ID de la obra: 683

La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
En progreso
3
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planificada Maxi, escritos 524 páginas, 192.901 palabras, 29 capítulos
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El Pan y el Secreto

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Capítulo 12: El Pan y el Secreto (POV Peeta) —"La cena se enfría"— solté, mi voz, apenas un murmullo que, sin embargo, resonó con la autoridad de una orden. No esperé respuesta. Simplemente, doblé la esquina del pasillo, dejando atrás a un Haymitch contorsionado por la frustración y a una Effie que, para mi sorpresa, seguía sonriendo con esa extraña picardía en los ojos. La imagen de Katniss, con el rubor subiendo por su cuello y soltando mi mano como si le quemara, se grabó en mi mente. Aquella tarde había sido agotadora, cargada de explicaciones, de estrategias complejas y de una explosión de sentimientos. Sin embargo, a pesar de todo, me sentía extrañamente ligero. Una sensación de normalidad, de una calma que no recordaba haber experimentado en años. No pude evitar que una sonrisa se dibujara en mis labios mientras me acercaba al comedor. Cinna y Portia ya estaban en sus correspondientes lugares, sus miradas expectantes, aunque carentes de la incomodidad que había marcado nuestras primeras interacciones. —"Buenas noches"— comenté tranquilamente mientras tomaba asiento, y ellos, con una cortesía que ya no se sentía tan forzada, me devolvieron el saludo. Un gruñido áspero escapó de Haymitch. —"¡Ya, ya, Effie, por los dioses! ¿Es que no puedes dejarlo? ¡No tengo cinco años!"— Su voz estaba cargada de una exasperación tan genuina, mientras intentaba zafarse de Effie, quien, con la tenacidad de un sabueso, seguía reprendiéndolo por su uso del "lenguaje vulgar". Effie, con un bufido indignado y un brillo en los ojos que delataba su frustración, replicó: —"¡Ajá! ¡Como si no te comportaras exactamente como uno! De verdad, Haymitch, a veces me pregunto por qué sigo aguantando tus modales de cavernícola"— y con un chasquido seco, le propinó un último golpe en el antebrazo con su cartera. Todo para que Haymitch rodara los ojos con aburrimiento. Katniss estaba detrás de ellos, sonriendo por su intercambio ya normal, y no pude evitar hacer lo mismo. Una risa silenciosa burbujeó en mi pecho. Sin duda, extrañaría mucho esta extraña dinámica de grupo. Era un pequeño oasis de normalidad en la locura del Capitolio, un respiro que nunca creí merecer. Y mi sonrisa se volvió amarga una vez más, recordándome que esto también lo perdería, que cada momento de ligereza era un préstamo. Pero alejé esos pensamientos y sentimientos con un esfuerzo consciente; los disfrutaría mientras pudiera. Ya todos sentados a la mesa, noté la fuerte mirada de Haymitch sobre mí, una mezcla de impaciencia y una curiosidad que no se molestaba en ocultar. Queriendo zanjar esto de una vez, solté, con un tono que intentaba ser casual, pero que delataba mi propia impaciencia: —"Okay, ya dime qué demonios te dijeron, Haymitch"— mientras me encontraba con su mirada, listo para el inevitable sermón. Y tal como pensé, no se dejó nada dentro. —"¡Qué demonios crees que haces, chico! Te dije que atormentaras a algún tributo, no que lo dejaras casi en coma, por una contusión, fractura de nariz y comiendo por un maldito popote"— soltó, su enojo se notaba por la forma en que casi volcaba su bebida sobre la mesa. Noté cómo Portia y Cinna regresaron a su mar de dudas, mientras Effie me lanzaba una mirada de desaprobación total, una que me dio una punzada extraña, casi de culpa. Era una de esas miradas que te hacían sentir como un niño regañado, y por un segundo, me pregunté si realmente me había excedido. "Acaso eres un débil, Mellark. No compasión eso es para los débiles…" La voz de Vander me lleno, negué para mis adentros un intento de alejarlo de mí. Pero luego, mi vista se posó en Katniss, quien, ajena a la tensión que flotaba en el aire, solo miraba el intercambio con una tranquilidad pasmosa mientras comía. Su indiferencia era casi una burla, y una parte de mí se sintió extrañamente aliviada de que no estuviera juzgándome. Pero lo que no esperaba fue su voz defendiéndome. —"Lo hizo por un motivo importante, bueno, fueron dos"— espetó Katniss, y su voz, aunque un poco más cortante de lo habitual, captó la atención de todos en la mesa. Las miradas, antes fijas en mí, se desviaron hacia ella, sorprendidas por su intervención. —"Estaban molestando a Finn"— continuó, su tono ganando una confianza inquebrantable que me sorprendió. Haymitch pareció centrar su completa atención en Katniss, y con eso deduje que los vigilantes solo le habían dicho lo que hice, más no el porqué. —"Y no voy a mentir, me sentí incómoda después de todo. Lo conozco"— añadió, refiriéndose a Finn, con una ligera mueca. —"Así que Peeta vio una oportunidad de mejorar el acto, tal como tú mismo pediste. Si tal vez se excedió mucho, sí. Pero fue algo que todos vieron y que nos beneficiará"— concluyó, su mirada desafiante se posó en Haymitch, esperando que su explicación ayudara a mitigar el sermón y las miradas de desaprobación en la mesa. Vi cómo Haymitch parecía saborear la explicación de Katniss. Sus ojos, astutos y calculadores, se movieron entre nosotros, sopesando cada palabra. —"Bien, entiendo. Aun así, no apruebo la manera en que llevaste las cosas adelante"— comentó, su voz más calmada, aunque con un matiz de reproche. —"Ya que, como castigo, después de mucha deliberación y plática sin sentido con esos estúpidos del Distrito 5, se te quitarán dos minutos de los cinco que tienes para la entrevista. Se los darán al chico del 5"— concluyó, mientras tomaba un fuerte trago de su vaso. Maldije para mis adentros. ¿Tres minutos? Tres minutos para impresionar, para cautivar, para convencerla a ella de que apostara por Katniss. Era un desafío, una prueba de fuego, si con cinco era complicado con tres… dios. Pero podía lograrlo. Solo tenía que preparar cada palabra, cada gesto, con una precisión aún mayor. —"No pasa nada, con tres minutos es más que suficiente"— intenté sonar confiado, mi voz firme, casi arrogante. Pero las dudas estaban ahí, un nudo frío en mi estómago. Nadie comentó más después de eso; la cena avanzó con una tranquilidad nada común para nosotros. Entonces, la voz de Portia rompió el extraño silencio. —"Espera, Katniss, dijiste que había dos razones, ¿cuál es la segunda?"— Su tono era tranquilo, su atención completamente puesta en ella. Ahora, todos en la mesa la miraban de nuevo, esperando su respuesta. Katniss, sin voltear a ver a nadie, clavó su tenedor en una fruta. —"Que gracias a eso conseguimos aliados para la arena, Finn y Rue. Estoy casi segura de que fue por lo que hizo Peeta para defender a Finn que hizo que confiaran un poco más en nosotros para pedirlo"— una punzada de orgullo, extraña y cálida, me recorrió. Sentí a Haymitch tensarse ante la noticia de la alianza recién forjada. Lo miré, intentando comunicarle con la mirada que aquello no era un problema, y pareció entenderlo; se limitó a seguir bebiendo y comiendo como si nada. La cena transcurrió con una normalidad tensa, cada bocado un esfuerzo por mantener la compostura. Sin darme cuenta, ya estaba en mi cama, la mente taladrándome con los acontecimientos del día y el peso de la desventaja para la entrevista. Tres míseros minutos. Me preguntaba qué demonios debía hacer, qué hilo debía tirar, para que esos tres minutos fueran los más importantes de esa noche, el punto de inflexión que inclinara la balanza a nuestro favor, especialmente el de Katniss. La presión era inmensa, pero por ella, valía la pena. (POV Katniss) Presioné el botón del ascensor que nos llevaría a la planta de entrenamiento nuevamente. Esta mañana, las cosas se sentían más tensas. Lo notaba en Peeta; ayer, después de la cena, parecía superado, a pesar de su intento por mostrar confianza y firmeza ante el castigo de los vigilantes. Me preocupaba más la entrevista que la prueba de habilidad. Después de todo, solo tenía que mostrar mi tiro con el arco, algo que dominaba. Pero la entrevista... eso es hablar, compartir. Odio hablar de mí misma… Es mi peor debilidad. Mi garganta se cerraba solo de pensarlo, la idea de tener que sonreír, de tener que fingir una personalidad que no era la mía, me revolvía el estómago. No era como Peeta, que podía cambiar de máscara con una facilidad pasmosa. Yo era directa, sin rodeos, y eso no encajaba con el circo del Capitolio. Solté un suspiro, un aliento pesado que no lograba disipar la maraña de nervios en mi estómago. Pero entonces, sentí una caricia en mi mano. Y, en vez de alejarme —mi instinto primario—, me acerqué más a él, buscando la inesperada calidez. —"Todo saldrá bien, Kat"— susurró Peeta, su voz tranquila. Mis ojos se encontraron con el mar azul de los suyos, profundos y serenos. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios mientras me daba un suave apretón en la mano. —"No pienses demasiado en la entrevista, sé que lo resolverás"— comentó, con una certeza que me descolocó. ¿Cómo diablos sabía eso? —"¿Cómo sabes que eso me tiene frustrada?"— Él solo sonrió, una sonrisa melancólica pero comprensiva. —"Porque es lo mismo que estoy pensando yo"— soltó, con una honestidad desarmante. Luego, se pasó una mano por el cabello, un gesto que delataba una tensión apenas contenida. —"No le des demasiadas vueltas, Kat. Hay que concentrarnos en continuar la actuación"— añadió con un deje de burla que solo él podía lograr. Si la "actuación" debía continuar, no había tiempo para distracciones, pensaría más tarde en que decir y como actuar. Asentí con la cabeza, le di un apretón rápido y solté su mano justo cuando las puertas del elevador se abrieron con un siseo. El color metálico y las luces artificiales nos golpearon, arrancándonos de nuestra burbuja. No había tiempo para sentimentalismos. Avanzamos para encontrarnos con Rue y Finn, quienes platicaban tranquilamente, al parecer esperándonos. Mi mente ya estaba en el siguiente paso. —"¡Hey, Katniss, Peeta, buenos días!"— comentó Rue con una dulzura que me recordaba a mi Prim. —"Buenos días a los dos"— dije con voz tranquila. —"Buenos..."— Finn estaba a punto de regresar el saludo cuando Peeta simplemente se acercó, lo tomó del cuello de la playera, jalándolo y casi ahogándolo en el proceso, mientras lo hacía caminar de espaldas. —"No perdamos tiempo. Vamos directo a entrenar, que tengo que hacer de ti un hombre y me temo que no podré"— soltó Peeta con brusquedad. La escena era tan abrupta, tan teatral, que por un momento me quedé inmóvil. Siempre tan sutil. Finn, aunque sorprendido, no parecía realmente asustado, lo que me tranquilizó. Rue, sin embargo, frunció el ceño, una expresión de adorable desaprobación. —"¿Siempre es así?"— preguntó Rue, con un atisbo de enojo en su tierna voz. —"¿Así cómo?"— respondí, aunque ya me hacía una idea de a qué se refería. Dirigió su mirada hacia mí y señaló el pasillo por donde habían desaparecido; —"Así, tan brusco. Finn ayer me comentó lo emocionado que estaba con lo que aprendía, que Peeta sí lo estaba ayudando. Pero lo veo hacer esto y... no sé, pienso que solo es un descerebrado malvado. ¡Ni siquiera dijo buenos días!"— concluyó, frunciendo aún más su ceño, como si la falta de modales fuera lo más importante en esta situación, no la arena y la muerte que nos esperaba. Y solo pude sonreír por su pequeño arrebato. —"No siempre es así"— comencé, sintiendo la mirada de algunos tributos y entrenadores que nos prestaban atención desde que Peeta jaló a Finn. —"A veces es tierno y comprensivo también"— comenté con una pequeña sonrisa en mi rostro, recordando cuando me mostró las estrellas, haciendo que mi sonrisa fuera real y mi mirada se perdiera en el recuerdo. Pero Rue reventó la burbuja en la que me había metido. —"¿En serio… él?"— preguntó, sus cejas arriba. Solo soltó un pequeño suspiro. —"Ver para creer"— lapidó. Antes de cambiar rápidamente de tema: —"Quiero seguir aprendiendo más sobre hacer nudos y trampas, ¿me ayudas?"— sugirió. Yo solo le hice señas para que guiara el camino y nos pusimos en marcha. Pasamos un buen rato con los nudos; Rue no se rendía. Quería sí o sí pasar del nivel cinco, pero por más que lo intentaba, no podía; siempre se perdía casi al final. Soltó la cuerda con la frustración contenida en su pequeño cuerpo, haciéndome reír un poco. Ella me apuntó con su pequeña mano sin apartar la mirada de la cuerda. —"No te burles"— soltó, intentando sonar sería, pero fracasando, ya que también comenzó a sonreír. —"Es que tú lo haces ver tan fácil"— mencionó mientras lo intentaba otra vez. —"Tienes que prestar atención a esta parte"— dije, mientras me acercaba a ayudarle. Ella soltó la cuerda y prestó mucha atención a mis movimientos. Una vez desatado, le dije: —"¿Ves? No es tan difícil. Vamos, inténtalo otra vez"— y le pasé la cuerda. Después de dos intentos más lo logró. Sus pequeños brincos de alegría no solo me hacían sonreír a mí, sino también a la entrenadora, quien aplaudió levemente en reconocimiento a su logro. Lo bueno de estar en esta estación era que alrededor casi no había nadie; todos estaban en las estaciones de armas. Solo la chica del Distrito 5 estaba en la estación cercana de primeros auxilios. Pero entonces, una voz a mis espaldas rompió la comodidad. —"Pero si es la desnutrida del 12 que se acuesta con el convicto para tener protección en la arena"— la voz era de Clove, del Distrito 2. No necesitaba voltear para saberlo. Las risas que la siguieron, agudas y burlonas, me hicieron tensar al instante. Las alarmas sonaron en mi cabeza. Intenté ignorar su comentario, enfocándome en la cuerda en mi mano, como si fuera lo más importante del mundo. —"¿Acaso eres sorda, estúpida? ¡Te estoy hablando!"— El enojo en su voz era evidente por mi indiferencia. Noté la mirada preocupada de Rue, que también miraba hacia adelante, intentando no inmutarse. Un empujón en mi espalda me hizo girar. Ahí estaba ella, Clove, con su sonrisa sádica. A su lado, la rubia del Distrito 1, con esa sonrisa estúpida que siempre me irritaba. Intentar mantener mi rostro inexpresivo fue inútil; una sonrisa burlona se extendió por su cara. —"Mira, Glimmer, la huesuda esta tiene agallas"— siseó Clove, su voz goteando veneno. —"¡No la llames así!"— chilló Rue, y la atención de ambas se desvió hacia ella. —"¿A quién crees que le gritas, estúpida?"— soltó Glimmer, su voz cargada de una amenaza vacía, más arrogancia que peligro real. Me interpuse, poniéndome frente a Rue, protectora. Mi instinto de cazadora se encendió. —"¡Pelea de gatas!"— sonó en el lugar, llamando la atención de todos. La voz era del chico del Distrito 1. Glimmer rodó los ojos, pero Clove se dio la vuelta, encarándolo. —"¿Podrías mantener la boca cerrada, Marvel?"— este solo levantó las manos mientras se acercaba y se ponía a su lado. Se aclaró la garganta. —"¿Por qué les interesa molestar a estos dos"— comentó, apuntándonos, para terminar con burla en su voz —"desperdicios?"— mi mirada se clavó en él. Su sonrisa falsa y su desprecio me encendieron. No iba a permitir que nos humillaran. Mi voz salió, cortante como un cuchillo, sin rastro de miedo. —"¿Y a ti qué te importa, imbécil?"— Su sonrisa se borró de golpe, y su mirada, ahora sería, intentó infundirme algún tipo de miedo. Pero no lo lograría. Me mantuve firme frente a los tres, con Rue a mi espalda, sintiendo su pequeña mano aferrarse a mi playera. Noté como la mano de Marvel se cerraba. Era muy alto en comparación a mis 1.70 cm de estatura; me sacaba más que una cabeza. Aun así, me preparé mentalmente para esquivar cualquier ataque. Sentí mi corazón acelerado, anticipando un mal final para esta disputa, pero mi determinación no flaqueó. No daría un paso atrás. —"Deberías seguir el consejo de tu amiga"— al instante, un silencio tenso se apoderó del lugar. Todos se quedaron inmóviles cuando la voz de Peeta sonó. Y, antes de que pudiera pensarlo, ya estaba a mi lado, frente a Marvel y Finn junto a Rue. —"Y mantener tu hocico cerrado"— tragué en seco al escuchar su voz, tan amenazante y diferente a él. Todo se desató tan rápido. Marvel lanzó un golpe, pero Peeta lo esquivó con una facilidad pasmosa. Tomó su brazo, lo estiró llevándolo contra su pecho, para después deslizar su mano libre por debajo del brazo extendido y aferrarse a la garganta de Marvel. Lo arrastró hacia la pared, estampándolo contra ella con fuerza. Luego, comenzó a estirar el brazo de Marvel, haciendo palanca y lastimándolo, mientras lo asfixiaba al mismo tiempo. Entonces, noté cómo Glimmer comenzó a avanzar para ayudar a Marvel. Sin pensarlo, corté su avance poniendo mi pie, haciéndola tropezar. Finn y Rue saltaron sobre ella, inmovilizándola. Lo siguiente que supe fue que estaba en el suelo con una Clove enojada gritándome mientras intentaba golpearme en el rostro, pero atrapé su brazo. Logré desestabilizarla y, con todas mis fuerzas, me posicioné encima de ella, levantando mi puño, listo para golpear su feo rostro. Ella, cerro los ojos como reflejo, esperando el golpe. Pero de la nada un ¡Bang! nos congeló a todos. El sonido metálico y ensordecedor de la bala impactando contra el techo resonó en el gimnasio, haciendo que todos se detuvieran, inmóviles. Mi puño, a centímetros del rostro de Clove, se detuvo en el aire. —"¡Ya basta! ¡Sepárense! ¡El Capitolio no permitirá más daños entre tributos antes de la arena!"