Estridular...estridular...estridular.

G
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1
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planificada Mini, escritos 44 páginas, 21.817 palabras, 6 capítulos
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Capítulo 2

Ajustes
Harry lo había perdido aquella noche de su cumpleaños; cinco de junio, recordar todo le hacía retumbar la cabeza. Fue su culpa, lo reconocía, toda su culpa. Había perdido a Draco Malfoy, el amor de su vida, el amor que había creído perder para siempre. Si no fuera por aquella noche, las cosas serían distintas, lo decía porque había sufrido tanto durante dos años. Y sabía reconocer lo que era un dolor que se merecía, era parte del ser humano sufrir y aprender del error. Era un hombre bastante maduro, consciente, inteligente, fuerte, capaz de entender y ver más allá que las otras personas podían ver, más que Draco. Si, había sido su culpa. Le había lastimado a Draco en su cumpleaños, cuando Cho Chang se metió en su camino en la fiesta que había preparado para él, solo para él. Había tantas personas en medio, eran muchos invitados; al principio todo estaba bien, más que bien; aunque, la cosa cambió cuando las horas siguieron transcurriendo, corrían ebrios de aquí y allá. Draco estaba contento antes de lo sucedido y más cuando se empezaron a divertir más; sin embargo, de tanta alegría y embriaguez; Harry en un momento había perdido el juicio, como le puede pasar a todo ser humano. Cualquiera puede salirse de las rayas en una noche de diversión en la que solo se piensa en hacer feliz al amor de una vida. Así fue, toda esa noche era en espacial para Draco. ¿¿Qué iba a saber que las cosas se saldrían más de control? es comprensible y lamentable pero muchas veces suceden. Habían ingerido con autorización; afrodisíaco. El Elixir del Amor Nocturno, combinado con el Whisky de Fuego, comenzó a surtir efecto en Harry. La euforia inicial se transformó en una borrosidad en los bordes de su visión mientras se metía en un supuesto cuarto donde no veía bien que había ahí. Las risas de los invitados se fundían en un zumbido monótono, las caras se volvían indistinguibles. Sentía una calidez que se extendía por todo su cuerpo, una ligereza que lo hacía tambalear. Draco, antes el centro de su universo, se desvanecía en la multitud, un punto de luz lejano en la vorágine de la fiesta. Se apartó para respirar mejor. Entonces, Cho Chang apareció, de la nada. Sus labios, rojos y carnosos, se acercaron a los suyos con una audacia que Harry, en su estado, no pudo resistir. El contacto fue una descarga eléctrica, una explosión de sensaciones que lo inundaron por completo. La sensación de control se desmoronó, sus inhibiciones se disolvieron como azúcar en agua caliente. El sexo oral que le hizo Cho fue un torbellino de sensaciones, un vórtice que lo arrastró a un lugar donde el juicio y la razón no tenían cabida. Sus manos se aferraron a su cabello, sus gemidos eran inarticulados, perdidos en el murmullo de la fiesta. El beso que siguió fue una confirmación, una entrega total a la embriaguez del momento. Harry no luchaba, no podía luchar. Se dejó llevar, perdido en una marea de deseo y confusión. En ese instante, solo existía Cho Chang y la intensa sensación física que lo consumía. El sonido del flash de una cámara lo sobresaltó. Un instante de lucidez, un chispazo de horror, lo atravesó. El mundo dejó de girar, el ruido de la fiesta se apagó, dejando solo el latido ensordecedor de su propio corazón. Vio a Draco siendo más notable ahora que su vista se hacía clara, su rostro pálido y lleno de incredulidad, observando la escena con una mezcla de dolor y traición en sus ojos. Pero Draco no estaba solo. A su alrededor, un grupo de invitados, rostros mezcla