Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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1.032 páginas, 543.438 palabras, 67 capítulos
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Consecuencias parte III

Ajustes
El sol brillaba sobre los verdes campos y una fresca brisa, impulsada por corrientes de viento que probablemente venían del mar del Ocaso, refrescaba a todos los que estaban en el camino. Graciosas nubes blancas flotaban en el aire, y de seguro cualquiera hubiera dicho que era un clima encantador. No Morgan, que con su humor oscuro, hubiera preferido un día lluvioso y molesto que combinara con su irritación. Estado que mantenía desde la partida de los príncipes, se admitió con saña, y que solo se había exacerbado con el paso de los días. La partida de la caravana Tyrrell a Antigua, y sus consecuentes preparaciones, lo habían hecho peor. Desde el paso tranquilo de su caballo, y miren que él agradecía que le hubieran permitido mantener una montura, echó un vistazo hacia atrás. Gregory estaba encerrado en una jaula, en una puta jaula, encima de una carreta. A la vista de cualquiera que viera pasar la comitiva. Tuvo que contenerse para no apretar los dientes, no fuera a ser que se partiera uno. Los gobernantes de Alto Jardín aspiraban a convertir al Bulwer en un espectáculo público. Por cada pueblucho, cada aldea que pasaran, habrían preguntas. La curiosidad motivaría a averiguar lo que pasaba, y pronto los que no supieran la historia, la conocerían y la contarían. No verían tanto a un Hijo del Guerrero como a una bestia enjaulada, una imagen difícil de olvidar. Respiró profundo, sabiendo que el silencio y discreción al que preferiría la Fé en esta situación nunca llegaría. ¡Y el cabrón de Gregory había pedido que lo sacara de allí cuando lo vio pasar! ¡Imbécil! Él solito se buscó ese lugar. Y aunque quisiera ayudarlo, y no retorcerle el cuello como aspiraba a hacer, los guardias de las rosas se habían cuidado de mantenerlo alejado de su prisionero. Siendo Gregory una causa perdida, volvió a su debacle interno, y a patearse mentalmente por su actuación. ¡Idiota! ¡¿Cómo se le ocurrió tratar así a la princesa?! Es que... Es que la chica lograba sacar lo peor de él. Ni pestañeaba ante su encanto, ni fingía la dulzura que mostraría cualquier dama noble. A estas alturas Morgan lo sabía bien. No han consumado el matrimonio, le había comentado Ceryse sobre la pareja real, y había repetido la información en sus cartas. Orthyras Targaryen se había negado al contacto con su marido desde la boda, y el príncipe Maegor se había visto obligado a ceder. La clave era que cedió el príncipe, el marido, el que se suponía que debía gobernar a la esposa. Pero bueno, supuso Morgan, con un dragón que competía con el de la reina Visenya y ningún hueso sumiso en el cuerpo, la princesa Orthyras tenía el poder para imponerse a su marido, donde todas las demás mujeres del reino se hubieran visto obligadas a ceder. La chica rompía con todo lo que se esperaba de ella. Había desafiado la mente de Morgan, cuando todas esperaban que él solo sonriera y fuera encantador, y se había atrevido a meterse en el altercado de Gregory. Ella era impredecible, única. Lo había defendido cuando pudo quedarse callada y no hacer nada, lo que hubiera funcionado a su conveniencia. Y de nuevo, lo había hecho sin esperar nada de él. La había empezado a admirar a regañadientes, se tuvo que admitir ahora, a solas en su trote pese a seguir el paso de toda una caravana. La chica podía ser algo sencilla, se dijo, no fea. No era realmente fea, se dio cuenta cuando la miró bien. Solo estaba descuidada, y esa cicatriz poco exótica no la favorecía, pero no era horrible. Cuando charlabas con ella, si eras capaz de superar su irreverencia, podías encontrar el intercambio... entretenido. ¡Sí! Eso era, era una chica vivaz y entretenida, con la que era agradable pasar el rato. Todo lo contrario al amargado de su esposo: el mocoso malcriado e insufrible que era Maegor Targaryen. ¡¿Cómo es que ella se dejó tocar por él?! Gritó una vocecita dentro de su cabeza. ¡Podía haberlo evitado! ¡Lo había hecho hasta ahora! La única razón por la que pasó, es que ella lo permitió, tuvo que admitirse al mismo tiempo que regresaba esa extraña revoltura a su estómago. Esa moza, tan diferente y única, había querido que el patán de Maegor la tocara. ¡No tenía sentido! ¡Ellos no encajaban! Aunque de hecho, dudaba que nadie encajara con el príncipe Targaryen. El enojo y la confusión regresó. Casi se golpea la frente tratando de entender el porqué. ¿Por qué la chica lo había permitido? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Con su mente hecha un caos, pero siempre alerta de su entorno, el retumbar de unos cascos lo sacó de su revoltijo mental. Así pudo apreciar como Deziel, con su rictus serio y ofendido, se acercaba. ¿Puedes creer lo que han hecho con Gregory? - preguntó al alcanzarlo, y no tardó nada en volver la cabeza hacia atrás, hacia la prisión de barrotes del Bulwer. Morgan se resistió a mirar. Ya sentía como el enfado le subía, y lo más probable fuera que un vistazo a su compañero cautivo, lo impulsara a tomar una espada de los guardias y terminar con la vida del cretino. Solo de recordar lo que había hecho, y lo que se avecinaba por su culpa, alteraba a sus ya irritados nervios. Gregory no ha sido juzgado todavía por sus acciones para ser tratado así. - el Ryster arrugó la nariz - No importa la magnitud del crimen, esto es una ofensa contra nuestra orden y contra la Fé. Gregory... Gregory es culpable. - declaró cortante - Con juicio o sin él. Y deberías cerrar la boca como debiste hacer desde el inicio, y agradecer que estemos sobre caballos y no siendo transportados en una carreta. Deziel se quedó en silencio, y si iba a responder de alguna forma, Morgan decidió no averiguarlo. Sus emociones no estaban controladas, y no se olvidaba que la intransigencia del Ryster, y su apego a la "corrección", era lo que los tenía al borde del desastre. Así que sin querer escuchar una palabra más, espoleó su caballo, dejando a su subordinado tras de sí. Avanzó a paso veloz, sin alcanzar la velocidad de carrera, no fuera a ser que pensaran que buscaba escapar, y se adelantó incluso a los carruajes donde iban los miembros de la Casa Tyrell. Incluso superó a un enfadado Fossoway. El joven lo miró con ojos torvos y la nariz hinchada y amoratada mientras Morgan se encaminaba hacia el grupo que guiaba el camino. Ahí fue cuando lo notó. No se dirigían por la senda vieja, la que llevaba a la urbe que llamaba hogar, sino que por alguna razón se desviaban hacia la derecha. Hacia el Mander. Esto... No tenía sentido. Tomar el Mander era la ruta rápida, y pensaba que los Tyrell buscaban la máxima exposición. Echó un vistazo hacia atrás, pero no vió el carro-prisión de Gregory. Aún así, sospechando, se fijó en el transporte de la dama Tyrell. La señora de la Casa era demasiado astuta para haber calculado la ruta mal. Algo tramaba. Y sentía en las entrañas que no le iba a gustar. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Era un magnífico día, y lo decía de verdad, no solo porque la vida parecía sonreírle últimamente. Vivían miró hacia afuera, hacia sus campos ya arados, y hacia el patio donde sus hijos jugaban desatinados. Una de sus niñas sostenía un banquito en sus brazos, mientras su hermana menor se aferraba risueña a ella. Mientras tanto la mayor mantenía a raya a uno de sus hermanos y gritaba: - Atrás malhechor, o te reviento con mi silla. Las risas a su alrededor, de su padre y de sus otros hijos, no tardaron en llegar. Alto Jardín les quedaba a un tiro de piedra, y el escándalo de lo sucedido con la hija de sus señores, y su heroico rescate por parte de la princesa, había sido la comidilla de todos. Un chisme transformado en un cuento que sus niños exigían cada noche antes de dormir, y ahora jugaban a interpretar ¡Ey, Vivían! ¿Tienes lo mío? - escuchó como el pedido que llegaba por la entrada de su granja, y recibió al emisor con un saludo. La primera vez que apareció en su casa, Vivían no había tenido miedo. No del todo. Medio pueblo había espiado la llegada de un dragón a sus tierras, y antes de que terminara el día, la comarca entera sabía que dos príncipes dragón, y un Tyrell, habían comido en su hogar. Y habían pagado generosamente por ello. Los intercambios de trabajo por una comida lo suficientemente buena para la realeza no se hicieron esperar. Todos se iban de su choza sudados y satisfechos. Entonces había visto llegar al hombre. El guardabosques. El encargado de que nadie saqueara los bosques, y ríos, destinados a la alimentación y entretenimiento noble. Las ristras de pescado fino, de los que alguien como ella no tenía derecho a pescar, ya se encontraban preparadas. Y aunque habían sido un regalo de los príncipes Targaryen, una siempre se preocupaba de ser castigada por poner sus manos en tales manjares. Todo lo contrario pasó. La mujer del hombre le había dicho que si la comida de Vivían era lo suficientemente buena para la realeza, era lo suficientemente buena para ellos, una de las familias mejor acomodadas del caserío. Así que Vivían había recibido la mejor oferta de negocios de su vida: el guardabosques traía sus presas a ella, para que preparara la comida de su casa, y a cambio Vivían podía quedarse con la mitad de la carne. Conejo, venado, ¡e incluso jabalí! Cosas que una campesina como ella solo podía añorar, y comer a escondidas cuando se podía. Ahora le sobraba el alimento, e incluso tenía para vender. El posadero ya había negociado con ella, y a cambio de monedas, Vivían preparaba la comida de la posada cada dos o tres días. Había pasado de la más absoluta pobreza, a ser una miembro respetada, y con una bolsa llena, dentro de la comunidad. No faltaba la vecina que la miraba con envidia, y murmuraba que quizás todo era una estafa. Que su comida no era tan buena. Pero muchos habían visto al dragón, y para el que no, Vivían tenía la bolsa de cuero que le había dado la princesa, con hebillas metálicas tan finas y bonitas que de seguro las hizo un joyero y no un herrero. Eso silenciaba las malas lenguas que dudaban de ella. Todos en los alrededores sabían que su caldo había bajado a la realeza del cielo, y le había valido el pago de muchas lunas. Y Vivían no lo desmentiría, aunque quizás la gente comenzaba a exagerar. Espera un momento, Pate, - le dijo al guardabosques - que está demasiado caliente. No vaya a ser que te quemes llevando la olla. Yo espero. No te preocupes. - el hombre sonrió mientras se palmeaba el estómago - ¡Ay, Vivían! Si engordo será tu culpa. Su padre soltó una risotada e invitó a sentarse a su visitante. Por su trabajo, la cara marcada por el fuego que asustaba a tantos, no le provocaba un parpadeo a su invitado. Después de ver a alguien comido por un oso, esto no debía ser nada para él. Hombre, - le dijo su papá, dándole un codazo - si me hubieras contado antes lo de la princesa, la habría invitado yo mismo a la posada. Risas en forma de ladridos salieron de ambos. Es que todos decían que era una bruja horrible. - unos ojos de búho asustado se posaron en su cara cuando se dio cuenta de lo que dijo - No es que yo creyera eso. Claro que no. - negó con la cabeza - Pero si yo decía por ahí que alguien me dijo que la princesa pagó todas las bebidas en una taberna, el día de su boda, nadie me creería. O me tomarían por loco. - se quejó. ¡Bah! - se enojó ella. Le debía demasiado a la princesa para permitir que se hablase mal de ella en su cara - ¡La chica no es una bruja! Sus niños, ante su regaño, dejaron de jugar. Ella suavizó su ceño y le hizo un gesto para que continuaran. Te lo digo yo, Pate, - retomó la conversación - la chica solo tiene una cicatriz aquí. - con un dedo recorrió la línea que recordaba - No es para tanto. - dijo con un aspaviento - La princesa es algo morenita, y de cabello rebelde, pero se ve como una chica normal. Sí. - su padre no le había visto la cara, pero tenía su propia opinión - Ya saben como es la nobleza. Están tan acostumbrados a la perfección, a sus damiselas inmaculadas, - añadió con un parpadeo exagerado - que un pequeña marquita y es más que probable que digan que la dama es desagradable a la vista. El guardaparques asintió sin dudar. Ni siquiera él se codeaba con la nobleza, pero todos sabían que tendían a caer en la exageración por las cosas más simples. Pero... - el hombre cancaneó - ¿Qué hay del hecho de que obligó al Septón Supremo a aceptar una boda doble? ¡Y con su sobrina, para empeorar las cosas! Para eso no se necesita ser una bruja. - regañó su padre - Le basta con tener un dragón, y todos sabemos que lo tiene. Eso no lo podía discutir nadie, y tanto Pate como ella asintieron. Era difícil contrariar a alguien con una de esas bestias. Ella haría todo lo que quisieran. Además, - decidió agregar - ¿quién dice que el Septón Supremo no la querría en su familia? Antes las miradas interrogantes explicó: El príncipe Maegor no tiene dragón, aunque venga de una familia de jinetes. Y tendría que esperar a que muera uno de sus padres para tener uno. Yo también preferiría tener un dragón ahora en la familia que no tener ninguno. - colocó con firmeza las manos sobre sus caderas - La boda con la princesa les aseguró eso. Y de nuevo, sin tener que usar brujería. Ambos hombres asintieron, pero Pate no parecía convencido de la sabiduría de sus palabras. ¡Yo sé que la princesa no es una bruja! ¡Yo lo sé! ¡Yo lo sé! ¡Y puedo probarlo! - su energética Loise apareció a la carrera, quizás espiando lo que hablaban, y saltó sobre el regazo de su abuelo - ¿No quieren saber cómo lo sé? A ver, Loise, - su padre le acarició el cabello mientras el guardabosques le seguía con tranquilidad el juego a la niña - ¿cómo lo sabes? Las chicas nobles no tienen que saber cocinar. Mi mamá me lo dijo. - enunció ella por todo lo alto. Los dos hombres asintieron ante el "gran conocimiento" que su hija les otorgaba - Por lo que está bien que la princesa no sepa cocinar. Su padre frunció el ceño sin entenderla, solo que antes de que pudiera continuar, Loise se le adelantó. Pero la princesa ni siquiera se acercaba al fuego del hogar, porque dice que si se acerca a una olla, todo dentro de ella se quema. ¡Así sea sopa! - comentó con diversión infantil ante la confesión que le había hecho la princesa. ¿Y eso que tiene que ver, mi niña? - su padre la arrulló en sus brazos. Abuelo, - le dijo ella enojada - si no se puede acercar a una olla, no puede hacer pociones. ¡¿Dónde se ha visto una bruja que no pueda hacer pócimas?! Ella iba a burlarse de su pequeña, cuando vio a Pate dejar caer la mandíbula impresionado - ¡Por los dioses! ¡Tienes razón! ¡No puede ser una bruja del bosque si no puede hacer mejunjes! Vivían se quedó algo enojada. No le habían hecho caso a lo que ella decía, ni a su lógica, pero su niñita había soltado algo que de repente tenía sentido para todos. Era para estar algo ofendida. Tratando de que nadie viera su enfado, miró hacia afuera, y se preguntó que estaría haciendo la princesa. