ID de la obra: 941

Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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665 páginas, 354.131 palabras, 50 capítulos
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El secreto bajo nuestra piel

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Entonces, no encuentro nada para ella. Ni en los artesanos que vinieron con la Corte, ni en los de la isla. Ni siquiera en los que se trasladaron aquí por su cuenta siguiendo las monedas de los nobles. - pese a la charla, Ser Darklyn lanzó una estocada descendente que Maegor no dudó en desviar y con el mismo impulso, el hombre ejecutó un giro dramático buscando un golpe lateral. Era un buen movimiento y aunque el príncipe mantuvo su guardia de tal forma que no lo halló desprevenido, sintió la fuerza del impacto en las manos - ¿Es que un hombre no le puede hacer un regalo a su esposa sin pasar tanto trabajo? - se quejó. Desde una distancia segura, el Guardia Real nacido en Valle Oscuro se rió antes de retomar el ataque - Apenas un año de casado y ya tienes estos problemas. Deja que pasen diez. Las mujeres son muy complicadas de complacer. Maegor asintió aunque tenía sus dudas. No era que Ortiga le complicará todo. Estaba seguro de que se alegraría con un pequeño detalle. Era él quien se negaba a ello. Su esposa nunca había tenido su propio día de su nombre, jamás, y ahora que la mayoría de los problemas que surgieron en su propia fiesta se comenzaban a asentarse, lo había recordado. Sangre de dragón era ella, además de su mujer, y la mejor aliada que había podido pedir. Se merecía solo lo mejor, y por lo tanto, Maegor planeaba darle un regalo digno de ella. Pero no aparecía por ningún lado. Ortiga debería recibir algo especial, algo que destacara y él iba a encontrarlo. Tomada la decisión, apretó la empuñadura de su espada de prácticas y atacó con fuerza. Darklyn le permitió hacer su embestida y recibió todos sus ataques antes de devolver su empuje. Maegor no dejó abierto ningún hueco, vigilando siempre todo a su alrededor. Con los miembros de la Guardia era complicado, demasiado eficientes como para que distraerse fuera una opción, pero si algo había aprendido de Ortiga era que el campo de batalla podía ser usado como un enemigo en tu contra. ¿Quién diría que una principiante en la lucha con armas le enseñaría una lección? Aún así, solo los tontos rechazarían aprender, mientras que Maegor vivía para ello. Por ese motivo estaba siempre a la expectativa, esperando un movimiento desconocido de su contrincante, para agregarlo a su propio repertorio. No pasó. Al menos no ahora, pero el enfrentamiento le ayudó a mantener afilados sus reflejos. Excelente, Maegor. - su maestro ejecutó un arco con su espada desde el lado contrario de su campo de combate imaginario. Eso se veía más como algo que mostrar que como algo para usar. Resopló decepcionado. No le interesaba ser un caballero de espectáculo. Te veo muy decidido. ¿Ya tienes en mente que le comprarás a tu preciosa novia? - preguntó el encargado de su entrenamiento de hoy. Después de la petición a su padre, aunque Darklyn seguía siendo considerado su educador principal, varios miembros de los capas blancas rotaban para enseñarle. Darklyn agitó sus cejas, subiéndolas y bajándolas de una forma que lo tenía extrañado. ¿Qué quería decir ese gesto? - ¿Puedo saber que elegiste para tu seducción? ¿Seducción? Él negó con la cabeza. Esto no era ningún intento de seducción. Esto era darle a su amiga el regalo que se merecía. No le dio tiempo de aclararlo con Darklyn cuando otra voz conocida intervino. ¿Nuestro príncipe esta intentando seducir a alguien? - Ser Addison Colina se acercaba al campo, con un arma de madera en mano y en su gambezón acolchado. ¿Sus deberes habían sido despejados y venía a dedicarle atención a sus prácticas? Era bastante tarde pero él no rechazaría su intervención. Todos los miembros de la Guardia Real eran excelentes luchadores, pero este hombre era talentoso. Solo alguien estúpido se negaría a aprender de él. Como su hermano. El pensamiento malicioso se deslizó en su cabeza. Aenys había cambiado a Ser Colina por Corlys Velaron, y aunque era un cambio aceptable, no se había dedicado para nada a aprender del Lord Comandante. Maegor todavía esperaba la oportunidad. No llevas ni un año de casado, mocoso. - el bastardo de Maizal comenzó a calentar sus músculos - ¿Ya te estas buscando una amante? ¡Por supuesto que no! - dijo más que ofendido. Si antes le había parecido una mala idea, ahora dicha cosa era insostenible para él - Es para mi esposa. Tampoco tienes que reaccionar tan mal. - Addison había detenido sus esfuerzos, algo sorprendido por la explosiva respuesta - Tener una amante pública puede no ser bien visto en la alta sociedad, pero no te equivoques. - se burló - Todos los señores tienen una, especialmente aquellos que hablan sobre la vergüenza que representan sobre los votos rotos, y un día tú también la tendrás. Addison... - el otro capa blanca intentó detener tal discurso, pero fue Maegor quien decidió aplastar tal idea. No voy a tener una amante, - y mirando al hombre ante él tuvo que extender la explicación - y tampoco bastardos. Es mala, mala idea. ¿Te avergüenza el pensamiento de dejar regada tu semilla? - un tono algo duro salió de uno de sus maestros favoritos - Ya se te pasará con el tiempo. Deja que crezcas, y con ello tu lujuria. Tendrás suerte si no dejas un hijo regado en cada uno de los viejos reinos. Solo esperemos que al menos seas capaz de reconocerlos. - sus últimas palabras fueron rezongadas. Si tuviera un hijo fuera del matrimonio, por supuesto que lo reconocería. - inclinó la cabeza de un lado a otra, intentado desentrañar la línea de pensamiento de Colina. ¿Quizás creía que tenía algo en contra de los bastardos? Aenys le había mencionado algo con respecto a como él se refería al instructor como Ser Colina en vez de Ser Addison. Que el recordatorio a su nacimiento fuera de la legitimidad podía ser considerado ofensivo. ¿Sería eso lo que molestaba al caballero ante él? - No importa como haya nacido, sería mi hijo. Pero no puedo tener un bastardo. - puntualizó, dejando que Darklyn y Colina intercambiaran una mirada. A ver muchacho, - el caballero de Fuerte Pardo alzó y bajo las manos, serenando la discusión - nos tienes algo confundidos. Nos puedes decir ¿por qué no puedes tener un bastardo? Para empezar, sería estúpido tener uno. - dijo mientras pensaba en su esposa, que ya se encontraba sudando bajo la atenta dirección de Ser Gawen en otra esquina de este patio. Nacida fuera de cualquier enlace, la mayoría de Poniente la despreciaría si supiera su origen. Aún así, eso no cambiaba la realidad. Por sus venas corría con fuerza la magia que le permitía a su linaje montar dragones. Pensó en su dragón, Nyxia, y