ID de la obra: 683

La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
En progreso
3
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 524 páginas, 192.901 palabras, 29 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar

La máscara de la sangre

Ajustes de texto
Capítulo 10 – La máscara de la sangre (POV Peeta) Después de terminar la tensa plática con Haymitch y el equipo, Katniss y yo nos dirigimos al elevador. Presioné el botón que nos llevaría a la sala de entrenamiento, un pozo cavernoso donde sabíamos que nos esperaban tanto la vigilancia constante del Capitolio como las miradas de los otros tributos. La puerta se deslizó con un suave siseo, y sentí la ligera vibración del ascenso. —"Tranquila, todo saldrá bien"— le comenté a Katniss, mi voz un murmullo que intentaba transmitir una calma que a ambos nos hacía falta. Puse mi mano en su hombro, dándole un pequeño apretón para infundirle la confianza que, irónicamente, también me hacía falta a mí. Ella me vio directamente a los ojos, para solo asentir levemente. Mientras bajábamos, mi mente regresó a la cena de ayer. La incomodidad de hablar de mi familia en público. Con Katniss, en nuestra ya extraña conexión, era más fácil, pero soltar detalles sobre mí con los demás presentes era como estar desnudo, completamente expuesto. Un escalofrío me recorrió la espalda al pensarlo. Y luego estaba la charla con Effie. Al menos usar el idioma privado del Capitolio ayudaba a que Haymitch y Katniss no tuvieran que lidiar directamente con "ella". La negativa de Effie a mi propuesta, esa idea de que no funcionaría, me llenaba de dudas. Conozco bien el Capitolio, pero la verdad es que había pasado tanto tiempo sin hablar con nadie ni ver a nadie, que tal vez las cosas habían cambiado. Pero sacudí la cabeza, quitándome la negatividad. Effie no dijo que fuera imposible; solo se preguntaba cómo la convencería o por qué "ella" haría algo así por mí. Para llegar a una conclusión, tenía que intentarlo. Tenía que hablar con Effie después del entrenamiento y dejar todo claro. Porque sin esto, perderíamos. La recompensa por mi cabeza, cortesía de Bran, era demasiado grande para que alguien se arriesgara a apostar por mí. Si lograba que "ella" apostará por Katniss, entonces tendríamos una oportunidad. Katniss tendría una oportunidad… El click del elevador sonó, anunciando nuestra llegada a la sala de entrenamiento, un espacio vasto y resonante, donde la luz artificial brillaba con una intensidad implacable sobre el acero pulido y las diversas estaciones de práctica. Al parecer, Katniss y yo fuimos los últimos en llegar, pues al cruzar el umbral, la vasta sala de entrenamiento se sumió en un silencio abrupto y expectante. Cada mirada, tanto de entrenadores como de tributos, se clavó en nosotros con una intensidad casi palpable. Mis ojos recorrieron el lugar, analizando cada grupo, cada rostro. Mi mirada se encontró con la del tributo masculino del Distrito 1, Marvel, si no me equivocaba, y una sonrisa fría y calculada se dibujó en mi rostro. No era una sonrisa de alegría, sino una mueca de poder, una advertencia silenciosa. Las alianzas, como era de esperar, ya estaban formadas; cada grupo se mantenía unido, una muestra de fuerza y supervivencia. Muy pocos tributos permanecían solos, los más débiles, aquellos sin valor para el combate o sin astucia para forjar uniones. Una punzada de tristeza me invadió al reconocer esa dolorosa verdad: los solitarios, los que no logran integrarse, nunca duran en prisión, y al parecer tampoco aqui. Era una lección que había aprendido a sangre y fuego. Volteé a ver a Katniss a mi lado, y con una voz que intentaba sonar despreocupada, pero que llevaba un filo implícito, solté: —"Bien, ¿a dónde deberíamos ir primero?"— Mientras hablaba, desvié intencionalmente mi mirada hacia un pequeño tributo que nos observaba con ojos asustados, sosteniendo su mirada hasta que el miedo lo hizo apartarse. Ella soltó un suspiro, un sonido apenas perceptible que denotaba su nerviosismo. —"Vamos a las estaciones menos concurridas, como Haymitch dijo"— puse una mano en mi pecho y le hice una señal para que liderara el camino, un gesto para aligerar la tensión que sentía entre nosotros y en el aire hostil. Caminamos en silencio hasta llegar a una estación completamente sola, la mujer a cargo de ella nos sonrió forzadamente, sus ojos delatando su incomodidad al vernos acercarnos. —"Tranquila, no planeo hacerte nada malo"— me burlé de ella, mi voz apenas un susurro teñido de cinismo. Me gané una mirada dudosa de Katniss, una ceja arqueada que pedía una explicación. Me acerqué y le susurré al oído, mi voz un hilo apenas audible, mientras mis ojos observaban a la mujer, cuyo rostro ahora se volvía más tenso: —"Es parte del show, recuerda"— Katniss entendió, un pequeño asentimiento casi imperceptible, y una sonrisa falsa se dibujó en mi rostro, una máscara más para la audiencia invisible. La observé mientras ella preguntaba sobre un nudo en específico y comenzaba a practicar con él. Sus dedos, ágiles y precisos, se movían con una destreza sorprendente, tejiendo la cuerda en formas complejas. Para mi impresión y la de la mujer a cargo de la estación, Katniss era realmente buena en ello, tanto así que subió al menos 5 niveles hasta atascarse en uno que parecía imposible de desatar. Noté su frustración al tercer intento, una ligera contracción en su mandíbula y el brillo de irritación en sus ojos grises. Olvidándome por completo de dónde estaba, de las cámaras que nos observaban y de los Vigilantes que puntuaban cada movimiento, me acerqué a ella. Un tranquilo —"Déjame ayudarte"— salió de mis labios, mi voz suave, un ofrecimiento genuino que no era parte de la actuación. Me incliné, guiándola en el nudo, tocando sus manos de vez en cuando, sintiendo la suavidad de su piel y la electricidad que corría entre nuestros dedos, hasta que el intrincado lazo finalmente se desató. Solté un —"Listo"— al final y le ofrecí una sonrisa cálida, genuina, que no era parte de la actuación, solo un reflejo de la conexión que sentía. Katniss solo asintió mientras se mordía un labio, sus ojos fijos en la entrenadora de nudos, cuya expresión era indescriptible, una mezcla de sorpresa y algo que no lograba descifrar, por nuestra cercanía inesperada. Yo solo me giré para encontrar algo que hacer. Si bien los doctores me habían dicho que no hiciera nada