La dama en la fortaleza y el príncipe en la torre
18 de junio de 2026, 11:19
Sobre los campos cultivados y los bosques protegidos, la luz del sol brillaba con fuerza. Hacía tiempo que habían abandonado las fronteras de la Cuenca, e incluso se habían adentrado por completo en las Tierras de la Corona. El calor que predominaba en el Dominio no era tan fuerte aquí. O así debería ser.
Maegor frunció el ceño mientras elevaba la vista hacia el cielo. El astro ofensor continuaba su labor, imperturbable. Contuvo el gruñido y juntó en sus manos algo de agua, para regarla poco a poco contra su pecho. El frescor le llegaba a la cintura, pero el contraste de temperaturas era tan extremo: el inclemente calor competía contra la frialdad del sistema de pozas donde se bañaba, que no se atrevía a sumergirse por completo directamente.
Suspiró. Oh, a él le encantaban sus baños calientes. Sí que lo hacía. Incluso ahora pensaba en llevar a Ortiga a las aguas termales que bajaban ardientes por Monte Dragón. Sin embargo, no podía negar que este chapuzón era un alivio necesario, incluso si retrasaba un poco más su viaje.
Bueno, arrugó la nariz, al menos no habían sobrevolado sobre Desembarco del Rey. De haberlo hecho, de seguro habrían tenido que quedarse al menos una noche. Tanto madre como padre así lo hubieran requerido. Evitar la urbe acortaba el largo vuelo, y le evitaba tener que lidiar por su cuenta con los remanentes de los cortesanos que quedarían allí. Su esposa, sonrió mientras comenzaba a lanzar agua contra su cara y luego su pelo, había estado de acuerdo con su plan. Al instante un escalofrío lo recorrió cuando el líquido alcanzó la parte posterior de su cuello y espalda. Demasiado frío.
¿En qué estaba? Ah, sí, su esposa. Ellos eran un buen equipo. Ella conducía al dragón y Maegor trazaba el destino. No había sensación de inutilidad para él, a pesar de que habría disfrutado el trayecto si solo hubiera sido un pasajero más.
El agua salpicó a Maegor cuando el otro pasajero, y molestia recurrente (más conocido como el escudero de su esposa), se lanzó desde una de las múltiples lajas de piedra que conformaban el sistema de pozetas y cascadas en el que se encontraban. Había saltado a la parte más profunda de esta cuenca, a una distancia moderada de él, pero como se zambulló de un zampazo terminó involucrando a Maegor en su acción. Lo miró molesto por mojarlo, en especial cuando emergió gritando - ¡El agua está helada! - con una de esas sonrisas bobas y alegres. Poco le importaba que él mismo buscara mojarse entero y refrescarse, lo haría a su ritmo y cuando quisiera. Pero el mocoso lo había empapado a la fuerza y no le gustaba. Le gustaba menos que ahora nadara hacia él, a pesar de que el agua aquí no debería cubrir su cabeza. Las pozas más hondas estaban más abajo en el sistema, estaba seguro de ello, aunque desde aquí la transparencia del agua podía ser engañosa.
¡Waaa, príncipe Maegor! - ruidoso y estridente, no entendía porque se afanaba en perseguirle. ¡Qué se fuera a jugar a otro lado! - ¡No puedo creerlo! Allá arriba hacía mucho frío y por ello teníamos que estar cubiertos. - el niño fingió tiritar - Y ahora, cuando llegué acá abajo, estaba ardiendo del calor. ¡Qué bueno que paramos en este lugar!
Habían parado aquí precisamente por ello. Los cielos despejados carecían de la nube protectora ocasional y el sol golpeaba con todas sus fuerzas. La altitud ocultaba el calor interno, pero tenía lógica que el sol quemara más allá arriba: estaban más cerca de él. Un niño pequeño era una víctima más fácil de esto, lo que los obligaba a paradas más frecuentes y descansos más prolongados. Y así se había alargado de viaje.
Ahogando su molestia, Maegor agarró a Fannar de su camisa. A diferencia de él, que solo llevaba calzas, el niño se había metido al agua con su camisa interior.
¡Eh! ¡¿Qué haces?! - se quejó el mocoso insoportable mientras Maegor ponía la mano en su frente y comprobaba su temperatura. La otra mano mantenía presa su ropa para que no se apartara - No creo que esté bien agarrar a la gente así sin decir nada, Su Alteza.
El niño parpadeó ante él, y Maegor ante el niño, y tuvo que admitir que a él no le gustaría que le hicieran eso. Pero él era un príncipe y el chiquillo podría aguantarse, así que se quedó en silencio.
Ohhh... - el largo gemido de apreciación robó toda su atención. Ortiga, con movimientos lánguidos, había sumergido sus pies en el agua y ahora se deslizaba con gracilidad dentro de ella. Se sumergió por completo, cabello y todo, y cuando emergió la ropa se quedó adherida de forma encantadora a su cuerpo. La banda de sus pechos marcada contra un material que se transparentaba. No podía sacar sus ojos de ahí.
¡Oye! - regañó Fannar a su esposa. Maegor se dio cuenta de que aún lo sujetaba por su camisa, el apretón de su ropa ignorado por ambos - ¡¿Qué crees que haces?!
Ortiga parpadeó confundida, tanto como lo estaba él, antes de decir lo obvio:
Pues... - alzó los brazos empapados y los observó - bañándome.
¡Pues no deberías! - exigió Fannar, y Ortiga dio voz a sus pensamientos cuando contestó:
- ¿Eh? ¿Por qué?
Las damas no se bañan con los hombres. - el Tyrell alzó el mentón con suficiencia - En todo caso, solo deberías sumergir tus pies con recato en el agua. No atreverte a compartir la poza.
¡Pero hace calor! - Ortiga lo miró con disgusto - ¡Y estamos nosotros solos!
No importa. - aún sujeto por él, el infante dio un pisotón en el agua, lo que con menos fuerza por el mismo líquido - Tú eres una mujer y nosotros somos dos hombres. Alguien podría mirarte. Por lo que es cuestión de decencia que solo remojes tus pies. Aunque haga calor. - resopló y colocó con firmeza las manos en las caderas - ¡Deberías hacer lo correcto y aguantarte!
Eso le hizo dudar. Lo que decía el niño tenía su sentido. Pero no le gustaba que le diera órdenes a su esposa. Pero por otro lado, no le gustaría que nadie la mirara. Aunque el chiquillo no lo hacía. Sin embargo...
¡Jódete, Fannar! Yo hago lo que quiero. - y con un ceño fruncido y la cicatriz sobre su naricita blanqueándose, ella se alejó de los dos.
Había enojado a su esposa, por lo que él estaba enojado, y había hecho que ella se apartara. Así que Maegor recapturó con su mano libre el otro lado de su camisa, y con todas sus fuerzas, lanzó a Fannar tan lejos como pudo en el agua. ¡Para que aprendiera a respetar a Ortiga!
No pareció servir de mucho, porque luego de salir del agua y mirarlo azorado, Fannar se emocionó muchísimo y gritó - ¡De nuevo! ¡De nuevo!
Habría estado más enfadado, pero Ortiga también se había acercado diciendo - ¡Yo también!
Eso pareció convertirse en una ronda de juegos, donde él terminaba lanzando a sus acompañantes hacia la parte más honda de la poza. Y aunque se mantuvo callado, le pareció que complacía sus peticiones a la vez que recibía un agradable dolor muscular por ejercitarse, por lo tanto tenía que admitir que internamente se divirtió. Un rato más tarde, cuando flotaba tranquilamente, sintió los pasos. Pesados. Largos. Inconfundibles. Alzó la vista. Tanto Fannar como Ortiga miraban por el sistema de pozas hacia abajo, hacia donde Nyxia se dirigía.
El dragón marrón encaminó su figura hacia lo que parecía la sección de agua más amplia, aunque quizás no la más profunda, y comenzó a beber de la misma. Sumergía y alzaba la cabeza una y otra vez, mientras el líquido chorreaba por sus mandíbulas. En un momento dado, comenzó a olfatear la poza y sus piedras, investigando, prestando especial atención a un gigantesco pedruzco justo en el medio de su actual bebedero. Sin entender muy bien lo que la espinosa criatura planeaba, todos vieron como avanzó el dragón. Sus alas sirviendo como extremidades delanteras mientras se adentraba y ¿trató de agarrar la roca con su pata trasera? ¡Sí! ¡Eso hacía!
Nyxia se quejó un par de veces. En su garra, la lasca más plana que ancha, pero todavía inmensamente pesada, se deslizaba. La extremidad no estaba diseñada para sostener ningún objeto de tal magnitud, y los arañazos sobre la piedra que se escapaba se escuchaban claros incluso con la distancia y sobre el murmullo de las múltiples cascadas. El animal renunció a levantarlo por completo, y arrastró con su pata el monolito, lanzándolo con un impulso final a una distancia impactante.
¡Wowwww! - el niño de los Tyrell casi había dejado caer su mandíbula. Esa piedra podría aplastar fácilmente a tres... ¡No, cuatro! hombres acostados y completamente extendidos. Por su peso, y si fueran soldados en una formación apretada, podría haber matado a muchos más. Sí que era impresionante.
Aunque, Maegor arrugó la nariz, las consecuencias no eran gratas. La antes prístina superficie, tan impoluta que podías ver cada guijarro bajo ella, ahora estaba revuelta con hojas, arena y escombros levantados. Al dragón no le importó tanto, pues condujo su figura hasta el vacío creado y se sumergió en la poceta. El agua desplazada caía y rebozaba una poza tras otra. Tardó un momento en librarse de la fascinación que le producía el movimiento del líquido para regresar a la impresionante vista del dragón sumergido. Bueno, se sumergió cuanto pudo.
El Ladrón de Ovejas podía ser descrito como un dragón larguilucho. Tenía una esbeltez hasta entonces desconocida para él en la vida real. Antes de conocerlo solo sabía por sus libros que podían haber dragones así. No tenía la estructura pesada que compartían el resto de las monturas Targaryen. Incluso Azogue, grácil y en crecimiento, tenía una constitución más fornida que la bestia de Ortiga. Sin embargo, eso no hacía menor su tamaño. La cruz de sus hombros sobrepasaba por mucho a la del dragón de su madre, y si consideraba el largo que tenía desde su cabeza a la punta de su cola, dudaba que cuando Vhagar lo alcanzara en altura, lo hiciera a su vez en longitud.
Lo que se traducía en que el agua de la poza no lo cubría por completo, sino que en todo caso alcanzaba hasta casi la mitad de su torso. Sí, definitivamente era una poza bastante profunda, pero no lo suficiente.
