Lo que mi princesa merece
25 de junio de 2026, 18:45
Tras las puertas de su habitación, luego de haber cumplido con el castigo estipulado, y luego haberse adjudicado otro, Maegor Targaryen se encontraba enjaulado. Prisionero en su hogar y por sus irreflexivas acciones.
Había veces que por ello, a pesar de todo su orgullo por quien era y por su linaje, se odiaba a sí mismo. Por no ser normal. Por no entender lo que todos parecían saber sin que se lo tuvieran que decir. Por no encajar perfectamente en lo que se esperaba de ellos, como parecía suceder con todos los demás. Maegor era especial. Lo sabía. Lo disfrutaba. El problema era que también era diferente, y le preocupaba serlo demasiado.
La noche anterior, había discutido con su padre y con su hermano. No había puesto un pie en casa, y ya le pedían que entregara algo que le pertenecía. Algo grande. Algo valioso. Algo que era la conclusión de mucho esfuerzo y búsqueda, ¿y por qué? Porque Aenys lo quería porque era bonito. Le daban ganas de escupir con saña cada vez que lo pensaba. No sabía muy bien que lo había enfadado más: la exigencia disfrazada de petición de que entregara su propiedad, o el hecho de que no le dejaran descansar antes de hacerla.
Eso lo había llevado a la irritación, y a soltar palabras que en cualquier otro momento entendería que no debían ser liberadas. Pero estaba tan agotado. Incluso regañado como un niño, y confinado en su cuarto, no le molestó la situación en ese momento. Había regresado a sus aposentos, había caído en su cama y se había apagado. Se despertó en la mañana en la misma y exacta posición. Acostado de borde a borde de la cama, bocabajo y con los pies colgando. Ni siquiera había atraído contra sí las coberturas mientras dormía. Fue entonces que empezó la verdadera penitencia.
Encerrado. Sin compañía. Ni armas. Ni libros. Eso significaba que para empezar, no podía asistir a su entrenamiento. Maegor siempre era puntual y vespertino con sus ejercicios. Desde que entrenaba con la Guardia Real incluso llegaba más temprano, porque le parecían insuficientes las horas de la mañana para aprender de ellos. Ahora no lo tenía permitido. Era... Era... ¡Era injusto! Él nunca faltaba, a menos que fuera por una causa mayor. La ruptura de su rutina lo dejó perdido, molesto, descentrado. Ni siquiera sabía que palabra usar para describirlo.
Mientras el sol comenzaba su ascenso a lo alto del cielo, él comenzó a dar vueltas, atrapado por las paredes que lo rodeaban. Cualquier esfuerzo físico que hiciera aquí era insuficiente. No había suficientes movimientos para practicar con las manos desnudas que le ayudaran a soltar la presión que sentía. Los hombros se le tensaron, y terminó rumiando en su cabeza una y otra vez la pasada noche.
Maegor no debió haber dicho eso sobre su hermano. Menos en voz tan alta. No se señalaba el estado financiero de otros y no se atacaba a la familia. Pero lo habían presionado y arrinconado, y seguían pidiendo algo que no estaba dispuesto a dar a pesar de ya haber dicho varias veces que no. "No" era una respuesta completa. ¿Qué tan difícil era de entender?
Tampoco se debe ofender abiertamente al heredero al trono, había pensado. Pero este lo había ofendido primero. Aunque quizás lo que dijo no fue tan malo como lo que soltó por la boca Maegor. ¡Y se había atrevido a hacerlo frente a su padre, el rey! ¿Qué habría pensado de él? Se preguntó nervioso, con sus dedos contrayéndose. Pero ya lo sabía: pensaba que era un insolente. Cuando recordó eso, quiso agarrarse del cabello y jalarlo, aunque por suerte su corte corto lo había impedido.
Sin armas, ni siquiera una espada de madera, practicar adentro no era una opción. Su cuerpo lo resintió. Puede que no se haya esforzado físicamente, pero el efecto lo dejó agotado e inquieto. Si al menos hubiera tenido algo para distraerse. Sin libros para estudiar, o entretenerse con sus planos, tampoco tenía nada con que llenar su mente. Padre si que sabía dar un castigo apropiado. El encierro, aunque no lo lastimó, le pareció insoportable y brutal. La falta de propósito y el desperdicio de tiempo le parecieron castigos agregados al que ya vivía, y solo lo hacían peor.
Cuando llegó la hora de acudir a él, el rey de los astros ya casi se había hundido por completo. Había ido consciente de lo que había hecho mal, así como que su postura había sido la correcta. Puede que no la defendiera con adecuación, pero Maegor no era bueno con las palabras, ni con los intercambios. Menos cuando había dejado en claro su postura y su hermano no parecía dispuesto a respetarla.
Me arrepiento de lo que dije, padre. - se había parado en firme frente al atestado escritorio del rey y había declarado eso. Aenys también estaba de pie junto al lado de su padre, esperando impaciente. Enseguida pareció relajarse con sus palabras - Me disculpo también, Aenys. No debí traer a relucir el estado de tu bolsillo. No es correcto y padre tenía razón al castigarme por ello.
Aegon el Conquistador pareció impresionado por un momento, casi soltando la pluma que había sostenido todo el tiempo en su mano. Se avergonzó y se enorgulleció al mismo tiempo. Había sido Aenys quien le había enseñado que un príncipe, y también un rey, podía pedir disculpas. Sin embargo, su padre debía creer que esa lección era una que no había aprendido. Maegor podía ser algo lento en sociedad, y terco, y apegado a sus costumbres, pero podía ser un buen estudiante cuando se enfrentaba a una buena lección.
No hay rencor, Maegor. - su hermano atrajo su atención. Ya tenía una sonrisa en su cara y frotó sus manos - Ahora, con respecto a mi...
No. - cortó enseguida. Manteniendo su cara estoica cuando en verdad quería fruncir el ceño. Su medio hermano persistía en tomar su regalo, el regalo que estaba destinado a ser inigualable y especial, y no lo permitiría. Se dirigió a su padre - Si bien es inapropiado hablar de las finanzas de mi hermano, considero que mi postura, aunque no mis acciones, fue la correcta. - observó con seriedad a Aenys y colocó sus manos tras su espalda - Estoy en todo mi derecho de mantener mi posesión.
El rey había suspirando, como con decepción, y algo se retorció dentro de él. No le gustaba el sentimiento, pero no cedería. Aenys por su parte, abrió los ojos alarmado.
¡Padre! - sonó suplicante.
Basta, Aenys. - unos dedos fuertes pero estilizados, solo adornados por un anillo dorado con el sello Targaryen, masajearon sus sienes. Un ceño que conocía muy bien le fue devuelto - ¿Estas seguro de esto, Maegor? ¿No cambiaras de opinión?
Su propias cejas se fruncieron en respuesta. ¿Por qué lo haría? Desde el primer momento había establecido que no consideraría entregar su premio, lo había dejado claro ayer y lo repetía hoy. ¿Acaso no le escuchaban? - No cambiaré de mente, padre.
Bien. - su padre parecía ser presa de un dolor de cabeza - Supongo que este tema queda zanjado. No, Aenys. - por una vez, fue su hermano mayor quien se llevó su mirada dura - He mediado y he intentado interceder. Parece que esto no se resolverá a tu favor. - entonces volvió a Maegor - ¿Algo más que agregar?
Debió haberse quedado callado. Simplemente haber cerrado la boca y no decir nada. Nadie había preguntado y estaba seguro de que nadie lo señalaría, pero no pudo.
Padre. - el monarca alzó su cara, cuando ya había bajado la vista hacia los papeles que tenía bajo sus manos. Maegor trató de contenerse. La verdad lo hizo. Se inclinó sobre un pie y luego sobre el otro, mordiendo su labio. Sin embargo al final, la compulsión fue más fuerte que él - Se suponía que mi castigo debería haber empezado anoche. Pero estaba tan cansado que ni siquiera me preocupé por él.
Los ojos púrpuras de Aegon se estrecharon sobre él, así como los lilas de Aenys. El desconcierto era claro en la cara de ambos.