— Una voz imponente resonó. Mis ojos se fijaron en el portador: un uniforme blanco impoluto y en su hombro, una placa escarlata. Un pacificador de alto rango, sin duda. Tal vez, después de lo que hizo Peeta ayer, consideraron necesarias medidas más fuertes en caso de que algún tributo se pasara de la raya. La tensión se sentía en el aire. Mientras nos separábamos, solté la camiseta de Clove, dedicándole una última mirada de puro disgusto. —"Esto no acabará aquí, perra"— soltó ella, con la voz cargada de veneno. Ignoré su amenaza. No valía la pena. Mis ojos buscaron a Rue, quien se levantaba de encima de Glimmer junto a Finn. Los dos la habían sometido bastante bien. Finalmente, Peeta, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos, empujó a Marvel antes de soltarlo, haciéndolo tambalear. Le apuntó con el dedo —"En la arena no habrá un pacificador salvando tu asqueroso pellejo"— su voz rezumaba amenazadoramente. Un escalofrío, un pequeño malestar, me recorrió al verlo así. Peeta se acercó a mí, ignorando monumentalmente al pacificador. Puso su mano en mi antebrazo, captando mi atención y la de toda la sala. —"¿Estás bien?"— Su voz, antes cargada de amenazas y burlas, ahora regresaba a la tranquilidad y preocupación. Su mirada también cambio. Me sentí avergonzada por su preocupación, haciéndome alejar la mirada de él. —"Míralos, realmente pasa algo ahí"— se escuchó al fondo. ¿De quién venía? ¿Un tributo? ¿Un entrenador? —"Sí, estoy bien, no pasó nada"— contesté, mordiendo inconscientemente mi labio por la pequeña vergüenza que me causaba, su mirada, la manera que me escaneaba para asegurarse de que estaba bien. Él solo asintió antes de acomodar un mechón de mi cabello detrás de mi oreja y sonreír. Ese simple gesto, tan inesperado, me desarmó por un segundo. —"Bien, te creo, Katniss"— dijo Rue, con una mirada burlona, rompiendo la burbuja. —"Ustedes dos, están despedidos de la sala de entrenamiento"— soltó de repente el pacificador. Estaba a punto de replicarle cuando Peeta se alejó de mí y dirigió su mirada a Finn. —"Sigue entrenando como lo estábamos haciendo, ¿entendido?"— soltó fríamente. Finn solo pudo enderezarse y asentir casi militarmente a su orden. Y sin más, comenzamos a caminar hacia el elevador. Me despedí de Rue con un "te veo mañana". Lo último que vi antes de que las puertas se cerraran fue a los profesionales y sus miradas enojadas. Una pequeña victoria. Y no pude evitar sentir una punzada de satisfacción al ver sus rostros de rabia. Sin poder resistirme, les saqué la lengua de manera infantil, haciendo que Peeta soltara una risa limpia. (POV Peeta) Mi risa llenó el elevador. Sin duda, Katniss era una caja de sorpresas. Cada día había algo nuevo en ella que me impresionaba. Sentí su mirada en mí, y un —"¿Qué?"— de su parte sonó. —"Nada, nada, solo no pensé verte hacer algo tan infantil"— concluí, guiñándole un ojo. Ella solo me dio un pequeño golpe en el brazo mientras negaba con la cabeza. —"Hoy fue un día lleno de sorpresas"— comencé mientras dirigía nuevamente toda mi atención a ella. —"Ahorita en la tarde, antes de que te vayas con Cinna a probarte el vestuario de mañana"— ella se tensó, tal vez recordando todo el proceso de probarse ropa, haciéndome sonreír por su incomodidad. —"¿Qué te parece si me acompañas? Voy a hacer pan para la cita de Effie más tarde"— comenté dejando la invitación a su disposición. Para mi sorpresa, ella parecía aturdida por la invitación. —"¿Pan?"— comentó, más para sí misma que para mí; la duda en su voz me descolocó un poco. Claro, la bolsa de pan. Ese recuerdo, tan simple y a la vez tan cargado de significado para ambos, aunque de formas distintas, era un pilar en nuestra extraña conexión, aunque ella no lo supiera. Para despejar sus dudas y aligerar el ambiente, bromeé. Me apunté a mí mismo, ganándome su atención. —"Mellark, panadero, hacer pan"— dije, intentando sonar lo más natural posible, como si fuera la cosa más obvia del mundo. Ella pareció recuperarse y solo mostró una pequeña sonrisa. —"Claro, está bien, aunque nunca he hecho pan más allá de los granos del grano de las teselas"— comentó con duda en su mirada. Era una mezcla de curiosidad y la cautela de alguien que no estaba acostumbrada a las comodidades del Capitolio. —"Tenemos que resolver eso"— dije, mi voz teñida de una ligereza que intentaba disipar su inquietud. Salimos del elevador. Para nuestra sorpresa, no había nadie más en el apartamento; el silencio era casi ensordecedor. —"Entonces te veo más tarde, voy a darme una ducha y quitarme estos puntos que ya cicatrizó la herida"— comenté tranquilamente, llevando una mano a mi pecho donde la "T" mal formada ya había cicatrizado completamente. —"¿Estás seguro de hacerlo tú solo?"— Su pregunta me detuvo, haciéndome girar nuevamente hacia ella. Su mirada y ceja levantada revelaban una duda genuina sobre mi capacidad de hacerlo solo. —"Claro, no sería la primera vez… Además, el botiquín tiene todo lo necesario"— mencioné, llevando una mano a la parte trasera de mi cabeza, un gesto de despreocupación. Al notar que el silencio se alargó después de mi respuesta, pregunté —"¿Por qué?"— genuinamente. Tal vez ella quería que viera a un médico, pero al no estar Effie o Haymitch, esperarlos podría alargar la situación más de la cuenta. Además, no sería ningún reto para mí. —"Puedo ayudarte si quieres"— se ofreció, y ahora el que estaba en silencio y aturdido era yo, completamente descolocado por esa respuesta inesperada. Al parecer tardé mucho en contestar y salir de mi aturdimiento, porque ella agregó —"Tal vez no sea una buena idea"— noté cómo ella también parecía perderse en sus propios pensamientos. Pero rápidamente, tal vez demasiado rápido, contesté: —"Claro que puedes ayudarme, incluso así será más fácil y rápido"— mi respuesta sonó más ansiosa de lo que pretendía, y lo vi reflejado en sus ojos, pero ella solo sonrió. —"De acuerdo, te veo en 40 minutos en la sala, yo llevo el botiquín"— dijo, antes de reanudar su paso hacia su habitación. Mi mirada se quedó fija en ella hasta que desapareció tras su puerta, como si temiera que, si parpadeaba, todo se desvanecería. Salí de mi burbuja, el corazón latiéndome con una mezcla de nerviosismo y una extraña emoción, y comencé a caminar hacia mi habitación, con la mente ya en lo que me esperaba, en un rato. Salí de mi habitación después de una buena ducha para quitarme el horroroso hedor de Marvel de encima y caminé hacia la sala, donde los sillones esponjosos me esperaban como un abrazo. Katniss ya estaba allí, sacando metódicamente las cosas del botiquín. Me detuve un momento, recargado en la barra de la cocina, observándola. Una sonrisa se formó en mi boca sin mi permiso, y es que la comodidad que sentía a su alrededor era, sencillamente, absurda. Y pensar que todo esto viene de una bolsa de pan y un paraguas de cuando tenía doce años. —"Solo te vas a quedar ahí viéndome o ¿te vas a sentar?"— comentó burlonamente, apuntándome con las tijeras, sin mirarme, o al menos no del todo. Su voz, con ese deje de burla, me hizo sonreír. No dije nada; solo me acerqué y me dejé caer en el sillón. Sin medir más palabras, me quité la playera. Si debía sentir vergüenza o no, realmente no importaba; ya me había visto varias veces sin ella. ¿Cuál sería la diferencia esta vez? —"¿Sabes cómo se quitan o pongo un tutorial en la TV?"— dije con ironía, mi voz intentando sonar despreocupada. Ella solo rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa asomó en sus labios antes de ponerse a trabajar inmediatamente. En el momento en que sentí su mano tocar mi pecho, un escalofrío me recorrió la espalda, una sensación inesperada que no tenía nada que ver con el dolor. Y para mi asombro, o quizás para mi alivio, sabía perfectamente qué hacer. Ella pareció notar lo impresionado que estaba por su habilidad, recién descubierta por mí. —"Mi madre es una curandera en el 12, por eso sé quitar puntos"— su voz baja, llena de concentración. —"Entonces debes de ser una gran enfermera"— comenté, observándola con una atención que no pude disimular. Ella solo se rio antes de decir: —"No creo… a mí no se me da muy bien todo el asunto de tratar heridas, es más bien Prim la que la ayuda, suele ser su enfermera estrella"— el orgullo en su voz era innegable al hablar de su hermana menor. —"Debe ser difícil"— comenté, dejando escapar mis pensamientos. —"Salir adelante. Sin duda, que tu hermana pequeña apoye a tu madre de esa manera, y tú también, debe hacerla sentir orgullosa de ambas"— concluí. Ella se detuvo en seco, y por un instante me preocupó haber dicho algo equivocado. Pero noté cómo desvió la mirada, intentando ocultar la tormenta que sus ojos delataban. Suspiré, reconociendo mi error. Lentamente, levanté mi mano y la posé sobre la suya, que aún reposaba en mi pecho, dándole un pequeño apretón. —"Lo siento, Kat"— susurré, mi voz apenas un hilo, cargada de una culpa genuina. —"Sé que debe estar matándote no saber cómo están. No era mi intención recordártelo"— dije, no queriendo alejarla. —"Es solo que... yo era quien llevaba el pan a la mesa y ahora que no estoy, simplemente no sé cómo la están pasando. Gale me prometió que se ocuparía de ellas, pero la temporada de ardillas y conejos es baja en estas fechas, no sé si será suficiente"— confesó ella, su voz apenas un hilo, a punto de quebrarse, pero en sus ojos aún brillaba esa fuerza indomable que se negaba a rendirse. —"Sé que tu amigo Gale cumplirá su promesa"— dije, mi voz suave, buscando su mirada. —"Porque si él es igual que tú, Kat... hará hasta lo imposible por no faltar a su palabra"— finalmente, su mirada se encontró con la mía, y vi cómo el mar de dudas en sus ojos comenzaba a retirarse. Pero algo de lo que dijo se quedó grabado en mi mente. "Temporada de ardillas y conejos". La pregunta me carcomía por dentro y la dejé escapar. —"¿A qué te refieres con temporada de ardillas y conejos?"