de sorpresa, horror y murmullos sofocados, presenciaban la escena con una mezcla de conmoción y morbo. Sus miradas, como cuchillos afilados, se clavaban en él, acusándolo silenciosamente. El impacto fue devastador. La euforia se convirtió en un vacío nauseabundo, la calidez en un escalofrío que le recorrió la espalda. El arrepentimiento, crudo y lacerante, lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. El amor de su vida, el hombre al que había querido hacer feliz esa noche ,estaba destrozado, y él, en su ebriedad y pérdida de control, había sido el causante. El peso de su culpa era insoportable, un fardo demasiado pesado para llevar, agravado por la multitud de testigos silenciosos que ahora compartían su vergüenza. La mirada de Draco, sin embargo, era la única que importaba, la única que lo perforaba hasta el alma. Un torrente de lágrimas empapó sus mejillas, aclarando la visión borrosa, aunque su corazón seguía desbocado, un pájaro herido en su pecho. Desprendió a Cho Chang de sí con una brusquedad que no sentía, un movimiento mecánico, y se irguió, el rostro ardiendo, la sangre latiéndole en las sienes. Sus piernas, pesadas como plomo, apenas respondían a sus órdenes, pero la desesperación lo impulsaba hacia adelante, tropezando entre la multitud, un náufrago en un mar de rostros indiferentes. Llamaba a Draco, su nombre un grito ahogado en su garganta, pero el eco de la fiesta lo tragaba. La búsqueda era inútil, una carrera desesperada contra la certeza de la pérdida. Draco se había esfumado, perdido en la multitud, dejando a Harry solo con el peso aplastante de su traición. Corrió con el pecho seco, golpeando el tórax con su respiración; sentía su mente entrar en un precipicio de blancura y ceguedad por la emoción. No paró, no quería parar, lo buscaba entre las personas. No estaba. Hasta que salió del salón, recibiendo el aire fresco en la cara, supuso que Draco se había ido, sí; aunque su esperanza quebrante, que no sabía de dónde salía, le decía que estaba adentro. Ron y Hermione aparecieron ante él porque lo habían visto correr, y ambos le habían preguntado qué pasaba, pero Ron le contó que Draco había salido del salón. Su amor no estaba. Se desplomó ante ellos, inerte, sin emitir sonido alguno. Sus amigos vieron que no reaccionaba y rápidamente lo llevaron al hospital. Había quedado en la nada, con su espíritu, su momento, su presente, su mente, su instante perdido en la oscuridad. No podía reaccionar. Las preguntas de ellos sobre si debían avisar a Draco le llegaban a sus oídos; estaban preocupados y conmocionados; el silencio era la única respuesta posible. Así que sin hablar más, pues ellos también estaban ebrios. En ese silencio compartido, en medio de su propia confusión, Ron y Hermione lo acompañaron en su internación nocturna, dejando atrás la fiesta y sus luces brillantes, adentrándose en la sombra de la crisis de Harry. A pesar de que su situación no era de gravedad extrema, la profunda conmoción emocional y el estado de embriaguez de Harry requerían atención médica. En el hospital, lo recibieron en una sala de observación. Un médico lo examinó, comprobando sus signos vitales y descartando cualquier daño físico inmediato. Le administraron suero para rehidratar y contrarrestar los efectos del alcohol. Mientras tanto, Ron y Hermione permanecieron a su lado, intentando consolarlo con su presencia, aunque sus palabras parecían rebotar en el muro de su silencio. Las enfermeras, acostumbradas a lidiar con pacientes en crisis, lo trataron con delicadeza y paciencia, monitoreando sus constantes vitales y su estado mental. Le ofrecieron una manta suave y un ambiente tranquilo para que pudiera descansar, aunque el sueño se le escapaba. La atención se centró en estabilizar física y