ID de la obra: 683

La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
En progreso
3
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planificada Maxi, escritos 524 páginas, 192.901 palabras, 29 capítulos
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Ecos en el Silencio

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Capítulo 11: Ecos en el Silencio (POV Katniss) El silencio que dejó la partida de Rue y Finn era extraño, era como si la inocencia se fue con ellos. Me quedé inmóvil, observando a Peeta. Su máscara se había desvanecido, reemplazada por una expresión de profundo cansancio mientras su mirada seguía perdida en el punto por donde los otros dos habían desaparecido. La actuación había terminado para ambos. Un rápido vistazo a mi alrededor confirmó mis sospechas: la sala estaba completamente vacía, dejándonos solos en esta jaula metálica. —"Vamos, tenemos que ir a cenar. Tanto tirar a Finn al piso hizo que me diera hambre"— soltó. Levanté una ceja, una respuesta silenciosa a su humor negro. Simplemente me di la vuelta y comencé a caminar hacia el elevador, dejando atrás la luz artificial y el eco metálico de la sala de entrenamiento, con el sonido de sus pasos siguiéndome de cerca. Ya en el elevador, ambos nos recargamos cómodamente contra las paredes opuestas mientras subíamos en silencio. No pude evitar que mi mirada regresara a él. Parecía perdido en sus pensamientos; su rostro estaba concentrado, las cejas ligeramente fruncidas y los ojos azules entrecerrados. Cada vez notaba más esos pequeños gestos. Mi mente regresó a la conversación de la mesa, sus palabras resonando con una claridad dolorosa: "Y no puedo evitar sentir que yo… siempre he estado fuera, mirando desde la ventana". Recordé la forma en que su rostro se descompuso al decirlo, cómo el dolor en su voz se volvió tan real y sus ojos se perdieron en un punto fijo, en un recuerdo que yo no podía ver. El dolor en su mirada era tan profundo que algo se removió en mi pecho, un vacío extraño. Cuanto más pensaba en el significado de sus palabras, más dolía esa revelación de su parte. Siempre me había dicho a mí misma que no necesitaba a nadie más para salir adelante, pero la realidad era que sin mamá, sin Prim, sin Gale, o incluso sin Madge, todo mi esfuerzo no tendría sentido. Ellos eran mi estímulo para no rendirme: el estar ahí para mamá en sus momentos difíciles, el proteger a Prim, cazar con Gale y tener esas cortas pero reconfortantes pláticas con Madge en la escuela. Todo era parte de mi vida y solo ahora lo valoraba realmente, porque podría perderlo. ¿Y él? ¿Qué lo motivaba a estar aquí? Hasta ahora no me había detenido a pensarlo. Su familia ya no estaba y su hermano lo odiaba a muerte, así que eso no era. No tenía a nadie en prisión ni un amigo; Francis era su carcelero y dudaba que fuera por él. El único del que no sabía nada era ese tal comandante Vander. Y justo cuando quería preguntar por él, nos interrumpieron Finn y Rue. Pero al final, nada de eso importaría, porque él no regresaría al Distrito 2, sino al 12 si ganaba. ¿Por qué se ofreció y qué ganaría? Había un nuevo enigma en Peeta que no podía entender. La lista sigue creciendo. El sonido del elevador me sacó de mis pensamientos. Caminé por la sala de estar hasta el comedor, donde mi mirada se posó en Effie, quien tomaba algo en una taza tranquilamente mientras hojeaba una revista del Capitolio. Su sonrisa creció cuando sus ojos nos alcanzaron en los escalones y, rápidamente, se limpió la boca y de un brinco se levantó para alcanzarnos. —"¡Ohh, ¿cómo les fue?!"— comentó cantarinamente mientras me envolvía en un abrazo que me dejó congelada; solo pude palmear su hombro levemente. Me soltó y pasó a Peeta, quien lo recibió cariñosamente para mi sorpresa. Él le contestó después de soltarla: —"Diría que nos fue estupendamente bien, incluso conseguimos aliados"— comentó lo último con un poco de burla, haciendo que saltara a la defensa de Rue y Finn. —"Serán útiles, Peeta"— él solo sonrió de manera burlona, haciéndome girar los ojos. —"¡Aliados! Eso es genial, sin duda son muy útiles en la arena. ¿Y quiénes son los afortunados?"