— pregunté, intentando no sonar demandante. Ella se perdió nuevamente, pero esta vez era entre responder o callar. Abrí la boca para decir que no era necesario que contestara, que solo estaba siendo curioso, pero su voz le ganó a la mía. —"Yo, mmm… soy cazadora"— susurró tan bajo la última parte que pensé que había escuchado mal. —"¿Cazadora?"— pregunté, más para mí que para ella. Oh, dios, soy tan estúpido Claro, por eso sabe usar el arco. ¿Cómo se me había escapado esa parte? La verdad era que no me había puesto a pensar en sus habilidades con la cuerda y las trampas. Pero ahora todo tenía sentido; la precisión de sus movimientos, la forma en que se movía con una ligereza casi felina, todo encajaba. Una pieza más del rompecabezas de Katniss se revelaba ante mí, y no pude evitar sentir una mezcla de admiración y una curiosidad creciente por todo lo que aún desconocía de ella. Se movió en su incomodidad por revelar algo que, al parecer, era secreto, por la forma cautelosa en que susurró: —"No es algo legal en el 12. Gale y yo solemos saltarnos la valla eléctrica para entrar en el bosque"— no se escuchaba nerviosa por hacer algo que podría llevarla a tener problemas con los Pacificadores; más bien, era como si no tuviera otra opción, pero por la forma en que su mirada se llenó de nostalgia, no era solo eso. Ella amaba el bosque, era evidente, mientras yo pasé cuatro años de mi vida entre paredes incoloras y un patio lleno de armas, con los gritos de Vander. Al menos ella creció en la libertad del bosque, aunque fuera por necesidad. —"Eso explica muchas cosas. Ahora entiendo tu habilidad con las trampas y los nudos. Pero sobre todo, el arco"— dije, intentando calmar su incomodidad, que viera que no pasaba nada. Ella soltó mi mano para continuar quitando los puntos. Pensé que ahí acabaría la conversación, pero para mi sorpresa, ella volvió a hablar. —"Fue mi papá el que me enseñó a usarlo; de hecho, le pertenece a él"— comentó tranquilamente, como si no fuera nada. Pero yo veía a través de ella; el solo hecho de que mencionara a su padre era una señal de que era muy importante. Fruncí mi ceño marcadamente de manera teatral. Ella se detuvo y levantó ambas cejas ante mi reacción. Pude escuchar el "¿qué?", en su mirada. —"¿Acaso hay algo que Burdock Everdeen no haga bien?"— comencé de manera seria. Ahora la que fruncía el ceño era ella, de manera intensa. —"O sea, enamora a una linda curandera, tiene dos hijas hermosas, sabía nadar y cazar. No sé, pero siento celos"— terminé, mientras una sonrisa se formaba en mi rostro al ver cómo Katniss se sonrojaba. No sabía si por el cumplido a ella y Prim o por el cumplido a su padre. Negó con la cabeza antes de darme un pequeño golpe en el pecho. —"No te burles"— dijo, y yo solo pude levantar mis manos en son de derrota. —"No me burlo, lo digo en serio, y más la parte de hija hermosa"— mi voz salió más rasposa de lo que quería al terminar la frase, y el silencio reinó. Nuevamente, nos perdimos en un duelo de miradas como en el elevador. Sentí una extraña sensación, como aquella vez; sus ojos grises taladraban los míos, como los míos a los suyos. Era como si tuviéramos que dar un paso desconocido, algo que se necesitaba hacer, pero que ninguno de los dos sabía qué era. Y mi mano buscó la suya una vez más, ese calor reconfortante que me invitaba a acortar la distancia. Ahora tenía un deseo extraño, pero conocido, que se anidaba en lo más profundo de mi ser. (POV Katniss) Ahí estaba esa mirada otra vez, ese deseo extraño. Después de su extraño cumplido, sentí la sangre subir a mi rostro, pero cuando lo dijo por segunda vez. "Hija hermosa". Solo escuché sinceridad en su voz, como cuando habló de la planta de donde viene mi nombre. Yo, hermosa, no era exactamente mi propia creencia. No solía llamarme la atención, el arreglarme excesivamente como las demás chicas de la escuela. Eso era estúpido ¿Qué sentido tenía hacerlo? Entonces, sentí su mano sobre la mía otra vez, un gesto que, desde que cambió su significado en la azotea ayer, me llenaba de una confusión extraña, casi insoportable. Era un toque que me atraía con una fuerza silenciosa, un recordatorio constante de esta extraña conexión. ¿Pero quería descifrarlo? Esa era la pregunta importante, la que me negaba a contestar, incluso a mí misma. Sentí una atracción innegable hacia él, una invitación tácita a acercarme, y cuando menos lo pensé, nuestras respiraciones se mezclaron, estábamos a pocos centímetros. Mi mirada, traicionera, bajó a su linda boca, y fue ese pensamiento, tan ajeno a mi lógica habitual, el que me golpeó, regresándome de golpe a la cruda realidad. No era la primera vez que esa idea se colaba en mi mente, pero esta vez, la cercanía era abrumadora. —"Ya terminé de quitar los puntos"— dije con un esfuerzo, mi voz tembló un poco. Nos separamos de golpe, casi al unísono. Yo, rápidamente, me giré para guardar las cosas en el botiquín, mientras él se ponía la playera con una velocidad inusual. —"Muchas gracias por ayudarme, realmente hubiera batallado mucho yo solo, pero con tu ayuda fue sencillo"— agradeció amablemente, su voz, un poco más grave de lo normal. Yo solo asentí, regresando a mi silencio habitual después de toda la plática previa. La mente aún me daba vueltas con la cercanía de hacía un momento. —"Bien, hora de hacer pan, ¿qué me dices, me ayudas?"— preguntó, invitándome nuevamente. Tal vez pensó que, después de lo que acababa de pasar, querría descansar, pero la realidad era que estaba muy interesada en verlo hacer pan. No pude decir que no. —"Claro, me encantaría. Solo dejo esto nuevamente en su lugar y regreso"— dije, mientras levantaba el botiquín y me ponía de pie para comenzar a caminar hacia mi habitación. Cuando regresé, él tenía todo listo. Hasta llevaba un delantal blanco impecable y, al verme, me extendió uno parecido. Lo acepté, sintiendo la tela áspera entre mis dedos, y comencé a ponérmelo, ajustándolo con torpeza. —"Bien, ¿qué tengo que hacer?"— comenté, poniendo mis manos en la barra ya llena de artículos que, por su forma y brillo, deduje eran de cocina. —"Hoy vamos a hacer no uno, sino dos tipos de pan"— explicó Peeta con un entusiasmo que no le había visto antes, sus ojos brillando con una chispa de pasión que me sorprendió. —"Primero, un pan de masa madre con un toque de trufa negra, un secreto de los Mellark que se ha pasado por generaciones. La masa madre le da una complejidad de sabor increíble y la trufa negra un aroma terroso que es puro lujo"— hizo una pausa, y su mirada se suavizó. —"Y luego, para el postre, algo especial del Capitolio: un pan dulce enriquecido con frutas confitadas exóticas, especias raras como azafrán y vainilla de las islas lejanas. Nada de oro, eso es demasiado... predecible"— soltó una risita cínica. —"Para ti, Kat, que es tu primera vez, empezaremos con lo básico. Necesito que me ayudes a pesar la harina de trigo, la de centeno y la sal. Luego, mezclaremos la masa madre activa con agua tibia. Es crucial que la temperatura sea la correcta para despertar las levaduras. Después, incorporaremos lentamente la harina y la sal, amasando hasta obtener una masa elástica. La clave está en la paciencia, en sentir la masa, en dejarla respirar. Luego, la dejaremos fermentar en un lugar cálido, y durante ese tiempo, la plegaremos varias veces para desarrollar la estructura. Finalmente, antes de hornear, le daremos la forma y le haremos unos cortes artísticos"— explicó de manera detallada, con una fluidez que demostraba su dominio. No sabía ni qué eran algunos ingredientes