La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
Finalizada
3
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534 páginas, 179.148 palabras, 33 capítulos
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La Máscara de la Sangre

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Capítulo 10 – La máscara de la sangre

(POV Peeta) Después de terminar la tensa plática con Haymitch y el equipo, Katniss y yo nos dirigimos al elevador. Presioné el botón para llamarlo. Le presté atención a Katniss, que miraba las puertas metálicas como si fuera a darle todas las respuestas. Aun así, noté cómo rebota de un pie al otro. —"Todo saldrá bien"— me recargué en la pared y le guiñé el ojo. Bueno… al menos eso creo. Puse mi mano en su hombro, dándole un pequeño apretón para infundirle confianza. Ella me vio directamente a los ojos, para solo asentir levemente. Las puertas se abrieron e hice una reverencia que la hizo rodar los ojos para dejarla entrar primero. Mientras bajábamos, mi mente regresó a la cena de ayer. La incomodidad de hablar de mi familia. Un escalofrío me recorrió la espalda al pensarlo. Y luego estaba la charla con Effie. Al menos usar el idioma privado del Capitolio ayudaba a que Haymitch y Katniss no tuvieran que lidiar directamente con "ella". Solo debemos ser cuidadosos. Conozco bien el Capitolio, pero la verdad es que había pasado tanto tiempo sin hablar con nadie ni ver a nadie, que tal vez las cosas habían cambiado. Ella sigue ahí, estoy seguro. Effie no dijo que fuera imposible; solo se preguntaba cómo la convencería. Tenía que hablar con Effie después del entrenamiento y dejar todo claro. La recompensa por mi cabeza era demasiado grande para que alguien se arriesgara a apostar por mí. Si lograba que "ella" apostara por Katniss, entonces tendríamos una oportunidad. Ella tendría una oportunidad… El click del elevador sonó, anunciando nuestra llegada, un espacio vasto, donde la luz artificial brillaba con una intensidad implacable sobre el acero pulido y las diversas estaciones de práctica. No ha cambiado nada. Al parecer, fuimos los últimos en llegar, pues al cruzar el umbral, la sala de entrenamiento se sumió en un silencio abrupto. Cada mirada, tanto de entrenadores como de tributos, se clavó en nosotros con intensidad. Mis ojos recorrieron el lugar, analizando cada grupo, cada rostro. Me encontré con el tributo masculino del Distrito 1, Marvel, si no me equivocaba, y una sonrisa se dibujó en mi rostro. Las alianzas, como era de esperar, ya estaban formadas; cada grupo se mantenía unido. Muy pocos permanecían solos, los más débiles, aquellos sin valor para el combate o sin astucia. Peso muerto. Los solitarios, los que no logran integrarse, nunca duran en prisión, y tampoco aquí. Volteé a ver a Katniss a mi lado. —"¿A dónde deberíamos ir primero?"— desvié intencionalmente mi mirada hacia un pequeño que nos observaba con ojos asustados, sosteniendo su mirada hasta que el miedo lo hizo apartarse. Fácil. —"Vamos a las estaciones menos concurridas, como Haymitch dijo"— puse una mano en mi pecho e hice una señal para que liderara el camino. Ella solo me golpeó con el hombro avanzando. Caminamos en silencio hasta llegar a una estación completamente sola, la mujer a cargo de ella nos sonrió a duras penas. —"No planeo hacerte nada"— me burlé de ella que se paró lo más recta posible sin dejar de mirarme. Me gané una mirada dudosa de Katniss y una ceja arqueada. Me acerqué a su oído, mientras mis ojos observaban a la mujer, cuyo rostro ahora se volvía más tenso. —"Es parte del show"— una sonrisa falsa se dibujó en mi rostro. De reojo vi su ceño fruncido y después regresar a su cara de póker normal. Solo sigue la corriente… La observé mientras ella preguntaba sobre un nudo en específico y comenzaba a practicar con él. Sus dedos, ágiles y precisos, se movían con una destreza sorprendente, tejiendo la cuerda en formas complejas. Para mi impresión y la de la mujer a cargo de la estación, Katniss era realmente buena en ello, tanto así que subió al menos 5 niveles hasta atascarse en uno que parecía imposible de desatar. Noté su frustración al tercer intento, una ligera contracción en su mandíbula y el brillo de irritación en sus ojos. Olvidándome por completo de dónde estaba, me acerqué a ella. —"Déjame ayudarte"— salió de mis labios, mi voz suave. Me incliné, guiándola en el nudo, tocando sus manos de vez en cuando; al instante se puso rígida, pero