No tardó en emitir uno que otro chillido. Un observador casual habría dicho que eran de satisfacción por lograr su cometido. Hacía calor y era claro que el animal buscaba refrescarse. A Maegor, que le fascinaban las criaturas, le parecieron gruñidos de enojo. Su jinete le daría la razón, solo que en parte.
Oh, mi bebé está molesto porque está acalorado y no se puede refrescar. - vio a Ortiga lanzar besitos al aire y le pareció un poco ridículo - No te preocupes, mi vida, yo te ayudaré. - y enseguida se encaminó a salir del agua.
Ortiga. - él la llamó y ella se detuvo a escuchar - En valyrio.
Ella lo miró a los ojos y no tardó en rodar los suyos, pero lo hizo con una elevación de sus labios. Él conocía lo suficiente de ella para sospechar que contenía su sonrisa - Sí. Sí. Ya sé. - y en vez de ir con la bestia, se dirigió primero a sus alforjas.
Príncipe Maegor, - Fannar, que se había mantenido en silencio, se acercó a preguntarle - ¿por qué le tiene que hablar en valyrio al dragón? ¿Los dragones no pueden hablar en común?
No. - dijo él - Los dragones son tan orgullosos que se niegan a aprender órdenes en otra cosa que no sea el lenguaje del Feudo Franco.
Oh. Wow. - la boca del niño se abrió con sorpresa - ¿De verdad?
No. No seas tan ingenuo o se burlarán de ti en la Corte. - cortó Maegor con el ceño apretado.
¿No se había dado cuenta de que era un chiste? Niño tonto. Los dragones eran tan inteligentes que podían aprender muchas, muchísimas cosas. Sí limitabas los comandos a algo que no se pronunciara normalmente, era más seguro para todos. No fuera a ser que obedecieran una orden que no era para ellos. Aunque por otro lado, Maegor excusó a Fannar. Todo lo relacionado a Valyria y a sus feroces monturas de batalla era superior. Que las criaturas más magníficas del mundo, se dijo convenciéndose a sí mismo, se negaran a otra lengua que no fuera la del mayor imperio que jamás había existido, tenía su lógica retorcida. Quizás no era tan tonto al creer eso, observó al niño Tyrell, quizás.
Ortiga por su parte, había sacado de su bolso una escudilla de todas las cosas, y alertaba de su aproximación a su dragón. Sin que su mujer emitiera ningún comando, la bestia se acercó a su morena compañera. Los gemidos del animal fueron lastimeros mientras grandes cantidades de agua se desplazaban con sus cuidadosos movimientos. Un dragón cuidaba de su jinete, tanto como su jinete cuidaba de él, y sospechaba que Nyxia entendía muy bien que su masa podría lastimar a la diminuta Ortiga. Esta, por su parte, avanzó muy confiada, y usó él recipiente para comenzar a lanzar agua a los lomos del Ladrón de Ovejas. Trinos de alegría llegaron con celeridad, y Maegor admiró la gran cantidad de vocalizaciones que podían tener estos depredadores. ¿Cómo podía pensar alguien que eran solo monstruos destructivos y sin sentido? Tenían casi su propio lenguaje, abierto para todo aquel que quisiera oírlo. Maegor, aunque carecía de vínculo, estaba dispuesto a escuchar.
¡Vamos a ayudarla! - exclamó Fannar y casi se lanza a ayudar a Ortiga. La pronta intervención de Maegor, que lo agarró por segunda vez de su camisa, lo detuvo.
- No.
¿No? - el niño preguntó sorprendido - ¿Por qué?
Apretó los dientes porque no se dignara a obedecer y ya, pero razonó que una vez explicado, no tendría que repetir la orden.
Nyxia puede parecerte una montura feroz pero completamente entrenada. No lo es. - y más vale que se metiera la idea dentro de esa cabecita - Es ante todo un depredador que responde solo a Ortiga. Nosotros solo somos algo que tolera mientras ella esté cerca. - enunció, y como si entendiera de lo que hablaban, los diferentes párpados del Ladrón de Oveja se abrieron mientras este les dedicaba una observación demasiado calculadora con sus pupilas rasgadas.
El dragón podía estar muy relajado con su jinete, pero...
Que Nyxia nos tolere no significa que disfrute nuestra presencia. Por mucho tiempo que piensas que has pasado a su lado, tampoco debes olvidar que antes de mi mujer, era un dragón salvaje. - la duda en su mirada fue tan clara que hasta él la entendió - El Ladrón de Ovejas no creció rodeado de personas, - le dijo a la vez que le enderezaba la camisa - así que no estará tan relajado cerca de los humanos como parece.
El niño miró de Maegor al animal varias veces. Él a su vez, se fijó en el reptil. El Ladrón de Ovejas aceptaba llevar a otros además de su esposa sobre sus lomos, pero no era precisamente amigable fuera de ese contexto. Dejaba a las personas en paz mientras ellas hicieran lo mismo con él, pero cuando los cuidadores se acercaban a alimentarlo... No. El dragón podría parecer que estaba manteniendo la compostura, pero en este contexto tan libre y natural para él, era mejor que ellos dos no se acercaran.
- Aunque te parezca pacífico y poco agresivo, nunca debes confiarte de Nyxia, Fannar. Porqué nunca puedes saber cuando el dragón decidirá que "se acabó la tolerancia".
- Y Ortiga...
- Ortiga es su jinete. Es diferente. Un mundo de diferencia.
Ambos observaron a su esposa, que continuaba su tarea mientras arullaba a Nyxia como si se tratara de una criatura indefensa y no uno de los más letales seres vivos que jamás hubiera pisado Poniente. La envidia lo golpeó de repente. Con fuerza. No importaba que frunciera el ceño con como actuaba Ortiga. No importaba que le pareciera ridículo el comportamiento del dragón. Él deseaba con todas sus fuerzas ese lazo.
Tratando de distraerse le sacudió la cabeza al mocoso, de forma demasiado torpe, intentando tranquilizarlo como hacía su maestro de armas cuando todavía era un niño bajo su entrenamiento - Eso no significa que ella se confíe de otros dragones. - señaló a la pareja frente a ellos - Eres especial para el dragón al que estas vinculado y ya. El resto te devorara igual.
El niño lució horrorizado. Su boquita abierta y temblando y sus ojos grandes.
¿Qué? Se burló. ¿Acaso pensaba que todos los Targaryen eran inmunes al daño de dragón o algo así? No. Su familia tenía afinidad con las bestias. Puede que los dragones los soportaran un poquito más, un poquito mejor. Pero si uno de ellos cruzaba cierta línea con los gigantescos reptiles, y no eran los jinetes de los mismos, estaban igual de asados que todos los demás.
Volvió a absorber la imagen de Ortiga. No sabía que tan útil resultaba su plan de mojar a su dragón, sin embargo Nyxia parecía apreciarlo mucho. Un gruñido que guardaba cierta semejanza a un ronroneo vibraba desde su cuerpo. El animal parecía contento con sus esfuerzos. Su cola, bastante seca ya que estaba afuera de la poza, apenas movía su punta.
Apretó sus labios. Quería eso, se dijo. Lo quería con una desesperación que debió sentir cada Targaryen que no poseía un vínculo. Quería la cercanía y la confianza. Quería cruzar el cielo en su propia montura. Deseaba algo tan pequeño y a la vez tan grande como no temer nunca ser aplastado por el colosal animal, ya que tendría con él el mismo cuidado que tendría una madre humana con su bebé. Maegor Targaryen quería, justo aquí y justo ahora y por encima de todas las cosas, su propio dragón.
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Mientras avanzaba por los oscuros pasillos, el frufru de su falda era lo único que lograba relajarla un poco. Odiaba la oscura Rocadragón, con su piedra negra y sus pasillos siniestros. Con su olor a azufre que le recordaba constantemente que esto era el dominio de los dragones.
Pero ella se mordía la mejilla y fingía comodidad. Después de todo, era la suegra del futuro rey, y estaba emparentada de forma política con los Targaryen. Una posición soñada, aunque la familia de la que venía la corona y el propio heredero... no tanto. Pero bueno... Continuando su avance por los corredores, ella olfateó con desagrado la brisa que se colaba por las ventanas: salitre y ceniza. De alguna forma, la ceniza de Rocadragón era tan abundante que en ocasiones la podías respirar en el aire. Desagradable. Como todo lo que tenía que ver con los Targaryen y sus primos. Suspiró. Al menos hoy no había azufre en el viento. Una tenía que agradecer lo que tenía, e intentar corregir en lo posible lo que estaba mal. Como la Casa Real estaba más allá de su dominio, la Ama de Marcaderiva se encaminaba hacia lo que si podía enderezar: su deficiente hija.
Pensar en ella la hizo sacudirse sus faldas, como para despejar las preocupaciones que le provocaba la niña ingrata. Bellas espirales azules, verdes y rojas adornaban su vestido, y la distrajeron de su advenediza y demasiado orgullosa descendiente. Hacía mucho tiempo que Alarra ya no trataba de encajar con los Velaryon, y es por ello que usaba los símbolos de su Casa materna en lugar que los de la isla en la que había vivido la mayor parte de su vida. Ella no era valyria, no poseía cabellos platinados ni ojos brillantes como las amatistas, y cada Velaryon, ya fuera su esposo o un primo de una rama secundaria, se lo habían echado en cara al menos una vez.
¿Y qué? Había pensado Alarra en su juventud, pensamiento que aún mantenía en la mayor parte. Ella era una Massey, que habían sido reyes en su momento. ¿Qué habían sido los Velaryon antes de que la Maldición y los Targaryen los elevaran? Nobles menores. Padres de concubinas y esposos de hijas de ramas secundarias en el mejor de los casos. Mercaderes que habían comprado su título sin duda, y tan abajo en la jerarquía del Feudo que ni siquiera vivían en él. Su familia se remontaba milenios atrás y los caballitos de mar, si algo, algunos siglos. Quizás un milenio y poco más. Y aún así tenían el descaro de sentirse superiores a ella. Solo por venir de un imperio caído. De sus parientes y vecinos se podía esperar, los dragones eran poder en estado puro, pero ¿de donde sacaban tanto orgullo los Velaryon? Nunca entendería. Lo que si entendía es que su hija había tomado ese orgullo y lo había duplicado tras su boda, como si dicho enlace se debiera a sus capacidades y no a las conexiones que le brindaba su sangre.
Si tan solo E... Se contuvo de pensar en ella apretando los puños. No era momento para ponerse sentimental.