exigente, deseché la idea de lanzar lanzas o cuchillos; además, en esas estaciones estaban Marvel y Clove respectivamente, y no quería tener un encuentro tan temprano con ellos. Mi mirada barrió la sala y se detuvo en la sección de pesas vacía. Una sonrisa se forjó en mi rostro; perfecta para mí. Mi mirada regresó a Katniss, que ahora preguntaba algo a la instructora de nudos. Pensé en dejarla seguir, pero la oportunidad de un pequeño momento con ella, de reforzar la actuación, era demasiado tentadora. —"Voy a estar en las pesas. Cuando quieras ir a la sección de plantas y animales, avísame"— las interrumpí con un tono de voz lo suficientemente alto para que nos escucharan, pero sin ser grosero. Katniss solo asintió, su atención dividida —"Recuerda no esforzarte de más. Los doctores enfatizaron mucho esa parte, Peeta"— añadió con una rapidez inesperada. De nuevo, la instructora se quedó perdida por un segundo, y otros tributos que estaban pasando se detuvieron, sus ojos fijos en la escena. Ella solo me dio un pequeño vistazo. —"Sí, mamá"— solté, mi voz teñida de una falsa obediencia, mientras caminaba de espaldas, guiñándole un ojo. Me gané una mirada de muerte de su parte y una rodada de ojos, un pequeño acto de complicidad que me hizo reír por dentro. Como si mi presencia y mis bromas fueran lo más natural del mundo entre nosotros. En cuanto llegué a la estación de pesas, comencé a cargar la barra con discos, sintiendo el frío metal bajo mis dedos. Elevé el peso hasta los 60 kilos, un calentamiento suave para mis músculos. Desde que dejé la prisión, mi cuerpo había extrañado la disciplina del entrenamiento, la liberación que sentía al empujar mis límites. Noté cómo la niña que pertenecía al Distrito 11, que ahora vestía el atuendo del Distrito 6, estaba a unos pasos, sus ojos grandes y abiertos fijos en mí. Parecía una chica dulce, frágil, y una punzada de protección me recorrió. Comencé con diez repeticiones, mis músculos tensándose y liberándose con un ritmo constante. Cuando terminé, sin dudarlo, cargué la barra hasta los 100 kilos y realicé otras seis repeticiones. El sudor comenzó a gotear en mi frente, y una oleada de energía recorrió mi cuerpo. Volví a cargar la barra, esta vez hasta los 120 kilos, y ejecuté cuatro repeticiones más. En cuanto terminé, noté cómo las miradas de otros tributos y entrenadores comenzaban a posarse en mí, susurros y murmullos flotando en el aire. Pero no me concentré en eso; solo en el placer del ejercicio. La voz de Vander, resonó en mi cabeza, áspera y despectiva: "¿Por qué paras, basura? ¿Acaso te cansaste?" La burla de su voz me arrancó una sonrisa amarga. Mis ojos se encontraron con los de la niña de nuevo, y solté: —"Lista para lo bueno"— mi voz un desafío silencioso a su miedo. Me levanté de la banca con agilidad, y sin dudarlo, me quité la camiseta, dejando mi físico al descubierto. El aire frío del gimnasio acarició mi piel. Mis cicatrices, blancas y rosadas, contaban una historia de violencia y resistencia, y la más reciente, la "T" incompleta en mi pecho, aun con sus puntos rojos. Noté al instante el miedo en los ojos de la niña del Distrito 11, y solo sonreí burlonamente, una mueca cruel. Volví a cargar la barra, esta vez a los 160 kilos. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano y me tiré en la banca una vez más, realizando dos repeticiones con un esfuerzo controlado. Bien, solo faltan cuatro más. Me dije, la adrenalina corriendo por mis venas. Volví a cargar la barra para alcanzar los 170 kilos. A este punto, todos estaban observando, sus ojos fijos en mi figura. Repetí dos repeticiones, mis músculos temblaban, pero mi determinación era inquebrantable. Me levanté, listo para tomar otro disco, cuando una voz se alzó con incredulidad: —"¿En serio le va a agregar más?"— La pregunta, cargada de asombro, era un combustible para mi ego. Tomé más discos, los metí uno tras otro, hasta alcanzar los 190 kilos, el máximo que había levantado en mi vida. Mi cuerpo era un templo de dolor y resistencia, y el Capitolio lo vería. Me senté, listo para levantar la barra ante la expectación de todos, incluso de los entrenadores. Aquí vamos, no duele, no duele, no duel… Fue entonces cuando un —"¿¡Qué rayos estás haciendo!?"— resonó por toda la sala, la voz de Katniss, clara y cargada de una preocupación que me hizo sobresaltar. Al instante, me levanté, mi mirada cruzó con la suya. Por un momento, pensé en hacer una broma, en desviar la tensión con mi habitual sarcasmo, pero sus ojos estaban fijos en mí en modo regaño. Mantuve el silencio y sonreí, aunque de una manera un tanto avergonzada, como si me hubieran pillado haciendo algo travieso. Me llevé la mano a la parte trasera de mi cabeza, un gesto torpe que delataba mi incomodidad, y comenté: —"Un poco de ejercicio"— mi voz sonando inocente. Ella se acercó, sus ojos escaneando la barra, y comenzó a contar el peso, la indignación palpable en cada sílaba. —"¿Un poco de ejercicio con ciento noventa kilos?"— soltó enojada, su ceño fruncido con una intensidad que me hizo sentir como un niño siendo regañado. —"¡Peeta, te dejé en claro que el doctor dijo claramente que nada de esfuerzo en exceso, y tú piensas que levantar el doble de tu peso no es mucho esfuerzo!"— terminó, su voz aguda, cada palabra un reproche. Noté los susurros y las miradas de los otros tributos, que ahora nos observaban con curiosidad. Si aquello era una actuación, Katniss mintió al decir que no sabía actuar; su preocupación era tan real que me desarmó. Entonces, con un movimiento brusco, tomó mi camiseta del suelo y me la tendió. —"Vamos a la estación de plantas y animales"— soltó, su voz ya más calmada, pero con una autoridad innegable, y comenzó a caminar. —"Y ponte la camiseta, que hay niños presentes"— añadiendo mientras se alejaba. Me quedé ahí, solo viéndola caminar, ignorando por completo a la multitud que ahora susurraba. Una gran sonrisa se formó en mi rostro, una sonrisa genuina que no era para la audiencia, sino para mí. Después de ponerme la camiseta, me giré hacia la niña del Distrito 11, que aún nos observaba con los ojos muy abiertos. —"Será en otra ocasión"— le solté con un guiño de ojo, su expresión era de sorpresa, no sabía si por la reprimenda de Katniss o por mi inesperada amabilidad. No importaba. Y con eso, comencé a caminar para alcanzar a Katniss. Ya en la estación de plantas y animales, Katniss