como la "masa madre activa" o la "trufa negra", y mucho menos las "frutas confitadas exóticas", pero solo asentí y comencé a hacer lo que me pidió, sintiendo una extraña curiosidad por este mundo tan ajeno al mío. Mi mente vagó al Distrito 12. No imaginaba a mi madre o a Prim usando algo como la "masa madre activa" o la "trufa negra". Para nosotras, el pan era simple: harina de trigo de las teselas, agua y sal. Ver a Peeta desenvolverse con tanta naturalidad en este mundo de lujos y extravagancias me recordaba la brecha inmensa que nos separaba. Él, un panadero talentoso, con conocimiento de ingredientes que para mí eran de fantasía. Yo, una cazadora, acostumbrada a la escasez y a la supervivencia. Era extraño cómo podíamos conectar tan bien, cuando crecimos en ambientes tan diferentes. Decir que no era muy buena en esto de hacer pan sería, creo, demasiado benévolo para mí. Las primeras dos veces que medí la harina y la sal, al parecer me pasé un poco de la marca que Peeta me pidió, y para mi asombro, él se dio cuenta al instante. Pensé que me regañaría, ya que parecía muy apasionado en todo este asunto de hornear, pero para mi sorpresa fue amable al pedirme que revisara si estaba bien medido. Después de eso, comencé a checar todo tres veces para no echar a perder su masa; después de todo, sería para la cita de Effie con la persona que puede salvarnos dentro de la arena. Apostando esos veinte millones. Y así, casi sin darme cuenta, el tiempo voló. Pasé de pesar harina a cortar frutas que estaban en un líquido. Extraño La voz de Peeta me sacó de mis divagaciones. —"Vamos, prueba una, mira"— comentó mientras seleccionaba una para mí. Cuando encontró una de color verde con puntos negros, añadió: —"Esta se llama kiwi. Es una fruta ácida, pero como está conservada en almíbar, te sabrá dulce y un poco ácida a la vez"— me la entregó y, sin dudarlo, la probé, sintiendo la explosión de un sabor nuevo en mi boca: demasiado dulce al principio, pero con una acidez que aparecía casi al final. —"¿Está rica, verdad?"— preguntó. Yo solo pude asentir con gusto. Me pregunté qué otra fruta desconocida para mí habría aquí. —"Si quieres comértelas, adelante. Con las que ya picaste son más que suficientes para el pan"— me invitó, mientras tomaba la masa ya reposada y comenzaba a darle forma. Sin dudarlo, me quité el delantal y me senté en el banco frente a él para verlo terminar la última parte del pan, mientras en mi mano un tenedor y una fruta que aún me era desconocida por probar. Estas frutas en almíbar. Peeta tenía razón, eran deliciosas. Pero no solo eso, me recordaban a algo, aunque no lograba ubicarlo del todo. Me dejé llevar por la dulzura, por la extraña novedad de cada bocado, la mayoría de ellas completamente ajenas a mi mundo. Tan absorta estaba en esa distracción que el tiempo se esfumó, y me perdí por completo el proceso de Peeta dándole forma al pan. Solo reaccioné al final, con el último de ellos, cuando la silueta que le había dado me golpeó con la fuerza de un puñetazo, congelándome en el sitio. Fue como si retrocediera seis años en el pasado, y el tintineo de la lluvia contra el paraguas comenzó a resonar en mi cabeza, claro como el día. Flashback Mi corazón latía con fuerza, la misma fuerza con la que me aferraba a este paraguas que aquel niño, vestido de forma extraña, me entregó hace unos momentos, mientras corría a casa con la bolsa marrón en mi mano. A pesar de mi velocidad, me aferraba a ellos como si mi vida dependiera de ello. Porque mi vida dependía de ello. En cuanto llegué a casa, entré con cuidado de no dañar el paraguas y busqué a Prim rápidamente, que estaba con mi madre. Esta última estaba completamente dormida, ya fuera por el hambre o el dolor, realmente no lo sabía."¡Prim, Prim, ven rápido, tengo comida!"— susurré, mi voz apenas un hilo. Sus ojos se abrieron con una esperanza dolorosa. Las lágrimas que antes se había llevado la lluvia amenazaban con salir nuevamente, pero tenía que ser fuerte por ella y por mamá. Y sin pensarlo, dejó de abrazar a mamá y me siguió a la cocina. Rápidamente, encendí la única vela que quedaba. Entonces, comencé a sacar el pan de la bolsa, pero me quedé congelada al verlo: era tan diferente a cualquier cosa que conociera. Noté cómo Prim también admiraba el pan. Cualquiera lo devoraría sin pensarlo, pero eran tan hermosos y delicados que los contemplé. La voz tierna de Prim me sacó de mi contemplación: —"Son preciosos, ¿cómo los conseguiste, Katniss?"— preguntó mientras observaba otro diferente. —"Alguien me los dio en la plaza, un niño de ojos azules"— solté, pero mi mirada se quedó en un pan en específico. Este era cuadrado, pero tenía una hermosa flor en el medio. Se veía tan detallada que pensé que era de verdad. Lo tomé sin pensar y lo llevé a mi boca. En cuanto lo mordí, un suspiro salió de mí; estaba delicioso. Era un pan dulce, caliente, tenía algo que no identificaba, pero era delicioso. Entonces, escuché un chillido de Prim, que también probó uno. Su mirada se perdió y comenzó a comer con rapidez, como si temiera que el pan desapareciera en cualquier momento. La desesperación de su hambre era como la mía, me hizo comer el mío con la misma urgencia. No había tiempo para saborear, solo para engullir. Fin del Flashback Ese "algo" era el sabor de las frutas en almíbar. ¡Claro! Entonces el mundo comenzó a alejarse de mí, mientras veía a Peeta terminar de darle forma a la flor. Sentí un nudo en el estómago, pesado como una piedra. Tragué en seco. Estaba tan absorta en mi mente, en todas las posibilidades que se abrían, que no sentí el tenedor deslizarse de mi mano y golpear la barra, sacando a Peeta de su concentración. Su mirada pasó de la duda a la preocupación en un instante. —"Kat, ¿estás bien?"— Su mano se acercó a la mía, pero yo me levanté como un resorte del asiento, alejándome de él. Vi en su mirada la duda por mi actitud tan repentina, así que me controlé. Pregunta primero, saca conclusiones después. —"Estoy bien, ah, solo me perdí un momento en algo"— comenté, volviendo a sentarme, aunque no pude evitar que mis manos temblaran un poco. —"¿Estás segura? Te ves un poco pálida, tal vez la fruta no te cayó bien en el estómago"— intentó adivinar, y ahí estaba esa preocupación nuevamente, tan natural ya entre nosotros. Despejé las ideas de mi mente y, con toda la valentía que pude reunir, dije: —"Este pan... que estás terminando, dijiste que es especial del Capitolio. ¿A qué te refieres exactamente?"— Él no ocultó su impresión por mi pregunta; pasó unos segundos pensando, más de lo que me gustaría. Entonces sus ojos se abrieron y mi corazón comenzó a latir tan fuerte que podía escucharlo. Mi mente ya escuchaba su respuesta, pero él solo sonrió mientras tronaba los dedos. —"Claro, ya sé a qué te refieres. Este pan es especial del Capitolio porque no se puede hacer sin frutas en almíbar, las cuales solo se pueden comprar aquí"— la explicación no era para nada lo que mi mente esperaba, así que presioné un poco más. —"¿Y la forma? ¿Por qué una flor?"— pregunté, mi voz más cortante de lo que pretendía, haciendo que Peeta se descolocara un poco por la fuerza de la pregunta. —"Es un diseño típico de las ya extintas panaderías de mi familia. A cualquiera que fueras, siempre es el mismo. ¿Por qué tanto interés? ¿Te gustó?"— preguntó él ahora. Sentí que sus respuestas eran honestas. Mi mente comenzó a dar vueltas. —"¡Oh, qué bien que estás aquí, Katniss! Me disculpo por la tardanza, necesitaba conseguir unas telas especiales para tu vestido de mañana"— la voz de Cinna irrumpió de repente en la cocina, sacándome de la creciente marea de preguntas que me inundaban. Volteé a verlo y solo asentí. —"¿Qué te parece si me acompañas de una vez para hacer los últimos ajustes a las medidas?"