emocionalmente. La internación nocturna fue una pausa obligada, un espacio de silencio y recuperación en medio del torbellino de emociones que lo había desbordado. Cuando salió el sol, estaba mejor, pero su corazón seguía latiendo muy fuerte. Le contó a sus amigos lo sucedido de inmediato; cuando estos le preguntaron si debían avisar a Draco de que estaba en el hospital, con un llanto fuerte, les costó todo. Tenía la fuerza para encarar la situación ahora; eso quería hacerlo. Sí, reconocía de pleno que estuvo re mal. Se sentía un monstruo, un hombre traidor, despreciable, débil ante la más mínima insinuación, una mierda de persona. Les gritó lo que había hecho para dejarlos a los dos conmocionados e impactados. No lo podían creer. Harry lloraba, quería morirse, retroceder el tiempo para no cometer aquella macana y cambiar todo... Pero saber que no podía hacerlo le mataba el corazón en un segundo. Sus amigos quedaron sin saber qué decir. No lo entendían ni lo podían creer. Salió del hospital y, sin pensarlo, caminó a la casa de Draco y empezó a tocar fuerte su puerta; no recibió respuesta alguna. Sin saber qué hacer, se mantuvo en pie durante varios segundos, ya que tenía la sensación de que el rubio estaba ahí. Pero, esperando varios minutos más, tocando y tocando, para después sentir el dolor de las manos, comenzó a gritarle y a suplicarle: "Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón". Pero nada. Corriendo sin saber a dónde ir, marchó a los lugares donde concurría con el rubio; como un completo imbécil fue al chalet y, sabiendo que tampoco estaría ahí, lo buscó. Su corazón latía como una locomotora. Aquel día empezaba siendo un infierno y más se volvió cuando vio en los periódicos del profeta una publicación que resaltaba su reconocimiento ante este mundo mágico. Con las manos temblorosas, Harry tomó El Profeta. La foto, grande y descarada, ocupaba la portada. Él y Cho Chang, en un abrazo íntimo, capturados en un momento de pasión desenfrenada. El titular, sensacionalista y cruel, gritaba la traición: "¡Harry Potter: Infiel y Deshonrado!". Las palabras eran como cuchillos afilados, perforando su alma. El estómago se le revolvió. El mundo que conocía se había derrumbado. Mientras tanto, Draco, en un lugar muy lejos de ahí, despertó con una sensación de vacío en el pecho. El sueño había sido un tormento, lleno de imágenes fragmentadas de la fiesta, culminando en la impactante visión de Harry con Cho Chang. Pero el sueño palidecía ante la realidad. Su elfo le entregó el periódico, y la imagen lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. La sangre se le heló en las venas. La traición no sólo era real, sino que era pública, expuesta al mundo entero. La incredulidad, la rabia, el dolor se mezclaban en una gran angustia que lo dejaba sin aliento. Las lágrimas, que había contenido durante toda la noche, brotaron sin control, empapando sus manos. El mundo que había construido con Harry, un mundo de amor y confianza, se había reducido a cenizas. La humillación pública era una herida abierta, una cicatriz que marcaría su alma para siempre. El silencio de la habitación era ensordecedor, amplificando el eco de su dolor. El futuro, antes tan brillante, ahora parecía un abismo oscuro e incierto. Harry suspiró, meciéndose la cabeza, desesperado, pensando que lo que vivía era una terrible pesadilla. Se encontraba en un limbo tan potente que no sabía a dónde ir. Mareado, continuó corriendo mientras a su alrededor parecía nublarse y el piso hundirse arriba de él. Fue al hospital donde Draco trabajaba como sanador; tampoco lo encontró. Más desesperado todavía, corrió a la casa de Gregory Goyle, donde encontró a este y a Crabbe en el jardín. -¿Dónde está? -preguntó en una voz muy lejana por la falta de