ID de la obra: 683

La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
En progreso
3
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planificada Maxi, escritos 524 páginas, 192.901 palabras, 29 capítulos
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La piedra y la estrella

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Capítulo 27: La piedra y la estrella

(POV Peeta) El silencio solo era interrumpido por el leve goteo del exterior. Más allá de eso, la quietud se extendía como si no existiera nada más en el mundo. Como si la arena se hubiera detenido solo para nosotros. Katniss dormía apoyada sobre mí. No hicieron falta palabras, solo un entendimiento tácito desde que llegué y la encontré allí, arrodillada en el sitio donde Rue se había ido. No sé cuánto tiempo pasé abrazándola, guardando silencio, hasta que la oscuridad nos obligó a cambiar de posición para que pudiera descansar. Sabía que esto pasaría; me había mentalizado para ello. El Capitolio siempre jugaría a hacernos creer que existía una oportunidad real, cuando la verdad es que nunca la hubo. Aun así, estaba dispuesto a intentarlo, por más bajas que fueran las probabilidades. Pero me dolía verla a ella así, atrapada en esa espiral de sufrimiento que no parece tener fin. No se trataba solo de Rue, lo sabía perfectamente. Era todo lo demás. Yo incluido. Cuando le prometí que yo terminaría cargando con todo al final, fue una mentira. Una de mis tantas ficciones. Ahora veía con una claridad amarga que ella sería quien realmente terminaría cargando con el peso de todo este desastre. Me pasé la mano por el rostro, agotado. Aún no encontraba la forma de contarle lo de Finn. Al parecer, Rue y él se marcharon al mismo tiempo, y esos bastardos solo detonaron un cañón más largo para confundirnos. O quizás solo para estirar el suspenso. Más espectáculo. Más dolor. Siempre la misma fórmula. No sabía cuánto tiempo nos quedaba de ahora en adelante, pero tenía la certeza de que ya estábamos en la recta final. El tablero se estaba quedando vacío. Solo quedaba Marvel por ahí. Estaba lastimado y completamente superado, una presa fácil si lograba acorralarlo. Bajé la mirada para observar el rostro de Katniss en la penumbra. Un malestar punzante me golpeó el pecho. Ahora vendría la parte más difícil de mi plan: cómo lograr que mi muerte cuente como una victoria suya. Necesitaba que ella pudiera cobrar la recompensa por mi cabeza, que el Capitolio pagara su libertad con mi final. Tomé su mano y le di un pequeño apretón; ella respondió apretándola de vuelta de forma inconsciente. Una sonrisa amarga se formó en mis labios por esa reacción tan natural, tan suya. Pero ese breve momento de alivio fue sofocado al instante por un intenso dolor en el pecho. Era un vacío que me obligaba a sonreír con cinismo. No solté su mano; me permití el lujo de acariciarla levemente, sintiendo cómo el ardor empezaba a picarme en los ojos. No es momento para sentimentalismos, Peeta. Concéntrate. Me regañé internamente mientras apoyaba levemente la nuca contra la roca fría de la cueva. Aun así, el vacío no se marchó; solo creció, obligándome a mirarla de nuevo. Mi mente, traicionera, me arrastró de vuelta a la Sala de Justicia en el Distrito 12. A sus ojos grises llenos de pánico en aquel pasillo, cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Recordé su rostro bajo ese mar de estrellas, con el viento del tren a toda velocidad agitando su cabello. La recordé sonriendo gigantemente mientras giraba sobre sí misma con la raqueta de ping-pong en la mano, celebrando mi derrota con una alegría que no creí posible en ella. Recordé la sensación de mis dedos entrelazados por primera vez con los suyos, su voz llamándome, su aroma a bosque y humo, el sabor de sus