ya no comentó nada sobre el incidente de las pesas. Su enojo parecía haberse disipado, dejando solo una concentración silenciosa en la tarea. Ambos nos dedicamos a aprender de las diferentes plantas que la instructora nos mostraba, escuchando sus explicaciones sobre cuáles eran comestibles y cuáles venenosas, una información vital para la arena. El aroma a tierra y a vegetación fresca llenaba el aire, un contraste agradable con el olor a sudor y metal del resto de la sala. De repente, una en particular me llamó poderosamente la atención. La instructora señaló una planta con hojas de color verde intenso y una flor blanca y delicada, con tres pétalos, que se alzaba sobre el agua. —"Katniss"— dijo la instructora, el nombre resonando en el aire. Mis ojos se abrieron con asombro. Era el nombre de ella. —"No sabía que eras una planta"— sin pensar, la palabra escapó de mis labios en voz alta. Katniss se giró, sus ojos grises clavándose en los míos, una mezcla de sorpresa y algo más que no lograba descifrar. Su mirada se perdió por un momento, como si viajara a un recuerdo lejano, y su ceño se frunció ligeramente. —"Sí lo sabía, mi padre me dijo que me lo puso porque crecía alrededor de un lago donde me enseñó a nadar"— una punzada de dolor me atravesó el pecho al escuchar la ternura en su voz al hablar de su padre, un eco de una pérdida. Y sin pensarlo, impulsado por una sinceridad que brotó de mi corazón, solté: —"Sin duda tu padre sabía lo que hacía. Refleja tu hermosura como la flor"— mi voz era tranquila, suave, con una sonrisa amable que no era parte de ninguna actuación, sino una expresión genuina de lo que sentía. El efecto fue inmediato: una mirada entrañable se posó en mí, sus ojos brillando con una gratitud que me desarmó. Un ligero sonrojo tiñó sus mejillas, y noté cómo incluso la instructora lucía sorprendida por el cumplido, sus ojos yendo de Katniss a mí, una mezcla de asombro y una curiosidad que no podía ocultar. Era un momento de conexión, una chispa. Pero todo se rompió cuando una disputa, fuerte y agresiva, resonó a mis espaldas. Mis oídos, entrenados para el más mínimo indicio de peligro, captaron las voces de Marvel y del chico del Distrito 5. Katniss, a mi lado, soltó un suspiro ahogado y un susurro, apenas audible, que me heló la sangre: —"Finn"— me voltee al instante, mi mirada buscando la causa de su angustia. Y ahí estaban: Marvel y el chico del Distrito 5 tenían a Finn contra el suelo, sus voces elevadas en un coro de gritos y reproches por, al parecer, haber tropezado con la chica del Distrito 1. No era nada grave, solo un poco de intimidación, un recordatorio de la jerarquía que ya se estaba estableciendo en la arena. Y entonces vi mi oportunidad. El chico del Distrito 12 no me importaba en lo absoluto; de hecho, casi lo había olvidado. Pero sabía que a Katniss sí. Después de todo, Finn y ella eran del mismo Distrito, una conexión que, a pesar de su silencio, era evidente. Aunque hasta ahora no me había dicho nada acerca de él, su mirada, clavada en la escena, delataba que no le gustaba lo que estaba viendo, una punzada de preocupación por su compañero de Distrito. Era la oportunidad perfecta para reforzar mi imagen, y al mismo tiempo, proteger a Katniss, al menos indirectamente, de la incomodidad de la situación. Sin medir palabras, sin un segundo de duda, comencé a caminar. Escuché la voz de Katniss, un —"¿Qué haces?"— cargado de alarma, pero solo levanté mi mano en señal de que regresaría rápido, sin voltear, sin darle la oportunidad de detenerme. Ya estando cerca de ellos, tomé al chico del Distrito 5, levantándolo del suelo con una fuerza que lo hizo tambalear. Sus ojos se abrieron al instante, su boca se abrió para replicar, de exigir saber qué quería, cuando sin medir palabra, sin un atisbo de duda, le hundí mi puño derecho fuertemente en el estómago. El ¡Ugh!salió rápidamente de su boca, mientras se llevaba las manos al estómago, el sonido de sus rodillas contra el piso fue lo que termino de callar todo el alboroto al instante. Lo tomé de la cabeza, mi agarre firme, y lo estampé fuertemente contra un pilar, de lleno en la cara, haciendo temblar la estructura, un ¡Crunch! espantoso que lleno toda la sala. Quedó inconsciente al instante, la nariz rota, la sangre brotando a borbotones y algunos dientes esparcidos en el piso. El silencio se extendió por toda la sala, un silencio denso y cargado de asombro que me complació. Me aclaré la garganta, un sonido forzado que rompió el silencio. —"Estoy aprendiendo sobre plantitas con Katniss por allá"— comenté, mi voz tranquila, casi monótona, señalando hacia la estación de plantas y animales donde una Katniss con los ojos abiertos de par en par y un miedo extraño, que me dolió ver. Ignoré su mirada, continué con mi fachada, aunque me dolía que me viera de esa manera, que fuera testigo de una parte de mi que me veía obligado a exhibir. Pero no podía hacer nada; era necesario. Solté un suspiro, el aire escapando de mis labios con una ligereza que contrastaba con la tensión que me consumía. —"Así que, ¿serían tan amables de ser más silenciosos?"— concluí, dándole una mirada de muerte a todos, incluso a Marvel, que tenía la mira fija en su amigo en el piso, su rostro una máscara de asombro. Y sin decir más, sin esperar respuesta, regresé con Katniss. Un —"¿Lo mató?"— en pánico lleno la sala, algo que simplemente ignore. Ya cuando me reuní con Katniss, su expresión aún estaba marcada por el shock, sus ojos fijos en el punto donde el chico del Distrito 5 había caído. La entrenadora de la estación de nudos, que segundos antes había observado la escena con la misma estupefacción, se recompuso al instante, corriendo a auxiliar al pobre chico, su voz cargada de una urgencia que rompió la parálisis del momento. Mi mirada se concentró en las plantas, en sus hojas verdes y sus flores delicadas, intentando con desesperación desviar mis pensamientos de lo que acababa de hacer. El aroma a tierra y a vegetación fresca, antes un consuelo, ahora se sentía irónico, un contraste cruel con el metal y la sangre. Volteé mi vista hacia Katniss, y mi pecho se apretó con dolor al ver su mirada: llena de dudas, de un cuestionamiento silencioso que me atravesó más que cualquier golpe. No era miedo, no exactamente, sino una incertidumbre que se reflejaba en sus ojos grises, un ¿quién eres realmente? que me dolía. —"Tenías que verlo