en el hecho de que fuera Ortiga su única jinete. La bestia había nacido y crecido en libertad como el Ladrón de Ovejas, y se acercaba más al centenio que la misma Vaghar. Eso le hacia creer que durante décadas ningún Targaryen pudo domarlo. O no se atrevió a hacerlo. Y si no fuera por una maldita guerra, Ortiga no hubiera reclamado nunca esa parte de su herencia. Entonces su Casa habría perdido a alguien que ya había demostrado capacidades marcadas. Su esposa carecía de rasgos valyrios, de ojos violetas y cabellos de oro y plata. Pero esos eran solo señales externas. Adornos para el poder que corría por su cuerpo. Al nacer bastarda la Casa Targaryen casi la había perdido. Su línea pudo haber sido ignorada, despreciada sin conocer la capacidad de sus habilidades solo por no tener el nombre correcto - No es el apellido Targaryen el que le permite a mi familia montar dragones, sino nuestra sangre. Un hijo mío, sin importar que nombre lleve, podría domar a una de las bestias más poderosas que el mundo. Los apellidos son una invención de los hombres. Mis descendientes, legítimos o no, llevarían en el rojo líquido que corre por su cuerpo el derecho a montar dragones. Colina y Darklyn se quedaron quietos en su lugar, asemejando estatuas, solo captando ahora la magnitud del desastre. Un niño bastardo era solo una vergüenza para la mayoría de las Casas, algo que ignorar y desechar. Y cuidar solamente por un sentido de la responsabilidad. Para los Targaryen podía ser una fuga de poder, la pérdida de aquello que los hizo grandes. Ambos se dieron cuenta de que era un desastre en ciernes. Solo que mientras uno abría los ojos hasta casi salir de sus órbitas ante la revelación, el otro dejaba caer su mandíbula todo lo que podía. Él no detuvo su razonamiento. Un hijo regado como tu dices, - señaló a Addison - significa dejar suelto en el mundo y sin lealtad hacia nuestra familia, a alguien que podría tomar de nosotros a uno de nuestros dragones. O peor... - ambos caballeros se agitaron ante la frase - podría nacer alguien de sangre fuerte, necesario para el linaje, y terminar abandonado sin reconocimiento. ¿Y eso te preocupa más que sobre que alguien que te pueda robar un dragón? - el caballero de las Tierras del Oeste, que antes parecía chocar contra Maegor por lo que dijo sobre los hijos ilegítimos, sonaba ahora escandalizado. Sí, claro. - frunció el ceño - Un dragón no puede ser robado. Si alguien lo toma, es porque le pertenece. - que no sintiera lealtad por su Casa debido a su nacimiento o crianza era ya otra cosa - Pero si se pierde la sangre fuerte, ¿quien sabe a que consecuencias podríamos enfrentarnos? ¿Cuáles podrían ser? - Darklyn lucía muy atento. Por una vez era Maegor su profesor y no el estudiante. No le molestaba. Los dragones eran un tema tan fascinante y estos eran hombres de confianza. Si no lo fueran, su madre no los habría permitido tan cerca. Para empezar, ¿quién sabe? - se encogió de - Puede que la siguiente generación no mantenga con igual fuerza la capacidad de domar dragones. No si la habilidad la lleva alguien más que se quedó afuera. Ambos hombres asistieron, conscientes de que los Targaryen llevaban a otro extremo para ellos el entrecruzamiento dentro de una familia. Puede que ahora empezaran a analizar con profundidad porque su estirpe se aferraba tanto a la endogamia que este continente despreciaba. O puede que sea alguien a quien está destinada una cría y sin él, fallezca - los dragones recién eclosionados tendían a desvanecerse en el aire sin un vínculo adecuado. Desde la Maldición, solo habían prosperado tres en más de cien años. Podía decirse que el siglo pasado fueron solo Meraxes y Vaghar, mientras que en este solo había vivido para crecer Azogue. Es por ello que el futuro de Ortiga le parecía tan increíble. Tantos dragones - O todavía peor. - dijo recordando algo más. ¿Puede haber algo peor que esos escenarios para un Targaryen? - Colina permanecía algo asustado, el enfado inicial desaparecido bajo la preocupación. Maegor cabeceó. Aunque no ha nacido en largo rato nadie capaz de usar magia en nuestra Casa, - ambos hombres inspiraron con fuerza, de forma ruidosa - nada quita que un príncipe hechicero no vuelva a nacer entre nosotros. - a su madre le habría encantado. Ya sea magia de fuego o magia de sangre, no tenía habilidad para ello. Pero no perdía la esperanza que alguien con tal talento naciera de las entrañas Targaryen, si no ahora, quizás en las siguientes generaciones - No siempre alguien con tal capacidad podía montar dragones, aunque sí lo hacían en ocasiones. Aún así, si perdemos a uno de ellos por haber nacido y crecido lejos de nosotros, sería un desperdicio horrible. ¡Carajo! - dijo el Darklyn. Colocó su mano en su frente, como si pesara en su cabeza el peso de las implicaciones - Entonces, es por ello que sus hijas legítimas... - no terminó la frase mientras miraba hacia el oscuro castillo. Allí donde entre las torres que simulaban las formas de dracónicas criaturas, se encontraban tanto la reina Visenya como la princesa Rhaena. Si el apellido no importa, mucho menos importa el sexo. - bufó Maegor - Ya sean hombres o mujeres, la misma sangre corre por sus venas. La misma capacidad. Y en el lomo de un dragón poco importa lo que se tenga entre las piernas. No pueden enviar a sus hijas lejos, porque podrían entregarle a sus enemigos sus mejores armas. - terminó Darklyn, sus ojos volando en todas direcciones - Tampoco pueden encerrarlas, como una dama enclaustrada, porque se arriesgarían a desperdiciar su potencial. Porque como no dependen del nombre sino de la sangre que transmiten, el linaje femenino es tan importante como el masculino. Lleve su apellido o no. Solo pudo asentir. Puta mierda. - Ser Addison se agitó el cabello. Maegor se dió cuenta de que tenía rizos tal y como a Ortiga le gustaban. ¡Maldición! Al parecer todos tenían menos él - Esto de ser Targaryen es entonces un poco más complicado. Cierto. Asintió. Todavía no entendía como algunos antecesores se habían arriesgado con la tradición ponienti de la primera noche. Sin embargo, ¿quizás vigilaran a los niños en busca de rasgos que los marcaran? Después de todo, a diferencia del resto de los reinos del Ocaso, a las madres que esperaban niños de su sangre les eran entregados regalos y propiedades. Para que las semillas nacidas de esa tradición no crecieran sintiéndose del todo abandonadas, y aún así, le pareció tonto y arriesgado. Con razón sus padres odiaban tanto a Aerion Targaryen, al punto en que ni siquiera podía pensar en él como su abuelo. Entonces, - continuó - ese es solo el problema de tener un bastardo con sangre de dragón perdido por ahí. Yo, - se señaló a si mismo - casado con Ortiga, puedo descartar por completo la idea de tener una amante. Es más, puedo considerarlo prohibido. Darklyn