Los guardias en la puerta anunciaron su entrada, y Alarra Massey entró en un paisaje que conocía muy bien y aún así tenía la capacidad para irritarla. La habitación estaba bien iluminada, además de que cada ventana estaba abierta. Como ella, su hija detestaba la interminable oscuridad de la fortaleza. Le gustaba pensar que ahí acababa el parecido entre ambas. A su vez, su hija languidecía sobre un diván, acariciando su apenas visible barriga de embarazada. Era tan pronto en la gestación que su enclaustramiento era todavía una idea lejana. Aún así, disfrutaba de estar rodeada y atendida por su séquito, distribuido de esa forma tan mal lograda que hacía que la dama apretara los dientes. Ella le daba las ideas a su hija, las herramientas, y aquí estaba la niña: jodiéndolo todo.
La Caron estaba en el fondo, como siempre, cantando como si fuera un juglar y no una de las damas de más alta alcurnia de las Tierras de la Tormenta. Las otras igualmente alejadas de la presencia de su hija, aunque no expuestas a un estatus tan degradante como la bardo designada al que se enfrentaba lady Melessa Caron, eran lady Lannister y lady Manderly. Gracias a la Madre, porque si su hija las tratara como vulgares criadas, a Alarra le daría una apoplejía. Que Alyssa relegara tan hacia atrás a dos de las damas más influyentes de su grupo, la dejaba salpicada de indignación por el poco sentido común de su descendiente. La belleza de la leona y la hija del Tritón hacia competencia solo con la riqueza de su familia, una rubia brillante y la otra trigueña como la propia Alarra, por lo que era indiscutible que harían enlaces estupendos. Eran premios demasiado atractivos para ser dejados de lado, pero Alyssa no entendía a razones, solo entendía de pequeñas mezquindades. Como la que contemplaba ahora mismo.
¡Por la maldita Doncella! ¡No puede ser posible! La Massey se contuvo de acariciarse las sienes, presintiendo el dolor de cabeza que le llegaría. La pequeña y escuálida Jeyne Tyrell se había unido al destierro del círculo central de Alyssa. ¡¿En qué estabas pensando?! Quiso gritarle. ¿Echando de su lado a las damas importantes para mantener a quién? ¿A Darklyn, que aunque bastante rica, fue apenas un relleno para completar el número siete? ¿A la Arryn, que era tan poco destacable que apenas recordaba su nombre y era apenas una prima de la rama principal de su familia? ¿A la gorda de Cecilia Tully, con su fascinación por alabar a Alyssa y su creencia de que ella misma estaba lo más cercano que se podía estar a la posición de princesa sin serlo? Casi suelta un bufido. Si no fuera por los dragones, las truchas serían rápidamente superadas por sus vasallos.
Volvió a mirar a la niña Tyrell, forzada al destierro del núcleo de Alyssa. No dudaba que la chica de las Rosas habría caído de su gracia cuando su retoño se enteró de que su familia le ofreció un escudero a la menos agraciada de sus cuñadas. Contuvo la mueca de asco. Incesto, bigamia, bastardos, y ahora una salvaje en la familia. Bueno, otra. Pero la bruja al menos sabía mantener la elegancia. Parecía que no había un solo defecto que los dragones no reunieran bajo su techo, todos cobijados bajo la fuerza de sus alas. Bueno, no había nada por hacer. Se sacudió las faldas. Su plan de llenar la Corte de su hija con las damas de mayor rango de cada Reino no solo se suponía que fuera una declaración externa, sino que esperaba que por la cercanía se convirtieran en un apoyo para su causa.
¿Cómo ganaría Alyssa apoyo, y por ende Aenys, si su chiquilla continuaba alienando a sus futuras aliadas? No le bastaba con ofender con su velado desprecio a Manderly y Lannister, ¿ahora también quería incluir, o más bien excluir, a los Tyrell? Le había puesto en sus manos a las hijas de los mayores poderes económicos del continente, unos que competían directamente con la esposa Hightower de su cuñado, tanta falta que le hacía, ¡y lo estaba arruinando! ¡¿Y por qué?! ¿Por qué los Tyrell querían jugar a dos bandas? ¡Todos los señores medianamente inteligentes buscarían eso! Solo que a los Tyrell, por mucho que fueran criticados después, se les había ocurrido una forma ingeniosa de hacerlo. Eso no era motivo para relegar a una esquina a la niña Tyrell. La chica podía ni saber... estrechó sus ojos, o tal vez sí... el plan de su padre.
Su llegada fue recibida de forma un tanto incómoda. Aunque las siete damas de compañía todavía estaban solteras, y su estatus no estaba del todo asentado, lo cierto era que competían con la propia Alarra con respecto a la jerarquía. Alarra era la Señora de una Casa, la segunda del Reino, como le gustan creer a Aethan. Aunque ella siempre tuvo sus dudas con respecto al lugar que ocupaban en competencia con cierta familia que gobernaba desde Bastión de Tormentas. Dichas damas, las observó a todas con disimulo, aunque devenían de Casas sometidas, ostentaban el título de Grandes Casas. Grandes Casas que una vez habían gobernado reinos, y los Velaryon no podían igualar dicha posición en el escaño. Así que entre saludos intercambiados y reverencias dudosas, Alarra puso su sonrisa más maternal.
Podrían ustedes, señoritas, - dedicó una inclinación respetuosa a cada doncella en el salón, incluso a la Caron que apenas se había atrevido a detener su canto - dejarme tener un momento a solas con mi estimada hija.
Tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para no fruncir el ceño a la anonadina Arryn, que a diferencia de la segunda heredera de Canto Nocturno, no había cesado de hacer comentarios sobre las acciones nada femeninas de cierta princesa Targaryen en el oído de la caballito de mar. Solo cuando Alyssa hizo un gesto, la rubia apagada cerró la boca, y pronto el resto de las mujeres fue despedidas en un susurro de faldas. Apretó los puños al darse cuenta de la rebeldía de Alyssa, que acariciaba su vientre. ¿Tan segura estaba de que llevaba a un heredero varón, y solo por eso podía pasarle por encima? Niña tonta, nunca te adelantes a los acontecimientos. Y tampoco siembres enemigos. Pero Alyssa nunca estuvo dispuesta a aprender esa lección.
¿Qué pasa, madre? - preguntó Alyssa con una altanería más propia de una reina que solo de la consorte del príncipe heredero. Una consorte que esperaba un vástago, pero que aún no había dado un heredero a su padre. El disgusto le subió por la garganta, o quizás fue la bilis.
Bueno, si su hija quería ignorar la cordialidad, también lo haría ella.
Se que no puedes apartarte de los rumores, Alyssa, - dejó que el disgusto goteara en su voz, lo que aún consiguió sacudirla. ¿No eres tan inmune a mí como finges ser, eh, niñita? - pero espero que no se te vea pronunciando una sola palabra contra la princesa Orthyras.
Su boquita se arrugó, y su hija no pudo contenerse - ¡¡¡Actuó como una salvaje!!!
¿Y qué? - cortó ella.
¡¿La defiendes?! - los ojos se abrieron bien grandes, y colocó con dramatismo una mano en su pecho.
Sus acciones fueron inapropiadas para su género, - reformuló ella, alisando graciosamente la tela de su vestido y mirando a través del cuarto como si Alyssa no valiera la pena su atención - pero, - esta vez si miró a su descendiente a los ojos. Ojos púrpuras preciosos, que compartía con su princesita... pero carecían de la picardía de la otra. Que desperdicio - que no dejan de ser efectivas y en defensa de alguien más débil.
Y ese era el discurso políticamente correcto que su hija debería repetir, pero esta era demasiado orgullosa como para aceptarlo. O quizás tan cabeza hueca que no se daba cuenta de que su madre le señalaba el camino.
Alyssa bufó con una total falta de decoro que no debería ser permitida, incluso en la intimidad y entre ellas dos - No puedo creer que lo apruebes.
Ella apretó los dientes. No lo aprobaba. Era solo que en esta situación tan delicada, o estabas de su lado en el accionar, o estabas en su contra. Considerando la versión de los hechos...
Aunque desprecies como actuó la princesa, - no moza, nunca la llamaría moza en público, solo en su mente - no puedes hablar en su contra. Te guste o no. - vio a su hija apretar sus labios y empezó una modesta caminata para liberarse de la energía nerviosa que le provocaba la frustración de intercambiar palabras con el fruto de su vientre.
- No quiero.
No me importa lo que quieras. - atacó tajante con una mirada cáustica - Ya que de hacerlo no solo parece que estarías dividiendo la posición que adoptará la familia real, sino que apoyas el ataque contra lady Tyrell. No lo haces. - ordenó con firmeza.
Una cosa era el conflicto de los Tyrell con la Fé, la Corona había quedado bastante silenciosa con respecto a ello, y otra el ataque sufrido contra lady Aleria y la defensa de la misma por Orthyras Targaryen. Poniente entero tenía bien claro quien era la heroína y quien el villano, y no dejaría que su hija ensuciara por completo su imagen apoyando al obvio perdedor. ¡No lo permitiría! Se dijo mientras clavaba sus uñas contra sus palmas.
Un solo paso hacia Alyssa bastó para que esta reculara y bajara su vacía cabecita - No, madre. - aceptó ella con la obediencia que había esperado desde el principio - Yo... Yo solo me entretengo con los rumores. No los riego por ahí.
Ambas sabían que mentía. A Alarra casi se le sale un bufido como el de su hija, pero ella era demasiado bien educada para ello.
Poco me importa lo que hagas, - concluyó ella - siempre que lo hagas bien y no seas señalada. Ya bastante tienes con haberte ganado el disgusto del rey.
¡¡¡Rhaena estaba enferma y no podía arriesgar a mi bebé!!! ¡¡¡No puedo!!! - estalló Alyssa mientras cubría su barriga con las manos - Llevo al futuro heredero. Nada es más importante.
Incluso si lo trajeras, y no puedes estar segura, - se burló ella, disfrutando como se arrugaba la chiquilla frente a ella - el heredero es lo más importante... a menos que el rey diga que no es así. Si Aegon piensa que su nieta está por encima de todo, entonces tú piensas que Rhaena está por encima de todo. ¿Entiendes?
- Sí, madre.
Pero lucía tan acorralada y protectora con su vientre que Alarra tuvo que ceder en algo, para que no ignorara todo lo que le decía.
Cuando el niño nazca y sea un varón, - eso le ganó una mirada aprensiva - si el rey se alegra y lo favorece, entonces tú lo podrás hacer abiertamente. Pero hasta que eso suceda, Rhaena, como favorita de su abuelo, debe parecer ser lo más importante para tí. ¿Entiendes?
Está bien, madre. - por alguna razón, aunque le agradó, su capitulación le pareció demasiado rápida.
¡Tonterías! Se dijo Alarra mientras salía. Alyssa vería que su forma de ser era la correcta. Ahora, solo le hacía falta enderezar a otro caballito de mar más.
