunta fue directa a Peeta, quien bajó su cubierto y se limpió la boca con lentitud exasperante.
—"Lo de la recompensa está puesta por mi hermano mayor, Bran"— comentó Peeta.
Effie ahogó un pequeño gemido, su rostro palideciendo. Haymitch, con un aire de asombro que lo dejó perdido, preguntó: —"¿Aún quedan Mellarks?"—
Yo fruncí el ceño con una duda similar a la de Haymitch. ¿Cómo era posible que él, un mentor experimentado, no conociera a Bran si Peeta había mencionado antes que su familia era tan conocida? No pude decir nada.
Peeta, con una indiferencia que me heló la sangre, soltó: —"Sí, solo quedamos nosotros dos. Ahora entiendes por qué me quiere muerto"—
Mi mente comenzó a dar vueltas.
¿Sus padres estaban muertos? ¿Por eso no interferían?
Las dudas, como pequeñas púas, comenzaron a carcomerme, pero mantuve mi silencio. Haymitch meditó un momento antes de contestar.
—"Entiendo que te quiera muerto"— soltó, su voz cargada de una extraña aceptación.
¡YO NO!
Gritaba mentalmente.
—"Lo que no entiendo es ¿Cómo no sabía de tu hermano?"— le pregunto, mientras le apuntaba con el tenedor, sus ojos entrecerrados.
Peeta se sumió en un silencio tenso, su mirada distante, como si un recuerdo lo arrastrara a las profundidades de su mente.
—"Hay una sucesión de eventos que muchos no comprenden del todo"— comenzó Effie su voz nerviosa, lo que nos hizo girar la cabeza a Haymitch y a mí al instante para encararla.
La mirada de Effie estaba fija en su plato, pero de la nada dejo caer los cubiertos como si el apetito se le hubiera ido.
—"Si bien es cierto que las panaderías Mellark cerraron, fue porque Bran Mellark así lo decidió. Después de lo ocurrido en el año 71, tras los Juegos, él simplemente lo abandonó todo y se esfumó del ojo público. El Presidente Snow, por su propia conveniencia, por un respeto selectivo hacia la 'paz', evitó que la información del caso se hiciera pública, dejando solo un rastro de especulaciones. Por eso, muy pocos lo conocen o lo ubican o incluso hablan de él"— su mirada se perdió en la ventana, un gesto evasivo.
Su voz, aunque controlada, arrastraba un trasfondo de profunda incomodidad, como si hablara de algo que prefería mantener enterrado bajo capas de vergüenza, incluso para ella. No era la Effie que conocíamos, la de las pelucas y el entusiasmo forzado; esta era una faceta distinta, más sombría y real.
—"Ahora, con 22 años, solo se codea con la élite, siguiendo de cerca al presidente Snow y haciendo lo que él necesite"— concluyó, su expresión contraída en una mueca de desagrado antes de volver a tomar los cubiertos.
—”¿Y cómo demonios sabes tú eso?“— preguntó Haymitch, fulminándola con la mirada, como si por primera vez viera realmente a Effie.
Ella, recuperando su tono habitual de ligereza, le apuntó con el tenedor: —”Tengo una vida, Haymitch. Una vida que no gira en torno a limpiarte cada vez que te vomitas encima o a levantarte cuando te caes”—
Pensé, rogué, que Haymitch preguntara más, pero en lugar de eso soltó un largo suspiro, se recargó en su silla y meditó en la nueva información. Parecía impresionado con Effie; la observaba de vez en cuando mientras ella, como si nada, comía con su alegría restaurada.
Noté en su mirada algo que no esperaba: como si se diera por vencido, como si supiera que había algo que no podía resolver.
Entonces dejando ir el momento anterior y continuando con la cena él soltó bruscamente: —"Bien, eso no es algo que podamos solucionar en este momento así que pasemos a lo que va a suceder y cuál es el plan para poder conllevar toda la porquería que nuestro chico estrella tiene encima"— su voz grave.