aire. -No lo sé- respondió este, moviendo la mano con desprecio hacia él, expresando con su cruda actitud que ya sabían la situación del periódico. Antes de irse respiró, respiró, respiró; no podía más, sentía que se iba a desmayar al acto. -Y tiene cara de venir todavía. Lo escuchó antes de seguir su curso débilmente con todo el pecho sacado. Fue a la casa de Blaise, nadie lo atendió; había recordado de inmediato que estaba de viaje. Por la presión y lo descompensado que estaba, se desmayó. Una mujer lo reanimó y al lado de ella había dos hombres que tenían alcohol en la mano. Se quedó sentado en la silla donde lo pusieron con cuidado; no dijo nada, solo pedía suplicando a la magia que por favor se tranquilizara para que la mente pudiera funcionar mejor y así seguir buscando a Draco sin pasar algún accidente. Al recuperarse se negó a ir a un hospital y, con pasos más tranquilos, marchó a su casa, cerró la puerta y sus ventanas para después meterse en la cama al sentir un terrible dolor de cabeza. Su pecho ardía, que parecía apuntar su carne. No podía respirar mejor y tenía una pesadez tan grande que se mezclaba con la ansiedad, el miedo, los nervios y el dolor en toda su parte. Era un infierno. No pudo levantarse ese día ya que le partía el dolor de cabeza; tenía una resaca terrible. Quedó desmadejado ahí entre las sábanas sin llorar; solo emitía sollozos de dolor. Al día siguiente, salió muy temprano con una mirada firme y dura, notando el frío viento sobre su cara como si lo liberara de la resaca del día de ayer; ahora el dolor estaba lejano. Fue a la casa de Pansy, quien lo recibió con un golpe en la nariz, encajándole sin cuidado alguno el diario de ayer. Lo empujó tan fuerte que casi se fue de bruces a la escalera. Harry sintió un gran dolor en la espalda y aún así miró a la mujer. -¿Dónde está? —preguntó con dificultad. -Vete al infierno, maldito canalla traidor-musitó la mujer con odio en los ojos. -Estuvo aquí entonces- concluyó en voz ahogada. - ¡Largo! Largo, rata- -¡BRUJA DE MIERDA! Exclamó, arrastrándose por la escalera hacia abajo para que ella no lo toque- Casi me matas, no te traicioné a ti, desgraciada. Al menos dime dónde está. -¡Vete a la calle, basura mestiza, amigo de los sangre sucias y traidores a la sangre!. -¡Fuera!- gritó sacando su varita al momento. -¡BRUJA DE MIERDA! Harry, haciendo un gesto de odio a la mujer por aquel terrible golpe, no dijo nada y bajó las escaleras ágatas. Recuperando la fuerza al salir de la gran mansión que extrañamente había dejado las puertas abiertas como si lo esperara a él entrar, salió por la puerta del frente sin saber ya más a dónde ir. Ni de broma iba a ir a la Mansión Malfoy; lo iban a comer vivo con toda la noticia en la prensa. No podía marchar a su trabajo; le venía el remolinete de todo el chismerío ardido de lo que había hecho la noche anterior. Llegó a una plaza y lloró, sintiéndose el hombre más ridículo, patético, debilucho, poco hombre, sin carácter, cobarde, miserable traidor. No se merecía a Draco; la había arruinado por una lujuria descontrolada. No entendía cómo había pasado aquello, pero ver que lo había cedido en tan solo un segundo le daban ganas de largarse al fuego y desaparecer para siempre. Después de llorar y sentirse desdichado, bien merecido, caminó como perdido, viendo cómo el sol le parecía más nostálgico y extraño. El bullicio de la prensa ante su nombre era muy fuerte. Sabía que se lo merecía pero le dolía. "El 'mortífago cornudo', un título tan elegante como irónico para un personaje tan... peculiar. Un regalo inesperado de nuestro héroe.” Le estrujaba toda su alma. En la noche, después de vagar sin rumbo fijo. Sin sentir nada. Dándose al abandono y a la perdición, Ron, Hermione, Ginny, Charlie y Fred lo encontraron; sin