ID de la obra: 695

El invierno en que todo cambió (Yoshikaru's)

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planificada Mini, escritos 23 páginas, 7.383 palabras, 4 capítulos
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Envidia nacida del deseo

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—Por suerte el verano acabará pronto. Ya no lo soporto. —Luego lo extrañarás. —¡Ya no! —prometió Hikaru. Junto a Yoshiki, se encontraba sentado en el banco predeterminado de su tienda de helados preferida (y la unicá abierta en la zona). Fue difícil convencer a Hika de que solo irían por unas paletas y volverían rápidamente a casa. A Hikaru no le agradaba la idea tampoco, es decir, ¿en serio era necesario pedir permiso por algo así de insignificante? Le parecía ridículo, pero cedió para tener la oportunidad de hablar a solas con su amigo. Aún lo consideraba su amistad más preciada, pese a lo descubierto. Los dos estaban en medio de un silencio bastante incómodo. No solía sucederles eso antes... de lo de Hika. Dejaron los palitos en un cesto y volvieron a sentarse. —¿Qué ocurre? —curioseó Yoshiki, aproximando su cabeza a la suya. El cabello de su flequillo se deslizó sobre sus cejas con suavidad Hikaru tragó saliva y carraspeó. —Hablemos. —¿De qué tema? —De... —No supo cómo abordarlo en primera instancia—. No sé, de nuestra amistad. Tengo la sensación de que nos alejamos cada día más y más. ¿No lo sientes también? Yoshiki recargó la espalda en la pared. Hikaru no pudo ver su expresión, pues deslizó la mirada hacia otro lado. —Mírame y dímelo —pidió en tono bajo—. ¿Te diste cuenta, Yoshiki? Yoshiki volteó lentamente. Sus iris se veían tan profundos como agujeros negros, y nunca le pareció tan admirable su porte despreocupado. —Sí. Lo noté. Entreabrió la boca, descolocado. Pero se recompuso con rapidez. —¿Y por qué? ¿Por qué dejamos que sucediera? ¿Está pasando algo? —preguntó como un amigo preocupado. —No estoy seguro de si contarte. —Somos amigos de toda la vida, ¿o no? ¿Qué clase de cosa no podemos decirnos entre nosotros? Conozco a tu familia, qué días te bañas, cómo es tu letra, la manera en que corres, tu forma de comer, qué prenda de ropa te pones primero al vestirte... Hemos convivido desde niños, no hay nada que no sepa de ti. —O eso creía antes, evitó decir, y continuó con su intento de obtener la verdad—. Así que lo que sea que te esté molestando, dímelo sin problema. Su amigo permaneció callado un buen rato, hasta que dijo: —Si lo hiciera, no cambiaría nada. —¿A qué te refieres? —Tendremos que cumplir ciertas cosas. Cuando seamos adultos, quiero decir. En eso entonces no podremos estar juntos tanto como ahora. A veces me pongo a pensar en el futuro y me abruma, pero estoy empezando a aceptarlo. —Se rascó el cuello, lleno de incomodidad—. No es problema tuya, en serio. No te preocupes por esto. Perdóname por haberme alejado por una tontería. Hikaru se acercó más a él, sus rodillas chocando en el proceso. Yoshiki quedó enmudecido cuando tomó su rostro con ambas manos y lo movió hacia él. —¿Estás diciendo la verdad? —A-ah, sí... —Pero te veo nervioso. —Porque me estás molestado. Se alejó de un tirón suave. Agarró sus muñecas y las retiró de él, dejándolas ir en el aire sin contemplaciones. —No era mi intención. Yoshiki, ¿sabes algo? Jamás me apartaste de esta manera —apuntó. La molestia le resultó imposible de ocultar. Yoshiki se pasó la mano por el pantalón escolar, como si sintiera suciedad. —Lo siento. Estás manchado con helado. Hikaru soltó una carcajada contenida. —¿Desde cuándo te molesta, uh? Se abalanzó sobre él y lo abrazó, adrede. Yoshiki evidentemente no se lo esperaba, porque se heló de inmediato en su lugar. Parecía una estatua humana. Y eso lo complació de sobremanera. Sabía que no era sorpresa, al menos no por