Effie, con un gesto de desagrado y un bufido de exasperación, le lanzó una mirada fulminante.
—"¡Come con la boca cerrada, por favor!"— soltó con voz chillona, la misma que usaría para regañar a un niño.
Haymitch solo rodó los ojos, masticando con más fuerza, la escena patética y familiar de un niño desafiante.
Y agregó —"Y más ahora que la chica en llamas quiere formar equipo contigo en la arena"— concluyó, alejando su plato con un gesto brusco, como si la cena hubiera sido un mero trámite antes de la verdadera batalla.
Mientras tomaba más de su vaso —"Primero, vamos por partes: el problema de los patrocinadores. Sin patrocinadores, estamos perdidos, y dado que la mayoría si no todos ellos van a estar en contra de Peeta y, por extensión, en contra de cualquiera con el que forme equipo, hace que esta misión sea imposible"— soltó, Haymitch.
Se tomó un momento de silencio, su mirada tranquila observando a Peeta, quien parecía intentar resolver un problema en su mente, asintiendo lentamente, lo que hizo que Haymitch continuará.
—"Bien, la idea es hacerlos ganarse el corazón de la fanaticada. Y para poder lograr eso, tenemos que jugar bien las cartas a la hora de presentarlos el viernes. Por eso debemos de darles una historia, algo que mueva el corazón de las personas, como una historia romántica"— termino, su mirada clavada en mí.
La mención de una "historia romántica" me desconcertó por completo.
Mi mirada también se clavó en él, que solo le dio otro trago a su bebida, y mis ojos pasaron a Effie, quien había dejado de comer para prestar atención a Haymitch, sus ojos se abrieron y sonrió con una emoción que no comprendí. Y al final, Peeta, este solo me miró fijamente, sin revelar nada de su reacción, como si ya lo supiera.
—"¿Qué?"— solté en un susurro, aunque para mí, parecía un grito.
—"Mira cariño, sé que para ti esto parece ilógico, pero los capitolinos aman el drama y más si es algo romántico. Están hambrientos de eso más que nada. Cada vez que hay una pareja en la pantalla siempre quieren más, rápidamente lo convierten en algo que no es, y hasta ahora no habido una pareja 'real' ahí dentro, todas terminan traicionándose rápidamente"— mencionó con un deje de nostalgia en su voz, mientras Effie lo interrumpía.
—"Es cierto, nada más calentador que una historia de amor ¡juvenil!"— soltó con un suspiro soñador, para después poner sus ojos en mí nuevamente. Su sonrisa era contagiosa, pero mi mente ya estaba en modo cazador, buscando la trampa.
—"¿Además, tú y Peeta se llevan muy bien, no batallarías para actuar un poco más amistosa con él, no?"— preguntó con sus ojos puestos en mí y su gran sonrisa, una que me hizo tensar.
No puedo hacer eso, es algo imposible para mí, odio todo lo que tenga que ver con romance. Además, soy una pésima actriz.
Abrí y cerré la boca varias veces, intentando explicar, que mi reciente conexión con Peeta, por extraña que fuera, no era una actuación para las cámaras, no era un romance ni de lejos.
Mi mente comenzó a trabajar en una excusa, algo creíble que me salvara de esa farsa, pero mi boca me traicionó y lo primero que se me vino a la mente solté.
—"Mi mamá no me deja tener novio hasta después de los dieciocho"— rápidamente, la mesa se quedó en un silencio que dolía, un vacío incómodo. Mi cara al instante se frunció por mis propias palabras.
La cara de Effie se descolocó rápidamente, su sonrisa se derrumbó en una expresión de pura estupefacción, mientras Haymitch intentaba no ahogarse con su bebida, tosiendo y aguantando la risa. Y Peeta solo sonrió.
Bastardo.
Sentí el sonrojo en mi cara, el calor subiendo por mi cuello, una vergüenza que me quemaba.