parpadeó una, dos veces, y se quedó con una mirada vacía. Colina se rió como si fuera lo más gracioso del mundo. Su carcajada subió y subió de intensidad, llegando a tener que secarse las lágrimas que le corrían por el rabillo del ojo. ¿Qué era tan divertido? Se comenzó a enojar. ¿Se estaba burlando de él? ¡¿Por qué te ríes tanto?! - prácticamente ladró. Es que tú... Es que tú... - jadeó un par de veces. La risa quitándole el aire. Addison Colina necesitó respirar hondo para poder hablar - Piensas que por tener una esposa tienes prohibido tener una amante. - lo expresó en un graznido ronco, como de un ganso. El enojo que sentía desapareció abrumado por la confusión - Pues sí. - se encogió de hombros - Tener a mi esposa significa que puedo olvidarme de tener una calienta camas, incluso si hubiera querido una. - cosa que no hacía, al menos por el momento. Lo que sea que llevó a su versión malvada a tener tantas mujeres como le dijo su esposa, no lo había afectado hasta ahora. Lo que era un alivio. Significaba que era diferente. Colina aulló de risa ante ello, empezando a preocuparle que estuviera perdiendo la mollera. Ser Darklyn, por su lado, trató de hablarle con calma. Alteza, aunque usted respete mucho a la princesa, - el hombre nacido y criado en lo que era considerado en estos momentos como las Tierras de la Corona, tragó antes de afirmar con firmeza - su esposa Orthyras no le puede prohibir tomar una amante. Si usted quiere tomar una, puede hacerlo. - se rascó la barba antes de terminar - Por supuesto, eso no significa que el rey o la reina lo aprueben. Eso calló rápidamente al otro capa blanca. Maegor nunca sabría que lo preocupó más: el desagrado del rey o el de su propia madre. Ortiga no me ha prohibido nada. - no había tenido que hacerlo. Era lógica pura y simple - Lo que no significa que yo pueda hacerlo. Sería idiota si me atreviera. Niño. Mírame. - Addison se señaló a si mismo - Yo soy la prueba de que una mujer por fuerte que sea, por influyente que sea, y por sobre todas las cosas, por tan furiosa como este por ello, tiene que aceptar que su esposo se revolcará con otras. Puede aguantarlo con dignidad o puede enojarse. Pero no puede hacer nada. Ante las palabras de su compañero, el otro caballero asintió. Maegor llegó a la conclusión de que los hombres ándalos no tenían cerebro entre las orejas. Y si lo tenían, no lo usaban. Estaban tratando de aplicar la lógica ándala a una mujer que no estaba para nada sujeta a las mismas reglas. La comparación era risible. Aún así, eran sus profesores y le habían enseñado mucho, por ello trató de rebajarse a su nivel para que lo comprendieran. A ver, miren. - extendió sus palmas hacia arriba - Digamos que ustedes son los Señores más poderosos de un área, y su mejor aliado - estaba buscando la mejor semejanza, pero él no era bueno con las palabras - aunque no es tan poderoso como ustedes, es muy, muy poderoso. - recalcó eso para que entendieran mejor - ¿Ustedes, siendo tan poderosos, se arriesgarían a ofenderlo mortalmente? No. - la respuesta de ambos fue al unísono, sin embargo, pronto comenzaron a diferir en sus explicaciones. No es lo mismo, muchacho. - intentó decir Darklyn - Uno debe respetar a sus aliados si quiere mantener su lealtad. Y es diferente con una esposa, mocoso. - interrumpió Colina - Una esposa debe soportar esto porque es su deber. - Maegor sintió que una de sus cejas se alzaba - Incluso si el padre de la mujer es tu mejor aliado, él comprendería. No digo que no se enoje, pero lo más que podría exigir es que seas discreto o que mantengas a tu amante oculta y lejos de casa. Pero no sería lo mismo. Una querida no sería una ofensa mortal para él. ¡En ese caso! ¡No en este! ¡Aquí lo único que importa es si ofende a mi esposa! - Maegor pisó fuerte en el suelo, su bota resonando en el suelo fangoso - Y por si no se dan cuenta, - señaló en dirección a Ortiga, que entrenaba en la otra punta del patio, bastante alejada de ellos para ser capaz de escucharlos - el punto de tener una esposa con dragón es que ella sea tu aliada más importante. Uno puede decir que Orys era la mano de mi padre, pero no. Eran la reina Visenya y la reina Rhaenys sus principales apoyos. Orys era su más importante compañero fuera - hizo girar un dedo en el aire - de ese círculo. Primero estaban ellas y después, todo lo demás. Eso silenció al caballero de Valle Oscuro. Maegor, que no entendía muchos gestos, sabía que el hombre quería hablar. Quería contradecirlo. Lo veía abrir la boca solo para cerrarla. Sus ojos moviéndose de un lado a otro. Cada argumento que podría intentar rebatir la lógica del príncipe aplastado por un hecho fundamental. Las mujeres en Poniente tenía que soportar su situación porque no tenían como defenderse. Incluso si fueran las señoras gobernantes de su propia Casa, todos a su alrededor le darían la razón al marido. Las Señoras del Dragón solo tenían que contar con la opinión de un ser. El hijo ilegítimo del Señor de Maizal, mientras tanto, permaneció terco. Llenó de aire su pecho, cruzando sus fornidos brazos sobre su cofre, antes de hacer la pregunta más estúpida de la historia. La que confirmó que en ciertas cosas, los hombres ponienti no tenían seso - Al final, no importa si se ofende o no, la princesa Orthyras es vuestra esposa. ¿Qué podría ella hacer si usted se consigue una amante? Me estas preguntando, - pronunció sílaba por sílaba con lentitud, no fuera a ser que Addison fuera incapaz de entender conceptos simples. Había concluido que el hombre había amanecido algo lento. Quizás por un golpe en la cabeza - ¿qué me podría hacer una mujer con un dragón? Ya sabes, podría elegir entre aplastarme, quemarme, - contó con los dedos - hacer que su bestia me coma, me digiera y me cague. Tú elige cual es peor y ella podría hacerlo. Si la jinete de un dragón odiaba a su marido por cualquier motivo, su dragón lo odiaría. Y enviudar es terriblemente fácil cuando tienes a una criatura voladora varias veces mayor a cualquier cabaña, y que escupe fuego, completamente de tu lado. La Conquista le probó a los reinos ándalos que los dragones cambiaban las reglas del juego, solo que la mayoría pensaba que aplicaba solo para la guerra. No era así. Aplicaba para todo. Eso provocó que su oponente en esta discusión frunciera su ceño - Es tu esposa. No puede. ¿Cómo que no puede? Es su dragón. No el mío. - Maegor agitó su pelo antes de aclarar - Nyxia ya me detesta. Lo único que lo detiene de achichararme es ella. - abrió los brazos - ¿Te imaginas lo que me haría si ella me odiara? Eres un Targaryen. - el hombre no cedía - Los dragones no pueden hacerte daño. Lamento informarte que eso no funciona así. - explicó él - Tu dragón no te hará daño a tí. Todos los demás están jodidos si tú quieres hacerle daño. Que el resto de los dragones le guarden