No está bien que no cumpla con las consecuencias de mis actos. Creo que por ello, - apretó lo labios llamándose idiota. Después suspiró y dejó salir su resolución - mi castigo debería permanecer el resto de la noche. O si no recibiré un indulto que no merezco.
Padre parpadeó antes de hacer un gesto raro - Supongo que es lo correcto, Maegor. - aunque sus palabras sonaron dubitativas.
Aenys, por su parte, lo miró como si estuviera loco. No lo estaba. Era solo que su cerebro funcionaba mal, se dijo luego en la seguridad de sus habitaciones.
¡Tonto! ¡¿Cómo se te ocurre?! - se pegó con fuerza en la frente.
Con razón algunos cortesanos lo llamaban lento. Maegor los escuchaba de vez en cuando a sus espaldas cuando era más pequeño. Suponía que lo creían también sordo para atreverse a tal cosa. La mayoría dejó de hacerlo cuando empezó a tomar altura, apretó los puños, pero él no olvidaba. Ni las palabras, ni las risas poco disimuladas. Y en momentos como estos, se dijo con frustración, se preguntaba si tenían razón.
Ortiga le había dicho que se aprovechara de la situación, que fuera más listo. Él trataba. Si que lo hacía. Pero al final su cabeza lo obligaba a tomar el camino estipulado, y no el que le convenía. Lo odiaba. Lo odiaba tanto. Y también se odiaba a sí mismo, porque le hacía preguntarse si aquellos comentarios burlones tendrían razón.
Después de todo, y pese a odiarlo, había sido Maegor a quien se le ocurrió alargar un castigo que detestaba.
Sus dientes rechinaron y tuvo que exhalar profundamente para dejar ir la tensión. Lo único que le quedaba, observó los restos de su trabajo previo, era entretenerse a su manera. No le gustaban las manos ociosas, y sin libros o armas, solo le quedaba una alternativa.
Se dirigió a una de las pilas de ropa, las que había sacado de sus baúles y doblado apropiadamente, para luego organizarlas en base a su color. Desde el negro más claro hasta el más oscuro, que no variaba mucho, y considerando la cantidad de bordados y accesorios en rojo que tenían. Sus sirvientes no lo hacían así, pero no los regañaría, porque su labor era la adecuada según su madre. Debían tener su propio sistema para guardar sus prendas, y aunque lamentaba la desorganización que supondrían sus actividades, necesitaba llenar su tiempo.
Observó las diferentes pilas y decidió que ahora las organizaría en base al tipo de tela y su textura. Una tarea mundana, pero... Su mente tenía que estar ocupada para no dedicarse a sobrepensar las cosas. Estaba culminando una de las torres de ropa cuando escuchó el toc toc en la madera. Confundido se dirigió a la entrada, pero al abrirla, solo estaban sus guardias.
Regresó desconcertado solo para volver a escuchar el sonido.
¿De dónde vienes? Se preguntó mientras revisaba el cuarto, y la solución a su interrogante fue una de las ventanas cerradas en el extremo de su ventanal. Abrió el cerrojo con confusión. Las alas de la ventana se abrieron hacia adentro, revelando un cielo estrellado y una mano que conocía muy bien.
¡¿Ortiga?! - preguntó escandalizado, colocando sus manos en el marco y sacando su torso por la abertura. No era su imaginación. Ahí, pegada a la pared y caminando por un estrecho alero que solo permitía el movimiento lateral de alguien tan pequeño como ella, estaba su sonriente esposa.
¡Ha llegado el rescate, cariño! O algo así. - una mueca rápida pasó por su cara - ¿Me puedes dar algo de espacio? Aunque no lo parezca, no disfruto de estar colgando tan alto a menos que sea en mi dragón.
Ella miró hacia abajo, y luego él lo hizo. La caída no era impresionante, pero de seguro si mortal para ella. Su instinto fue aplastarla con la fuerza de su brazo contra la pared exterior, y luego atrapar su jubón en un agarre aterrorizado. Si resbalaba, él la sostendría.
Awwww, mi héroe. Ahora retrocede lentamente si no me vas a soltar. - hizo una seña con la mano de que se fuera.
No lo hizo, lo que sí hizo fue avanzar para atrás poco a poco sin soltarla. Tan veloz como un caracol. El corazón le latía en los oídos en un constante y ensordecedor martilleo mientras lo hacía, sin atreverse a soltar su agarre.
Ortiga se deslizó con la agilidad de un gato en la caza. Un movimiento fluido y ya había plantado una pierna a través del marco y dentro de la habitación. Habría continuado sin mucho esfuerzo, pero el temor en su pecho lo obligó a arrastrarla contra sí. Este podría ser el único lugar donde estuviera segura, tanto del mundo como de ella misma.
Ella abrió sus ojos impresionada y luego le lanzó una sonrisa torcida. Viendo que se divertía mientras él estaba al borde de una apoplejía, apretó su jubón para no estrujar su delicado cuellito. Quería ponerse a despotricar sobre la locura cometida. El peligro al que se expuso, pero de hacerlo, los guardias en su puerta se enterarían. Y Ortiga tendría que responder ante padre porque ignoró sus órdenes y rompió el aislamiento de su castigo.
Bueno, - ella prosiguió - venía en una misión de rescate, pero por lo que hiciste supongo que lo podemos dejar en empate, ¿no?
En vez de eso, se desvió por otro lado. No quería pensar en lo que había hecho, ni en como se había arriesgado por nada - ¿Cómo llegaste acá?
¿Hasta tu cuarto? - ella solo se sacudió la ropa - Pues... Brinqué una tapia, escalé la gárgola de dos cabezas que parece una cabra borracha vomitando, - ahora que la mencionaba, sabía de cual hablaba. ¡Si que parecía una cabra muy fea vomitando! - me descolgué de una cornisa a otra mientras evitaba la vigilancia de los guardias... No es que vigilen tanto hacia adentro como hacia afuera. - aclaró y poniéndose las manos en la cintura terminó - Y aquí estoy, entera. Ya sé lo que te preocupa, no me digas, - alzó la mano - quieres saber que tan fácil es acceder de forma externa a tu cuarto, ¿no es así?
Iba a decir que no, pero sí, le interesaba. Asintió.
No temas, mi príncipe encerrado en la torre. Como Visenya me pidió que buscara habitaciones y cámaras secretas, llevo rato estudiando este lugar. Llegar aquí es posible, - cabeceó - pero tendría que ser alguien interno y que además conocer este lugar muy bien. Muy, pero que muy, bien. Así como las rotaciones de vigilancia. Tampoco se le puede tener mucho respeto a las alturas. O ser muy grande o no pasas. Bendito sea por una vez ser tan chiquita. - sonrió - Y que conste, que esta es la primera vez en mi vida que hago algo así gratis. Así que puedes agradecerlo. - cruzó sus brazos sobre su pecho y le guiñó el ojo.
¿Cómo se suponía que debiera responder a eso? No tenía ni idea, por lo que solo mencionó lo siguiente en importancia - No puedes rescatarme, estoy castigado.
- ¿Eh?
Dijiste que viniste a rescatarme. - aclaró - Pero no puedes hacerlo. Mírame. Lo acabas de decir. - señaló su tamaño. En el más de medio de año de su boda ya la había superado en estatura, en cuestión de ancho ella nunca compitió contra él - No tengo la capacidad de salir por el alero. Y de todas formas, es mi deber quedarme y cumplir la penitencia acordada.
Esta bien. - Ortiga arrastró las palabras, como dudando - Digamos entonces que vine a hacerte compañía y planear nuestra venganza. - friccionó sus manitas con malevolencia.
- ¿Nuestra? Ortiga, si piensas que me castigaron por tu culpa y por eso estas aquí, estás equivocada y puedes irte. Se que estabas preocupada por como sería recibido lo que hiciste en Alto Jardín, pero ni me lo mencionaron. Esto no tiene nada que ver contigo.