¿Por qué había dicho algo tan estúpido?
Pero al menos eso me dio tiempo para pensar detenidamente qué estaba pasando. Si bien lo que decía Haymitch era cierto sobre los patrocinadores y que yo no conocía bien el Capitolio y sus gustos, aun así, no sabía fingir.
No era mi naturaleza. Mis ojos se posaron en Peeta; su sonrisa era genuina por mi comentario y una punzada me llegó.
Si bien estaba esta conexión, este algo que estaba creciendo, ¿hasta qué punto estaba dispuesta a dejarlo entrar? Eso solo me confundiría más y más. La voz de Peeta me sacó de mis pensamientos.
—"Si no te sientes cómoda con la idea o no te agrada, está bien, buscaremos otra manera"— comentó tranquilamente, y ahí estaba nuevamente esa forma en que mi opinión y mis sentimientos eran importantes para él.
—"Si la hubiera"— soltó Haymitch de manera rasposa, sus palabras un recordatorio de la escasez de opciones.
Y entonces, un recuerdo llegó, tan vívido como si hubiera sucedido ayer.
Flashback
Una Prim de 11 años caminaba de mi mano con una sonrisa en su rostro, el sol de la tarde filtrándose entre los árboles y pintando destellos dorados en su cabello. Sus ojos azules, tan claros como el cielo de un día de verano, brillaban con una picardía inocente.
—"¿Por qué rechazaste a Mark?, se vio sincero en su invitación a la fiesta después de la cosecha"— comentó, su voz cantarina como el sonido de una campana, mientras tiraba suavemente de mi mano.
Yo paré mi andar, mis pies arraigados al suelo como las raíces de un árbol, y solté un suspiro, el aire escapando de mis labios con una ligereza que contrastaba con la pesadez en mi pecho.
—"Porque no tengo tiempo para eso, la comida no llegará sola a la mesa"— agregué de manera juguetona, intentando no sonar dura ni reprochando, una máscara de indiferencia para suavizar la cruda realidad que nos envolvía.
Ella solo se me quedó viendo, sus ojos fijos en los míos, una mirada que intentaba perforar mi fachada, y un pequeño puchero se formó en sus labios, el mismo que me hacía querer llenarla de besos y prometerle el mundo.
—"Pero si es en la noche y solo un par de horas, vamos Katniss, un poco de diversión no es malo"— me insistió, su voz un susurro de súplica, sus dedos apretando los míos con una insistencia tierna. Yo solo negué con la cabeza, el movimiento lento y definitivo.
—"Me divierto contigo y mamá"— me defendí, mi voz suave, pero firme, un muro que no podía derribar.
Ella solo frunció su pequeño ceño, una expresión adorable que me hacía querer ceder, pero que no lo hizo.
—"Algún día conocerás a alguien que te saque de esa piel dura que tienes y cuando eso pase te diré 'te lo dije"— comentó mientras avanzaba, su voz resonando con una certeza que en ese momento me pareció ingenua, casi infantil.
Solo pensé "Claro, como si eso fuera a pasar".
Fin del Flashback
En algún momento tenía que salir de esa piel dura, tal vez este era el momento. Ya escuchaba el "te lo dije" de Prim cuando todo esto salga en la TV.
Me pregunto si sería complicado, si la actuación se sentiría forzada, pero una parte de mí, una voz nueva, respondió un rotundo "no".
Él, con su naturalidad, con su habilidad para llevar la delantera en la conversación y en las decisiones, siempre parecía saber qué hacer. Yo solo tendría que dejarme guiar, seguirle la corriente, y de alguna manera, el acto se volvería más fácil.
—"Está bien, aunque no soy buena actuando"— comenté, la resignación en mi voz, pero ya con una decisión tomada.
Effie, con un grito de alegría que hizo eco en la sala, me dio un aplauso, sus manos chocando con entusiasmo.