decirle nada, tomaron su mano y lo llevaron a la casa donde se durmió en los brazos de su amiga. Después de eso, su vida se empacó en picada, derrumbándose de manera física, mental y sentimental. Tantas personas le daban curiosos ojos fulminantes en todas partes, mientras que otros se reían a libertad pura. La ausencia y desaparición de Draco fue su tormento de cada día, más que un infierno de carne viva; no sabía dónde estaba. Lo había perdido para siempre; se estaba acabando de poco en poco y comprendía que bien eso era poco para sufrir. El tiempo en aquella terrible odisea pasó lento, como si quisieran llevarlo para castigarlo. Había bajado de peso en tan solo dos meses, no bebía agua, sufría de anemia, insomnio y ansiedad extrema. La situación era tan grave que tenía pensado demandar a esas malditas chusmas que le habían sacado una foto para embarrarla de peor manera, ya que sabía también que por ellos Draco había desaparecido sin dejar rastro alguno. También quiso encarar a Cho Chang; tenía tanta bronca, ira, odio que no sabía a dónde recurrir. Los meses pasaron, volviéndose más oscuros, porque habían perdido el significado de su vida. Solo en los sueños y oliendo su aroma de aquella ropa acomodada en su casa se entregaba a la felicidad. Pero no era suficiente; más dolor sentía. Quería morirse. No lo podía encontrar. Ron y Hermione, viendo esta desgracia, lo habían socorrido; ellos sí estaban en contra de la traición, pero ahora, viendo a su amigo destruirse, más les partía el corazón. Sabían que Harry la había destruido, lastimado a Draco y causado semejante papelón en el mundo como un hombre infiel y sin moral alguna. Pero lo querían; no había barrera para el amor y la amistad. Lo llevaron a la madriguera para asistirlo y brindarle todo el apoyo que urgentemente él necesitaba. La cosa era tan grave que Ron, Fred y Neville tuvieron que llegar a la búsqueda del rubio. Habían planeado arrastrarlo hacia donde estaba, ya que Harry tenía pesadillas cada noche y lloraba en los sueños gritando el nombre de Draco con mucho lamento que asustaba a todos. Con la ayuda de Bill, que trabaja en el ministerio, pudieron constatar que Draco Malfoy no había salido del país; eso era tranquilizador, estaba dentro, pero no sabía dónde. Incluso en la mansión Malfoy tampoco había rastros de él. Cuando Blaise regresó de su viaje, lo fueron a buscar, pero este, sabiendo lo sucedido, les respondió que no tenía idea de dónde estaba; no dijo más nada al respecto. Fueron a la casa de la ex, Astoria, que ya llevaba casada varios años con su esposo. Se extrañó tener a los Weasley visitándola y más se asombró que estuvieran por el paradero de Draco; tampoco sabía dónde estaba. Fueron a todas las mansiones y casas de los compañeros de Draco en Slytherin, incluso volvieron a buscar a Pansy, que enfadada les gritó que no sabía nada, pero que, si fuera lo contrario, jamás se lo diría. Y los meses siguieron pasando con un Harry tan lejano y diferente. Había perdido la luz de cada parte de su cuerpo, como el brillo de sus ojos y la mirada. Después de siete meses en los que Draco estaba desaparecido. Molly y Arthur, sin poder resistir más al aspecto de Harry, lo llevaron al hospital; tenían que salvarle la vida. Quedó internado un mes, hasta que de poco en poco comenzó a levantarse; ya no era el mismo. Tanto lo había consumido que hablaba muy poco. Regresó con la familia Weasley a la madriguera; Ron y Hermione lo llevaron a su propia casa para cuidarlo. Justamente en una noche de lluvia fuerte, alguien tocó la puerta. Ron quedó sorprendido al ver que detrás de la misma estaba Blaise, algo empapado, y lo miraba preocupado. -¿Dónde está Potter? —preguntó con una voz ansiosa- Pasó algo.
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