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ ¡Es un día magnífico y lo estamos desperdiciando por tu culpa! - la acusación asaltó a Ortiga mientras salía de unos arbustos - ¡Te dije que no bebieras tanto antes de salir! ¡Es que tenía sed! - replicó Fannar. Ya fuera el agotamiento o el mal humor de Maegor, el niño comenzaba a mostrarse terco - Ella también fue a mear, - la señaló como si fuera culpable de algo. Que agradeciera que no fuera muy melindrosa porque si fuera una dama muy fina ya se habría ganado una azotaina de su parte - ¿Por qué no la regañas a ella? Porque ella solo lo hizo porque tu nos hiciste parar. De nuevo. - Maegor casi le gruñó nariz con nariz. El casi era porque el niño no alcanzaba a quedar a la altura correcta para hacerlo. Es injusto. - vió al muchachito cruzarse de brazos - Ella al final está haciendo lo mismo que yo. Pues solo se está aprovechando de la situación. - Maegor cruzó sus brazos y resopló - No está interrumpiendo. ¡Como haces tú! ¡Ya basta! - tuvo que detenerlos, o se pondrían a pelear como si fueran críos. Críos aún más pequeños, si lo pensaba bien - Fannar, más vale que vayas a vaciar por completo la vejiga, porque no vuelvo a parar en largo rato. Y si te orinas encima, te lanzaré del dragón. - amenazó. El niño debió creérselo, porque corrió de regreso al árbol que había estado usando. Maegor, - lo llamó cuando Fannar estaba lejos - tienes que tenerle más paciencia. No tengo que tenerle nada. Es intranquilo, irritante y poco dado a obedecer. - las aletas de su nariz se abrieron y se cerraron - ¡Los Tyrell nos dieron al niño más maleducado que tenían! No, no lo hicieron. - ella suspiró - Así son todos los niños. Ante su mirada de desagrado no se aguantó y tuvo que pincharle un poco. ¿Así quieres tener un hijo? ¿Eh? - elevó una ceja con picardía - ¿Qué harás cuando se porte como él? Cuando tenga un hijo - a ella no se le pasó que dijo cuando, no si... - será un niño calmado, educado y obediente. ¡Cómo yo lo fui! - escupió - Ya lo verás, Ortiga. Mi heredero será el infante más tranquilo del mundo. A ella le parecía que él pedía demasiado. Incluso si tenía un niño, pensó con malestar al recordar los problemas con respecto a eso a los que se enfrentó el Maegor de la historia, ¿cómo reaccionaría este príncipe rígido y gruñón al lidiar con las bolas de destrucción incansables en las que sabía que se convertían algunos mocosos? Además, el malestar se intensificó, Maegor había hablado de heredero, no de hijos. No, él no estaba listo para tener a su propio bebé. O al menos eso pensaba ella. Ya terminé. - gritó Fannar saliendo detrás del tronco, olvidando su enojo previo. Cuando pasó por su lado, Ortiga le soltó un coscorrón. El chiquillo Tyrell se cubrió la cabeza y preguntó, más asombrado que adolorido - ¿Por qué fue eso? Eso es por acusarme hace un rato. - levantó su puño apretado y lo agitó - Y que no se te olvide, mocoso: ¡tu jefa soy yo! ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ ¡El líder de toda la Fé soy yo, y digo que no cederé! - estalló Marvin Hightower, cuyo nombre debió desaparecer al ostentar la corona de cristal, y así sucedería para los anales de la historia pero no para su familia - Escúchame bien, Manfred, - agitó el mensaje que traía en la mano - no daré mi brazo a torcer con este tema. Muchos ya murmuran que la Fé se doblega ante los dragones. ¡Que yo, - se golpeó el pecho - me incliné ante los Targaryen y corrompí los principios al permitir su bigamia! No cederé ante lo que piden las rosas! Reforzó sus palabras convirtiendo la breve correspondencia en una pequeña bola y lanzándola con toda la fuerza que pudo a sus pies. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Nubes oscuras comenzaban a agitarse en la distancia, y un viento de agua soplaba desde el este, desde su proximidad al mar. El vuelo se dificultaba en estas condiciones, pero había que cumplir su encomienda. Y así como su labor no cesaba, tampoco lo hacían en la caza los depredadores. Escuchó el chillido de un ave de presa, y abandonó el cielo abierto por la poca seguridad que le ofrecían los enramados del bosque. El cuervo parpadeó, volviendo a escuchar ese sonido que anunciaba que un cazador de los cielos buscaba una víctima, y saltó de una rama normal a una blanca. Sus hojas rojas eran más abundantes que en el ramaje de las verdes, y buscaba entre ellas una mayor cobertura. Se encontraba acicalándose sus plumas cuando fue sacudido por una contracción, y luego otra. Su cuerpo se arqueó y sus alas quedaron abiertas un instantes antes de que se detuviera. Observó el entorno con frialdad. Esto era La Selva, o lo que una vez había sido. Tan recortada y disminuida en comparación a su anterior gloria. ¿Podía aún ser llamada así? También estaba demasiado lejos de su objetivo. Una lengua recorrió el pico afilado, antes de pronunciar con palabras del hombre - Malditos humanos. - y una, y luego otra contracción volvió a recorrer a la pequeña criatura. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ El brillo de un nuevo día la despertó. La luz del Sol, que entraba junto a la fresca brisa marina por su ventanal, aún no era lo suficientemente potente, por lo que aún era temprano. Era normal, pues ella no acostumbraba a dormir hasta tarde. De todos formas, se apretujó contra las sábanas. Estaban en ese punto donde están lo suficientemente frescas, y a la vez, lo suficientemente cálidas, invitándola a permanecer en su abrazo. Contra su costumbre, cerró los ojos y se dejó llevar un ratico más. Es que dormir... No, descansar, era tan delicioso. La segunda vez que despertó no fue como la primera. Por mucho que lo disfrutara, Visenya no era una persona perezosa y su cuerpo no le permitiría continuar con el desliz de su rutina. Así que se giró sobre su colchón, con el sueño espantado, y contempló la seda de casa rosada que envolvía su cama. Frunció el ceño ante la visión. La tela, si se le podía llamar así, era demasiada delicada y frágil. Un movimiento descuidado, un mal tratamiento, y ¡zaz!, se desagarraría. Y toda la moneda que gastó aquí, que no fue poca, se desperdiciaría. Apretó los dientes, no por la compra, sino luchando contra esa línea de pensamiento. Era la reina de Poniente, había pasado dos décadas y medias dirigiendo unos cuantos reinos fragmentos, unidos con argamasa y yeso, era la madre del Señor de Rocadragón. Se merecía cosas como esta. Pero era tan difícil enfrentarse a una misma, y a la costumbre de que pudo haber invertido su oro en algo mejor. ¿En qué mejor? Se burló. Había criado a Maegor con una mentalidad parecida a la suya, por no decir lo mismo. Sin embargo su hijo era de carácter más fuerte, y establecido lo que creía que debía tener un príncipe, no cesaba hasta obtenerlo. Maegor no era ajeno al lujo, aunque tampoco era amigo del desperdicio, y por eso, como ella, podía ahorrar una suma importante de su presupuesto. Con su hijo bien acomodado, cualquiera esperaría que sus fondos personales fueran dirigidos a su propio placer, o quizás acumulados para alguna eventualidad. Sin embargo, y aunque tenía un fondo de emergencia, llevaba media docena de años alimentando el presupuesto de Aenys, cuya asignación no parecía alcanzar nunca. No. Apretó las sábanas entre sus puños. Su moneda debía ser para ella, y para los suyos, pensó al recordar cierta sorpresa que había llegado a Rocadragón justo cuando su hijo y su ladrona partieron. Su hijo... Su hijo la había sorprendido, y de paso la había dejado sintiéndose un poquito traicionada por su descubrimiento. Decidida a no quedarse por detrás de él, consideró que si ella había desperdiciado años y recursos cubriendo a Aegon y a su tan adorado vástago, entonces era momento de que ella se dedicara a complacer a su lado de la familia. Y para ello había hecho un encargo especial. Pobre Aenys, estaba segura de que hubiera amado poseer lo que había preparado. El puro brillo lo habría fascinado. De hecho, originalmente estaba destinado a él pero... No es que tuviera nada en contra de su sobrino, era un chico bastante amable, y, se dijo con una mueca de preocupación, demasiado suave. Pero su hermano le había dado cada cosa que había pedido en la vida. No es que se hubiera vuelto un mocoso egoísta, gracias a los dioses, pero estaba muy mimado. Ella no había sido igual de justa con su hijo, o consigo misma, y eso tenía que cambiar. Y como la ladrona era parte de su familia, sonrió, tenía que encontrar una forma de agradecerle por sacarla de su anterior mentalidad. Acabado su debate interno sobre telas y regalos se sentó en la cama y estiró su cuerpo, solo para detenerse. Parpadeó. Luego se palpó el hombro. La carne magullada y cicatrizada, víctima de una flecha perdida en los Campos de Fuego, aún estaba allí. Pero... Pero... ¡No le dolía! Se quedó pasmada ante su descubrimiento. No le había dolido en días, ahora que lo pensaba mejor. Esa punzada constante, esa tirantez, había desaparecido. Y el alivio que no se había dado cuenta que sentía, llegó con una oleada de felicidad. No creía que estuviera sanada, no por completo. Estaba segura de que la molestia volvería con los fríos soplos del invierno o cualquier otra baja temperatura, aún así... No tener que cargar con esa incomodidad constante, ese dolor sordo, ¡era tan maravilloso! ¿Cómo podría ella no estar de buen humor? Nada en toda la mañana la pudo sacar de ese estado de satisfacción, ni siquiera una breve visita a su hermano. Es más, hasta podía decir que le alegró todavía más el día. Aegon era inteligente, pragmático, un gobernante eficiente y un político astuto, pero, y esto era muy importante: no le gustaba el día a día del gobierno. Podía tener el talento para ello, pero el peso de la administración y la legislación, tareas que antes le correspondían a ella, lo desgastaban. Ahora, como rey absoluto, y absoluto responsable de todo, comenzaba a verse desmejorado. Podía sostener esa posición, y lo hacía, por un promedio de tres lunas al año. Fuera de eso, solía ser el turno de Visenya. Como ella se negaba, tenía que continuar ejerciendo como el monarca definitivo que se preciaba de ser, y no le estaba asentando. Líneas nuevas recorrían su cara, e incluso podía jurar que tenía un par de canas. Aunque era muy difícil de asegurar con el cabello de su familia. También estaba el enfado constante. Enfado contra ella, contra Alyssa por lo que sabía, y justo enfrente de ella, contra su Consejo. Verlo reñirle al Gran Maestre Gawen, que se presentaba en Rocadragón como parte de la rotación del Consejo Privado ya que Visenya no estaba en Desembarco del Rey para gobernar, le dio más placer que... que... Ni ella sabía con qué compararlo. Mientras gobernó el Consejo de Aegon la obedecía. No les quedaba más remedio. Sin embargo, tampoco perdían la oportunidad de socavarla. En especial la coalición formada por Gawen y la Mano del Rey. A Osmund Strong no le gustaba ser dirigido por una mujer, menos que su poder estuviera subordinado al de ella. Que fuera la esposa despreciada del Conquistador había convencido al hombre de una supuesta debilidad que podía usar, y siempre buscaba sobrepasarla. Todo el tiempo se dijo que lo que ellos pensaban no valía su interés. Ella era de la sangre de la vieja Valyria, y la opinión de hombres que a fin de cuentas eran en esencia sus sirvientes, no la deberían afectar. No debería haberlo hecho. Ahora, libre de ser prisionera de su propio deber, la mirada desdeñosa de Gawen le había parecido irrisoria. En especial cuando Aegon le regañó por ignorarlo, y luego ordenarle que cualquier desavenencia que tuviera contra su Mano fuera suspendida. Una vez más la construcción de las murallas de Desembarco del Rey había sufrido una detención debido a un percance, y ella no estaba presente para ser culpada. La humillación que sintió Gawen al ser señalado delante de ella debió ser feroz. No pudo evitar una risilla de satisfacción al recordarla. - Puedo preguntar que te divierte tanto, prima. Visenya alzó la vista. Ojos tan valyrios como los suyos estaban atrapados en un rostro relajado y aún así formal. Aethan Velaryon, a pesar de que su linaje no procedía de la más alta alcurnia del Feudo Franco, conseguía presentarse siempre con un aspecto que solo podía ser aclamado como regio. Tras el último fiasco, donde él acudió personalmente para desligarse del asunto, habían hecho una tentativa para recuperar su pasada amistad. Ella no era del tipo que perdonaba con facilidad tales cosas, pero es que la incompetencia familiar a la que estaba sometido le daba lástima. Trató de no arrugar la nariz del disgusto, para no ofenderlo, pero agradecía tanto que los niños bajo su supervisión no fueran así. Ay, Aethan, - golpeó su pierna, de tan cerca que se habían sentado - me estoy acordando de mis maldades. Una carcajada elegante salió de él, y Visenya notó la diferencia. Tanto con el hombre frío y educado que había sido hasta hace poco, como con el niño pegajoso que solía perseguirla. Ah, casi se había olvidado del Aethan de mejillas sonrosadas que no se apartaba de su lado. Pero ese niño había vivido en otros tiempos. Cuando Visenya trataba de convertirse en la heredera de su padre, y este se empecinaba en que fuera Orys. Cuando Aerion Targaryen presentía que su hija superaba demasiado al sustituto que él había conseguido para Aegon, la enviaba a Marcaderiva como una especie de acogida temporal y corta. Para forzar a encajar con lo que se esperaba de él aún más a su medio hermano. Debieron ser tiempos difíciles para Orys, y los mejores recuerdos de Visenya. En Marcaderiva era amada. Su tío Daemon la adoraba. Aethan y Corlys eran compañeros de juego felices. No había padre vigilando sobre su hombro, no había madre susurrando sobre su deber. Solo Visenya y la verde vecina de su amada Rocadragón. Ella amaba la isla volcánica, de verdad que lo hacía, pero mientras sus padres respiraron fue poco más que una prisión para ella, con breves momentos de alivio. Pero eso fue hace muchos años, y muchas cosas cambiaron por el camino. Como el propio Aethan, que dejó atrás su fase de admirador empecinado y se convirtió en un joven lleno de porte. Porte que conservaba hasta el día de hoy. Lo observó mejor. Erguido y con las piernas cruzadas sobre su asiento, como si se sentara en un solio. En ocasiones, llegaba a pensar que lucía más como un monarca que el propio Aegon. Su hermano-esposo solo lograba triunfar por encima de él debido a que que era difícil superar la leyenda que rodeaba al Conquistador. Frunció el ceño, notando solo ahora que Rhaenys, con toda la coquetería de su juventud, nunca le prestó mucha atención a su primo. A pesar de su aspecto brillante. A pesar de ser su prometido. Aunque... Aethan no entretuvo nunca la necesidad de atención de su hermana, por lo que podía decirse que durante todo el tiempo que estuvieron prometidos, se dedicaron a ignorarse el uno al otro. Ligeros detalles que solo empezaban a salir a la superficie, o más bien que comenzaba a notar luego de no prestarles su merecida atención. Si lo pensaba bien, eso debió ser un duro golpe para el ego de Rhaenys. La hija favorita de los Targaryen, a quien todos llenaban de elogios, era solo algo secundario en la mente de su futuro esposo. No creía que por eso terminó con Aegon, habían varias razones para aquello, pero, no dudaba que este fuera uno de los motivos de más peso. Su hermana no soportaría nunca ser la despreciada. Suspiró. No tenía sentido seguir pensando en ello. Y rompiendo todos los protocolos, se estiró en la silla. Había llegado a la conclusión de que su comodidad estaba primero, y aquí en su hogar, no iba a seguir sacrificándola. Aethan no pareció molesto, sino que vigiló a su alrededor y entonces, con una sonrisa cómplice, hizo lo mismo. El suspiro de satisfacción de ambos ocurrió al unísono, como si lo hubieran planeado. Ambos tuvieron que reírse divertidos por tal sincronía. Tampoco es que durara demasiado, pues pronto unos golpes educados sacudieron su puerta y su primo no tardó en recogerse de regreso a su armadura de formalidad. Resultó ser solo un sirviente con su correspondencia. Una mirada bastó para ver que la primeras letras en la pila eran del Dominio. Todos bajo su mando sabían que era su prioridad. Carta de mis informantes. - agitó el primer mensaje ante Aethan, confesando sin pudor - Deben ser ellos avisando de la partida de los príncipes de Alto Jardín. Llevó días esperando eso. - sonrió antes de contemplar el papelillo y decir distraídamente - Confío en mis crías, pero siempre es bueno mantenerlas vigiladas. Iba a leer la cita, pese a que esperaba palabras breves para informar que todo había salido bien, cuando una pregunta de Aethan la interrumpió. ¿Carta de Bastion de Tormentas? - y cuando lo miró, encontró su ceño fruncido y sus labios ligeramente apretados al contemplar la segunda cartilla de la pila. Con las primeras letras en su posesión, el sello de los Baratheon dominaba sobre el resto de la mensajería. Nunca una carta ajena a un hombre, y a todo lo relacionado con él y con su Casa, había provocado tanto desagrado en un individuo. No la sorprendió mucho. Ni a su tío Daemon ni a él les había gustado mucho Orys. Su tío había considerado un insulto que se trajera un bastardo para sustituir a los hijos de su hermana. Nunca supo de la debilidad de Aegon, de la falta de aliento de sus pulmones. Pero consideraba que si no era él el heredero de su padre, por la causa que fuera, entonces Aerion debería ser más que feliz con Visenya, su sobrina amada. El tío Daemon siempre la creyó perfecta para el papel, incluso por encima de Aegon, le había confesado una vez. Pensar en él la llenó de nostalgia. Lo había perdido tras su boda, tras el insulto de