—"¡Tú solo compórtate como normalmente lo harías si estuvieras a solas con él y listo!"— soltó, su rostro iluminado por la emoción, para agregar con un brillo aún mayor en sus ojos.
—"¡Porque cuando los vi en el tren jugando Ping-Pong era lo más lindo!"— Su mención de ese momento, tan íntimo, tan nuestro, me hizo sentir expuesta, como si hubiera revelado un secreto sin querer. Era una punzada de vergüenza, sí, pero también una extraña validación.
—"¡Ven, funciona, ya tenemos la primera gran fan!"— defendió Haymitch su idea, con una sonrisa de victoria que se extendía por su rostro, para ganarse un desaire de parte de Effie, quien aún seguía sumida en su emoción, ajena a todo lo demás.
—"Pero ¿cómo vamos a vender esto?"— pregunté ahora con una duda genuina, mi voz apenas un susurro que rompía el silencio.
Haymitch se acomodó mejor en su silla, sus ojos fijos en un punto lejano, como si ya estuviera visualizando el espectáculo.
—"Es fácil, lo haremos evolucionar. Comenzarán siendo amistosos en el entrenamiento a ojos de los demás, pequeñas acciones que demuestren una confianza y cariño natural"— asentí lentamente.
Podría con eso. Solo era comportarme con él como hasta ahora, como si estuviéramos a solas. Intenté mentalizarme, ensayando en mi mente las interacciones, las miradas que transmitirían una cercanía que no era del todo falsa.
—"Dejaremos que los capitolinos llenen el resto, y cuando estén en la entrevista, dejaremos que se deje clara la 'unión'"— comentó tranquilamente.
Sentí un nudo en el estómago. La entrevista. Ese sería el punto de no retorno, el momento en que nuestra farsa se haría oficial, inquebrantable.
Pero Haymitch continuó, su voz, aunque monótona, ahora teñida de una gravedad innegable que me heló la sangre.
—"Okey, eso resuelve el inicio de los juegos. El problema viene cuando comiencen a quedar pocos tributos. En las últimas fases del juego, todo triplica su precio. Necesitamos que al menos uno de los patrocinadores grandes apueste por ustedes, lo cual significa que tenemos que buscar a alguien que iguale la apuesta de tu hermano"— terminó esta vez viendo a Peeta, una mirada cargada de una expectación que me pareció extraña, como si Peeta tuviera la clave de nuestra salvación.
¿Quién estaría dispuesto a arriesgarse tanto por nosotros, por un convicto y una chica de la Veta? Y más sí había tanto dinero de por medio en contra de Peeta.
Peeta limpió los restos de su comida tranquilamente con una servilleta, sus movimientos pausados y deliberados, antes de aclararse la garganta.
—"Effie, necesito un favor"— soltó de repente, su voz tranquila pero con una firmeza subyacente.
Effie solo sonrió, sus ojos brillando con una chispa de emoción, tal vez pensando alegremente en ser útil para la misión, en la emoción de un nuevo reto.
—"Necesito que hables con un viejo conocido del Sector Venía"— al instante, la mirada de Effie cambió.
Su alegría se esfumó por completo, reemplazada por una expresión de pura estupefacción, y ahora veía a Peeta con una seriedad palpable. El cambio no solo me impresionó a mí, sino también a Haymitch, que solo levantó la ceja ante ella, un gesto de sorpresa silenciosa.
—"¿Y quién sería este viejo conocido?"— preguntó Effie, su voz plana, sin acento, inusualmente sería, el tono de su pregunta denotando una cautela que rara vez mostraba. Peeta pareció dudar por un instante, su mirada titubeando, como si sopesara las palabras, se remojó los labios.
