Duro como piedra
30 de junio de 2026, 17:25
El día era soleado y fresco, el aroma del salitre se mezclaba con el azufre en la ligera brisa marina. No había nubes en el cielo, y las fumarolas mantenían hoy sus emisiones al mínimo. Eran las condiciones perfectas para que su secadero, protegido de los vientos más fuertes, cumpliera su función.
Dunstan Carrick inhaló con fuerza para gritar - ¡Lorcan, no desperdicies el tiempo! ¡Hay una nueva carga de ceniza molida y quiero comenzar a probarla! ¡Algo me dice que esta será una veta buena! - y frotó sus dos manos, incluso la inútil, con emoción. No podía esperar para ver si sus teorías con respecto a la calidad del polvo de volcán, se rió divertido ante la original manera de llamarlo, resultaba ser cierta.
Su hijo no estaba tan contento.
Últimamente papá es un tirano con respecto a la ceniza. - masculló mientras pateaba un montón del fino polvo ya triturado, que esperaba para ser distribuido por el suelo raspado, para que el sol borrara cada rastro de humedad.
Trata con más respeto a mi material, Lorcan. - apretó una mano y frunció el ceño ante tal insolencia - Es demasiado valioso para ser desperdiciado.
Bah. - Lorcan hizo una mueca mientras su hermano menor, asustado y confundido, se chupaba el dedo. Aún así cogió el instrumento modificado, para no decirle escoba con forma extraña, para regar bien la pila - Papá me gustaba más cuando decía que esto era solo desperdicios en el viento.
Pues cuando papá pensaba eso nos estábamos muriendo de hambre. - también había pensado eso cuando el príncipe Maegor se apareció para encargarle este proyecto. Le había parecido una locura. Si realmente el polvo era útil, alguien lo sabría, más cuando parecía estar al acceso de todos. Y el pueblo llano nunca permitía el desperdicio. Entonces hizo un descubrimiento, luego otro. Ahora era él, cojo y manco, el que arrastraba a sus hijos a todas las partes de la isla a las que tenía acceso, para conseguir diferentes muestras de la gris sustancia. En el pueblo decían que se había vuelto loco. Que quizás el príncipe era tan generoso con su familia porque su esposa extranjera lo había hechizado.
Bah. Dunstan estaba ante un descubrimiento grande. Uno magnífico. Uno que probablemente cambiaría por completo muchas cosas con respecto a la construcción de las fortaleza. ¡Ja! Se tuvo que burlar de sí mismo. Y pensar que inicialmente buscaba solo ver si su ceniza, su maravilloso polvo, servía de mortero. Rocadragón estaba asentado sobre capas y capas de una fortuna. Y al parecer, solo Dunstan y el príncipe Maegor lo sospechaban.
¡No! Él estaba seguro, y cuando lo viera, le informaría con orgullo a su príncipe de sus avances.
No tendría que esperar mucho tiempo. Menos del previsto al parecer, pues antes de que llegara la comida de mitad del día, dos figuras muy reconocibles para él cabalgaban hacia su casa.
Nadie podría confundir los rasgos del príncipe Maegor con los de nadie más, se dijo. Los Targaryen eran casi dioses para el pueblo de Rocadragón, con sus finas melenas de oro y plata y ojos de colores casi míticos. Había rastros de dichos rasgos en la población de aquí, en la isla. Pero al contrario de lo que se decía en el continente, pensó Dunstan al recordar los ojos morados oscuros de su familia, no eran signos de bastardía Targaryen. Al menos no en la mayoría, supuso con una mueca. Solo eran remanentes de la sangre valyria que corría por el pueblo llano. El Feudo Franco también tenía población libre que había emigrado aquí, no tan pura como sus señores pero ahí estaba. Pero por alguna razón todos en Poniente se empecinaban en señalarlos como semillas esparcidas. Bufó.
La princesa... ¡Ay! Una mueca se le escapó al recordar que había pensado en ella como la amante del príncipe. La princesa no mostraba una sola gota de sangre valyria en su cuerpo. No es que Dunstan pensara que no la tenía, después de todo montaba a un dragón. Pero con respecto a su aspecto: la chica se paseaba a veces por el pueblo, con ropas sencillas eso sí, y nadie más que la esposa de Jonas (que ahora sabía era su guardián en dichas visitas) le echaba una segunda mirada interesada. Era morena, de pelo oscuro y ojos marrones. Como le gustaba decir a la mujer celosa, porque Jonas mantenía en secreto su identidad como hacía él, era una muchacha poco destacable. No fea pero tampoco hermosa. Sin embargo, viendo la bestia que montaba...
¡Ay! Nadie podría confundiría jamás con algo más que una mujer en extremo rica. Esposa o hija de un noble importante, y aún así estarían equivocados. Reconocía la montura. Era del criador de caballos del pueblo, y había sido su máximo orgullo. Todos suponían que la compraría el príncipe Aenys. O el rey, para dársela a su preciado heredero. Pero no. Había sido Maegor Targaryen quien había pagado su precio, y viendo quien la montaba, Dunstan sabía porqué, o más bien, para quien la había comprado. El animal era tan vistoso que chocaba contra el paisaje desértico, así como suponía que lo haría la seda tintada entre el lino común que llevaban los plebeyos. No. Definitivamente era un animal de fina estampa. Un regalo que no se le daría a una simple amante. Todo el que viera a la chica ahora sabría que esta mujer era importante.
Por suerte para ella, si quería mantener en secreto su identidad, la cabaña de Dunstan estaba muy alejada del pueblo. O si no pronto todos tratarían de averiguar quién era ella para montarse en dicho caballo, y la verdad correría de boca en boca muy pronto.
A pesar de la tensión que le hubiera supuesto la visita de tales figuras a su humilde hogar, esta vez Carrick estaba preparado. No encontrarían sus manos vacías, si no que en un período tan breve que debía ser casi imposible, había encontrado resultados. Se tuvo que volver a reír y a negar con la cabeza. ¿Cómo es posible que todo este tiempo, la gente de la isla conviviera con el polvo, caminara sobre él, y nadie notara sus increíbles propiedades? Más bien maldecían su caída, ya que prometía suciedad. Un desperdicio. Todos estos años él había sido igual y ahora se sentían como un maldito desperdicio.
¡Buenos días! - lanzó sin poder contenerse un saludo apenas llegaron, sin dejarles incluso bajarse del caballo. Estaba actuando como un niño emocionado, lo sabía, pero... No podía contenerse. Solo él, y bueno, sus hijos, conocían el secreto de la mezcla. No podía contárselo a nadie más pues corría el riesgo de perder el proyecto, o parte de su salario, y en estos momentos no sabía realmente que era peor.
El descubrimiento de la ceniza le había dado una sensación de utilidad, que casi superaba la satisfacción de vivir con el estómago lleno. Casi...
El príncipe Maegor recibió su bienvenida con un ceño fruncido, y bajo de su montura sin una indicación de cómo fue recibido. Dunstan se habría puesto nervioso, pero tras él, su esposa parpadeó confundida, se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa. Si ella estaba bien con ello, ¿él también lo estaría?
Buenos días, señor Dunstan. - se dirigió la princesa a él, bajando bajo la mirada atenta de su esposo de la potrilla. Cuando Lorcan y su hermanito aparecieron a la carrera, para colocarse tras él, ella los recibió también - Buenos días, niños.
Cuando no contestaron, el Carrick fue a regañarlos. Estaban frente a la nobleza dragón. La falta de educación no era permisible. Sin embargo la princesa prosiguió como si nada.
- Nuestras monturas necesitan ser atadas y que se les brinden cuidados. ¿Quién quiere ganarse una moneda?
Lorcan enseguida se adelantó, con su hermano a rastras. La chica tanteó su bolsa y lanzó al aire una moneda que su hijo mayor atrapó en vuelo.