— concluyó expectante, sus ojos alternando rápidamente entre Peeta y yo. Me aclaré la garganta, ligeramente incómoda. —"Son Rue, del Distrito 6, y Finn"— Effie pareció saborear los nombres en su mente, una mueca de consideración en sus labios. Se limitó a contestar: —"Son pequeños, pueden ser muy útiles para escabullirse"— intentó sonar optimista, pero era evidente que no los consideraba los mejores aliados para la arena. Su entusiasmo habitual se diluyó un poco, reemplazado por una preocupación sutil que solo yo noté. —"Bueno, ¿por qué no se duchan y regresan para cenar? Haymitch vuelve en un momento; está arreglando algo con los vigilantes y el Distrito 5"— comentó esto último en voz baja, casi un susurro, mientras su mirada se posaba en Peeta. Un escalofrío me recorrió al recordar el sonido del golpe contra el pilar, y el nudo en mi estómago regresó. La mirada de Peeta mientras lo golpeaba, fría, sin vida, me perturbó. Era como si el chico que conocía fuera controlado por algo, una fuerza ajena. Noté que no había duda ni vacilación en sus movimientos, solo precisión. Verlo entrenar con Finn solo reforzó esa idea, un depredador escondido bajo la piel de un chico. Sé que es peligroso, pero… cuan peligroso es realmente. Sacudí esas inquietudes de mi mente y solo contesté: —"Sí, está bien, regreso en un rato"— me despedí de ambos mientras comenzaba a caminar hacia mi habitación, dejando atrás la conversación. Solo alcancé a escuchar a Peeta preguntando a Effie si tenía un momento, y la curiosidad sobre lo que querría preguntarle se instaló en mi mente. Me detuve, pegada de espaldas a la pared, para escuchar mejor. La ilusión de obtener cualquier tipo de información se desvaneció cuando comenzaron a hablar otra vez en ese idioma desconocido para mí, una barrera infranqueable que me frustró profundamente. Solté un suspiro de desilusión. ¿Qué era lo que planeaban? ¿Qué era tan secreto? ¿Cuál era el plan y qué conllevaba? La intriga me carcomía, un fuego lento que crecía en mi interior. Continué caminando hacia mi habitación, pensando que quizás más tarde podría preguntarle directamente sobre su plan con Effie; ahí vería cuánta confianza había entre nosotros. Ingresé a mi habitación, dirigiéndome directamente a la ducha. El agua caliente prometía lavar no solo el sudor del entrenamiento, sino también la maraña de preguntas que se enredaban en mi mente sobre Peeta. Después de la ducha, pasé un rato secándome el cabello antes de ponerme una pantalonera negra y una blusa verde de cuello en V. Miré la hora: 4:40 p.m. Demasiado temprano para cenar, y Effie aún no había aparecido para apurarnos. Quizás Haymitch se había demorado más de lo esperado, o Effie seguía enfrascada en esa conversación secreta con Peeta. Unos golpes suaves en mi puerta, seguidos de un familiar —"Katniss"— de Peeta, me hicieron apresurarme a abrir. Ahí estaba él, ya bañado y cambiado, su cabello aún húmedo, con una pequeña sonrisa en el rostro. —"Aún falta mucho para la cena, al parecer. Haymitch, Portia y Cinna se tardarán más de lo que pensaban. Así que pensé en subir y pasar un rato por la azotea, ¿no sé si quieres acompañarme?"— terminó preguntando, su voz tranquila. Despejarme después de un día siendo observada y escuchada por el Capitolio me ayudaría mucho. También sería una buena oportunidad para preguntarle lo de Effie en un ambiente más tranquilo. —"Sí, está bien"— dije, indicándole el camino hacia el elevador. Pasamos y Effie continuaba sentada a la mesa, solo que esta vez tenía la mirada concentrada mientras escribía frenéticamente en su dispositivo electrónico. Al notarnos, solo me sonrió, una sonrisa real que me descolocó, para después levantarme el pulgar. Entré al elevador aún perdida por la actitud de Effie; siempre conseguía descolocarme. Peeta me sacó de mi desconcierto al levantar su mano, mostrando una bolsa con uvas. —"Esta vez sí vengo preparado"— comentó mientras me guiñaba un ojo. La verdad es que sí tenía hambre y esperaba cenar, pero un pequeño aperitivo antes no estaba nada mal. Así que tomé la bolsa rápidamente y saqué algunas. —"Oye, pero déjame algo, no seas así"— se quejó él como un niño pequeño, ganándose una ceja levantada de mi parte. Aparté la bolsa de su alcance con una sonrisa apenas perceptible. Y así nos quedamos, viéndonos a los ojos: él, con una sonrisa y los ojos entrecerrados, la mano extendida; yo, protegiendo la bolsa con la mirada fría. El sonido del elevador llegando rompió el duelo de miradas, no pude más y me rendí, sonriendo y entregándole la bolsa mientras salía del elevador. El aire fresco me golpeó el rostro y solo pude cerrar los ojos con alivio. Imaginé el bosque, mi hogar, el olor a carbón... ¿Quién diría que hasta eso extrañaría? —"Debe de ser difícil"— comentó él mientras comía una uva. La duda en mi mirada lo hizo continuar, señalando la banca de la noche anterior, una clara invitación. —"Todo aquí es tan diferente de tu hogar, ¿supongo?"