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Cuando su madre salió de su sala, con ese andar que conocía muy bien, Alyssa se derrumbó sobre el diván. El sonido de sus pasos repiqueteando por el pasillo en vez de aliviarla, de alguna forma la hizo sentirse enferma. Tenía sentido. El tac-tac era material de pesadilla para ella. Cuando desapareció el sonido, sus manos temblorosas acunaron su diminuta barriguita, ahí donde reposaba su niño. Las ganas de vomitar no se hicieron de esperar, y gracias a la previsión de los sirvientes del castillo, había un receptáculo preparado para ello.
Vació su estómago y lo volvió a vaciar. El malestar envolviéndola mientras se permitía dejar escapar algunas lágrimas. ¡Odiaba toda esta situación! ¡Cómo la odiaba! ¡¡¡La odiaba!!!
Como si no estuviera lo bastante arrinconada con todo, había llegado su madre y había empezado a presionar con esa mirada de eterno disgusto que siempre le dedicaba. Alyssa, sin importar lo que hiciera o por más que tratara, no era suficiente para ella. No era suficiente ni cuando su septa elogiaba sus costuras. No era suficiente cuando el maestre felicitaba su escritura. Ni cuando bailaba, sonreía, atraía pretendientes. ¡Nada! Incluso como esposa del príncipe heredero, antes de todo el fiasco que fue la boda de Maegor en Antigua, Alyssa había resultado ser deficiente para ella.
Pero la distancia hacía fácil ignorarla. En especial cuando su madre estaba en Marcaderiva y ella ignoraba sus misivas. Sus mejores tiempos. Sin madre que la mirara como si estuviera defectuosa. Con toda una Corte para adorarla como esposa del hijo dorado del monarca. Sin embargo, todo lo bueno tiene un final, y para rematar llegó su madre a esparcir su amarga sabiduría. Resopló, y el sabor amargo del vómito de alguna manera le llegó a la nariz.
Necesitaba deshacerse del sabor.
Aún con todo, había escuchado a su madre. Pese a no soportarla, pese a todo, había creído que... No sabía. Que por una vez estaría de su lado. Por completo de su lado y no sólo dar sus críticas disfrazadas de consejos beneficiosos. Lo que le decía tenía sentido, y no dudaba que si no fuera ella, alguien empezaría a señalar lo mismo: ella ya tenía diez y ocho años, casi diez y nueve, y todavía no tenía un heredero varón para mostrar. Tenía que tenerlo, en especial desde que el mocoso altanero de Visenya había logrado apuntalar su posición.
Como si una esposa Hightower, con todo lo que eso traía, no fuera lo suficientemente malo, su otra cónyuge tenía un dragón. Un puñetero dragón. Su facción comenzaba a lucir atractiva para muchos, a pesar de que el rey tenía a un obvio favorito como sucesor y no era él. Un heredero cambiará todo, había dicho su madre, y Alyssa se había dedicado a la tarea.
Se levantó tambaleante. Sola, porque había expulsado hasta a los criados de la habitación temiendo que se hiciera pública la reprimenda de su madre, y no los había llamado de vuelta. Sobre una mesita de madera tallada, tomó una jarra de vino y la usó para deshacerse del amargo sabor de la bilis. Un mareo la hizo aferrarse al tambaleante mueble. Estaba destinado a ser bonito y coqueto, no a soportar el peso de una mujer ya crecida. Tuvo que tomar un par de respiraciones amplias hasta encaminarse de regreso al diván. Los escasos pasos se le hicieron demasiado largos, y la falta de testigos le permitió caer sin gracia en el pequeño nido que se hizo entre sus cojines.
Alyssa esperaba a un niño, se palpó la barriga. Estaba segura de que era un niño. Tenía que serlo. Pero nada se había arreglado a pesar de su embarazo. Aegon se enfurruñaba porque priorizaba su embarazo por encima del malestar transitorio de Rhaena. Su madre quería que favoreciera a una hija por encima del varón que todos le exigían que tuviera. La otra mujer de Maegor, la salvaje, era ahora el centro de atención no de la Corte, sino de todo Poniente. ¿Cómo es que todo estaba yendo tan mal para ella? ¿Por qué nada tenía ya sentido?
Siempre se le había pedido un hijo. Era su deber. Su función. Así como se esperaba que los hombres gobernaran, se esperaba que las mujeres dieran a luz a los siguientes gobernantes. Y lucir encantadoras durante todo el proceso. Ella estaba tratando de hacer eso, sin embargo parecía que todos estaban en su contra. Se secó el sudor que comenzaba a acumularse sobre su labio. Su suegro prefería poner en peligro su embarazo a que su hija, la hija que falló en nacer varón, sufriera sola.
Debería haberlo previsto, suspiró al mismo tiempo que se hundía en la suavidad bajo ella. Todos estuvieron levemente decepcionados cuando nació su primogénita, excepto el Conquistador. Sus ojos púrpuras habían brillado y una sonrisa incluso más grande que cualquiera que le hubiera dedicado a Aenys se posó en su cara. Llegó a derramar algunas lágrimas de alegría, cosa que pocos se atrevieron a mencionar.
Alyssa quería volver desesperadamente a aquel tiempo. Cuando era la estrella de la sociedad junto con su esposo. Cuando era la única mujer en la familia real. Bueno, frunció el ceño, estaba Visenya. Pero la reina estaba tan apartada del dominio femenino de Alyssa como lo estaba Dorne del Muro. Decidió soñar con ello mientras se adormecía. No había pasado mucho tiempo desde aquella época, pero le parecía a un mundo de distancia. Cuando Alyssa había sido la señora de las damas de la Corte. Cuando nadie competía con ella. Cuando el rey, se estremeció, si bien no la alababa, parecía satisfecho con como actuaba. Un tiempo sin su madre para señalar todos sus fallos, los cometidos y los por cometer. Pero todo había cambiado.
Ahora estaba la Hightower, la rubia orgullosa que se creía la nuera favorecida de la familia. ¿No se daba cuenta que no sólo estaba por detrás de Alyssa, sino que también de otra mujer dentro de su mismo matrimonio? Y la otra, apretó los dientes mientras el sueño se le escapaba. Bueno, momentáneamente. La... la... la bastarda. No había cabida en su mente para que pensara en ella como una princesa. Aunque lo era. Y eso la aterrorizaba. Podía luchar contra la influencia de cualquier otra dama. Ceryse, con todo su regio linaje, seguía siendo tan ajena a las costumbres Targaryen como un norteño en medio de un septo. Puede que incluso se sintiera naturalmente encumbrada por encima de Alyssa, siendo Antigua tan poderosa dentro del Dominio. Pero la corona reposaba sobre una cabeza valyria, y solo otra familia valyria, los Velaryon, podían ser considerados la mejor opción para continuar el linaje real. Por ello Ceryse había obtenido al hijo de repuesto y Alyssa al príncipe heredero.
Pero Orthyras era una historia diferente. Era una Señora de Dragón, por mucho que no luciera como una, pensó enseñando los dientes en una mueca. La bestia bajo su silla de montar le aseguraba el poder. Para colmo de males, Aegon la había dotado con un título superior al de ella. La esposa del heredero al trono estaba destinada a sobrepasarla en la jerarquía, eventualmente, pero como mismo había dejado en claro Orthyras: eso era en el futuro. Hoy debía inclinarse ante ella.
Tú cambiarás eso, dijo acariciándose el vientre con caricias suaves. Cuando nazcas, mi niño, la Corte volverá a adorarme. Todos la felicitarán por dar a luz al próximo rey y dejarán de hablar de la salvaje consorte de Maegor y su estúpida silla. Sonrió. Sus ojos parpadearon pesados y pasó su mano sobre donde dormía su bebé una vez más. Su bebé varón.
No te preocupes por nada, mi vida. Mamá hará lo que sea para protegerte.
Y soñó con los bailes a los que la había llevado Aenys y los vestidos que habían encargado para ellos. Sedas y joyas que nunca antes esperó tener. Soñó con las canciones y alabanzas sin fin que le dedicaron. Y soñó con todas las otras cosas bonitas que le había traído ser la esposa del futuro rey.
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Estaba tan satisfecha con haber corregido a su rebelde retoño que Alarra no se molestó, demasiado, al recorrer los lúgubres pasillos que parecían cernirse sobre ella. Llena de formas que desafiaban la lógica, con torres que se retorcían como extremidades de un monstruo intentando atrapar una presa en el aire, el hogar ancestral de los Targaryen era cualquier cosa menos normal. Si los constructores tenían un gusto por lo oscuro, o simplemente buscaban intimidar a cualquiera que se acercara, nunca lo sabría. Solo entendía que fueron muy efectivos al lograrlo.
Sin embargo, se tragaría su desprecio, tanto por las costumbres de los habitantes del castillo como por la arquitectura del mismo, y sonreiría. Sus tradiciones aberrantes les habían permitido conservar sus bestias de batalla y reducir a un continente de rodillas. Por ello eran reyes, y un día serían sus nietos quienes llevarían coronas y tendrían bajo sus pies a todos los reinos del Ocaso. ¿Qué importaban sus desagradables costumbres siempre que no las tuviera que sufrir ella?
No, Alarra tenía todo para sentirse contenta. Una hija enderezada, y sí se desviaba solo debía corregirla de nuevo, concluyó sin que el pensamiento le molestara como antes, y su linaje en línea directa para sentarse en el trono. Una sonrisa de satisfacción se posó en su boca, aunque ella la moldeó en una más tranquila y benigna. Nadie quería ver a una mujer ambiciosa de frente, aunque igual la despreciarían a sus espaldas si actuara como una tonta ingenua. Por ello se contuvo. Todavía no era la madre de la reina consorte. Todavía no era la abuela del rey que ni siquiera había nacido. Pero un día lo sería. Y haría lo necesario para garantizar que sucediera.
Los Massey distaban mucho de la escala de poder para mantener dicha posición, y si un azar del destino la había colocado aquí, ella lo explotaría.
Sacudió su vestido mientras continuaba su paso por los corredores principales y más concurridos. Los secundarios eran para criados y personas que ocultaban algo, o querían avanzar rápido. Sin embargo, nunca se arriesgaría a ser señalada, por lo que mantuvo su andar comedido y elegante por pasillos que se encontraban repletos con los cortesanos de Aegon. Su sonrisa se tornó respetuosa para aquellos que estaban en su misma posición y un asentimiento regio y cuidadoso a cualquier noble que estuviera por debajo. Alarra Massey era la suegra del heredero al trono, el próximo monarca, y todos lo tenían en cuenta. Ella también, pero a su vez entendía que debía dedicarle cierto respeto a aquellos que quedarían como inferiores a ella en el escaño. No consideraba buena idea sembrar enemigos entre ellos, y era la actitud a mantener incluso cuando ya tuviera el poder en sus manos. Poder que le darían los dragones que caminaban sobre dos piernas, por lo que como había hecho antes, se tragó su desprecio por sus enlaces endogámicos y saboreó el dulce néctar del respeto prestado.
