Nueces
31 de mayo de 2026, 22:50
Número de palabras: 417
------------------------------------------------------------------------------------------
—Dos cirugías de seis horas..., estoy completamente agotado —se quejó John.
Últimamente, las pandillas que residían en Edgware Road parecían haber entrado en un nuevo conflicto que había desencadenado en una serie de ataques, robos y asesinatos por parte de ambos grupos. El más reciente de ellos, un tiroteo surgido de la más absoluta sorpresa y que se había saldado con la muerte de cuatro pandilleros y un civil, y con múltiples heridos. Esto había provocado que el Saint Mary's Hospital, donde que John trabajaba, tuviera que atender de emergencia a un tumulto de personas, tanto civiles como criminales.
—Suerte que no me tocó con ninguno de esos pandilleros —continuó el médico—, porque te juro que le habría cortado los testículos.
Sherlock no aparataba la mirada de él, pero no se encontraba completamente concentrado en lo que pareja le decía. Su mente se encontraba en otra parte, analizando una y otra vez lo que su amplia visón periférica le permitía observar: estaba mirando a John, pero al mismo tiempo podía ver la mano del mismo apartando con cada pequeño trozo de nuez que encontraba en la ensalada.
Habían tenido un día agotador, y ninguno se encontraba dispuesto para preparar la cena y tampoco querían molestar a la señora Hudson con aquella tarea, por lo que habían salido a cenar a un nuevo restaurante que les había recomendado Greg, puesto que era uno de sus favorito para salir en citass con Mycroft.
Para el entrante se habían decidido por una deliciosa ensalada con queso de cabra, rúcula y tomate, pero el camarero no les había advertido sobre la presencia de las nueces, y en cuanto Sherlock había detectado la presencia de aquel fruto seco que tanto detestaba se había reusado a probar la ensalada.
Y, por un momento, creyó que John había aceptado su decisión; pero allí estaba su médico, tomando con delicadeza hasta el último trocito de nuez, como si replicara alguna de las cirugías que había realizado aquel día, convirtiendo cada pieza en una nueva bala bajo su experta mirada.
—Listo —anunció por fin, con orgullo—. No queda ni una sola nuez, así que ya puedes comer.
Sherlock notó como los ojos le resplandecían mientras se hacía aún más consciente de la enorme sonrisa que adornaba la cara de su pareja y el gran esfuerzo que había llevado a cabo, sin importar el cansancio o el estrés, para asegurarse de que él también pudiera comer de aquel plato.
—A comer —repitió John con una sonrisa, mientras le tomaba la mano para besarle los nudillos.