en algún momento"— dije, mi voz apenas un susurro, cargada de una honestidad cruda. Pensé que se alejaría, que el acto de brutalidad la haría retroceder, que me diría cualquier cosa, incluso que ya no quería hacer equipo conmigo. Esperaba el rechazo, la confirmación de que mi oscuridad la espantaría. Pero nuevamente me impresionó. Su mirada no se desvió. Un pequeño asentimiento, casi imperceptible, y luego, su voz, tranquila y firme, un bálsamo inesperado: —"Gracias. Sé que lo hiciste por ayudar a Finn"— sus palabras me golpearon con la fuerza de un rayo. Ella lo había visto, había visto más allá de la máscara, de la violencia. Había entendido mi intención. Bajé mi mirada, un alivio inmenso inundando mi pecho. Todo era por ella Me repetí mentalmente, una justificación, una promesa silenciosa que se reafirmaba con cada latido de mi corazón. —"Vamos, descansemos"— me invitó, su voz suave, una tregua ofrecida en medio del caos. Solo la seguí, mis pasos pesados pero firmes, dando un último vistazo por encima de mi hombro. El chico del Distrito 5 era llevado en una camilla, su figura pálida e inerte, a un vivo. Nos acercamos a una mesa metálica en un rincón más apartado de la sala, un comedor improvisado. Ella se sentó y yo enfrente de ella. Mi mano se posó en la placa metálica de la mesa, su superficie fría bajo mis dedos, y una sonrisa se formó en mis labios. Igual que el de prisión. Pensé, un eco de mis días encerrado. Era un contraste tan marcado con el lujo empalagoso del Capitolio, pero por alguna razón, esta simplicidad me resultaba familiar, casi reconfortante. Katniss pareció notar mi sonrisa. —"¿Qué?"— comentó con curiosidad, sus ojos grises fijos en mi rostro. Solté un suspiro, ladeando la cabeza, y mi mirada se perdió un instante en el techo, reviviendo viejos fantasmas. —"Nada, solo que este comedor es igual donde nos daban la comida todos los días"— solté, mi voz teñida de una resignación que ya había aceptado. Su curiosidad, ahora más intensa, la hizo inclinarse ligeramente hacia mí. —"En las mañanas el almuerzo y al anochecer la cena nos daban directamente en nuestra celda. Pero al mediodía solían juntarnos en un comedor especial para reos menores de edad. Al ser menos y más jóvenes, creo que éramos más fáciles de controlar, así que nos permitían ese 'lujo'"— dije "lujo" con un sarcasmo que no pude ocultar, mientras mis ojos vagaban por las otras mesas del gimnasio, escuchando a los demás reos en mi mente, los murmullos, las risas ásperas, el tintineo de los tenedores. Mi mirada regresó a Katniss, la cual estaba absorta en mis palabras, y para mi impresión, preguntó: —"¿Y no tenías alguien con quien, ya sabes, hablar?"— Su cabeza descansaba en sus manos entrelazadas, su postura revelando una genuina intriga. Negué con la cabeza antes de agregar: —"No, casi no hablaba con nadie, solo lo necesario. Mis pláticas eran casi siempre con Francis, que cuando estaba de humor me dirigía la palabra, o una interacción de recluta a comandante con Vander. Pero fuera de eso"— volví a negar con la cabeza, el peso de esa soledad, de esa monotonía, aún pesaba en mi alma. Entonces ella comenzó a hablar, su voz suave y melódica, un contraste bienvenido con el ruido mental que a veces me invadía. —"En la escuela solía sentarme con una amiga. Se llama Madge, de hecho, fue ella quien me dio el sinsajo"— comentó tranquilamente, sus dedos trazando patrones invisibles en la mesa. Una sonrisa se dibujó en mis labios, una mueca irónica que no pude evitar. —"Al menos ya sé a quién agradecer por nuestro primer intercambio de palabras"— solté, mi mente volviendo al Salón de Justicia, al momento en que me había dado el broche, y cómo eso había sido el inicio de todo. Katniss solo mostró una pequeña sonrisa, sus ojos fijos en la mesa, un atisbo de diversión en su rostro. —"Yo tampoco soy mucho de hablar con los demás, solo Madge o Gale, mi mejor amigo"— la mención de "Gale" se clavó en mi pecho como una astilla. Una punzada. No era solo el hecho de que hablara con alguien más; fue cómo dijo su nombre, la suavidad, la familiaridad en su voz, y la mirada distante, llena de un cariño evidente, que se posó en el vacío. Había afecto ahí. Un celo frío me recorrió, una posesividad que no esperaba, una emoción cruda que me sorprendió. Pero rápidamente alejé esos pensamientos. Ella sí tenía una vida fuera de esto, una vida que yo había perdido hacía años. Y quien fuera este "Gale", si cuidaba de Katniss, si velaba por su seguridad, entonces no había más que pensar. Y sin medirme, solté mis pensamientos, mi mirada perdida en el vacío, como si hablara conmigo mismo más que con ella. —"A veces, cuando te escucho hablar de ellos… tu hermana, tu madre, incluso tus amigos… siento que describes un mundo al que nunca he pertenecido"— las palabras salieron solas, suaves, temblorosas. —"Un mundo donde alguien te espera, te protege, te conoce. Y no puedo evitar sentir que yo… siempre he estado fuera, mirando desde la ventana"— la última frase se ahogó en un susurro, una verdad dolorosa que se escapó de mis labios. El peso de mi propia soledad, de los años de aislamiento, se posó entre nosotros, una carga silenciosa que me arrastraba a mis recuerdos. Flashback"¡Vamos, Peet! ¿Acaso mamá y papá criaron a un debilucho?"— se burló Bran, su voz un látigo afilado, mientras el chirrido metálico de la reja al cerrarse me dejaba atrapado en la oscuridad. Me puse de pie rápidamente, mis ojos inundados de lágrimas, mis manos temblaban mientras me aferraba a los fríos barrotes, intentando inútilmente abrirlos."¡Déjame salir, Bran, por favor! Si mamá se entera de que me dejaste encerrado aquí..."— las palabras se ahogaron en mi garganta, cortadas por su risa cruel. —"Pero Peet, mi pequeño y tonto hermanito Peet, ¿quién crees que me mandó a dejarte aquí con los puercos? Mamá dice que si no sabes comportarte cuando hay visitas, tal vez pertenezcas a los puercos"— comentó, su rostro pegado a la reja, una sonrisa sádica que se extendía como una herida, reflejándose en la penumbra. El hedor a estiércol y el gruñido de los cerdos, que antes me resultaban vagamente familiares, ahora se sentían como una condena, una prueba más de su desprecio."Pero, pero si solo me manché la camisa con un poco de comida y me disculpé al instante"— solté, mi voz apenas un susurro, perdido en la confusión, en el laberinto de mi propia inocencia. El suspiro de Bran me sacó de mi mente, su mirada aburrida y condescendiente. —"¿Cuándo lo vas a entender, Peet? Somos Mellark, somos perfectos, educados"— soltó con un desprecio que me helaba la sangre, para después alejarse, sus pasos resonando en el patio empedrado. Justo antes de desaparecer por completo, se giró un poco, su voz, un murmullo por debajo, pero clara como el cristal: —"Te sugiero que te mantengas caliente porque va a llover"— y con eso, la oscuridad me engulló por completo, dejando solo el sonido distante de sus pasos desvaneciéndose."