Que Alyssa hubiera sido reducida por ella solo magnificó su buen humor, además de provocarlo. Una nube de gracia la envolvía a pesar de las penumbras de este lugar, que no podían ser disipadas ni por el sol ni por la luz de las antorchas. Sin embargo, todo ese bonito sentimiento desapareció cuando se enfrentó a lo que solo podría llamar un espectáculo aborrecible.
Aethan había permanecido en la isla más tiempo del requerido. Como Consejero Naval de Aegon y miembro de su Consejo Privado, debería estar rotando entre Desembarco del Rey y Rocadragón, no estacionado aquí. Pero Alyssa, como la niña altanera que era, se le había ocurrido fastidiar a la reina y a su hijo. Por mucho que la despreciara, Alarra respetaba a Visenya, y le temía. El plan de su esposo de buscar sofocar cualquier intención de retribución de la bruja no sólo le había parecido una buena opción, sino una absolutamente necesaria. Eso fue entonces. Ahora, con una cercanía entre ambos que le hacía fruncir las cejas, la idea brillante comenzaba a sonar como una excusa.
La cabeza de la Casa Velaryon paseaba con la reina Visenya sostenida de su brazo. Como si fuera su maldito paje. No pudo aguantarse del todo y alzó un labio del disgusto, por lo que cubrió el gesto con un delicado movimiento de su mano. Desagradable. El hombre que se esforzaba tanto en lucir como un rey, actuaba como un maldito suplicante ante la hermana del Conquistador. Un bufón que se dedicaba a entretenerla.
Aunque quizás... Escrutó al resto de los observadores de la escena, aunque no dudaba de que se chismorrearía sobre ello más tarde no había cejas alzadas, por lo que quizás su esposo no luciera de forma tan indigna. Suspiró. Parecía que sus propios sentimientos y rencores contra los miembros más viejos de la familia real alteraban su noción del mundo. Lo que era inaceptable.
De todas formas, esperó que notara su presencia mientras permanecía calmada con tranquilo recato. Aquí no había una esposa exigiendo la atención de su esposo. Solo una dama ideal. Fue Visenya quien alertó su permanencia y se despidió de su marido. Alarra, como la dama que era, le dedicó la reverencia que le correspondía. Cuando los abandonó, pudo notar que Aethan entendía que quería tener un intercambio con él, pero el gesto plano de su boca le decía que no le gustaba. Poco le importaba.
Mi querida esposa, - extendió su brazo, aunque su cara lució brevemente pellizcada - ¿podría concederme un paseo a su lado?
Por supuesto, querido. - al menos su esposo había tenido la presencia de ofrecer y no esperar a que ella pidiera.
Puedo preguntar... - le dedicó un asentimiento breve a Lord Staunton que pasaba por su lado - ¿qué hizo tan necesaria tu presencia a mi lado?
Se suponía que solo limarías con ella las asperezas provocadas por las acciones de Alyssa. - hizo como que no escuchó su pregunta, fingiendo no reconocer que su marido prefería mantenerse lo más alejado de ella que pudiera.
La mueca en su cara fue rápida, pero no se le escapó - Eso hago, esposa.
¿En serio? - alzó una ceja coqueta y lanzó una breve risa delicada antes de apretarle el brazo y enunciar - Porque a mí me parece que actúas demasiado amistoso con la reina. - hizo una pausa ante de incluir un - Querido.
La reina es mi prima, Alarra. - así como si nada, él continuó hablando como si ella fuera una niña carente de sentido común - No tiene nada de malo que disfrute su compañía.
Tal enunciado la hizo apretar los dientes mientras mantenía su tez en un aspecto benévolo.
¿Es solo eso? - alzó el mentón con la suficiente dignidad - Porque más bien luce como si te dedicaras a perseguir las sobras de Aegon. - él trató de detenerse, pero ella empujó para que mantuvieran el paso, fingiendo ser solo un matrimonio en una charla cordial - Pero bueno, supongo que lo llevas en la sangre. Después de todo, los Velaryon están acostumbrados a quedarse con los despojos de los Targaryen, ¿no? Solo que tu no pudiste, querido. Aegon no lo permitió.
Como esperaba, Aethan se enfureció y soltó su brazo con un movimiento brusco. Aquella herida le dolía todavía como si fuera el primer día, y no como si no hubiera pasado unas tres décadas atrás. Por suerte para ellos, Alarra había previsto la reacción y los había conducido por un pasillo lateral, aquellos que desprecio más temprano. Pero una cosa era recorrerlos sola, y otra acompañada de su marido.
No sé quién te has creído, esposa, pero mo me quedaré aquí para que me insultes. - Aethan se agitó, su cabello plateado lacio siguiendo sus movimientos. Solo por un instante, su fachada regia se tambaleó a punto de deslizarse.
La única que debería estar furiosa soy yo. - replicó ella enderezándose con cuidado su tocado - Después de todo, - lo miró con desdén - acabo de ver a mi marido coquetear con una mujer. Una mujer casada con nuestro gobernante, para empeorarlo todo.
¿Eso es lo que crees que hacía? - el Señor de las Mareas se burló - Nunca has sido una de esas mujeres pegajosas, Alarra. De las que vigilan a sus maridos y se inventan historias en la cabeza. ¿Tengo que incluir ahora celos enfermizos a tus muchos defectos? Visenya - pronunció su nombre con tal confianza que un nervio le quiso estallar - es solo una vieja amiga con la que...
A la que se suponía que debías acercarte por el bien del feudo y nada más. - terminó ella - No se te debe olvidar que esta supuesta amistad es solo para el beneficio de los Velaryon. No es real. - presionó.
No estas en posición de darme órdenes, esposa. - le réplica de él estuvo cargada de disgusto, y no tardó en recobrar el porte que lo caracterizaba - Parece que te he dejado a cargo del feudo durante tanto tiempo que se te olvida que yo estoy por encima de ti.
No se me olvida. - mordió ella con frialdad - Solo te recuerdo que tu hija esta casada con Aenys. La facción de Visenya es una amenaza para tu yerno. Una que vigilar y destruir en la medida de lo posible. Si quieres a tu sangre en el trono, eres tú quien no debe olvidar esto. Visenya no es una amiga. Es un peligro del que cuidarse, y tu vínculo con ella un escalón que usar dentro de lo posible. ¿No es así?
Cuando se quedó callado y no respondió, ella engrosó su voz:
- ¿No es así?
Sí, querida. - cedió, con asco y con reticencia pero cedió, y ella estuvo contenta y se aferró a su brazo de nuevo. Aethan lo permitió, aunque a pesar de la cercanía, sintió la distancia con él - Sabes Alarra, después de años aún eres capaz de sorprenderme. Nadie en este mundo puede tener tu habilidad para exponer la realidad... - le dedicó una mueca que nunca pasaría por una sonrisa - ...de forma tal que haces sentir lo más miserable posible a la gente a tu alrededor.
No le dio tiempo a contestar.
¿Me pregunto si entiendes que es por ello que nadie en tu vida quiere permanecer a tu alrededor? - y con esas palabras se liberó de forma suave de ella y con una corta despedida, la abandonó.
El hecho de que no pudiera contestarle como se merecía, a la vez que mantenía una mirada anhelante sobre él para cualquiera que mirara, le dolió más que las palabras que le dedicó. ¿Quién no la quería en sus vidas? ¿Él y Alyssa? Una era una niña ingrata, y el otro la había despreciado aún sin conocerla.
Alarra había llegado a Marcaderiva siendo muy joven, preparada para casarse con un hombre que todos llamaban magnífico y regio. Habían tenido razón, por supuesto. De cabellos plateados y ojos púrpuras, todos aquellos con la sangre de la vieja Valyria poseían una belleza que casi dolía. Alarra, como una de las mujeres más bellas de su tiempo, había creído que serían una magnífica pareja. Ingenua, se burló. Ella había sido solo la segunda opción. Una forma que ideó Daemon Velaryon para compensar la pérdida de su codiciada novia. Alarra había llegado a resentir a todos. A su marido, a sus suegros, y a los estúpidos dragones que habían roto una promesa y robado una novia, y habían conseguido salirse con la suya con el poder de sus enajenados depredadores.
Regresó a sus propios aposentos, no apesadumbrada, pero sí imbuida en una introspección. La piedra ónice que la rodeaba parecía cerrarse sobre ella, un juego de su mente provocado por la extensión de las sombras, ahora que se avecinaba el atardecer. El sol desaparecía en el horizonte, y con ello llegaba el agotamiento sobre ella. ¿Cuán diferente habría sido su vida si no se hubiera casado con Aethan? ¿Qué hubiera pasado si el Conquistador se hubiera adherido a su promesa? ¿Y su esposo hubiera conservado a su adorada prometida?
Ella dejó que una mano recorriera la superficie de las paredes. Demasiado lisa, demasiado perfecta, demasiado antinatural como todos los Targaryen. Pensó en lo que pasó, y en lo que hubiera sido, y eso eventualmente la llevó a preguntarse cosas sobre aquellos que ya no estaban:
¿Cuánto brillaría Visenya si Rhaenys, la amada por todos, o casi todos, - se mofó - estuviera aquí?
Y pensar en los que se perdieron la llevó a un rincón más oscuro de su mente: ¿Tendría ella que lidiar con la incompetencia de Alyssa si su hija, su niñita, hubiera sobrevivido?
Por supuesto que no. La respuesta era tan obvia y ella se encontraba tan distraída que casi resopla. Solo una vida de mantener siempre la dignidad se lo impidió. El mundo, estaba segura de ello, habría sido muy diferente si otros hubieran vivido.
Entre Aethan y ella jamás hubo una pizca de amor. Puede que algo de respeto en el mejor de los casos, y ya. Cuando nació su preciosa hija, con sus bellísimos ojos valyrios pero el cabello oscuro de los Massey, Aethan la desestimó. Su esposo prefería niños que se vieran "puros". Pero Alarra lo había sentido en sus entrañas desgarradas: la nena en sus brazos era especial. ¡Y por los Siete que lo había sido! Puede que el orgulloso Aethan no estuviera contento al principio, pero Ethelyna era uno de esos niños pícaros y vivarachos que sabían cómo ganarse a la gente. Así había ocurrido. Su Ethelyna, que había nacido mujer, que había sido "menos valyria" que sus hermanos, que fue ignorada al nacer, pronto se convirtió en la favorita indiscutible de su padre. Aún por encima de su propio heredero. Pero esa era Ethelyna, de sonrisas grandes y ternura aún más grande.