— preguntó. Mi mirada se perdió unos segundos en el cielo antes de caminar y sentarme a su lado. Tomé una uva, jugué un rato con ella en mi mano antes de contestar: —"Solo hace que me enoje"— solté con irritación cargada en mi voz. —"Mientras los niños sufren hambre, desnutrición y los adultos son arrojados a las minas sin más para morir"— como mi padre, pensé lo último. El recuerdo de su tos, del polvo en sus pulmones, se clavó en mí. El olor a carbón ya no era un recuerdo; era una pesadilla. —"En cambio, aquí la comida parece no tener fin, los capitolinos se divierten sin más, sin importarles que hay niños muriendo de hambre"— comenté con aspereza, mientras la mano en mi rodilla se volvía un puño apretado fuertemente. Una mano sobre el puño me sacó de mi ira. Seguí la mano hasta el rostro de Peeta; sus ojos parecían brillar, el asentía lentamente, como si intentara entenderme. —"Y aun así, con toda esa abundancia, créeme, Kat, lo que tienes tú en el Distrito 12 es más valioso que cualquier cosa que ellos tengan, porque es real"— se tomó un momento para transmitirme toda la sinceridad con su mirada, el pequeño apretón en mi mano. —"Aquí todo es falso: las amistades, incluso las familias. Casi todos solo intentan sacar más poder y ganancia; hay muy pocos que realmente se preocupan por algo o alguien, y los que lo hacen"— no pudo evitar reír con burla y enojo —"terminan siendo devorados por los demás"— concluyó mientras alejaba su mano de la mía. La verdad en sus palabras me golpeó con fuerza. Él, más que nadie, sabía lo que significaba ser devorado por el sistema. Un sistema en el cual creció, del cual era parte, si el Capitolio trataba así a uno de los suyos, que nos espera a los demás… Y nos quedamos en silencio después de eso, comiendo uvas y disfrutando de la compañía, ahora silenciosa. Entonces mi mente hizo clic en algo y no pude evitar decirlo en voz alta; —"¿Kat?"— dije, mi ceja se levantó de manera automática. La familiaridad de ese apodo, tan íntima y despreocupada, me tomó por sorpresa. —"Oh, vamos, ya nos conocemos lo suficiente para un pequeño apodo, ¿no?"— comentó él de manera juguetona. Yo solo negué con la cabeza de manera divertida. —"Lo permitiré"— comenté mientras tomaba más uvas. Mi sonrisa se agrandó cuando él festejó de manera silenciosa. Entonces, la pregunta sobre Effie regresó a mi mente. Me aclaré la garganta y me giré para encararlo. Él hizo lo mismo, con la duda escrita en su rostro, dejando la bolsa de uvas a un lado. —"Sé que pediste que confiáramos en ti y Effie"— comencé, intentando sonar amistosa. Las palmas me sudaban, pero él no dejó de mirarme fijamente, invitándome a continuar. —"¿Qué están haciendo? ¿Cuál es el plan?"— Esperaba que mi desesperación por saber no fuera demasiado evidente. Él simplemente pareció meditar un momento, sin dejar de mirarme. Su silencio se alargó, pesado, y cada segundo que pasaba sentía la tensión crecer entre nosotros. La brisa nocturna, antes un alivio, ahora parecía susurrar mis propias dudas. Pero para mi sorpresa, rompió el pesado silencio. —"Ya sabes lo que dijo Haymitch sobre que necesitamos que alguien que iguale la apuesta de mi hermano"— mencionó tranquilamente. Yo solo asentí con la cabeza, intentando no romper su confianza. —"Y es que no es como tú crees, todo el tema de las apuestas o patrocinadores. Hay unas apuestas previas a que comiencen los juegos; estas se llevan a cabo en una red privada que se llama Aguas Oscuras"— su voz bajó, como si compartiera un secreto enorme. Mi mente intentó ubicar lo de Aguas Oscuras, pero nunca lo había escuchado. —"Es normal que no sepas sobre ello, es algo muy secreto que no se comparte al ojo público"— comentó, despejándome de las dudas. —"¿Y cómo funciona?"