un poquito - acercó su dedo índice y el pulgar - de respeto a los otros miembros de mi familia solo dice que los reconocen como sangre del dragón, pero... Los molestan un poco y Targaryen o no, ardes. Los molestas mucho, como ya sabes, por ejemplo: que tu esposa te odie y te quiera muerto y ¡Pum! Ardes. Fuera lo que fuera a decir, Colina fue detenido por una mano en el hombro de Darklyn y una negativa - Déjalo. Creo... - le costó mucho decirlo - creo que tiene razón. Un dragón es como un acuerdo de fidelidad con colmillos. Romperlo es arriesgarte contra su aliento. Podría... - la creencia de Colina se tambaleaba un poco - Podrías encerrarla. Castigarla hasta que recuerde su lugar. - una mirada perdida cuando pronunció esas palabras tan feas. ¿Golpear a una potencia marcial? - bufó contra lo dicho, el sinsentido absoluto - La gente que quiere una esposa con un dragón debe tener en cuenta algo. Si quieres una mujer que luche por ti, puedes estar seguro de que luchará por ella. No va a quedarse arrinconada en una esquina, mientras es maltratada, luego de haber ido a quemar a tus enemigos. Por otro lado, - miró a Addison recordando su sugerencia - ¿de qué sirve una esposa con un dragón si la mantienes encerrada y herida? Puede hacerse, pero para ello mejor la rompes para que no sea capaz de enfrentarse a nadie. Lo que al final no conviene. O te arriesgas a que te guarde rencor y busque tu sangre a la primera oportunidad. Le dirigió una mirada oscura a los dos hombres ante él, antes de encogerse de hombros - Pero bueno, eso es problema del que se quiera arriesgar. Yo tengo dos esposas y cualquiera diría que tengo ya demasiadas mujeres. - se acomodó bien la ropa para que el jubón de entrenamiento le quedara bien ajustado - Me quedaré con problemas más simples, como un regalo para mi novia, y dejaré enredos tan complicados para el valiente que quiera arriesgarse y por supuesto, - sonrió con maldad - morir. Miren eso, no sólo no buscaba pelea por una vez, si no que él mismo notaba que estaba más inclinado a negociar y a mantener la paz. Se colocó las manos en las caderas con orgullo. Ya fueran las lecciones de política implementadas por su padre, su amistad con Ortiga o que ya tenía más edad, era claro que estaba creciendo y madurando. Su matrimonio también le asentaba, tenía que admitir. Bah. Las amantes eran para hombres con mujeres débiles y sumisas. Sobrevivir y mantener a una esposa con sangre de dragón era claramente superior. Después de todo, miren a su padre. Se removió un poco incómodo por lo que estaba a punto de admitirse, pero Aegon el Conquistador no gustaba de Visenya, y aún así nunca había traído una amante que él supiera. No sólo era el hombre más grande del continente, sino que uno de los más inteligentes. Si antes de su matrimonio con Ceryse le aconsejó fidelidad, ¿qué se podía esperar de él ahora que tenía a Ortiga? No. Maegor estaba bastante asentado en su matrimonio y no lo iba a arruinar por una noche de joder a una puta, pensó con asco. Bah. Yo no desperdiciaré mi tiempo en tales andanzas, ni revolcándome por ahí. - reafirmó captando la atención de los dos caballeros - Tengo cosas más importantes que para arriesgar mi vida por un rato de placer. - no es que el deporte de cama fuera tan divertido como todos decían. Era más una tarea con Ceryse, una tarea que a veces se tenía que forzar a hacer. Tienes razón muchacho. - Darklyn sacudió el hombro de su compañero, despejando de él la rigidez que le quedaba - Puedes dedicar tu interés a otras cosas, como son el entrenamiento o el tan buscado regalo para tu novia. El otro Guardia pareció asentir, aceptando el cambio de tema, para luego detenerse - Espera, mocoso. - Addison estrechó sus ojos - Dígamos que me creo todo lo que dijiste antes. ¿No sería la misma lógica con tu otra esposa? Maegor ladeó la cabeza, dudoso sobre lo que se refería. - ¿No ofendería a la princesa Orthyras que le dediques atención a lady Hightower? Maegor se rascó la barbilla, sabiendo lo que preguntaba. Y no, era diferente, pero no sabía muy bien como explicarlo. Simplemente negó y luego se encogió de hombros. Por ejemplo, - Addison Colina siguió presionando - el regalo que le piensas hacer a lady Ceryse ¿no molestará a la princesa Orthyras cuando no reciba ninguno? - El presente que busco es para Orthyras, no para Ceryse. Uy. - Colina arrugó su nariz - No sólo no puedes tener amantes, ¿sino que tienes que buscar complacer a tu esposa fea? ¡Ortiga no es fea! - hasta aquí llegó cualquier calma que sentía. Cada pelo en su cuerpo se erizó y sintió la necesidad de apretar y aflojar sus puños - Mi esposa es bastante bonita. Niño, ahora se que estas bien loco. - Addison se mofó. El hombre estaba empezando a bajar en la escala de aprecio de Maegor - Bonita es tu esposa Hightower. Rubia, alta, con una cara agradable, - se colocó sus manos que fingían sostener algo a la altura aproximada de su pecho - y sobre todo, tiene un hermoso par de tetas. ¿Qué tiene de bonito la princesa en comparación? Ella es astuta, feroz, veloz, leal. - enumeraba. Su esposa estaba llena de rasgos buenos. No, no, no, no. - el bastardo de Maizal negó con vehemencia - Esos son rasgos útiles, no atractivos. - ¿cómo que no eran atractivos? Después de todo, eran cosas que le gustaban de ella. - Dame rasgos físicos. Cosas que pueda ver. Maegor tuvo que pensar esto mejor, ¿qué cosas físicas le gustaban de ella? - Mi esposa tiene una bonita sonrisa. Ambos caballeros hicieron un gesto raro. ¿Qué? Cuando ella sonreía, él podía estar contento y se sentía bien. ¿Qué si tenía sus dientes un poquito torcidos? También es bastante maciza. Ceryse puede pesar más, pero he cargado a mi otra esposa. Ella se siente más llena y fuerte. - era claro que tenía más músculos que su novia ándala, y seguiría teniendo más mientras más entrenara. Maegor, eso no son cosas que le gusten a un hombre de una mujer. - intervino Darklyn, que hasta el momento había permanecido silencioso en esta nueva discusión. Mira, mocoso. - dijo su otro entrenador - Tienes más suerte que la mayoría de los hombres, terminaste con dos mujeres. Una de ellas una preciosidad. Pero tienes que aceptarlo. La otra es un tanto feucha. - se peinó la barba - Quizás sin la cicatriz y los dientes torcidos sería graciosa a la vista, y no te equivoques, la chica me agrada. Pero no es bonita. ¿Quién no es bonita? - preguntó la voz de la persona sobre la que discutían. Los capas blancas se alarmaron al instante. Ya fuera por el tema de su debate o por haber sido sorprendidos por Ortiga. Supuso que su pasado como ladrona la había dejado entrenada para las llegadas sigilosas. Ellos dicen que no eres bonita. - no dudó en señalar a los perpetradores de tal ofensa. Habían encendido un enojo en su pecho que le costaba apagar. Sentía caliente hasta las orejas - Son