¡Joder! - dijo el niño, y Dunstan casi lo azota ahí mismo - ¡Un venado de plata!
Su cabeza cayó al instante sobre la moneda acuñada y sí, era plata. El más pequeño de sus bebés saltó enseguida:
- ¡Lorcan! ¡Lorcan! ¡Yo te ayudo y me das la mitad!
¡Por un demonio que te daré la mitad! - ladró el niño - Yo haré la mayor parte del trabajo. Te daré unos cobres si te callas y me obedeces en todo lo que te digo.
Iba a regañarle. De verdad que sí. Pero como su hijo salió disparado para atender las bestias de los príncipes, con la señora besando el morro de su montura y pasando la mano por el cuello de la de su esposo, y como Su Alteza ignoró todo como si no le importara, se quedó callado. Además, la emoción regresó, y si Dunstan no estuviera cojo le habría costado mucho contenerse de saltar.
Vengan, Altezas. - señaló hacia su cabaña - Vengan a ver lo que he descubierto. - y renqueó con su pierna mala hacia su estudio - Miren.
Había escrito cuanta superficie había encontrado, ya fueran sus tablillas de arcilla roja o los papiros para informes oficiales al castillo. Sus estantes, antes llenos de rollos que no tenía ni idea de como llenar, ahora desbordaban con sus escritos. Herramientas regadas también encima de ellos, no fuera a ser que se atravesaran en su camino. Tomó uno de los tomos, uno que resumía sus avances.
Venga, Alteza. - agitó su mano sana - Déjeme explicarle. Comencé los experimentos moliendo la ceniza en diferentes granulaciones y secándola. La sustancia parecía bastante inerte con el agua, sin ninguna reacción visible. Era poco prometedor. - y una sonrisa loca y amplia se le estampó en la cara.
Los dos príncipes intercambiaron miradas para luego volver a él. La princesa Orthyras parecía muy confundida mientras su marido parecía receloso. Y miraba a Dunstan de arriba a abajo, como si temiera que estuviera borracho. Estaba borracho, se dijo, pero no de bebida sino de satisfacción.
La ceniza gruesa y la media, - plantó las anotaciones en las manos del príncipe y señaló - resultaron ser inútiles, pero... - volvió a señalar con más fuerza, con el dedo, las líneas que había escrito y releído una y otra vez. Como si él mismo no se creyera lo que había plasmado en papel - la ceniza fina... Las mezclas en cierta proporción con cal... Había algo, lo ví en las pruebas de consistencia... Dureza. Tuve que probar su adhesión. El mortero se deshace con el agua. Su consistencia y capacidad de unión es menor. Había que ver como reaccionaba diferentes materiales.
Para. Para. Que no te entendemos. - la princesa hizo un gesto de detenerse. Dunstan notó que estaba respirando con velocidad, y hablando cosas a medias y sin sentido para ellos.
¡Es que es magnífico! ¡¿Cómo es que la gente, si alguna vez usó este material, se olvidó de él?! - Dunstan se agitó - ¡Es maravilloso, Altezas! ¡Increíble! - no podía contener su alegría, lo que solo hizo que el príncipe lo mirara con una especulación desagradable, quizás pensando que Dunstan se había vuelto un lamebotas que solo le decía lo que quería oír.
No lo hacía. Ni siquiera muriendo de hambre podría fingir estar tan obsesivo con un tema. Cuando comía con sus hijos hablaba de ello, pensaba en mezclas y moliendas cuando respiraba. Dunstan Carrick tenía una adicción y no se iba a molestar en negarlo.
Es que estoy muy emocionado. - de nuevo lo asaltó el instinto de brincar como un mocoso enérgico - ¡Oh! ¡Ya sé! ¡Será más fácil mostrárselo! Aunque por supuesto que lo iba a hacer. Lo que al final. Aunque ahora será mejor porque verán pruebas de todo lo que digo.
He intentado salir por la puerta, tropezó. El príncipe Maegor lo agarró por la camisa y un brazo, y detuvo su vergonzosa caída. Maegor lo miraba azorado. Con la cercanía pudo notar realmente la juventud en su cara. Era solo que no se atrevía a mirarlo de frente mucho tiempo, y estaba tan distraído. Con la nueva emoción, a veces también olvidaba que era un hombre roto, y volvía a tratar de moverse como si estuviera sano.
Perdón, Alteza. - se aclaró la voz y se irguió - Por favor, síganme.
Sí, eso estaba mucho mejor. Era más formal y serio. Y así podría mostrar todo más pronto, apretó los labios para contener la sonrisa.
Por acá. - y arrastró su pierna inútil a través del camino de tierra. El paso a través de la superficie bien raspado lo dejó pensando. Quizás debería probar verter la mezcla en el suelo. Había demostrado la capacidad de mantener ciertas formas, y además de ayudarle con su movilidad (pues la lluvia tendía a encharcar y dificultarle el paso), le permitiría investigar su uso para diferentes aplicaciones.
Ah, tantas cosas por hacer y tan pocas manos para ello.
Miren. - primero los acercó a sus "pruebas de mortero" - Comprueben ustedes mismos que tan difícil de separar son las cosas unidas con nuestro producto.
Había toda una fila de tejas ensambladas, piedras, y cuanto material se le hubiera atravesado a Dunstan en su camino. Tendría que conseguir también ladrillos, aunque esos eran más comunes en Essos por lo que había escuchado.
Prueben a separar las tejas. - motivó - Ahí en las tablillas dice la proporción de cal contra ceniza. - la chica tomó dos piedras pegadas e intentó separarlas infructuosamente. Su marido frunció el entrecejo y alcanzó su experimento, mirando a su vez los cuadros de arcilla roja que enunciaban la información que creía útil. Después de un forcejeo fuerte, los dos pedruzcos se separaron en un estallido.
El príncipe bajó las comisuras un poco y Dunstan debió aclararle:
- Oh, Alteza, no se preocupe. Como son dos piezas pequeñas y sueltas son más fáciles de separar. Hacerlo con una pared entera sería más complicado por no decir imposible. Pero si lo comparamos con el mortero común, este último ni se acerca a sus propiedades.
Maegor ladeó la cabeza de un lado al otro, y Dunstan indicó que comprobara con otras uniones.
Además, - pronunció con orgullo, colocando sus manos en sus caderas y manteniendo el equilibrio por pura terquedad - hay varios motivos por los que estas piezas están aquí al aire libre. La mezcla ha demostrado no tener la misma solubilidad que el mortero. Me interesa saber cómo reaccionará a la exposición a largo plazo a los elementos. Hasta ahora, la lluvia no le ha hecho mella.
Pero sí no confiaban, los llevaría aún más lejos.
Ahora, debo confesar algo horrible. - el hijo del rey, que estaba forzando a separarse dos trozos de tejado, se sobresaltó - A ver, nada horrible. - Dunstan se rascó la cabeza avergonzado - Tengo que admitir que ocurrió un accidente. Una carga completa de mezcla, que estaba en diferentes contenedores, quedó sumergida por la lluvia. Lamentablemente no la pude rescatar.
La princesa Orthyras hizo una mueca y lo miró a los ojos, el príncipe no disimuló y observó directamente su pierna mala. Al menos hasta que su esposa le pegó y entonces le dedicó su atención a ella. Se asustó un poco, pero viendo que la chica andaba despreocupada se relajó.
Pues bien, lo que debería ser un desperdicio se convirtió en un descubrimiento aún más grande. - y los arrastró a una zona bloqueada de la vista por su cabaña, donde filas y filas de pequeños bloques cuadrados reposaban - Observen, el milagro. - ambos parpadearon poco impresionados - Pueden parecer simples ladrillos grises, pero no es solo eso. Los ladrillos necesitan hornos, fuego, tiempo de cocción. Lo que hace que su producción sea cara.