— pregunté rápidamente, el interés en mí hizo que me acercara un poco más a él buscando la respuesta. Él volvió la mirada al frente mientras se sobaba la mano, un gesto que delataba una tensión apenas contenida. —"Las apuestas se cierran a la medianoche después de las entrevistas, y se busca que se igualen las cantidades. Puedes apostar por quien gana o por quien pierde"— soltó tranquilamente —"Por ejemplo, Bran apostó veinte millones de rublos a mi cabeza con un bono de diez millones más para el tributo que logre matarme. Ahora la apuesta está en veinte millones. Si alguien más quiere entrar, tiene que dar la misma cantidad, sea para que yo viva o para que alguien más viva. Pero con ese movimiento de Bran, básicamente rompió las apuestas porque muy pocos podrían igualar esa cantidad o quisieran poner tanto dinero en juego"— soltó en un suspiro, y por primera vez, noté las dudas en la forma en que masajeaba su mano, como si el peso de esa cifra lo aplastará. Veinte millones de rublos. Era una cantidad obscena, inimaginable para alguien normal, ni siquiera sabia cuantos ceros había en esa cantidad. —"Normalmente, las apuestas suelen rondar entre los cinco y diez millones; la cifra máxima que recuerdo fueron los trece millones para que Finnick Odair ganara"— mencionó tranquilamente. Y a mi mente vino el tridente, el regalo más caro en la historia de los Juegos, entonces cobró sentido para mí, conecté los puntos. Pero él continuó: —"Y ahí es cuando entran los patrocinadores. Estos pagan por regalos para los tributos, los cuales no son tan caros; pueden rondar de un millón a tres millones en la recta final de los juegos. Normalmente estos son empresarios, con cadenas de tiendas, entre otros. Ellos al patrocinar a alguien, si gana se quedan con su imagen repartida según lo que donen"— vi como paro un segundo, para remojarse los labios. —"Al final de los Juegos, ese dinero se reparte. Normalmente, casi todos apuestan por las carreras así que por eso los patrocinadores siempre intentar donar al que crean que puede ganar, con raras excepciones. Por eso necesitamos la ayuda de alguien más, alguien que pueda apostar los veinte millones a favor de alguno de los dos. Así tendremos patrocinadores interesados en ayudarnos dentro de la arena"— concluyó, dirigiendo una mirada de cansancio en su rostro. Me quedé muda, mi mente intentaba comprender la magnitud de todo. Sin duda, el Capitolio era más complicado de lo que jamás pensé. Todos sabían de las apuestas y los patrocinadores, pero no a esta magnitud. Pero algo no me quedaba del todo claro. —"Si pueden apostar por quién pierde. ¿Por qué simplemente, no hacen eso siempre? Hay tributos que no duran absolutamente nada en la arena"— le pregunte, mi ceja levantada. Sería dinero fácil. —"Bueno parece una gran idea cuando lo piensas así, pero la realidad es que no es tan fácil. Imagina que alguien escoge a Finn y apuesta a que pierde, una cantidad desorbitada, como en mi caso"— comenzó a decirme con una pequeña sonrisa. —"Obviamente viendo los resultados de Finn y viendo a Finn llegas a la conclusión que no tiene la mínima posibilidad de ganar, no como Marvel o Clove. ¿Qué pasa? Que no apuestas lo dejas pasar y si nadie más apuesta solo es perdida de dinero. ¿Por qué? por que el presidente Snow quita un porcentaje más grande al que apuesta por un perdedor, que el que apuesta por un ganador, una medida para que no te pases de listo"— explico mientras levantaba su dedo para dejar en claro el punto. —"También el hecho de que ningún patrocinador donaría a un futuro perdedor. A sí que es una perdida de dinero lo veas por donde lo veas, y al Capitolio no le gusta perder dinero. Todo se conecta Kat, si tienes una buena impresión, si tienes un buen número, alguien puede apostar por ti y eso eleva tu supervivencia porque entonces más y más patrocinadores querían ayudarte. En cambio, si saben que perderás te darán la espalda rápidamente. Todos quieren una rebana del pastel siempre y cuando signifique ganancia"— concluyo, con una pequeña mueca de asco en su rostro. Baje mi mirada al suelo intentando enter todo, pero por más que le daba vueltas no entendía o al menos no completamente. —"También es por eso que los entrenadores saben sobre Aguas Oscuras; ahí también se dan cuenta de cuántas posibilidades tiene su tributo, y si pueden esperar mucha o poca ayuda"— dijo, ganándose mi mirada. —"Al final no son las habilidades, si no cuánto puedas hacerte querer"— y era verdad, ¿acaso no lo había dicho Haymitch más de una vez? Que al final, el gustarle a la gente sería lo que nos daría la victoria por medio de un regalo. Pero.. —"Si tu hermano ya arruinó las apuestas. ¿Que pasara en la arena?"