Cuando Aenys nació, los Grandes Señores de Poniente ofrecieron en silencio por sus hijas. El bebé podía debatirse en su cuna, a veces demasiado cerca de extinguirse, pero de vivir todos lo querían como prospecto de matrimonio. Sin embargo, sobre los Targaryen pesaba una deuda con los Velaryon. Visenya los había vuelto a conectar, pero en el fondo el vínculo seguía siendo tentativo, áspero. Rhaenys, casi a los dos años de nacer su hijo, voló con la plateada Meraxes sobre el hogar de sus primos. Aunque aún había incomodidad, ella se había paseado por el castillo con un aire divertido que contradecía su naturaleza astuta y política. Ella llegaba con el pacto que esperaban ambas familias para dejar atrás los viejos rencores: la próxima reina de los Siete Reinos debía venir de la simiente de Aethan Velaryon. Ella, aunque no lo dijera, estaba ahí para escoger una novia.
No esperes que elija a Ethelyna. - le había soltado su esposo incluso mientras cargaba en brazos a la niña. Las niñeras podían encargarse de los demás, pero su pequeña quería el calor de su padre - Los dragones buscarán la sangre más pura.
Por ello Rhaenys había sostenido a una enfurruñada Alyssa en brazos. Una niña de la misma edad que su bebé, de rostro encantador oculto por un puchero de incomodidad. No hizo un berrinche solo por la mirada vigilante de Alarra sobre ella, que al menos esa vez supo reconocer muy bien. Cuando fue retirada, la esposa favorita del Conquistador pareció satisfecha con lo obtenido. Hasta que apareció Ethelyna, fresca y curiosa Ethelyna dos años mayor, que no dudó en subirse a su regazo y preguntar, envolviendo y retorciendo uno de sus negros mechones entre sus dedos gorditos:
¿Si la otra reina llevó a un niño rey sobre su dragón, - Ethelyna pestañeó zalamera - eso significa que usted me puede llevar a un paseo en el suyo?
Todo el mundo contuvo el aire, pero Rhaenys no quedó ofendida, sino enamorada. Enérgica, pícara, encantadora. La tercera cabeza del dragón había deseado sostenerla en brazos y mantenerla cerca todo el tiempo. Podía no ser tan valyria como Alyssa, incluso... Alarra tragó duro antes de admitirlo: podía ser que Ethelyna no fuera tan bella como Alyssa, de rasgos perfectos, pero sabía hacerse un hueco en el corazón de los que la conocían. Por ello a Rhaenys le había encantado esa niña llena de chispa, y lo que Rhaenys quería, Rhaenys tenía. Aunque no se firmara ningún esponsal, todos sabían. La esposa por amor de Aegon el Conquistador había hecho su elección.
Después de eso, y a pesar de como había resultado ser su matrimonio, Alarra no le pudo guardar ni una pizca de rencor a la mujer. ¿Qué importaba que sus decisiones hubieran atrapado a Alarra con un marido poco acogedor? Fue Rhaenys quien descubrió el tesoro que era su hija, y era por Rhaenys que esta se convertiría en la reina de todos los reinos conquistados. Todas las aspiraciones que tenía Alarra para ella comenzaban a hacerse realidad y había una sola persona a la que agradecer.
Pero Rhaenys había muerto, y también su niña. Sus ojos se le aguaron, y ella trató de evitar las lágrimas al menos hasta llegar a sus aposentos. Un par de giros más y estaría ahí. Trató de recordar a su princesa: Pilluela, vibrante, quizás no tan perfecta como Alyssa pero lo compensaba con un carácter que encantaba a todos. Hubiera sido una consorte adorada por la Corte, y no sólo admirada por asociación a su marido como su otra hija. Habría sido amada por si misma.
Al recordar las últimas palabras que le dedicó, sus pies se tambalearon. Por suerte la puerta de su estancia estaba allí para sostenerla. Alarra había regañado a una Ethelyna demasiado joven, por su fijación con los dulces de zanahoria. O cualquier cosa de zanahoria para el caso. El problema era que alteraban el color de su piel, y Alarra le había prohibido volver a probarla.
¡Fuera! - le rugió a sus sirvientes que pronto escaparon. El control de Alarra no era bueno en ese momento y prefería que no hubiera nadie para verla caer.
Había ido a Ballaroca, a visitar a su familia, y había regresado para encontrar un desastre. Sus dos hijas mayores habían salido a jugar fuera de la fría fortaleza. Alyssa como siempre persiguiendo a su Ethelyna, y en un momento dado, su encargada descuidó su vigilancia. Había regresado de retozar solo una. Solo supo lo que le contaron. Ethelyna no había estado bien cuando la encontraron, y nada de lo que hizo el maestre le dio solución. Hizo colgar al guardia, castigó a Alyssa a toda una luna a pan y agua (castigo que Aethan rebajó de forma inmerecida) y vendió a la niñera a un esclavista. Se arrepintió pronto y recuperó a la mujer, solo para que la arrojaran desde un barco a la mar con una piedra atada a los pies. Era poco probable que tuviera un destino feliz como esclava, pero Alarra había perdido a su amada hija y no se arriesgaría.
Sus pasos fueron pesados mientras atravesaba la sala, luego el cuarto. Tuvo que rebuscar su tesoro entre sus cofres personales. Debajo de unos vestidos estaba un libro, y dentro del libro había una carta antigua pero bien cuidada a pesar de su edad. En ella, escrita con esas líneas aún torcidas, esas que tienen los niños que aún no dominan la caligrafía, estaban las últimas letras que le dedicó su princesa. Un mensaje para su madre que estaba lejos:
- Te extraño mucho, mamá.
Yo también te extraño, mi dulce amor. - y requirió toda su fuerza no aplastar el pergamino marchito contra su pecho - Si estuvieras aquí, te dejaría comer toda la zanahoria que quisieras, y nunca, nunca, te regañaría por ello.
Nadie jamás sería capaz de imaginar cuanto me haces falta.
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Las olas estaban encrespadas. Como colmillos amenazantes que esperaban a una presa. El mar era tanto parte de todo como un depredador. Quien cayera al agua salada sería devorado.
El viento batía con violencia, soplando en contra. Traía con él el tranquilizador olor a azufre y la aún más familiar sensación del polvillo blanco que escupía la montaña de la isla. No había tierra a la vista, pero estaba cerca.
El sol comenzaba a ocultarse, pero no necesitaba de él para ubicarse. Tenía grabado que dirección tomar. Forzó sus músculos y batió con más fuerza sus alas. Un rugido fue lanzado para anunciar su llegada.
Casa, casa, casa. Pronto estaría en casa.
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Algo la despertó, aunque no supo qué, pues el silencio en la habitación fue absoluto.
Su siesta no le ayudó en nada, pensó Alyssa mientras se pasaba una mano por la boca, el sabor ácido y amargo dominando todo. A pesar de haber tenido bonitos sueños, se había despertado aún más miserable que cuando se acostó.
¿Dónde están los sirvientes? quiso gritar, pero no tenía la energía para ello. Entonces recordó que habían sido expulsados de la habitación y no los había vuelto a llamar. Aunque inconveniente en este momento, no podía criticar su obediencia.
Su estómago gorgoteó y Alyssa liberó lo poco que le quedaba allí en el contenedor preparado para ello. Perdió la noción del tiempo mientras lo hacía.
¿Alyssa, querida? - alzó la cabeza, algo asustada, sin reconocer al principio la voz.
Ahí, en la puerta, estaba su príncipe ideal. Rizos de oro y plata perfectamente arreglados y una túnica de un precioso azul real. Era una de esas raras ocasiones donde Aenys no vestía con púrpuras o violetas, y aún así conseguía lucir deslumbrante.
Llamé a la puerta, pero como no respondiste decidí pasar. - dijo mientras avanzaba hacia ella. El movimiento hizo que decenas de botones esmaltados destellaran y Alyssa entendió porque eligió esta túnica.
Tanto el material de los redondeados botones, como el tallado de los mismos, era algo de la más alta calidad. Una excentricidad que solo los señores más ricos podrían permitirse, y que el príncipe heredero usaba con una soltura natural. Su Aenys siempre se preocupaba por estas cosas, tanto en las piezas que él vestía como en las de ella. ¿Qué doncella no sueña con un marido que le encante vestirla solo con los mejores lujos?
¡Oh! - la exclamación de Aenys la sacó de la pequeña bola de alivio donde había estado y la alertó. El príncipe estaba mirando su tazón de vómitos, y no tardó en arrugar la nariz - Vaya, mi Alyssa, parece que te encuentras descompuesta.
Sus palabras solo exacerbaron la sensación, y sintió como su boca comenzaba a llenarse de una saliva espesa.
No te preocupes, mi vida, tu esposo está aquí y lo arreglará. - un alivio pequeño y ligero, hizo su nido dentro de su pecho. Incluso con todos sus mareos, la tranquilidad comenzó a arrullarla. Al menos hasta que su pareja continuó - Ahora, cuando parta a mi pequeño evento social, - una pequeña risita educada salió de él mientras exhibía para ella lo que vestía - le ordenaré a los sirvientes que se encarguen de todas tus necesidades.
Fue como si le lanzaran un balde de agua fría. Ella se sentía mal. Su barriga estaba revuelta y no se asentaba. La fatiga iba y venía. No quería un ejército de criados rondándola. Quería... Quería...
Aenys arrugó aún más su perfecta nariz, alterando sus atractivas facciones, y usó un pañuelo que sacó de un bolsillo para distanciarse del olor de sus desechos. El pánico la arañó por dentro. ¡No se suponía que él viera esto! ¡Las peores partes de ella! Había sido educada para siempre enseñar su mejor lado. ¿Y si a Aenys le disgustaba demasiado esto? ¿Y si la asociaba con esta asquerosidad? Tenía que apartarlo. Cosa que no sería muy difícil, considerando sus planes.
Por supuesto, querido. Te lo agradezco. - trató de darle su mejor sonrisa, pero ni siquiera ella creía que lo estuviera haciendo del todo bien al ver la cara preocupada de Aenys.
Quizás... - lo vió dudar - Quizás también debería enviar a un maestre. Luces terrible, mi Alyssa.
Eso sería encantador, mi amor. - usó todas sus energías en sonar contenta con dicho cometido.
Sin embargo, algo robó la atención de su esposo, que miraba a través de las ventanas hacia la menguante luz del atardecer.
Un rugido. - enunció, aunque ella no había escuchado nada.
No debería ser Balerion, o la isla entera habría temblado. De ser Azogue, que no tendía a rugir, Aenys habría estado más preocupado - ¿Vhagar? - preguntó ella.
No. - el ceño de Aenys se desvaneció - ¡Nyxia! - Aenys lució encantado. Demasiado encantado - ¡Ah, querida, sé que esto te hará sentir mejor! Tu esposo conseguirá para ti un regalo digno de una reina.