su hermano a los Velaryon, y fue solo por mediación de Visenya que su familia materna volvió al redil. Pero su tío nunca perdonó del todo a Aegon. Orys quedó en segundo, o tercer lugar, con respecto a su disgusto. Y Aethan, pensó al verlo mirar la carta como si fuera su enemigo personal, lo había odiado con cada respiración. Había actuado como si el ofendido fuera él cuando descubrió que su señor padre prefería a un bastardo sobre ella en el trono de Rocadragon, y el odio que le profesaba a su medio hermano no había muerto desde entonces. ¡Pobre Orys! Con razón le escribía. Aegon había sido su único amigo en una fortaleza hostil. Hermano o no, era la competencia de Visenya, no podía vincularse con él. Tampoco es que creyera tener la capacidad en ese entonces, o que su padre lo permitiera. Rhaenys se había llevado bien con él, superado todo el asunto de quien era el heredero del feudo. Tras la Conquista, Orys se había vuelto la cabeza de una tierra extranjera, un lugar donde mató a su rey y tomó su trono, y estaba segura de que muchos esperaban derribarlo para ocupar su lugar. ¡Ay! Se encogió, dándose cuenta que tras la pérdida de Rhaenys, y la ruptura de su amistad con Aegon, Orys había quedado casi tan solo como ella, contando a sus hijos como única familia. Desde su reencuentro, Orys había tratado de aproximarse. El único hombre que siempre la trató con el respeto que se merecía, se dio cuenta, pues incluso el primo frente a ella había pasado una parte importante de su adultez ignorando las mezquindades que sufría en el pequeño Consejo. Mientras tanto, cuando el Baratheon fue Mano del Rey, nadie osó dos veces a mirarla mal. Además, se admitió, la lectura de Orys era entretenida y divertida. Su madre despreció eso. No le bastaba ser un hijo sano cuando su adorado varón estaba postrado en cama, sino que el niño tosco y burdo que había sido Orys, había resultado ser un mejor para las letras de lo que era Aegon. Madre nunca entendió que aunque su hermano creciera con los libros como su principal compañía, eso no lo convertía necesariamente en un erudito con facilidad para la prosa. Sí, - le respondió a Aethan cuando se dio cuenta de que su silencio se había alargado - Orys y yo nos estamos mensajeando. Sus manos se separaron de la breve nota del Dominio, para palpar la carta de Orys. Se debatía si leerla ahora, o disfrutar de ella cuando no tuviera más compañía. Su medio hermano le escribía con comentarios sagaces e ingenio picante, y francamente ella disfrutaba del intercambio. Espero que prefieras mi presencia a una lectura de una que puede esperar. - su vista se levantó. Pese a que trató de suavizar el tono mordaz con una sonrisa pícara, la mirada dura que le dirigió el caballito de mar al rollo desmentía su actuación. Aethan no estaba feliz de competir incluso con la palabra de Orys, de compartir un breve rastro de su interés. No te preocupes primo. - dejó toda la correspondencia de lado - Son letras y poco puedo hacer sobre ellas. - se rió, de forma breve y un tanto falsa, para dejar atrás el incidente - Como tu mismo dijiste, pueden esperar. Visenya trataba sinceramente de recuperar una amistad. Pese a que su primer instinto fue responder con un comentario el doble de cortante, sabía que eso podría alejarlo. Apretó los dientes mientras mantenía el rostro neutro. Sabía cómo mantener a raya a sirvientes y Lores que se extralimitaban, pero fallaba en saber donde se trazaba la línea con los amigos. Aethan se relajó satisfecho, con un pequeño resoplido de aprecio, y ella se sintió un tanto incómoda pero lo desestimó. Llevaba tanto tiempo sola, y sin cercanía a nadie, que olvidaba de los roces que surgían cuando no podía forzar a los que la rodeaban a doblegarse ante ella. Buscaba ser su amiga, no su reina, tuvo que recordarse. Y ordenó que todo lo traído fuera retirado hasta su escritorio. Valió la pena, pues dejado atrás el incidente, tuvo una velada amena. Sin embargo, pronto estalló en la Corte el escándalo, y Visenya corrió hacia su mesa en plena noche. Hacia su correspondencia descartada. Hacía una nota muy breve de sus espías en el Dominio. La primera lectura fue indiscernible, y se vio forzada a volver a leer. La segunda lectura, pese a alcanzar su entendimiento, la dejó igual de confundida, forzando una tercera relectura. Aún así, nada tenía sentido. Alzó la cartilla, para que la luz de las velas la iluminara mejor. Nada. Las palabras eran las mismas, y la breve sombra de los pliegues del mensaje solo exacerbaron su dislocación. No pudo contener las palabras - ¡¿A qué se refieren con qué "lo venció usando una silla"?! Puso la mano sobre la cabeza. Tomó uno de sus anillos para el cabello y lo jaló. Releyó el papel y nada. El mensaje no cambiaba, así como ella no tenía idea de como reaccionar. Sabía de medidas y contramedidas. De acciones que la perjudicaban y acciones que fortalecían su posición. Sin embargo, el absoluto absurdo de lo ocurrido la había dejado inmóvil. Ella tuvo que sentarse. Sin saber cómo tomarse esto, como se lo tomarían los demás. Habrían críticas. Siempre las había. Pero su pequeña ladrona había tomado un paso que la mayoría no estaría seguro de como abordar. Volvió a pasar los ojos sobre las líneas, y olvidando por un instante la política, se le salió un bufido y una carcajada. ¡Esto era tan Ortiga! Al otro día, en el caos de las discusiones, entre los chismes a viva voz que corrían por la Corte, todas las versiones contaban el antinatural evento. Había susurros e incluso algunos gritos. Miradas confundidas, y acusadoras, e incluso hubo uno que otro cortesano que reunió el valor para preguntarle. El escándalo solo crecía con cada nuevo amanecer y cada nueva noticia. Los cuervos volaban en parvadas sin fin. Justo cuando pensabas que todo se apagaba, estallaba de nuevo. Cada pequeño detalle de lo sucedido, y por suceder, era motivo de discusión en Rocadragon. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ ¡Esto es una infamia! ¡Una afrenta contra la dignidad! - gritó un hombre. Varias exclamaciones de acuerdo confirmaron que muchos apoyaban la noción. De igual manera, un murmullo de pacificación recorrió la sala. Había miembros del congreso con los ánimos exaltados, así como muchos que preferían pactar la paz. El precio necesario para ello aún se debatía. No solo eso, - expresó otro, que a pesar de no gritar, iba elevando la voz para ser escuchada por encima del barullo - sino que esto - se paró sobre su asiento y agitó la carta de un informante para que todos lo vieran - es un desacato contra las normas del hombre y de los dioses. ¡¿Dónde se ha visto?! - al final, si terminó gritando igual. ¿Y que pasa con la princesa? Ella atacó a un Guerrero de los Siete, - aclaró otro participante de la discusión, con su sotana demasiado estilizada y una calvicie naciente que se podía distinguir desde acá arriba - ella es la que debería ser juzgada. ¡¡¡Silencio!!! - exigió el representante del Septón Supremo - Las acciones de los Targaryen no están sujetas a debate. Un clamor recorrió la habitación, donde los Máximos Devotos debatían el qué hacer ante la aproximación de la caravana Tyrell. Poco importaba que el Septón Supremo hubiera dado a conocer su postura, siempre habría facciones y disidencia dentro de la misma Fé, y este evento las había sacado a relucir con una potencia salvaje. Estamos debatiendo la situación de Ser Bulwer, y las reclamaciones de Lord Tyrell de participar en su juicio sumario. - agregó otro jerarca - Las acciones del miembro de los Hijos del Guerrero son inexcusables, y la princesa Orthyras... - tembló por un momento al reconocer su estatus, ya que muchos la llamaban hereje y no reconocían su enlace con el príncipe Maegor. El hombre apretó el rostro, y probablemente los puños, y continuó con más fuerza - La princesa Orthyras hizo lo correcto al detener a Ser Bulwer, sea parte de nuestro brazo armado o no. Su proceder no será criticado aquí. Es sobre los Tyrell sobre quien debemos discutir. Hubo varios gestos de asentimiento, y uno que otro apoyo a su noción. Sin embargo, no faltaron las críticas y los abucheos que llamaba al locutor cosas como un arrastrado dispuesto a besar suficientes pies para ascender. Pero estos fueron una minoría. Después de todo, tenía razón en gran parte. A pesar de ser parte del clero, Ser Gregor... ¿Ser Gregory?, había cometido un crimen imperdonable, y lo más importante, había puesto a toda la institución religiosa bajo una mala luz. Un paladín de los Siete había roto un derecho sagrado tras otro, solo para terminar atacando a una damisela frente a padres, prometido, nobleza y realeza. Que la dama fuera la hija de una Gran Casa había convertido el incidente en el centro de atención de la mitad de Poniente. No se veía bien para nadie. Ni para el pueblo llano, ni para sus naturales superiores. Una parte importante del sector nobiliario estaba disgustado por lo que creían era un asalto contra su estrato y la seguridad de sus derechos. Que Ser Gregorio, ¿se llamaba así?, permaneciera fuera del alcance de la justicia de una Casa tan noble (ignorando que hasta hacía poco muchos los consideraban advenedizos), los tenía nerviosos. No faltaban las familias que aprovechaban la situación, y utilizaban esto de excusa para minar el poder de la Fé. Y la Fé, por supuesto se defendería. Si los Tyrell habían dejado fuera de la pelea a los príncipes, le convenía a los Máximos Devotos hacer lo mismo. Involucrar a los dragones era mala idea, y más cuando su opinión, tomara el rumbo que tomara, inclinaría ineludiblemente la balanza. Desde su balcón semi-oculto, apoyó los codos en la barandilla y contempló como la congregación de los miembros más altos de la Fé reñían como un montón de niños en la guardería de la familia. Sonrió con sorna y se dirigió a su acompañante. ¿Qué piensas, querido? - ronroneó - ¿Es esto lo suficientemente interesante para ti? A su lado, Garen suspiró con fastidio. No podía evitar el disfrute que le producía molestarlo. Sin sacar los ojos de la escena, el remilgado septón le dedicó un agradecimiento - Gracias por invitarme, Patrice. Siempre es bueno saber como piensan nuestros líderes. - y una mueca de disgusto se deslizó por su cara. Es un placer, amigo mío. Mi cuñada, - colocó dramáticamente la mano sobre el pecho y dirigió sus ojos hacia arriba - los Siete la tengan en su gloria, - posó su mirar sobre él - vería favorablemente que yo cumpliera un capricho tan pequeño para su amado medio hermano. En especial cuando dicho medio hermano bastardo encontraría los medios para colarse aquí. Era mejor hacerlo bajo su protección, y que se le debiera un favor. Además, era bueno mantener un ojo sobre este. ¿Era una magnífica mujer, no es así? - preguntó distraído el intransigente septón, mientras Pater, el líder de la facción pacifista, tomaba la palabra. - Aunque los preceptos dicen que un miembro de la Fé solo puede ser juzgado dentro de la misma Fé, creo que esta ocasión amerita más flexibilidad. Insultos y maldiciones no tardaron en seguir a sus palabras, sin embargo Pater no se dio por aludido. Esperó a que el ruido bajara para concluir su discurso. No digo que deba convertirse en algo general, pero ceder en esta ocasión podría ser conveniente. Que se sepa que el clero no le niega el derecho de protección a un padre. En especial a uno tan importante. - terminó de forma ominosa. Hubo una tibia recepción de su propuesta entre los sectores menos propensos a la confrontación dentro del clero, y puede que entre los que buscaban elevarse mediante concesiones, y el cumplimiento de cualquier exigencia que proviniera de la nobleza. ¡Condenado tibio! - se le escapó a su compañía - ¡Ya debería haber sabido yo que se arrastraría a los caprichos de cualquiera que se presente! - ella notó que sus manos se aferraban al borde de la barandilla de madera - No debería sorprenderme. - se burló - Después de todo, se ve que una vida de inclinarse ante todos finalmente le pasa factura. Y Patrice Hightower se fijó mejor en el Máximo Devoto, que era ya una persona entrada en años. A pesar de la supuesta debilidad, no se había amilanado ante los comentarios despectivos, sin embargo y a consecuencia de su edad, su espalda comenzaba a doblarse en una pequeña joroba. Entonces, querido, - inquirió ella - ya imaginaba que no estarías en las facciones suaves. - aquellas que querían terminar rápido con todo para no erosionar el apoyo popular, o el apoyo de los altos estamentos. Pedían precisamente un castigo ejemplar para Ser... Para el Bulwer. Y aceptaban, con delicada renuencia, la ingerencia de Lord Tyrell - Pero por pura curiosidad, ¿en cuál estás? Estaban las más rígidas, que consideraban que Theo Tyrell escupía con descaro sobre un principio inviolable de la Fé. Aunque ella creía que la primera bofetada la había lanzado un miembro del clero. También estaban los que temían el establecimiento de un precedente que debilitara la autoridad eclesiástica. Y existían otros más reaccionarios, que iban desde oponerse por completo a la Casa de la Rosa, solo por considerarlos falsos gobernantes, a aquellos que incluso no sancionaban la violencia engendrada por el Hijo del Guerrero. Muchos extremistas estaban de ese lado, y ella temía que este hombre perteneciera a estos. En ninguna de las que vez aquí. - le contestó ominoso, y Garen dejó salir con una exhalación todo el aire que contenía. Ya más calmado, la miró a los ojos para responder - Yo solo deseo restaurar en lo posible la pureza de los ideales que debería defender la verdadera Fé. Esto, - señaló al grupo reunido que discutía y discutía por encima de las palabras del propio padre de todos los fieles - no es solo vergonzoso, es la evidencia de un sistema lleno de corrupción. No mencionó que debía ser limpiado, pero no hacía falta. Estaba implícito. Patrice mantuvo lo que otros llamaban "su mirada enigmática", cuidándose de no torcer los ojos. Aún así, no pudo evitar la formación de un puchero que Garen desestimó. Sí, pensó, este es de los peligrosos. Lo mejor para todos es que ella mantuviera vigilado al hombre. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Cuando fue presentada a él, ella tembló. Le habían dicho que era apenas un niño. Diez y cuatro años y sin pelos en la barba. Así que entró tranquila, pero no se esperaba esto. Sabía de los Targaryen. ¿Quién no había oído hablar de su belleza? Piel nívea y unos ojos violetas profundos que le provocaron un escalofrío la sacudieron en primer momento. Tenía su cabello bien recortado, y aún así destacaría en medio de cualquier multitud. Pero fueron sus ojos, tan hermosos como antinaturales, y ocultos tras pestañas gruesas, lo que provocaron en ella un rechazo instintivo. Había algo en él que no se sentía completamente humano, y ella, por hermoso que lo encontrara, no quería acercarse. Pero no era su decisión, sino el decreto de su Lord de ser ofrecida para complacer. Al entrar a la estancia, con la sumisión que se esperaba de ella, esperó con calma que se enunciara su destino ante el príncipe. Era un jovencito, se lo habían dicho aunque con su tamaño le costaba creerlo, pues si era cierto estaba destinado a ser tan alto como una torre, y aún así la sorprendió. A su edad, cuando su cuerpo era ofrecido para complacer a los huéspedes, esperaba ansiedad e interés. Los ojos violetas, tan preciosos, tan amenazantes, la miraron con languidez que era más común para cuando era observada fuera de las paredes interiores. Aparte de ser usada, ella no valía la pena en público para la nobleza. Para el príncipe tampoco la valía en privad, al parecer. Llévese a la moza. - dijo con una voz serena el príncipe Maegor Targaryen, e hizo un gesto para seguir acomodándose - Soy un hombre casado y la mujer que quiero tener ya está en mi cama. Si no la querían, ella se retiraba. No había espacio para egos heridos aquí. De todas formas alcanzó a escuchar antes de salir, no dirigido a ella por supuesto: - ¡Ah! Y no cometa el error de asignarnos cuartos separados. Yo duermo con mi esposa. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ A este paso debían de estar apenas finalizando la primera mitad de su viaje. Hacía unos días que el lento traquetear de los carros era la única sinfonía que escuchaba y no el apacible murmullo del Mander. Era agotador, y aún quedaba más por recorrer. La promesa de otro viaje tranquilo en barco, cuando llegaran a las aguas del Aguamiel, era lo único que le ofrecía consuelo en este punto. Pero aún faltaba una parte importante de la ruta por tierra. ¡Dioses, que horrible! Cuando salió de su carruaje, el aspecto de la posada no llamó mucho su atención. No era tan buena, pero si lo suficiente para que no tuvieran que preparar tiendas para pasar la noche. Al bajar por los escalones, el dolor en sus huesos, víctimas de un viaje lento y agotador por los caminos enfangados que recorrían el Dominio, apareció como una venganza. Una multitud ya se reunía alrededor de Gregory Bulwer, pensó con satisfacción. Sabían lo que habían hecho y no perdían la oportunidad de curiosear cerca de él. El noble, si se le podía llamar así, pasaba de enfadado a apático y de apático a enfadado al verse sometido a tal espectáculo. Esperaba sinceramente que le volvieran a lanzar comida podrida. Cuando un sirviente fue a asistirla porque por supuesto, la dama de los Tyrell no podía bajar las escalerillas sola, evitó poner los ojos en blanco, entonces algo la paralizó. El sol brillaba fuerte, pero había esa tensión en el ambiente que anunciaba la pronta llegada de la lluvia aunque no habían nubes en el cielo aún. La aldea era poco más que mísera y desvencijada, como solían ser todas las aldeas, y el pueblo llano se presentaba vestido con una multitud de marrones y colores opacos. Nada fuera de lo común. Entonces la vio. De la posada, una mujer salió a observar la carreta y no tardó en señalarla. Tenía un cabello dorado lastimado por el astro rey y desde aquí se apreciaba un pómulo marcado y unos labios partidos. No tardó en llamar a un niño, que pronto corrió a hablar con sus sirvientes. Un vistazo rápido a Morgan Hightower, que se había mantenido bastante a la par de su carruaje en el último tramo, lo mostró pálido y sudoroso. ¡Excelente! Una sonrisa diabólica se apoderó de sus rasgos. Parece que su pesca había dado frutos y los Tyrell tenían ahora una nueva y lastimada testigo. ¡Alabada sea la Madre! ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Era día de mercado y todos en la comarca se reunían para vender e intercambiar sus bienes. Incluso había unos cuantos mercaderes a la caza de compradores para sus productos e interesados en una pieza o dos para comerciar más lejos. El precio que obtendrían aquí podrían duplicarlo por allá, pero a los campesinos no les quedaba otro remedio que entregarles el fruto de su trabajo, o sino se estancaría en sus manos. Unos ganaban más, otros menos, pero al final ambos ganaban. ¿Y quién dice que los comerciantes no sufrían? Todo el día tenían que pasarlo en el camino, con el peligro de que una rueda se les atascara completamente en el barro o que un asaltante saliera de la nada y les soltara un porrazo en la cabeza. No. Los comerciantes también la pasaban mal. Pero hoy era un día de mercado. Un día de ventas y más tarde de fiestas. No de pensamientos oscuros. Era momento de energía alegre y de chismear con los vecinos. Y eso hacían dos hombres. ...y entonces, - ambos se apartaron del centro del camino, donde una bosta de caballo muy fresca y apenas empezando a atraer moscas se encontraba - sin una verdadera provocación, la princesa golpeó salvajemente al Hijo del Guerrero con una silla. - y agitó sus manos para dar énfasis a su afirmación, así como para alejar el ligero tufillo que había en el aire. Yo no sé, Uffo, - su compañero arrugó la nariz, ya sea por lo que olía o por lo que escuchaba - pero me parece que alguien se saltó pedazos importantes cuando te contó esa historia. Emmm, - Uffo dudó - ¡No! Quien me lo dijo es confiable. El septón M... ¡Ja! - interrumpió su amigo y luego soltó un escupitajo en el mismo camino de barro, demasiado cerca de un puesto donde vendían pescado. Pescado podrido por el olor - Ya debería imaginar yo que solo a un septón se le ocurriría esa versión. ¿Y dónde está la damisela atacada? ¿O es que acaso en su historia la princesa golpeó también a la dama noble? El aludido se retorció un poco en el lugar, mirando sus zapatos - Sí dijo algo sobre la dama que fue golpeada. Solo que - volvió a retorcerse - dijo que no tiene nada que ver. Cuando su amigo elevó una ceja, se explayó en la explicación que le dio su septón. Dijo que la dama fue golpeada. Sí, la dama fue golpeada. - afirmó tanto para el que lo escuchaba como para él mismo - Pero la princesa dragón, que en realidad es una bruja, usó sus poderes para acusar y atacar de forma injusta a... Una inmensa carcajada, un poco ofensiva, salió de su amigo. Así que... Así que... - tuvo que tomar aire varias veces para dejar de reírse - tomando en cuenta que la doncella fue atacada en medio de una fiesta, ¿dices que la princesa es tan poderosa que es capaz de hacer que todos crean que el que lo hizo fue el Hijo del Guerrero? ¿Solo por qué sí? Me parece dudoso. - y lo miró como si fuera un crédulo ingenuo. ¡¿Y por qué no?! - resongó él bastante enojado - La chica sacó un dragón de la nada. - eso lo calló - De seguro... A ver mis señores, si quieren escucharme - un mercader rubio y algo pálido, con una sonrisa complaciente los llamó - soy un modesto comerciante ambulante del Dominio, que conoce de casualidad esa historia. Y eso de inmediato llamó la atención de ambos. Revisen mis productos - señaló las cosas expuestas en su carromato - y yo me encargaré de contarles todo lo que he oído. Incluso, - se relamió los labios con calculadora alegría - incluso ví pasar la caravana Tyrell, la que se dirige a Antigua, en uno de los pueblos por los que pasé mientras hacía mis negocios. Francamente, lo que traía era menos interesante que lo que contaba. Pero una buena historia para contar después siempre vale la pena, en especial si viene quizás no de primera mano, pero si de segunda. En estos días, cuando contaran lo que sabía el hombre, serían muy populares entre familiares y vecinos. Se habló del Hijo del Guerrero, barbudo y descuidado, y de como tenía que ser transportado en una jaula encima de una carreta. Ellos habían oído de eso, pero lo habían creído un cuento. Era, después de todo, un Hijo del Guerrero y un noble. Se habló de como pasaba de estar tranquilo y de repente explotaba. De como se aferraba a los barrotes de su prisión y los agitaba, tratando de arrancarlos. Solo para proferir insultos y jurar que los haría castigar a todos. Bueno, la mayoría de las versiones decían que era un matón. Que actuara así, medio loco, tenía sentido. Era todo un villano. Incluso ví a la muchachita atacada. La damita de Alto Jardín. Toda frágil y cubierta de cabello dorado. - admitió con voz soñadora, lo que los impulsó a acercarse - ¿Saben que el Hijo del Guerrero había atacado a otra doncella antes? Uffo aspiró - ¿Cómo es eso? Sí, - explicó contento el comerciante, más cuando su compañero agitó una botica y al olerla, pareció enamorado de ella - era una criada creo. Le dio una paliza a la pobre moza. Yo también la ví. - se golpeó la órbita del ojo - Su cara estaba completamente púrpura y llena de golpes. Su rostro parecía un solo moretón. ¿Y cómo los Tyrell permitieron esto? - exclamó indignado. Bueno, - el rubio se encogió de hombros - era una criada y él un miembro de la Fé. Cuando la acusó de ofenderlo, ¿a quién crees que iban a creer todos? Eso no se podía discutir con nadie. Los nobles eran nobles, y el pueblo llano siempre era aplastado por ellos. Solo que no se detuvo ahí. Y siguió y siguió y se creyó tan por encima de todos al parecer, - continuó narrando - que incluso creyó que podría salirse con la suya golpeando a una señorita. Un verdadero villano, en verdad. Más tarde, ambos amigos reflexionarían sobre esto. El vino que les vendió había sido caro y algo aguado, pero había resultado ser un vino dorniense legítimo. Un premio valioso para una pequeña aldea como esta. El vendedor podía ser un estafador, es más, medio que lo era, pero de seguro su versión estaría más cerca de la verdad. Y esa sería la que ellos contarían. El precio por ella había resultado ser aceptable. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Un cuervo voló con una historia enviada directo desde el cálido Dominio. En su paso, el mensaje atravesó montañas y bosques, ríos y páramos desiertos. Hasta llegar a una tierra donde el frío era la norma. El ave se posó en las pajareras del castillo, unas antiguas e inmensas, y aquello que llevaba fue arrebatado de inmediato. Pronto, unos hombres diferentes discutirían sobre esto. ¡Malditos sureños locos! - el grito del menor de sus hijos resonó en la habitación en la que se reunía la familia - ¿Cómo es posible que hayan roto el derecho del huésped y aún así salga indemne? - su puño, estrellado contra la mesa, la hizo vibrar. Una leve nevada había caído esta mañana, refrescando el cálido ambiente al que no estaba acostumbrado, pero lamentablemente, no parecía refrescar también los ánimos. ¡Esto... esto es un salvajismo! ¡Una atrocidad, padre! - habló tajante el mayor, y ante sus palabras, sus hermanos asintieron - ¡¿Y dices que el hombre será conducido a Antigua para pedir... - la última palabra se le escapó demasiado aguda, como si mencionarla hiciera más real lo que para él parecía imposible - ... el derecho a participar en el juicio para juzgarlo?! Ante su bullicio, solo le quedó respirar profundo y asentir - Eso es correcto, Brandon. ¡Es una locura! - escupió él de regreso - Ese hombre ya debería tener su cabeza en una pica. ¡Y estar adornando las murallas de Alto Jardín! Sus hermanos, toda la camada, le siguieron en la creencia. Ceños fruncidos y asentimientos toscos se volvieron la norma en la mesa. Desde los más tranquilos hasta los más exaltados. El disgusto se hacía notar. En el Sur, - trató de explicar una vez más - los miembros de la Fe de los Siete solo pueden ser juzgados por un tribunal de la Fe. Nadie más puede reclamar justicia sobre ellos. ¿Incluso si ataca a una dama? - preguntó más horrorizado que indignado otro de sus hijos. Incluso si ataca a una dama. Su castigo solo es competencia de sus sacerdotes. Bueno, - levantó entre sus dedos una vez más el breve anuncio para mirarlo - así era hasta ahora. ¡Pues me alegra que esa estúpida Fe no tenga cabida en nuestras tierras! - muchas exclamaciones de aprobación acompañaron la proclama de su heredero. Brandon tendía a arrastrar a sus hermanos tras de sí, y era su trabajo como señor y padre... no como rey, ya no... detenerle. Y nos llaman salvajes a nosotros. - mencionó tranquilamente desde su lugar su medio hermano con un gesto de desdén. Su nariz arrugada con asco hizo más por pacificar a sus hijos que todas las acciones de Torrhen. Tuvo que alzar los ojos y mirarlo. Brandon Snow. Su compañero más fiel y su mano derecha. ¿Qué haría sin él? Pensar que en la Fe de los Siete y según sus raros dioses, él sería considerado una abominación y un traidor, solo por existir. Los bastardos eran una vergüenza, sí, para sus padres. Y no se podía negar que llevarían el estigma como hijos, pero... Pero los Antiguos Dioses no los aborrecían. No los tildaban de criminales y bajos solo por existir. Y como nunca Torrhen agradeció que los norteños no hubieran capitulado ante los ándalos. No como el resto de los reinos del Ocaso. Ni siquiera fueron vencidos en combate la mayoría, solo... cedieron. El Norte continuó puro. Feroz. Independiente. Y sí, salvaje. Y Torrhen creció junto a un hermano leal, donde otros tenían solo a legítimos que codiciaban su posición. Por ello su primogénito llevaba su nombre, no el de los reyes de antaño como pensaban muchos. El señor, antiguamente rey, resopló fastidiado, agradeciendo que no tuvieran que mezclarse en estas tonterías del Sur. Mantener la distancia siempre fue el camino, lo que había preservado la independencia norteña durante milenios. La llegada de los Conquistadores en sus dragones pareció que cambiaría eso pero no. No del todo. Aegon el Dragón los había dejado en paz hasta ahora, aunque todavía tenían que ceder. Todavía había ocasiones en las que tenían que ir a su Corte, a entregar impuestos y tributos y a rendir honores. Todavía tuvo que entregar a su niñita... Cuánto le dolía. Cuánto lo lamentaba. Sin embargo, tenía que pensar ante todo en su pueblo. Como siempre había hecho y como siempre haría. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Esto era una tortura. Una tortura ineludible. Una tortura que parecía durar para siempre. La habitación era lo suficientemente fresca para no irritarlo, y lo suficientemente cálida para no quejarse de tener frío. El fuego crepitaba con su tranquilizador sonido desde el hogar. No era tan fuerte para impedir que conciliara el sueño con su luz, pero aún iluminaba tenuemente la estancia. El colchón bajo él tenía la textura correcta, además de no ser demasiado mullido. Una situación ideal en la mayoría de los casos, en especial cuando visitaban por sorpresa un lugar, con escaso tiempo para preparar habitaciones dignas de albergarlos. ¿Por qué se quejaba? Pues su esposa estaba encima de él, dormida. Su aliento suspirando contra su pecho desnudo. Ella apenas llevaba uno de esos vestidos encantadores, de esos que le permitían pasar las manos por todo su cuerpo y sentir sus cicatrices. De una tela fina y agradable al tacto, no es que la carne bajo él no fuera el doble de agradable, mereciera la pena el material o no. ¿Qué tenía de malo? Pues nada, pensó Maegor. Era una situación ideal. O lo sería si no fuera por un pequeño y miserable inconveniente. Un ronquido se escuchó desde los pies de la cama. ¡Condenado mocoso! - quiso gritar - ¡Ni siquiera puedes dormir en silencio! Habían llegado bordeando el atardecer a esta agradable casa solariega, lo bastante grande como para poder tener habitaciones separadas, cosa que no había pasado en el diminuto torreón donde se guarecieron la noche antes. Si hubiera creído en algún dios, habría agradecido el hecho. Estaba cansado de compartir el espacio de dormir con el niño, ya fuera una tienda de campaña o un aposento cuando no se cruzaban con una fortaleza de buen tamaño. Quería tener a su esposa a solas. El señor, un caballero terrateniente que empezaba a entrar en canas, parecía encantado con su llegada. Y cuando vio a Fannar se ofreció con prontitud a darle cuartos separados. Él personalmente se encargaría de que el niño tuviera un lugar cómodo para dormir. Maegor había estado complacido con el plan. Ortiga... no tanto. Prácticamente la había visto erizarse, lo que lo sorprendió. Podía no ser bueno leyendo gestos, pero estaba aprendiendo las formas de su esposa. Y creía ser bueno en ello. El caballero había sido educado. Había respetado todos los protocolos. Había sido eficiente. Maegor, que no dejaba pasar ninguna ofensa, no tenía nada de que quejarse. Pero Ortiga había puesto su mejor sonrisa falsa, y había aprendido a diferenciarlas, y colocando las manos sobre los hombros de Fannar había enunciado que su escudero dormiría a sus pies como debía ser, y ya. El hombre obedeció con prontitud, aunque debió de estar algo molesto por la actitud de su esposa. Actitud que iba en contra de su carácter, y decisión que iba en contra de lo esperado por él. Así que fue a rebatirle. Apenas abrió la boca y Ortiga le dedicó una mirada demasiado parecida a la que le daba Nyxia a los guardianes que le entregaban su comida. Y él se calló. Solo un estúpido se enfrentaría así a un depredador. Y Maegor no era estúpido, aunque tal vez sí, pensó al escuchar otro ronquido del niño y saber que no podía hacer nada con Ortiga por su presencia en el cuarto. Aquí estaba él, todo rígido e incómodo, con cada parte de sí latiendo de frustración solo porque su esposa vio algo que no le gustó. ¡Maldición! Otro breve ronquido le dio ganas de quitarse las braies y metérselas por la boca al mocoso, para ver si se silenciaba o se atragantaba. Lo primero que pasara. Entonces Ortiga se removió y él se quedó muy quieto, temiendo haberla molestado. En su sueño, su mujer pareció buscar otra posición, y aún dormida comenzó a moverse para alejarse de él. Oh, no, no lo permitiría. Maegor se aferró a ella, y comenzó a pasar sus manos por toda su espalda cuando ella se calmó. Toque tras toque, ella se relajó sobre su cuerpo. Sus cicatrices delineándose contra sus dedos. Su peso muy ligero en comparación con él. Su respiración caliente contra su cuello. ¿Dónde estaba? Frunció las cejas, tratando de retomar sus pensamientos. ¡Ah, sí! ¡Ya recordaba! Esto era una tortura. Una horrible