— le pregunte, si estaba entendiendo bien, todo lo que dijo, no tendría sentido para los demás. El soltó un suspiro, levantando su mano para rascarse la mejilla, su mirada vago un poco hasta encontrarse con la mía, que era una mar de dudas. —"Bueno al ser yo el objetivo, me deja sin patrocinadores. También para cualquiera que tenga una alianza conmigo"— su mano bajo lentamente, su mandíbula apretada. —"Pero mi hermano se aseguró de que hubiera una motivación para los demás de matarme, el bono que prometió. Y bueno el hecho de que yo no tenga patrocinadores no significa que no busquen a otro tributo que ayuden, después de todo se quedan con su imagen, así que profesionales sin duda tendrán ayuda. Nosotros somos los que estamos peor parados"— termino, pasándose su mano por el rostro. Oh, no, Finn, Rue en que se metieron… —"Entonces eso es lo que estás planeando con Effie, pero ¿a quién le pedirás ayuda?"— pregunté, la voz apenas un susurro, mi incredulidad en el aire. La cifra de veinte millones resonaba en mi cabeza, una cantidad tan astronómica que desafiaba cualquier lógica que yo conocía. ¿Quién, en su sano juicio, en este Capitolio donde cada movimiento se calculaba para maximizar el poder y las ganancias, apostaría tanto? Peeta mismo lo había dicho: aquí solo importaba la influencia. Y esta apuesta, tan desproporcionada, era una moneda al aire, un riesgo que parecía estúpido para cualquiera. Las dudas, que había logrado mantener a raya con tanto esfuerzo, comenzaron a asaltarme con una fuerza renovada. Se arremolinaban en mi mente, preguntas que me negaba a formular en voz alta, pero que ahora pujaban por salir. ¿Por qué hice equipo con él? ¿Estaría mejor sola, confiando solo en mis propias habilidades de supervivencia? ¿Acaso no me lo advirtió el sobre los peligros de esta alianza? ¿Cómo podrían sobrevivir Finn y Rue si todo el mundo nos cazaba a nosotros? El peso de esas incertidumbres se volvió insoportable. Sentí cómo mi máscara de estoicismo se resquebrajaba, revelando la vulnerabilidad que siempre intentaba ocultar. Mi mirada se perdió en el horizonte, y en ese instante, mi mente clamó por el familiar consuelo de mi paraguas, esa esperanza que necesitaba desesperadamente, por la calidez que desprendía y que solía calmar mis ansias en los momentos de mayor duda. Pero justo entonces, una nueva calidez me envolvió, la de su mano encontrando la mía, y la esperanza que se sentía tan lejana comenzó a acercarse. —"Todo saldrá bien, ya verás. Solo necesito que ella entienda y seguro apostará por nosotros… por ti"— susurró lo último, su voz sonó fuerte, cálida, amable, tan diferente a lo que el mundo pensaba de él, o al concepto erróneo que tenían de él. Por mí… el querían que apostaran por mí. ¿Por qué? No pude resistirme más. La pregunta brotó de mí, cruda y sin filtro, una necesidad de la verdad. —"¿Por qué te importo tanto? ¿Qué ganas tú?"— solté rápidamente, mi voz apenas un hilo. Su mirada se volvió intensamente azul, sentí como si el mundo entero se detuviera en ese instante, el tiempo suspendido entre nosotros. Al instante, vi la duda en sus ojos. No, necesito saberlo, no puedo confiar en el sí no lo sé. Entonces, impulsada por una necesidad que no comprendía del todo, giré mi mano, entrelazando mis dedos con los suyos. Sentí un escalofrío que recorrió mi brazo, seguido de un calor reconfortante, tan familiar como el abrazo de Prim y a la vez tan diferente, tan nuevo, al sentir la textura de su piel contra la mía. Necesitaba esto tanto como él, esta nueva sensación que aún no sabía descifrar, pero que me mantenía en la realidad. La tensión abandonó su cuerpo en un suspiro casi imperceptible. Sus ojos pasaron de nuestras manos ahora unidas a los míos nuevamente, y se le cuartearon, como si las emociones que había estado conteniendo con tanta fuerza amenazaran con desbordarse. —"Kat..."