Y lleno de alegría, se encaminó hacia la salida. La imagen de su espalda grácil y bien entallada por su ropa dominando toda su visión.
No te vayas, quiso suplicarle. No me siento bien. No me dejes sola. Pero las ganas de vomitar regresaban con fuerza, y lo único más fuerte eran sus ganas de ocultarle esto. Por ello mantuvo sus manos en su regazo y una expresión complacida. Un matrimonio perfecto necesitaba de una esposa perfecta. Alyssa sería esa dama.
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Cada pequeño pedacito de él dolía.
Siendo el primero en llegar al suelo desde la montura, Maegor no pudo resistir la tentación de estirar sus músculos. Estaban tensos y apretados, y necesitaba con desesperación liberar la presión ejercida sobre ellos. El movimiento trajo alivio y dolor a la vez. Oh. De alguna forma, al terminar, el relajante gesto lo dejó aún más agotado. Suspiró. Incluso el hambre que tenía, sería dejada de lado en favor de un buen sueño. Pero, olfateó los cueros de su traje de montar, primero un baño.
Sus reflejos fueron los que salvaron al niño Tyrell. Vio una sombra caer a toda velocidad y estiró las manos. Atrapó su cuerpo más por instinto que por otra cosa. La acción apresurada dejó un ardor en sus hombros. El chico en sus brazos permaneció encogido.
Desde arriba, su esposa preguntó preocupada - ¡Fannar! ¿estás bien? - Su rostro se encontraba agitado, con ella atrapada en la cima de la montura y con sus cadenas todavía firmemente atadas.
Eso creo. - dijo el infante, pero no se movió. Tenía los ojos abiertos pero algo hundidos. Y como si fuera una ocurrencia y no algo obvio, enunció - Me resbalé de la montura.
Y había sido tan repentino que no se le había ocurrido gritar. O estaba demasiado cansado para ello.
El agotamiento se apoderó de él con más fuerza después del repentino rescate. Incluso sus huesos se sentían calados y a punto de romperse. Si eso le pasaba a él que era tan resistente, ¿cómo estaría su esposa? Luego, lo pensó mejor. El mocoso Tyrell debería estar más atrapado por el malestar, ¿no? Los niños eran más frágiles después de todo, y este viaje se lo estaba enseñando con claridad.
Dejó a Fannar en el piso con suavidad, lo que fue inteligente de su parte, pues tuvo que sujetarlo para que no se tambaleara.
Se sintió un poco culpable, pues era su responsabilidad el asunto. El último tramo del trayecto había sido el peor debido a su propia necesidad de regresar. No había querido detenerse en Rosby, no cuando estaba tan cerca ya de su Feudo y habían cruzado la bahía del Aguasnegras cuando el sol ya comenzaba su peligroso descenso por la línea del horizonte. Quedarse en Marcaderiva cuando la atravesaron estaba descartado, y ni siquiera a Ortiga se le ocurrió ofrecer la opción mediante ceñas. Ella, por su parte, había decidido aterrizar directo sobre su torre, y solo podía agradecer su idea. Si a alguien se le ocurría armar una bienvenida, esperaba que su llegada lejos de las puertas principales los disuadiera.
No le gustaba la gente, ni la fanfarria, aún menos le atraía el pensamiento con lo agotado que estaba. No tenía la energía para soportar nada de eso en estos momentos.
A pesar de eso, se mantuvo estoico mientras escuchaba el tintinear de los metales. Su esposa se liberaba de sus ataduras de seguridad y él permanecería vigilante, no fuera a ser que Ortiga cayera también. Nunca revelar debilidad y estar siempre preparado eran dos de los códigos principales de su vida. Sin embargo, su esposa no necesitó asistencia. Bajó al suelo con más gracilidad de la que mostró él e incluso tuvo la fortaleza de tratar de sonreírle. El temblor de sus labios reveló que no estaba tan indemne como podría creer al verla.
Nyxia no tardó en despegar con un tirón brutal de sus alas y Maegor sostuvo a Fannar por la espalda de su túnica, no fuera a ser que fuese impulsado torre abajo.
Ustedes, - llamó a los sirvientes y guardias que se acercaban tras la partida del dragón, y elevó al niño por la ropa - lleven a este a los aposentos que preparó mi madre para él. Asegúrense de que esté bañado y alimentado antes de acostarse a dormir.
¿Por qué tengo que bañarme? - preguntó el Tyrell arrastrando las palabras. Maegor notó que no hubo quejas por ser alzado como un trapo. Así de cansado debería estar.
Porque yo lo digo. - podía estar a punto de desfallecer, pero como príncipe Targaryen no dejaría que alguien más se atreviera a cuestionarlo. La irritación y el cansancio también influyeron, haciendo que su respuesta fuera más cortante de lo habitual.
Que Ortiga no mediase le dio una medida de su propio agotamiento.
Aunque la realización le llegó bastante después, cuando ya estaba sumergido en su bañera, en la tranquilidad de sus aposentos. Estaba tan completamente exhausto que casi se queda dormido dentro del contenedor de cobre. Demasiado agotado para analizar nada, lo pospuso para después. Luego de tomar la decisión, salió de la tina y secó su cuerpo. El cansancio no era excusa para ser descuidado, y no se convertiría en el primer príncipe Targaryen en morir ahogado en su propio baño. Se reirían de él en los pasajes de historia. Seco, cálido y a punto de caer rendido en su propia cama, la modorra comenzó a apoderarse nuevamente de él.
Príncipe Maegor. - su Ayuda de Cámara se apareció ante él con una reverencia y un llamado que lo sacudió. Tuvo que apretar los dientes para no mandarlo al demonio. El hombre sabía muy bien que no quería interrupciones. No hoy, y no después de un viaje tan largo. Pero si lo hacía, razonó, era porque había un motivo de peso. El personal de Rocadragón estaba muy bien entrenado para cometer errores que disgustaran a sus amos. Eso no disminuía su insatisfacción.
Las sábanas sobre el colchón lo atraían como se decía que hacía el canto de las sirenas. Volvió a suspirar internamente - ¿Qué sucede?
Solo entonces el sirviente se dirigió a él - El rey requiere su presencia.
¿Padre? Fue todo lo que pensó. Padre quería verlo apenas llegó. Eso era algo bueno, o algo importante. Pero estaba tan agotado. La sensación se alargó en su cabeza. Una mirada a sus ventanas le mostró que la noche era joven. Quizás padre no sabía cuán deteriorado se sentía. Maegor era fuerte, joven, podía aguantar mucho. Su padre sabía eso. Podría ver que quería el Conquistador. No le llamaría por gusto, ¿verdad? No. Su padre era un hombre ocupado. Antes de su boda, apenas había tenido tiempo para él. No, esto debería ser algo que no podía ser dejado para después. No un simple saludo, aunque la idea de que Aegon quisiera recibirle tampoco era despreciable, a pesar de su agotamiento.
Por ello se preparó bien frente al espejo. Aunque no se preocupaba tanto como Aenys, le gustaba asegurarse de no descuidar su aspecto. Aún así, sus movimientos fueron lentos mientras se vestía, y aceptó el servicio de sus criados aunque por lo general, prefiriera hacerlo solo.
Padre quería verlo.
Así que se irguió en una postura adecuada, y se encaminó hacia él con pasos seguros. Que estos le pesaran y que le costara no arrastrar los pies no tenía nada que ver. Era un príncipe Targaryen y el rey lo llamaba. Era el deber de un hijo obedecer.
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Lom, o Lomy para sus amigos, aunque ahora se daba cuenta de que no tenía ninguno, era un cobarde. Eso era lo que lo tenía arrastrándose por el suelo, con un ardor en las rodillas, mientras se aseguraba él solo de que ni una pizca de polvo invadiera las estancias. Debía ser el trabajo de tres hombres pero no...
Lom se detuvo un instante para rascarse la nariz, y de paso estirar su espalda. Observó a su alrededor para no ser pillado rompiendo el decoro, o cualquier otra cosa por la que alguien podría criticarlo. Ufff. Seguía solo en el cuarto. Se encogió de hombros y se estiró. Si alguien se fijaba su pequeña falta tendría que notar las ausencias de sus compañeros. ¡Vagos traicioneros! Resopló. El resto de los criados asignados a limpiar esta parte de los aposentos privados se habían despedido de él y le habían dejado toda la asignación. Cualquiera pensaría que no podía ser peor hasta que escuchabas su excusa: iban al recibimiento del príncipe Maegor.
Sí como no. Como si unos siervos tan bajos en la jerarquía fueran a ser parte de la bienvenida de un príncipe. Pero sus ingratos compañeros sabían que él se quedaría callado y se escaquearían del trabajo. Puso los ojos en blanco antes de volver a fregar el piso. Durante años, la reina Visenya había llevado al personal de Fuerte Aegon a rienda corta, como si una mota de suciedad fuera su enemigo personal. Con ella fuera, y lady Alyssa en el poder, las normas se relajaron un poco, hasta que no. Al parecer, al rey de todo Poniente y leyenda viviente tampoco soportaba la presencia de polvo. Y lady Alyssa, por graciosa que fuera y buena ama, ya que había rebajado su carga de trabajo y no había hecho azotar a nadie que no se lo mereciera, había sido la siguiente en perder la fusta del mando. Esta, como un manto hereditario, pasó a la siguiente nuera del monarca. Lo que tuvo sus propias consecuencias.
Lom había sobrevivido a la purga del personal de Alyssa, y hasta ahora a la de la siguiente en línea para gobernar a los criados, la estimada por el rey y finamente educada lady Ceryse Hightower.
La dama, aunque más discreta, también estaba haciendo su propia purga y reemplazando al personal. Lom, que había subido tan alto en la vida al llegar hasta aquí, esperaba sobrevivir agachando la cabeza y sirviendo sin protestar. Ni siquiera se quejaría que el resto del servicio que deberían limpiar las habitaciones con él se habían ido. Tenía miedo de ellos, de las repercusiones, de ser visto como un cotilla poco confiable. Y por eso estaba aquí, gateando por el suelo mientras sus falsos amigos de seguro andaban descansando.
Pero Lom no los delataría porque era demasiado cobarde.
Ser así no era tan malo, resongó, aunque en otro tiempo quizás no lo hubiera creído. Una vez había sido un niño flacucho y temeroso, al que su padre decidió vender porque se comió todo el jamón de la cena. Había sido Tuck, pero Lomy no había dicho nada. Sí lo hacía, su hermano había prometido propinarle una paliza peor que las que le daba su padre, y además, ¿quién le creería?
Tuck era el hijo favorito de papá, y Lomy era solo el objetivo de su mal humor.