¡Bran, por favor! ¡Bran, por favor! ¡Sácame de aquí!"— mis gritos, desesperados y roncos, se perdían en la vasta oscuridad de la pocilga. Pero no importaba cuánto gritara, él solo se alejaba, su silueta diluyéndose en la lluvia que ahora comenzaba a caer, fría y persistente. Las gotas humedecían mi ropa, arrastrando consigo mis lágrimas, una mezcla salada de desesperación y un dolor incomprensible. Y en mi mente, solo resonaba una pregunta, una que me perseguiría por años: ¿Por qué? ¿Por qué a mí? El vacío de la noche respondía con el silencio de los cerdos y la luz de las estrellas, dejándome solo con el eco de mis propias lágrimas. Fin del Flashback Una mano sobre la mía me arrancó de golpe del recuerdo. Sus dedos cálidos, firmes, reales, me trajeron de vuelta, y al alzar la vista me encontré con sus ojos grises, fijos en los míos, cargados de preocupación. Sentí cómo algo se agrietaba dentro de mí, un dolor espeso que se formó en el pecho, desbordándose en silencio mientras su voz, tan tranquila como siempre, me alcanzaba: —"Al menos ahora puedes hablar conmigo"— y entonces, sin aviso, llegó la rabia. No contra ella, nunca contra ella, sino contra el mundo, contra el hecho de que justo ahora, justo cuando la tengo cerca, tan parecida a lo que siempre soñé, tan real, tan imposible. ¿Para qué regresó? ¿Para qué me la devolvieron? ¿Para qué me dejaron soñar con ella si en tres días puede desaparecer? Me repito que todo esto es por ella, que fue su valentía aquel día bajo la lluvia sobre mi paraguas lo que me salvó, la que me hizo querer hacer lo correcto, la que me hizo creer que tal vez yo también podía ser más que un hijo no querido. Pero ahora que está aquí conmigo, ahora que la tengo tan cerca que puedo ver cómo se arruga su ceño cuando se preocupa, o cómo sus labios se curvan con esa sonrisa que ni siquiera sabe que tiene, no quiero que se acabe. Quiero conocerla, saber qué le gusta, qué le asusta, qué piensa antes de dormir, cuáles son los gestos que esconde cuando nadie más la ve. Quiero aprender de ella, memorizarla. Quiero, por fin, sentir ese cariño que se me negó desde que era un niño. Pero la vida no es justa, nunca lo ha sido, y menos conmigo. Pero antes de que ella pudiera decir algo más, un murmullo bajo y un movimiento cercano rompieron la burbuja que nos envolvía. Eran la niña del Distrito 6 (11) y Finn a su lado, ambos lucían visiblemente nerviosos. Finn ni siquiera podía sostenerme la mirada, sus ojos esquivos, mientras la niña, aunque con valentía, no podía ocultar el miedo en los suyos. El instante mágico que habíamos compartido se disipó, y la máscara habitual de cinismo se deslizó sobre mi rostro, ocultando cualquier atisbo de la calidez que Katniss había despertado en mí. El silencio se extendió, denso y expectante. Mi mirada se dirigió a Katniss; ella también había puesto su propia máscara de frialdad, aunque sus ojos seguían fijos en la pequeña, una tensión silenciosa en su mandíbula. Al ver que ni ellos ni Katniss romperían el tenso silencio, me aclaré la garganta, un sonido forzado que captó su atención al instante. —"¿Qué demonios quieren?"— solté bruscamente, mi voz un látigo afilado que los hizo dar un pequeño salto. Entonces Finn encaró a la niña: —"Rue, te digo que es una pérdida de tiempo, ¿por qué les importaríamos?"— comentó bajamente, su voz teñida de resignación. Así que se llama Rue. Pensé, registrando su nombre. Rue lo encaró de vuelta mientras apretaba los labios, su pequeña figura emanando una determinación sorprendente. —"Ya te dije, no perdemos nada con preguntar, Finn"— respondió igualmente de manera baja, pero con un filo innegable. Con esa confianza grabada en su rostro, Rue nos encaró, primero a Katniss y luego a mí: —"Quiero saber si Finn y yo podemos formar equipo con ustedes"— soltó, con una seriedad sorprendente para su edad, pero con un matiz tierno. Vi cómo los ojos de Katniss se abrieron, impresionados por la propuesta, pero mi sonrisa burlona solo se acentuó. —"¿Y por qué diablos querríamos eso?"— Inquirí, mis ojos clavados en Rue, quien, para mi sorpresa, no rehusó mi mirada cínica. —"Nadie más aquí quiere formar equipo con ustedes, por ti y tu reputación. Y ocho ojos podrían ser mejor que cuatro"— comentó con seriedad. Chica lista. —"¿Y si los traicionó y los mató en el momento más oportuno?"— solté con frialdad. Katniss me lanzó una mirada de nueva duda, como si no me reconociera. Una punzada aguda me atravesó el pecho, como si esa sola mirada borrara toda la cercanía que habíamos construido minutos antes. Pero en lugar de alejarme, le guiñé el ojo con suavidad, intentando que comprendiera que aún era yo. Respiré hondo, retomando el control de mi fachada. El momento de vulnerabilidad había pasado, y la estrategia volvía a ocupar su lugar en mi mente. Tenía que mantenerme alerta, pensar con frialdad, porque en este juego, la emoción podía costarte la vida. Era verdad que nadie más formaría equipo conmigo, primero por mi reputación y segundo por la recompensa de Bran. Aunque ellos estuvieran pidiendo formar equipo, entendía que no todos los tributos estaban enterados de la recompensa. Esa información era confidencial, limitada estrictamente a los mentores. Y si sus mentores eran inteligentes —y la mayoría lo eran—, preferirían no distraer a sus tributos con una cacería que pondría en riesgo su propia supervivencia. Solo unos pocos, quizás los que realmente creyeran que pueden vencerme, sabrían del precio sobre mi cabeza. Y si Rue y Finn estaban fingiendo ignorancia, lo hacían bien. Pero si realmente no sabían, ¿por qué arriesgarse a aliarse conmigo? Quizás creían que yo sería el arma de su defensa. Quizás quieren ganarse mi protección. Pero las dudas seguían allí, como espinas bajo la piel. —"Estamos condenados a perder"— comenzó Finn, con un tono que me dio un atisbo de