Pfff. - se burló ella y enarcó una ceja - ¿Piensas que estoy acá por eso? Piensa mejor. Se que no tiene nada que ver conmigo o alguien ya me habría señalado.
- ¿Y entonces por qué...
¿Por qué estoy acá? - Ortiga observó las pilas de ropa organizadas a su alrededor y él empezó a suplicar que no preguntara por ellas, para no tener que explicarse. Por suerte ella se dedicó solo a tocar la parte superior de algunas e ignoró que estuvieran fuera de su lugar. Ortiga era así en ocasiones, revoloteando de un lado a otro. Su interés captado por cosas sin sentido y otras veces robado de lo que debería ser el centro de atención. A veces la comparaba con el vuelo errático de las mariposas. También creía que su esposa tenía demasiada energía para quedarse quieta en un solo lugar - Porque cuando me levanté a mitad del día y...
¡¿Te levantaste a mitad del día?! - el escándalo fue claro en su voz. Luego se asustó y miró a su alrededor, temiendo que los guardias entraran y la encontraran aquí.
Ella hizo un gesto de silencio y habló bien bajito, pegándose a él - Llevo todo el rato que te conozco diciéndote que puedo dormir toda la mañana si me dejan, ¿por qué te sorprendes?
Porque pensó que era una de esas veces que la gente hablaba de más, o con exageraciones. Ella continuó tras su silencio.
¿Dónde estaba? Ah, sí. - aplaudió con suavidad - Cuando me levanté a mitad del día y me di cuenta de que no me levantaste, ni para entrenar ni luego para mis estudios, me di cuenta de que algo andaba mal. No tardé nada en enterarme del castigo, y cuando lo extendieron no me pude aguantar más. - se encogió de hombros - Aquí estoy. Así que... ¿Qué has planeado hacer para devolver la bofetada? ¿Y cómo me incluye eso?
Ignorando su alarma creciente por los planes de Ortiga, preguntó - ¿Acaso crees que mi castigo es injusto?
Pues sí. - anunció ella - Casi podría apostar por ello. Pero no creo en las apuestas...
Maegor asintió en aprobación. Era la actitud correcta. Madre las despreciaba como uno de los vicios que podían hundir a los buenos guerreros, y su maestro Gawen opinaba igual.
A menos que estén amañadas a mi favor. - completó Ortiga y Maegor la miró con recriminación - ¿Qué? Si estas dispuesto a apostar, debes estar preparado para perder monedas. Y técnicamente, yo no estaría apostando en ese caso, solo aprovechándome de la ingenuidad de algunos. - parpadeó con inocencia.
Tuvo que resoplar, porque aunque tramposo y calculador, tenía su lógica. Maegor creía en la lógica con la misma devoción que muchos ponían en sus dioses. Aunque lo suyo al menos era sensato, y no basado en creencias absurdas y ciegas.
Entonces suspiró, arrepentido una vez más de ser como era y a punto de romper la creencia de Ortiga de que era inocente y que no tenía la culpa de lo que motivo el castigo. La tenía, aunque fuera solo la mitad.
Esposa, - no había hablado y ya le dolía - en la discusión que me encerró aquí, yo tenía la razón, aunque no toda. - una de sus delicadas cejas se alzó en su frente. Apretó los labios y soltó - Mi hermano quería algo mío, y como no aceptaba mi negativa, dije algo que no tenía que decir.
Entonces... ¿Estabas cansado y te presionaron, y te castigan porque no reaccionas como querían? - ella asintió para sí misma - Como dije: venganza.
Sí que estaba obsesionada con el tema.
Estaba pensando en echar algo que provoque urticaria en la preciosa ropa de Aenys. Para ver sí el principito mantiene la compostura mientras le pica todo el cuerpo. Y con respecto a tu papá... - cubrió la boca de su mujer con su mano.
No bastaba con no hacer nada contra el rey, tampoco debería hablar en su contra. Nunca se sabía quien podía estar escuchando. Aunque de estar espiando, Aegon pronto sabría que ella había ignorado sus órdenes y roto la soledad de Maegor.
- Ya dije que me merezco el castigo, esposa. Tengo parte de la culpa y debo pagar por ello.
- ¿Y cómo está pagando tu hermano?
La pregunta resonó en su cabeza. Una parte de él decía que Aenys en sí no había hecho algo malo, aparte de exigir que se le entregara algo que no le pertenecía. Otra... Otra le dijo que era injusto que solo uno de ellos cargara con la responsabilidad de todo.
Saaa. - Ortiga no lucía contenta - Eso pensaba.
También, - esta admisión le costó más - fue mi idea ampliar el castigo. - Ortiga le dedicó un gesto azorado - Anoche no lo sufrí, simplemente caí rendido. Así que tiene sentido que concluya esta noche y no según lo acordado.
No hubo críticas. Solo un silencio largo y luego ahí estaba Ortiga, riéndose y resoplando. Vigiló con temor la puerta, esperando que se abriera y un par de soldados invadieran en cualquier instante.
Ay, Maegor. - acercó su cabeza a la suya, pero en vez de besarle, simplemente restregó su nariz contra la suya - Solo a ti se te ocurriría tal cosa.
Entonces se alejó, y tomó gran parte de su voluntad no exigir que regresara y repitiera el gesto. No era un beso, pero se sentía cercano, muy cercano, y quería más. No Maegor, tuvo que decirse. Recuerda que estas castigado. El placer era incompatible con el castigo.
Dime, - le llamó ella - ¿quieres que me marche para cumplir "adecuadamente"?
No. No quería. Había soportado un día infernal en el que le quitaron todas sus comodidades. No quería tampoco renunciar a otra noche de sueño con su esposa.
No. - de eso estaba seguro.
Ella esperó paciente su respuesta, de pie entre sus muebles y unas cuantas pilas de ropa que no deberían estar ahí.
No podemos divertirnos, porque estoy en penitencia, pero... - pensaba rápido, la idea surgiendo como una chispa en su mente - Como solo la mitad del problema fue mi culpa, debería pagar solo la mitad del castigo. ¡Sí! ¡Eso! - dijo contento, convenciéndose de la rectitud de su argumento - Puedes dormir conmigo, solo dormir, - aclaró - porque con base a mi transgresión, debería ser menor la sentencia. Sí.
Ella volvió a reír, solo para negar con la cabeza y avanzar hasta su cuarto. Aunque ella no venía mucho aquí, y siempre dormían en sus habitaciones, en la punta de la torre de Ortiga, su mujer sabía a donde ir. Cuando la siguió hasta su aposento interior, ella ya se estaba quitando el jubón y las calzas, dejando solo la ropa interior. No tardó en subir a la cama y levantar las coberturas para él.
Ven, - palmeó el espacio a su lado - algo me dices que debes ser sostenido.
No debería ser así. - le respondió, y aún así avanzó como le indicaba - Yo debería sostenerte a tí.
- ¿Por qué eres el hombre de la pareja?
Comenzó a quitarse su propia ropa, asegurándose de doblarla cuidadosamente y colocarla al lado de la desparpajada ropa de Ortiga. Se resistió a acomodar la de ella primero, aunque no pudo evitar enderezar una de las mangas de ella - Porque soy más grande que tú.
Entonces no temas, mi gigantesco marido. Por grande que seas, - se burló - igual cabes en mis brazos.
Cuando probó, resultó ser que sí. Maegor pronto percibió su calor en su espalda, y sus delgados brazos lo arroparon. Ella era más pequeña y no lo cubría por completo. Sin embargo, una sensación de seguridad y rectitud lo invadió. Este día horrible al menos tenía un buen final. No había habido entrenamiento, ni estudio. Sus responsabilidades de siempre habían sido ignoradas. Pero al menos la ignominiosa jornada terminaría bien y como debería ser: un sueño reparador acompañado de su esposa.
Que su mujer estuviera con él, no sólo a su lado sino dispuesta a enfrentar sus problemas, solo lo hacía mejor. Sus días de estar solo se habían acabado.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Era tan, pero tan temprano en la mañana, que las antorchas aún eran necesarias para iluminar los pasillos. La luz del alba apenas rayaba el horizonte, lo que le resultaba en extremo conveniente.