idiotas. Maegor, ¿por qué dices eso? - replicó su esposa con calma - Yo no soy bonita. Maegor la observó horrorizado. Un vistazo a sus dos acompañantes los mostró evaluando los alrededores con una intensidad exagerada. Parecían disfrutar tan poco esta conversación como Maegor disfrutaba lo que acababa de decir su mejor amiga. ¡Tú eres bonita! - plantó con más fuerza la bota en el suelo. No le gustaba ser contradecido en esto y menos que fuera la propia Ortiga quien respaldara tales acusaciones. Maegor, - dijo ella con calma - no lo soy y estoy bien con ello. - su mujer le dedicó una sonrisa de dientes blancos, pero en comparación con las otras de ella, esta no le gustó. Era demasiado recta, demasiado agradable, y carecía de las arruguitas que sabía que se le hacían en los ojos. Esta no era su sonrisa de alegría genuina. Sintiera lo que sintiera, y sin importar lo que dijera, Ortiga no era feliz en esta creencia. Bien. Porque era incorrecta. Lo eres. - y no admitiría discusión. Ella resopló, los dos Guardias Reales empecinados en ignorarlos a ambos - Bien, si soy tan bonita, dime un rasgo que yo tenga - señaló todo su cuerpo - que pueda ser descrito como atractivo. Maegor la miró, buscando que decir. ¿Cómo podía elegir un rasgo cuando ella le gustaba completa? No tenía una pieza al azar que le pareciera agradable, sino que era ella como persona lo que la hacia ser lo que era. ¿Quizás debería limitarse a comentar sus partes favoritas? Pues tienes unos ojos muy bonitos, como las almendras. - no olvidaría jamás el sabor de la ansiada confitura, pero Ortiga y Colina negaron con la cabeza. Darklyn al menos le echó un vistazo antes de negar también - Y tu piel es muy suave entre las cicatrices de tus brazos. Pasar las manos por ella y sentirlo todo me calma. - como magia. Era su ritual para dormir cuando compartía la cama con ella. Emmm, no. - replicó su esposa, aún así pudo ver que se le oscurecieron las mejillas. Piensa algo más, Maegor, se dijo a sí mismo. Que estúpido. Tener que convencer a su propia esposa de que tenía un rasgo bonito cuando ella estaba llena de ellos. Que los demás no los apreciarán no era su culpa. ¡Oh! Se dio cuenta - Tienes unas nalgas muy firmes. - todavía podía recordar su consistencia y apretó sus manos en el aire recordando la sensación - Me llenaban la mano y eran ricas de apretar. ¡Maegor! - Addison lo detuvo con un tono escandalizado. A pesar de su piel más oscura, el rubor de Ortiga era distinguible desde su cara hasta su cuello. Pese a ello, quedó por detrás de Ser Darklyn, cuya piel se había vuelto rojo brillante. ¿No debió haber dicho eso, verdad? No cuando Colina, que tendía a ser bastante vulgar, actuaba como una matrona viendo un comportamiento inapropiado en su virginal hija. Su esposa no le prestaba atención, tratando de mirar dicho rasgo por encima de su hombro. Ser Darklyn parecía estar pasando un sofoco y todavía era incapaz de mirar a nadie en el grupo. El tic de su labio de disparó. ¡Idiota! ¡Eso le pasaba por abrir la boca cuando no sabía bien que decir! ¿Cuándo se iba a dar cuenta de que él era malo dando halagos? Fue Ortiga quien lo sacó de su auto recriminación colocando su mano en su mentón. Pensó que quería revisar el moretón que le dejó Ser Richard, que ya había casi desaparecido. Apenas quedaba una mancha amarilla en su pómulo, después de todo, Maegor sanaba con celeridad. Pero eso no era lo que buscaba su esposa. Acercó su cara a la suya, demasiado cerca, antes de preguntar - ¡Vaya! ¿De verdad te gusta mi retaguardia? Si antes el tic de su mejilla parecía saltar, ahora se volvió loco. Sin embargo, no le negó la verdad - Sí. Pfff. ¿No podrías decir una mentira ni para salvar tu vida, eh? - se burló ella, antes de dedicarle una sonrisa. Una de las reales, con pliegues en su rostro. Solo de verla el alivio se apoderó de su pecho, un peso desconocido saliendo de allí - No te enojes, tonto. - sus dedos ásperos acariciaron su mandíbula y él habría sido capaz de decir cualquier tontería para que lo repitiera - Yo no estoy ofendida. Se siente bien tener algo atractivo por una vez. Mujer tonta. - resopló y uso su propia mano para mantener la palma de Ortiga en el lugar un rato más. Las pupilas de su esposa se dilataron. Y así habría permanecido de no ser porque alguien aclaró su voz. Princesa Orthyras, - Darklyn tosió, su puño cubriendo su boca - Creo que Ser Corbray la llama de regreso. Ortiga quitó sus ojos de él y no le gustó. Sabía que en el patio de prácticas la palabra del maestro de armas era ley, y que este tiempo era para entrenar. Seguía sin gustarle que su esposa se alejara de su atención. Me tengo que ir. - los dientes torcidos de Ortiga destellaron y ella no perdió la oportunidad de peinar su cabello platinado. Un guiño de ojos y se encaminó hacia donde la esperaba Ser Gawen. No se había alejado demasiado cuando Colina habló. Sabes, - el caballero se acicaló la barba mientras observaba a su amiga alejarse - no me había fijado bien hasta que lo mencionaste, pero la chica llena bien esas calzas. - Maegor frunció las cejas mientras Darklyn intentaba callarlo - La muchacha tiene buenas caderas y buenas posaderas. Sería un placer... No supo que pasó. Solo vio a Addison Colina repetir ese gesto obsceno suyo, sus manos en garras y Maegor perdió el control. No lanzó ningún golpe, pero eso fue lo único positivo que pudo decir. Solo supo que los lomos se le encendieron de rabia y de un solo empujón, el bastardo lascivo estaba en el suelo, mirándolo anonadado. Nadie se movió hasta que escuchó a su esposa trotar de regreso - ¿Ser Addison, que mierda pasó? Se cayó. - dijo Maegor escueto, tendiendo el brazo para levantar al caballero. Esperaba que la inteligencia que le faltó cuando se atrevió a hablar así de su consorte, se hiciera presente ahora y mantuviera atrapada su insolente lengua. Addison dudó antes de tomar la extremidad extendida - No es nada grave, esposa. Regresa con Gawen. Ortiga los miró a todos antes de cabecear y se marcharse, sin creer algo incierto la versión contada. Maegor miró a su alrededor, para ver si alguien más le prestaba atención a la escena. Si alguien lo notó, fingía no haberlo hecho. Ningún soldado detuvo sus prácticas, ni ningún sirviente redujo su paso. Un vistazo le mostró a Addison sacudiendo el lodo pegado a su ropa. Se acercó tanto al ofensivo Guardia Real que Darklyn intentó calmar la situación, Maegor lo detuvo antes de que hiciera nada con una simple señal. Se dirigió a Colina, sintiendo sus músculos temblar y apretarse por la contención que ejercía. Ni una palabra. Me vas a oír bien. - el caballero era más alto que él, al menos de momento, pero el príncipe se sentía seguro de derribarlo si contaba solamente con la fuerza de sus puños. Su sangre estaba ardiendo todavía en sus venas - No me importa como me