Maegor asintió, como si supiera esto. La princesa solo continuó escuchando.
Estos, - se plantó delante de unos bloques - solo necesitan agua y sol, además de la ceniza que es tan común en la isla. ¡Y es más duro que el ladrillo! ¡Casi como roca! Como piedra líquida que pones en un molde y toma la forma que quieras. ¿No entienden?
Orthyras Targaryen negó con la cabeza pero el príncipe se quedó ensimismado.
Significa que no se necesitan de picapedreros, ni artesanos especializados. Solo los moldes y hombres destinados a verter el material y trasladar el resultado hasta el lugar necesario. Ahorrando la moneda de contratar expertos, el tiempo de trabajar la piedra, los costes de transporte pues podrías llevar la mezcla en sacos y luego fabricar tus ladrillos ahí mismo. - su voz se iba elevando mientras hablaba, pero... ¡Es que era tan increíble!
Piedra líquida. - enunció el príncipe con retraso, y observó con nuevos ojos las alineadas piedras artificiales - Piedra líquida. - repitió y se fijó en Dunstan - ¿Puedo comprobar la dureza?
Por supuesto que sí. Todo esto es suyo. - dijo entusiasmado y enseguida gritó - ¡Lorcan! ¡Lorcan!
¡¿Qué?! - su hijo asomó la cabeza.
Trae un mazo. El más pesado que tengamos. ¡Y no demores! - exigió.
Pronto el príncipe comprobaría con sus propias manos el avance de su proyecto, y sí, la dureza que tenían las piedras falsas que había recreado Dunstan.
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El sol lo golpeaba con fuerza en la espalda, sin embargo esa no era la causa de su sudor.
Una vez más, vigilando que destruía el ladrillo apropiado, levantó el mazo sobre su cabeza y lo dejó caer con todas sus fuerzas.
El calero, Carrick, había exigido de inmediato a su hijo que le trajera carboncillos para anotar los resultados. Luego le indicó a Maegor cuales bloques podían ser víctimas de sus golpes. Uno de cada pila, para evaluar resistencia. El resto permanecería a la intemperie y se realizarían evaluaciones después.
A Maegor le parecía que el hombre mentía. Bueno, mentir no. Eso era incorrecto. Exagerar más bien. Estas piezas, Maegor colocó una en su lugar y estampó la maza sobre el pedruzco falso, no eran tan duras como el granito sólido. Aunque si más que el ladrillo. Sin embargo, parecía de alguna manera ser suficiente. O eso creía él.
Cuando lo llamó piedra sólida... Maegor hizo una conexión, y estaba ansioso por revolcarse entre los escritos que conservaban los Targaryen sobre la arquitectura valyria. Si fuera lo que él pensaba...
Otro bloque se fracturó, diciéndose no por la mitad, sino por una esquina. Maegor se detuvo a secarse el sudor de la frente y a tomar aire. La labor, aunque los ladrillos grises no fueran tan duros como la piedra real, seguía siendo agotadora. Había sido sensato quitarse el jubón, pues su camisa estaba empapada por el esfuerzo, y por más que se cuidara, también estaba cubierto de polvos y restos.
Pero esto le hacía bien. Levantar mazo, dejar caer mazo, partir bloque. La repetición calmando algo dentro de él, en especial después de la confrontación con su hermano. Había pensado que lo había dejado atrás, pero no. Apenas tenía un momento libre, la discusión se repetía en su mente y le daban ganas de hacer algo. Lo que sea. Por eso mejor distraerse.
Apretó el mango y dejó caer una descarga feroz sobre el cuadrado de material duro. Hubo una fractura por la mitad de su estructura, pero que no atravesó de lado a lado. Se lo informó al calero, que revisó la tablilla de arcilla del grupo del que salió esta pieza y anotó todo lo correspondiente. Eficiente y atento a los detalles menores. Le gustaba.
Esto no es duro como piedra. - enunció al terminar, y vio al hombre comenzar a sudar. Maegor pegó sus dos cejas sin saber porqué. Solo sostenía su jubón y las anotaciones. No era tanto esfuerzo - Pero el resto de lo que dijiste es correcto y además, - se acercó a sus anotaciones - me gustan las anotaciones metódicas.
El calero se tambaleó un poco, recuperándose por su cuenta - Ah, emm. - se lamió los labios y respondió - Muchas gracias, Alteza.
Él asintió y recuperó su prenda, sin querer ponérsela. Se sentía como un cerdo sudado, y le producía incomodidad ponerse la ropa por encima cuando lo que realmente necesitaba era un baño con desesperación. Ufff, no podía esperar para sumergirse en una tina de agua lo suficientemente caliente para que el vapor se elevara de ella.
Esto... Mi príncipe. - vio al hombre lesionado retorcerse - Su generosidad no tiene límites pero...
Habla. - demandó. No soportaba que se le diera vueltas al asunto. Pronto se arrepintió, pues el hombre palideció y parecía que sería derribado por una brisa. Se mordió la lengua y explicó, antes de que Ortiga lo corrigiera - Estoy muy satisfecho con tu trabajo. Hiciste más de lo que esperaba en el tiempo que te di.
El calero todavía dudaba. Que molesto era esto, se dijo. Tuvo que continuar, o si no al artesano frente a él se comería sus palabras.
- Resultados tan pronto son tan inesperados como satisfactorios. Sin embargo, detesto la adulación y la florituras en las palabras. Se directo.
Sí. Bien. - el hombre tragó fuerte - Sí bien he tenido buenos avances, creo que empieza a ser necesario aumentar la escala de los experimentos.
Él estuvo de acuerdo. Necesitaban más pruebas. Más estudio. Más materiales.
Sin embargo, yo... - se señaló a si mismo, en especial a su pierna destrozada - Mis fuerzas no son suficientes. Necesito acaparar ceniza de toda la isla, necesito molerla. Necesito cargas más grandes. No creo que solo mis hijos y yo podamos con todo. Puede usted pensar que me estoy echando para atrás pero no. Este proyecto tiene tanto futuro. Es tan prometedor. Incluso si contrata más gente...
Usted seguirá a cargo. - cortó él sin querer discutir más. Pero padre le había enseñado cosas durante su Progreso Real. Como compartir un pedazo de su mente, por más que le desagradara explayarse - Usted ideó los experimentos y usted hizo el descubrimiento. No veo porque cambiar algo que funciona bien.
Se rascó la barbilla, sus pelos ahí tan escasos como unas cuantas lunas antes.
Con respecto a la ceniza molida, se le otorgará un sello y una dispenzarización para que se le permita usar el molino. - el calero lo observó como si le hiciera un regalo y no como si estuviera resolviendo un problema que le convenía - Con respecto a la mano de obra para ayudarte, como necesito mantener esto todavía en secreto, tardaré un poco más en encontrar solución. Tendrás mi respuesta antes de que termine el ciclo lunar.
Hasta entonces, tendría tiempo para planearlo todo. Cuando estuviera más cómodo y no se sintiera como una asquerosa mezcla de sudor y polvo, pensó con asco. La tela de su camisa interna empegostada a todo su cuerpo. No podía esperar a deshacerse de ella. Incluso podía sentir las gotas del asqueroso líquido corriendo sin control por su espalda. Ughh. Desagradable.
Entonces se acercó a Ortiga, que había preferido permanecer a la sombra y observarlo. Lo primero que notó extraño fue su sonrisa. Demasiado amplia, demasiado antinatural, pero no forzada. Y aún así, de alguna forma, conseguía verle todos los dientes. El oscurecimiento de sus mejillas fue lo siguiente que le preocupó, más cuando al llegar a su lado, ella le dedicó un - Buenas - en un tono bajo y extraño, como si no se hubieran visto hoy.