labios… Sentí algo caliente bajar por mi mejilla, pero no me molesté en limpiarlo. Porque por primera vez en muchos años, sentía algo que había aprendido a desconocer. Miedo por mi propia vida. Miedo a morir. Porque ahora, después de todo, ella estaba en mi vida y yo no quería dejarla sola. Pero tengo que hacerlo. No pasé por todo este infierno para terminar siendo un cobarde justo al final. Sacudí las ideas y los recuerdos de mi cabeza, desechándolos como distracciones que eran. Me concentré en adivinar el siguiente movimiento de la arena. Marvel no vendría a buscarnos ni por asomo; sabe perfectamente que puedo liquidarlo sin el menor esfuerzo. Los vigilantes tendrán que forzar la situación para conseguir ese final épico que tanto ansían. Algo que les dé el espectáculo que su público, sediento de morbo, exige. Podría ser mañana por la noche. Si es así, recurrirán a los mutos. Dudo que envíen humanoides de algún tipo; para mí serían objetivos demasiado simples, y ellos conocen de sobra mis capacidades. Tal vez animales. Alguna aberración de laboratorio. En ese caso, tendríamos que buscar un lugar donde hacernos fuertes para protegernos. No. Intentarán que nos encontremos con Marvel. Dudo que permitan que muera a manos de un muto cuando pueden hacer que yo lo ejecute frente a las cámaras. Y después de eso, usarán a las criaturas para empujarnos al límite, para ponernos al uno contra el otro. A Katniss contra mí. Mis ojos se abrieron de par en par cuando una idea cruzó mi mente. Sí. Eso es. (POV Katniss) La luz se filtró por mis párpados y me obligó a abrir los ojos. Los rayos del sol ya entraban por el hueco de la cueva. No me moví. El cuerpo de Peeta debajo del mío era lo único cálido en este lugar. Mi cabeza todavía daba vueltas. Rue. Pensar en ella dolió. Fue como pisar una espina; un pinchazo seco que me recorrió entera en un segundo. Su respiración suave sobre mi cabeza me calmó un poco. El hecho de que estuviera ahí para mí, sin decir nada, impidiendo que me hundiera más de lo que ya lo había hecho. Sin palabras. Sin críticas ni consuelos baratos. Solo me sostuvo, igual que yo hice con él. Sin él, me habría vuelto loca. Tenía mil preguntas sin respuesta, pero sentí que no necesitaba que me explicara nada. Miré su rostro relajado y bajé la vista hacia su mano sobre la mía. ¿Cómo podían unas manos tan manchadas de sangre sostenerme con tanta delicadeza? ¿Cómo podía alguien con su pasado ser tan cálido? No es un malvado, ni un cretino. No es así. Siempre trató a todos con respeto; nunca lo vi ser cruel porque sí. Portia, Cinna, Effie, Haymitch. Conmigo misma. Lo que había visto en él no era un disfraz. No era una máscara. No podía serlo. Eran estos momentos de tranquilidad los que me lo recordaban. Este era el Peeta real, no la fabricación del Capitolio. Después de lo de ayer, por fin entendía que el Capitolio solo vive de crear falsas esperanzas. Y si pueden inventar esperanzas, también pueden fabricar monstruos. Aun así, no deja de doler verlo. No deja de asustarme. Sentía que, si salía de esta arena sin él, no sería como perder una parte de mí, como ocurrió con Rue. Apreté con fuerza la camisa de Peeta. No; sería como si yo misma no hubiera salido nunca de la arena. Es un sentimiento que no entiendo y no sé si quiero entenderlo. Pero qué más da. Ya está ahí. Solté un suspiro. No puedo pensar en eso ahora. Me fijé en las flechas apoyadas contra la pared y empecé a contarlas. Solo quedaban diez. Más que suficiente… si no fallaba. Tal vez debería salir y cazar algo. Mi estómago gruñó; en otra situación, el ruido me habría hecho sonrojar. El bosque me ayudará a despejarme. Dejaré que Peeta descanse; lo más probable es que pasara toda la noche haciendo guardia. Apoyé una mano para impulsarme y levantarme, pero toqué algo húmedo en el suelo. Me puse en pie y alcé la mano para verla. Espera. ¿Es... sangre? El pulso se me aceleró cuando bajé la vista para examinar el suelo debajo de Peeta. —"¡Peeta!"