no se apartó. Sentí la suavidad de su piel y la electricidad que corría entre nuestros dedos, hasta que el intrincado lazo finalmente se desató. —"Listo"— le ofrecí una sonrisa cálida mientras me encontraba con su mirada. Katniss solo asintió mientras se mordía un labio, sus ojos fijos en la entrenadora de nudos, cuya expresión era indescriptible, una mezcla de sorpresa y algo más. Funciona. ~No te emociones, basura~ Yo solo me giré, ignorando la voz, para encontrar algo que hacer. Si bien los doctores me habían dicho que no hiciera nada exigente, deseché la idea de lanzar lanzas o cuchillos; además, en esas estaciones estaban Marvel y Clove respectivamente, y no quería tener un encuentro tan temprano con ellos. Aún… Mi mirada barrió la sala y se detuvo en la sección de pesas vacía. Una sonrisa se forjó en mi rostro. Mi mirada regresó a Katniss, que ahora preguntaba algo a la instructora de nudos. —"Voy a estar en las pesas. Cuando quieras ir a la sección de plantas y animales, avísame"— las interrumpí. Ella solo asintió, su atención dividida. —"Recuerda no esforzarte de más. Los doctores enfatizaron mucho esa parte, Peeta"— añadió sin mirarme, aún fija en la instructora. La instructora se quedó perdida por un segundo, y otros tributos que estaban pasando se detuvieron, sus ojos fijos en nosotros. Ella solo me dio un pequeño vistazo. —"Sí, mamá"— solté, mientras caminaba de espaldas, guiñándole un ojo. Me gané una mirada de muerte de su parte. En cuanto llegué a la estación de pesas, comencé a cargar la barra con discos. Elevé el peso hasta los 40 kilos, un calentamiento suave para mis músculos. Al menos no me lastimaron los brazos. Desde que dejé la prisión, mi cuerpo había extrañado la disciplina del entrenamiento. Vi a la niña que pertenecía al Distrito 11, que ahora vestía el atuendo del Distrito 6; estaba a unos pasos, sus ojos grandes y abiertos fijos en mí. Parecía una chica dulce, frágil. ~Carne, mi chico de oro… carne cañón~ Comencé con diez repeticiones, mis músculos tensándose y liberándose con un ritmo constante. Cuando terminé, sin dudarlo, cargué la barra hasta los 80 kilos y realicé otras seis repeticiones. El sudor comenzó a gotear en mi frente, y una oleada de energía recorrió mi cuerpo. Volví a cargar la barra, esta vez hasta los 100 kilos, y ejecuté cuatro repeticiones más. En cuanto terminé, noté cómo las miradas de otros tributos y entrenadores comenzaban a posarse en mí, susurros y murmullos flotando en el aire. ~¿Por qué paras, basura? ¿Acaso te cansaste?~ ¡No! —"Lista para lo bueno"— mis ojos se encontraron con los de la niña de nuevo. Me levanté de la banca con agilidad y, sin dudarlo, me quité la camiseta, dejando mi físico al descubierto. El aire frío del gimnasio acarició mi piel. Mis cicatrices, blancas y rosadas esparcidas por todas partes, y la más reciente, la "T" incompleta en mi pecho, aún con sus puntos. Noté al instante el miedo en los ojos de la niña del Distrito 11, y solo sonreí burlonamente. Volví a cargar la barra, esta vez a los 140 kilos. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano y me tiré en la banca una vez más, realizando dos repeticiones. Solo falta una más. Volví a cargar la barra para alcanzar los 150 kilos. A este punto, todos estaban observando, sus ojos fijos en mi figura. Repetí dos repeticiones, mis músculos temblaban, pero mi determinación era inquebrantable. ~¡Vamos una más! ¿¡O acaso es todo!? ¡Maldito puerco!~ Me levanté, listo para tomar otro disco, cuando una voz se alzó con incredulidad. —"¿En serio le va a agregar más?"— la pregunta, cargada de asombro, era un combustible para mi ego. Tomé más discos, los metí uno tras otro, hasta alcanzar los 170 kilos, el máximo que había levantado en mi vida. Me senté, listo para levantar la barra ante la expectación de todos, incluso de los entrenadores. No duele, no duele, no duel— —"¿¡Qué rayos estás haciendo!?"— resonó por toda la sala; la voz de Katniss me hizo sobresaltar. Al instante, me levanté; mi mirada cruzó con la suya. Por un momento, pensé en hacer una broma para desviar la tensión, pero sus ojos estaban fijos en mí. Mantuve el silencio y sonreí, aunque de una manera un tanto avergonzada, como si me hubieran pillado haciendo algo travieso. Me llevé la mano a la parte trasera de mi cabeza. —"Un poco de ejercicio"— comenté inocentemente. Ella se acercó, sus ojos escaneando la barra, y comenzó a contar el peso; la indignación subía en su cara por cada disco que contaba. Ah… rayos. —"¿Un poco de ejercicio con ciento setenta kilos?"