tortura... Del capítulo Consecuencias parte III (Y SOLO DE LA PARTE III) Y que este guión ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Consecuencias parte III El sol brillaba sobre los verdes campos y una fresca brisa, impulsada por corrientes de viento que probablemente venían del mar del Ocaso, refrescaba a todos los que estaban en el camino. Graciosas nubes blancas flotaban en el aire, y de seguro cualquiera hubiera dicho que era un clima encantador. No Morgan, que con su humor oscuro, hubiera preferido un día lluvioso y molesto que combinara con su irritación. Estado que mantenía desde la partida de los príncipes, se admitió con saña, y que solo se había exacerbado con el paso de los días. La partida de la caravana Tyrrell a Antigua, y sus consecuentes preparaciones, lo habían hecho peor. Desde el paso tranquilo de su caballo, y miren que él agradecía que le hubieran permitido mantener una montura, echó un vistazo hacia atrás. Gregory estaba encerrado en una jaula, en una puta jaula, encima de una carreta. A la vista de cualquiera que viera pasar la comitiva. Tuvo que contenerse para no apretar los dientes, no fuera a ser que se partiera uno. Los gobernantes de Alto Jardín aspiraban a convertir al Bulwer en un espectáculo público. Por cada pueblucho, cada aldea que pasaran, habrían preguntas. La curiosidad motivaría a averiguar lo que pasaba, y pronto los que no supieran la historia, la conocerían y la contarían. No verían tanto a un Hijo del Guerrero como a una bestia enjaulada, una imagen difícil de olvidar. Respiró profundo, sabiendo que el silencio y discreción al que preferiría la Fé en esta situación nunca llegaría. ¡Y el cabrón de Gregory había pedido que lo sacara de allí cuando lo vio pasar! ¡Imbécil! Él solito se buscó ese lugar. Y aunque quisiera ayudarlo, y no retorcerle el cuello como aspiraba a hacer, los guardias de las rosas se habían cuidado de mantenerlo alejado de su prisionero. Siendo Gregory una causa perdida, volvió a su debacle interno, y a patearse mentalmente por su actuación. ¡Idiota! ¡¿Cómo se le ocurrió tratar así a la princesa?! Es que... Es que la chica lograba sacar lo peor de él. Ni pestañeaba ante su encanto, ni fingía la dulzura que mostraría cualquier dama noble. A estas alturas Morgan lo sabía bien. No han consumado el matrimonio, le había comentado Ceryse sobre la pareja real, y había repetido la información en sus cartas. Orthyras Targaryen se había negado al contacto con su marido desde la boda, y el príncipe Maegor se había visto obligado a ceder. La clave era que cedió el príncipe, el marido, el que se suponía que debía gobernar a la esposa. Pero bueno, supuso Morgan, con un dragón que competía con el de la reina Visenya y ningún hueso sumiso en el cuerpo, la princesa Orthyras tenía el poder para imponerse a su marido, donde todas las demás mujeres del reino se hubieran visto obligadas a ceder. La chica rompía con todo lo que se esperaba de ella. Había desafiado la mente de Morgan, cuando todas esperaban que él solo sonriera y fuera encantador, y se había atrevido a meterse en el altercado de Gregory. Ella era impredecible, única. Lo había defendido cuando pudo quedarse callada y no hacer nada, lo que hubiera funcionado a su conveniencia. Y de nuevo, lo había hecho sin esperar nada de él. La había empezado a admirar a regañadientes, se tuvo que admitir ahora, a solas en su trote pese a seguir el paso de toda una caravana. La chica podía ser algo sencilla, se dijo, no fea. No era realmente fea, se dio cuenta cuando la miró bien. Solo estaba descuidada, y esa cicatriz poco exótica no la favorecía, pero no era horrible. Cuando charlabas con ella, si eras capaz de superar su irreverencia, podías encontrar el intercambio... entretenido. ¡Sí! Eso era, era una chica vivaz y entretenida, con la que era agradable pasar el rato. Todo lo contrario al amargado de su esposo: el mocoso malcriado e insufrible que era Maegor Targaryen. ¡¿Cómo es que ella se dejó tocar por él?! Gritó una vocecita dentro de su cabeza. ¡Podía haberlo evitado! ¡Lo había hecho hasta ahora! La única razón por la que pasó, es que ella lo permitió, tuvo que admitirse al mismo tiempo que regresaba esa extraña revoltura a su estómago. Esa moza, tan diferente y única, había querido que el patán de Maegor la tocara. ¡No tenía sentido! ¡Ellos no encajaban! Aunque de hecho, dudaba que nadie encajara con el príncipe Targaryen. El enojo y la confusión regresó. Casi se golpea la frente tratando de entender el porqué. ¿Por qué la chica lo había permitido? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Con su mente hecha un caos, pero siempre alerta de su entorno, el retumbar de unos cascos lo sacó de su revoltijo mental. Así pudo apreciar como Deziel, con su rictus serio y ofendido, se acercaba. ¿Puedes creer lo que han hecho con Gregory? - preguntó al alcanzarlo, y no tardó nada en volver la cabeza hacia atrás, hacia la prisión de barrotes del Bulwer. Morgan se resistió a mirar. Ya sentía como el enfado le subía, y lo más probable fuera que un vistazo a su compañero cautivo, lo impulsara a tomar una espada de los guardias y terminar con la vida del cretino. Solo de recordar lo que había hecho, y lo que se avecinaba por su culpa, alteraba a sus ya irritados nervios. Gregory no ha sido juzgado todavía por sus acciones para ser tratado así. - el Ryster arrugó la nariz - No importa la magnitud del crimen, esto es una ofensa contra nuestra orden y contra la Fé. Gregory... Gregory es culpable. - declaró cortante - Con juicio o sin él. Y deberías cerrar la boca como debiste hacer desde el inicio, y agradecer que estemos sobre caballos y no siendo transportados en una carreta. Deziel se quedó en silencio, y si iba a responder de alguna forma, Morgan decidió no averiguarlo. Sus emociones no estaban controladas, y no se olvidaba que la intransigencia del Ryster, y su apego a la "corrección", era lo que los tenía al borde del desastre. Así que sin querer escuchar una palabra más, espoleó su caballo, dejando a su subordinado tras de sí. Avanzó a paso veloz, sin alcanzar la velocidad de carrera, no fuera a ser que pensaran que buscaba escapar, y se adelantó incluso a los carruajes donde iban los miembros de la Casa Tyrell. Incluso superó a un enfadado Fossoway. El joven lo miró con ojos torvos y la nariz hinchada y amoratada mientras Morgan se encaminaba hacia el grupo que guiaba el camino. Ahí fue cuando lo notó. No se dirigían por la senda vieja, la que llevaba a la urbe que llamaba hogar, sino que por alguna razón se desviaban hacia la derecha. Hacia el Mander. Esto... No tenía sentido. Tomar el Mander era la ruta rápida, y pensaba que los Tyrell buscaban la máxima exposición. Echó un vistazo hacia atrás, pero no vió el carro-prisión de Gregory. Aún así, sospechando, se fijó en el transporte de la dama Tyrell. La señora de la Casa era demasiado astuta para haber calculado la ruta mal. Algo tramaba. Y sentía en las entrañas que no le iba a gustar. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Era un magnífico día, y lo decía de verdad, no solo porque la vida parecía sonreírle últimamente. Vivían miró hacia afuera, hacia sus campos ya arados, y hacia el patio donde sus hijos jugaban desatinados. Una de sus niñas sostenía un banquito en sus brazos, mientras su hermana menor se aferraba risueña a ella. Mientras tanto la mayor mantenía a raya a uno de sus hermanos y gritaba: - Atrás malhechor, o te reviento con mi silla. Las risas a su alrededor, de su padre y de sus otros hijos, no tardaron en llegar. Alto Jardín les quedaba a un tiro de piedra, y el escándalo de lo sucedido con la hija de sus señores, y su heroico rescate por parte de la princesa, había sido la comidilla de todos. Un chisme transformado en un cuento que sus niños exigían cada noche antes de dormir, y ahora jugaban a interpretar ¡Ey, Vivían! ¿Tienes lo mío? - escuchó como el pedido que llegaba por la entrada de su granja, y recibió al emisor con un saludo. La primera vez que apareció en su casa, Vivían no había tenido miedo. No del todo. Medio pueblo había espiado la llegada de un dragón a sus tierras, y antes de que terminara el día, la comarca entera sabía que dos príncipes dragón, y un Tyrell, habían comido en su hogar. Y habían pagado generosamente por ello. Los intercambios de trabajo por una comida lo suficientemente buena para la realeza no se hicieron esperar. Todos se iban de su choza sudados y satisfechos. Entonces había visto llegar al hombre. El guardabosques. El encargado de que nadie saqueara los bosques, y ríos, destinados a la alimentación y entretenimiento noble. Las ristras de pescado fino, de los que alguien como ella no tenía derecho a pescar, ya se encontraban preparadas. Y aunque habían sido un regalo de los príncipes Targaryen, una siempre se preocupaba de ser castigada por poner sus manos en tales manjares. Todo lo contrario pasó. La mujer del hombre le había dicho que si la comida de Vivían era lo suficientemente buena para la realeza, era lo suficientemente buena para ellos, una de las familias mejor acomodadas del caserío. Así que Vivían había recibido la mejor oferta de negocios de su vida: el guardabosques traía sus presas a ella, para que preparara la comida de su casa, y a cambio Vivían podía quedarse con la mitad de la carne. Conejo, venado, ¡e incluso jabalí! Cosas que una campesina como ella solo podía añorar, y comer a escondidas cuando se podía. Ahora le sobraba el alimento, e incluso tenía para vender. El posadero ya había negociado con ella, y a cambio de monedas, Vivían preparaba la comida de la posada cada dos o tres días. Había pasado de la más absoluta pobreza, a ser una miembro respetada, y con una bolsa llena, dentro de la comunidad. No faltaba la vecina que la miraba con envidia, y murmuraba que quizás todo era una estafa. Que su comida no era tan buena. Pero muchos habían visto al dragón, y para el que no, Vivían tenía la bolsa de cuero que le había dado la princesa, con hebillas metálicas tan finas y bonitas que de seguro las hizo un joyero y no un herrero. Eso silenciaba las malas lenguas que dudaban de ella. Todos en los alrededores sabían que su caldo había bajado a la realeza del cielo, y le había valido el pago de muchas lunas. Y Vivían no lo desmentiría, aunque quizás la gente comenzaba a exagerar. Espera un momento, Pate, - le dijo al guardabosques - que está demasiado caliente. No vaya a ser que te quemes llevando la olla. Yo espero. No te preocupes. - el hombre sonrió mientras se palmeaba el estómago - ¡Ay, Vivían! Si engordo será tu culpa. Su padre soltó una risotada e invitó a sentarse a su visitante. Por su trabajo, la cara marcada por el fuego que asustaba a tantos, no le provocaba un parpadeo a su invitado. Después de ver a alguien comido por un oso, esto no debía ser nada para él. Hombre, - le dijo su papá, dándole un codazo - si me hubieras contado antes lo de la princesa, la habría invitado yo mismo a la posada. Risas en forma de ladridos salieron de ambos. Es que todos decían que era una bruja horrible. - unos ojos de búho asustado se posaron en su cara cuando se dio cuenta de lo que dijo - No es que yo creyera eso. Claro que no. - negó con la cabeza - Pero si yo decía por ahí que alguien me dijo que la princesa pagó todas las bebidas en una taberna, el día de su boda, nadie me creería. O me tomarían por loco. - se quejó. ¡Bah! - se enojó ella. Le debía demasiado a la princesa para permitir que se hablase mal de ella en su cara - ¡La chica no es una bruja! Sus niños, ante su regaño, dejaron de jugar. Ella suavizó su ceño y le hizo un gesto para que continuaran. Te lo digo yo, Pate, - retomó la conversación - la chica solo tiene una cicatriz aquí. - con un dedo recorrió la línea que recordaba - No es para tanto. - dijo con un aspaviento - La princesa es algo morenita, y de cabello rebelde, pero se ve como una chica normal. Sí. - su padre no le había visto la cara, pero tenía su propia opinión - Ya saben como es la nobleza. Están tan acostumbrados a la perfección, a sus damiselas inmaculadas, - añadió con un parpadeo exagerado - que un pequeña marquita y es más que probable que digan que la dama es desagradable a la vista. El guardaparques asintió sin dudar. Ni siquiera él se codeaba con la nobleza, pero todos sabían que tendían a caer en la exageración por las cosas más simples. Pero... - el hombre cancaneó - ¿Qué hay del hecho de que obligó al Septón Supremo a aceptar una boda doble? ¡Y con su sobrina, para empeorar las cosas! Para eso no se necesita ser una bruja. - regañó su padre - Le basta con tener un dragón, y todos sabemos que lo tiene. Eso no lo podía discutir nadie, y tanto Pate como ella asintieron. Era difícil contrariar a alguien con una de esas bestias. Ella haría todo lo que quisieran. Además, - decidió agregar - ¿quién dice que el Septón Supremo no la querría en su familia? Antes las miradas interrogantes explicó: El príncipe Maegor no tiene dragón, aunque venga de una familia de jinetes. Y tendría que esperar a que muera uno de sus padres para tener uno. Yo también preferiría tener un dragón ahora en la familia que no tener ninguno. - colocó con firmeza las manos sobre sus caderas - La boda con la princesa les aseguró eso. Y de nuevo, sin tener que usar brujería. Ambos hombres asintieron, pero Pate no parecía convencido de la sabiduría de sus palabras. ¡Yo sé que la princesa no es una bruja! ¡Yo lo sé! ¡Yo lo sé! ¡Y puedo probarlo! - su energética Loise apareció a la carrera, quizás espiando lo que hablaban, y saltó sobre el regazo de su abuelo - ¿No quieren saber cómo lo sé? A ver, Loise, - su padre le acarició el cabello mientras el guardabosques le seguía con tranquilidad el juego a la niña - ¿cómo lo sabes? Las chicas nobles no tienen que saber cocinar. Mi mamá me lo dijo. - enunció ella por todo lo alto. Los dos hombres asintieron ante el "gran conocimiento" que su hija les otorgaba - Por lo que está bien que la princesa no sepa cocinar. Su padre frunció el ceño sin entenderla, solo que antes de que pudiera continuar, Loise se le adelantó. Pero la princesa ni siquiera se acercaba al fuego del hogar, porque dice que si se acerca a una olla, todo dentro de ella se quema. ¡Así sea sopa! - comentó con diversión infantil ante la confesión que le había hecho la princesa. ¿Y eso que tiene que ver, mi niña? - su padre la arrulló en sus brazos. Abuelo, - le dijo ella enojada - si no se puede acercar a una olla, no puede hacer pociones. ¡¿Dónde se ha visto una bruja que no pueda hacer pócimas?! Ella iba a burlarse de su pequeña, cuando vio a Pate dejar caer la mandíbula impresionado - ¡Por los dioses! ¡Tienes razón! ¡No puede ser una bruja del bosque si no puede hacer mejunjes! Vivían se quedó algo enojada. No le habían hecho caso a lo que ella decía, ni a su lógica, pero su niñita había soltado algo que de repente tenía sentido para todos. Era para estar algo ofendida. Tratando de que nadie viera su enfado, miró hacia afuera, y se preguntó que estaría haciendo la princesa. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ ¡Es un día magnífico y lo estamos desperdiciando por tu culpa! - la acusación asaltó a Ortiga mientras salía de unos arbustos - ¡Te dije que no bebieras tanto antes de salir! ¡Es que tenía sed! - replicó Fannar. Ya fuera el agotamiento o el mal humor de Maegor, el niño comenzaba a mostrarse terco - Ella también fue a mear, - la señaló como si fuera culpable de algo. Que agradeciera que no fuera muy melindrosa porque si fuera una dama muy fina ya se habría ganado una azotaina de su parte - ¿Por qué no la regañas a ella? Porque ella solo lo hizo porque tu nos hiciste parar. De nuevo. - Maegor casi le gruñó nariz con nariz. El casi era porque el niño no alcanzaba a quedar a la altura correcta para hacerlo. Es injusto. - vió al muchachito cruzarse de brazos - Ella al final está haciendo lo mismo que yo. Pues solo se está aprovechando de la situación. - Maegor cruzó sus brazos y resopló - No está interrumpiendo. ¡Como haces tú! ¡Ya basta! - tuvo que detenerlos, o se pondrían a pelear como si fueran críos. Críos aún más pequeños, si lo pensaba bien - Fannar, más vale que vayas a vaciar por completo la vejiga, porque no vuelvo a parar en largo rato. Y si te orinas encima, te lanzaré del dragón. - amenazó. El niño debió creérselo, porque corrió de regreso al árbol que había estado usando. Maegor, - lo llamó cuando Fannar estaba lejos - tienes que tenerle más paciencia. No tengo que tenerle nada. Es intranquilo, irritante y poco dado a obedecer. - las aletas de su nariz se abrieron y se cerraron - ¡Los Tyrell nos dieron al niño más maleducado que tenían! No, no lo hicieron. - ella suspiró - Así son todos los niños. Ante su mirada de desagrado no se aguantó y tuvo que pincharle un poco. ¿Así quieres tener un hijo? ¿Eh? - elevó una ceja con picardía - ¿Qué harás cuando se porte como él? Cuando tenga un hijo - a ella no se le pasó que dijo cuando, no si... - será un niño calmado, educado y obediente. ¡Cómo yo lo fui! - escupió - Ya lo verás, Ortiga. Mi heredero será el infante más tranquilo del mundo. A ella le parecía que él pedía demasiado. Incluso si tenía un niño, pensó con malestar al recordar los problemas con respecto a eso a los que se enfrentó el Maegor de la historia, ¿cómo reaccionaría este príncipe rígido y gruñón al lidiar con las bolas de destrucción incansables en las que sabía que se convertían algunos mocosos? Además, el malestar se intensificó, Maegor había hablado de heredero, no de hijos. No, él no estaba listo para tener a su propio bebé. O al menos eso pensaba ella. Ya terminé. - gritó Fannar saliendo detrás del tronco, olvidando su enojo previo. Cuando pasó por su lado, Ortiga le soltó un coscorrón. El chiquillo Tyrell se cubrió la cabeza y preguntó, más asombrado que adolorido - ¿Por qué fue eso? Eso es por acusarme hace un rato. - levantó su puño apretado y lo agitó - Y que no se te olvide, mocoso: ¡tu jefa soy yo! ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ ¡El líder de toda la Fé soy yo, y digo que no cederé! - estalló Marvin Hightower, cuyo nombre debió desaparecer al ostentar la corona de cristal, y así sucedería para los anales de la historia pero no para su familia - Escúchame bien, Manfred, - agitó el mensaje que traía en la mano - no daré mi brazo a torcer con este tema. Muchos ya murmuran que la Fé se doblega ante los dragones. ¡Que yo, - se golpeó el pecho - me incliné ante los Targaryen y corrompí los principios al permitir su bigamia! No cederé ante lo que piden las rosas! Reforzó sus palabras convirtiendo la breve correspondencia en una pequeña bola y lanzándola con toda la fuerza que pudo a sus pies. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Nubes oscuras comenzaban a agitarse en la distancia, y un viento de agua soplaba desde el este, desde su proximidad al mar. El vuelo se dificultaba en estas condiciones, pero había que cumplir su encomienda. Y así como su labor no cesaba, tampoco lo hacían en la caza los depredadores. Escuchó el chillido de un ave de presa, y abandonó el cielo abierto por la poca seguridad que le ofrecían los enramados del bosque. El cuervo parpadeó, volviendo a escuchar ese sonido que anunciaba que un cazador de los cielos buscaba una víctima, y saltó de una rama normal a una blanca. Sus hojas rojas eran más abundantes que en el ramaje de las verdes, y buscaba entre ellas una mayor cobertura. Se encontraba acicalándose sus plumas cuando fue sacudido por una contracción, y luego otra. Su cuerpo se arqueó y sus alas quedaron abiertas un instantes antes de que se detuviera. Observó el entorno con frialdad. Esto era La Selva, o lo que una vez había sido. Tan recortada y disminuida en comparación a su anterior gloria. ¿Podía aún ser llamada así? También estaba demasiado lejos de su objetivo. Una lengua recorrió el pico afilado, antes de pronunciar con palabras del hombre - Malditos humanos. - y una, y luego otra contracción volvió a recorrer a la pequeña criatura. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ El brillo de un nuevo día la despertó. La luz del Sol, que entraba junto a la fresca brisa marina por su ventanal, aún no era lo suficientemente potente, por lo que aún era temprano. Era normal, pues ella no acostumbraba a dormir hasta tarde. De todos formas, se apretujó contra las sábanas. Estaban en ese punto donde están lo suficientemente frescas, y a la vez, lo suficientemente cálidas, invitándola a permanecer en su abrazo. Contra su costumbre, cerró los ojos y se dejó llevar un ratico más. Es que dormir... No, descansar, era tan delicioso. La segunda vez que despertó no fue como la primera. Por mucho que lo disfrutara, Visenya no era una persona perezosa y su cuerpo no le permitiría continuar con el desliz de su rutina. Así que se giró sobre su colchón, con el sueño espantado, y contempló la seda de casa rosada que envolvía su cama. Frunció el ceño ante la visión. La tela, si se le podía llamar así, era demasiada delicada y frágil. Un movimiento descuidado, un mal tratamiento, y ¡zaz!, se desagarraría. Y toda la moneda que gastó aquí, que no fue poca, se desperdiciaría. Apretó los dientes, no por la compra, sino luchando contra esa línea de pensamiento. Era la reina de Poniente, había pasado dos décadas y medias dirigiendo unos cuantos reinos fragmentos, unidos con argamasa y yeso, era la madre del Señor de Rocadragón. Se merecía cosas como esta. Pero era tan difícil enfrentarse a una misma, y a la costumbre de que pudo haber invertido su oro en algo mejor. ¿En qué mejor? Se burló. Había criado a Maegor con una mentalidad parecida a la suya, por no decir lo mismo. Sin embargo su hijo era de carácter más fuerte, y establecido lo que creía que debía tener un príncipe, no cesaba hasta obtenerlo. Maegor no era ajeno al lujo, aunque tampoco era amigo del desperdicio, y por eso, como ella, podía ahorrar una suma importante de su presupuesto. Con su hijo bien acomodado, cualquiera esperaría que sus fondos personales fueran dirigidos a su propio placer, o quizás acumulados para alguna eventualidad. Sin embargo, y aunque tenía un fondo de emergencia, llevaba media docena de años alimentando el presupuesto de Aenys, cuya asignación no parecía alcanzar nunca. No. Apretó las sábanas entre sus puños. Su moneda debía ser para ella, y para los suyos, pensó al recordar cierta sorpresa que había llegado a Rocadragón justo cuando su hijo y su ladrona partieron. Su hijo... Su hijo la había sorprendido, y de paso la había dejado sintiéndose un poquito traicionada por su descubrimiento. Decidida a no quedarse por detrás de él, consideró que si ella había desperdiciado años y recursos cubriendo a Aegon y a su tan adorado vástago, entonces era momento de que ella se dedicara a complacer a su lado de la familia. Y para ello había hecho un encargo especial. Pobre Aenys, estaba segura de que hubiera amado poseer lo que había preparado. El puro brillo lo habría fascinado. De hecho, originalmente estaba destinado a él pero... No es que tuviera nada en contra de su sobrino, era un chico bastante amable, y, se dijo con una mueca de preocupación, demasiado suave. Pero su hermano le había dado cada cosa que había pedido en la vida. No es que se hubiera vuelto un mocoso egoísta, gracias a los dioses, pero estaba muy mimado. Ella no había sido igual de justa con su hijo, o consigo misma, y eso tenía que cambiar. Y como la ladrona era parte de su familia, sonrió, tenía que encontrar una forma de agradecerle por sacarla de su anterior mentalidad. Acabado su debate interno sobre telas y regalos se sentó en la cama y estiró su cuerpo, solo para detenerse. Parpadeó. Luego se palpó el hombro. La carne magullada y cicatrizada, víctima de una flecha perdida en los Campos de Fuego, aún estaba allí. Pero... Pero... ¡No le dolía! Se quedó pasmada ante su descubrimiento. No le había dolido en días, ahora que lo pensaba mejor. Esa punzada constante, esa tirantez, había desaparecido. Y el alivio que no se había dado cuenta que sentía, llegó con una oleada de felicidad. No creía que estuviera sanada, no por completo. Estaba segura de que la molestia volvería con los fríos soplos del invierno o cualquier otra baja temperatura, aún así... No tener que cargar con esa incomodidad constante, ese dolor sordo, ¡era tan maravilloso! ¿Cómo podría ella no estar de buen humor? Nada en toda la mañana la pudo sacar de ese estado de satisfacción, ni siquiera una breve visita a su hermano. Es más, hasta podía decir que le alegró todavía más el día. Aegon era inteligente, pragmático, un gobernante eficiente y un político astuto, pero, y esto era muy importante: no le gustaba el día a día del gobierno. Podía tener el talento para ello, pero el peso de la administración y la legislación, tareas que antes le correspondían a ella, lo desgastaban. Ahora, como rey absoluto, y absoluto responsable de todo, comenzaba a verse desmejorado. Podía sostener esa posición, y lo hacía, por un promedio de tres lunas al año. Fuera de eso, solía ser el turno de Visenya. Como ella se negaba, tenía que continuar ejerciendo como el monarca definitivo que se preciaba de ser, y no le estaba asentando. Líneas nuevas recorrían su cara, e incluso podía jurar que tenía un par de canas. Aunque era muy difícil de asegurar con el cabello de su familia. También estaba el enfado constante. Enfado contra ella, contra Alyssa por lo que sabía, y justo enfrente de ella, contra su Consejo. Verlo reñirle al Gran Maestre Gawen, que se presentaba en Rocadragón como parte de la rotación del Consejo Privado ya que Visenya no estaba en Desembarco del Rey para gobernar, le dio más placer que... que... Ni ella sabía con qué compararlo. Mientras gobernó el Consejo de Aegon la obedecía. No les quedaba más remedio. Sin embargo, tampoco perdían la oportunidad de socavarla. En especial la coalición formada por Gawen y la Mano del Rey. A Osmund Strong no le gustaba ser dirigido por una mujer, menos que su poder estuviera subordinado al de ella. Que fuera la esposa despreciada del Conquistador había convencido al hombre de una supuesta debilidad que podía usar, y siempre buscaba sobrepasarla. Todo el tiempo se dijo que lo que ellos pensaban no valía su interés. Ella era de la sangre de la vieja Valyria, y la opinión de hombres que a fin de cuentas eran en esencia sus sirvientes, no la deberían afectar. No debería haberlo hecho. Ahora, libre de ser prisionera de su propio deber, la mirada desdeñosa de Gawen le había parecido irrisoria. En especial cuando Aegon le regañó por ignorarlo, y luego ordenarle que cualquier desavenencia que tuviera contra su Mano fuera suspendida. Una vez más la construcción de las murallas de Desembarco del Rey había sufrido una detención debido a un percance, y ella no estaba presente para ser culpada. La humillación que sintió Gawen al ser señalado delante de ella debió ser feroz. No pudo evitar una risilla de satisfacción al recordarla. - Puedo preguntar que te divierte tanto, prima. Visenya alzó la vista. Ojos tan valyrios como los suyos estaban atrapados en un rostro relajado y aún así formal. Aethan Velaryon, a pesar de que su linaje no procedía de la más alta alcurnia del Feudo Franco, conseguía presentarse siempre con un aspecto que solo podía ser aclamado como regio. Tras el último fiasco, donde él acudió personalmente para desligarse del asunto, habían hecho una tentativa para recuperar su pasada amistad. Ella no era del tipo que perdonaba con facilidad tales cosas, pero es que la incompetencia familiar a la que estaba sometido le daba lástima. Trató de no arrugar la nariz del disgusto, para no ofenderlo, pero agradecía tanto que los niños bajo su supervisión no fueran así. Ay, Aethan, - golpeó su pierna, de tan cerca que se habían sentado - me estoy acordando de mis maldades. Una carcajada elegante salió de él, y Visenya notó la diferencia. Tanto con el hombre frío y educado que había sido hasta hace poco, como con el niño pegajoso que solía perseguirla. Ah, casi se había olvidado del Aethan de mejillas sonrosadas que no se apartaba de su lado. Pero ese niño había vivido en otros tiempos. Cuando Visenya trataba de convertirse en la heredera de su padre, y este se empecinaba en que fuera Orys. Cuando Aerion Targaryen presentía que su hija superaba demasiado al sustituto que él había conseguido para Aegon, la enviaba a Marcaderiva como una especie de acogida temporal y corta. Para forzar a encajar con lo que se esperaba de él aún más a su medio hermano. Debieron ser tiempos difíciles para Orys, y los mejores recuerdos de Visenya. En Marcaderiva era amada. Su tío Daemon la adoraba. Aethan y Corlys eran compañeros de juego felices. No había padre vigilando sobre su hombro, no había madre susurrando sobre su deber. Solo Visenya y la verde vecina de su amada Rocadragón. Ella amaba la isla volcánica, de verdad que lo hacía, pero mientras sus padres respiraron fue poco más que una prisión para ella, con breves momentos de alivio. Pero eso fue hace muchos años, y muchas cosas cambiaron por el camino. Como el propio Aethan, que dejó atrás su fase de admirador empecinado y se convirtió en un joven lleno de porte. Porte que conservaba hasta el día de hoy. Lo observó mejor. Erguido y con las piernas cruzadas sobre su asiento, como si se sentara en un solio. En ocasiones, llegaba a pensar que lucía más como un monarca que el propio Aegon. Su hermano-esposo solo lograba triunfar por encima de él debido a que que era difícil superar la leyenda que rodeaba al Conquistador. Frunció el ceño, notando solo ahora que Rhaenys, con toda la coquetería de su juventud, nunca le prestó mucha atención a su primo. A pesar de su aspecto brillante. A pesar de ser su prometido. Aunque... Aethan no entretuvo nunca la necesidad de atención de su hermana, por lo que podía decirse que durante todo el tiempo que estuvieron prometidos, se dedicaron a ignorarse el uno al otro. Ligeros detalles que solo empezaban a salir a la superficie, o más bien que comenzaba a notar luego de no prestarles su merecida atención. Si lo pensaba bien, eso debió ser un duro golpe para el ego de Rhaenys. La hija favorita de los Targaryen, a quien todos llenaban de elogios, era solo algo secundario en la mente de su futuro esposo. No creía que por eso terminó con Aegon, habían varias razones para aquello, pero, no dudaba que este fuera uno de los motivos de más peso. Su hermana no soportaría nunca ser la despreciada. Suspiró. No tenía sentido seguir pensando en ello. Y rompiendo todos los protocolos, se estiró en la silla. Había llegado a la conclusión de que su comodidad estaba primero, y aquí en su hogar, no iba a seguir sacrificándola. Aethan no pareció molesto, sino que vigiló a su alrededor y entonces, con una sonrisa cómplice, hizo lo mismo. El suspiro de satisfacción de ambos ocurrió al unísono, como si lo hubieran planeado. Ambos tuvieron que reírse divertidos por tal sincronía. Tampoco es que durara demasiado, pues pronto unos golpes educados sacudieron su puerta y su primo no tardó en recogerse de regreso a su armadura de formalidad. Resultó ser solo un sirviente con su correspondencia. Una mirada bastó para ver que la primeras letras en la pila eran del Dominio. Todos bajo su mando sabían que era su prioridad. Carta de mis informantes. - agitó el primer mensaje ante Aethan, confesando sin pudor - Deben ser ellos avisando de la partida de los príncipes de Alto Jardín. Llevó días esperando eso. - sonrió antes de contemplar el papelillo y decir distraídamente - Confío en mis crías, pero siempre es bueno mantenerlas vigiladas. Iba a leer la cita, pese a que esperaba palabras breves para informar que todo había salido bien, cuando una pregunta de Aethan la interrumpió. ¿Carta de Bastion de Tormentas? - y cuando lo miró, encontró su ceño fruncido y sus labios ligeramente apretados al contemplar la segunda cartilla de la pila. Con las primeras letras en su posesión, el sello de los Baratheon dominaba sobre el resto de la mensajería. Nunca una carta ajena a un hombre, y a todo lo relacionado con él y con su Casa, había provocado tanto desagrado en un individuo. No la sorprendió mucho. Ni a su tío Daemon ni a él les había gustado mucho Orys. Su tío había considerado un insulto que se trajera un bastardo para sustituir a los hijos de su hermana. Nunca supo de la debilidad de Aegon, de la falta de aliento de sus pulmones. Pero consideraba que si no era él el heredero de su padre, por la causa que fuera, entonces Aerion debería ser más que feliz con Visenya, su sobrina amada. El tío Daemon siempre la creyó perfecta para el papel, incluso por encima de Aegon, le había confesado una vez. Pensar en él la llenó de nostalgia. Lo había perdido tras su boda, tras el insulto de su hermano a los Velaryon, y fue solo por mediación de Visenya que