— solo pudo susurrar mi nombre, cargado de un significado que no pude descifrar, pero que me caló hasta los huesos. —"¡Oh, chicos, por fin regresó Haymitch, también Portia y Cinna!"— La voz alegre y chirriante de Effie Trinket irrumpió en la atmósfera íntima, haciéndome tensar de golpe. El hechizo se rompió. Peeta, con una velocidad asombrosa, desvió la mirada, su expresión volviendo a ser la máscara impenetrable de antes. Te voy a matar, Effie. Fue lo único que pensé, una furia silenciosa burbujeando en mi interior por la interrupción de un momento tan frágil y revelador. Pero antes de que pudiera decir o hacer cualquier cosa, Peeta se puso de pie, y yo lo seguí, como si un hilo invisible nos uniera. Caminamos hacia el ascensor, donde una Effie sonriente nos esperaba, sus ojos brillantes de curiosidad. Al vernos acercarnos, su sonrisa cambió a una más real y grande, descolocándome nuevamente. —"Espero no haber interrumpido algo"— comentó con un tono juguetón, mientras señalaba algo entre nosotros con un movimiento de cabeza. Solo entonces me di cuenta de que seguíamos tomados de la mano, con nuestros dedos entrelazados. La vergüenza me inundó, un rubor que sentí subir hasta mis mejillas, pero me mantuve recta; si él no me soltaba, yo tampoco lo haría. En ese instante, la necesidad de ese contacto, de esa conexión tangible, era más fuerte que cualquier decoro o vergüenza. Ambos lo necesitábamos más que nada en esos momentos, donde nuestra vida dependía de decisiones que no nos pertenecían. Además, se sentía cómodamente extraño, como estar aferrada a algo sólido en medio de una tormenta desatada. Al ver que no nos soltamos ninguno de los dos, ella solo siguió sonriendo, una expresión genuina. Era como si la imagen que proyectábamos al mantenernos unidos, le complaciera. —"Es que Haymitch se pone tan pesado con su genio, su mentalidad de niño de cinco años y más después de tratar con los vigilantes y también los mentores del Distrito 5, está inaguantable"— comentó con un fastidio notable, agitando una mano con exasperación. Pude imaginar la escena: Haymitch, con su habitual sarcasmo y su temperamento volátil, chocando de frente con la arrogancia de los vigilantes y los mentores del Distrito 5. Seguramente no le habían puesto las cosas fáciles, y eso solo avivaba su ya conocido mal humor. La mano de Peeta en la mía se mantuvo firme. Effie continuó su monólogo sobre las peculiaridades de Haymitch y las frustraciones con los otros mentores, su voz un murmullo constante que se perdía en el fondo de mi mente. Yo, sin embargo, estaba absorta en la profunda significancia de este nuevo nivel de confianza que había surgido entre Peeta y yo. Recordé las palabras de Prim: "Algún día conocerás a alguien que te saque de esa piel dura que tienes…". Y ahora, en la azotea de un edificio del Capitolio, con la mano de Peeta en la mía, no podía negarlo. Peeta Mellark era ese alguien. Simplemente lo hace, no entiendo como, es como si… tuviera que ser así. A diferencia de cualquier otra amistad que tenía, como la de Gale o Madge, ellos tardaron años en acercarse a mí, en robarme una pequeña sonrisa o incluso en lograr que compartiera algo de mi vida personal. Se esforzaron mucho para combatir mi aparente frialdad, para derribar los muros que había construido con tanta fuerza. No solo me robó sonrisas, bromas, e incluso risas genuinas; me robó fragmentos de mi vida, de mi pasado, de mis miedos más profundos, fragmentos de los que odiaba hablar o que jamás compartiría con nadie más. Y esa facilidad con la que se colaba en mi mundo, esa vulnerabilidad que me arrancaba sin esfuerzo, me asustaba, pero a la vez se sentía extrañamente reconfortante, como si finalmente pudiera respirar con libertad. Era una dualidad que me envolvía, un miedo a lo desconocido mezclado con la calidez de sentirme, por primera vez, verdaderamente vista. Tal vez por eso no batallo en "actuar" con Peeta, porque el sentimiento de conexión, de una extraña, pero profunda confianza, ya estaba ahí, latente. No era una farsa impuesta por supervivencia, sino una verdad que comenzaba a florecer entre nosotros. Me había decidido a no dejar