Mientras avanzaba con pasos silenciosos y veloces, Ortiga ahogó un bostezo. Maegor, el maldito madrugador, la había levantado más temprano de lo usual. Su plan había sido sencillo y lógico: él se iría a entrenar, y cuando los guardias se fueran con él, el corredor quedaría despejado para que ella escapara de sus aposentos sin tener que recurrir al mismo camino por donde entró.
Maegor había sido tajante en que no se arriesgara de una forma tan incauta. Pobrecito. Si supiera que esa no era por mucho la escalada más peligrosa que había realizado. Pero bueno, le daba la impresión de que si se enteraba, le daría un ataque en el pecho o algo por el estilo.
También estaba impresionada, pensó mientras tanteaba el muro de la escalera. Vivir en la cima de una torre significaba subir muchas de estas. Maegor se había despertado y ya tenía todo trazado y pensado. Casi podía creer que planificaba mientras dormía, en vez de tener sueños como las personas normales.
Un bostezo la obligó a detenerse. Demasiado temprano para ella, y esta subida era algo traicionera. ¡Bah! Cuando llegara a su cuarto, de seguro tendría tiempo para una pequeña siesta más.
¿Dónde estaba? Ah, ya, Maegor. Su esposo, que no necesitaba, ni gustaba, de dormir las mañanas, se había despertado más temprano de lo usual por una razón. A esta hora habría menos criados en los pasillos, si es que había alguno, y esos serían unos cuantos ojos que ya no tendría que evitar. Considerando que hasta aquí no había visto ninguno despierto, le tendría que dar la razón al príncipe.
Se lo había dejado muy en claro. Nadie, absolutamente nadie, debía saber que había estado aquí. Su esposo lo había dicho con tanta seriedad, que Ortiga le había jurado cumplirlo por su vida. Y si había algo que ella amaba, era a su condenada existencia.
¿Y con respecto a sus guardias y la ruptura de su metódico horario? Maegor ya tenía la excusa perfecta preparada también. Ayer se había saltado el entrenamiento, así que hoy comenzaría antes de lo usual para recuperar el tiempo perdido. Considerando lo malo que era mintiendo, y la seguridad con la que pronunció las palabras, Ortiga sospechaba que eran más ciertas que solo algo que diría para taparse. Pero bueno, pensó ella mientras llegaba a su puerta, a sus muy oscuras habitaciones, ¿quién era ella para juzgar?
Atravesando la estancia exterior, la sensación de que el peligro había pasado la dejó arrullada, por lo que avanzó soñando ya con su deliciosa y acogedora cama. Por eso tardó tanto en reaccionar.
Alcanzó el puñal junto a su jubón y asestó un golpe hacia atrás. O lo intentó. La cuchillada fue desviada. Sin embargo, uso el impulso para girar y lanzar el siguiente ataque en la penumbra. Su oponente fue mejor. Repelió la navaja por segunda vez. Su guardia alta y atravesó la de Ortiga con un puñetazo en una teta. El dolor casi la privó. Sin embargo, aún sintió la patada que la lanzó contra la pared.
Su arma voló lejos de ella, y si pudiera respirar, habría tenido tiempo de pegarse a sí misma por tan grave error.
Sin poder recuperarse, una mano envolvió su cuello y apretó su garganta. Ortiga se alzó de puntillas, solo para distinguir unos ojos del color de las amatistas que la saludaban.
Dime, niña. - su voz era un gruñido - ¿Dónde has pasado la noche?
Visenya, emmm, mi reina. - Ortiga lanzó una de sus sonrisas amistosas. Una de esas que decía: Te juro que no he hecho nada malo. Y aunque era así, dudaba que la mujer frente a ella se la tragara - ¿Me creerías si te dijera que no te puedo decir? ¿Pero que no he hecho nada malo?
Un brillo duro se apoderó de los ojos hermosos como joyas, y la mano en su cuello recrudeció el agarre. ¡Maldición! ¡Estaba jodida! ¿Cómo salía de esta sin decir nada?
Ortiga, a pesar de que manchas negras bailaban ante sus ojos, solo pudo poner una sonrisa más grande.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Hoy era el día, había decidido, y no permitiría que nada ni nadie se interpusiera en su cometido.
Maegor Targaryen estiró sus músculos bien trabajados y solo sintió satisfacción. La mañana avanzaba bien. Darklyn había forzado su cuerpo, argumentando que no permitiría que todo el esfuerzo que puso en su entrenamiento se desvaneciera con su tiempo de descanso en Alto Jardín. Él no había descansado, pero si un miembro de la Guardia Real quería presionarlo para que arreciara en sus ejercicios, no se iba a quejar. Más esfuerzo significaba mayor recompensa. Más entrenamiento significaba más habilidad, más preparación y más experiencia. Como la victoria o la derrota en los combates dependía de tantos factores, uno tenía que dar lo mejor de sí para llegar alto y triunfar, y ese sería él.
Ortiga también había pasado la mañana en el patio con Ser Gawen, su anterior maestro de armas. Parece que había desistido de reposar un rato más y se había plantado en el campo desde antes de lo que estaba acostumbrada. Su presencia había sido reconfortante. No tanto como la de Fannar, que se había presentado después para recibir instrucción.
El mocoso se había burlado de su mujer por aún tener un nivel tan básico con la espada para su edad. Ortiga lo había ignorado abiertamente. Puede que ella luciera muy calmada, incluso aburrida ante lo que decía, pero eso no impedía que Maegor considerara seriamente abandonar un instante sus ejercicios para ir y soltarle un pescozón a la insoportable ladilla. Por suerte para su integridad, el chiquillo estaba demasiado deslumbrado por estar bajo la supervisión de Ser Corbray, el caballero más letal de los Siete Reinos, para que continuara molestando a su esposa.
Esperaba con sincero deleite la cara que pondría cuando fuera víctima de su lengua áspera. Gawen Corbray era un buen maestro y un aún mejor caballero, pero tenías que estar preparado para que te arrancara la piel con sus palabras.
Decidió que cuando terminara de entrenar, y tuviera su baño, porque no soportaría andar sudado y apestando por ahí, sería el momento adecuado.
Luego de haber cumplido con sus requisitos, había subido de dos en dos los escalones que lo llevaban a la torre de Ortiga, justo en el momento indicado. Una de sus dos doncellas, y tendría que recordar después hablar con su madre para incrementar su servicio, le había dicho que la princesa ya estaba vistiéndose en sus habitaciones. La única razón por la que no entró, no a espiar porque un esposo no espía a su esposa, solo... disfruta de la vista, fue que ya tenía planes. Planes que no serían desviados por la visión de ella con escasas prendas.
Cuando Ortiga salió y lo vio, él hizo un gesto para que las criadas abandonaran la estancia. Esto era algo que debía ser solo entre ellos dos.
Ortiga, - llamó de nuevo, a pesar de que ya lo había visto - tengo algo para tí. - y avanzó para sujetarla del brazo.
Por un instante, juraría que ella se erizó y lanzó un breve vistazo hacia atrás. Sin embargo debió ser su imaginación, pues enseguida ella se acercó a él y le dedicó una de esas sonrisas suaves y se levantó para plantarle un beso pequeño en los labios.
Oh, un magnífico saludo, a pesar de que ya se habían visto hoy. Solo por eso no se quejaría. Además de sentirse bastante complacido. Desde su boda, era Ortiga quien tenía que levantar la cabeza para él, y no al revés como había sido antes. Maegor estaba creciendo y no tendría que sufrir la vergüenza de pararse en puntillas para besar a su novia.
¿Se puede saber que tienes para mí? - había algo atractivo en la forma en la que enunció la pregunta.
No te lo puedo decir. - explicó complacido, sabiendo que ella quedaría impresionada - Es una sorpresa para ti. Ven. - la arrastró desde donde la había tomado, solo para detenerse y fruncir el ceño - No. No funcionará. No debes ver a donde vamos, o si no la sorpresa será menor.