dolor. —"Mi mentora no me enseñan nada, apenas si existo para ella. Solo se concentra en Clove, siempre la veo ayudándola, y a mí solo me dice que no avergüence al Distrito 2"— concluyó con una mezcla de desesperación y enojo. Lo normal. Claro que Enobaria no estaría interesado en ayudar a Finn. Incluso yo lo veía como un peso muerto. —"A mí me pasa lo mismo. Mis mentores simplemente no dicen nada, incluso creo que no están bien de la cabeza. Me ofrecieron una cosa rara, que según esto me haría sentir bien. El niño del Distrito 6 lo tomó sin pensar, pero yo lo tiré en mi baño"— comentó Rue en voz baja, y también noté la desesperación en su voz. Solté un suspiro. El Distrito 6 y sus adictos. Si bien había posibles ventajas en aceptarlos, también habría muchas desventajas: más bocas que alimentar, más agua que buscar, más rastros que dejar en la arena. Mi mirada se posó en Katniss. Claro que no era solo mi respuesta la que importaba; lo que ella pensara también sería clave. Así que pregunté, sacándola de su mundo: —"¿Qué piensas?"— con seriedad. Ella solo me miró con las mismas dudas carcomiéndola, pero en sus ojos también veía bondad. Vi el debate interno en ella, queriendo ayudar, pero al mismo tiempo sabiendo que en este juego solo saldrá uno. Así que, pensando en el ahora y dejando las dudas futuras, dije: —"Yo creo que Rue tiene razón, ocho ojos son mejor que cuatro"— concluí, mientras la esperanza se formaba en el rostro de Rue y Finn. Solo recé porque no fuéramos los últimos cuatro con vida, enfrentándonos entre nosotros. La mirada de Katniss cambió también, dejando de lado las dudas, y un simple; —"Está bien"— de su parte fue suficiente para que la esperanza terminara de formarse en ellos. Entonces, con eso decidido, la sonrisa cínica regresó a mi rostro mientras mis ojos se clavaban en Finn, como un depredador. Su cuerpo reaccionó antes que él, un leve temblor que me confirmó su inseguridad, su miedo apenas contenido. Lentamente levanté la mano, apuntándolo con el dedo como si dictara sentencia. —"Ahora tú vienes conmigo. No quiero un inútil como compañero, así que vamos a ir a entrenar"— solté con dureza, dejando claro que esto no era una invitación, sino una orden. Coloqué la mano con firmeza sobre su hombro, notando cómo su cuerpo se tensaba bajo mi toque, y lo giré con autoridad, guiándolo hacia donde quería. Mis ojos se posaron luego en Katniss, cuya mirada seguía el intercambio con una mezcla de resignación y ligera preocupación. —"Las dejo solas, chicas, para que también puedan entrenar"— agregué con una falsa ligereza, un dejo de burla que solo ella sabría interpretar. Katniss solo asintió, pero añadió con voz aparentemente fría: —"Ten cuidado y no seas tan brusco con él, lo queremos entero para la arena"— intentó sonar indiferente, pero yo la conocía lo suficiente como para leer la verdad entre líneas. Su preocupación era real, aunque tratara de ocultarla tras ese tono forzado. Mientras me alejaba con Finn, dándole la espalda al grupo, solté por lo bajo un —"No aseguro nada"— lo dije casi con diversión, y no necesité mirar para saber que Finn volvió a estremecerse. La tensión en su espalda lo delataba. Sentí cómo mi sonrisa se ensanchaba sin control, alimentada por el juego que apenas comenzaba. Sí, esto sería entretenido. Llegamos a la zona de combate cuerpo a cuerpo. Estaba vacía, al parecer por ahora todos estaban concentrados en adquirir habilidades de supervivencia, mientras que los profesionales se enfocaban en las estaciones de armas. El silencio del espacio se sentía distinto, más denso, como si incluso las paredes supieran que lo que estaba a punto de pasar no sería agradable. Finn me miraba expectante, sus ojos grises abiertos como si no supiera si debía tener miedo o esperanza. —"Bien, antes de comenzar, ¿alguna vez has peleado con alguien más?"— comenté, dejando a un lado la sonrisa socarrona que me había acompañado hasta ahora. Mi rostro se endureció, mostrando solo seriedad. Finn negó con la cabeza. Ese simple gesto, pequeño, pero cargado de sinceridad, fue suficiente para que lo observara bien por primera vez. Estaba delgado, demasiado delgado. Su cabello negro enmarañado, su piel pálida, el rostro cuadrado, todo en él gritaba Distrito 12. —"Bien. Vamos a empezar por lo más básico: tu postura. No te puedo enseñar todo, no con el tiempo que tenemos. Pero al menos algo, algo que te dé una posibilidad mínima de no morir en el primer minuto. ¿Te quedó entendido?"— pregunté, tomando un palo de entrenamiento del estante, sintiendo el peso familiar en mis manos. Un pequeño susurro, casi inaudible, llegó a mis oídos como respuesta. Ni siquiera me molesté en descifrarlo. Siguiendo la vieja costumbre que Vander nos había tatuado a gritos y humillación, rugí: —¿¡Qué demonios dijiste, basura!? ¡No te escuché!"— mi voz estalló con fuerza en la sala vacía, rebotando entre las paredes mientras lo encaraba con la intensidad de quien no acepta debilidad. Al instante, Finn se irguió como un resorte, su cuerpo flaco intentando adoptar rigidez. Empezó a tartamudear una respuesta, pero no le di espacio. —¿¡Se te trabó el cerebro o qué!? — volví a gritar, cada palabra como un golpe seco, haciendo que cerrara la boca de inmediato. Mis ojos se clavaron en los suyos, a apenas unos centímetros, hasta que el aire entre nosotros pareció cortarse. —"Ahora voy a repetir la pregunta"— dije, con una voz tan ácida que podría haber derretido el acero —"¿Te quedó entendido?"— Lo vi tensarse por completo. Tragó saliva con torpeza —"S-sí, entendido"— murmuro, sus ojos abiertos siguiéndome. Una sonrisa lenta se dibujó en mi rostro, esa que no tiene alegría ni bondad, sino que nace del reflejo de lo aprendido en prisión. Una sonrisa automática, construida sobre el instinto de dominar antes de ser dominado. —"Bien. Comencemos. Separa tus piernas a la altura de los hombros"— dije, mientras lo golpeaba levemente con el palo en la pierna para marcar el movimiento. El sonido seco del contacto fue casi simbólico, como si estuviera dibujando los límites de su espacio. —"Ahora, ¿cuál es tu pie dominante?"— pregunté, mi voz firme, mi mirada fija en él. Pero la duda lo envolvió de inmediato, sus ojos se movieron con nerviosismo, su cuerpo titubeó. Mis ojos se entrecerraron, la paciencia ya colgando de un hilo. —"¿No sabes qué significa pie dominante?"