— Grité al instante. Se despertó de golpe y se puso en pie. Su rostro, ahora más afilado, analizó la zona mientras me arrastraba detrás de él para protegerme. —"¿Qué pasa?"— Preguntó rápido, pero mis ojos solo estaban fijos en su espalda. —"¿Katniss?"— Ignoré su tono de duda. Él se giró para mirarme. Tenía un tajo enorme y horizontal cruzándole la espalda; la sangre estaba seca. Se me revolvió el estómago. ¿Por qué no dijo nada? Me encontré con sus ojos. Su cara de confusión me habría hecho sonreír en otro momento, pero ahora solo lo agarré del brazo. —"Siéntate y quítate la camisa"— ordené, soltándolo para buscar el frasco de pomada que mandó Haymitch. No le importa su salud. Ese pensamiento hizo que regresara la sensación de antes, pero la aplaqué concentrándome en curar la herida. Había algo sangre en el suelo. Debería sentirse débil, pero se había levantado como si nada, listo para enfrentarse a lo que fuera. —"Ya se me había olvidado"— mencionó, dejando la camisa a un lado. Y le creía; se había quedado dormido apoyado sobre su propia herida. No sé cómo lo hace, cómo puede desconectarse de esa manera. Abrí el frasco y me senté detrás de él. El tajo no parecía infectado, lo que me tranquilizó, pero tenía que dolerle a rabiar. —"¿Cómo pasó?"— Pregunté, cogiendo un poco de pomada. —"Thresh"— fue su única respuesta. Me dejó con la mano extendida a centímetros de su piel. La cabeza. La sangre. Aparté esas imágenes y apoyé la mano sobre la herida, despacio, intentando no apretar. —"Hay demasiada sangre seca. Necesito agua para limpiar esto primero"— le dije, dejando el frasco en el suelo. —"Eso pensé. Ve a por agua y algo de comer. Mientras, yo encenderé el fuego y luego sigues con esa cosa"— dijo. Se puso en pie, se giró hacia mí y me tendió la mano. La acepté para levantarme. —"Está bien. Es buena idea. No creo Marvel y Finn anden cerca después de lo de ayer"— afirmé, agarrando el arco y las flechas. Me giré al notar su silencio repentino. Estaba mirando al suelo, pensativo. Quizás le había hecho daño sin querer al tocarlo. Puede ser duro, pero no es de piedra. —"Ya solo queda Marvel"— lo oí decir mientras giraba la cara hacia un lado, cortando mis pensamientos. ¿Solo Marvel? El impacto de sus palabras me golpeó de lleno. Tuve que apoyarme en la pared de la cueva para no perder el equilibrio. No. Finn no. Entonces me asaltó otra idea. Levanté la vista hacia Peeta. Él sostuvo mi mirada; no intentó evitarla. —¿Tú...? —No pude terminar la frase. El miedo a la respuesta me dejó helada mientras mi mano se cerraba con fuerza sobre el arco. Lo vi bajar la cabeza y sentí el gesto como un puñetazo en la cara. —"No. Marvel lo usó hasta el final"— respondió por fin. El aire volvió a entrar en mis pulmones de golpe. Salí del estado deshocky me acerqué a él. Lo abracé. Peeta no respondió al principio; se quedó allí, inmóvil. Daba igual cuánto fingiera que no le dolía; yo sabía que Finn le importaba. Si no fuera así, no lo habría rescatado, no se habría molestado con él ni estaría ahora tan afectado. Toda su vida consistía en ocultar el dolor para protegerse. Ya no más. Sentí cómo sus brazos me rodeaban despacio. Como si fuera la primera vez que lo hacía de verdad. Ahora caminamos juntos. (POV Prim) Deslicé mi mano sobre la cabeza de Lady. La cabra se giró para mirarme, como si pudiera sentir el peso de mi tristeza. Después de lo que pasó ayer en la plaza, corrí de vuelta a casa y me encerré en mi habitación. No quería ver a nadie. Me sentía como una tonta por todo lo que grité. Desconfié de Katniss y, lo peor de todo, lo hice frente a todo el mundo, dándole de qué hablar a los chismosos del Distrito. La puerta trasera de la casa rechinó y Mamá salió para sentarse a mi lado mientras el sol se ocultaba a lo lejos. —"¿Cómo está?"