—"Ich müsste dich um einen Gefallen bitten. Geh zu █████ —bei der deine Schwester arbeitet— und sag ihr, dass der Junge Mellark ein Geschäftsangebot hat, das für sie von großem Interesse sein könnte. Etwas Diskretes, aber mit enormem Potenzial. Ich brauche, dass sie auf Katniss setzt, auf ihren Sieg. █████ weiß, wie dieses Spiel funktioniert: Auf meinen Kopf ist ein Preis ausgesetzt, und wenn alles so läuft, wie ich es plane, wird sie nicht nur auf die Gewinnerin gesetzt haben… sondern auch auf diejenige, die mich am Ende töten wird"— tanto Haymitch como yo nos perdimos completamente.
¿Qué estaba pasando?
Porque no entendí ni una palabra que salió de su boca. Pero antes de que Haymitch y yo pudiéramos decir cualquier cosa.
—"Angenommen, ich bekomme wirklich eine Audienz bei ihr – glaubst du ernsthaft, sie wird all das einfach glauben? Ich weiß, dass sie die Spiele verabscheut y sich schon seit geraumer Zeit Snows Anordnungen widersetzt. Pero das allein wird sie kaum dazu bewegen, ein solches Vermögen für dich lockerzumachen"— comentó Effie, ya completamente diferente, mientras señalaba la mesa con el dedo.
Peeta estaba a punto de contestar, pero Haymitch interrumpió bruscamente, su voz un rugido de incredulidad: —"¡Alto!"— soltó, mientras con sus manos hacía un ademán de parar, su rostro una mezcla de confusión y asombro.
—"¡¿Qué demonios está pasando?! ¡¿Qué significa todo esto?!"— soltó Haymitch, su evidente enojo combinado con un desconcierto que lo descolocaba por completo.
Su pregunta, totalmente dirigida a Effie, la miraba impresionada por su arrebato, antes de que ella regresara a su yo normal, o al menos lo que yo creía que era su yo normal.
—"No me estés gritando, Haymitch”— soltó ella enojada, regañándolo nuevamente, su voz chillona como la de una madre a un niño travieso.
—"No me vengas con esa porquería ahora, Effie, ¡¿qué demonios estaban hablando?!"— rugió, su voz llena de frustración, su rostro una mueca perdida.
—"Cosas del Capitolio, nada de importancia para ti"— le regreso Effie con frialdad.
Noté cómo Haymitch se descolocó completamente, su rostro una máscara de confusión y asombro.
—"Soy el mentor, soy el que lleva los planes, ¡quiero saber qué está pasando!"— soltó ahora frustrado, mirando tanto a Peeta como a Effie, sus ojos pidiendo una explicación.
—"Y yo nunca me he impuesto a tu autoridad ni a tus planes cuando no me dices nada. Esto es diferente, es algo que no necesitas saber y que no tiene nada que ver contigo, ¿Okey?"— soltó Effie con una autoridad que me heló la sangre, una firmeza que pocas veces mostraba, pero que a Haymitch solo lo dejó pasmado en shock.
—"Te besaría en este momento"— soltó Haymitch en seco, un comentario inesperado que rompió la tensión, una burla que no esperaría de él.
—"Ugh, aléjate de mí, Haymitch"— chillo Effie regresando otra vez a su normalidad, su voz teñida de asco, mientras volvía a intentar golpear a Haymitch con su cartera.
Haciendo que Peeta solo se riera en la mesa, una risa que me contagió, y solté una pequeña sonrisa.
Pero entonces, Peeta, con una calma sorprendente, se dirigió a Haymitch.
—"Confía en mí, en Effie"—, comentó, su voz un murmullo tranquilizador, pero con una convicción que no admitía réplicas.
—"Si lo que le propongo sale bien, es mejor que tú y Katniss estén fuera de esto"— su mirada se posó en mí.
—"Al final, lo importante es que consigamos igualar la apuesta, ¿no?"— preguntó tranquilamente, sus ojos ahora fijos en Haymitch, buscando su aprobación.
Haymitch se debatió un momento, sus ojos grises analizando las palabras, el peso de la propuesta. Su ceño se frunció en una mezcla de duda y una cautela innata.