— soltó enojada, su ceño fruncido con una intensidad que me hizo sentir como un niño. —"¡Peeta, te dejé en claro que el doctor dijo claramente que nada de esfuerzo en exceso, y tú piensas que levantar el doble de tu peso no es mucho esfuerzo!"— terminó, su voz aguda. Noté los susurros y las miradas de los otros tributos, que ahora nos observaban con curiosidad. Si aquello era una actuación, Katniss mintió al decir que no sabía actuar… O… No, no… —"Vamos a la estación de plantas y animales"— con un movimiento brusco, tomó mi camiseta del suelo y me la tendió. —"Y ponte la camiseta, que hay niños presentes"— añadió mientras se alejaba. Me quedé ahí, solo viéndola caminar, ignorando por completo a la multitud que ahora susurraba. Una gran sonrisa se formó en mi rostro. ¿Ahora bromea? Después de ponerme la camiseta, me giré hacia la niña del Distrito 11, que aún nos observaba con los ojos muy abiertos. —"Será en otra ocasión"— le solté un guiño de ojo; su expresión era de sorpresa, no sabía si por la reprimenda o por mis palabras. No importa. Y con eso, comencé a caminar para alcanzar a Katniss. Ya en la estación de plantas y animales, ella ya no comentó nada sobre el incidente de las pesas. Ambos nos dedicamos a aprender de las diferentes plantas que la instructora nos mostraba, escuchando sus explicaciones sobre cuáles eran comestibles y cuáles venenosas. El aroma a tierra y a vegetación fresca llenaba el aire, un contraste agradable con el olor a sudor y metal del resto de la sala. De repente, una en particular me llamó poderosamente la atención. La instructora señaló una planta con hojas de color verde intenso y una flor blanca y delicada, con tres pétalos, que se alzaba sobre el agua. —"Katniss"— dijo la instructora. Mis ojos se abrieron con asombro. Así que de ahí viene. —"No sabía que eras una planta"— sin pensar, la palabra escapó de mis labios. Katniss se giró, sus ojos grises clavándose en los míos, una mezcla de sorpresa y algo más que no lograba descifrar. Su mirada se perdió por un momento y su ceño se frunció ligeramente. —"Sí, mi papá me dijo que me lo puso porque crecía alrededor de un lago donde me enseñó a nadar"— susurró sin apartar la mirada de la imagen. —"Sin duda tu padre sabía lo que hacía. Refleja tu hermosura"— miré la flor y de reojo a ella. Un ligero sonrojo tiñó sus mejillas, y noté cómo incluso la instructora lucía sorprendida por el cumplido, sus ojos yendo de Katniss a mí. Solo es verdad. Pero todo se rompió cuando una disputa resonó a mis espaldas. Ignoré, pasando a la siguiente planta. Katniss, a mi lado, soltó un suspiro ahogado. —"Finn"— me volteé al instante, mi mirada buscando la causa de su angustia. Y ahí estaban: Marvel y el chico del 5 tenían a Finn contra el suelo, sus voces elevadas en un coro de gritos y reproches por, al parecer, haber tropezado con la chica del 1. No era nada grave, solo un poco de intimidación. Lo normal. El chico del 12 no me importaba en lo absoluto; de hecho, casi lo había olvidado. Estaba a punto de girarme y seguir con lo mío, pero… Claro. Sabía que a Katniss sí le importaba. Después de todo, Finn y ella eran del mismo distrito. Aunque hasta ahora no me había dicho nada acerca de él, su mirada, clavada en la escena, delataba que no le gustaba lo que estaba viendo. Bueno aquí vamos. —"¿A dónde vas?"— escuché su pregunta pero solo levanté mi mano en señal de que regresaría rápido, sin voltear. Ya estando cerca de ellos, tomé al 5, levantándolo del suelo con una fuerza que lo hizo tambalear. Sus ojos se abrieron al instante, su boca se abrió para replicar, sin medir palabra, le hundí mi puño derecho fuertemente en el estómago. ¡Ugh! Salió rápidamente de su boca, mientras se llevaba las manos al estómago. Lo tomé de la cabeza. ¡Crunch! Lo estampé fuertemente contra un pilar, de lleno en la cara, haciendo temblar la estructura. Quedó inconsciente al instante, la nariz rota, la sangre brotando a borbotones y algunos dientes esparcidos en el piso. Me aclaré la garganta para callar todo. —"Estoy aprendiendo sobre plantas con Katniss por allá"— señalé hacia la estación donde Katniss tenía los ojos abiertos de par en par. Ignoré su mirada. Solté un suspiro, pasé por cada tributo retando a que dijeran algo, cualquier cosa… ~Remátalo, acabalo~ —"Así que, ¿serían tan amables de ser más silenciosos?"