— preguntó amablemente. Solté un suspiro de resignación, pero a la vez agradecí que Cinna interrumpiera este momento. Necesitaba pensar, para aclarar mis ideas. —"Sí, está bien. De todos modos, creo que ya terminamos aquí"— contesté, mientras me levantaba nuevamente de la silla. —"Gracias por invitarme, fue interesante. No pensé que hacer pan fuera algo tan laborioso, pero me divertí"— le dije, con un tono que intentaba ser casual. —"Todos piensan que es pan comido, pero no, tiene su habilidad"— contestó burlonamente Peeta, mientras metía el pan de flor al horno. Luego se giró, y su mirada se tornó indescifrable para mí, pero era intensa. —"De todos modos, las gracias te las doy a ti por la ayuda. Los veo más tarde"— se despidió para caminar hacia los sillones. En cambio, yo comencé a seguir a Cinna. ¿Qué significa esto? Y el dolor de cabeza regresó, punzante, como un recordatorio de que había piezas de mi pasado que aún no encajaban. (POV Peeta) La cagué. Me senté en el sillón.Fue irreal de mi parte pensar que ella no recordaría nada de los panes, cuando ese acto de bondad no solo le salvó la vida a ella, sino a su familia entera. Pasé una mano por mi rostro y solté un suspiro cansado. No quería que ella lo supiera. Estaba construyendo algo real con ella, algo que se sentía genuino, y no deseaba que una "deuda", como ella lo llamaría, arruinara lo que sea que fuera esto, haciéndola pensar que debía pagarme de alguna manera. Fui descuidado, y ahora el pasado se alzaba como un fantasma, amenazando con desvelar la verdad que tanto me esforcé por ocultar. —"Problemas en el paraíso"— la voz burlona y pastosa de Haymitch llenó la sala. Tan absorto estaba en mi mente que no lo escuché llegar. Solo desvié la mirada hacia él, que ya se había abierto una botella de whisky. —"Algo así, Abernathy"— respondí, mi voz teñida de un cinismo que apenas disimulaba mi cansancio. Él se llevó la botella a la boca, dándole un pequeño trago, y luego me observó con una sonrisa torcida. —"Ahora nos llamamos por los apellidos, eh, Mellark"— comenzó burlonamente, dio unos pasos adelante. —"Pero sabes, hay algo que siempre ayuda a relajarte"— terminó, levantando la botella hacia mí, una invitación tácita. Solté un suspiro, un aliento pesado que se mezcló con el aroma a alcohol en el aire, pero lo pensé mejor. Un poco de whisky no me haría daño, además, el pan ya estaba hecho y tenía una plática pendiente desde el hospital con él. Así que me levanté y me acerqué, pasando a un lado de él y tomando la botella de su mano, mientras me dirigía al elevador. Como supuse, él estaba a mis espaldas, siguiéndome o tal vez siguiendo su preciada botella; fuera como fuera. Ya cuando llegué al elevador, él se acomodó adentro, recargándose en la pared, mientras presionaba el botón de la azotea. Todo el trayecto fue un silencio sepulcral, un silencio de esos que pesan, cargado de pensamientos no dichos. Ya cuando llegamos y nos sentamos en la banca que compartí ya varias veces con Katniss, le di un fuerte trago a la botella sin pestañear. El calor del alcohol me raspó la garganta, quemando el camino hacia mi estómago, y rápidamente me sentí relajado. No era la solución, pero por un momento, el peso de mis preocupaciones se aligeró. —"¿Verdad que ayuda?"— preguntó él, mientras me arrebataba la botella de la mano con un movimiento rápido. El gesto era tan familiar, tan de Haymitch. —"Más que ayudar, es peligroso"— contesté, ajustándome mejor en el asiento, el cinismo goteando de mis palabras. —"¿Por?"— cuestionó él, dándole otro trago a la botella, el sonido del líquido al pasar por su garganta era casi un eco de su propia desesperación. Levanté una ceja con obviedad, una sonrisa irónica asomándose. —"Porque no quiero acabar como tú"— solté, la burla apenas velando la verdad. Para mi sorpresa, él solo se rio, una risa ronca que no llegaba a sus ojos. —"Ese es el problema, chico, ya eres como yo, solo te faltaba una botella en la mano, ¿o acaso no lo ves?"— regresó, entre risas que sonaban más a lamentos. No pude evitar que una sonrisa amarga se me escapara por la cruda verdad en sus palabras. Él era un hombre roto por el Capitolio, y yo, a mi manera, también lo estaba. Estiré mi mano, arrebatándole la botella de vuelta y dándole un trago. El líquido quemó, pero la amargura de la verdad era más potente. —"Supongo que es verdad, ¿no? ¿Incluso cuando se trata de ellas?"— pregunté, la referencia a Effie y Katniss, y a nosotros, era tan obvia. Noté cómo se tensó por la pregunta; su rostro se volvió serio, casi melancólico. Esta vez le pasé la botella. Él la tomó, pero en vez de beber como supuse, la acomodó tranquilamente en el suelo, entre ambos. Sus ojos grises se volvieron hacia el cielo ya nocturno. —"No importa lo que hagas, este mundo te romperá de una u otra manera"— susurro, su voz, por primera vez, tranquila, casi delicada, haciéndome prestarle mi completa atención. Sabía que esto era algo muy raro en él; tal vez el hecho de que nos parezcamos tanto, de una u otra manera, creaba este extraño vínculo de respeto mutuo, una comprensión tácita. —"Pero lo peor es que a veces lo que más deseas está enfrente de ti esa felicidad, que te hace sentir vivo, completo, pero tienes miedo de tomarla porque sabes que la destruirás de una u otra forma. Esa es la clase de persona que somos, Peeta"— concluyó. Su declaración, tan sincera y desoladora, me golpeó con una intensidad que me desarmó completamente. Era como si hubiera desnudado mi propia alma con sus palabras, revelando un miedo que yo mismo apenas me atrevía a reconocer, un miedo que se aferraba a la idea de que la felicidad era una trampa, siempre a punto de desvanecerse. La verdad era un puñal, pero la vida me había enseñado que nada estaba escrito, que las cosas no siempre tenían que terminar de la misma manera. Que la felicidad estaba al alcance de aquellos que estaban dispuestos a perseguirla. Una oportunidad que a mí se me negaba, con la sombra de mi propia muerte cerniéndose cada vez más cerca. Pero Haymitch, él aún tenía esa posibilidad, y por el respeto que le profesaba, por la cruda honestidad que nos unía, le respondí con una convicción que me sorprendió a mí mismo. —"Es verdad lo que dices, Haymitch"— admití, mi voz más suave de lo esperado, pero firme. —"Pero eso no significa que deba ser siempre así. Todos tenemos el derecho de intentar ser felices. Yo no tendré esa oportunidad, Haymitch, de intentar, de aprender, porque mi tiempo se agota. Pero tú, tú todavía puedes luchar, ¿lo entiendes? Porque esto"— tomé la botella del suelo, alzándola entre nosotros, el cristal tintineando con un eco hueco. —"Puede ser una salida rápida al dolor, y no me malinterpretes, hasta yo aprecio un buen whisky"— se la entregué, y él la tomó, sus ojos fijos en el ámbar líquido, como si buscara respuestas en su profundidad. —"Pero ambos sabemos que no es la solución. Effie te quiere, Haymitch. Lo sabes tan bien como yo. No por nada ha soportado, ¿qué?, los últimos veinticinco años de su vida a tu lado. Si fuera una mujer cualquiera del Capitolio, una de esas que solo buscan el brillo, ya te habría abandonado hace mucho"— él me interrumpió, su voz, un rugido ahogado. —"¡No me vas a sermonear, niño!"— sus ojos, inyectados en sangre por la mezcla de alcohol y una emoción cruda, me mostraron una desesperación que rara vez permitía ver. Pero no cedí. Continué, mi voz firme, inquebrantable: —"La felicidad está ahí enfrente de ti, pero no quieres tomarla. Pero si eres lo suficientemente egoísta para perderte en la botella mientras esa felicidad solo te observa destruirte cada vez más, y no digas que no lo entiendo. Sé perfectamente lo que el Capitolio es capaz de hacer con aquellos que no siguen las reglas"— terminé con mi mirada fija en él, ambos en una lucha de voluntades, pero sabía que mis palabras llegaron a él por la forma en que se empinó la botella con odio contenido, derramando un poco en su barbilla, antes de regresar su mirada a mí. —"¿Y qué pasa si fallo?"— preguntó, pasándome la botella de vuelta. La acepté y le di un trago más moderado que él. Para contestar con otra pregunta, una que esperaba lo golpeara con la misma fuerza que a mí: —"¿Acaso pensabas de esa manera cuando estuviste en la arena?"— Entonces él me miró directamente, y la comprensión, lenta y dolorosa, llegó a él. Esperaba que este intercambio moviera algo en él; me escuchó en el tren y accedió a ayudarme, era lo menos que podía hacer. Pero no era mi lucha para pelear, solo quería darle un empujón e intentar que no se quedara estancado. Pero no era solo eso. Sabía que, una vez Katniss ganara los Juegos, los problemas para ella apenas comenzarían y Haymitch podía ayudarla. Un escalofrío helado me recorrió la espalda al pensar en el abismo en el que se vería envuelta. La cruda verdad que los vencedores debían enfrentar, esa que siempre intentaba ignorar. Sin dudarlo, empiné la botella, imitando el gesto de Haymitch de hacía un momento, buscando ahogar esos pensamientos. El ardor en mi garganta me hizo fruncir el ceño, pero era un dolor bienvenido, una distracción. Se la entregué a Haymitch, quien la tomó sin decir palabra, sus ojos fijos en el horizonte. —"Haymitch"— susurré su nombre, la voz apenas un hilo, cargada de una rabia contenida que no iba dirigida a él, sino al sistema que nos devoraba. Su mirada se clavó en la mía, una señal de que había captado la urgencia. —"Prométeme que cuidarás de Katniss. De los 'trabajos' que un vencedor tiene que hacer"— la frase salió como una sentencia, y lo vi congelarse, el whisky olvidado en su mano. Su rostro se puso pálido. —"¿Sabes acerca de eso?"