completo, lo que le había hecho saltar el corazón. Su antebrazo sentía los latidos atravesando su pecho tibio. ¿Le afectaba? No obstante, de pronto se le ocurrió que quizás era por su parecido con Hika. "No pienses en eso, Hikaru". Se recriminó mucho por tal pensamiento. Era enfermizo, y Yoshiki no era así. Todavía quería creer que lo que vio el día anterior fue una farsa. Solo que, cuando más lo rememoraba, las imágenes y los sonidos adquirían más nitidez y realismo. Era una tortura constante, un pensamiento intrusivo que corroía su raciocinio. —Volvamos a la normalidad —resolvió y se alejó del cuerpo Yoshiki—. Deja de pensar tanto. Y... te quería preguntar también, ¿por qué te volviste han cercano a Hika de la nada? Yoshiki sonrió levemente. —¿Cómo tardaste tanto en preguntar? —Bueno, ¡no eres el único ocupado! Después de mi baja de notas tenía que remontar como sea. Unas chicas del grado superior me estaban ayudando —explicó con ligereza. —Sí, me lo dijiste la otra vez. —¿En serio? No lo recuerdo. Soy un poco idiota, ¿no? —Solo eres desmemoriado. —Gracias por defenderme. Ambos se rieron. Tras sentirse entumecidos por estar sentados un largo tiempo, se dirigieron a a un ciber a jugar videojuegos durante lo que restó de tarde. Para cuando las estrellas pintaban el cielo, los dos avanzaban calle abajo en dirección a sus casas. Se despidieron en el borde de una calle y cada uno siguió por su cuenta. Hikaru estaba muy feliz, pero..., como era de esperarse, Hika no. Al ingresar a la casa Indou, el silencio sepulcral absorbía toda la calidez de las lámparas encendidas. Una nota descansaba sobre un plato cubierto. Rezaba: "Recaliéntalo o comelo frío. Te quiero. Atentamente: mamá". Se dispuso a devorar la cena. Lavó los servicios al terminar y caminó hasta su cuarto. En el proceso, vio entreabierta la puerta de Hika. La oscuridad se filtraba desde el interior. Impulsado por la curiosidad, decidió darle un vistazo a su hermano. —¿Hika? —llamó mientras empujaba la puerta. Adentro no había nadie. La cama se hallaba tendida sin cuidado; el escritorio parecía vacío. El aire apenas parecía circular. Una extraña frialdad se le coló por debajo de la piel. Apretó la manilla con fuerza. Cualquier cuarto de hotel, hecho para la estancia efímera de desconocidos, podría haber albergado más calidez y personalidad que el dormitorio de Hika. Cerró la puerta, evitando hacer ruido, y se marchó a su propia habitación. Igual a la anterior madrugada, no podía conciliar el sueño. Abrumado por los pensamientos, enfrascado en una sensación de soledad y padeciente de su propia inferioridad. Sostuvo un puñado de su camiseta, justo por encima del pecho, donde le escocía como si hubiera bebido una llamarada de fuego y veneno. No podía seguir así. Se levantó de la cama y volvió a colocarse las zapatillas. Revisó el cuarto de Hika; en efecto, seguía sin llegar. Tampoco encontró su bicicleta en su sitio y entendió la razón. Terminó por colmar su paciencia. Así, en medio de la noche, corrió hacia la casa de Yoshiki. El ejercicio le calentó la sangre y logró hacer del viento nocturno un disfrute. Llegó a la casa jadeante y sudoroso. Para su pesar, las luces estaban completamente apagadas. Pensó y pensó. Al final, decidió volver a espiar el cuarto de Yoshiki. Rezó para no toparse con un show similar al anterior. Se metió por el patio, pero debió frenar en seco cuando notó que Yoshiki y Hika estaban allí. Asustado y avergonzado, Hikaru se ocultó entre las sombras. Los dos chicos estaban frente a frente, sonreían y charlaban de algo desconocido para él. Se veían felices, semejante a las parejas que siempre aparecían en las películas románticas. Era vomitivo. Se masajeó la boca del estómago con angustia y dio un paso atrás. No quería. No quería. ¡Odiaba tanto esto! Yoshiki y Hika disminuyeron