Ortiga, ¿estás bien? - tuvo que preguntar. Estaba actuando fuera de lo normal.
Estoy bien. Estoy más que bien. - repitió con esa sonrisa sospechosa mientras ella se acomodaba dos veces el mismo mechón de pelo salvaje detrás de su oreja.
¿Le pasaba algo a él? Dudó un momento, y trató de olfatearse rápido debajo del brazo. Apestaba un poco, pero tampoco era tan ofensivo, ¿verdad? Ortiga era muy práctica para que le molestara verlo todo sudado, ¿verdad?
Estaba muy confundido - ¿Algo está mal?
Oh, cariño. - ella negó con su morena cabecita - No podría estar mejor.
No entendía que pasaba. Incluso después de montarse a caballo y emprender el viaje, ella seguía muy rara. Mirándolo silenciosa.
Ortiga, - trató de averiguar - ¿estás enfadada porque convertí nuestro paseo en una revisión del proyecto? Lo hice algo aburrido, ¿verdad?
Solo ahora se le ocurría que quizás ella solo quisiera pasear por allí y no sé, ¿trotar? ¿Divertirse? ¿Dejar atrás las responsabilidades? Él había pensado que era buena idea. Cumplía dos cometidos a la vez. Pero viéndola así, puede que ella no estuviera contenta.
No te preocupes Maegor. - la sonrisa rara no se iba, y comenzaba a preocuparse en serio - Puedo asegurarte que lo he disfrutado.
Ahora la alarma crecía dentro de él. ¿Tendría fiebre? Ni él, que no gustaba de las celebraciones, le parecía que esto fue divertido. Tenía que comprobar que su esposa estuviera en sus cabales.
- Ortiga, Dunstan el calero ¿qué dijo del material?
Eso la hizo parpadear, como sacándola de un trance.
Pues yo la verdad no entendí mucho. - se encogió de hombros - Que la mezcla funciona por un lado mejor, por el otro más o menos igual. Que es más barata de producir. Más rápida de hacer. Más fácil de distribuir. Menos trabajadores. - asintió y mantuvo su postura muy erguida mientras montaba. Ortiga no era una jinete de caballos muy buena - Suena como algo que se podría vender por buena moneda.
E hizo un gesto de pesar una bolsa, en su mente de seguro llena de plata, o oro.
Olvidado su anterior malestar, o lo que sea que sufriera, Maegor necesitó inquirir - ¿Todo lo que pensaste de esto fue la ganancia?
- Sí. ¿Tú no?
- No. Yo pensé en lo que se podría hacer. Construir. Dejar nuestro nombre para la historia. Un legado.
Maegor, una bolsa de monedas, o muchas, sigue siendo un buen legado. - él le dedicó un gesto de desagrado - ¿Qué? Es verdad. Si me dieran a escoger entre haber nacido con un buen legado o rodeada de plata, se que escogería. Ser hija de quien era no me sirvió de mucho mientras crecía.
- Has ganado mucho.
Lo he hecho. - ella aceptó - Pero también pasé por mucho. - entonces le dedicó una sonrisa juguetona - Y cofres y cofres llenos de moneda no me hubieran venido mal.
Eres dura, mujer. - se burló él.
- Cada quien decide lo que le conviene. ¿Y qué si soy así? ¿Te molesta?
Lo pensó.
- Nah. Dura estás bien. No creo que a una mujer suave le iría bien conmigo.
Una mujer suave se doblegaría. Con ella, tendría que aprender cuando mantenerse firme y cuando ceder, razonó. Porque ella tenía razón en ocasiones, y no permitiría que su voluntad le pasara por encima. Cuando salió de sus pensamientos, la mirada de Ortiga sobre él había vuelto a ser la misma. Con ojos semicerrados. En un momento dado suspiró en su dirección y se mordió el labio inferior. ¿Qué demonios le pasaba? Cuando estuviera limpio, porque no creía que fuera tan urgente, haría que alguien revisara que no hubiera con ella nada mal.
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Todo estaba horriblemente, terriblemente mal.
Aenys esperó... ¡Esperó! ...frente a las puertas del estudio de su padre a que la Guardia Real lo dejara pasar. ¡Le habían negado el paso! Nunca en su vida, jamás, le había ocurrido esto.
Más temprano, Aenys había ido muy decidido a ver a su padre. Había cosas importantes que discutir sobre su familia. Pero al presentarse, tanto Humfrey el Titiritero como Ser Roote le habían negado la entrada. Había estado tan confundido. En especial cuando Humfrey, el que una vez había sido un caballero errante, le dijo que el rey no quería que nadie lo molestara.
Aenys no se había enfadado con el hombre. Un caballero de los setos carecía de ciertos conocimientos con respecto a las expectativas. Y a pesar de su origen humilde, había servido con férrea lealtad a su familia. Sin embargo, tras años de pertenecer a los Capas Blancas, el caballero debía entender que esa orden se aplicaba para todos excepto para Aenys.
Fue a sugerirlo, y entonces Ser Richard, un caballero menor nacido en las Tierras de los Ríos, en ese entonces de los Ríos y de las Islas, había aclarado que él también estaba incluido en esa exclusión.
Se había quedado perplejo. No le permitían el acceso al rey. ¿Cómo podía ser posible? Podía creer que Humfrey estuviera confundido, pero ¿Richard Roote también? No tenía sentido. Aunque últimamente había tantas cosas que carecían del mismo.
Por ejemplo, aquí estaba él, el heredero al trono, esperando que se le diera el permiso para conversar con su padre cuando esto siempre se le había permitido. Cada vez que quisiera.
En el lugar, golpeó con la punta del zapato el suelo, y trató de llenar con alguna charla el tiempo.
Entonces, Ser Roote ¿bajo el estandarte de cuál Lord nació usted? - siempre se le olvidaba.
La aldea Harroway, Alteza. - pronunció el caballero y se mantuvo firme y no abierto a la conversación.
Ufff, aunque con algo de fortuna, no era realmente de los Señores más importantes bajo el mando de Lord Tully. Incapaz de encontrar una apertura, puede que por su previa incomodidad, Aenys terminó marchitándose en el silencio. Al menos hasta que hubo un ruido y ambos guardias le abrieron las puertas dobles del estudio del monarca.
A su entrada, pudo observar a su padre. El último año no le había sentado. Se rodeaba de papeles y pergaminos. En una bandeja a su lado estaba su comida de mitad del día a medio comer. Una carta en su mano. Aegon ni siquiera levantó la cabeza para saludarle.
¿Motivo de la reunión? - preguntó una voz severa pero calmada.
- Padre, soy yo.
Ante sus palabras, el rostro completo de su padre se alzó y sus comisuras se levantaron en un pequeño saludo que conocía muy bien. Por un breve momento, lo invadió una sensación de corrección. Así es como debería ser el mundo.
Aenys, es bueno verte, hijo. - dejó caer la hoja frente a él, pero no le quitó la mano de encima.
Es bueno verte, padre. - saludó, y pronto su ceño se contrajo.
¿Pasa algo, hijo? - su padre siempre se preocupaba por él, y cloqueaba como una gallina con sus polluelos.
Por lo general, Aenys no tenía nada que decir. Hoy sí, comenzando por lo más importante.
- Pase a saludarte más temprano, padre. Se me negó el acceso.
Ahhh. - su padre masajeó sus sienes, y Aenys por primera vez notó que su padre ya tenía más de medio siglo. Pero no, Aegon era todavía fuerte y sano en su madurez, podría vivir al menos un cuarto de siglo más - Lo siento, Aenys. He estado muy atareado con las finanzas del Reino. Odio estas cosas y como cada rey convertido en señor cree que deben funcionar dentro de su dominio.
Ah. Veo. ¿Necesitas ayuda, padre? - preguntó dubitativo. No sabría que podía hacer por él, pero lo intentaría.