— susurró, su voz llena de asco contenido. Yo solo pude asentir lentamente sin apartar mi mirada de él. Él tomó un fuerte trago, el líquido raspándole la garganta. —"Entonces sabes que no puedo hacer nada"— respondió, sonando resignado, cansado, como si el peso de años de batallas perdidas se acumulara en sus palabras. Y si era verdad, tal vez estaba pidiendo demasiado, si no hubiera algo a su favor. Le quité la botella y bebí lo que restaba de ella. —"Si lo sé, lo entendería de alguien que no tiene recursos, pero Katniss los tendrá. Para ser más exactos, diez millones de rublos"— solté, la ironía goteando de cada palabra. Se quedó meditando, sus ojos grises fijos en algún punto más allá de mí, antes de que una risa real y sincera brotara de él, una risa que estaba seguro de que nadie había escuchado en mucho tiempo, una risa que me llenó de una extraña satisfacción. —"Eres un maldito genio, chico"— comentó, mientras para mi impresión, sacaba una botella de vodka de su abrigo, un gesto que me hizo sonreír, sabiendo que mi plan, al menos en parte, podría funcionar. Él destapó la botella con una energía renovada, para rápidamente pasármela. La verdad, los efectos del alcohol ya estaban presentes en mí, pero queriendo olvidarme de todo un momento, los planes, las dudas. Vaya que soy un hipócrita Tome la botella y dándole un trago. Este me quemó mucho más que la bebida anterior.| Haymitch, al parecer, también ya estaba cediendo al alcohol, porque me dio unas palmadas en la espalda para decir: —"Eso es, chico, ya me hacía falta un compañero"— para después empinarse la botella él. —"Solo esta noche, Haymitch. Pero antes déjame usar tu teléfono para decir a Effie que el pan está listo en el horno para que lo saque"— él no dudó ni un segundo, entregándomelo. Después de que hablara con ella y le diera instrucciones del pan, regrese mi vista a Haymitch que tomaba tranquilamente. —"¿Qué te dijo?"— preguntó, con una calma que no le era habitual, casi como si el alcohol hubiera suavizado su aspereza. Le entregué el teléfono, aprovechando para quitarle la botella. —"Solo dijo que estaba bien, que no la esperáramos para cenar"— contesté, dándole un nuevo trago a la botella antes de devolvérsela a Haymitch. —"Por cierto, me informaron que tuvieron una nueva pelea en la sala de entrenamiento y que los despacharon antes de tiempo, ¿qué sucedió? Y no me digas que dejaste a otro tributo casi en coma"— comentó, su tono aburrido, pero con un deje de curiosidad que no se molestaba en ocultar. Yo solo levanté la mano, haciendo señas de que no era nada importante. —"Solo los profesionales intentando intimidar. No pasó nada relevante; molestaban a Katniss y Rue, llegué con Finn y las defendimos. Fin de la historia"— concluí, como si fuera un asunto trivial, para recibir la botella de Haymitch. Él se aclaró la garganta, ya ronca por el vodka. —"Pues escuché hoy en el bar que hay dos equipos muy interesantes, al parecer uno de carreras y otro de un convicto con sus niños y su novia"— dijo, burlonamente, con una sonrisa torcida. Yo solo me encogí de hombros, sin darle más importancia. No sé cuánto tiempo duramos allí, bajo el cielo estrellado del Capitolio, intercambiando palabras que se perdían entre las risas ahogadas y los sorbos de la botella que nunca dejaba de circular entre nosotros. (POV Katniss) Me sentía incómoda con esta cosa encima. El prototipo de vestido que Cinna tenía era precioso, sí, pero tenerlo puesto era otra cosa. Además, mi mente seguía fija en la barra de la cocina, con el pan. Las preguntas me golpeaban la cabeza sin tregua, martilleando mis sienes. ¿Cómo diablos un pan del Capitolio terminó en el Distrito 12? Según Peeta, era algo exclusivo y, por ende, lujoso, carísimo. Hasta este día seguía buscando al niño de ojos azules, forzando mi memoria, pero era como si su rostro estuviera oculto tras una niebla, y solo sus ojos, de un azul inconfundible, permanecieran allí. ¿Cuántos jóvenes de ojos azules no hay por ahí, en todas partes? Aunque, ahora que lo pienso, eso explicaría su ropa extraña. ¿Entonces mi niño del pan era del Capitolio? Y si era así. ¿Qué estaba haciendo en el Distrito 12? Nunca escuché nada de que los capitolinos visitaran Distritos, tal vez los más ricos como el 1 o el 2. Pero ¿por qué demonios estarían en el 12, donde no había nada más que miseria y carbón? La frustración me quemaba por dentro. Me controlé, me obligué a concentrarme. La verdad era que tenía una nueva pista del niño del pan, una que me carcomía las entrañas. Sentía una bola de ansiedad en el estómago, un nudo apretado. Solo quedaba un día para entrar a la arena, y seguía sin poder agradecerle a aquella persona que me dio esperanza, que no solo me salvó a mí, sino a mi familia con su acto de bondad. Entonces, una idea se me vino a la mente, una chispa de audacia que casi me asustó. ¿Y si lo hacía público mañana, durante la entrevista? De esa manera, fuera quien fuera, sabría que estaba agradecida. Si era un capitolino, estaba segura de que amaría los reflectores que tendría por unos momentos gracias a mi agradecimiento. Pero mentiría si dijera que no me gustaría intercambiar palabras frente a frente, ver quién era, pero debido a la situación. ¿Qué otra opción tenía? Solté un fuerte suspiro contenido, el aire quemándome los pulmones, resignada a mi plan. Cinna se detuvo, observándome atentamente. —"Te noto muy tensa, cariño, ¿estás bien? ¿O pasó algo en la cocina con Peeta?"— preguntó amablemente, dejando sus utensilios en el escritorio. Mi instinto primario fue negar, cerrar la boca como siempre, pero desde que conocí a Cinna, él parecía alguien real, no un loco del Capitolio con sus ideas extravagantes. Tal vez hablar con alguien sobre lo que me atormentaba podría darme un nuevo enfoque, y de todas las personas a mano, Cinna sería sin duda la mejor opción. —"Sí, pasó algo que me tiene la cabeza hecha un lío"— respondí, mi voz baja y tranquila, cargada de una confusión que no podía ocultar. Él pareció interesarse rápidamente, animándome a continuar con la mirada. —"Me enteré de que alguien muy importante para mí, podría estar aquí en el Capitolio"— mi voz, un murmullo lleno de vergüenza, captó su atención aún más, si eso era posible. —"¿Y este alguien es importante por?"— preguntó amablemente, manteniendo la voz al mismo nivel que la mía, como si compartiéramos algo secreto. Eso me dio la confianza para soltarlo, sin rodeos, aunque solo por encima. —"Cuando tenía diez años, un acto de bondad nos salvó, a mí y a mi familia, de una muerte segura"— espeté, sin querer entrar en más detalles. Cinna asimiló mis palabras, cruzándose de brazos con una mirada perpleja. —"¿Y estás segura de que está aquí?"— volvió a preguntar, su voz suave, pero con un matiz de incredulidad. Solo pude asentir lentamente, una convicción fría asentándose en mi estómago. Tenía que ser así. —"Solo queda un día antes de la arena, Cinna, y necesito saldar esa deuda antes de que sea demasiado tarde. No tengo ni idea de quién es o cómo es. Por eso, llegué a una conclusión: mañana, durante la entrevista, hablaré del tema. Le agradeceré desde ahí"— dije, la idea ya grabada a fuego en mi mente, inamovible. Cinna solo asintió, pensativo. Después se movió, acercándose a mí y tomándome de los hombros con ambas manos. Una pequeña sonrisa asomó en sus labios. —"Sin duda eres una chica especial, Katniss. Creo que es algo muy dulce de tu parte pensar en agradecer la ayuda a un desconocido por algo que sucedió hace tanto tiempo, y hacerlo de manera pública, por algo que podría ser vergonzoso para muchos. Y el hecho de que lo hagas no porque quieras llamar la atención, sino porque no encuentras otra salida posible, solo lo hace aún más real. No puedo negar que eso te dará muchos puntos a ojos de las personas del Capitolio"— dijo, como siempre, amablemente. Puntos a los ojos de las personas del Capitolio, Eso no era lo importante. Lo importante era sacar este sentimiento de mi pecho, pero la duda era cómo podría hacerlo. Las palabras no eran lo mío. —"Y sé que para ti es difícil hablar de algo tan personal con las personas y más si se trata de algo tan íntimo"— señaló él, dándome un pequeño apretón en los hombros en señal de comprensión antes de soltarme y volver a su posición original. Solo pude sonreír con ironía ante la cruda verdad de sus palabras. —"Justamente ese es el problema"— solté, mi voz cargada de frustración, casi un gruñido. —"¿Cómo puedo hacerlo sin sonar robótica en el escenario?"