La sonrisa de Ortiga se transformó en una grande y emocionada, y él concluyó que había tomado la decisión correcta. Ortiga se merecía muchas cosas, y su esposo sería el primero que se las entregara.
¿No tienes nada con lo que cubrirte los ojos? - miró a su alrededor - Ya sabes, un pañuelo o una venda.
No había pensado en ello hasta llegar acá. Quizás si registraban los baúles de su cuarto...
Ortiga levantó un dedo y detuvo la búsqueda. Dobló sus manos en su espalda y las metió dentro del jubón. Ah. La banda para sus pechos. Sí. Eso funcionaría. Y solo porque sí, cuando la desató, Maegor estiró el cuello de su jubón con un dedo, atrapando su camisa interior, para echarle una mirada nada furtiva a sus tetas.
Ella era la que le aconsejaba que se aprovechara de cada situación, ¿no?
La palmada en su mano lo cogió por sorpresa, pero Ortiga no lucía enfadada, sino divertida.
Pervertido. - lo llamó, e incluso él pudo escuchar la burla en su voz.
No se ofendió sino que una oleada de cariño, a pesar del insulto, lo recorrió - Sí, pero soy tuyo.
Ella parecía dispuesta a darle otro beso por su respuesta. Él la cortó, tomando la cinta de sus manos y ordenando - Ponte esto en tus ojos. No demoremos más. - los besos podrían venir después. Primero esto.
Ella parpadeó, desconcertada, pero no tardó nada en encogerse de hombros y amarrarse la tela.
Bien. - cegada por el material, luego de ajustárselo, preguntó - ¿Ahora a dónde?
Maegor la hizo salir de sus aposentos, y el primer obstáculo fueron las escaleras. Infinitas y largas eran, y por ello hizo bajar a Ortiga con pasos suaves. Tampoco se resistió a compartir información al azar que había sacado de sus estudios sobre planos y construcciones.
- ¿Sabes que las escaleras de las torres están diseñadas para facilitar la defensa contra invasores?
Ortiga, que tanteaba lentamente el camino aferrada a sus manos, se detuvo un instante antes de proseguir.
- ¿Eh?
Sí. - dijo él - Quien invade por lo general subiría las escaleras. Por lo que estas giran en tal sentido que el que este arriba, tiene su flanco izquierdo semi protegido, y el derecho, de la mano dominante, libre para que pueda blandir sus armas.
Oh. - los labios de Ortiga se convirtieron en un círculo.
Al contrario, - explicó - un invasor tendría mas dificultades para mantener la guardia y le sería más complicado usar cualquier armamento. Incluso los escalones tienden a ser irregulares a veces, para dificultar el movimiento, aunque eso puede jugar en contra de los defensores también.
- Ah. Vaya. Eso suena conveniente.
Conveniente no, planeado. - y prosiguió con una disertación que solo se atrevía a dar en su presencia. Ortiga podía ser parlanchina, pero también era muy buena escuchándolo.
Cuando llegaron a un rellano, Maegor se dio cuenta de otro problema. A donde iban estaba muy lejos, lo suficiente para que fuera una larga caminata. Cosa que no le molestaba ni a él, ni a su esposa. Pero privada de su vista, y aunque sostenida por él, los pasos de Ortiga aunque no eran vacilantes, si eran medidos. Como asegurándose de que plantaba los pies en terreno firme. Maegor dudó. Esto no funcionaría. Pero tampoco quería arruinar la sorpresa. Así que escogió la opción más efectiva.
Umphhh - Ortiga barritó cuando Maegor la cargó sobre su hombro - ¿Se puede saber qué haces?
Pues, llevarte más rápido. - que pregunta más tonta. No perdió la oportunidad y le soltó una palmada en el trasero - Así que calla, mujer, y disfruta el viaje. Mientras más rápido lleguemos, más rápido tendrás tu regalo.
Un sonido risueño escapó de ella, y Maegor avanzó complacido. No tardaron en comenzar a cruzarse con personas. Un soldado allí, un siervo por allá. Fue con los cortesanos con los que empezó a sentirse tenso, en especial cuando se detenían a murmurar entre ellos.
Sus pasos casi se detienen, y una Ortiga preocupada habló a su espalda - ¿Maegor, pasa algo?
El contraste con su alegría previa fue tal, que él se enojó. No dejaría que las murmuraciones de unos nobles lamebotas y cualquier duda que tuviera, arruinaran esto.
No pasa nada, mujer. - regañó - Es solo que te llevó cargando medio castillo y soy humano.
La risilla de ella le mostró que había hecho lo correcto. Su madre tenía razón sobre la opinión de los cortesanos. Si un lobo no se preocupa por la opinión de las ovejas, ¿por qué debería hacerlo un dragón? Acomodó mejor a Ortiga sobre su hombro, y continuó sin detenerse hasta su destino. Cuando salió del centro del castillo, Ortiga lo debió notar. Más cuando se acercó al edificio que contenía su muy codiciado presente. Tan hermoso que Aenys casi había hecho un berrinche por él, pensó con burla.
Al llegar, Ortiga olfateó, ya debiendo sospechar donde estaban y que significaba eso. Extrañamente se quedó muy callada.
El mozo de cuadras se escapó al verlos, sin necesitar de una orden o ni siquiera del ceño fruncido de su príncipe y señor. Las finas bestias aquí dentro relinchaban, ya dándole a Ortiga todas las pistas que necesitaba, por si no lo sabía. Él avanzó hasta los mejores cubículos, donde se guardaban y protegían los animales favoritos de la familia real. Donde descansaba la joya más brillante del establo.
Cuando depositó a Ortiga sobre sus pies, ella se quedó muy quieta. Se quedó extrañado, porque esperaba que ella quisiera ver su sorpresa con esa desesperante energía nerviosa que era tan común en ella. En vez de eso, sus comisuras se elevaron y la escuchó negar.
- Na. Me estoy haciendo ideas.
¿De qué hablaba? Él la había traído aquí por su regalo. ¿Qué ideas se podría estar haciendo? Confundido, aflojó la venda de sus ojos y se la quitó. Ortiga parpadeó un par de veces antes de quedar paralizada.
Ante ellos estaba una de las monturas más finas que había visto jamás. Cuando Maegor comenzó a buscar su regalo, había deseado algo propio de la isla. ¿Había algo que encajara mejor que uno de los caballos de esa raza que habían traído los Targaryen de Valyria, seleccionados durante generaciones y entrenados para no espantarse por los dragones? ¿Había mejor opción para una jinete de los grandes depredadores de su familia? No sólo era un regalo fino y caro, era útil. Era necesaria, en especial para Ortiga que no tenía su propio equino. Y sobre todas las cosas, era una criatura increíblemente hermosa. Hasta Maegor, que no se fijaba mucho en eso, tenía que admitirlo.
No. - Ortiga lo miró y volvió a negar con una sonrisa - No.
Ortiga, ¿por qué dices eso? - ¿había algo que no le gustaba de la bestia? - Busqué el regalo ideal para tí. ¿Acaso te desagrada?
La emoción pareció desbordar en ella - ¿Desagradarme? - saltó en el lugar - Maegor es ¡PRECIOSO! - su voz tan aguda que haría aullar a los perros.
Es una yegua. - corrigió.
Ah. - ella bajó la cabeza y observó su vientre, solo para levantarse y emitir el doble de alto - ¡ES PRECIOSAAAAA!
El animal, claramente retrocedió alterado, y Ortiga pronto sacó de entre sus bolsillos alguna delicia que llevaba para ofrecersela. Entre tanto y tanto, devolvía una mirada chispeante a él y de regreso al animal. Tampoco demoró mucho en repartir besos por todo el morro de la criatura, para su total desagrado.
Entonces, - Maegor se inclinó sobre sus pies. Su reacción lo decía todo, pero aún así tenía que preguntar - ¿te gusta?
- Maegor, ¡me encanta! Pero, ¿por qué?
¿Por qué? - parpadeó confundido - Porque te lo mereces. Llevaba casi una luna buscando un regalo a tu altura cuando lo encontré, justo antes de salir para el Dominio.