hables, no me importa como bromees, no me importan las faltas de respeto que pasan en el campo como camadería. Las acepto porque es parte de la cultura de ser un caballero, pero, - dio un paso más cerca. Sus hombros estaban tensos y elevados, esperando la confrontación - nunca en tu puta vida vuelvas a pensar en mi esposa de esa forma. No te gustará lo que te haré. - terminó con un gruñido. Addison cabeceó en aceptación, y cuando los dos comenzaban a relajarse, o a tratar de hacerlo, Ser Darklyn le pegó un fuerte bofetón por la cabeza a su compañero. Maegor no vio venir eso y miró impresionado al Guardia Real. ¡Serás idiota! - regañó al hombre como había visto hacer al jefe de las caballerizas a sus hijos - ¿Cómo se te ocurre decir eso de una princesa? Era solo una broma. - se intentó defender Colina antes de recibir un segundo bofetón - ¡Ay! No me mires así, llevo rato pinchándolo con la dama rubia y no reaccionaba. ¿Cómo iba a saber yo que iba a explotar por la otra? Addison, se que eres un bastardo malhumorado y pendenciero, pero no sabía que eras suicida. - Darklyn negó con la cabeza. Solo estaba jugando. - Maegor estrechó su mirada mientras el capa blanca se justificaba - No me mires así mocoso. Yo puedo creer lo que quiera de las mujeres, pero no hay suficientes especias para la nariz en el mundo para que yo lo intente con una valyria. Mas con lo que dijiste. Conozco a tu esposa y conozco a tu madre. A mí me dejas las suaves y dulces mujeres de Poniente. ¿Y...? - fue Darklyn el que presionó. ¿Y qué? - espetó de regreso el caballero bastardo, lo que le ganó otra bofetada de su amigo. ¡Que lo que hiciste no se hace! - continuó Darklyn mientras su amigo se frotaba el golpe - La princesa Orthyras es una maldita princesa. No importa si estas jugando. - dijo con una voz que imitaba el tono femenino, que lo divirtió mucho al ver a un hombre adulto y musculoso fingir ser una chica - Es más, eso no se dice de la esposa de ningún hombre. Menos en su cara, y todavía peor si es un compañero. Bah, - Colina lo desestimó - yo no soy tú. Todo noble y caballeresco. - se golpeó el centro del gambesón - Yo soy un peleador eficiente. No un noble educado. Maegor pensaba igual que Addison, antes que el tipo hablara de casi follarse a su esposa. Si así es como los demás lo veían cuando hablaba, entonces era horrible. Puede que necesitara reforzar su comportamiento cortesano, se dijo con un gruñido de fastidio interno. Colina, hay veces que pienso que en vez de crecer en un castillo, - su maestro de la Guardia Real original negó con resignación - te criaron unos perros. No crecí en el castillo. - el nacido bastardo arrugó la nariz - Crecí en la aldea. Me dejaron entrar a entrenar al castillo nada más. ¡Que no es lo mismo! La tensión remanente desapareció con el intercambio. El capa blanca derribado no pareció guardar rencor por lo sucedido, aunque Maegor aún sentía una pizca de molestia. Oye, mocoso, - se dirigió de regreso a él - ¿qué pasa con eso que decía tu mujer que no puedes mentir? ¡Le mentiste ahí, en su cara! No le mentí. - ante la ceja interrogativa de Addison respondió - Yo le dije que caíste en el lodo, cosa que hiciste. Lo que nunca dije fue el cómo y el por qué. El bastardo de Lord Swyft se quedó mirando la cara de Maegor, antes de que se colara en su cara una mueca llena de dientes - ¿Quién iba a decir que el mocoso podía ser astuto? - de repente se puso serio - Tengo que admitir que me asustaste allí un momento. - un escalofrío pareció recorrer su cuerpo - Astuto y peligroso. El que se meta contigo está jodido. Y el que se meta con tu mujer está jodido al doble. - lanzó una sonora risotada ante sus propias palabras. Maegor no entendía. ¿Qué tenía de divertido lo que acababa de decir? ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ No había llegado a pasar una docena de días y Dunstan ya tenía casi una casa nueva. Una como nunca había tenido. La habitación central donde vivirían era grande y espaciosa, con una chimenea de verdad como decía su hijo mayor. Lorcan entraba y salía revisando la cabaña después de que los peones de Rocadragón se marcharan hoy, luego de poner el techo. La construcción avanzaba a velocidades increíbles, ya que contaba con artesanos y albañiles de la fortaleza, y por supuesto, materiales de construcción traídos del propio castillo. Dunstan palpó las paredes. Ni una sola grieta por donde entrara el frío. Se mudaría esta misma tarde si no fuera porque faltaban las puertas y las ventanas. Últimamente soplaba un aire muy fresco y no quería que los pulmones de sus niños se estropearan. Incluso si arrancaba la maltrecha puerta de su cabaña, no cubriría del todo bien la entrada y no tenía como tapar los huecos de los ventanales. Su nueva cabaña tenía dos ventanas. Ventanas de madera con bisagras. Las había visto en el almacén adyacente que también construyeron para el proyecto del príncipe. Se le quiso cerrar la garganta por esto. La comida había sido casi un milagro. Ya ni recordaba lo que era dormir sin hambre o sin escuchar las tripas de sus hijitos revolverse. Al principio pensó que tenía indigestión porque no estaba acostumbrado a la sensación de saciedad. Pero aún esperaba que le quitaran el alimento de las manos. Que el príncipe Maegor se aburriera de su capricho o que contrataran a otro maestro que estuviera sano. Intentó abrir y cerrar por completo su mano inutilizada y apenas podía hacerlo. ¿Pero esto? La casa se sentía más permanente. Y lujosa... Una ventana para su vivienda y una para un estudio. Negó con la cabeza incrédulo. Un estudio solo para él, en el que ya estaban instalando estantes. Casa, estudio, almacén y un horno para que hiciera algunos productos. El último tardaría más en completarse, debido a su complejidad, pero ya había sido avisado que tras los toques finales se comenzarían a trasladar a su almacén las herramientas necesarias para que hiciera su trabajo. Además de las carretillas, sacos y palas que dejarían abandonados aquí al completar su tarea, los peones le dijeron que pronto trasladarían otras cosas. Balanzas, pesas, filtros de diferentes grosores. Molinos de mano, barriles, tinajas y según lo que sabía, los carpinteros estaban haciendo varias pequeñas contenedores de madera, justo como pidió. Cucharas de metal para mezclas y otros complementos vendrían también, además de pergamino, plumas y tinta para anotaciones. ¡Pergamino real! ¡De papel! Dunstan todavía esperaba despertar un día y que esto fuera un sueño loco provocado por la fiebre. Atrapado en otro día donde luchaba por encontrar algo para llevarse a la boca. Ahora no era así. El príncipe le había informado su idea y que mandaría cal, arena y grava para que empezara a hacer comprobaciones. Incluso asintió cuando Dunstan le pidió, para facilitar su estudio, que enviara arcilla para