— pregunte ya dudando de mi plan. Si lo hago así, todos pensarán que es por puntos, como dijo Cinna, e incluso la persona detrás del pan podría creerlo. Dios, qué complicado. Odio que la cosa más necesaria aquí en el Capitolio sea mi peor debilidad: lo social. No sé fingir, no sé sonreír sin que parezca una mueca. Es una tortura. —"Pero tú no suenas así, míranos, estamos manteniendo una plática muy real aquí. Solo tienes que imaginarte que estás hablando con alguien con quien puedas abrirte, ignora a los demás, solo concéntrate en esa persona y saldrá tu yo real"— aconsejó, dejándome una vez más meditando mientras él reanudaba su trabajo. Su consejo era simple, pero la idea de aplicarlo en el escenario, bajo miles de ojos, me oprimía el pecho. ¿Con quién podría hablar así? La imagen de Prim, de Gale, de Peeta incluso, cruzó mi mente. Quizás, solo quizás, había una forma. —"Muchas gracias, Cinna, por escuchar e intentar ayudarme"— agradecí, simplemente. Terminó de ajustar una parte del vestido para después girarse conmigo hacia un espejo. Se paró a mi lado. —"Sé que lo resolverás, porque "— comenzó, su voz baja, para señalar mi propio reflejo. —"Cuando te veo, veo a una vencedora, y sé que lo lograrás. Como estilista no puedo apostar por ti, pero si pudiera, ni lo dudaría"— terminó para alejarse. Mi mirada se quedó en mi reflejo, y no pude evitar notar la abismal diferencia que había en mí, en comparación con la chica asustadiza que llegó al Capitolio. Ya no era solo la niña del carbón; había algo más, una chispa que antes no veía, una fuerza que empezaba a crecer. No era una transformación completa, pero era un inicio, un atisbo de lo que podría llegar a ser si lograba sobrevivir. Después de eso, Cinna me ayudó a quitarme el vestido, para decirme que todo estaba listo. Mañana tendría una prueba más antes para cerciorarse de que el vestido funcionaría como era esperado. Más fuego. Solo asentí, dejándolo a solas, despidiéndome con un "hasta mañana". No sabía qué horas eran realmente, pero ya era de noche, así que dudaba que hubiera cena grupal. Comencé a bajar por la escalera cuando el chillido enojado y frustrado de Effie llenó toda la habitación: —"¡Haymitch Abernathy, estás borracho!"— haciéndome sonreír. No había ninguna novedad ahí, pero no me perdería un regaño de Effie y la humillación de Haymitch, así que apresuré mi paso. Pero cuando llegué al final, me quedé congelada, porque no solo Haymitch se veía más alegre que de costumbre, sino también Peeta, que solo sonreía de una manera tan extraña, tan relajada, como si nada le afectara. La voz de Effie no hizo más que confirmar mis peores sospechas. —"¡Tú también estás ebrio, Peeta!"— chilló, su rostro un tomate de pura furia. —"¡Por Dios, Haymitch, esto es lo peor que has hecho desde siempre!"— Haymitch, sin borrar su estúpida sonrisa, se acercó a Effie, tambaleándose ligeramente. —"Pero, nena, solo estábamos platicando en la azotea, no hicimos nada"— se excusó, y mi asombro creció al ver que Effie no se contuvo. Su voz, ahora helada, me recorrió la espalda como un escalofrío. —"Haymitch, mañana es la prueba de habilidad y Peeta tendrá la resaca de su vida. ¿Cómo se supone que demuestre su valía si está vomitando en todas partes?"— Su reproche hizo que Haymitch se quedara pensativo por un segundo, un raro momento de silencio en su embriaguez. Pero Peeta, con su voz arrastrada por el alcohol y esa sonrisa estúpida que me empezaba a irritar, intervino. —"No pasa nada, Effie, estaré bien, ya verás, no pasa naaaada"— su insolencia, su despreocupación, me dio ganas de golpearlo. ¿Cómo podía ser tan irresponsable? Mañana era crucial, y él se comportaba como un niño. Idiota. Sentí un nudo de frustración apretarse en mi garganta. Effie soltó un suspiro que arrastraba años de exasperación, su voz, baja y amenazante, cortó el aire. —"¿Cuánto tomaron?"— La pregunta, áspera, me sorprendió. Pero mi atención se clavó en los dos hombres, Peeta y Haymitch, de pie uno junto al otro. Al instante, Peeta, con una estupidez infantil, comenzó a contar con los dedos. Mi enojo crecía con cada dedo que levantaba. Se perdía una y otra vez en la cuenta, un espectáculo patético. Finalmente, con una torpeza exasperante, soltó: —"Teníamos una botella de whisky y una de vodka, pero cuando se terminaron, bajamos por otra. Así que son cinco en total"— lo dijo con una sonrisa estúpida, levantando la mano y mirándola como si fuera la cosa más fascinante del mundo. Haymitch, con su voz empalagosa de borracho, interrumpió: —"Buenas matemáticas, compañero"— chocaron las manos, como dos idiotas celebrando su propia estupidez. Ni siquiera me di cuenta de que ya estaba junto a Effie, imitando su postura, con las manos en las caderas y la misma expresión de tristeza mezclada con furia. Y no me contuve. Mi preocupación, convertida en pura rabia, salió a flote y le grité, con la voz tan afilada como mis flechas: —"¡Qué demonios estabas pensando, Peeta! ¡Mañana es el día más importante de todo este espectáculo de porquería y tú, tú te pones ebrio con Haymitch! ¡¿Qué demonios cruza por tu cabeza?!"— Mis ojos ardían, demostrando toda mi maldita frustración del momento. Pensé que me escucharía, que se sentiría triste o culpable, cualquier cosa menos lo que hizo. Una sonrisa extraña de su parte, un brillo descarado en sus ojos vidriosos, antes de golpear con el codo a Haymitch. —"¿Ves? Te dije que mi chica se ve hermosa cuando se enoja"— soltó, su voz arrastrada por el alcohol, pero con un tono de orgullo tan descarado que me hizo hervir la sangre. Haymitch negó con la cabeza, con una mueca. —"No, no y no, ya te dije que mi chica tiene esa aura refinada. No tendré esta discusión otra vez contigo"— soltó, con una ternura inesperada mientras veía a Effie. Las dos, sin poder evitarlo, nos sonrojamos, en parte por el enojo que nos carcomía, pero también por esos cumplidos tan absurdos y fuera de lugar. Abrí la boca, lista para soltarles una parte de mi mente, pero la mano de Effie se levantó, cortándome. Su voz, ahora teñida de un matiz siniestro que me heló la sangre, me detuvo. —"No pierdas tu tiempo, Katniss, no lo entenderán. Por ahora, llevémoslos a sus habitaciones. Mañana disfrutaremos viéndolos sufrir"— soltó, y tomó a Haymitch por la mano, arrastrándolo con una fuerza sorprendente. —"Vamos, te llevaré a tu habitación, Haymitch"— dijo, alejándose con él. Antes de que desaparecieran en la esquina, la voz de Haymitch me llegó, melancólica y dolorosa, casi un lamento: —"No te enojes, Effie, el chico lo necesitaba, yo lo necesitaba"— mi mirada regresó a Peeta, quien seguía con esa estúpida sonrisa pegada al rostro, una que me irritaba hasta la médula. Solté un suspiro, un aliento cargado de resignación y frustración, y copié a Effie, tomándolo del brazo y arrastrándolo hacia su habitación. Se dejó guiar tranquilamente. Abrí la puerta y lo empujé a la cama. Empecé a quitarle los tenis. Cuando terminé, solté un resoplido. Un "duérmete" salió automático de mi boca, con la intención de irme a mi propia habitación. Pero su mano, rápida como un rayo, tomó la mía, deteniéndome en seco. La frustración me invadió y me giré para encararlo. Sin embargo, me encontré con su mirada seria, perdida en el vacío. La sonrisa se había borrado de su rostro, y con ella, mi propia frustración se desvaneció. —"No te vayas, por favor. Quédate esta noche conmigo"— soltó de repente, su voz aún ronca, pero con una sinceridad que me golpeó. Sentí mi corazón latir con fuerza, porque en sus ojos, antes vidriosos, ya no veía la embriaguez, sino una súplica cruda, nacida del corazón. —"Por favor, Kat. Te necesito"— volvió a decir, su voz quebrada, casi un lamento. Mi mente se debatió en un conflicto: una parte de mí anhelaba quedarse, mientras la otra, mi voz más sensata, me gritaba que dijera que no y me fuera. Además, la rabia por su estupidez de hoy me quemaba por dentro. ¿Por qué Peeta, porque necesitaba esto?… Así que, con un suspiro de resignación, simplemente me quité los tenis y me acosté a su lado. Él, con un movimiento torpe, se acomodó mejor. —"Lo siento, de verdad sé que hoy te decepcioné"— murmuró. Era una disculpa vacía, y él lo sabía, a pesar de su estado actual. Nunca había tratado con una persona ebria, más allá de mi reciente y caótico encuentro con Haymitch. Pero Peeta, a pesar de su evidente embriaguez, parecía retener un hilo de decencia, una fragilidad que me desarmaba. —"Pero no mentía cuando dije que te ves hermosa cuando te enojas, la forma tierna en que frunces el ceño, Dios"— soltó, su voz un murmullo ronco. Buscó mi mano en la oscuridad hasta encontrarla, y un escalofrío me recorrió al sentir su toque. La idea de huir, de escapar de esa intimidad, regresó a mi mente. Pero entonces, el silencio se instaló, roto solo por su respiración profunda y constante. Y allí, con nuestras manos unidas en la oscuridad, cerré los ojos, dejando de lado mis preocupaciones, permitiendo que el sueño me arrastrara.
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