¿Tenías planeado esto desde hace tanto? - lo interrogó como si fuera increíble - ¿Cuándo... - se lamió los labios - ¿Cuándo aún éramos solo amigos?
Sí. - asintió - Desde que me dijiste que nunca tuviste tu propio Día de tu Nombre. Merecías que tu primer regalo fuera increíble. - los ojos almendrados de su esposa parecieron llenarse de agua y él se preocupó - No podía regalarte joyas. No parece que te gusten mucho usarlas. Y hasta yo se que es de mal gusto regalar una bolsa de monedas. Así que tenía que conseguirte algo útil y hermoso, y como esta isla es nuestro hogar necesitabas algo que saliera de ella.
Ortiga dejó caer un beso corto en el pelaje claro de la bestia, cerca de su frente, antes de volverlo a escuchar.
Esta, - se acercó a la yegua - no es solo una potra de fina estampa. Esta destinada a no retroceder ante nuestros dragones. Como parecen gustarte tanto los animales, - y ella no perdía la oportunidad de mimar al castrado de Maegor cuando montaban juntos - pensé que encajaría mucho contigo. El criador me aseguró que es muy mansa, y también que era tan hermosa que hasta Aenys quedaría prendado por ella. Tenía razón. - terminó con disgusto.
Tú. - Ortiga amplió sus ojos - Te peleaste con Aenys por ella.
Sí. - era la verdad indiscutible - Él quería que fuera de su propiedad. Pero esta criatura ya tenía dueña y destino: - la observó - tú.
- Te peleaste con Aenys y con el rey por ella. Por mí. Te castigaron por no cederla.
Ortiga, ¿me estas oyendo? - preguntó molesto por tener que repetirse - Ya te dije que sí. Aenys quería...
Fue interrumpido por su repentino salto. Un momento Ortiga estaba frente a él y al otro sobre él, sus brazos enredados en su cuello y sus piernas en sus caderas. No le dio tiempo a preguntar que pasaba antes de que estrellara sus labios con los suyos en un beso voraz. Se tambaleó hacia atrás, más por la sorpresa que por el impulso. También iba a quejarse: hacía poco que estaba besando a un caballo. Al menos eso planeaba hasta que usó la lengua. ¡Ah, como le gustaba! Maegor devolvió el beso, recostado contra una pared. O quizás una puerta. Sus rodillas casi se doblan cuando Ortiga atacó con renovadas fuerzas. Tanteó la superficie en la que se apoyaba. Necesitaba encontrar un lugar más cómodo y lo necesitaba ya.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Sus pasos eran apresurados, movidos por la motivación de no perder su ansiado premio. Aún así, a pesar de su obvia urgencia, varios nobles preocupados lo detuvieron para alertarlo del comportamiento tan poco ortodoxo de su hermano.
¿Qué estaba pasando con Maegor? Primero, su terquedad con respecto a la posesión de la yegua más fina en la que Aenys había puesto sus ojos jamás. Su hermano solía ser inflexible, pero su adhesión al animalito no tenía sentido. Ahora, le habían dado las quejas de que andaba paseando con su mujer como un saco de trigo sobre sus hombros. Aenys se masajeó las sienes en el momento en el que salió de la fortaleza. Todavía no había discutido con Maegor, como planeaba hacer, y ya tenía un dolor de cabeza.
Tomó aire y abandonó las puertas. Las caballerizas del castillo quedaron frente a él, y tras preguntar a unos sirvientes, señalaron el edificio como el destino del otro príncipe del reino. Bien. La cercanía a la hermosa potrilla fortalecería la firmeza de Aenys. Si bien Maegor parecía empecinado en quedarse con ella, él por su parte estaba aún más empecinado en tenerla. Su ansia pronto se había convertido en una ambición febril.
Avanzó hasta los establos, recordando cuando se enteró de su existencia. Los rumores de una nueva e inigualable pieza para las cuadras reales había llegado hasta él. Aenys había acudido, movido por la curiosidad, solo para quedar prendado. Allí, en medio de los cuartelones, se encontraba una potra que superaba cualquier expectativa que tuviera. Una palomina tan deslumbrante que opacaba a cualquier palafren de la propia colección. Y eso que él era un coleccionista consumado. Su posesión se volvió una necesidad. Más aún cuando Alyssa estaba embarazada, y según sus instintos de madre, esperaba un hijo varón. Merecía como tal el regalo de una reina, y ¿existía un mejor presente que esta criatura? Por supuesto que no.
Aenys se había sorprendido al saber que no pertenecía a su padre. Había llegado a creer que quizás fuera otro regalo para él. Quizás para el próximo Día de Su Nombre. Se sorprendió todavía más al enterarse de que había sido Maegor el que la había comprado. Tanteando al jefe de los establos, este, aunque sin admitir nada, había comentado creer que la yegua se quedaría permanente en Rocadragón. Sus esperanzas habían sido momentáneamente aplastadas. Luego se había recuperado.
Su hermano, sinceramente, no tenía un ápice de interés en el aspecto estético de nada. No como pasaba con él. Se inclinaba más hacia lo funcional. Un ejemplo de ello era su montura actual, un bayo fuerte y bien entrenado, pero que nunca destacaría. Aunque al inicio se había preguntado porqué había comprado a un animal tan vistoso como la potrilla, luego se había encogido de hombros. ¿Qué importaba? Se la compraría a buen precio, o se la cambiaría por una montura de sus propios establos. Si Maegor quería un nuevo caballo, la tendría. No le importaría como luciera, y Aenys ganaría a su codiciada potranca. Su hermanito estaría complacido y él también.
Había estado tan equivocado.
Cuando Maegor había regresado de su viaje, Aenys no había podido contenerse. Había preguntado para obtener la propiedad incluso antes de que Maegor se lavara el olor de dragón del cuerpo. Su respuesta había sido cortante: No. Aenys había parpadeado confundido. Luego había vuelto a preguntar, explicándole a su hermano que estaba enamorado del animal. La respuesta había vuelto a ser la misma: No. Desesperado, porque había llegado a entender la terquedad y la rigidez de su hermano, había acudido a su padre. Con su mediación, tendría que ceder. Subestimó a Maegor. Ni siquiera el rey lo había podido convencer de que cambiara de opinión, y su padre se había rendido.
Entrando en las caballerizas, se sorprendió por lo solitaria que parecían las estancias. Ningún mozo o cuidador en los alrededores. Solo caballos, sus relinchos y el olor de una cuadra bien cuidada pero sumamente llena. Avanzó entre los cubículos lamentando lo que lo había llevado aquí.
Padre últimamente estaba muy ocupado con el gobierno. Siempre estaba revisando papeles sobre impuestos y disputas y cosas por el estilo. E incluso había suspendido muchas de las cenas que siempre tenían juntos. Una parte de Aenys estaba disgustada. Su padre era el rey, pero siempre podía delegar parte de sus labores en el Consejo Privado. ¿Qué sentido tenía tener una Mano del Rey competente si no iba a tomar una carga de la responsabilidad del monarca? Lo cierto es, se frotó con suavidad el pecho, que su ausencia en sus rutinarias comidas lo hacía sentirse abandonado. Padre siempre había tenido tiempo para él. Pero ahora, con su mayor injerencia en la toma de decisiones gubernamentales, su atención se encontraba acaparada.
Eso había llevado a que Aegon se rindiera con tanta facilidad ante la obstinación de Maegor. Estaba muy atosigado, y le había explicado que no tenía sentido seguir tratando con su hermano. Era un esfuerzo vano y él tenía que supervisar muchas cosas para seguir intentando doblegarlo. No es que Aenys quisiera hacer eso con su hermano. Por supuesto que no. Solo quería que entendiera que él apreciaría mejor a la yegua y que fuera la razón por la que la quisiera, Aenys se lo compensaría después.