—"Bien, pero si sale mal..."— comenzó, su voz un hilo que se desvanecía en el aire, pero Effie lo interrumpió con una seguridad inquebrantable.
—"No pasará nada si sale mal, Haymitch"— comentó tranquilamente, su voz firme, con una confianza que me sorprendió.
—"Bien, con todo esto terminado, descansen, que mañana bajarán por fin a las prácticas. Durante el almuerzo platicaremos sobre más estrategia"— concluyó Haymitch, su voz volviendo a su tono habitual de autoridad, mientras se levantaba para ir a su recámara, dejando caer el peso de la conversación.
Effie también hizo lo mismo unos segundos después, solo sonriendo y despidiéndose con un "buenas noches", una sonrisa forzada que no alcanzaba sus ojos.
Dejándonos solos una vez más, mi mente seguía enredada en la figura de Effie; este día solo me había confundido más y más. Sus saltos abruptos entre la personalidad que yo consideraba "normal", esa chispeante superficialidad de Capitolio, y la seriedad cruda, casi sombría, que parecía poseer, me descolocaban por completo.
Era como si, por instantes, una máscara se resquebrajara, revelando capas ocultas que jamás habría imaginado. Y lo que era aún más desconcertante, aquello que me dejó en vilo, era el hecho de que este efecto no solo se daba en mí, sino que también había calado hondo en Haymitch, quien la conocía desde que se convirtió en la escolta oficial del Distrito 12.
¿Acaso ni Haymitch conocía esta faceta de ella?
Me pregunté para mis adentros, y al observar su reacción de esta noche, quedaba claro que no. Un asombro genuino se había apoderado de su rostro, un desconcierto que solo podía nacer de una revelación inesperada, de algo que rompía con años de familiaridad.
Pero la comprensión, lenta y pausada, comenzó a filtrarse en mi mente, como el agua en la tierra seca.
Mis ojos volaron hacia Peeta, que ahora observaba la ventana, su silueta dibujada contra la luz lejana del Capitolio. El hecho de que este año Peeta fuera el tributo, y no uno cualquiera, sino uno con un pasado tan arraigado en la misma esencia del Capitolio, había provocado un cambio sísmico.
Que él también fuera un "Capitolino" de nacimiento, que conociera a fondo esta forma de vida, sus reglas tácitas y sus oscuros negocios, tal vez eso hacía que Effie, sin darse cuenta, o quizá con un permiso tácito de su propia psique, sacará más de su verdadera personalidad, de un conocimiento y unas conexiones que ocultaba bajo capas de extravagancia.
Sin duda, no volvería a ver a Effie como una simple capitolina vacía; ella era mucho más.
—"Me gustaría enseñarte algo si no estás cansada"— comentó Peeta tranquilamente sacándome de mi mente, su voz una invitación suave, mientras se ponía de pie.
Aunque sí estaba cansada mentalmente, algo me decía que acompañarlo sería más un aire fresco que ayudaría a mi mente a descansar, más que la comodidad de mi nueva cama. Era un impulso, una corazonada. Así que solo me levanté.
—"Guía el camino"— comenté simplemente, mi voz más tranquila de lo que esperaba, y una pequeña sonrisa de victoria se dibujó en su rostro, una que me hizo rodar los ojos juguetonamente.
Caminamos tranquilamente hasta el elevador. Al entrar, Peeta presionó el botón del piso 13, el último, el que nunca había notado. No había prestado atención a ese detalle hasta ahora, y el suave ascenso me hizo sentir una curiosidad inusual.
El cómodo silencio entre nosotros fue roto por su voz, un murmullo que se filtró en el aire tranquilo.
—"Sé que esto te incomoda, pero quiero darte las gracias por arriesgar tanto por mí. Para ti sería más fácil jugar sola o incluso buscar otra alianza, pero el hecho de que decidieras ayudarme significa mucho para mí"— comentó con su mirada ahora observándome, una pequeña sonrisa en sus labios.