— concluí ignorando a Vander, dándole una mirada de muerte a Marvel, que tenía la mira fija en su amigo en el piso. —"¿Lo mató?"— la pregunta de pánico llenó la sala, algo que simplemente ignoré. Y sin decir más, regresé con Katniss. Ya cuando me reuní con Katniss, su expresión aún estaba marcada por el shock, sus ojos fijos en el punto donde el 5 había caído. La entrenadora de la estación de plantas, que segundos antes había observado la escena con la misma estupefacción, se recompuso al instante, corriendo a auxiliar al pobre chico, su voz cargada de urgencia. Está bien. Le pondrán dientes nuevos. Mi mirada se concentró en las plantas, en sus hojas verdes y sus flores delicadas. El aroma a tierra y a vegetación fresca me relajó. —"Hacían mucho ruido"— solté sin mirar a Katniss; sentía su mirada puesta en mí. No sé cuánto pasamos así, yo ignorando su mirada y aprendiendo sobre plantas. —"Vamos, descansemos"— por fin ella se giró caminando hacia la zona de descanso. Solo la seguí, mis pasos pesados pero firmes, dando un último vistazo por encima de mi hombro. El chico era llevado en una camilla, su figura pálida e inerte, a un vivo. Nos acercamos a una mesa metálica en un rincón más apartado de la sala. Ella se sentó y yo enfrente de ella. Mi mano se posó en la placa metálica de la mesa, su superficie fría bajo mis dedos, y una sonrisa se formó en mis labios. Igual que las de prisión. Era un contraste tan marcado con el Capitolio, pero por alguna razón, esta simplicidad me resultaba familiar. —"¿Qué?"— comentó con curiosidad, sus ojos grises fijos en mí. Solté un suspiro, ladeando la cabeza, y mi mirada se perdió un instante en las demás mesas. —"Nada, solo que este comedor es igual donde nos daban la comida todos los días"— palmé varias veces el metal. Ella se inclinó ligeramente hacia mí. —"En las mañanas el almuerzo y al anochecer la cena nos daban directamente en nuestra celda. Pero al mediodía solían juntarnos en un comedor especial para reos menores de edad. Al ser menos y más jóvenes, creo que éramos más fáciles de controlar, así que nos permitían ese 'lujo'"— dije "lujo" con un sarcasmo que no pude ocultar, mientras mis ojos vagaban por las otras mesas del gimnasio, escuchando a los demás reos en mi mente. Qué tiempos. Mi mirada regresó a Katniss con una sonrisa, la cual estaba absorta en mis palabras. —"¿Y no tenías alguien con quien, ya sabes, hablar?"— su cabeza descansaba en sus manos entrelazadas. Negué con la cabeza. —"No, casi no hablaba con nadie, solo lo necesario. Mis pláticas eran casi siempre con Francis, que cuando estaba de humor me dirigía la palabra, o una interacción de recluta a comandante con Vander. Pero fuera de eso"— volví a negar con la cabeza. Bueno, si platicar es gritos y golpes… —"En la escuela me siento con una amiga. Se llama Madge, de hecho, fue ella quien me dio el sinsajo"— comentó tranquilamente, sus dedos trazando patrones invisibles en la mesa. Si el sinsajo. —"Al menos ya sé a quién agradecer por nuestro primer intercambio de palabras"— solté, mi mente volviendo al Salón de Justicia. Katniss solo mostró una pequeña sonrisa, sus ojos fijos en la mesa, un atisbo de diversión en su rostro. —"Yo tampoco soy mucho de hablar con los demás, solo Madge o Gale"— reveló volviendo a mirarme. Ella sí tiene a quién regresar… Flashback —"¡Vamos, Peet! ¿Acaso mamá y papá criaron a un debilucho?"— el chirrido metálico de la reja al cerrarse me dejó atrapado en la oscuridad. Me puse de pie rápidamente, mis ojos inundados de lágrimas, mis manos temblaban mientras me aferraba a los fríos barrotes, intentando inútilmente abrirlos. —"¡Déjame salir, Bran, por favor! Si mamá se entera de que me dejaste encerrado aquí—" las palabras se ahogaron en mi garganta, cortadas por su risa cruel. —"Peet, mi pequeño y tonto Peet, ¿quién crees que me mandó a dejarte aquí con los puercos? Mamá dice que si no sabes comportarte cuando hay visitas, tal vez pertenezcas a los puercos"— pegó su rostro a la reja, una sonrisa sádica que se extendía en su boca. El hedor a estiércol y el gruñido de los cerdos, que antes me resultaban vagamente familiares. —"Pero, pero si solo me manché la camisa con un poco de comida y me disculpé al instante"— solté, mi voz apenas un susurro, perdidamente. El suspiro de Bran me sacó de mi mente, su mirada aburrida. —"¿Cuándo lo vas a entender, Peet? Somos Mellark, somos perfectos"— soltó con un desprecio que me helaba la sangre, para después alejarse, sus pasos resonando en el patio empedrado. Justo antes de desaparecer por completo, se giró un poco. —"Te sugiero que te mantengas caliente porque va a llover"— y con eso, la oscuridad me engulló por completo, dejando solo el sonido distante de sus pasos desvaneciéndose. —"¡Bran, por favor! ¡Sácame de aquí! ¡Por favor!"