llevar la información de cada experimento en tablillas de barro. Su Señor vio esto como una sugerencia sensata y se la concedió. Miró hacia su choza, su choza inclinada que parecía a punto de derrumbarse al más mínimo soplo del viento. Había limpiado el suelo a su alrededor y él y sus hijos usaban las herramientas dejadas por los trabajadores para cargar cenizas y desplegarlas en el piso despejado. Si el príncipe creía que debía darle sol y secarla, él lo haría. Y la recogería de noche para evitar la humedad. Aún así, no tenía mucha fé en que sirviera de algo. La ceniza era solo ceniza. Un desecho molesto del volcán que ahogaba los escasos cultivos que se daban en la isla. Si nadie la había querido todo este tiempo, entonces es que no era útil. Pero si el Señor de Rocadragón quería probar, ¿quién era él para interponerse? Esto era el trabajo que se le había asignado, y tuviera sentido o no, Dunstan cumpliría con él con el mejor esfuerzo que podría dar. Incluso si no lograba nada, esperaba que el príncipe viera aceptable su trabajo. Aún así, tembló pensando en lo que pasaría si no obtenía buenos resultados, como creía que pasaría. Respiró un par de veces para calmarse. Preocuparse por mañana no serviría se nada ahora, y entonces una risa rota le salió de la boca. Tampoco recordaba cuando fue la última vez que pensó en el futuro. Eso era algo a lo que prefería no meterle cabeza, más preocupado por sobrevivir al día a día. No. Hoy tenía comida y un empleo, mejor que se preocupara solo por ello. Cojeó hasta donde estaban jugando sus niños, para que comenzaran a recoger el polvo gris claro y áspero. Era molesto pero trabajar con él significaba una fuente de ingresos con la que no había contado. También decidió recordarles a sus hijos que no mencionaran nada de esto en el pueblo. Si ambos príncipes querían discreción, la tendrían. No arriesgaría la mitad de su nueva riqueza porque a alguien se le fuera una historia equivocada. Ya los aldeanos, los que antes no se le acercaban mucho, le habían preguntado a que se debía esto. No dudaba que algunos estuvieran envidiosos de lo que estaba obteniendo. Cuando dijo que le pidieron que hiciera mortero para arreglos menores en las dependencias del castillo lo miraron con sorpresa. Ojos estrechándose y observándolo con demasiada intensidad, buscando secretos que no le interesaba revelar. Nunca. Pronto corrió el rumor de que la nueva princesa había escuchado su triste historia y se había conmovido con él, y por ello el trato. Después de todo, ¿quién no había escuchado sobre cómo Aelyx fue atendido por el maestre? ¿Y cómo su hermana Alynx engordaba con los regalos de su nueva Señora? La princesa era compasiva, eso lo sabían todos. Dunstan no sabía muy bien que pensar de la esposa de su Señor. Era una jinete de dragón, y de un dragón inmenso y respetable. Y si lo pensaba bien, la dama lucía tan marrón y erizada como su bestia. Tanto humana como animal carentes de la belleza de sus contrapartes Targaryen. Pobrecita. Al principio pensaba que era la querida de Jonas. Después de todo, sabía que andaba por todos lados con él detrás de ella. El soldado siempre vigilándola de cerca cuando ella hablaba con Dunstan. Pensaba que eran celos de ver a su otra mujer desperdiciar tiempo pescando con él, pero ¿qué tendría que temer un hombre sano de un lisiado? Era la esposa de Jonas la que debía estar celosa de que su esposo estuviera tras otra mujer, pese a las repetidas veces que el hombretón afirmaba que no eran nada y solo cumplía su deber. Con lo que sabía ahora, entendía su nerviosismo y agitación ante tales acusaciones. Nadie quería ver su nombre mencionado con demasiada proximidad, por falso que fuera, a la esposa de su amo. Cuando vio al príncipe aparecer y la cercanía de la desgreñada muchacha con él, llegó a la única conclusión lógica. Era la querida del príncipe. Jonas, como hombre de armas del castillo, era el encargado de protegerla. Había creído que el hijo de la reina tenía un poco de mal gusto. Alguien de la realeza podía buscarse una amante más atractiva. De hecho, si lo pensaba bien, tenía sentido que la dama fuera su esposa. Los matrimonios nobles eran de conveniencia, no de elección y de poder elegir, ¿por qué el hijo de un rey la escogería a ella? Pero la princesa venía con un dragón y solo un tonto rechazaría tal prospecto. Que su mujer se encontrara falta de los rasgos que enorgullecían al pueblo valyrio debía ser un duro golpe, aún así, para ello el príncipe Maegor tenia dos consortes. ¿No circulaban rumores de que su favorita era la otra esposa? ¿La dama Hightower del Dominio? Después de todo, se decía que era rubia y hermosa. No tanto como los Targaryen, por supuesto, pero si lo suficiente. La princesa Orthyras no tenía oportunidad contra ella. Aún así otro escalofrío lo recorrió. Al príncipe Maegor no le gustaba que la llamara su amante y la tenía demasiado pegada a él. Aunque quizás fuera sólo su juventud. Si Dunstan fuera joven y sano, y tuviera dos esposas, haría lo posible por mantenerlas cerca. Más a la que podía quemarme con su dragón. Bah. Desechó el pensamiento. Su única preocupación deberían ser las mezclas de ceniza y cal, y en que medidas las haría. Creyera o no en este proyecto, Dunstan debería dar lo mejor de sí. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Otra noche fría se avecinaba en la punta de su torre. Aunque el viento era incapaz de atravesar las fortificadas paredes, aún lo podía escuchar aullar fuera de ellas. Parecía que Ortiga estaba destinada a vivir otra madrugada solitaria. Durante casi medio año, se había adaptado a que la presencia de Maegor en el castillo significaba que tenía un compañero de cuarto con quien compartir el calor. La llegada de Ceryse hacia dos lunas había cambiado eso. Diez noches con ella por cada una que pasara con Ortiga. Los días en que su esposo de conveniencia faltaba no se sentían con tal fuerza cuando la dama Hightower se quedaba con él, allá en Desembarco. Los escasos días que pasaba aquí el segundo hijo del rey, convertían su falsa relación en una bonita mentira. Algo alejado de la realidad. Ortiga era la amante, incluso siendo parte de un matrimonio legítimo. Gracias a los dioses árbol que no eran una pareja de verdad, o no soportaría vivir esto. Ella podía haber nacido pobre, pero siempre se esforzó por ser considerada lo más decente posible. Bueno, todo lo decente que podía ser una ladrona y contrabandista que usaba ropa de hombre. Pero no era puta al menos. ¿Ves? Ella tenía sus límites. Una amante estaba solo un paso por encima de una puta y ella se negaba a ser eso. Aunque a veces se preguntaba si, boda o no, algunos aún la considerarían como algo más que la otra mujer. Vio a sus dos doncellas despedirse y abandonar su cámara de dormir. Dos mujeres solo para su atención personal