No, hijo. - sin embargo una sonrisa complacida apareció en su cara - Estas en tus años de juventud todavía. Quiero que los disfrutes sin agobiarte con ninguna responsabilidad. Recuerdo bien como fue la mía. Mis mejores tiempos, la verdad. - añadió con suficiencia.
Aenys le devolvió el gesto, hasta que una idea insidiosa se coló en su mente - Pero padre, ¿usted no heredó bastante joven el feudo?
Oh, sí. - sin embargo, lo desestimó con un gesto de su mano - Pero Visenya estaba más imbuida en el tema del gobierno así que la deje ser.
Aenys habría dicho algo, pero cerró su boca. Su tía no era de disfrutar, sino que tendía a ser todo seriedad y deber. Tenía sentido que Aegon le encargara dirigir la isla mientras él sí aprovechaba el tiempo. Puede que incluso viviera los días más hermosos junto a su madre. Estaba seguro de que aquello funcionaba a conveniencia de ambos.
Sin embargo, pensar en su tía y su reciente desligamiento de la familia trajo otro tema a colación.
Padre, - llamó Aenys - lamentablemente no todo es bueno. Cuando me presente más temprano, fue porque vine luego de discutir con Maegor en los establos.
No el tema de la yegua de nuevo, Aenys. - el Conquistador gimió, como si se enfrentara a un enemigo imposible.
- Pero padre...
- No. Ese tema esta zanjado. Maegor permanece tan terco como su madre. No espero que tú actúes igual, Aenys. Eres mejor que eso.
Se retorció por dentro. ¿Cómo se enfrentaba uno a un discurso así? - Es que es tan bella, padre. Sabes que es todo lo que me gusta.
Lo sé, hijo. - el monarca de los Siete Reinos se colocó las dos manos sobre el rostro y se lo restregó - Incluso hablé con el criador. Lamenta no haber ofrecido la yegua a mí primero, pero Maegor llegó en su búsqueda con la moneda en mano. Tengo su palabra que de nacer otra igual...
- Pero eso no será ahora, padre. Si Maegor aceptara tomar...
¡Aenys! - tronó su padre, de una forma que nunca había sido dirigida contra él, y se encogió.
Aegon se replegó enseguida - Lamento mucho eso, Aenys. Es que estoy bajo mucha presión. - admitió con burla. Aenys entendió que era el momento de desviar el tema.
- No vine solo por la yegua, padre.
¿No? - el rey lució esperanzado. Quería tanto como él dejar este tema espinoso entre los dos tan atrás como fuera posible.
No. - negó Aenys, y tragó antes de soltar lo que traía - Cuando me encaminaba para conversar con mi hermano, - todos sabían sobre qué - recibí varios informes preocupantes de los cortesanos. Sobre un comportamiento muy impropio del príncipe Maegor.
Su padre frunció el ceño confundido, su parecido con el menor de sus hijos más evidente que nunca para Aenys, que se había acercado en las últimas lunas a su hermanito. Al menos hasta que el otro hijo de su padre se había reunido con esa princesa Orthyras.
- Con una ausencia total de decoro, el príncipe Maegor Targaryen fue visto cargando a su esposa como un... como un... morral. Eso. Como un morral.
¿A lady Hightower? - preguntó escandalizado su padre, sus cejas alzándose.
Oh, no. A lady Ceryse no. A la princesa Orthyras. - ¿cómo habría podido pensar su padre que la educada Ceryse permitiría tal infamia? Aunque tal vez... Como Aenys mencionó a la esposa de su hermano, su padre había pensado al instante en ella. Parecía que ambos estaban de acuerdo en que la dama era la que merecía realmente ostentar el título.
En su puesto, un suspiro resignado salió del hombre que había doblegado siete Reinos enteros con el fuego de su dragón. Eso... Eso sonaba a rendición, y Aenys no podrían creer tal cosa de su padre.
- ¿Papá?
¿Qué quieres que te diga, Aenys? Maegor está actuando como un niño inmaduro, quizás porque en el fondo todavía lo es. - asintió para sí mismo, como convenciéndose - Sí. Eso es. No podemos olvidar que a pesar de su tamaño, Maegor tiene apenas diez y cuatro años.
Aenys se quedó boquiabierto. ¿Cómo podía pensar eso? Si bien había pensado que su hermano menor pudiera ser demasiado joven para casarse una vez, se había hecho. En el tiempo que llevaban juntos, a él le parecía que su hermano actuaba como un hombre mayor. Mayor y aburrido, todo deber y nada de diversión. Siendo esa su naturaleza, debería actuar ahora con el fundamento que se esperaba de él.
No es solo eso. - estampó un pie contra el suelo, al verse obligado a decir lo que no quería recordar - Cuando entré a los establos, estaban desiertos. Cualquiera pensaría que sería algo raro hasta que encuentras algo peor. Ellos... Maegor y la princesa... - no la llamaría su esposa. Para Aenys, su legítima esposa era Ceryse - Ellos se estaban revolcando en el heno. - estalló - ¡Sin pudor ninguno!
Su padre hizo una mueca, suponía nada contento con saber eso, pero tras unos momentos, no respondió con nada.
Y bien, - interrogó Aenys - ¿No vas a decir nada, padre?
- ¿Qué quieres que diga, Aenys?
Regáñelos. Déle una amonestación a ambos y manténgalos separados. - lejos de su mala influencia, Maegor volvería a ser el mismo - Deben ser corregidos para que tales proezas no se extiendan entre los círculos sociales y se corra la voz de dichas bajezas en la familia real.
Aenys, - el gesto de su progenitor no era de disgusto, no, tenía fruncida la cara con... ¿exasperación? - ¿Quieres que regañe a tu hermano por acostarse con su esposa? ¿Y que los separe por ello?
Bueno, dicho así sonaba un poco extremo. Aenys dudó, cambiando su peso de un pie a otro.
Además, - Aegon pareció desestimar el tema, volviendo a su carta - una amonestación, si no hace en privado, volverá más candente el tema. No. Hablaré con tu hermano para que no se repita y ya.
¿Eso era todo? Padre estaba siendo demasiado permisivo. Aenys trató de volver a discutir pero su padre lo interrumpió:
No tiene sentido seguir presionando, Aenys. - su voz se arrastraba, cansada - Hagas lo que hagas, tu hermano no cederá la yegua.
¡Pero es que la cedió, padre! - Aenys apretó los puños, sorprendido pero sin ganas de detener su propio enojo - A esa... A esa... ¡Salvaje! Deberías ver como me trató mi hermano por ella, padre. Por un momento me asustó.
¿Qué te hizo Maegor? - la atención de su padre volvió a él de inmediato. El negro de sus pupilas casi absorbiendo el púrpura del que estaba tan orgulloso. Cada rasgo de su tez: plano. Este hombre no era su papá amable, sino el rey guerrero que todos temían.
Él se interpuso entre ella y yo. No me dejó dirigirle la palabra. - Aenys se sacudió. Ya fuera por el recuerdo de su hermano, o la actual actuación de su padre, no estaba seguro - Solo quería discutir con ella la posesión del animal. No era para tanto.
Lentamente, los gestos del Conquistador se suavizaron. Aún así, quedaban rastros de esa imagen salvaje demasiado fresca en su memoria.
Ten por seguro que me encargaré de Maegor, Aenys. Sin embargo, preferiría que te mantuvieras lejos de su esposa. Tu hermano es, - deliberó un momento antes de decir - demasiado rígido. Sin embargo, la defensa de su esposa es su deber. Por más que ambos sepamos que tu no eras una amenza para ella.
¿Cómo es que ninguno de los dos entiende padre? Usted se parece demasiado a mi hermano menor. - en su asiento, el rey se estremeció - Se lo dije a él y se lo digo a usted, solo hay que mirarla para saber que no es digna.