Aún así, las palabras de su padre casi se habían sentido como una traición. Como si lo estuviera dejando de lado. Aunque Aenys entendiera que el rey estaba abrumado en los últimos tiempos, seguía siendo un cambio doloroso. Todo por el abandono de sus deberes que había escenificado su tía. Lo que sea que motivara a esto, era algo en lo que no quería ni pensar.
Ahora, Aenys se había visto obligado a retomar el asunto en sus propias manos. Si Maegor era terco, él también podía serlo. Después de todo compartían sangre.
Caminó entre las cuadrículas ocupadas. Vio algunos caballos de su padre, otros propios. Pasó por delante uno de sus últimos favoritos, el anterior al rocillo que le había regalado el monarca. Ambos ya habían perdido gran parte de su interés en comparación con su ansiada preciosidad. El olor del heno y de las heces de los potros asaltando su nariz. Mmm. Suponía que Maegor estaría por aquí. Pero esto parecía totalmente abandonado. Entonces la vio en su cuartelón.
Incluso dentro de este lugar no muy iluminado, la palomina brillaba. No solo por su fina estampa, sino por la belleza de sus colores. Con un pelaje como el oro claro y unas crines tan blancas como la nieve que caía sobre los bosques de Norte, esta criatura podía ser divisada desde el cielo. Aenys no dudaba que pudiera distinguirla incluso en medio de una multitud mientras él estuviera en los lomos de su dragón. ¿Había existido alguna vez algún animal que encajara mejor con los Targaryen? Después de todo, era como ellos, una mezcla de oro y plata. Destinada a resaltar por donde sea que pasara.
Tuvo que ir hacia ella.
Este tesoro se desperdiciaría en las manos de Maegor. No. Él no la apreciaría como debía. En cambio, Alyssa... La dama más hermosa del reino sobre la yegua más hermosa del reino. Ya podía imaginarlo. Su esposa con su traje de montar azul marino y un gracioso sombrerito que dejara ver sus cabellos plateados. Su yegua, con una montura elaborada y decorada. La gente tendría que detenerse a admirarlas por donde sea que pasaran.
Envuelto en su ensoñación, no se dio cuenta de nada hasta que llegó junto a la bestia. Un movimiento llamó su atención. Un vistazo rápido al cuadro delante de la yegua le dejó ver una pila de heno y una espalda amplia y semidesnuda. Un jubón negro a medio quitar, cubriendo solo de sus costillas para arriba.
¡¿Maegor?! - gritó escandalizado sin darse cuenta aún de lo que veía.
Su hermano alzó la cabeza. Su cabello revuelto y sus ojos violetas casi negros abiertos e impactados. Su otra esposa, la morena, estaba debajo de él.
Aenys se dio la vuelta enseguida. Apretó sus ojos, con la esperanza de no haber visto lo que creía.
Las quejas que le dieron más temprano volvieron con fuerza. No importa cuantos cortesanos se las contaran, Aenys se había negado a creer que su hermano había actuado tan... tan... ¡Indigno! Cargar a su esposa como un vulgar salvaje. Se había sacudido en negación. Ahora... Ahora había presenciado algo peor. Revolcándose en el heno como si no fueran príncipes. ¿Dónde estaba el decoro? ¿El respeto? ¡¿Cómo podían ser tan imprudentes?!
Se giró, indignado y dispuesto a regañarlos por su falta de sentido común, cuando Maegor gritó - ¡¡¡No mires!!! - y tuvo que volver a darles la espalda. La advertencia había sido justa, pues Aenys había visto más carne de la segunda esposa de su hermano, de lo que era decente. El vientre entero, ya que se estaba arreglando el jubón, y Aenys arrugó la nariz ante la adhesión a la moda masculina que tenía la chica.
Lo único bueno de todo esto era que su hermano al menos había tenido puestas todavía las calzas. Bastante bochornoso ya era haber visto el bulto en ellas. Si le hubiera visto la polla erguida, Aenys se hubiera tenido que sacar los ojos.
Así que cuando preguntó - ¿Ya puedo volverme? -, se juró a si mismo que borraría estas horribles imágenes de su memoria y fingiría que esto jamás había pasado.
Sí, Aenys. - Maegor respondió aclarándose la voz, y lo primero que notó al volverse era como estiraba su prenda de vestir delante de su regazo.
Finge que no has visto nada, Aenys. Finge que no has visto nada. Pasó a mirar a la otra mitad de esta fatídica escena.
Orthyras Targaryen, una vez más, en el medio de un espinoso asunto. Tenía el cabello alborotado, su trenza casi desecha con rastros de paja enredados en la cabellera. Su ropa no era mejor. Aunque había tratado de enderezársela, era obvio que todo había sido hecho con apuro, ¿y cómo no? ¡Si los había pillado retozando como hacían algunos hombres con las criadas! Bastantes murmullos y cejas alzadas ocurrirían en la Corte por su paseo previo, ¿qué pasaba si alguien más veía esto? Aenys se atragantó. ¿Qué pensaría la gente si se enteraban de esta actividades en un lugar tan público? ¡El nombre de la familia real sería arrastrado por el suelo!
¿Qué quieres, Aenys? - aunque lacónico, su hermano pronunció su nombre con algo de rencor. O eso creyó. Pero... ¡Si el que estaba equivocado era él!
¡¿Por qué me hablas así?! - estalló en una muestra de mal carácter que no era normal en él. Por ello tuvo que tomar un par de respiraciones profundas. Esta agresividad no era apropiada - Maegor, yo venía para intentar tener una conversación contigo. No esperaba encontrarme con... - como no tenía palabras para enmarcarlo todo, simplemente señaló con su mano - esto.
La princesa al menos tuvo la decencia de sonrojarse, su piel oscura subiendo su color. Sin embargo, Maegor se levantó en toda su estatura y cruzó los brazos sobre su pecho. No mires hacia abajo, Aenys. No mires hacia abajo.
Y bien, - Maegor continuó siendo abrasivo - ¿de qué quieres hablar?
¿No podemos hacerlo en privado? - observó a la otra consorte de su hermano, que aunque callada, trataba inútilmente peinarse con las manos - ¿Dónde no hayan oídos indiscretos?
Fue lo equivocado de decir, pues Maegor tensó los hombros y cuadró la mandíbula - ¿Acabas de llamar chismosa a mi esposa? - su mirada violeta se volvió severa.
No. No. No me atrevería. - corrigió él - Es solo que quiero negociar contigo hermano. Este es una de esas cosas con las que no se debe apesadumbrar a las mujeres.
Si quieren, me voy. - escuchó decir a la chica. Sin embargo su hermano se sobrepuso a su respuesta indicando:
- Aenys, no desperdicies mi tiempo. Si quieres decir algo, dilo. Mi mujer puede escuchar cualquier cosa referente a mí. Para eso está casada conmigo.
¿Seguro? - su seguridad se tambaleó. Una cosa era discutir con la familia. Otra muy diferente era hacerlo frente a una mujer que no conocía muy bien. Y lo poco que sabía de ella le estaba haciendo desconfiar.
No supo que vio en su cara, pero una mueca de disgusto salió de la boca de su hermano y completó - Tenía planeado llevar a Ortiga a pasear. Ya que interrumpiste, lo que debes hacer es dejar en claro tus intenciones e irte.
¡Vaya grosería! ¡Como si lo que Aenys había visto fueran preparativos para ir a pasear!
¡Bien! - apretó los labios - Venía a hablar de la yegua.
¡Ughhh! - su hermano menor gruñó y miró el techo de las caballerías antes de volver a él - ¿Sigues con eso? ¿Por qué no puedes entender que no te la voy a dar? ¿De qué manera tengo que decírtelo?
¡No me hables así! - arguyó él, agitándose. Se pasó las manos por los rizos buscando calmarse - He intentado negociar contigo, ¡pero no escuchas!
- ¡Que no quiero nada que ofrezcas!
- ¡Ni siquiera sabes lo que voy a ofrecer!