cuando antes un solo sirviente para todas sus cosas le parecía una exageración. Resopló en el silencio de la habitación y miró a su alrededor. Un colchón de plumas, una chimenea con un fuego rugiente y una mesa cargada de comida por si sentía la necesidad de un refrigerio nocturno. Lujos a los que se había acostumbrado y que le costaría tanto abandonar. ¿Por qué tenía que ser codiciosa? ¿Por qué, con todo lo que tenía, quería más? Se dirigió a su espejo, uno de plata pulida solo para ella, uno que la hubiera alimentado y mantenido caliente durante años en su otra vida, y contempló su reflejo. La iluminación dada por el fuego no era precisamente la mejor para los detalles, pero eso no borró la realidad. Piel oscura, cabello oscuro, ojos oscuros. Ni un solo rasgo destacable que hablara de la herencia valyria que poseía. Entre tantos Targaryen, Targaryen legítimos sin que ninguno estuviera asolado por las preocupaciones o las pérdidas de la guerra, Ortiga parecía una herramienta oxidada entre obras de arte. Trató de mirar con mayor profundidad. Después de todo, Maegor decía que tenía ojos bonitos. Trató y trató, pero no vio nada. Era el rostro de siempre el que le devolvía la mirada, solo que visto desde una superficie más cara. Ojos comunes en una cara común. No habría sido considerada ni linda ni fea antes de la cicatriz, pensó mientras la palpaba. Corría de un lado al otro de su nariz. Una advertencia sobre que Ortiga era una pequeña ladrona, para que los transeúntes protegieran sus bolsas. Le hizo la vida más difícil, pero ella había estado decidida a vivir. Solo tuvo que aprender a ser mejor. Tampoco es que fuera del todo malo. Su madre no la pudo vender a un burdel cuando nació porque sus rasgos no hablaban sobre futura belleza. Cuando era muy pequeña, cuando la veía, siempre temía el momento en que decidiera venderla de todas formas. Después de todo, sabía de hombres que gustaban de niños pequeños y algunos establecimientos podrían no dudar en usarla al precio de ganga que pediría su madre. Unos cuantos golpes en su cara arreglaron el asunto. Ningún burdel pagaría por una puta marcada. Una chica sencilla con un rostro rayado no valía nada, y para ella, eso había sido algo bueno. En su mundo, la falta de cualquier rasgo que la hiciera destacar era un beneficio. La ausencia de belleza no era un escudo absoluto contra las amenazas, nada lo era, pero era una capa de protección en una vida donde no abundaba la seguridad. Entonces, ¿por qué la molestaba ahora? Porque lo que antes fue una advertencia, una simple línea trazada sobre la piel, era algo sin importancia para las personas que solo se preocupaban por sobrevivir. Ahora, trazó la línea blanca con sus dedos ásperos, esto la convertía más bien en un producto defectuoso. La princesa marcada. La que además de ser para nada bonita, tenía el rostro arruinado. Ser bonita no servía de nada, se dijo. No le daba protección. No le daba seguridad. De todas formas, se vio obligada a tapar el espejo con una tela, la primera que encontró, para no ver más su reflejo. Empezaba a odiarlo y no tenía sentido. No si no era algo que le hiciera daño o que pudiera cambiar. Aún así, intentó darle una última mirada hacia su trasero. Maegor había afirmado con todo lo que creía que era un rasgo atractivo suyo. ¿Qué decía de ella que tuviera la esperanza de verse bien si nadie la miraba de frente? Ortiga restregó con fuerza su rostro, después de todo estaba cayendo en estupideces. No era bonita, tenía que aceptarlo. Ni como Visenya, que a pesar de sus décadas tenía ese aire de que nació para portar una corona. Ni como Alyssa, que por muy engreída que fuera, se podía negar su aspecto inocente y gentil. Tampoco como Ceryse, que a falta de rasgos valyrios, tenía una melena como la miel más clara. La otra esposa de su falso marido tenía suficiente pecho para hacer parecer atrevido los escotes más decentes, recordó apretando su casi inexistentes montículos. ¿Cómo podría competir con ella? Ortiga no tenía mucho para empezar, vendar sus pechos no ayudaba, y los ejercicios para dominar la esgrima habían cambiado su volumen de tal forma que lucían aún menos. La espada era demasiado importante como para renunciar a ella y Ortiga no lo haría. No por algo tan estúpido como que ella, que sabía muy poco, pensara que estaba perdiendo un rasgo que ni siquiera era abundante para comenzar. No sabía porque seguía pensando en ello. No tenía sentido. Aún así, dolía. Dolía destacar como la pieza útil que no encajaba en la brillante Corte. En todos lugares habían personas en cada extremo, lo sabía, desde las bellezas cegadoras hasta los difíciles de mirar. Podría vivir siendo una del montón, lo tomaría con calma. Pero no se sentía bien cuando hasta los soldados y los guardias te señalaban con el dedo, como si portara una marca, una señal de que era defectuosa. Ortiga se secó las lágrimas. Cosas tontas y sin sentido, y se concentró en algo que valía la pena. Maegor se había burlado de su lectura, y solo le había quedado apretar los dientes y aceptarlo, como otras tantas cosas. Quizás no podía arreglar su imagen, pero si podía encontrar la forma de corregir esto. Arrastró las pieles de su cama hasta lo más cercano que pudo al fuego del hogar, sin arriesgarse a quemarse, y ocupó el libro que le había dado el maestre Morel. El lomo era duro y rígido, pero protegía un sinfín de frágiles páginas. Leyendas y dibujos sobre Poniente que el abuelo Morel, creyéndola extranjera, pensaba que desconocía. La práctica de una habilidad mejoraba la misma, y un libro de cuentos de todo el continente era lo suficiente sencillo y a la vez atractivo para que Ortiga ejercitara sus bastante reducidas capacidades para leer. ¿Qué importaba si en el silencio del cuarto, su voz repasando las letras sonara como una persona lenta de entendederas? Aquí no había nadie para juzgarla, y sus esfuerzos ya daban resultados. Aunque su escritura seguía siendo apenas garabatos, la reina había elogiado su mejoría con su entendimiento de los textos. Ortiga tendría que sentirse satisfecha con ellos. Si solo podía ser una herramienta en este lugar, al menos se aseguraría de ser una herramienta útil y afilada. Tartamudeó con algunas frases. Otras palabras, a pesar de ser capaz de leerlas, tenían un significado desconocido para ella. Palabras finas que alguien criada en el pueblo llano no alcanzaba a comprender. Eso no la detuvo. Continuó y continuó hasta que sus ojos comenzaron a doler. Y continuó leyendo. Lo haría hasta que fuera perfecta. Hasta que nadie, además de fea, pudiera acusarla de ser tonta. Una nueva habilidad la llevaría más cerca de ser indispensable, y ni siquiera las personas más ricas, incluso los reyes, se desharían de una herramienta indispensable, ¿verdad?
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