— Susurré, jugando con una hoja seca del suelo mientras Lady intentaba morder un poco de pasto que crecía en una grieta. La escuché suspirar —"Está bien"— me respondió. —"Está descansando con él"— añadió en voz más baja, como si la idea fuera demasiado para ella. Como lo es para mí. Apreté la hoja hasta romperla. No quería creerlo. Me negaba a pensar que a mi hermana de verdad le importara ese chico, Mellark. Y si era así, no podía ser algo real. Tenía que ser solo por la arena. Por el estrés o por el miedo. Cuando ella regresara, él solo sería un recuerdo y volveríamos a ser las de siempre. Ayer simplemente llegué a mi límite con lo de Finn y Rue… eso fue todo. Sentí la mano de Mamá en mi hombro y me giré hacia ella. Me dedicó una pequeña sonrisa que terminó de romperme por dentro. —"Yo… lo que dije ayer no era verdad. Solo no puedo entenderlo, me da mucha rabia"— solté de golpe, apretando el dobladillo de mi vestido con fuerza. —"Lo sé, cariño. Yo también me siento así, pero no dejo que eso nuble la confianza que le tengo a tu hermana"— dijo, acariciándome la espalda para calmar el nudo que tenía en el pecho. —"Tú lo sabes bien, Prim"— continuó, buscando mis ojos hasta que la miré. —"Katniss no se va a rendir. No lo hizo ni siquiera cuando yo misma me di por vencida, y gracias a ella estamos vivas"— terminó de decir mientras me atraía hacia ella para abrazarme. Cerré los ojos, sintiendo cómo me ardían las lágrimas. Tenía razón. Mi hermana nunca dejaría que nada se interpusiera entre ella y nosotras. Ni el Capitolio, ni la arena… ni siquiera un hombre como Peeta Mellark. —"Deberíamos entrar. Caesar dice que lo más probable es que todo termine esta noche"— las palabras de Mamá me trajeron de vuelta a la realidad. Un escalofrío me recorrió entera. Solo quedan tres. Katniss podría ganar esta noche. No; ella iba a ganar esta noche. Me puse en pie de un salto. Mamá se sobresaltó y se levantó también. La miré a los ojos, sintiéndome mucho más decidida. —"Sí, vamos. Tenemos que estar allí para ver a Katniss ganar"— dije, dándome la vuelta para abrir la puerta de casa. Esta noche, Katniss le pondrá fin a todo esto. (POV Peeta) No aparté la vista del sol hundiéndose en el horizonte. El día había transcurrido sin incidentes, y eso solo significaba una cosa: esta noche todo terminaría. Querían exprimir cada gota de nuestro drama mientras estuviéramos juntos para alimentar su morbo, pero no les daría ese gusto. Mi relación con Katniss me pertenecía a mí, no era un juguete para su entretenimiento. Tras el abrazo, ella salió a buscar comida y agua para limpiar mi espalda. Mi camisa ya era un trapo inservible, útil solo para quitar los restos de sangre seca. Lo que siguió fue un silencio reconfortante. No necesitábamos palabras; bastaba con apreciar los últimos restos de calma que nos quedaban antes de la tormenta. Pero la noche ya acechaba. Es el escenario perfecto para su espectáculo. Para el acto final. Ni siquiera imaginan el precio real de su espectáculo. Exhale despacio y bajé la vista hacia Katniss. Ella también observaba el atardecer, apoyada sobre mis piernas. —"Peeta… cuéntame algo. Como lo de las estrellas"— su voz rompió el silencio. Se acomodó mejor para poder mirarme directamente. Se me dibujó una sonrisa en el rostro. Volví a fijarme en el tono naranja del cielo, ese color que tanto me gustaba. Me aclaré la garganta y busqué su mano, entrelazando mis dedos con los suyos. —"Hace muchos años, había un pastor llamado Peeta..."