— solté con frialdad, sintiendo cómo un pensamiento salvaje se colaba en mi mente, la voz de Vander retumbando. Rompele el palo en la cabeza. Cerré el puño por reflejo, pero lo dejé ir. No está vez. No con él. Intenté otro enfoque, uno más simple, más instintivo. —"¿Con cuál pie patearías una pelota?"— pregunté, esta vez bajando el tono, buscando lo básico, lo esencial. Su rostro cambió. La comprensión llegó como una chispa. Sus ojos se iluminaron apenas un segundo antes de responder, ahora con algo de seguridad. —"Con el derecho"— dijo, más firme esta vez. Sin decir nada, volví a golpear suavemente su pie derecho con el palo, haciéndolo adelantar un poco. Era un gesto simple, pero decisivo. El primer ladrillo de una base que aún no existía. —"Mantén las rodillas un poco flexionadas, como si en cualquier momento necesitarás saltar o correr. Y endereza la espalda, no te encorves. ¿Entendido?"— solté bruscamente, mientras lo enderezaba con una firme presión de mi mano en su espalda. —"Esta posición te ayudará en una pelea cuerpo a cuerpo. Es simple, pero efectiva, especialmente cuando tu rival intente derribarte o atacar tus piernas"— comenté mientras me colocaba frente a él nuevamente. Tomé aire y solté el palo al suelo, dejando que el eco del golpe contra el piso sirviera de preludio. —"Por ejemplo, voy a intentar tumbarte desde abajo. Mantén la posición"— le advertí, mientras adoptaba la misma postura que él, con las piernas ligeramente separadas y las manos alzadas a la altura del pecho. Me sorprendió ver cómo replicaba el movimiento con atención, incluso mejoró su postura. Nada como lo visual para fijar el aprendizaje. —"Aquí voy"— anuncié, lanzándome con rapidez hacia sus piernas. Él no se movió, tal como se lo había pedido. Me detuve justo antes del impacto, observando su equilibrio. —"Cuando tu oponente intente algo así, lo que debes hacer es echar las piernas hacia atrás, sacándolas de su alcance. Luego, cargas tu peso sobre su espalda o sobre sus hombros. Mientras tanto, usas tus manos para controlar su cuello o su torso y empujarlo hacia abajo. Así es como inviertes el control"— expliqué con calma, liberándolo de la posición. —"Pasemos a la práctica. Primero tú lo intentas conmigo, y después cambiamos. Así sabrás cómo se siente desde ambos lados"— añadí, con la mirada fija en la suya. Él simplemente asintió, tragando nervios junto al gesto. Me coloqué de pie y le hice un gesto con la cabeza. Finn respiró hondo, se posicionó como le había mostrado y luego se lanzó hacia mí en un intento torpe de derribo. Lo vi venir antes de que se moviera del todo. Su centro de gravedad estaba alto, sus pasos descoordinados, y la intención estaba escrita en su rostro: iba por mis piernas sin la menor idea de cómo proteger su cuello. Clásico error de principiante. Demasiada fuerza, cero técnica. No necesitaba hacer mucho. En cuanto se inclinó hacia mí, simplemente retrocedí medio paso, usé mi brazo izquierdo para desviar su embestida y con la derecha lo atrapé del cuello. Su impulso lo traicionó: se fue de frente, desequilibrado, y en segundos lo tenía en el suelo, con mi peso encima y sus brazos atrapados. —"¿Ves?"— dije en tono seco, mientras lo mantenía inmovilizado. —"Si entras así contra alguien que sabe lo que hace, vas a terminar con la mandíbula rota o inconsciente en menos de cinco segundos"— me levanté y le tendí una mano para ayudarlo a incorporarse. Su respiración estaba agitada, los ojos fijos en el suelo, como si no supiera si odiarme o agradecerme. —"Pero no estuviste tan mal. Al menos no cerraste los ojos"— agregué, dándole un leve empujón en el hombro con el antebrazo —"Vamos de nuevo. Esta vez, piensa antes de moverte. No eres un toro. Eres un cuchillo. Un arma debe ser precisa, no solo fuerte"— me crují los nudillos mientras lo observaba recuperar el aliento. Finn estaba de pie, todavía desorientado, pero lo suficientemente centrado como para mantener la postura básica. Era un buen momento; —"Bien. Ahora tú te vas a defender y yo voy a atacar. Pero no te preocupes, no iré con todo"— dije, y vi cómo sus hombros se tensaban automáticamente. —"Lo que quiero que aprendas es el ritmo. La técnica, no la fuerza. Porque si piensas que vas a sobrevivir en la arena solo por empujar más fuerte, ya estás muerto"— me acerqué despacio, midiendo la distancia. Hice un amague hacia su lado izquierdo, y como esperaba, se inclinó. Mal. Lo agarré del brazo con un giro suave, usé su impulso contra él y lo giré sobre su propio eje hasta que estuvo en el suelo, con mi rodilla presionando su torso. —"¿Sentiste eso?"— le pregunté, sin soltarlo del todo. —"No usé fuerza. Solo usé el peso de tu propio cuerpo. Tu error fue reaccionar antes de pensar. La defensa no es solo aguantar golpes. Es hacer que el otro se tropiece consigo mismo"— me levanté y lo ayudé a ponerse de pie otra vez. —"Vamos de nuevo. Esta vez, respira. Fija tus pies. Y no me mires solo a mí; mira también tus propios movimientos. El cuerpo habla antes que los puños"— esta vez, cuando avancé, él no cayó tan rápido. Tropezó, sí, pero logró mantenerse en pie. Mis labios se curvaron apenas. —"Eso fue mejor. Todavía pareces un espantapájaros con convulsiones, pero al menos uno que intenta mantenerse firme"— termine con una sonrisa burlona. Por un instante, lo observé con más atención. Su respiración seguía agitada, pero no era solo por el esfuerzo físico. Había algo más: una tensión profunda, esa que uno carga cuando ha estado sobreviviendo en silencio por demasiado tiempo. Nunca pensé que terminaría enseñando a otro a defenderse y mucho menos que lo intentaría hacer bien. Pero ahí estaba yo, corrigiendo posturas, frenando golpes, cuidando que no se rompiera más de lo necesario. —"¿Por qué lo intentas tanto?"— solté sin pensarlo, quizá más para mí que para él. Finn dudó. Luego bajó la mirada y murmuró: —"Porque si muero rápido, nadie me va a recordar. Pero si aguanto, al menos alguien sabrá que existí"— no respondí. Solo lo miré. Y por un segundo, no vi a un tributo débil. Vi a un niño que hablaba desde una oscuridad que yo conocía demasiado bien. Y un nuevo recuerdo me arrastró. Flashback —"¡Bran, me rindo, me rindo! ¡Suéltame, por favor!"— solté, la voz quebrada mientras intentaba inútilmente zafarme de su maldita llave de sumisión, en la que te doblan las piernas hacia atrás y se sientan encima, torciendo la espalda como si quisieran partirla en dos. Mis manos arañaban el suelo, mis músculos temblaban por el dolor, pero él solo se reía, divertido con mi impotencia. —"Vamos, Peet, ¿tan rápido te rindes? ¿Acaso no tienes la fuerza de un Mellark para soltarte por ti mismo?"