- ¡Aenys! ¡Espero por todos los dioses que no hayas dicho eso en la cara de la chica!
¡¿Y qué si lo hice?! - por una vez, se mantuvo terco y rebelde - Primero el incidente de la silla con los Tyrell. Ahora se dedica a seducir y a manipular a mi hermano. Es obvio que esa... ¡Moza! ...hace más mal que bien. Ni siquiera entiendo porqué la nombró usted Targaryen, padre.
¡Porque tiene un maldito dragón, Aenys! - rugió Aegon, sin consideración ninguna por su hijo - Uno inmenso y grande, que le podría plantar cara fácilmente a Vhagar y podría convertirse en adversario de Balerion. No importa como luzca, como actúe, tiene un dragón. - Aenys temblaba ante las fuertes palabras que le dirigían - Porque esa chica, por salvaje que parezca, aunque no la luzca, debe tener la sangre de la vieja Valyria en las venas, y un poder en bruto para aplastar a sus enemigos y a cualquier señor desafiante. Es una espada viviente, y las espadas no necesitan modales, solo necesitan de alguien lo suficientemente fuerte para empuñarlas.
Los ojos púrpuras de su padre lo recorrieron con disgusto. Por una vez, frente a él, se sintió pequeño.
Una vez discutí con Visenya que ella hubiera sido una novia más apropiada para ti que para tu hermano. - se recostó hacia atrás en su silla - Me alegra saber que pese a mis creencias, fue tu hermano quien la consiguió de esposa. Siempre existe la preocupación de que un día se conviertan en un arma que se dirija contra ti. Sí, es un peligro. - murmuró más para él que para su hijo.
Aenys convulsionó internamente por la revelación de este hombre, pero no se detuvo ahí.
Sin embargo, - una mueca se le escapó antes de volver a mirarlo - mejor con Maegor que contigo. Entre ofensa y ofensa dirigida a ella, hubieras creado tú una enemiga dentro de tu propio lecho. - se restregó la cara mascullando - Se suponía que tu eras el diplomático carismático, no el torpe y burdo.
Se habría ofendido, de no ser que estaba aterrado por el soliloquio del rey.
Yo solo quería la yegua para Alyssa. - se lamentó viendo las consecuencias - Le prometí el regalo de una reina.
Aegon se paralizó y lo miró con fijeza - ¿Te peleaste con tu hermano y con su esposa, su esposa jinete de dragón, por Alyssa?
El príncipe heredero se quedó quieto. Presentía el peligro.
- ¡¡¡Pensé que querías la maldita yegua para ti, Aenys!!!
¿Qué tiene que ver, padre? - preguntó muy bajito - Al final, quería a la yegua.
¡Una cosa es quererla para ti! ¡Y otra muy diferente es quererla para esa insignificante caballito de mar! - su padre se levantó, estrellando los puños contra el escritorio. Algunos papeles volando - Ambos son príncipes del Reino, sangre de dragón, ¡y tu querías reducirlos por una maldita Velaryon!
- Pero la amó, padre. Ella merece lo mejor. Y un día será su reina y estará por encima de ellos. Como madre...
¡No compares a tu madre con esa insípida! ¡Tu madre era una reina dragón! ¡Una Conquistadora! ¡Una gobernante en pleno derecho de Poniente! Alyssa es poco más que una yegua de cría. - no pudo creer que un comentario tan cruel saliera de la boca de su señor padre - ¡Que agradezca Alyssa estar embarazada, o le esperaría un castigo por manipularte para que cayeras en esto! Eres demasiado noble para portarte así. - resopló y le dio la espalda - Ahora, - ordenó - sal de mi vista. No quiero verte por un tiempo... Y Aenys, - pronunció mientras ya salía - no quiero volver a escuchar de esto.
Aterrador. Este era un lado duro de su padre que no conocía, y que preferiría nunca haber llegado a conocer.
Aenys salió ensimismado, sin ver a nadie por los corredores. Si alguien lo saludó, fue ignorado. Caminó hasta que le dolieron los pies, sin parar. Sus zapatos lucían muy bien, pero no eran muy cómodos ni ofrecían protección. Quizás fue el instinto ante su malestar el que lo guió. No supo cómo, pero terminó en las estancias del Gran Maestre Gawen. El hombre sabio, viendo su aspecto demacrado, lo guió para sentarse, y no tardó en proporcionarle una infusión calmante.
Aenys se sinceró con él. En muchas ocasiones, Aegon le había encargado su educación, pese a tener más maestres, y había llegado a verlo como un segundo padre.
Gawen, con esa humildad que lo caracterizaba, no tardó en consolarle.
Su padre le ama, príncipe Aenys, y solo quiere lo mejor para usted. - arrastró un taburete y se sentó junto al suyo - Es solo que viene de un tiempo y lugar diferentes. De reglas diferentes. Eso no quiere decir que usted no este en lo correcto. Es solo que el rey es viejo y es apegado a las creencias con las que nació, por incompatibles que nos parezcan a nosotros.
- Pero padre dijo...
Lo que su padre dijo pronto lo lamentara. Y volverá a acoger a su hijo pródigo bajo sus alas, Alteza, no se preocupe. - palmeó sus manos, que se sentían frías y entumidas - Mientras él viva, que sea por muchos años, el Reino deberá seguir sus leyes. Pero cuando usted sea rey, puede corregirlas. Puede hacer lo correcto.
Sí, eso haría. Tendría un reinado brillante y civilizado que sería todo lo que Poniente esperaba. Él haría lo correcto y lo haría bien.
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Esto... esto no podía sentirse mejor...
Maegor no tenía idea de lo que estaba pasando, pero era glorioso. En especial cuando Ortiga mordió el lóbulo de su oreja, y luego dejó un reguero de pequeños besitos a lo largo de su mandíbula.
El impulso lo obligó a embestir con todas sus fuerzas, pese a que ambos estaban todavía en braies. En braies y nada más, pensó viendo el resto de sus prendas perfectamente dobladas junto al montón lanzado al azar de Ortiga.
Luego ella le mordió el cuello y le costó volver a formar pensamientos coherentes.
Este follar falso era de lejos lo más... Un gemido se le escapó. Las distintas sensaciones no lo dejaban concentrarse, y aún así, no las cambiaría por nada más. La piel desnuda de Ortiga contra la suya. El aliento contra su torso. Incluso el roce contra sus pezones afilados, que había descubierto que se ponían así por la excitación, lo volvían loco.
Poco le importaba que no estuvieran en su cuarto personal, sino en el aposento exterior. Y que el diván fuera insuficiente para acogerlos a los dos por completo. Una cama hubiera sido mejor, lo correcto. Pero por si acaso, haría que le trajeran un mueble más grande. Si alguien preguntaba diría simplemente que estaba creciendo y necesitaba más confort. Ambas cosas eran verdad.
Así como que era verdad que deberían estar en una cama, y que no tenía idea de como había llegado hasta aquí.
Trató de levantar su mitad superior, para pensar mejor. Pero la parte inferior de su cuerpo parecía tener mente propia, y nada lo separaría de la mujer necesitada bajo él, ni detendría sus movimientos.
Parezco un perro en celo, se le ocurrió por un instante, de esos que montan las piernas de las personas.
Pero entonces Ortiga aprovechó su posición para pasar sus manos por todo su pecho, en especial su vientre plano y ya duro por el músculo. Comenzaba a engrosar y su cintura parecía destinada a ensancharse y desaparecer. Y su mujer estaba disfrutando de todo, se dio cuenta por el brillo de sus ojos mientras recorría con ellos el camino de su mano.
En un impulso loco, tomó la extremidad y la colocó donde la necesitaba. Sobre el maldito bulto de las calzas. Su esposa no la quitó, sino que comenzó a acariciar y apretar. Esta vez no pudo contenerse, su cabeza cayó hacia atrás mientras disfrutaba el toque. Al menos hasta que algo lo paralizó.