— Empecé. Katniss arqueó una ceja, lo que me hizo darle un apretón cariñoso en la mano para que no me interrumpiera. —"...Peeta era tan pobre que no tenía familia ni hogar..."— Mencioné, ocultando el cinismo que me provocaba el simbolismo. Ella parecía concentrada en cada una de mis palabras. —"...Dormía bajo el manto de las estrellas mientras cuidaba a las cabras de su aldea..."— Sentí cómo se tensaba ligeramente al mencionar a los animales. Sí. Como la de tu hermana. —"...Su única posesión en el mundo era una piedra negra y lisa que había encontrado en el río cuando era niño..."— La sonrisa me salió sola, casi sin querer. —"...Para cualquier otro, no era más que un trozo de roca fría. Los otros pastores se burlaban de él. Le decían: '¿Por qué guardas eso con tanto celo? Ni siquiera es jade ni plata'..."— Fingí una voz gruesa y burlona; Katniss soltó una risita suave que vibró contra mis piernas. —"...Una noche, el cielo se cerró con nubes negras y una neblina tan espesa que Peeta no podía verse ni las manos. El frío era mortal y, lo peor de todo, una pequeña cría recién nacida se había perdido en el barranco..."— La miré con gravedad para recalcar la urgencia de la situación. —"...Peeta intentó buscarla, pero sin la luz de la luna o las estrellas, estaba ciego. Sabía que, si no encontraba a la cría, esta moriría de frío o caería al abismo. Desesperado, miró a la oscuridad y suplicó por un poco de luz..."— Me perdí un segundo en los últimos reflejos del sol. —"¿Y luego qué pasó?"— Exigió ella, apretándome la mano para reclamar mi atención. —"...Sintió el peso de la piedra en el bolsillo. Era lo único que tenía. En un impulso de fe, sacó su piedra y, con todas sus fuerzas, la lanzó hacia el cielo negro como una ofrenda, gritando: '¡No tengo nada más que dar! ¡Tomen mi único tesoro, pero denme luz para salvarla!'..."— Mi voz sonó cargada de una verdad que necesitaba que ella entendiera. —"...La piedra voló tan alto que atravesó las nubes. Y al chocar contra la cúpula del cielo, no cayó de regreso..."— Negué con la cabeza, sosteniéndole la mirada con fijeza. —"...En el lugar donde golpeó, se produjo un destello. Aquella piedra humilde, cargada con su sacrificio final, se convirtió en una estrella diminuta. Un punto de luz blanca, suficiente para perforar la niebla..."— Señalé el techo de la cueva como si la estrella estuviera allí mismo. —"...Gracias a ese pequeño punto de luz, Peeta pudo ver el rastro de la cabra, la rescató y la protegió contra su pecho..."— Me toqué el pecho y luego señalé hacia la entrada de la cueva, al mundo exterior. —"...Desde entonces, dicen que si miras con atención el cielo nocturno, lejos de las grandes constelaciones brillantes, verás una estrellita pequeña y solitaria..."— Terminé de contar, señalando la primera estrella que empezaba a brillar en la inmensidad de la noche. Dejé mi mano estirada y bajé la cabeza para verla. Tenía la mirada perdida en esa pequeña estrella y... solo pude sonreír. Esta noche vas a salir de aquí, Kat. Porque voy a lanzar mi piedra con todas mis fuerzas. (POV Katniss) Me perdí un segundo en esa pequeña estrella que empezaba a brillar. Tenía la cabeza en la historia de Peeta. Al principio me hizo gracia que se usara a sí mismo como protagonista, pero conforme avanzaba, sentí que hablaba de algo real. De algo suyo. Aunque no tenía sentido. Estábamos en la arena. No había nadie perdido por quien valiera la pena sacrificar algo. Solo es otra historia, como las que cuenta sobre las constelaciones. Solté el aire pesadamente y me giré hacia él. Peeta también me miraba. Por un instante, todo lo demás dejó de existir. Rue, Finn, la arena, el dolor. Era un momento de calma real. El día había fluido sin palabras. Las palabras nunca se me dieron bien; las acciones son más seguras. Su mirada, demasiado intensa, me sacó de mis pensamientos. Con una pequeña sonrisa, solté un "¿Qué?" seco, como tantas otras veces. Entonces apareció esa sonrisa ladeada suya. Negó con la cabeza levemente. —"Nada..."