Y ahí estaba otra vez esa punzada en mi pecho, esa extraña sensación que Peeta despertaba.
Las puertas del elevador se abrieron una vez más, revelando un chorro de aire fresco que me recorrió el cuerpo al instante.
Estábamos en el techo del centro de entrenamiento, un espacio que parecía un jardín colgante en el corazón del Capitolio. Flores exóticas de colores vibrantes se entrelazaban con vegetación exuberante, creando un oasis de verdor bajo el cielo nocturno.
Las luces del Capitolio se extendían a nuestro alrededor como un manto de joyas brillantes, una ciudad entera que parecía arder con vida propia. Salimos y mi mirada se dirigió nuevamente a las estrellas, incontables puntos de luz que parpadeaban con una majestuosidad que rara vez veía en el Distrito 12.
Él me guio a un pequeño banco centrado, de mármol frío, y nos sentamos. A mi mente vino la imagen del tren, aquella noche en el balcón, una escena tan parecida y a la vez tan liberadora. Era un momento en que me perdía en la hermosura del cielo.
—"Faltan las uvas"— solté sin pensar, un susurro que rompió la quietud.
Peeta se giró a verme con una sonrisa de aceptación en su rostro, un brillo de complicidad en sus ojos.
—"Tienes razón, faltaron unas buenas uvas, pero eso podemos dejarlas para la próxima vez"— comentó tranquilamente mientras cerraba los ojos, disfrutando del aire fresco golpear su rostro.
La próxima vez…
Y me perdí nuevamente en él, en la forma en que podía ser así. La noche anterior, a estas mismas horas, había sido golpeado brutalmente y exhibido de manera humillante.
Pero ahora lucía como si nada de eso importará, como si el dolor no lo tocara.
—"Sabes, cuando era niño solía ver las estrellas pensando que habría más allá fuera de aquí, pero llegué a la conclusión de que solo quería escapar de mi triste realidad. Y ahora años después me sigo preguntando qué hay más allá"— su voz, un murmullo melancólico, resonó en el silencio, y una punzada de comprensión me atravesó.
No solo buscaba una salida física, sino una mental, una huida de la opresión de su propia vida, de su familia.
Me miró, sus ojos azules, profundos y serios, buscando una conexión, un eco de sus propias preguntas en los míos.
Sus ojos fijos en mí, una mirada de contemplación completa, una intensidad que me hizo sentir expuesta y, al mismo tiempo, extrañamente vista.
—"¿Qué?"— salió de mis labios bajo un susurro de duda, sin poder dejar de verlo también.
—"Nada, solo disfruto de la vista"— sus ojos nuevamente cálidos. Mi corazón se encogió.
—"Mira allá,"— dijo, señalando un grupo de estrellas.
—"¿Ves ese cúmulo brillante, como un pequeño puñado de diamantes dispersos en el cielo? Son las Pléyades. Se dice que representan la esperanza, la guía en los momentos más oscuros. Aunque estén lejos, siempre brillan juntas, recordándonos que no estamos solos, que siempre hay un camino hacia la luz"— sus palabras me impresionaron, mi mente dando vueltas a su significado.
Una sonrisa se dibujó en sus labios. Y así, comenzó a señalar varias estrellas, sus dedos trazando constelaciones invisibles en el lienzo oscuro del cielo, narrando historias y compartiendo algún dato sobre ellas.
Mi mente se tranquilizó, prestando atención a cada palabra, a cada estrella, disfrutando de ese momento inesperado de conexión. Pero esas estrellas, las Pléyades, se quedaron en mi mente, un recordatorio silencioso de la esperanza.
En algún momento, mientras él hablaba con esa voz tranquila y melodiosa que me arrullaba, mi cabeza encontró un descanso en su hombro. No sabía cuánto tiempo habíamos pasado allí, en la frescura de la noche, hablando de estrellas, de constelaciones que parecían tan lejanas y a la vez tan cercanas.