su familia materna volvió al redil. Pero su tío nunca perdonó del todo a Aegon. Orys quedó en segundo, o tercer lugar, con respecto a su disgusto. Y Aethan, pensó al verlo mirar la carta como si fuera su enemigo personal, lo había odiado con cada respiración. Había actuado como si el ofendido fuera él cuando descubrió que su señor padre prefería a un bastardo sobre ella en el trono de Rocadragon, y el odio que le profesaba a su medio hermano no había muerto desde entonces. ¡Pobre Orys! Con razón le escribía. Aegon había sido su único amigo en una fortaleza hostil. Hermano o no, era la competencia de Visenya, no podía vincularse con él. Tampoco es que creyera tener la capacidad en ese entonces, o que su padre lo permitiera. Rhaenys se había llevado bien con él, superado todo el asunto de quien era el heredero del feudo. Tras la Conquista, Orys se había vuelto la cabeza de una tierra extranjera, un lugar donde mató a su rey y tomó su trono, y estaba segura de que muchos esperaban derribarlo para ocupar su lugar. ¡Ay! Se encogió, dándose cuenta que tras la pérdida de Rhaenys, y la ruptura de su amistad con Aegon, Orys había quedado casi tan solo como ella, contando a sus hijos como única familia. Desde su reencuentro, Orys había tratado de aproximarse. El único hombre que siempre la trató con el respeto que se merecía, se dio cuenta, pues incluso el primo frente a ella había pasado una parte importante de su adultez ignorando las mezquindades que sufría en el pequeño Consejo. Mientras tanto, cuando el Baratheon fue Mano del Rey, nadie osó dos veces a mirarla mal. Además, se admitió, la lectura de Orys era entretenida y divertida. Su madre despreció eso. No le bastaba ser un hijo sano cuando su adorado varón estaba postrado en cama, sino que el niño tosco y burdo que había sido Orys, había resultado ser un mejor para las letras de lo que era Aegon. Madre nunca entendió que aunque su hermano creciera con los libros como su principal compañía, eso no lo convertía necesariamente en un erudito con facilidad para la prosa. Sí, - le respondió a Aethan cuando se dio cuenta de que su silencio se había alargado - Orys y yo nos estamos mensajeando. Sus manos se separaron de la breve nota del Dominio, para palpar la carta de Orys. Se debatía si leerla ahora, o disfrutar de ella cuando no tuviera más compañía. Su medio hermano le escribía con comentarios sagaces e ingenio picante, y francamente ella disfrutaba del intercambio. Espero que prefieras mi presencia a una lectura de una que puede esperar. - su vista se levantó. Pese a que trató de suavizar el tono mordaz con una sonrisa pícara, la mirada dura que le dirigió el caballito de mar al rollo desmentía su actuación. Aethan no estaba feliz de competir incluso con la palabra de Orys, de compartir un breve rastro de su interés. No te preocupes primo. - dejó toda la correspondencia de lado - Son letras y poco puedo hacer sobre ellas. - se rió, de forma breve y un tanto falsa, para dejar atrás el incidente - Como tu mismo dijiste, pueden esperar. Visenya trataba sinceramente de recuperar una amistad. Pese a que su primer instinto fue responder con un comentario el doble de cortante, sabía que eso podría alejarlo. Apretó los dientes mientras mantenía el rostro neutro. Sabía cómo mantener a raya a sirvientes y Lores que se extralimitaban, pero fallaba en saber donde se trazaba la línea con los amigos. Aethan se relajó satisfecho, con un pequeño resoplido de aprecio, y ella se sintió un tanto incómoda pero lo desestimó. Llevaba tanto tiempo sola, y sin cercanía a nadie, que olvidaba de los roces que surgían cuando no podía forzar a los que la rodeaban a doblegarse ante ella. Buscaba ser su amiga, no su reina, tuvo que recordarse. Y ordenó que todo lo traído fuera retirado hasta su escritorio. Valió la pena, pues dejado atrás el incidente, tuvo una velada amena. Sin embargo, pronto estalló en la Corte el escándalo, y Visenya corrió hacia su mesa en plena noche. Hacia su correspondencia descartada. Hacía una nota muy breve de sus espías en el Dominio. La primera lectura fue indiscernible, y se vio forzada a volver a leer. La segunda lectura, pese a alcanzar su entendimiento, la dejó igual de confundida, forzando una tercera relectura. Aún así, nada tenía sentido. Alzó la cartilla, para que la luz de las velas la iluminara mejor. Nada. Las palabras eran las mismas, y la breve sombra de los pliegues del mensaje solo exacerbaron su dislocación. No pudo contener las palabras - ¡¿A qué se refieren con qué "lo venció usando una silla"?! Puso la mano sobre la cabeza. Tomó uno de sus anillos para el cabello y lo jaló. Releyó el papel y nada. El mensaje no cambiaba, así como ella no tenía idea de como reaccionar. Sabía de medidas y contramedidas. De acciones que la perjudicaban y acciones que fortalecían su posición. Sin embargo, el absoluto absurdo de lo ocurrido la había dejado inmóvil. Ella tuvo que sentarse. Sin saber cómo tomarse esto, como se lo tomarían los demás. Habrían críticas. Siempre las había. Pero su pequeña ladrona había tomado un paso que la mayoría no estaría seguro de como abordar. Volvió a pasar los ojos sobre las líneas, y olvidando por un instante la política, se le salió un bufido y una carcajada. ¡Esto era tan Ortiga! Al otro día, en el caos de las discusiones, entre los chismes a viva voz que corrían por la Corte, todas las versiones contaban el antinatural evento. Había susurros e incluso algunos gritos. Miradas confundidas, y acusadoras, e incluso hubo uno que otro cortesano que reunió el valor para preguntarle. El escándalo solo crecía con cada nuevo amanecer y cada nueva noticia. Los cuervos volaban en parvadas sin fin. Justo cuando pensabas que todo se apagaba, estallaba de nuevo. Cada pequeño detalle de lo sucedido, y por suceder, era motivo de discusión en Rocadragon. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ ¡Esto es una infamia! ¡Una afrenta contra la dignidad! - gritó un hombre. Varias exclamaciones de acuerdo confirmaron que muchos apoyaban la noción. De igual manera, un murmullo de pacificación recorrió la sala. Había miembros del congreso con los ánimos exaltados, así como muchos que preferían pactar la paz. El precio necesario para ello aún se debatía. No solo eso, - expresó otro, que a pesar de no gritar, iba elevando la voz para ser escuchada por encima del barullo - sino que esto - se paró sobre su asiento y agitó la carta de un informante para que todos lo vieran - es un desacato contra las normas del hombre y de los dioses. ¡¿Dónde se ha visto?! - al final, si terminó gritando igual. ¿Y que pasa con la princesa? Ella atacó a un Guerrero de los Siete, - aclaró otro participante de la discusión, con su sotana demasiado estilizada y una calvicie naciente que se podía distinguir desde acá arriba - ella es la que debería ser juzgada. ¡¡¡Silencio!!! - exigió el representante del Septón Supremo - Las acciones de los Targaryen no están sujetas a debate. Un clamor recorrió la habitación, donde los Máximos Devotos debatían el qué hacer ante la aproximación de la caravana Tyrell. Poco importaba que el Septón Supremo hubiera dado a conocer su postura, siempre habría facciones y disidencia dentro de la misma Fé, y este evento las había sacado a relucir con una potencia salvaje. Estamos debatiendo la situación de Ser Bulwer, y las reclamaciones de Lord Tyrell de participar en su juicio sumario. - agregó otro jerarca - Las acciones del miembro de los Hijos del Guerrero son inexcusables, y la princesa Orthyras... - tembló por un momento al reconocer su estatus, ya que muchos la llamaban hereje y no reconocían su enlace con el príncipe Maegor. El hombre apretó el rostro, y probablemente los puños, y continuó con más fuerza - La princesa Orthyras hizo lo correcto al detener a Ser Bulwer, sea parte de nuestro brazo armado o no. Su proceder no será criticado aquí. Es sobre los Tyrell sobre quien debemos discutir. Hubo varios gestos de asentimiento, y uno que otro apoyo a su noción. Sin embargo, no faltaron las críticas y los abucheos que llamaba al locutor cosas como un arrastrado dispuesto a besar suficientes pies para ascender. Pero estos fueron una minoría. Después de todo, tenía razón en gran parte. A pesar de ser parte del clero, Ser Gregor... ¿Ser Gregory?, había cometido un crimen imperdonable, y lo más importante, había puesto a toda la institución religiosa bajo una mala luz. Un paladín de los Siete había roto un derecho sagrado tras otro, solo para terminar atacando a una damisela frente a padres, prometido, nobleza y realeza. Que la dama fuera la hija de una Gran Casa había convertido el incidente en el centro de atención de la mitad de Poniente. No se veía bien para nadie. Ni para el pueblo llano, ni para sus naturales superiores. Una parte importante del sector nobiliario estaba disgustado por lo que creían era un asalto contra su estrato y la seguridad de sus derechos. Que Ser Gregorio, ¿se llamaba así?, permaneciera fuera del alcance de la justicia de una Casa tan noble (ignorando que hasta hacía poco muchos los consideraban advenedizos), los tenía nerviosos. No faltaban las familias que aprovechaban la situación, y utilizaban esto de excusa para minar el poder de la Fé. Y la Fé, por supuesto se defendería. Si los Tyrell habían dejado fuera de la pelea a los príncipes, le convenía a los Máximos Devotos hacer lo mismo. Involucrar a los dragones era mala idea, y más cuando su opinión, tomara el rumbo que tomara, inclinaría ineludiblemente la balanza. Desde su balcón semi-oculto, apoyó los codos en la barandilla y contempló como la congregación de los miembros más altos de la Fé reñían como un montón de niños en la guardería de la familia. Sonrió con sorna y se dirigió a su acompañante. ¿Qué piensas, querido? - ronroneó - ¿Es esto lo suficientemente interesante para ti? A su lado, Garen suspiró con fastidio. No podía evitar el disfrute que le producía molestarlo. Sin sacar los ojos de la escena, el remilgado septón le dedicó un agradecimiento - Gracias por invitarme, Patrice. Siempre es bueno saber como piensan nuestros líderes. - y una mueca de disgusto se deslizó por su cara. Es un placer, amigo mío. Mi cuñada, - colocó dramáticamente la mano sobre el pecho y dirigió sus ojos hacia arriba - los Siete la tengan en su gloria, - posó su mirar sobre él - vería favorablemente que yo cumpliera un capricho tan pequeño para su amado medio hermano. En especial cuando dicho medio hermano bastardo encontraría los medios para colarse aquí. Era mejor hacerlo bajo su protección, y que se le debiera un favor. Además, era bueno mantener un ojo sobre este. ¿Era una magnífica mujer, no es así? - preguntó distraído el intransigente septón, mientras Pater, el líder de la facción pacifista, tomaba la palabra. - Aunque los preceptos dicen que un miembro de la Fé solo puede ser juzgado dentro de la misma Fé, creo que esta ocasión amerita más flexibilidad. Insultos y maldiciones no tardaron en seguir a sus palabras, sin embargo Pater no se dio por aludido. Esperó a que el ruido bajara para concluir su discurso. No digo que deba convertirse en algo general, pero ceder en esta ocasión podría ser conveniente. Que se sepa que el clero no le niega el derecho de protección a un padre. En especial a uno tan importante. - terminó de forma ominosa. Hubo una tibia recepción de su propuesta entre los sectores menos propensos a la confrontación dentro del clero, y puede que entre los que buscaban elevarse mediante concesiones, y el cumplimiento de cualquier exigencia que proviniera de la nobleza. ¡Condenado tibio! - se le escapó a su compañía - ¡Ya debería haber sabido yo que se arrastraría a los caprichos de cualquiera que se presente! - ella notó que sus manos se aferraban al borde de la barandilla de madera - No debería sorprenderme. - se burló - Después de todo, se ve que una vida de inclinarse ante todos finalmente le pasa factura. Y Patrice Hightower se fijó mejor en el Máximo Devoto, que era ya una persona entrada en años. A pesar de la supuesta debilidad, no se había amilanado ante los comentarios despectivos, sin embargo y a consecuencia de su edad, su espalda comenzaba a doblarse en una pequeña joroba. Entonces, querido, - inquirió ella - ya imaginaba que no estarías en las facciones suaves. - aquellas que querían terminar rápido con todo para no erosionar el apoyo popular, o el apoyo de los altos estamentos. Pedían precisamente un castigo ejemplar para Ser... Para el Bulwer. Y aceptaban, con delicada renuencia, la ingerencia de Lord Tyrell - Pero por pura curiosidad, ¿en cuál estás? Estaban las más rígidas, que consideraban que Theo Tyrell escupía con descaro sobre un principio inviolable de la Fé. Aunque ella creía que la primera bofetada la había lanzado un miembro del clero. También estaban los que temían el establecimiento de un precedente que debilitara la autoridad eclesiástica. Y existían otros más reaccionarios, que iban desde oponerse por completo a la Casa de la Rosa, solo por considerarlos falsos gobernantes, a aquellos que incluso no sancionaban la violencia engendrada por el Hijo del Guerrero. Muchos extremistas estaban de ese lado, y ella temía que este hombre perteneciera a estos. En ninguna de las que vez aquí. - le contestó ominoso, y Garen dejó salir con una exhalación todo el aire que contenía. Ya más calmado, la miró a los ojos para responder - Yo solo deseo restaurar en lo posible la pureza de los ideales que debería defender la verdadera Fé. Esto, - señaló al grupo reunido que discutía y discutía por encima de las palabras del propio padre de todos los fieles - no es solo vergonzoso, es la evidencia de un sistema lleno de corrupción. No mencionó que debía ser limpiado, pero no hacía falta. Estaba implícito. Patrice mantuvo lo que otros llamaban "su mirada enigmática", cuidándose de no torcer los ojos. Aún así, no pudo evitar la formación de un puchero que Garen desestimó. Sí, pensó, este es de los peligrosos. Lo mejor para todos es que ella mantuviera vigilado al hombre. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Cuando fue presentada a él, ella tembló. Le habían dicho que era apenas un niño. Diez y cuatro años y sin pelos en la barba. Así que entró tranquila, pero no se esperaba esto. Sabía de los Targaryen. ¿Quién no había oído hablar de su belleza? Piel nívea y unos ojos violetas profundos que le provocaron un escalofrío la sacudieron en primer momento. Tenía su cabello bien recortado, y aún así destacaría en medio de cualquier multitud. Pero fueron sus ojos, tan hermosos como antinaturales, y ocultos tras pestañas gruesas, lo que provocaron en ella un rechazo instintivo. Había algo en él que no se sentía completamente humano, y ella, por hermoso que lo encontrara, no quería acercarse. Pero no era su decisión, sino el decreto de su Lord de ser ofrecida para complacer. Al entrar a la estancia, con la sumisión que se esperaba de ella, esperó con calma que se enunciara su destino ante el príncipe. Era un jovencito, se lo habían dicho aunque con su tamaño le costaba creerlo, pues si era cierto estaba destinado a ser tan alto como una torre, y aún así la sorprendió. A su edad, cuando su cuerpo era ofrecido para complacer a los huéspedes, esperaba ansiedad e interés. Los ojos violetas, tan preciosos, tan amenazantes, la miraron con languidez que era más común para cuando era observada fuera de las paredes interiores. Aparte de ser usada, ella no valía la pena en público para la nobleza. Para el príncipe tampoco la valía en privad, al parecer. Llévese a la moza. - dijo con una voz serena el príncipe Maegor Targaryen, e hizo un gesto para seguir acomodándose - Soy un hombre casado y la mujer que quiero tener ya está en mi cama. Si no la querían, ella se retiraba. No había espacio para egos heridos aquí. De todas formas alcanzó a escuchar antes de salir, no dirigido a ella por supuesto: - ¡Ah! Y no cometa el error de asignarnos cuartos separados. Yo duermo con mi esposa. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ A este paso debían de estar apenas finalizando la primera mitad de su viaje. Hacía unos días que el lento traquetear de los carros era la única sinfonía que escuchaba y no el apacible murmullo del Mander. Era agotador, y aún quedaba más por recorrer. La promesa de otro viaje tranquilo en barco, cuando llegaran a las aguas del Aguamiel, era lo único que le ofrecía consuelo en este punto. Pero aún faltaba una parte importante de la ruta por tierra. ¡Dioses, que horrible! Cuando salió de su carruaje, el aspecto de la posada no llamó mucho su atención. No era tan buena, pero si lo suficiente para que no tuvieran que preparar tiendas para pasar la noche. Al bajar por los escalones, el dolor en sus huesos, víctimas de un viaje lento y agotador por los caminos enfangados que recorrían el Dominio, apareció como una venganza. Una multitud ya se reunía alrededor de Gregory Bulwer, pensó con satisfacción. Sabían lo que habían hecho y no perdían la oportunidad de curiosear cerca de él. El noble, si se le podía llamar así, pasaba de enfadado a apático y de apático a enfadado al verse sometido a tal espectáculo. Esperaba sinceramente que le volvieran a lanzar comida podrida. Cuando un sirviente fue a asistirla porque por supuesto, la dama de los Tyrell no podía bajar las escalerillas sola, evitó poner los ojos en blanco, entonces algo la paralizó. El sol brillaba fuerte, pero había esa tensión en el ambiente que anunciaba la pronta llegada de la lluvia aunque no habían nubes en el cielo aún. La aldea era poco más que mísera y desvencijada, como solían ser todas las aldeas, y el pueblo llano se presentaba vestido con una multitud de marrones y colores opacos. Nada fuera de lo común. Entonces la vio. De la posada, una mujer salió a observar la carreta y no tardó en señalarla. Tenía un cabello dorado lastimado por el astro rey y desde aquí se apreciaba un pómulo marcado y unos labios partidos. No tardó en llamar a un niño, que pronto corrió a hablar con sus sirvientes. Un vistazo rápido a Morgan Hightower, que se había mantenido bastante a la par de su carruaje en el último tramo, lo mostró pálido y sudoroso. ¡Excelente! Una sonrisa diabólica se apoderó de sus rasgos. Parece que su pesca había dado frutos y los Tyrell tenían ahora una nueva y lastimada testigo. ¡Alabada sea la Madre! ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Era día de mercado y todos en la comarca se reunían para vender e intercambiar sus bienes. Incluso había unos cuantos mercaderes a la caza de compradores para sus productos e interesados en una pieza o dos para comerciar más lejos. El precio que obtendrían aquí podrían duplicarlo por allá, pero a los campesinos no les quedaba otro remedio que entregarles el fruto de su trabajo, o sino se estancaría en sus manos. Unos ganaban más, otros menos, pero al final ambos ganaban. ¿Y quién dice que los comerciantes no sufrían? Todo el día tenían que pasarlo en el camino, con el peligro de que una rueda se les atascara completamente en el barro o que un asaltante saliera de la nada y les soltara un porrazo en la cabeza. No. Los comerciantes también la pasaban mal. Pero hoy era un día de mercado. Un día de ventas y más tarde de fiestas. No de pensamientos oscuros. Era momento de energía alegre y de chismear con los vecinos. Y eso hacían dos hombres. ...y entonces, - ambos se apartaron del centro del camino, donde una bosta de caballo muy fresca y apenas empezando a atraer moscas se encontraba - sin una verdadera provocación, la princesa golpeó salvajemente al Hijo del Guerrero con una silla. - y agitó sus manos para dar énfasis a su afirmación, así como para alejar el ligero tufillo que había en el aire. Yo no sé, Uffo, - su compañero arrugó la nariz, ya sea por lo que olía o por lo que escuchaba - pero me parece que alguien se saltó pedazos importantes cuando te contó esa historia. Emmm, - Uffo dudó - ¡No! Quien me lo dijo es confiable. El septón M... ¡Ja! - interrumpió su amigo y luego soltó un escupitajo en el mismo camino de barro, demasiado cerca de un puesto donde vendían pescado. Pescado podrido por el olor - Ya debería imaginar yo que solo a un septón se le ocurriría esa versión. ¿Y dónde está la damisela atacada? ¿O es que acaso en su historia la princesa golpeó también a la dama noble? El aludido se retorció un poco en el lugar, mirando sus zapatos - Sí dijo algo sobre la dama que fue golpeada. Solo que - volvió a retorcerse - dijo que no tiene nada que ver. Cuando su amigo elevó una ceja, se explayó en la explicación que le dio su septón. Dijo que la dama fue golpeada. Sí, la dama fue golpeada. - afirmó tanto para el que lo escuchaba como para él mismo - Pero la princesa dragón, que en realidad es una bruja, usó sus poderes para acusar y atacar de forma injusta a... Una inmensa carcajada, un poco ofensiva, salió de su amigo. Así que... Así que... - tuvo que tomar aire varias veces para dejar de reírse - tomando en cuenta que la doncella fue atacada en medio de una fiesta, ¿dices que la princesa es tan poderosa que es capaz de hacer que todos crean que el que lo hizo fue el Hijo del Guerrero? ¿Solo por qué sí? Me parece dudoso. - y lo miró como si fuera un crédulo ingenuo. ¡¿Y por qué no?! - resongó él bastante enojado - La chica sacó un dragón de la nada. - eso lo calló - De seguro... A ver mis señores, si quieren escucharme - un mercader rubio y algo pálido, con una sonrisa complaciente los llamó - soy un modesto comerciante ambulante del Dominio, que conoce de casualidad esa historia. Y eso de inmediato llamó la atención de ambos. Revisen mis productos - señaló las cosas expuestas en su carromato - y yo me encargaré de contarles todo lo que he oído. Incluso, - se relamió los labios con calculadora alegría - incluso ví pasar la caravana Tyrell, la que se dirige a Antigua, en uno de los pueblos por los que pasé mientras hacía mis negocios. Francamente, lo que traía era menos interesante que lo que contaba. Pero una buena historia para contar después siempre vale la pena, en especial si viene quizás no de primera mano, pero si de segunda. En estos días, cuando contaran lo que sabía el hombre, serían muy populares entre familiares y vecinos. Se habló del Hijo del Guerrero, barbudo y descuidado, y de como tenía que ser transportado en una jaula encima de una carreta. Ellos habían oído de eso, pero lo habían creído un cuento. Era, después de todo, un Hijo del Guerrero y un noble. Se habló de como pasaba de estar tranquilo y de repente explotaba. De como se aferraba a los barrotes de su prisión y los agitaba, tratando de arrancarlos. Solo para proferir insultos y jurar que los haría castigar a todos. Bueno, la mayoría de las versiones decían que era un matón. Que actuara así, medio loco, tenía sentido. Era todo un villano. Incluso ví a la muchachita atacada. La damita de Alto Jardín. Toda frágil y cubierta de cabello dorado. - admitió con voz soñadora, lo que los impulsó a acercarse - ¿Saben que el Hijo del Guerrero había atacado a otra doncella antes? Uffo aspiró - ¿Cómo es eso? Sí, - explicó contento el comerciante, más cuando su compañero agitó una botica y al olerla, pareció enamorado de ella - era una criada creo. Le dio una paliza a la pobre moza. Yo también la ví. - se golpeó la órbita del ojo - Su cara estaba completamente púrpura y llena de golpes. Su rostro parecía un solo moretón. ¿Y cómo los Tyrell permitieron esto? - exclamó indignado. Bueno, - el rubio se encogió de hombros - era una criada y él un miembro de la Fé. Cuando la acusó de ofenderlo, ¿a quién crees que iban a creer todos? Eso no se podía discutir con nadie. Los nobles eran nobles, y el pueblo llano siempre era aplastado por ellos. Solo que no se detuvo ahí. Y siguió y siguió y se creyó tan por encima de todos al parecer, - continuó narrando - que incluso creyó que podría salirse con la suya golpeando a una señorita. Un verdadero villano, en verdad. Más tarde, ambos amigos reflexionarían sobre esto. El vino que les vendió había sido caro y algo aguado, pero había resultado ser un vino dorniense legítimo. Un premio valioso para una pequeña aldea como esta. El vendedor podía ser un estafador, es más, medio que lo era, pero de seguro su versión estaría más cerca de la verdad. Y esa sería la que ellos contarían. El precio por ella había resultado ser aceptable. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Un cuervo voló con una historia enviada directo desde el cálido Dominio. En su paso, el mensaje atravesó montañas y bosques, ríos y páramos desiertos. Hasta llegar a una tierra donde el frío era la norma. El ave se posó en las pajareras del castillo, unas antiguas e inmensas, y aquello que llevaba fue arrebatado de inmediato. Pronto, unos hombres diferentes discutirían sobre esto. ¡Malditos sureños locos! - el grito del menor de sus hijos resonó en la habitación en la que se reunía la familia - ¿Cómo es posible que hayan roto el derecho del huésped y aún así salga indemne? - su puño, estrellado contra la mesa, la hizo vibrar. Una leve nevada había caído esta mañana, refrescando el cálido ambiente al que no estaba acostumbrado, pero lamentablemente, no parecía refrescar también los ánimos. ¡Esto... esto es un salvajismo! ¡Una atrocidad, padre! - habló tajante el mayor, y ante sus palabras, sus hermanos asintieron - ¡¿Y dices que el hombre será conducido a Antigua para pedir... - la última palabra se le escapó demasiado aguda, como si mencionarla hiciera más real lo que para él parecía imposible - ... el derecho a participar en el juicio para juzgarlo?! Ante su bullicio, solo le quedó respirar profundo y asentir - Eso es correcto, Brandon. ¡Es una locura! - escupió él de regreso - Ese hombre ya debería tener su cabeza en una pica. ¡Y estar adornando las murallas de Alto Jardín! Sus hermanos, toda la camada, le siguieron en la creencia. Ceños fruncidos y asentimientos toscos se volvieron la norma en la mesa. Desde los más tranquilos hasta los más exaltados. El disgusto se hacía notar. En el Sur, - trató de explicar una vez más - los miembros de la Fe de los Siete solo pueden ser juzgados por un tribunal de la Fe. Nadie más puede reclamar justicia sobre ellos. ¿Incluso si ataca a una dama? - preguntó más horrorizado que indignado otro de sus hijos. Incluso si ataca a una dama. Su castigo solo es competencia de sus sacerdotes. Bueno, - levantó entre sus dedos una vez más el breve anuncio para mirarlo - así era hasta ahora. ¡Pues me alegra que esa estúpida Fe no tenga cabida en nuestras tierras! - muchas exclamaciones de aprobación acompañaron la proclama de su heredero. Brandon tendía a arrastrar a sus hermanos tras de sí, y era su trabajo como señor y padre... no como rey, ya no... detenerle. Y nos llaman salvajes a nosotros. - mencionó tranquilamente desde su lugar su medio hermano con un gesto de desdén. Su nariz arrugada con asco hizo más por pacificar a sus hijos que todas las acciones de Torrhen. Tuvo que alzar los ojos y mirarlo. Brandon Snow. Su compañero más fiel y su mano derecha. ¿Qué haría sin él? Pensar que en la Fe de los Siete y según sus raros dioses, él sería considerado una abominación y un traidor, solo por existir. Los bastardos eran una vergüenza, sí, para sus padres. Y no se podía negar que llevarían el estigma como hijos, pero... Pero los Antiguos Dioses no los aborrecían. No los tildaban de criminales y bajos solo por existir. Y como nunca Torrhen agradeció que los norteños no hubieran capitulado ante los ándalos. No como el resto de los reinos del Ocaso. Ni siquiera fueron vencidos en combate la mayoría, solo... cedieron. El Norte continuó puro. Feroz. Independiente. Y sí, salvaje. Y Torrhen creció junto a un hermano leal, donde otros tenían solo a legítimos que codiciaban su posición. Por ello su primogénito llevaba su nombre, no el de los reyes de antaño como pensaban muchos. El señor, antiguamente rey, resopló fastidiado, agradeciendo que no tuvieran que mezclarse en estas tonterías del Sur. Mantener la distancia siempre fue el camino, lo que había preservado la independencia norteña durante milenios. La llegada de los Conquistadores en sus dragones pareció que cambiaría eso pero no. No del todo. Aegon el Dragón los había dejado en paz hasta ahora, aunque todavía tenían que ceder. Todavía había ocasiones en las que tenían que ir a su Corte, a entregar impuestos y tributos y a rendir honores. Todavía tuvo que entregar a su niñita... Cuánto le dolía. Cuánto lo lamentaba. Sin embargo, tenía que pensar ante todo en su pueblo. Como siempre había hecho y como siempre haría. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Esto era una tortura. Una tortura ineludible. Una tortura que parecía durar para siempre. La habitación era lo suficientemente fresca para no irritarlo, y lo suficientemente cálida para no quejarse de tener frío. El fuego crepitaba con su tranquilizador sonido desde el hogar. No era tan fuerte para impedir que conciliara el sueño con su luz, pero aún iluminaba tenuemente la estancia. El colchón bajo él tenía la textura correcta, además de no ser demasiado mullido. Una situación ideal en la mayoría de los casos, en especial cuando visitaban por sorpresa un lugar, con escaso tiempo para preparar habitaciones dignas de albergarlos. ¿Por qué se quejaba? Pues su esposa estaba encima de él, dormida. Su aliento suspirando contra su pecho desnudo. Ella apenas llevaba uno de esos vestidos encantadores, de esos que le permitían pasar las manos por todo su cuerpo y sentir sus cicatrices. De una tela fina y agradable al tacto, no es que la carne bajo él no fuera el doble de agradable, mereciera la pena el material o no. ¿Qué tenía de malo? Pues nada, pensó Maegor. Era una situación ideal. O lo sería si no fuera por un pequeño y miserable inconveniente. Un ronquido se escuchó desde los pies de la cama. ¡Condenado mocoso! - quiso gritar - ¡Ni siquiera puedes dormir en silencio! Habían llegado bordeando el atardecer a esta agradable casa solariega, lo bastante grande como para poder tener habitaciones separadas, cosa que no había pasado en el diminuto torreón donde se guarecieron la noche antes. Si hubiera creído en algún dios, habría agradecido el hecho. Estaba cansado de compartir el espacio de dormir con el niño, ya fuera una tienda de campaña o un aposento cuando no se cruzaban con una fortaleza de buen tamaño. Quería tener a su esposa a solas. El señor, un caballero terrateniente que empezaba a entrar en canas, parecía encantado con su llegada. Y cuando vio a Fannar se ofreció con prontitud a darle cuartos separados. Él personalmente se encargaría de que el niño tuviera un lugar cómodo para dormir. Maegor había estado complacido con el plan. Ortiga... no tanto. Prácticamente la había visto erizarse, lo que lo sorprendió. Podía no ser bueno leyendo gestos, pero estaba aprendiendo las formas de su esposa. Y creía ser bueno en ello. El caballero había sido educado. Había respetado todos los protocolos. Había sido eficiente. Maegor, que no dejaba pasar ninguna ofensa, no tenía nada de que quejarse. Pero Ortiga había puesto su mejor sonrisa falsa, y había aprendido a diferenciarlas, y colocando las manos sobre los hombros de Fannar había enunciado que su escudero dormiría a sus pies como debía ser, y ya. El hombre obedeció con prontitud, aunque debió de estar algo molesto por la actitud de su esposa. Actitud que iba en contra de su carácter, y decisión que iba en contra de lo esperado por él. Así que fue a rebatirle. Apenas abrió la boca y Ortiga le dedicó una mirada demasiado parecida a la que le daba Nyxia a los guardianes que le entregaban su comida. Y él se calló. Solo un estúpido se enfrentaría así a un depredador. Y Maegor no era estúpido, aunque tal vez sí, pensó al escuchar otro ronquido del niño y saber que no podía hacer nada con Ortiga por su presencia en el cuarto. Aquí estaba él, todo rígido e incómodo, con cada parte de sí latiendo de frustración solo porque su esposa vio algo que no le gustó. ¡Maldición! Otro breve ronquido le dio ganas de quitarse las braies y metérselas por la boca al mocoso, para ver si se silenciaba o se atragantaba. Lo primero que pasara. Entonces Ortiga se removió y él se quedó muy quieto, temiendo haberla molestado. En su sueño, su mujer pareció buscar otra posición, y aún dormida comenzó a moverse para alejarse de él. Oh, no, no lo permitiría. Maegor se aferró a ella, y comenzó a pasar sus manos por toda su espalda cuando ella se calmó. Toque tras toque, ella se relajó sobre su cuerpo. Sus cicatrices delineándose contra sus dedos. Su peso muy ligero en comparación con él. Su respiración caliente contra su cuello. ¿Dónde estaba? Frunció las cejas, tratando de retomar sus pensamientos. ¡Ah, sí! ¡Ya recordaba! Esto era una tortura. Una horrible tortura...
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