— empezó a decir, torciendo la boca —"... Solo disfruto de lo hermosa que eres"— terminó. Pensé que volvería a incomodarme, que esa urgencia de huir volvería. Pero no. Esta vez no. Si fuera una tontería o una burla, lo dejaría pasar, pero su mirada siempre me decía que hablaba en serio. No lo pensé. Me apoyé en los codos y busqué sus labios. Lo besé con calma. Un suspiro que no sabía que estaba reteniendo escapó de mis pulmones. Mi mano buscó su mejilla por puro instinto. Nuestras bocas se movían al unísono en algo que mi corazón anhelaba, aunque yo siempre intentara empujarlo hacia el fondo. Por la arena. Por las cámaras. Por Prim y por Mamá. Pero ahora, en mitad de esta paz, era el escape que necesitaba. El que necesitábamos los dos. Y el que yo quería. Nos separamos para buscar aire. Cerré los ojos, manteniendo la mano en su mejilla y pegando mi frente a la suya, intentando calmar el bombardeo de mi corazón. —"Vaya, debería contarte historias más seguido"— sentí el calor de su aliento contra mi cuello, dándome cosquillas. Y solo pude reír. Me separé un poco para mirarlo mejor; su mano me sujetaba la espalda, impidiendo que perdiera el equilibrio. —"Tal vez deberías"— le respondí para mi propia sorpresa, sin dejar de sonreír y arqueando las cejas. Él soltó un "Mmmm" mientras entrecerraba los ojos, estudiándome. —"No, tengo una idea mejor..."— susurró, atrayéndome de nuevo hacia él. Justo cuando creí que volvería a besarme, giró la cabeza rápido. Hundió la cara en mi cuello y empezó a frotarse contra mi piel. Abrí mucho los ojos cuando el roce de su barba incipiente me provocó un ataque de risa. Me retorcía en sus brazos, incapaz de parar. —"¡No! Peeta, para... ja, ja, ja"— decía, hasta que él se detuvo para volver a mirarme. Nuestras risas se mezclaron en el aire de la cueva. Entonces, simplemente me dio un beso corto y me abrazó. No quería que esto terminara nunca. (POV Haymitch) Mis dedos golpeaban el escritorio con una impaciencia que me estaba taladrando los nervios. Effie andaba abajo, preparando otra taza de su café maravilloso. Supongo que esa es su forma de no volverse loca. Miré el reloj de la pared. Las puñeteras cuatro de la mañana. Nos habíamos pasado la noche en vela —Effie, el chico y yo— esperando a que Seneca hiciera la jugada que sabíamos que vendría. Pero nada. Esos bastardos disfrutan alargando la agonía. Siempre lo hacen. Al menos los chicos pudieron descansar y recomponerse un poco. El demente de Marvel no durará mucho sin suministros y, a estas alturas, Gloss se ha quedado sin patrocinadores. Esa armadura debió de costarle hasta los dientes. Todo saldrá bien; el chico sabe lo que hace. Siempre lo supo. Sentí una punzada de algo parecido al orgullo. Si estuviéramos en cualquier otra situación, habría apostado todo por él. Bajo toda esa capa de mierda que el Capitolio le ha echado encima, todavía se alcanza a ver a ese niño amable que realmente es. Pero Snow y su sistema siempre encuentran la forma de romper a cualquiera, tarde o temprano. El chirrido de la puerta me sacó de mis pensamientos. Aparté la vista de la pantalla, donde Peeta vigilaba la entrada de la cueva mientras la chica dormía plácidamente sobre su pecho. —"Por fin, Effie. Pensé que estabas calentando el café con una estufa de carb—" Mis palabras murieron en mi boca al ver al Agente de la Paz parado en el umbral. —"Abernathy, Haymitch. Se le solicita en la planta de patrocinadores"— soltó el tipo antes de hacerse a un lado. Miré al chico por última vez a través del monitor. Sé que lo lograrás, compañero.
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