Era una paz inusual, una calma que nunca antes había sentido con nadie, ni siquiera con Gale en el bosque, que siempre traía consigo la tensión de la supervivencia.
Con Peeta, no había esa presión. Era como si el tiempo se detuviera, como si el Capitolio, los Juegos, y toda la miseria del mundo desaparecían, dejando solo el vasto cielo estrellado y su voz suave.
Fue un bostezo, el mío, el que finalmente lo detuvo.
—"Será mejor bajar e ir a la cama, mañana es un día largo y tedioso"— comentó tranquilamente, su voz aún teñida de esa suave melodía que me había cautivado.
Yo solo asentí con mi cabeza, la idea de mi cómoda cama ahora más tentadora después de la inesperada relajación.
Y cuando menos lo esperé, ya estaba en mi cama, deslizándome en las sábanas con un suspiro de satisfacción. El aroma a canela que se había impregnado en mí, y el eco de su voz hablando de estrellas, me arrastraron a descansar placidamente.
Unos golpes, seguidos de una voz anunciando el Desayuno me hizo abrir los ojos y una calma me envolvió, un sentimiento de la paz que había sentido la noche anterior con Peeta.
El tenue aroma a canela que aún se aferraba a mi almohada me recordaba la cercanía, la extraña intimidad compartida bajo las estrellas.
Me estiré, sintiendo mis músculos relajarse, una ligereza inusual después de días de tensión constante.
Me levanté, después de un baño rápido, me vestí con el nuevo conjunto de ropa que Cinna y Portia habían seleccionado para el entrenamiento: pantalones ajustados de un gris oscuro, una blusa de manga larga y una chaqueta ligera, todo diseñado para la agilidad y la comodidad.
Era práctico, y eso me gustaba.
Justo cuando abrí mi puerta, Peeta salió por la suya. Nuestras miradas se encontraron, y una sonrisa espontánea se dibujó en mis labios, la misma que él me devolvió al instante.
Con un gesto ligeramente teatral, me dio el pase primero, haciendo que rodara los ojos con una pequeña sonrisa. Era una muestra de su caballerosidad, algo que me hacía sentir extraña.
Comencé a caminar hacia el comedor, donde ya escuchaba el murmullo de nuestro equipo almorzando.
Haymitch lucía sorprendentemente descansado y Effie, con su habitual alegría, parecía brillar.
Cinna y Portia también se veían tranquilos, pero cuando aparecimos, sus miradas se tensaron. Sus rostros relajados mostraron una punzada de duda, y me di cuenta de que era por Peeta.
Él, sin embargo, no demostró haberlo notado.
Un sonoro —"¡Buenos días!"— de Effie resonó, y la respuesta de Peeta y la mía la siguió.
Peeta me retiró la silla en un gesto que nuevamente me hizo sentir extraña, y un pequeño "gracias" salió de mí, apenas un susurro.
Comenzamos a comer en silencio. Noté el aire pesado en el comedor, un silencio que no era de calma, sino de una expectación tensa. La curiosidad me carcomía.
¿Por qué Cinna y Portia, que siempre mantenían su profesionalismo, parecían tan incómodos con la presencia de Peeta?
—"Entonces usted debe de ser Portia"— rompió el silencio Peeta, su voz tranquila, casi despreocupada, mientras observaba a la estilista.
Los ojos de ella se impresionaron, pero se recompuso rápidamente, limpiando su boca con una servilleta antes de contestar.
—"Sí, es un placer por fin conocerte en persona, joven Mellark"— comentó tranquila, aunque la duda aún estaba escrita en su rostro, una sombra de recelo que no lograba ocultar del todo.
—"Puedes llamarme Peeta, y muchas gracias a los dos por ayudarme en el desfile. No tuve la oportunidad de agradecerles la ayuda"— ambos lucieron impresionados por su