— escupió con sarcasmo, como si cada palabra fuera un látigo más. Estaba a punto de contestarle, ya con lágrimas en los ojos, cuando sentí cómo levantaba aún más mis piernas, forzando mi espalda hasta que un grito desgarrador escapó de mi garganta, sin permiso, sin dignidad. Dolía. Como él quería que doliera."Bran, suelta a tu hermano. Se acabó el tiempo de su entrenamiento"— soltó la voz fría de mi madre, sin apartar la vista de su tableta, mientras tomaba tranquilamente su té. Su tono era plano, mecánico, como si estuviera anunciando que se había terminado el ciclo de lavado. —"Y alístense. Su padre y yo tenemos asuntos que atender en el Distrito 12"— añadió, como si eso explicara algo. Para ella, mi dolor nunca fue más que ruido de fondo. Algo necesario para hacerme más fuerte. Más insensible. Más útil. Tal como ellos querían. Bran no desaprovechó la oportunidad. Me dio un último levantamiento de piernas, solo para intensificar el dolor una vez más antes de soltarme. Un acto de poder, sin razón, solo por placer. —"¿El Distrito 12? ¿Y qué demonios hay en ese trochil para que papá crea que puede sacar negocios de ahí?"— soltó Bran, mientras se acercaba a nuestra madre con el ceño fruncido, claramente desconcertado. Ella, con un movimiento aburrido, desvió la mirada de la brillante pantalla de su tableta, sus ojos fijos en Bran. Un destello frío, casi despectivo, cruzó sus pupilas. —"Pensé que te había enseñado bien, hijo mío"— siseó, la voz suave, pero cargada de una decepción helada que cortaba más que cualquier grito. —"Pero ahora veo que te falta mucho para que puedas ser útil"— con una mano, lo desairó con un gesto apático, una señal para que se fuera a cambiar. Sus ojos, ahora cargados con una furia contenida, se posaron en mí. Parecían brillar con una luz verdosa y hostil, como brasas incandescentes. —"Y tú, quiero que te comportes esta vez, porque si no te irá peor que dormir con los cerdos, ¿Entendido?"— espetó con una dureza marcada en su rostro, una amenaza velada en cada palabra. Yo solo asentí con la cabeza. Mis ojos ardían por las lágrimas, pero las contuve, limpiándome el rastro de sal y vergüenza del rostro. Mis piernas temblaban, pero empecé a caminar hacia mi habitación, arrastrando los pasos, listo para ducharme y cambiarme. Lo último que escuché fue un llanto ahogado —no el mío— y la voz de mi madre resonando a lo lejos, furiosa. Fin del Flashback Salí del recuerdo y, antes de que pudiera decir algo más, sentí una mirada clavada en mi espalda. Me giré lentamente y, desde el otro lado de la sala, vi a Rue sentada en lo alto de una estructura metálica, observándonos en silencio. No hacía gesto alguno, solo miraba. Como si entendiera más de lo que debería. Y, justo detrás de una columna, un destello de cabello oscuro. Katniss. No supe cuánto tiempo llevaba allí. Pero sus ojos grises estaban fijos en mí. El entrenamiento ya no era tan silencioso. El resto de la tarde transcurrió entre los quejidos ahogados de Finn y mis instrucciones, cada vez menos agresivas, aunque no por ello menos firmes. Le enseñé a esquivar, a mantener el centro de gravedad, a usar el impulso del oponente a su favor. Finn era lento, sí, pero no estúpido. Capaz de seguir instrucciones, aunque le costara un mundo ejecutar los movimientos con la fluidez que se requería. Cada vez que lograba un pequeño avance, una sonrisa diminuta, casi imperceptible, asomaba en mi rostro. De repente, un fuerte zumbido metálico, un tono agudo y constante, vibró por toda la sala de entrenamiento, marcando el final de la sesión. Los tributos comenzaron a dispersarse, algunos con rostros exhaustos, otros aún con dudas en la mirada. Mis ojos vagaron, casi por inercia, por todas las estaciones, buscando las siluetas de Katniss y Rue. Pero mi mirada se detuvo de golpe. Se encontró con la de Marvel. La suya, fría y calculada, se clavó en la mía. Un duelo silencioso, una guerra de voluntades en la que ninguno quería ser el primero en ceder. La tensión era casi eléctrica, un presagio de lo que nos esperaba. Entonces, una voz suave, pero cargada de una curiosidad genuina, me sacó de ese enfrentamiento mudo. —"¿Y cómo les fue?"— preguntó Rue, su pequeña figura asomando al lado de Finn. Su sonrisa, aunque pequeña, estaba dirigida a él, quien se sostenía el hombro con una mueca de dolor, resultado de un mal intento de una llave de sumisión. Katniss, a su lado, me miraba expectante. Sus ojos grises, antes tan inescrutables, ahora revelaban una curiosidad genuina, como si ella misma hubiera formulado la pregunta. Le di una última mirada a Finn, quien parecía estar al borde del colapso, pero con un brillo de orgullo recién descubierto en los ojos. —"No es un completo desperdicio, si a eso te refieres, pequeña"— comenté, una burla apenas contenida en mi voz. La cabeza de Katniss se movió con un gesto leve, casi imperceptible, como si mis palabras despectivas le resultaran familiares. Rue, por su parte, frunció su pequeño rostro en una expresión de adorable disgusto. Mi burla siempre conseguía esa reacción en ella, y por alguna razón, me gustaba. Pero entonces, Finn intervino, su voz cargada de una inesperada firmeza que me sorprendió. —"Aprendí mucho. Peeta es un buen instructor, aunque no lo parezca"— dijo, con el ceño aún fruncido por el dolor punzante en su hombro. Una extraña punzada de orgullo se instaló en mi pecho. Nunca había buscado la aprobación de nadie, pero ver a Finn defenderme, a pesar de todo, era inesperado. —"Vamos, Finn. Subamos para darte algo para el dolor"— indicó Rue, extendiendo su mano para tirar de él con inocencia. Y con eso, se marcharon, dejándonos a Katniss y a mí a solos una vez más. Las dudas, sin embargo, aún estaban ahí. La arena, a solo tres días de distancia, era un abismo de incertidumbre. No sabía qué pasaría, qué sería de nosotros. Quizás no podía salvar a Finn de la muerte, pero podía salvarlo del miedo. Podía darle las herramientas para que, si llegaba su final, lo enfrentará de pie, no de rodillas. Y en esa pequeña victoria contra el sistema que nos quería a todos rotos y aterrorizados, encontraba una razón para seguir adelante.
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (0)