— mis gritos, desesperados y roncos, se perdían en la oscuridad de la pocilga. Pero no importaba cuánto gritara, él solo se alejaba, su silueta diluyéndose en la lluvia que ahora comenzaba a caer. Las gotas humedecían mi ropa, arrastrando consigo mis lágrimas. ¿Por qué? El vacío de la noche respondía con el silencio de los cerdos y la luz de las estrellas, dejándome solo con mis propias lágrimas. Fin del Flashback Una mano sobre la mía me arrancó de golpe del recuerdo. Sus dedos cálidos, firmes, reales, me trajeron de vuelta, y al alzar la vista me encontré con sus ojos grises, fijos en los míos. Antes de que ella pudiera decir algo más, un murmullo bajo y un movimiento cercano rompieron la burbuja que nos envolvía. Eran la niña del Distrito 11 y Finn a su lado; ambos lucían visiblemente nerviosos. ¿Ahora qué? Finn ni siquiera podía sostenerme la mirada, sus ojos esquivos, mientras la niña, aunque con valentía, no podía ocultar el miedo en los suyos. El instante mágico que habíamos compartido se disipó, y la máscara habitual de cinismo se deslizó sobre mi rostro, ocultando cualquier calidez. El silencio se extendió, denso y expectante. Mi mirada se dirigió a Katniss; ella también había puesto su propia máscara de frialdad, aunque sus ojos seguían fijos en la pequeña. —"¿Qué demonios quieren?"— ellos dieron un pequeño salto. —"Rue, te digo que es una pérdida de tiempo, ¿por qué les importaríamos?"— Finn encaró a la niña con una mueca de fastidio. Así que se llama Rue. Rue lo encaró de vuelta mientras apretaba los labios, su pequeña figura emanando una determinación sorprendente. —"Ya te dije, no perdemos nada con preguntar, Finn"— le dijo para pellizcarle el brazo. Haciéndolo ahogar, gritó. —"Quiero saber si Finn y yo podemos formar equipo con ustedes"— soltó ahora, volviéndose a nosotros para cruzarse de brazos. Carne de cañón… —"¿Y por qué diablos querríamos eso?"— inquirí, mis ojos clavados en Rue, quien, para mi sorpresa, la sostuvo. —"Nadie más aquí quiere formar equipo con ustedes. Y ocho ojos podrían ser mejor que cuatro"— respondió mientras Finn aún se sobaba el brazo. Chica lista. —"¿Y si los mató en el momento más oportuno?"— puse una mano en la mesa, irguiéndome, y ahí fue cuando vi su mirada flanquear. Finn dio un paso atrás. Katniss me lanzó una mirada de nueva duda. Respiré hondo, retomando el control de mi fachada. Tenía que mantenerme alerta, pensar con frialdad, porque en este juego, la emoción podía costarte la vida. Era verdad que nadie más formaría equipo conmigo, primero por mi reputación y segundo por la recompensa de Bran. Aunque ellos estuvieran pidiendo formar equipo, entendía que no todos los tributos estaban enterados de la recompensa. Y si sus mentores eran inteligentes —y la mayoría lo eran—, preferirían no distraer a sus tributos con una cacería que pondría en riesgo su propia supervivencia. Quizás quieren ganarse mi protección. —"Estamos condenados a perder"— Finn bajó la mirada; vi sus manos cerradas fuertemente. —"Mi mentora no me enseña nada, apenas si existo para ella. Solo se concentra en Clove; siempre la veo ayudándola, y a mí solo me dice que no avergüence al Distrito 2"— concluyó pateando algo invisible y metiendo las manos en sus bolsas. Enobaria… Claro que no estaría interesada en ayudar a Finn. Incluso yo lo veía como un peso muerto. —"A mí me pasa lo mismo. Mis mentores simplemente no dicen nada; incluso creo que no están bien de la cabeza. Me ofrecieron una cosa rara, que según esto me haría sentir bien. El niño del Distrito 6 lo tomó sin pensar, pero yo lo tiré en mi baño"— comentó Rue en voz baja. El Distrito 6 y sus adictos. Si bien había posibles ventajas en aceptarlos, también habría muchas desventajas: más bocas que alimentar, más agua que buscar, más rastros que dejar en la arena. Más problemas. Mi mirada se posó en Katniss. Claro que no era solo mi respuesta la que importaba; lo que ella pensara también era importante. —"¿Qué piensas?"