que el Capitolio moldeara mi vida, ni mi espíritu; me negué a ser una marioneta más en sus retorcidos juegos. Con Peeta, no tenía que tener mis muros levantados a ojos de los demás, ni siquiera para mí misma. Comenzaba a sentir, con una mezcla de asombro y alivio, que mientras estuviera con él, podía ser Katniss Everdeen, no la cazadora del Distrito 12, no la chica en llamas. Solo Kat… Era una sensación embriagadora que no quería soltar. Era una libertad que nunca había conocido, un respiro profundo en un mundo que siempre me había exigido tanto. Entonces no puede evitar voltear a verlo. Su rostro, que un instante antes había estado al borde de la vulnerabilidad, ahora mostraba una calma casi imperturbable. Era como si hubiera activado un interruptor interno, volviendo a la fachada de control que solía exhibir. Esa capacidad de cambiar tan drásticamente me dejaba perpleja. ¿Era una habilidad aprendida en la prisión, una forma de supervivencia forjada en la brutalidad, o una parte inherente de él que solo se revelaba en momentos de extrema emoción? Mientras el elevador descendía, sentí la sutil presión de su pulgar contra el dorso de mi mano, un gesto tranquilizador que contrastaba con la frialdad de su expresión. Era una contradicción, un enigma que me atraía y me inquietaba a partes iguales. Me preguntaba qué habría pasado si Effie no hubiera aparecido. ¿Habría Peeta respondido a mi pregunta? ¿Habría revelado la verdadera razón detrás de su razón para estar aquí? La oportunidad se había esfumado, y con ella, la posibilidad de desentrañar un poco más el misterio que lo rodeaba. Entonces la puerta del ascensor sonó, sacándome de golpe de mis pensamientos y regresándome a la realidad. Escuché a Effie concluir con su tono habitual, aunque con una nota de exasperación: —"... por eso es importante que Peeta aprenda a controlarse más. Está bien que golpee a uno o dos tributos, pero desfigurarlos no es algo idóneo, así que ¿puedo contar contigo, Katniss, para que lo mantengas a raya?"— se giró hacia mí con su gracia peculiar, manteniendo su sonrisa expectante, esperando mi respuesta. Solo solté un —"Claro"—, totalmente perdida, aun procesando la interrupción y la pregunta. En ese momento, sentí un nuevo apretón en la mano de parte de Peeta, una burla silenciosa que regresé con una mirada fulminante. Ahora sí, Peeta me dedicó una sonrisa ladeada antes de abrir su bonita boca, con un brillo travieso en sus ojos. —"Así que Kat mantendrá la correa en mi cuello el día de mañana para que no estampe más niños contra la pared"— estaba a punto de contestar con acidez, pero Effie lo golpeó con su cartera en la cabeza despeinándolo, un gesto que me recordó a Haymitch. —"Así es, jovencito"— dijo, y sin más, se dio la vuelta. Y no pude evitar reírme de su expresión perdida por el golpe y su cabello despeinado, que daban una imagen tan graciosa. Su rostro descolocado solo mejoró todo. —"Síguete riendo, Everdeen, pero verás que..."— susurró, intentando falsamente intimidarme. Yo solo regresé un —"¿Qué?"— con mi mirada desafiante, sintiendo nuevamente una electricidad en nuestras miradas chocando. Pero él no se alejó, sino que se acercó más a mí, su mirada taladrándome intensamente. Y noté algo diferente esta vez en sus ojos: un deseo extraño. Entonces abrió la boca para decir algo, y mi corazón se aceleró, anticipando sus palabras. —"Si van a besarse, que sea de una maldita vez para que podamos cenar"— interrumpió Haymitch, su voz con un deje de fastidio que cortó el aire como un cuchillo. Estaba parado con los brazos cruzados, una figura imponente y exasperada, y Effie a su lado, con una sonrisa extraña, teñida de nostalgia y una picardía evidente. Su voz cantarina le siguió, casi como un coro griego: —"¡Ay, Haymitch, deberías haberlos visto arriba! Son tan tiernos y no me lo vas a creer, pero estaban..."— al instante, tanto Peeta como yo, en una sincronía perfecta dictada por la vergüenza y el pánico, interrumpimos al mismo tiempo. —"¡Effie!"