¡Bien! - lo vio abrir los brazos - ¿Dime que podrías dar? - observó a su alrededor, a las estancias abandonadas y solitarias - La última vez que supe de tus finanzas - se acercó a él, haciendo que el intercambio fuera tan bajo que a duras penas llegaría hasta su esposa. Aenys le hecho un vistazo, y ella le dedicó una sonrisa pequeña y torcida. La cicatriz de su nariz haciendo aún menos elegante el gesto - tenías deudas pendientes y cuentas con impagos. ¿Con eso pretendes convencerme de venderte algo?
Pues bien, ya que estás tan preocupado, - Aenys se arregló con orgullo su traje - te interesara saber que ya todo está resuelto.
Que su mujer escuchara. Aenys ya no tenía deudas ni monedas extraviadas.
¿Cómo? - inquirió su hermano con el ceño fruncido.
Pues bien. Se descubrió que se había cometido un error con mi estipendio. Y además, - aclaró - recibí una suma justa para sufragar los pagos atrasados. Como ves, no era mi culpa la existencia del déficit.
Aja. - Maegor asintió - Eso no explica todavía como pagarías el caballo.
- ¿No escuchaste que ya no tengo deuda?
Una cosa es no tener deudas, Aenys, y otra es tener la moneda para pagar esta bestia. Que como sabes, no es barata. - pronunció su hermano con lentitud - Dime, ¿has ahorrado lo suficiente en este tiempo para ser capaz de comprármela?
Entonces le llegó la necesidad de retorcerse. Maegor había acertado a un punto peliagudo - Bueno, no. Pero somos familia. Sabes que la pagaré eventualmente...
¡Acabas de salir de una deuda y quieres meterte en otra! - el tono de Maegor se elevó por los techos solo para descender - ¿Sabes qué? No tiene sentido tener esta discusión contigo. De todas maneras no te iba a vender la potra y menos ahora que ya la he cedido a su destinatario.
¿Eh? - tras sus palabras, Aenys parpadeó anonadado. Era incapaz de procesar lo dicho. Entonces cayó en cuenta.
La yegua que Aenys quería, la razón por la que discutían, el animal que fue incapaz de ceder incluso con la mediación del rey, había sido regalado a alguien más. A una princesa que parecía más una moza de taberna, descuidada y burda.
¡Yo quería esa montura para mi esposa! - se lamentó.
Y yo la quería para la mía. - admitió Maegor sin piedad.
Hermano, no entiendes. - Aenys se adelantó y se aferró a su jubón estrujado - Alyssa esta embarazada. Será la madre del futuro heredero al trono. Merece tener el regalo digno de una reina.
Aenys, - Maegor se desenredó de él - no le voy a quitar un regalo a mi mujer para complacer a la tuya.
Pero es que Maegor... No entiendes. ¡Mírala! - señaló a la poco apropiada chica.
El jubón de la princesa Orthyras (un jubón en lugar de un vestido o un traje de montar) estaba desajustado. Su camisa se asomaba por el cuello de la prensa y el cinturón colgaba más de un lado que del otro. Despeinada y sin porte ni gracia. ¿Cómo podían darle algo que parecía destinado a Alyssa?
Maegor la observó y estrechó el entrecejo. Sin embargo, en vez de darle la razón, se colocó junto a ella para quitarle una pajita del pelo y decir - ¿Qué tiene? Está así por mi culpa.
Aenys boqueó. El comentario le valió un sopapo indiscreto por las costillas de parte de su esposa. Aunque Aenys no aprobaba lo pronunciado, consideraba aún peor la reacción de la dama. Si se le podía llamar así.
¡Tú... ¡Olvídalo! ¡No hay manera de razonar contigo! - apretó los puños - Solo queda ver si tu esposa tiene más sentido común. ¡Princesa Orthyras! - dió un paso hacia a ella y de repente su hermano estaba allí, interponiéndose entre ambos.
¡¿Qué crees que haces?! - le gritó enfadado. Agresivo y con sus cejas casi pegadas en el nacimiento de su nariz, era una imagen intimidante. Aenys retrocedió apresurado - Una cosa es que me tiendas una emboscada con padre, para quedarte con algo que legítimamente era mío. Otra muy diferente es meterte con mi esposa. No lo permitiré. - sus palabras sonaron bajas y profundas.
Yo... Yo... Yo solo quería hablar. - tartamudeó.
Maegor redujo un poco ese aire atronador a su alrededor, pero parecío dar por zanjado cualquier intercambio - Ven, Ortiga. - llamó a su esposa - Vamos a sacar a pasear a tu nueva montura.
Así, con toda la naturalidad del mundo, procedió a colocar una silla de montar bien trabajada pero común sobre la hermosa potrilla palomina. Luego hizo lo mismo con su propio caballo, un bayo marrón y oscuro. Ni siquiera se le ocurrió mandar a llamar a un mozo de cuadra para que lo hiciera por él.
Aenys también podía hacerlo, ensillar a su caballo, pero no desperdiciaría su esfuerzo cuando existía un peón que lo hiciera por él. Era su trabajo. No había motivo por el que ensuciarse. No como Maegor, que quizás lo hacía por enojo, como una tonta cuestión de orgullo.
Aenys siguió en silencio a la pareja fuera de las caballerizas. Maegor ayudó a montar a su esposa en la yegua, lo que casi le provoca un bufido. Semejante joya en las manos de una niña que ni siquiera podía montar bien. Tuvo que morderse la lengua para no quejarse. Luego su hermano se montó en su caballo, el castrado de un color sobrio. Un palafren de buena alzada, pero que no se podría comparar jamás con su compañera, que gritaba a quien la viera sobre riqueza y gusto exquisito.
Salieron juntos los dos, a trote suave, por las puertas principales del castillo. El resentimiento por la pérdida cocinándose en el estómago de Aenys. Aún así, ya a una buena distancia, tuvo una idea reveladora.
Sobre el caballo oscuro y modesto, se alzaba un príncipe que era puro Targaryen. Su sangre no podía ser negada. Estaba ahí para todo el que lo viera. Sus rasgos valyrios siendo ostentados en todo su esplendor. A su lado, cabalgando sobre un pelaje dorado y blanco, llamativo y en extremo hermoso, estaba la princesa morena y común. Tan opuesta a su yegua como lo era Maegor a su caballo.
Por un instante, un brevísimo y estremecedor instante, Aenys pensó que combinaban. Como dos piezas diferentes, pero que encajaban a la perfección. Una puntazada de incomodidad le taladró la idea. Luego sacudió la cabeza.
Antes de venir aquí, Maegor nunca había actuado así, tan desafiante. Era algo hosco y retraído sí, y no solía triunfar en los círculos sociales. Pero era intachable como príncipe. Aenys había interactuado con él unas pocas lunas en Desembarco del Rey y había llegado a la conclusión de que su hermano era una persona correcta, pero poco sociable.
Ahora eso había cambiado. Salvaje. Sin escrúpulos. Maegor se estaba comportando como un hombre sin educación, y Aenys creía saber porqué. Casi en la distancia, solo podía distinguir sus siluetas. La cabellera oscura de la chica destacaba, en especial sobre alguien tan brillante como la yegua palomina. Orthyras Targaryen, o como sea que se llamara antes, era una mala influencia para su hermano.
Una segunda esposa impuesta, bufó. Con razón solo ocasionaba problemas. Tendría que hablar con su padre. Ceryse era la opción ideal para su hermano, no una moza que no encajaba en un ambiente educado. Maegor debería favorecer más a su esposa Hightower, para que la otra perdiera influencia sobre él. También le comentaría a padre sobre la nueva injusticia. Maegor no le había querido dar la potra, solo para dársela a alguien más. Quizás manipulado o impulsado por la chica. No. Ella desbarataba el orden natural de su familia. No se olvidaba que su tía se alejó de su padre cuando ella apareció.
Sí. Orthyras estaba destrozando su hogar desde dentro, y cuando se lo comentara a padre, él vería su lógica y lo podría arreglar.
No perdiendo más tiempo, se dirigió a las oficinas del rey. No sabía cómo nadie se había dado cuenta de esto, pero él lo había hecho. Hablaría para proteger a su familia. No podía detenerse. Habían muchas cosas que corregir.