— me recargué en la silla nuevamente. Vi el debate interno en ella, queriendo ayudar, pero al mismo tiempo sabiendo que en este juego solo saldrá uno. —"Yo creo que Rue tiene razón, ocho ojos son mejor que cuatro"— concluí ganándome la mirada de Rue y Finn. Solo recé porque no fuéramos los últimos cuatro con vida, enfrentándonos entre nosotros. —"Está bien"— habló por fin ella. Con eso decidido, la sonrisa regresó a mi rostro mientras mis ojos se clavaban en Finn. Su cuerpo reaccionó antes que él, un leve temblor. Lentamente levanté la mano, apuntándole con el dedo. —"Ahora tú vienes conmigo. No quiero un inútil como compañero, así que vamos a ir a entrenar"— le ordené poniéndome de pie. Coloqué la mano con firmeza sobre su hombro, notando cómo su cuerpo se tensaba bajo mi toque, y lo giré con autoridad. Mis ojos se posaron en Katniss, que se rascaba la cabeza, su mirada pasando de Finn a mí. —"Las dejamos solas, chicas"— me despedí comenzando a caminar. —"Ten cuidado y no seas tan brusco con él, lo queremos entero para la arena"— escuché su voz a mis espaldas. Sí, sí, sí… —"No aseguro nada"— me burlé y sentí que Finn volvió a estremecerse. Mientras caminábamos, varios tributos se quedaron viéndonos. Y más Marvel y su grupito. ¿Y chimuelo dónde está? Llegamos a la zona de combate cuerpo a cuerpo. Estaba vacía; al parecer, por ahora todos estaban concentrados en adquirir habilidades de supervivencia. Finn me miraba expectante, sus ojos grises abiertos como si no supiera si debía tener miedo o esperanza. —"Bien, antes de comenzar, ¿alguna vez has peleado con alguien más?"— mi rostro se endureció, mostrando solo seriedad. Finn negó con la cabeza. Lo observé bien por primera vez. Estaba delgado, demasiado delgado. Su cabello negro enmarañado, su piel pálida, el rostro cuadrado, todo en él gritaba 12. O muerto… —"Bien. Vamos a empezar por lo más básico: tu postura. No te puedo enseñar todo, no con el tiempo que tenemos. Pero al menos algo, algo que te dé una posibilidad mínima de no morir en el primer minuto. ¿Te quedó entendido?"— tomé un palo de entrenamiento del estante, sintiendo el peso familiar en mis manos. Un pequeño susurro, casi inaudible, llegó a mis oídos como respuesta. Ni siquiera me molesté en descifrarlo. —¿¡Qué demonios dijiste, basura!? ¡No te escuché!"— mi voz estalló con fuerza en la sala vacía, rebotando entre las paredes mientras lo encaraba con intensidad. Al instante, Finn se irguió como un resorte, su cuerpo flaco intentando adoptar rigidez. Empezó a tartamudear una respuesta, pero no le di espacio. —”¿¡Se te trabó el cerebro o qué!?”— volví a gritar, cada palabra como un golpe seco, haciendo que cerrara la boca de inmediato. Mis ojos se clavaron en los suyos, a apenas unos centímetros, hasta que el aire entre nosotros pareció cortarse. —"Ahora voy a repetir la pregunta"— dije, con una voz tan ácida que podría haber derretido el acero. —"¿Te quedó entendido?"— lo vi tensarse por completo. Tragó saliva con torpeza. —"S-sí, entendido"— murmuró, sus ojos abiertos siguiéndome. Mejor. —"Bien. Comencemos. Separa tus piernas a la altura de los hombros"— lo golpeé levemente con el palo en la pierna para marcar el movimiento. —"Ahora, ¿cuál es tu pie dominante?"— pare viéndolo fijamente. La duda lo envolvió de inmediato; sus ojos se movieron con nerviosismo, su cuerpo titubeó. Mis ojos se entrecerraron. —"¿No sabes qué significa pie dominante?"— me pasé la mano por el rostro. ~Rómpale el palo en la cabeza~ Cerré el puño por reflejo. Intenté otro enfoque, uno más simple, más instintivo. A ver. —"¿Con cuál pie patearías una pelota?"— pregunté bajando el tono. Su rostro cambió. Sus ojos se iluminaron apenas un segundo antes de responder, ahora con algo de seguridad. —"Con el derecho"— dijo, más firme esta vez. Sin decir nada, volví a golpear suavemente su pie derecho con el palo, haciéndolo adelantar un poco. El primer ladrillo… En este baldío. —"Mantén las rodillas un poco flexionadas, como si en cualquier momento necesitaras saltar o correr. Y endereza la espalda, no te encorves. ¿Entendido?"