No. Tenían que ser imaginaciones suyas. Pero cuando observó hacia abajo, todo lo que pudo ver fue una sonrisa traviesa... y las manos de su esposa aflojando los cordones de su ropa interior. Esta pronto comenzó a deslizarse hacia abajo. Ver la punta de su polla asomándose fuera, húmeda y libre de su prisión, le robó el raciocinio.
Fue su turno de atacar a Ortiga. Primero besó su boca con todas las ganas que tenía. Con un pequeño mordisco a su labio inferior. Luego se dedicó a olfatear su cuello, lo que la hizo sacudirse en un ataque de cosquillas. Olía a Ortiga, y a un jabón que no le gustaba. Haría que se lo cambiara.
Ya sentía las malditas caderas casi desnudas, pero era incapaz de separarse para quitarse bien el condenado trozo de tela. O quitarle el suyo a Ortiga, que se revolvía bajo su peso. Otra embestida fuerte, con solo la delgada capa de lino que vestía su mujer para separarlos, hizo que ella se arqueara ante el contacto.
Su boca se abrió para dejar salir un gemido.
- ¡Maegor!
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En un momento tenía a Maegor encima, y al siguiente estaba sobre la alfombra. Todo su tamaño intentando doblarse en una bolita, con sus manos presionando su regazo y negando desesperadamente. Ella llegó a pensar que le había golpeado sin querer en cierta área sensible e hizo una mueca.
Los hombres andaban todos orgullosos de sus pollas, pero un mal golpe ahí y quedaban fuera de combate.
Al menos pensó eso hasta que su mente se puso a funcionar.
Casi con un terror abismal, porque no había sido ella quien había llamado a Maegor, y su cerebro se negaba a conectar la voz con su dueño, se asomó por encima del respaldo del diván.
Sujetando todavía el picaporte de la entrada, y detenida en todo su esplendor, estaba Visenya Targaryen.
Se hundió. Se hundió enseguida, apretó los ojos y empezó a rezar - Siete que nos protegen, por favor, por favor, que ella no esté ahí...
Necesitó un par de respiraciones rápidas para volver a asomarse. Y... Estaba ahí. Se escondió todavía más rápido. Maegor seguía negando con la cabeza desde el piso, y Ortiga deseó con todas las fuerzas de su corazón que el suelo de piedra se abriera y que de alguna forma se la tragara.
Siete, por favor, mátenme, y prometo ser buena. Prometo no volver a robar. O intentarlo. Prometo... Esperen. ¿Qué ella no iba a seguir a los Viejos Dioses? ¿Cómo se les rezaba? ¡Por todos los dioses! ¡¿Cómo se les rezaba?!
¿Ortiga? - esta vez, la voz la identificó al momento, pese a que su mayor deseo era fingir ser sorda y permanecer aquí en su refugio.
Se atrevió a salir por tercera vez, solo la mitad de su rostro asomando tras la protección del mueble.
Esto, ummm... - se aclaró la garganta, luego lo hizo de nuevo porque no sabía que iba a decir - ehhhh... Visenya, puedes tú...? - tragó en seco y su vocecita salió tan aguda como una niña - Esto... ¿Puedes salir para que nos vistamos?
Con sus ojos del color de las amatistas bien abiertos, la vio asentir ensimismada y cerrar la puerta.
Ortiga se lanzó a toda carrera por su condenado jubón y se lo colocó encima con presura. Necesitaba salir de aquí. Necesitaba escapar. Observó como desquiciada por todos lados hasta que vio la ventana. Esa era una excelente opción y poco le importaba a su mente en pánico que en plena luz del día, todos la verían escalando en su huida.
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Bueno, saboreó el vino que había ordenado, esto era incómodo. Al menos para los chicos.
Estaban los dos sentados frente a ella, en el mismo diván en el que los había pillado. Sin embargo, estaban tan separados como era posible, en los dos extremos del mueble. Sentada en una silla de respaldo alto, necesitó colocar la copa a su lado para disimular y evitar poner los ojos en blanco. ¿En serio se iban a portar así? Ay, a veces olvidaba que todavía podían ser considerados niños. Bueno, para ella lo eran.
Saboreando su tinto dorniense, aderezado con una pizca de especias y una cucharada de canela, Visenya contempló a los jovenzuelos. Ortiga estaba erguida y con esa sonrisa de "no he hecho nada" que conocía. Estrechó los ojos. No era exactamente la misma. Quizás variaba con respecto a su culpabilidad. No estaba calmada, lo sabía. Las puntas de sus pies tamborileaban por el suelo. Su hijo... Su hijo era otra historia.
Suspiró. Maegor solía llevar las cosas a los extremos si uno no lo detenía. Como con su bebida. Visenya, y por supuesto su maestro de armas, le habían recomendado el vino aguado para evitar la embriaguez. El resultado era que bebía lo que solo se podía llamar agua con regusto a vino en la mayoría de las ocasiones. Ahora... Ah... Si bien Ortiga mantenía la distancia de él, al menos trataba de fingir normalidad.
Esa palabra era desconocida para su hijo.
Apoyado contra el reposabrazos, parecía haber establecido una lucha contra el mueble para escapar de sus garras. Temía que de seguir presionando lograra fracturar la madera. Estaba encogido. Bueno, tan encogido como podía estar un jovencito como él. Nunca sería desgarbado, no con su estructura ancha. Pero así, con su cabeza apretada contra sus hombros, le daba la impresión de un chico en pleno estirón que aún no consigue llenar su nueva altura. Que no levantara su mirada solo lo hacía peor para él.
Bien, - emitió un suspiro exagerado y se divirtió por dentro al ver como la pareja se puso más rígida - lo cierto era que venía a ver a mi hijo. Quería escuchar de primera mano sobre como transcurrió el viaje a Rocadragón. De camino aquí, escuché cosas preocupantes. Definitivamente... - levantó sus ojos hacia ellos - no esperaba encontrar esto.
La sonrisa de Ortiga tembló. Maegor se atrevió a alzar la cabeza, solo para bajarla enseguida. Oh, esto era delicioso.
Así que, - cruzó tanto sus piernas como sus brazos - alguno de ustedes quiere decirme ¿qué estaba sucediendo aquí?
Ortiga, fiel a su personaje, saltó - Nada. No estábamos haciendo nada.
¿Así qué iba a ir por la negación? Este juego le encantaba y ella estaba más que dispuesta a alargarlo. Frunció sus cejas y dejó caer un mohín - ¿Nada? ¿Segura? Porque me parece que...
No estábamos haciendo nada malo. - Maegor se robó la atención de las dos, su tono siendo algo hostil.
¿Qué dijiste? - ella estrechó sus ojos hacia él, mientras su ladrona lo observaba pasmada, solo para devolver la vista hacia Visenya y de nuevo de regreso a él.
Dije... - su ceño fruncido y la mueca de desdén no funcionaría en ella - que no estábamos haciendo nada malo. Solo lo que deben hacer dos esposos. - la miró desafiante de arriba abajo y ella se erizó.
¿Maegor pensaba que podía imponerse sobre ella? Oh, su niño estaba tan equivocado. Si quería chocar cabezas contra ella, se iba a llevar una buena sorpresa. Pero mejor temprano que tarde que aprendiera que ella no toleraría la rebeldía. No importa que muchos dijeran que era una parte normal de la juventud.
Y habríamos terminado de no ser interrumpidos por tí. - concluyó con suficiencia su hijo.
Iba a responder, con algo cortante por cierto, pero cierta muchachita se le adelantó.
¡¿Se puede saber que estas diciendo?! - sus ojos marrones se habían abierto todo lo que podían en su cara, antes de dirigirse a ella - No le haga caso. Esta diciendo boberías.