Al final, fue su cobardía la que lo llevó lejos. El señor que lo compró prometió un castigo horrible si no cumplía sus tareas bien, y como tenía miedo de que cumpliera, se había asegurado de que no hubiera quejas de su trabajo. Una cosa había llevado a otra, y había dado muchas vueltas. ¡Y miren hasta donde había llegado! Friegasuelos del propio rey, o algo así. Incluso lo movían desde Desembarco del Rey hasta Rocadragón cuando la Corte se trasladaba a la isla, porque el personal aquí no era suficiente. Lom estaba caliente, bien alimentado, vestía lino fresco cuando hacía calor y lana gruesa y bien trabajada cuando hacía frío. Cosas que ni él ni sus hermanos se hubieran atrevido nunca a soñar. ¿Quién lo habría imaginado? ¿Qué el hijo del borracho del caserío llegaría a estar tan acomodado? Tuck estaría tan envidioso, se burló.
O quizás no, pensó viendo todo lo que le faltaba y tendría que hacer solo.
Un gemido de fastidio se le escapó. El resto de los friegasuelos se estaban aprovechando de su docilidad, pero él haría algo. Él... Él... ¡Le pediría al jefe del servicio trabajar con el personal de Rocadragón! ¡Eso! ¡Qué buena idea! ¡Así cambiaba de compañeros sin poner en entredicho a nadie! Solo tenía que decir que era por preferencia.
¡Ay, Lom! - se dijo a sí mismo - ¡A veces eres tan listo!
Los del continente a veces rechazaban trabajar con ellos. Con la gente de Rocadragón. Demasiados ojos claros y rastros de violeta, y una que otra cabellera plateada. Bastardos, le habían dicho, o hijos de ellos. Esto último tenía más sentido para él. Si Aegon el Dragón tuviera una amante, los Siete Reinos enteros lo habían sabido antes de que terminara la noche. Y los reyes dragón no dudaban en andar con los nacidos del lado equivocado de las sábanas, si los rumores sobre Orys Baratheon eran ciertos. Que los Targaryen tuvieran a los bastardos de su familia sirviéndoles no era algo descabellado.
Lom, por su parte, poco le importaba. ¿Desde cuándo a la gente común le importaba si el sirviente era legítimo o ilegítimo? Lo único que importaba era que tan bien trabajaban, y como sabía que el personal de la reina no se desviaría de su labor, Lom trabajaría con ellos. Así no tendría que hacer todo el esfuerzo solo. Era una idea inteligente.
El murmullo de unas voces lo puso en alerta. Detuvo todo lo que hacía. Pero no, venían del aposento contiguo. Demasiado cercano, y el hecho de ambas habitaciones tuvieran sus balcones abiertos facilitaba escuchar lo que parecía una discusión. Lom se puso a restregar el piso con más fuerza, con la esperanza de ahogar todos los sonidos. Y que si alguien lo encontraba no dudara de que Lom estuviera esforzándose en vez de estar espiando.
Tampoco funcionó, no del todo, porque algunas palabras le llegaban demasiado claras.
Uno de los que discutía era el príncipe Aenys, de voz clara y melodiosa. Lo reconocía porque todos en Fuerte Aegon lo habían escuchado hablar al menos una vez. El otro, de tono más seco, no le resultaba familiar. Pero podía hacerse una idea de quien era. Apretó el cepillo en sus manos, sin detener su labor. Maegor Targaryen, apenas había llegado y ya estaba peleando con su medio hermano.
Como se esperaba de un príncipe tan brusco como él, pensó con desdén. Pelearse con alguien tan bondadoso como Aenys.
Una vez, el primogénito de Aegon Lord Dragón había pasado a su lado. Demasiado cerca para su gusto, pero Lom nunca le diría al príncipe que caminaba por el pasillo equivocado, y el heredero al trono le dedicó una sonrisa. ¿Dónde se había visto eso con un noble? En ningún lugar. Es por ello que estaba seguro que Aenys era tan gentil y amable. Desde entonces había creído cada cosa buena que se decía de él, que en Desembarco siempre eran muchas. ¿Y su medio hermano qué? Pues era un peleón. Todos lo sabían, aunque no lo conocía directamente. Mejor que se mantuviera así, se estremeció. Lom no quería quedar en medio de su camino.
Aenys habló de nuevo, ininteligible para él, solo para que el hermano antipático lo cortara.
No. - dijo Maegor, o quien creía que era él - ¡Yo lo compré y es mío!
Hubo un silencio, o quizás una tercera persona contestó, en un tono tan bajo que no alcanzaba a llegar a sus oídos. Muy a su pesar, sus cepilladas fueron más largas y espaciadas, intentando diluir lo que se decía. No es que estuviera espiando, ni que fuera un fisgón, se dijo, era solo curiosidad.
¡He dicho que no! - la irritación del hijo de Visenya traspasaba las paredes - Que Aenys lo quiera no significa que pueda tomarlo. Es de mi propiedad y no pienso entregarlo.
Hermano, ¿por qué actúas así? - el desconcierto en Aenys era fácil de reconocer - Nunca te han gustado las cosas bellas como a mí. - más palabras se perdieron en la distancia - Con la moneda, podrías comprarte algo práctico, como siempre eliges. ¿Por qué te aferras a esta?
El porqué no importa. - si alguien le preguntaba, Lom se acercaba porque esta área estaba más sucia, no porque quisiera escuchar mejor - Ni importa lo que me gusta o me disgusta. Es mío y eso es todo.
¡Estas siendo terco! - exigió Aenys, y Lom solo pudo creer que Maegor era más valiente que él por negarle algo al heredero del trono. Pero bueno, más valiente que Lom era cualquiera - ¡Padre! ¡Convéncelo! ¡Está actuando como una mula!
¡Mierda! ¡La otra persona era el rey! Lom aceleró los trazos de su cepillo contra la sección, algo asustado de ser pillado atendiendo a una discusión de la familia real que involucraba al monarca.
¡Que no lo soy! - replicó Maegor, pero este intercambio ya no parecía algo divertido, sino peligroso. Apenas terminara este pedazo se iba, y se iba a ir tan lejos como le permitieran las paredes del cuarto. Sin hacer ruido, por supuesto. El mejor criado era aquel que no era visto ni oído.
Es que no entiendes, hermano. ¡Es preciosa! ¡Toda una joya! - el hijo mayor sonaba entre desesperado y enamorado - La quiero. ¡No! ¡La necesito!
¡He dicho que no voy a renunciar a su posesión! ¿Por qué persistes? - vaya, sea lo que sea, el menor de los príncipes debía gustarle más de lo que era conveniente para él, pues su hermano mayor estaba igual de aferrado a la idea de obtenerlo. Y todos sabían que cuando alguien más alto que tú, quería algo tuyo, por lo general lo perdías.
¡Es injusto! - ahora el tono de Aenys le pareció quejoso a Lom, como un niño que no recibe algo que esperaba, y no como un hombre con el que compartía edad - Soy el príncipe heredero y todos saben que soy un asiduo comprador de... - ¿qué? ¡¿Qué dijo?! Por una vez, ignoró sus miedos y se pegó a la pared para escuchar. Su corazón latiendo errático ante la locura que cometía - Yo debería haber obtenido la primera oferta. No tú.
Pues yo seré el Señor de Rocadragón, ¿y qué tiene que ver? - las palabras fueron escupidas - Si te preguntas porqué pasó, pues no sé. Quizás al igual que todos saben que te encantan estas cosas, igual sepan que no tienes como pagarlas. No es mi culpa que no tengas la moneda para comprar todos los lujos de Desembarco del Rey y de esta isla.
El príncipe heredero se atragantó junto con Lom. La respuesta tampoco tardó en llegar.
¡MAEGOR! - el rey tronó, su potencia permitiendo que se entendiera por primera vez su discurso - ¡¿CÓMO TE ATREVES?!
Se hizo un silencio sepulcral. Tanto que Lom temía que su respiración se escuchara al otro lado de la pared divisoria.
No toleraré tales calumnias en contra de mi hijo. - aunque sus palabras ya no eran un trueno, todavía marcaban como un hierro puesto al fuego - Quizás mi falta de supervisión te ha engreído para creer que se te permitiría tal insolencia. Un día completo encerrado en tu torre a partir de ahora te dará la claridad que necesitas. Sin compañía. Sin armas. Sin libros. Solo tú y tus pensamientos para que reflexiones sobre tus errores. Mañana en la noche escucharé tus disculpas.
Hubo lo que debió ser un murmullo de respuesta. Lom no lo escuchó, pero pudo suponer que solo podía ser - Sí, padre. - o - Sí, mi rey.
Sin embargo, no terminó ahí.
Pero padre. - Aenys se quejó - ¿Qué hay de mi...
Ahhh. - casi podía imaginar al rey con una mano en la frente, por el dolor de cabeza que le provocaría lidiar con dos vástagos tan exigentes - Cuando pase su castigo, Maegor habrá tenido tiempo para pensar, Aenys. Entonces obtendrás tu respuesta.
Con un murmullo bajo, que casi no le llegaba, el segundo príncipe respondió - Podré haberme equivocado al hablarle así a mi hermano, padre. Pero con respecto a lo que quiere Aenys, mi respuesta será la misma. - el arrastre de la frase le hizo darse cuenta de algo. Agotado. El príncipe Maegor venía de un largo viaje y debía de estar agotado. Aún así, se mantuvo firme - No cambiaré de opinión.
Lom apretó los labios y bajó la cabeza, sin querer escuchar más. Se alejó gateando mientras continuaba su limpieza, sintiendo una derrota sin sentido. Como miembro de la realeza, Maegor debería tener muchas cosas. ¿Qué importaba si perdía una? Estaba seguro que después obtendría más. Cosas a las que Lom ni siquiera podría aspirar en sus sueños más salvajes. Debería estar contento de que uno de esos nobles engreídos, aunque más bien era un príncipe, sintiera en carne propia lo que es que te quiten algo que quieres. Aunque la verdad, no se lo habían quitado, todavía.
Pero no podía. Entendía muy bien el sentimiento. El estar encantado de algo, el placer de obtenerlo, solo para que te lo arrebaten de tus brazos sin poder defenderte. Solo porque sí. Solo porque alguien más importante que tú se encaprichó con él. Lom se restregó la nariz y sintió algo de tristeza. Podía entender la posición del príncipe, aunque antes le pareciera un antipático.
También pensó que Maegor tenía un carácter muy fuerte, porque él no se habría resistido tanto. Sabía que no tenía sentido, al menos para él. Pero quizás no fuera igual, se dijo con esperanza, porque Maegor era Maegor Targaryen. Y todos sabían que Lom era ante todo, solo un cobarde. Eso nunca cambiaría.