— lo enderecé con una firme presión de mi mano en su espalda. —"Esta posición te ayudará en una pelea cuerpo a cuerpo. Es simple, pero efectiva, especialmente cuando tu rival intente derribarte o atacar tus piernas"— me alejé para colocarme frente a él. No está tan mal. Tomé aire y solté el palo al suelo. —"Voy a intentar tumbarte desde abajo. Mantén la posición"— le advertí, mientras adoptaba la misma postura que él. Nada como lo visual para fijar el aprendizaje. —"Aquí voy"— anuncié, lanzándome con rapidez hacia sus piernas. Él no se movió, tal como se lo había pedido. Me detuve justo antes del impacto, observando su equilibrio. —"Cuando tu oponente intente algo así, lo que debes hacer es echar las piernas hacia atrás, sacándolas de su alcance. Luego, cargas tu peso sobre su espalda o sobre sus hombros. Mientras tanto, usas tus manos para controlar su cuello o su torso y empujarlo hacia abajo. Así es como inviertes el control"— lo solté para mirarlo. —"Pasemos a la práctica. Primero tú lo intentas conmigo, y después cambiamos. Así sabrás cómo se siente desde ambos lados"— añadí, con la mirada fija en la suya. Él simplemente asintió más veces de lo necesario. Me coloqué de pie y le hice un gesto con la cabeza. Finn respiró hondo, se posicionó como le había mostrado y luego se lanzó hacia mí… Mal. Lo vi venir antes de que se moviera del todo. Su centro de gravedad estaba alto, sus pasos descoordinados, y la intención estaba escrita en su rostro: iba por mis piernas sin la menor idea de cómo proteger su cuello. Muerto. Demasiada fuerza, cero técnica. No necesitaba hacer mucho. En cuanto se inclinó hacia mí, simplemente retrocedí medio paso, usé mi brazo izquierdo para desviar su embestida y con la derecha lo atrapé del cuello. Su impulso lo traicionó: se fue de frente, desequilibrado, y en segundos lo tenía en el suelo, con mi peso encima y sus brazos atrapados. —"¿Ves?"— apreté su cuello para mantenerlo inmovilizado. —"Si entras así contra alguien que sabe lo que hace, vas a terminar con la mandíbula rota o inconsciente en menos de cinco segundos"— me levanté y le tendí una mano para ayudarlo a incorporarse. Su respiración estaba agitada, los ojos fijos en el suelo. Levantó la cabeza, tomando mi mano para ponerse de pie. —"Pero no estuviste tan mal. Al menos no cerraste los ojos"— agregué, dándole un leve empujón en el hombro con el antebrazo. —"Vamos de nuevo. Esta vez, piensa antes de moverte. No eres un toro. Eres un cuchillo. Un arma debe ser precisa, no solo fuerte"— me crují los nudillos mientras lo observaba recuperar el aliento. Finn estaba de pie, todavía desorientado, pero lo suficientemente centrado como para mantener la postura básica. —"Ahora tú te vas a defender y yo voy a atacar"— vi sus hombros tensarse automáticamente. —"Lo que quiero que aprendas es el ritmo. La técnica, no la fuerza. Porque si piensas que vas a sobrevivir en la arena solo por empujar más fuerte, ya estás muerto"— me acerqué despacio, midiendo la distancia. Hice un amague hacia su lado izquierdo y, como esperaba, se inclinó. Fácil. Lo agarré del brazo con un giro suave, usé su impulso contra él y lo giré sobre su propio eje hasta que estuvo en el suelo, con mi rodilla presionando su torso. —"¿Sentiste eso?"— le pregunté, sin soltarlo del todo. —"No usé fuerza. Solo usé el peso de tu propio cuerpo. Tu error fue reaccionar antes de pensar. La defensa no es solo aguantar golpes. Es hacer que el otro se tropiece consigo mismo"— me levanté y lo ayudé a ponerse de pie otra vez. —"Vamos de nuevo. Esta vez, respira. Fija tus pies. Y no me mires solo a mí; mira también tus propios movimientos. El cuerpo habla antes que los puños"— esta vez, cuando avancé, él no cayó tan rápido. Tropezó, sí, pero logró mantenerse en pie. Algo es algo. —"Eso fue mejor. Todavía pareces un espantapájaros con convulsiones, pero al menos uno que intenta mantenerse firme"— termine con una sonrisa burlona. Por un instante, lo observé con más atención. Su respiración seguía agitada. Pero había algo más… —"¿Por qué lo intentas tanto?"— solté sin pensarlo, quizá más para mí que para él. —"Porque si muero rápido, nadie me va a recordar. Pero sí aguanto, al menos alguien sabrá que existí"— no respondí. Solo lo miré. Y por un segundo, no vi a un tributo débil. Vi a un niño que hablaba desde una oscuridad que yo conocía demasiado bien… Flashback —"¡Bran, me rindo, me rindo! ¡Suéltame, por favor!"— la voz se me quebró mientras intentaba inútilmente zafarme de su maldita llave de sumisión, en la que te doblan las piernas hacia atrás y se sientan encima, torciendo la espalda como si quisieran partirla en dos. Mis manos arañaban el suelo, mis músculos temblaban por el dolor, pero él solo se reía, divertido con mi impotencia. —"Vamos, Peet, ¿tan rápido te rindes? ¿Acaso no tienes la fuerza de un Mellark para soltarte por ti mismo?"