— El grito ahogado resonó en el pasillo, un intento desesperado por silenciarla antes de que revelara más de lo que ya había insinuado. Nos ganamos una ceja levantada de Haymitch, cuya expresión, antes de aburrimiento total, ahora mostraba un matiz de diversión contenida. Su vista se posó nuevamente en el espacio entre nosotros, y fue entonces cuando me di cuenta del error monumental. Aún estábamos tomados de las manos. La sangre me subió al rostro, hirviendo de vergüenza. Una cosa era mantener el contacto con Effie, quien, a su manera excéntrica, parecía genuinamente complacida por nuestra cercanía, pero jamás le daría carne de cañón a Haymitch. Su mente retorcida y su lengua afilada convertirían este simple gesto en una saga interminable de burlas y manipulaciones. La idea de ser el blanco de su ingenio mordaz me hizo soltar la mano de Peeta como si me quemara, con una rapidez casi cómica, mientras sentía el rubor extenderse hasta la raíz de mi cabello. Estaba a punto de hablar Haymitch nuevamente, con una sonrisa maliciosa que ya se dibujaba en sus labios, prometiendo una nueva oleada de sarcasmo y burlas, pero Peeta, con una agudeza que siempre me sorprendía, se le adelantó por un segundo. —"Vamos al comedor a cenar, que tanto estampar niños contra la pared hace que me dé hambre"— soltó con un tono ligero y despreocupado, casi como si hablara del clima. Esas palabras, cargadas de una ironía mordaz, lograron su cometido: desviar la atención de Haymitch, quien, a pesar de su astucia, regresó a su fastidio inicial. —"Y eso es justamente de lo que vamos a hablar, Mellark, de cómo la cagaste con ese circo"— espetó Haymitch, su voz áspera, cargada de una frustración por el embrollo en el que Peeta lo había metido con los vigilantes y los mentores del Distrito 5. Pero si Haymitch quería conseguir una reacción de parte de Peeta, no lo consiguió. Peeta, imperturbable, continuó su camino como si nada, pasando a su lado con una calma exasperante. La indiferencia de Peeta era un arma sutil, una burla más efectiva que cualquier respuesta directa. Para cuando dobló la esquina del pasillo, solo soltó, con una voz que apenas se escuchó, pero que resonó con la autoridad de una orden. —"La cena se enfría"— fue un golpe para Haymitch, una demostración sutil de que Peeta no jugaría a su juego, al menos no en ese momento, y que tenía el control de la situación, incluso frente a la figura imponente de su mentor. Casi podía sentir la frustración de Haymitch, un vapor amargo que se elevaba en el aire. Haymitch se giró al instante, su rostro contorsionado por una mezcla de incredulidad y rabia contenida. —"¡Hijo de...!"— Su exclamación se ahogó, cortada de raíz por la intervención inmediata de Effie. Ella, con la precisión de un reloj y la determinación de una maestra de etiqueta, le propinó pequeños y rítmicos golpes con su cartera en el brazo, una reprimenda tan familiar como efectiva. —"¡Lenguaje, Haymitch! ¡Por favor, compórtate!"— exclamó, su voz aguda, pero firme, una barrera inquebrantable contra la vulgaridad. La expresión de Haymitch, que había pasado de la furia al desconcierto por el golpe de Effie, se transformó en una mueca de aburrimiento cómico, una derrota que aceptaba con resignación. Una nueva sonrisa se formó en mi rostro, una genuina y relajada. Era una sonrisa que nacía de esta extraña y disfuncional familia que, de alguna manera, se había formado a nuestro alrededor. La dinámica del grupo, con Haymitch y Effie en una constante batalla de voluntades y Peeta navegando entre ellos con una mezcla de astucia y encanto, se me hacía cada vez más cómoda. Ya no era solo una alianza forzada por las circunstancias, sino algo más, un refugio inesperado en la locura del Capitolio. La tensión constante que me había acompañado desde que llegué aquí, la necesidad de estar siempre alerta, se disipaba en su compañía y se quedaba en la sala de entrenamiento a ojos de los demás tributos y vigilantes. Y sin más, con un paso que se sentía extrañamente ligero, comencé a caminar hacia el comedor. Mi mente ya no estaba en las amenazas inminentes de la arena, ni en los peligros ocultos del Capitolio, sino en la anticipación de la cena. Me preguntaba qué nuevo manjar desconocido conocería hoy, qué sabores exóticos y extravagantes me esperaban en la mesa. Vive ahora y deja los problemas para mañana. La promesa de una comida caliente, compartida con este peculiar grupo, se había convertido en algo que anhelaba.
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