No son boberías. - refunfuñó Maegor - Son la verdad. Soy un hombre casado. - cruzó suis brazos en una imitación de su propio gesto - ¿Cómo se te ocurre entrar a mis habitaciones sin avisar?
Lo próximo que iba a decir se perdió, pues Ortiga eliminó la distancia entre ellos, y atrapó su cuello entre sus dos brazos en un apretón mortal - ¡Cierra la puta boca! ¡Ciérrala! ¡Ciérrala!
Lo más sorprendente de la absurda imagen no fue ver a la delgada muchachita morena sobre el regazo de su hijo tratando de detenerlo, ni siquiera la confianza. Sino la propia reacción de su hijo. Nada. Si bien no obedecía, tampoco se deshacía de ella. Entonces Visenya sintió, sumado a la escena previa, que no estaba contemplando algo bizarro, sino que estaba en presencia de algo más grande: ¡un maldito milagro!
Ortiga, querida... - la chica detuvo inmediatamente el jaleo - No estoy enfadada contigo muchacha. Solo quiero hablar a solas con mi hijo. Me harías el favor de...
Encantada, mi reina. - respondió veloz. Soltó a su hijo y terminó brincando sobre el propio diván - Espero que tengan una conversación satisfactoria y todo lo que eso implique. Ya sabes... - retrocedía sin darle la espalda y a su llegada a la puerta le tomó un par de intentos para abrirla antes de lanzar su - Adiós - y que esta se cerrara de un portazo.
Maegor, que había visto la retirada sin parpadear, giró por completo de vuelta a ella. Esta vez, sus ojos estaban azorados y ella enseñó sus colmillos.
- ¿No eres tan valiente ahora en privado, sin una esposa para pavonearte, eh?
Había poco que decir después de eso. Maegor se quedó mudo, sin saber cómo avanzar a partir de ahí, y cuando ella pensó que se había agobiado lo suficiente dentro de esa enrevesada mentecita suya, decidió sacarlo de su miseria.
Bueno, hijo mío. Debo admitir que puede que me haya divertido un poco a tu costa. - si, esa mirada torva se lo decía todo - En fin, si bien sí me interesaba saber de primera mano los eventos sucedidos en el Dominio, también venía a discutir contigo los comentarios que corrían sobre cierta actuación tuya más temprano en la mañana. Solo ahora puedo suponer el motivo. - miró a la superficie solitaria, antes ocupada, del diván.
El tic en el labio de Maegor, que hacía mucho que no veía, se disparó con ferocidad. Su hijo ni siquiera intentó detenerlo.
¿Qué quieres saber? - prácticamente gruñó las palabras.
Bueno, para empezar, - retomó su copa de vino, porque necesitaba sujetar algo - ¿cómo demonios lo lograste? La chica no quería saber de ti como esposo. - casi derrama el líquido en su agitación - Vamos, Maegor - se rascó la frente - si al final tu fertilidad realmente tiene problemas, ella posiblemente sea la mejor opción para hacerla viable. Y con respecto a eso, pensaba que estábamos jodidos, y no de la forma que necesitábamos.
Maegor no se movió, no pestañeó, no pareció reaccionar. Ella lo conocía mejor.
Vamos, no pongas esa cara. - se burló - Por supuesto que tenía planes de contingencia para ella. Aunque por lo general, - removió la copa de plata para que las especias se mezclaran mejor - el plan implicaba muchas cosas: convencimiento, negociación, soborno... - enumeró, entonces observó a su terco y cabeza dura hijo y concluyó arrugando la nariz - Un poco de humillación de nuestra parte no estaba fuera de las posibilidades.
Maegor disparó la cabeza hacia ella. Se encogió de hombros.
¿Qué? Maegor, eres mi hijo y espero grandes cosas de ti. Naciste para ello. - se dio un trago - Pero no puedes seducir a una mujer aunque tu vida dependa de ello. ¡¿Qué?! ¡Es verdad! ¡Ambos lo sabemos!
Bueno, - su rostro entero se torció en una mueca - lo hice con ella, ¿no?
Por todos los dioses. De verdad fuiste tú. - se recostó hacia atrás. Lo imaginaba, pero una cosa era pensarlo y otra escucharlo hecho realidad. Volvió a mirar a su hijo impresionada - Lo que nos lleva de vuelta a mi pregunta: ¡¿Cómo?! ¿Qué clase de magia usaste?!
- ¡¡¡Madre!!!
- No me llames con ese tono, Maegor. Ambos sabemos que esto no tiene sentido. Tú lo sabes, yo lo sé.
Una cosa es saberlo, otra - ladró - es que tu madre te lo restriegue así en la cara.
Bueno, ahí la había pillado. Suponía. Ahhh... A pesar de su aspecto, su hijo todavía podía tener sus propias sensibilidades. Aspiró y se encogió mentalmente. Bueno, todavía era nueva en esto de no reprimir las emociones.
Bien. Tienes razón. Así que... - se aclaró la garganta - ¿qué clase de magia usaste?
- Sabes que no creo en la magia, madre. Así como no lo deberías hacer tú. Lo único que vale es lo que podamos hacer con nuestras propias manos. Que pienses que solo así conseguiría a Ortiga es ofensivo.
La magia es real, Maegor. - le recordó.
Y aún así, desde la Maldición, parece que decae en el mundo. Alguien que recurra a la magia como solución debe estar desesperado. - su hijo volvió a arreglarse sus ropas, a pesar de que las suyas estaban bastante bien en comparación con el arrugado jubón con el que había salido su esposa - Yo no estoy ahí.
Bien. Bien. - tuvo que ceder. Entonces se relamió y volvió a la carga - Entonces, ¿desde cuando son amantes?
La mirada torva regresó - ¿De verdad y por completo? Debería haber sido hoy. Pero las personas de esta familia siguen interrumpiendo y apareciéndose cuando no deben. - se quejó con resentimiento.
Mmm. - ¿qué más iba a decir?
Y mi seducción esta bien. Después de todo, conseguí a Ortiga en Alto Jardín. - aclaró alzando su mentón.
Visenya tuvo que cabecear.
Por eso, si quieres que yo tenga un nieto para ti, deberías tocar las puertas antes de entrar. - sugirió expectante. Ella tuvo que morderse la lengua para no reírse, porque era un buen intento de manipulación de su parte. Parece que Maegor finalmente estaba madurando y aprendiendo astucia. ¡Los milagros no cesan! - Y si no recibes ninguna invitación, retirarte. - mordió.
Vaya, con este nuevo desarrollo, suponía que tenía razón. Aún así, y a pesar de mantener el rostro neutral, una parte de ella estaba agitada. Esto era un buen avance para ellos. Lo sabía. Una esposa con vínculos reales, en especial siendo una jinete de dragón, era un cabo suelto menos. Una preocupación eliminada. No creía que la ladrona se juntara con su hijo por interés, o lo hubiera hecho mucho antes. Muchísimo antes. Tomó mucho convencimiento para que ella no huyera al principio. ¡Ja! Pensó con burla, y eso que nunca le contó que acabaría en la cama de su hijo, tarde o temprano, según sus planes.
Pero, sacudió la cabeza al salir de los aposentos de Maegor. Estaba desconcertada. Ella, con toda su vigilancia, no vio venir esto. Su hijo estaba cambiando, interesándose realmente por las mujeres. Bueno, por su mujer. Y ella estaba... desconcertada. Sin saber bien que hacer. Fuera de las tramas políticas, esto era más cercano. Más real. Su niño estaba creciendo y una parte de él la quería lejos.
Era lo natural. Nadie quiere que lo interrumpan junto a su pareja. Sea quien sea. Seguía siendo duro y Visenya en ese sentido, no sabía que hacer.