— escupió con sarcasmo, como si cada palabra fuera un látigo más. Estaba a punto de contestarle, ya con lágrimas en los ojos, cuando sentí cómo levantaba aún más mis piernas, forzando mi espalda hasta que un grito desgarrador escapó de mi garganta. —"Bran, suelta a tu hermano. Se acabó el tiempo de su entrenamiento"— apenas escuché la voz. —"Y alístense. Su padre y yo tenemos asuntos que atender en el distrito 12"— añadió, como si eso explicara algo. Bran no desaprovechó la oportunidad. Me dio un último levantamiento de piernas, solo para intensificar el dolor una vez más antes de soltarme. —"¿El 12? ¿Y qué demonios hay en ese trochil para que papá crea que puede hacer negocios de ahí?"— soltó Bran, mientras se acercaba a nuestra madre con el ceño fruncido, claramente desconcertado. Ella, con un movimiento aburrido, desvió la mirada de la brillante pantalla de su tableta, sus ojos fijos en Bran. —"Pensé que te había enseñado bien, hijo mío"— siseó, la voz suave, pero cargada de una decepción. —"Pero ahora veo que te falta mucho para que puedas ser útil"— con una mano, lo desairó. —"Y tú, quiero que te comportes esta vez. ¿Entendido?"— ni siquiera me miró continúo con lo suyo. Yo solo asentí con la cabeza. Mis ojos ardían por las lágrimas, pero las contuve, limpiándome. Mis piernas temblaban, pero empecé a caminar hacia mi habitación, arrastrando los pasos, listo para ducharme y cambiarme. Lo último que escuché fue un llanto ahogado —no el mío— y la voz de mi madre resonando a lo lejos, furiosa. Fin del Flashback Sentí una mirada clavada en mi espalda. Me giré lentamente y, desde el otro lado de la sala, vi a Rue sentada en lo alto de una estructura metálica, observándonos en silencio. No hacía gesto alguno, solo miraba. Y, justo detrás de una columna, un destello de cabello oscuro. Katniss. No supe cuánto tiempo llevaba allí. Pero sus ojos grises estaban fijos en mí. El resto de la tarde transcurrió entre los quejidos ahogados de Finn y mis instrucciones, cada vez menos agresivas, aunque no por ello menos firmes. Le enseñé a esquivar, a mantener el centro de gravedad, a usar el impulso del oponente a su favor. Finn era lento, sí, pero no estúpido. Capaz de seguir instrucciones, aunque le costara un mundo ejecutar los movimientos con la fluidez que se requería. Cada vez que lograba un pequeño avance, una sonrisa diminuta, casi imperceptible, asomaba en mi rostro. De repente, un fuerte zumbido metálico, un tono agudo y constante, vibró por toda la sala de entrenamiento, marcando el final de la sesión. Los tributos comenzaron a dispersarse, algunos con rostros exhaustos, otros aún con dudas en la mirada. Mis ojos vagaron, casi por inercia, por todas las estaciones, buscando las siluetas de Katniss y Rue. Pero mi mirada se detuvo de golpe. Me encontré con la de Marvel rodeado de su equipo, la chica del 1, Clove. Y no me gustaba la manera que me miraban. Di un paso adelante. Qué miran idio— —"¿Y cómo les fue?"— la pregunta me paró en seco giré la cabeza para ver a Rue, su pequeña figura asomando al lado de Finn. Su sonrisa, aunque pequeña, estaba dirigida a él, quien se sostenía el hombro con una mueca de dolor, resultado de un mal intento de una llave de sumisión. Katniss, a su lado, me miraba expectante. Le di una última mirada a Finn, quien parecía estar al borde del colapso. —"No es un completo desperdicio, si a eso te refieres"— comenté olvidándome de los profesionales. La cabeza de Katniss se movió con negación, casi imperceptible. Rue, por su parte, frunció su pequeño rostro en una expresión de adorable disgusto. —"Aprendí mucho. Peeta es un buen instructor, aunque no lo parezca"— interrumpió Finn ofendido con el ceño aún fruncido por el dolor punzante en su hombro. Nunca había buscado la aprobación de nadie, pero ver a Finn defenderme, a pesar de todo, era inesperado. —"Vamos, Finn. Subamos para darte algo para el dolor"— indicó Rue, extendiendo su mano para tirar de él con inocencia. Y con eso, se marcharon, dejándonos a Katniss y a mí solos una vez más. Las dudas, sin embargo, aún estaban ahí. La arena, a solo tres días de distancia... No sabía qué pasaría, qué sería de nosotros. Quizás no podía salvar a Finn de la muerte, pero podía salvarlo del miedo. Podía darle las herramientas para que, si llegaba su final, lo enfrentará de pie, no de rodillas. Y en esa pequeña victoria contra el sistema que nos quería a todos rotos y aterrorizados. Esta vez no.
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