toda distancia entre sí y compartieron una mirada profunda. Parecían estar ensimismados en el otro. Sus labios solo se rozaban, y eso fue peor. Era como si... estuvieran simplemente disfrutando la compañía y calidez que la otra persona le ofrecía. Resultaba un acto muy íntimo, así como incómodo de presenciar para extraños. Poco después, se abrazaron. Hika inició el contacto y Yoshiki le correspondió con dulzura. Dulzura. "Detén esto, detenlo, por favor". No sabía a quién le rogaba; solo quería que ese abrazo se fragmentara en mil pedazos. Que ese cariño no existiera. Porque era imposible que no hubiera un gran afecto, oculto, en el mirar de su Yoshiki. Salió de ahí, lento, paso a paso. No quería que se volviera costumbre esa situación: la de espiarlos y salir corriendo al ser insoportable. Pero ya había hablado con Yoshiki y no obtuvo mucho. Quizás era hora de tocar el tema con Hika. El problema radicaba en que, si lo hacía, temía no hubiera vuelta atrás... Y que luego ambos se animaran a estar juntos oficialmente. Eso sería desastroso. Nadie en el pueblo los aceptaría; serían marginados absolutos en todo ámbito. No podrían hacer su vida allí jamás. En tanto sobrepensaba el asunto, pasó por al lado de una casa rodeada de policías. Frenó por inercia, pues el flujo de sus pensamientos se interrumpió. Una mujer estaba hablando con un par de oficiales. Algunos vecinos cuchicheaban afuera de sus casas. Hikaru, teniendo un alma ansiosa por el conocimiento, sentía que era una picardía irse sin saber qué ocurrió ya estando ahí. Se aproximó a la primer señora más cerca suyo e indagó: —¿Pasó algo grave? —Oh, joven, deberías estar durmiendo, no aquí chismoseando. Vete apenas puedas. Según lo poco que oí, la chica perdió a su madre. La mujer fue asesinada de manera horripilante. ¡Y justo aquí, donde nunca pasa nada! Puedes imaginar cuál es la magnitud de este alboroto. —Dios mío, esto es terrible. —¡Ni que lo digas! Pero es peligroso vagar tan tarde, será mejor que regreses. —Sí, gracias por su preocupación. ¡Nos vemos! —Se despedió Hikaru con un asentimiento respetuoso. Siguió su camino, apesadumbrado por la noticia. Un asesinato en tal pueblucho no era poca cosa, al contrario, atraería pánico colectivo si no se cazaba pronto al culpable. Miró la luna llena, pensando en cómo esta era testigo de tantas cosas repugnantes. Paró sobre sus pasos a pocos metros. Volvió a acariciar su barriga agitada y pensó en regresar por Hika. Era peligroso de verdad si había un loco suelto. Aun así, reanudó la marcha. Él de seguro dormiría con Yoshiki. Llegó a su hogar media hora después. La caminata le figuró una tortura total en su estado agotado. Además, no había dormido en más de veinticuatro horas; aquello le estaba pasando factura. No paraba de pensar en la muerte de esa señora y en la cara afligida de su hija. Asimismo, no podía olvidar el abrazo de Yoshiki y Hika. Tampoco ayudó rememorar los tiempos en los cuales su gemelo se había perdido. Antes de ir a su cuarto, hizo una parada en el baño. Se arrodilló frente a la taza y expulsó toda la comida de la noche, incluyendo bilis. Quería detener el mundo entero para ya no sentirse así. ¿Por qué era tan egoísta? Habían tantas cosas malas sucediendo a la vez, pero su sentir opacaba todo lo ajeno. Era cruel, y el peor tipo de persona; aquella que en su egocentrismo solo puede percibir su propia perspectiva. Debió ir por Hika y traerlo de los pelos de resultar necesario. ¿Qué importaba lo demás? Gracias a esa introspección, pudo admitirlo, finalmente. No debía ser así, mas no podía parar ese sentimiento: Le preocupaba Hika, sí, pero también le tenía rabia y... envidia, una insana. ¿A qué se lo atribuyó? La respuesta era obvia, aunque detestara reconocerlo. Era por Yoshiki.
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