Drabbles Johnlock

Slash
R
Finalizada
2
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
46 páginas, 11.705 palabras, 30 capítulos
Descripción:
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Otra Forma

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Número de palabras: 446 ------------------------------------------------------------------------------------------ Cuando era un niño nunca había sabido lo que era dormir hasta tarde en los fines de semana. Desde su nacimiento, había significado la esperanza de su padre de poseer un militar en la familia que continuara con el legado iniciado por su abuelo. Al cumplir doce años, adquirió una fuerte rutina que se prolongó hasta su entrada en el ejército. Cada mañana, sin importar si llovía, granizaba o se presentaba un día mortalmente caluroso, entraba a las seis de la madrugada gritando en su habitación, con una voz fuerte y decidida que con el tiempo había aprendido a odiar, le arrancaba las sábanas y le lanzaba fuera de la cama. Después, sin darle opción a desayunar, le sacaba fuera del hogar familiar y le llevaba a correr a un campo cercano hasta que desfallecía de cansancio. Cuando esto ocurría, le permitía tomar un par de tragos de agua y alimentarse con un trozo de pan negro antes de obligarle a continuar con el entrenamiento. Esta dura rutina de ejercicios continuaba hasta las siete y media, dándole de esta forma el tiempo justo para prepararse y acudir a la escuela preparatoria a las ocho. Al crecer, se convirtió en el orgullo de su padre tras licenciarse como médico y cumplir su sueño de verle entre las filas británicas, sirviendo a los valerosos militares en una tarea que, si bien no era la que había pensado para él específicamente, se acercaba lo suficiente para satisfacerle. En el ejército, la rutina creada por su padre le sirvió para soportar momentos de escasez y para mantenerse alerta en las emergencias nocturnas, pero el trauma que aquello supuso (y su incentivo por la guerra) había provocado en su sistema un estado semipermanente de alerta que no le permitía bajar la guardia ni por un momento. Y, por mucho tiempo, creyó en este estado como algo de lo que jamás podría escapar..., pero allí estaba aquel olor demostrándole lo contrario. Sus fosas nasales disfrutaban del dulce aroma a champú que desprendían aquellos rizos negros. La cabeza de Sherlock, apoyada sobre su cuerpo, le permitía conocer el ritmo exacto de su propia respiración cuando esta se alzaba y descendía, y la yema de sus dedos recorrían con delicadeza el cuerpo desnudo del hombre que se encontraba junto a él en la cama. Giró la cabeza con desgana para mirar el reloj de la mesilla: las diez de la mañana. —Buenos días, Sherlock —susurró con la voz ronca, inclinándose un poco para besarle en la frente. El fuerte gruñido del detective le indicó que no estaba dispuesto a despertar por el momento y le hizo reír, demostrándole una vez más, que si había otra forma de levantarse por las mañanas.
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